IV

Á vivir en esta sociedad y entre tales personas quiso la Providencia

llevar á Felipe, después de pasarle por la escuela y familia de don

Pedro Polo. Ella se sabrá por qué lo hacía. Hubo dimes y diretes

entre Virginia y el manchego Alejandro sobre la admisión de Felipe

en la casa. Era muy desusado, en verdad, que los huéspedes tuvieran

sirvientes, y un estudiante con escudero no lo había visto Virginia

en todos los días de su vida. Pero á Miquis no había quien le quitara

de la cabeza el proteger á su querido Doctor y facilitarle medios

de aprender alguna cosa. Tocado de una como demencia filantrópica,

estaba decidido á pagarle hospedaje, como lo hizo, celebrando formal

convenio con su patrona... No faltaba en la buhardilla un huequecito,

ni en la mesa de la cocina un plato más ó menos lleno. Convenido y

realizado. Siempre que aprontase un diario de seis reales por cabeza

de criado, don Alejandro podría llevar á la casa todos los Doctores

que quisiera.

Por de pronto, Centeno estaba contentísimo, y no se habría cambiado

por los mortales más dichosos, ni por los que se hartan de honores

y ganancias en elevados puestos, ni por los que vuelven de América

cargados de caudales. ¡Verse entre tanto señorito listo, entre

estudiantes que hablaban y contendían á todas horas sobre cosas de

sabiduría, y además de esto comer bien, no recibir porrazos, no ver á

doña Claudia...! Esto era como vivir en la gloria y ver colmadas las

ambiciones más atrevidas.

Fuera de Cienfuegos, ninguno de los compañeros de Miquis sabía el

origen del repentino engrandecimiento de éste. Quién lo atribuía á

inesperada herencia, quién á lotería ó hallazgo. Y que la cosa era

gorda no podía ponerse en duda, porque las liberalidades del manchego

casi rayaban en sardanapalescas. Por mañana y tarde no cesaba de

convidar á los amigos en el café; había saldado las cuentas con el

mozo y con cierto usurero á quien Arias llamaba _Gobseck_, y se puso

en paz con otros _británicos_ de menor cuantía. Entre los del cotarro

que se formaba en un rincón del café, se hizo corriente y como

proverbial, siempre que se proyectaba teatro, diversión ó merienda,

la locución: «Miquis paga.»

Y para no ser el último en gozar del provecho de su opulencia,

el manchego se lanzaba ¡oh sibaritismo! á la vida de gran señor,

proporcionándose unos lujos, señores; unas tan grandes pompas

mundanas... ¿Qué hizo nuestro hombre? Pues tomar para su vivienda

exclusiva el gabinete de la esquina, que no se daba sino á dos ó tres

que vivieran juntos y pagaran el máximum de pupilaje. ¡Qué gusto

vivir él solo en aquella habitación regia, donde había una cama

semidorada, alfombra mosaico hecha de distintos pedazos de fieltro y

moqueta, consola de caoba, cajas que fueron de dulces, un espejo de

los de ver visiones, y dos grandes láminas compuestas de retratitos

fotográficos de todos los alumnos de un curso final de Medicina ó

Derecho! Para rematar dignamente su señorío, conveníale tener un

servidor, ayuda de cámara, ó si se quiere secretario particular y del

despacho, y para todos estos menesteres le venía de molde el insigne

Felipe, que era listo, activo, obediente y le manifestaba un afecto

rayano en la idolatría.

Con esto cumplía Alejandro dos fines: el egoísta de ser amo de

alguien, y el nobilísimo y cristiano de amparar al chico y ponerle

al estudio. Convinieron en que le daría libros y le matricularía en

un Instituto. ¡Qué gustazo tener un paje á quien mandar, á quien

dar gritos, á quien decir á toda hora: «Felipe, tráeme esto... ven

acá, corre allá... muévete...!» Lo peor del caso era que, pasados

dos días de la entrada de Felipe en la casa, éste resultó ser criado

de todos, y todos eran sus amos, porque sin cesar le mandaban á la

calle con éste ó el otro recadillo. No era la última en aprovecharle

Virginia, que vió en el chico una buena ayuda de su negocio. Cuando

no le ponía á limpiar cubiertos, me le mandaba por carbón; ya le

llevaba consigo á la compra, ya, en fin, le hacía barrer la casa. No

tenía, en verdad, Felipe un momento de sosiego. Era, pues, muy común

que Alejandro llamaba á su criado, y que éste no respondiese. El

impetuoso amo sé ponía furioso, y sus gritos y aspavientos casi se

oían desde la calle: «Le voy á matar... esto no se puede sufrir.»

Pero todo concluía cuando entraba don Basilio Andrés de la Caña,

diciendo:

--Permítame usted, señor de Miquis. Me tomé la libertad de mandar á

Felipe por una cajetilla.

Ó bien era Alberique, que decía:

--¡Si fué á traerme tinta china y cerveza...!

Á esta comunidad de los servicios de Felipe correspondía la comunidad

del lujoso gabinete de Miquis, pues los huéspedes amigos le tomaron

por suyo. Era el casino de la casa, el disputadero, Ateneo, Bolsa,

club, salón de conferencias, el Prado y el Conservatorio, porque

allí se charlaba, se fumaba, se discutían cosas hondas, se leían

los autores sublimes, se contaban aventuras, se escribían versos,

se leían cartas de novias, se tiraba al sable, se hacían contratos

y se cantaban óperas. Contentísimo estuvo Alejandro algún tiempo

en medio de aquel bullicio; pero, al fin, tan larga y fastidiosa

era la invasión en su cuarto, que llegó á cansarse. Algunos días se

encerraba con llave y se estaba solo largas horas. Poleró y Zalamero,

acercándose á la puerta, tocaban suavemente. «¿Cómo va esa escena?»

le decían... Desde fuera le oían recitar versos, y daban palmadas,

gritando: «¡Bien, bravo; que salga el autor!»

No está de más decir que tanto Poleró como Arias y Sánchez de

Guevara se permitían bromas, á veces pesadas, con Felipe; pero éste

lo llevaba todo con paciencia. Lo que no parecía era el estudio, ni

las prometidas matrículas.

--Tiempo tienes todavía--le decía el bueno de Arias viéndole

impaciente.--Á tu edad yo no sabía ni leer. Estás aventajadísimo, y

casi, casi eres un pozo de ciencia.

Hacíanle preguntas de Historia Sagrada y profana, de Aritmética

y Gramática, para reirse con lo que contestaba. Era, en efecto,

divertidísimo oirle.

--Tiene tinturas de todo este Doctor--indicaba Zalamero riendo.--Á

poco más estará en disposición de hacer oposiciones á alguna plaza de

tintorero.

--Lo que es éste--decía Arias,--va á ser algo.

--Donde ustedes lo ven, éste hará dinero... Formal.

Pero Octubre corría y se pasaba la mejor sazón para sentar plaza

de soldado raso en los ejércitos del bachillerato. Cienfuegos y

Arias fueron los que un día decidieron á Miquis á matricular á su

escudero... Gracias á Dios, ya tenemos á mi señor don Felipe en el

Noviciado, metiéndole el diente al latín. La enseñanza primaria era

en él tan incompleta como se ha visto; ¿pero qué importaba? Mejor.

Para lo que allí había de aprender, más valía que entrara limpito de

toda ciencia, pues que limpito había de salir. Vedle cómo apechuga

con su latín y con la abominable Gramática, de la cual maldijéralo

Dios si entendía una sola palabra. Al dichoso latín debiera

llamársele griego por lo obscuro. Ni él se explicaba para qué servía,

ni á qué cuento venía en el problema de su educación. Y confuso,

lleno de dudas, osaba, en su rudeza, protestar contra la mal enseñada

y peor aprendida jerga, diciendo:

--Yo quiero que me enseñen cosas, no esto.

¡Cómo se reían sus amos con estos disparates! Pero él se esforzaría

en cumplir sus deberes académicos, aprendiéndose de memoria el

traqueteo de sílabas que componen la declinación, y pensaba así:

--Vamos á ver en qué para esto.

Apenas le dejaba Virginia el vagar necesario para ir diariamente

tres horas al Instituto. Estudiaba un poco por las noches, pero de

muy mala gana, porque francamente... Vamos, que se le indigestaba el

latín... Era un narcótico... Le bastaba coger el libro para caerse de

sueño.

Como Alejandro, desde que era rico, entraba á hora avanzadísima de la

noche, Felipe pasaba el tiempo durmiéndose en una silla, ó visitando

y acompañando á los amigos de su amo en sus respectivos aposentos.

Cuando estaban en el café, gozaba el Doctor lo indecible yendo de

cuarto en cuarto y examinando y registrando libros y apuntes de

clase. Los libros de Sánchez de Guevara le producían pasmo, mareo,

vértigo. Ver sus páginas era como asomarse á insondable y misterioso

abismo. ¡Re... contra! ¿qué querían decir aquellas letras separadas

por palitos, comas y tanto rabillo por acá y por allá? Luego había

unos números montados sobre otros números, y letritas chicas por

arriba, encima de palitroques que parecían grúas. Él miraba, miraba,

volvía páginas, y luego observaba los apuntes que el cadete hacía con

lápiz, en los cuales había los mismos signos, la propia mezcolanza

de guarismos y letras. A, _palito_, B; y todo por el estilo. ¿Y

aquello era la matemática? ¿Y para qué servía la matemática? Felipe

alargaba el hocico husmeando el aire... ¡Vaya con Dios! ¿para qué ha

de servir, recontra-córcholis, sino para saber todo lo que se sabe?

Pasaba luego al cuarto de Cienfuegos, y de todos los libros que

sobre la mesa había, se iba derecho á uno lleno de láminas; ¡pero

qué láminas! Inspiraban á Felipe una especie de horror sagrado

y curiosidad febril. ¡Ave María Purísima! Allí había vientres

abiertos, tripas sanguinolentas, cráneos levantados como se levanta

la tapa de una fosforera. Era algo como lo que cuelga en los ganchos

de las carnecerías... Con el alma en los ojos, Felipe leía los

letreritos... _Páncreas_... _estómago_... Más adelante: _bronquios_.

«Sopla, pues esto es los gofes.» _Músculo ciático_. Y se tentaba el

cuerpo diciendo: «Aquí está. Estas figuras son lo propio de nuestro

cuerpo.» Se pasaba allí las horas muertas, absorto, hasta que entraba

Cienfuegos y le sorprendía: se enfadaba un poco; pero desenojándose

pronto, decíale:

--Ve á ver si Guevara tiene cigarrillos.

Los libros de don Basilio no ofrecían maldito interés, y Felipe les

habría arrojado al fuego si le dejaran. _La Deuda del Tesoro y el

déficit. _Este folletito estaba encima de un voluminoso libro. ¿Á

ver? _Presupuestos de_ 1862-63... ¡Vaya unas papas! El señor de los

prismas no tenía en su cuarto más que un Calendario del Zaragozano

y una novela de á peseta, cuya mugrienta cubierta estaba llena

de redondeles de sebo, señal de que Montes apagaba la luz con el

libro. Muchos volúmenes y apuntes tenía Zalamero; pero ¡qué cosas

tan insulsas! Nunca pudo Felipe sacar substancia de aquello. _La

Cuarta Falcidia_... _Los Testamentos._ ¿Qué le importaban á él

los testamentos?... La mesa de su amo contenía revuelta colección

de obras diferentes; pero había sin fin de libracos en francés...

¿Á ver? Balzac, Scribe... ¿De qué trataría aquello? _Le pe... re

Gori... Gori... Memo... moires_, memorias de _Deux jeunes_... de

_Diógenes_ querría decir... El demonio que lo entendiera. Centeno no

acertaba á comprender para qué leía su amo aquellas tonterías... _Don

Víctor Hugo_... _Ruy Blas_... esto sí era claro. _Schiller_... _Don

Carlos_... también clarito. Seguían muchas comedias ó dramas en verso

castellano. Aquello ya era más claro. Leía mi Doctor las primeras

escenas; pero luego se cansaba, porque, á su parecer, todas decían lo

mismo.

Poleró, que le tenía cariño, le llamaba:

--Ponte á estudiar, Felipe. No le revuelvas los papeles á tu amo. Ven

á mi cuarto... Siéntate aquí, á mi lado. Coge tu libro.

Y él se ponía á estudiar Analítica y Mecánica. El Doctor leía también

un poco; pero aburrido muy pronto, salía y entraba para matar el

fastidio.

--Estate quieto. Me estás distrayendo. Mira que te pego... ¿Quién

anda ahora por el pasillo?

--El señor de Zalamero.

--¿Pero estaba en casa Zalamero?

--Sí, señor. Ahora salía del cuarto de la patrona.

Poleró rompió á reir. Endeble tabique separaba su cuarto del de

Zalamero, y en él daba algunos golpes el maligno catalán diciendo:

--Zalamerín, ¿estabas en casa?

No respondía el otro. Mas Poleró, saliendo al pasillo, se ponía á

toser fuerte.

--Ejem, ejem.

Y Sánchez de Guevara respondía desde su cuarto con iguales toses.

Arias aparecía también tosiendo.

--Vete al comedor--decían á Felipe,--y mira á ver si está Alberique.

--¿Qué ha de estar? La señora le dió dinero para que se fuera al

café...

Cuchicheos, risas, reunión de los tres en el cuarto de Poleró, y

redobles en el tabique, sin lograr que Zalamero responda. Felipe,

mensajero de Cienfuegos, entra de súbito:

--Dice don Juan que si alguno de ustedes tiene cigarrillos.

--Toma dos... ¿Ha entrado don Leopoldo?

--Sí, señor. Está en su cuarto remendando la levita y pegándose

botones.

--¿Y don Basilio?

--Ahora entra.

Oíase el resoplido de aquel señor, que hasta en el respirar revelaba

autoridad. Salía Poleró al pasillo, para trastearlo un poco:

--¿Qué ha habido hoy, don Basilio?

--Nada. Siguen con el _delirium tremens_. De Santo Domingo hay muy

malas noticias. Esto no tiene atadero. Á todos lo digo y no me hacen

caso. Con su pan se lo coman. Yo no sé lo que va á venir aquí... no

sé. Me asusto, créalo usted... Ahora tengo entre manos un trabajo,

que me parece ha de meter ruido. Pruebo con números... porque todo

lo que no sea números es música... Pase usted á mi cuarto y le

enseñaré...

--Otra noche... Estamos aquí con mucho cuidado. ¿Sabe usted que

Zalamero se nos ha puesto malo?

--¿Sí? ¿Y qué es?

--No sabemos. Entre usted en su cuarto... Á nosotros no nos quiere

decir lo que tiene.

Entra don Basilio en el cuarto de Zalamero, y al poco rato sale y

hace este diagnóstico:

--Está delirando... Me ha despedido á cajas destempladas... ¿No

llaman ustedes un médico?

--Cienfuegos dirá.

--Porque... Buenas noches, jóvenes. Con permiso de ustedes, me voy á

mis habitaciones.

Las habitaciones de don Basilio eran el cuarto más obscuro y estrecho

de la casa. No era mejor el de don Leopoldo Montes, que, al decir

de Felipe, estaba disimulando los deterioros de su ropa para poder

salir bien compuestito y reluciente al otro día. Poleró y Cienfuegos

le visitaban á tal hora para sorprenderle y avergonzarle; pero él,

siempre en su papel, escondía rápidamente los chismes de costura y

afectaba ocuparse de ordenar papeles.

--¿Cuándo es ese viaje á París?

Aquel viaje era la muletilla de todos los días, porque Montes lo

estaba anunciando siempre.

--Creo que no pasará del jueves. Aquí tengo dos partes que he

recibido esta mañana... El jueves ó viernes á más tardar.

Después que le mareaban un rato, se iban á la puerta del cuarto

de don Jesús Delgado, anhelosos de descubrir el misterio de sus

ocupaciones epistolares. El huésped taciturno trabajaba aún: se oía

el rasguear de su pluma y los suspiros que daba.

De pronto salía Guevara al pasillo:

--Á ver si dejan estudiar. ¡Qué ruido!

Reuníanse los tres en el cuarto de Arias, que se estaba acostando, y

hablaban de Zalamero:

--Vaya con el moderadito. Un hombre que defiende á los Paúles...

--El año pasado había aquí un huésped... ¿Le alcanzaste tú, Guevara?

Aquel Romero, andaluz. Daba de palos á Virginia y á Alberique... ¡qué

escenas!... ¡Felipe!

--Señor.

--¿Ha entrado Alberique?

--Ahora llega. Voy á abrirle la puerta.

Oíanse pasos de elefante.

--Hola, amigo Alberique... ¿no sabe usted lo que hemos tenido aquí?

--¿Qué... ¡verbo! qué?

--Fuego. Por poco nos quemamos todos.

--¿En dónde, verbo?

--Ya está apagado...

--Váyanse ustedes á... ¿En dónde está mi cuarto? ¡Felipe, condenado,

verbo!... trae luz: no se ve.

--¡Arre!--murmuraba Felipe empujándole hacia el gabinete matrimonial.

Abrían la puerta, le empujaban dentro y... buenas noches.

--¿Pero ese Miquis no viene todavía? Es la una.

--¡Pobre Alejandro! Ya sé dónde está. Nada, nada: se lo beben, se lo

sorben...

--Acabará mal.

Y quebrando el diálogo, subdividiéndolo hasta llegar á frases y

palabras sueltas pronunciadas en éste ó el otro cuarto, se iban

retirando, cada cual al suyo. Uno se acostaba y seguía leyendo; otro,

después de cumplir con las matemáticas, hacía rezos de Balzac y se

encomendaba á Víctor Hugo; todos tenían aficiones literarias. Por

último, reinaba el silencio del sueño en la casa, y muy tarde, sobre

las dos ó las tres, entraba Alejandro. Sus primeras palabras eran

siempre: «Felipe, acuéstate.»

Y él permanecía en vela, leyendo ó escribiendo. Se acostaba de día, y

casi nunca se levantaba antes de las cuatro. La hora de sus trabajos

era la madrugada, hora febril, hora de caldeamiento cerebral y de

emancipación del espíritu. Dormíase Felipe en el sofá, y á lo mejor

despertaba asustado oyendo á su amo declamar...

Vive Dios, que es tal hazaña

digna de un Téllez Girón...

Como ecos, repercutían en su cerebro las rimas de la redondilla:

_galardón... España._ Y volvía á dormirse para despertar de nuevo

alarmado con estos gritos:

¡Hola!... ¡prendedle!... ¡traición!

¡Necio, atrás!... ¡Italia es mía!

V

Porque Alejandro era autor dramático. Tenía tres dramas, ya

desechados por su propio criterio, y uno flamante, nuevecito, que

era su sueño, su gloria, su ambición, sus amores. Tan cierto estaba

él de que se había de representar como de su propia existencia, y

tan seguro y patente consideraba el éxito, cual si lo estuviera

viendo con los ojos de la cara... Ideas para otros dramas, planes

brillantísimos, ¡oh! teníalos por docenas y se le ocurrían á cada

momento: al levantarse, al salir, al tomar café; mas érale forzoso

apartarlos de sí para que no le atormentaran, apoderándose antes de

tiempo de los ricos moldes de su cerebro. Convenía que tanto verbo

fecundo aguardase la oportunidad de su encarnación, y que tanta

vida nueva tuviera calor interno antes de ser sometida al trabajo

de forja. Después que se representara _El Grande Osuna_, vendrían

otras obras y éxitos más colosales, ¡Misión altísima la suya! Iba

á reformar el Teatro; á resucitar, con el estro de Calderón, las

energías poderosas del arte nacional. Como los más puros místicos ó

los mártires más exaltados creen en Dios, así creía él en sí mismo

y en su ingenio, con fe ardientísima, sin mezcla de duda alguna, y

mayor dicha suya, sin pizca de vanidad.

¿Y por qué no había de tener razón? Entre sus compañeros y amigos no

eran unánimes los pareceres respecto al superior ingenio de Miquis.

Unos le tenían en mucho; otros en poco; quién por un visionario;

quién por tonto ó algo menos. Los compañeros de casa le amaban por

sus prendas morales, entre las cuales descollaba el corazón más

generoso, más expansivo, más copioso de afectos que puede imaginarse;

pero en lo tocante al numen, también variaban las opiniones. Poleró,

sin conocer el drama, sostenía que era un hatajo de inocentadas, y

que el mayor favor que se podía hacer al joven manchego era quitarle

de la cabeza sus pretensiones de autor dramático. Cienfuegos no

pensaba lo mismo, y veía en Alejandro, mejor dicho, columbraba en

aquel espíritu algo misterioso y grande que no existía en los demás.

Físicamente era raquítico y de constitución muy pobre, con la

fatalidad de ser dado á derrochar sus escasas fuerzas vitales. Sus

nervios se hallaban siempre en grado muy alto de tensión, y todo él

vibraba constantemente, como cuerda de templado metal, sin cesar

herida por el divino plectro de las ideas. La fiebre era en él

fisiológica, y el organismo del cerebro constitucional y normal.

Era un enfermo sin dolor, quizás loco, quizás poeta. En otro tiempo

se habría dicho que tenía los demonios en el cuerpo. Hoy sería una

víctima de la neurosis.

Desde la infancia se había distinguido por su precocidad. Era un

niño de éstos que son la admiración del pueblo en que nacieron, del

cura, del médico y del boticario. Á los cuatro años sabía leer, á

los seis hacía prosa, á los siete versos, á los diez entendía de

Calderón, Balzac, Víctor Hugo, Schiller, y conocía los nombres de

infinitas celebridades. Á los doce había leído más que muchos que

á los cincuenta pasan por eruditos. Su feliz retentiva le había

familiarizado con la historia de los libros de texto. Á los catorce

Abriles, varones graves del país le consultaban sobre materias de

Historia, Mitología y Lenguaje. Era general allí la creencia de que

el Toboso, ya tan célebre en el mundo por imaginario personaje, lo

iba á ser por uno de carne y hueso. Destináronle á estudiar Leyes.

Los amigos de su papá decían:

--Éste que empieza por literato y poeta, acabará, como todos, por

orador político y ministro de cuenta. El Toboso tendrá al fin su

prohombre.

Le hemos conocido cuando llevaba tres años en Madrid y veintiuno

de existencia... ¡Pobre Miquis, trabajador incansable de lo ideal,

aprendiz de creador! Merecería ingresar en las familias mitológicas

y que le representaran en figura de un forjador maravilloso, alumno

de Vulcano, ó ladrón de sagrado fuego como Prometeo. ¡Desgraciado

Miquis, siempre devorado del afán del arte; perseguidor con fiebre y

congoja de la forma fugaz, y rara vez aprehensible; atormentado por

feroces apetitos mentales; ávido del goce estético, de esa inmaterial

cópula con la cual verdad y belleza se reproducen y hacen familias,

generaciones, razas! También las ideas son una especie inmortal que

habla con briosos instintos en las entrañas del artista, diciéndole:

«Propágame, auméntame.»

Hombre dado á los demonios, ó en otros términos, consagrado al

peligrosísimo ejercicio de la imaginación, odiaba el Derecho. Para él,

la humanidad inteligente no había echado de sí cosa más antipática

que aquel _jus_, idea suspicaz, prosáica y reglamentadora de la vida;

idea enemiga de la pasión, de lo ideal, destructora de la personalidad

libre y de la poesía. El _jus_ no era otra cosa que _el eterno Sancho

Panza_... Iba Alejandro á clase lo menos posible, y siempre de mala

gana. Pero había sabido ganar sus cursos y aun obtener con poco trabajo

regulares notas. Nunca fuiste tirano, amigo Sancho.

En los primeros años de la vida de este jovenzuelo en Madrid, era

su carácter jovial, exaltado, bullicioso. Amenizaba el círculo del

café con su peregrino ingenio. Las metáforas símiles y paradojas

brotaban de sus labios como de un manantial inagotable. Cuando él

no iba, faltaba el espíritu de la tertulia, el sentido cómico y

transcendente de todo lo que allí se hablaba... Pero al tercer año

empezó á determinarse en Miquis una transformación que había de ser

pronto mudanza profundísima ó paso orgánico, precursor de otro paso

moral. Su humor festivo se trocó en melancólico; cada día le eran

menos simpáticos el bullicio y la gárrula palabrería del café, y

si bien quería con leal cariño á todos sus amigos, muchos de éstos

le molestaban. La gran batahola que se hacía en su cuarto érale ya

insoportable. No teniendo carácter para expulsar á los intrusos,

pues era incapaz de ofender á sus compañeros, esperaba las horas

silenciosas para aislarse. De día paseaba por lugares solitarios,

buscando la dulce impresión que traen al alma los objetos extraños

y no vistos constantemente. De noche y á la hora en que nadie

podía turbarle, leía y escribía, protegido del silencio y paz de la

madrugada.

El drama, aquel pedazo de Cielo caído sobre la frente de un hombre,

estaba ya terminado. ¡Feliz suceso que dejaba una marca indeleble

en el tiempo! Él solo bastaba á hacer rosadas las auroras, suaves y

poéticas las noches y las tardes, hermosas las horas todas. Alejandro

lo había leído á un autor mediano, pero muy corrido en la escena,

hombre de éstos que llaman prácticos en el arte, el cual, callándose

su opinión sobre el mérito real de la obra, hizo observaciones que

dejaron helado al pobre Miquis. La división en cinco actos era

inadmisible. Habían de ser tres solamente, porque nuestro público

no aguanta más. Pues, y aquella lista de treinta personajes, ¿cómo

podía ajustarse al exiguo personal de nuestras compañías? El

Schiller hispano había explanado sus ideas, como el tudesco, en un

escenario inmenso, lleno de diversas figuras, con pueblo y todo.

¡Qué inocencia! Forzoso era cortar por lo sano, no dejando más que

el cogollo de la obra. ¡Fuera aquel cardenal Borja, el gonfalonier,

los cuatro capitanes ó arraeces de galeras, los dos _lazzaronis_,

el príncipe Colonna! ¡Fuera también el jefe de los _uscoques_, los

dos frailes camaldulenses y otras figuras que más eran decorativas

que esenciales! Resumen: hacer de cinco actos tres, sin que ninguno

subiera de 1.000 ó 1.100 versos; quitar quince personajes lo menos;

simplificar mucho, y hacer decoraciones fáciles, pues la que decía

_Ribera de Chiaja, con varias galeras atracadas á la derecha, el

palacio vicerreal á la izquierda y al fondo el Vesubio_, era para

hacer morir de espanto al pintor y maquinista.

Con grandísimo dolor emprendió el manchego la refundición de su obra.

Á cada miembro cortado, echaba sangre su corazón de padre; pero no

había remedio, ¡zas! Más que trabajo de reducción, debía serlo de

compresión. Era necesario coger al gigante y comprimirlo hasta poder

encerrarlo en un frasco de alcohol, como los fetos. Mucho padeció el

poeta; pero al fin triunfó de sí mismo. Sólo que no pudo reducir los

cinco actos á tres, y la obra quedó en cuatro. Había quitado trece

personajes, y entresacado casi la mitad de los versos.

¡Gracias á Dios! El director de un teatro leyó la obra y la encontró

excepcional. Estaba el hombre entusiasmado; pero al expresar su

regocijo á Miquis y al felicitarle, indicóle la necesidad de nuevas

modificaciones. Todavía era forzoso comprimir más. La obra cabía ya

en un frasco: era menester que cupiera dentro de un dedal. ¡Nuevo

trabajo, nuevos afanes! En esto se ocupaba Alejandro en aquellas

madrugadas, viviendo solo en el gabinete de la esquina, después de

su cambio de fortuna. Á tales horas, excitado por su labor, sentía

febril entusiasmo; había algo de convulsivo y epiléptico en la onda

de vibraciones nerviosas que de su cerebro salía, viniendo á morir en

su epidermis. Su sangre era lumbre; el pulso se aceleraba, corría,

como viajero impaciente. Su fantasía poderosa encendíase á la acción

magnética de aquel estilo ampuloso y calderoniano. Los personajes del

drama tomaban á sus ojos figura y realidad teatral; vivían, si no la

vida del mundo, la oropelesca y convencional del teatro, cubierta de

vistosos remedos vitales. Veía, tan claramente cual si lo tuviese

delante, á don Pedro Téllez Girón, duque de Osuna, virrey de Nápoles,

insigne caudillo de mar y tierra, político, diplomático y muy galán,

figura que el poeta soñaba como la más gallarda muestra del ánimo

español, de la ambición sublime y del desorden caballeresco; veía

también al solapado veneciano Ángelo Barbarigo, figura sombría y

trágica con olor y color de sangre; al aventurero normando Jacques

Pierres; al sarcástico y honradísimo Quevedo, secretario del Duque,

y, por último, á la enamorada Catalina Paoli, _la Carniola_, robada á

los _uscoques_ por Jacques Pierres, como verían bien los que la obra

conocieran. El lugar de la escena igualmente revivía en la fantasía

del poeta, y poco le faltaba para ver con los ojos mortales al

propio Nápoles con su Vesubio ardiente, su pintoresco mercado, su mar

y su cielo más azules que lo azul, la delirante alegría de su pueblo,

su naturaleza á la vez florida y plutónica, llena de hierbas y lavas,

prodigio de la Naturaleza, arca del paganismo, compendio de toda la

hermosura terrestre.

Sentir este entusiasmo vidente y no poder comunicarlo á otro sér, era

el mayor de los tormentos. Sus amigotes no le comprendían, y algunos

de sus compañeros de casa se burlaban de él. Ya el maligno Poleró,

hablando del drama, lo había llamado _El gran Cerco de Viena_, y

Cienfuegos, el mejor amigo de Alejandro, no le mostraba un afecto muy

vivo sino cuando necesitaba de él para salir de sus apuros. No podía

comunicarse más que con Felipe, él cual era un inocente y no entendía

palotada de teatro, ni de arte, ni de historia; pero tenía un alma

cariñosa y entusiasta, que respondía siempre con dulces vibraciones

de amor á toda acción ó ideas procedentes del alma idolatrada de su

amo.

Dormíase Felipe algunas noches en el sofá del gabinete. Su sueño

era profundo; pero bastaba que Alejandro le llamase para que se

despertara, como él excitado, como él dispuesto á las alucinaciones.

Sin duda, por la simpatía y parentesco de ambas almas, la pasión

artística de la una se comunicaba á la otra, venciendo su rudeza.

Entre serio y burlón, Alejandro le decía:

--El célebre Molière le leía sus comedias á la criada. Yo te voy á

leer á tí algunos pasajes...

Felipe no había visto nunca una verdadera función de teatro. El

origen de sus conocimientos en el arte dramático no podía ser más

humilde. Una tarde de Navidad se había colado con Juanito del Socorro

en un teatrucho donde representaban el Nacimiento con figuras, no con

actores; y aún no habían tenido tiempo de reir las gracias del pastor

Bato y de la tía Gila, cuando les echaron á la calle. Esto y los

cosmoramas ó _tutilimundis_ instalados en la vía pública, diéronle

la noción primera del arte de fingir sucesos y personas... Desde que

su amo empezó á leer, comprendió Centeno que aquello pertenecía á un

orden más elevado, al teatro grande que él no había visto, aunque

lo soñaba y como que lo presentía. Así, el efecto de la lectura en

su atento espíritu era extraordinario, colosal. Sin entender la

mayor parte de las cosas, parecía como que se las apropiaba por el

sentimiento, extrayendo del seno de un lenguaje no bien comprendido,

el espíritu y esencia de ellas. La armonía de versos, ahora floridos,

ahora graves; la música de las rimas, el relumbrar de las imágenes,

el énfasis de los apóstrofes, producían en él efectos de vértigo y

desmayo. Era como el influjo, en los sentidos, de multiplicadas luces

giratorias ó de aromas muy fuertes. Se aturdía y se mareaba... En

cuanto á la acción, la realidad misma no tuviera poder más grande que

aquella mentira para cautivar el espíritu del buen Centeno. Cuando

llegaba Alejandro á una escena dramática en que había choque de

espadas, uno que se cae, otro que grita, ó cosa así, ya estaba Felipe

con los pelos de punta, lo mismo que si presenciara el lance entre

personas de carne y hueso. Pues digo... si el poeta leía una escena

de amor, con ternezas y sentimientos expresados á lo vivo, ya estaba

Felipe soltando de sus ojos lagrimones como garbanzos.

La aurora les sorprendía en esta exaltación, ambos gozando lo

increíble: el uno por lo sabio, el otro por lo ignorante. Siendo tan

diferentes, algo les era común: el entusiasmo, quizás la inocencia.

La excitación cerebral de Miquis concluía en enfermizo marasmo. Se

acostaba rendido de fatiga, y le entraba delirio, con escalofríos muy

penosos. Felipe le arropaba, echándole encima hasta el tapete de la

mesa y parte de la ropa, pues el abrigo de la cama no era suficiente,

y apagaba la luz, á quien hacía lúgubre la claridad del día. Cerraba

las maderas para fingir la noche, y acostábase vestido en el sofá.

Por un rato, oía el canto de los machos de perdiz, colgados en el

balcón del vecino, y los pasos de los madrugadores, que sonaban secos

en la calle aún casi desierta; al fin se dormía profundamente para

soñar con magnates, con príncipes vestidos de tela como la de las

casullas, con _venecianos forrados de hierro_, con las _galeras_ del

Duque, que él creía eran carromatos; con el Vesubio, que es un monte

encendido, y con aquellas frases tan bonitas, tan finas y amorosas

que _la Carniola_ decía siempre que hablaba.

Levantábase Alejandro muy tarde, cada día más tarde; sentía, al

despertar, un embrutecimiento invencible. La pereza le dominaba y

no podía vencerla. Su cuerpo era de plomo... Felipe iba á clase, si

había tiempo, generalmente sin saber palotada de la lección, y á su

regreso, ya doña Virginia le tenía preparadas diversas faenas. Como

pudiera no hacía nada, y se metía en el cuarto de su amo á arreglar

la desordenada mesa y limpiar un poco. Andaba de puntillas, por no

despertar á Miquis, y movía con mucho cuidado los muebles. Si el

drama había quedado en la mesa, cogía uno á uno los cuadernos y les

quitaba el polvo con su mano con un respeto tal, que no lo empleara

mayor el cura para coger la Hostia consagrada. Á veces aventurábase

á leer un poquito, con cuidado, se entiende, por ver en qué paraba

tal ó cual lance que su amo en la lectura había dejado á la mitad.

Después ponía los cuadernos uno sobre otro, á un lado, muy bien

colocaditos por orden de actos; los libros á otra parte, el tintero

en medio, las plumas en su sitio; en fin, todo como Dios mandaba.

Los malignos huéspedes, que se enteraron de que leía Miquis al criado

sus composiciones, hicieron la burla que puede imaginarse. Uno de

ellos dijo á Felipe con mucha sorna:

--¿Y qué opina del drama el Doctor Centeno, hombre inteligente?

El muchacho se ruborizaba y no respondía nada. Pero en su fuero

interno, decía con rabia: «¡Valiente ganso estás tú!... Mejor te

pusieras á estudiar...»

Para Felipe, las obras más perfectas, las creaciones más sublimes del

humano entendimiento, en lo antiguo y en lo moderno, eran las de su

amo.

El Doctor Centeno (Tomo II) · 第 9 / 41 题