III

Sentados á la mesa, cual hemos dicho, los quince ó más huéspedes,

y servida la sopa de arroz, siempre tan igual á sí propia que la

de hoy parecía la misma de ayer, empezaba el alboroto. Tal como se

ponía aquel comedor algunas noches, la torre de Babel resultaría,

en parangón suyo, lugar de recogimiento y devoción. En pocas épocas

históricas se ha hablado tanto de política como en aquélla, y en

ninguna con tanta pasión. Jamás tuvieron parte tan principal en las

conversaciones populares los chismes palaciegos y las anécdotas

domésticas de altas personas. No gozando de libertad la prensa

para la controversia, se la tomaba el pueblo para la difamación.

No se ponen puertas al campo, ni mordazas á la malicia humana. La

opinión tiene muchas bocas á cual más fieras. Cuando se le tapa la

del lenguaje impreso, abre la de las hablillas. Si con la primera

hiere, con la segunda asesina. Estaba muy en la infancia la política

española para conocer que nada adelantaba con suprimir las cortadoras

espadas del periodismo, cuyos filos se embotan pronto cuando se les

permite el constante uso. En tanto los cuentecillos envenenaban la

atmósfera haciéndola irrespirable, y lo que se quería conservar y

defender se moría más pronto. De fuertes y seculares imperios se

cuenta que, habiendo podido defenderse de terribles discursos y

escritos fogosos, han caído destrozados por los cuchicheos.

¿Quién podrá repetir la algarabía de aquel comedor virgiñesco? ¡Ay,

Miquis, quién tuviera tu retentiva para intentarlo! Pero si tal

lograra, el lector se volvería loco; con que más vale que se quede

inédita esta parte tan principal de la historia de Centeno. Tan sólo

retazos y frases sueltas que el héroe conservó en su memoria saldrán

al descaro de las letras de molde. Él recordaba perfectamente haber

oído á su amo una frase provocativa.

--Ó la Señora los llama, ó esto se lo lleva el Demonio... Yo lo digo

muy alto: esto repugna, esto abochorna. ¿Qué gente le queda? Veamos:

O’Donnell...

--O’Donnell es un pillo.

--¿Pues y Narváez? ¡Hombre de Dios...!

--Señores, calma, calma. Es porque aquí se han de mirar siempre todas

las cosas _bajo el prisma_ democrático... No, no es eso.

--¿Á mí qué me viene usted con historias...?

--Permítanme ustedes, señores...

--Dejemos á un lado la vida privada. Yo sostengo que...

--Permítame usted... pero permítanme ustedes...

El que esto decía, sin poder hacer silencio en la mesa para dejar oír

su campanuda opinión, era don Basilio Andrés de la Caña, la voz más

autorizada de la casa. Se ponía furioso cuando no le dejaban hablar...

--Silencio, que quiere hablar don Basilio.

--Permítanme, señores...

--Lo sé, lo sé de buena tinta por uno que va á Palacio. Á O’Donnell

le desprecian allá, y sólo se aguarda una ocasión...

--Historias... ¿Á mí qué me viene usted con cuentos...? Esas son

pamplinas.

--Verdad. ¡Pero si se cae de su peso!

--Permítanme...

--¡Silencio!

--Yo, francamente, no lo veo así... Qué quiere usted... Seré torpe.

Siempre miro las cosas _bajo el prisma_ de la lógica.

--Ya esto no tiene soldadura. Ya el partido ha declarado que va á la

revolución.

--Al pesebre.

--Al presupuesto... Pero óigame usted... Así no se puede discutir.

--Permítanme ustedes, señores...

--Si tergiversamos las cuestiones...

--Permítanme...

Por fin tanto trabajó, tanto sudó, tantas manotadas repartió á un

lado y otro en ademán neptuniano de aplacar tempestades; tanto hizo

aquel bendito don Basilio para que emergiera su personalidad en el

proceloso mar de las disputas, que al fin se callaron. Silencio

imponente.

--Están ustedes fuera de la cuestión--dijo con reposado lenguaje.--Se

ocupan aquí de si la situación tiene ésta ó la otra herida, cuando

está comida por un cáncer interior que la devorará antes de que la

maten las armas y la política. ¿Y cuál es este cáncer?

Pasmo expectante. Sólo se oye el ruido de los tenedores picando

garbanzos.

--Ese cáncer es la Hacienda, ese cáncer es la cuestión económica,

ese cáncer es el estado del Tesoro, ese cáncer es el _déficit_...

Porque, señores, lo he dicho y no me cansaré de repetirlo, con

los números no se juega. Para los conflictos de números no tienen

solución la espada ni la oratoria. El país, entregado por una parte á

los chismes y por otra á las conspiraciones, no se ocupa de esto. Los

que estudiamos día y noche estas áridas cuestiones sabemos que el mal

es grave, y lo que es peor, señores, que el mal no tiene remedio.

Terror. Doña Virginia oculta la cabeza detrás del hombro de su marido

para poder reir á sus anchas. Cáusale más risa que el discurso de don

Basilio la seriedad con que le oye Poleró.

--El _déficit_, señores, sube ya á la aterradora cifra de ochenta

y cinco millones, y no hay que fiarse de lo que diga el ministro,

presentando las cosas...

--Bajo un falso _prisma_...

--Permítanme ustedes... Á esto hay que añadir la deuda del Tesoro...

los compromisos que traerá la última operación con la casa Laffitte,

las resultas del empréstito Mirés...

--La verdad, señor de la Caña, nosotros no entendemos de eso...--dijo

Arias interpretando el cansancio de algunos.--En lo que usted cuenta

habrá, sin duda, mucho de fantasmagórico...

--Permítame usted...

--Tiene razón don Basilio--gritó Poleró saliendo á su defensa y

enredando la cuestión á ver si se sulfuraba el hacendista, que era el

paso más cómico que podían desear.--Así no se puede discutir. Los que

no conocen bien la Hacienda...

--Eso es música.

--Por Dios, Caña, no nos hable usted de jeroglíficos.

--Para ustedes, lo que no sea traer y llevar á Sor Patrocinio y á...

Que les aproveche.

--No es eso, no es eso.

--Cállate, Poleró.

--Cállate tú, Cienfuegos.

--Dejar hablar, hombre, dejar hablar. Cuando vuelva Narváez...

--Si no ha de volver...

--Lo dijiste tú... Nada: estos señores, después que han planteado su

fórmula de _todo ó nada_...

--No se les puede sufrir.

--Permítanme ustedes...

--Y sobre todo, ¿de qué se trata?

--Á mí no me embaucan esos señores con tanto discurso, con su

retraimiento estúpido...

--Más estúpido es quien no ve venir la tormenta y se empeña en...

--¿Qué dices tú? Eso es comulgar con ruedas de molino.

--Poleró, que le va á hacer á usted daño la comida...

Para mofarse de don Basilio, Poleró le decía cualquier día con

énfasis y misterio: «¿No sabe usted, amigo Caña? Ya se habla de otro

empréstito...» Oyendo lo cual, el eximio Necker se llevaba las manos

á la cabeza y murmuraba: «Perdición, ruína... ¡Pobre país!... Yo lo

digo un día y otro; no me canso de predicar... Pero no hacen caso...

Al freir será el reir.»

Y al de los prismas le decían siempre: «¿Á ver, don Leopoldo, á que

no cuenta dónde ha estado usted hoy?... ¿Cuántas conquistas lleva

esta semana? Porque usted las mata callando. ¿Ha sido marquesa ó qué

ha sido?»

El tal Montes se reía, dando por ciertas, con su silencio, las

indicaciones de Cienfuegos y Poleró. Luego contaba historias de

mujeres, en las que, á ser verdaderas, se dejaba atrás á don Juan,

á Lovelace y á cuantos conquistadores de este linaje ha tenido el

mundo. Una vez en Sevilla... aquél sí que fué lance. Otra vez en

Valencia... ¡oh... cosa más dramática! Lo extraño era que él no las

buscaba, y se le venían á las manos las aventuras ya bien amasadas y

cocidas. Pues cuando estuvo en París, á negocios de la casa... (por

cierto que nunca se pudo averiguar qué casa era aquélla). En fin, si

lo iba á contar todo, no acabaría nunca. Precisamente aquella mañana,

cuando salía de la oficina... (nadie sabía nunca cuál oficina

era), vió una moza de buen trapío que pasó á la acera de enfrente

y le miró... ¿Para qué seguir? Era la historia de siempre. Después

había estado en el café con Milans del Bosch, y al poco rato entró

Sagasta, el cual le dijo... Pero ¿á qué referirlo? ¡Qué máquina de

embustes! Él no se ocupaba más que de sus negocios, y cuando volviera

á Sevilla, lo haría sin que se enterase nadie, porque con sigilo

es como se llevan adelante las grandes empresas. Bien querían los

progresistas conquistarle; pero él no les hacía caso, porque veía las

cosas _bajo el prisma_ de la serena razón, y... á buena parte iban...

Concluído el comer, la única persona que no había desplegado

sus labios en toda la noche, el taciturno y comedido don Jesús

Delgado, era quien primero se levantaba, y dando tímidamente las

buenas noches, íbase tranquilo á su cuarto, donde le aguardaba

la interrumpida obra de sus cartas. Los demás salían en tropel ó

separadamente. Unos corrían presurosos al café; los más aplicados

se encerraban á empollar las lecciones del día siguiente, y en el

comedor sólo quedaban al fin Virginia y su berberisco esposo, el

cual, á tal hora, siempre había de tener reyerta con ella, unas

veces en bárbaro tono, otras humorísticamente, siendo el motivo

y término de tales disputas que Virginia le diera algún dinero

para irse al café y al billar. Cuando ella sacaba, generosa, un

portamonedas más mugriento que su conciencia; paz y risotadas; cuando

no, mugidos y un soliloquio de _verbos_ y amenazas que duraba hasta

media noche... Comparada con él, era Virginia una hembra superior,

heroína de virtud, abnegación y trabajo. La explicación de que una

mujer de mérito (relativo) estuviese unida á un bárbaro semejante y

que trabajase para mantenerle, no se encuentra, no, en la superficie

de la humana naturaleza; hay que ir á buscarla á los senos más

hondos y secretos de ella. Pero Virginia se vengaba de su gigante

aborreciéndole y despreciándole en gran parte de las ocasiones de su

vida, de tal manera, que le ponía en el postrer lugar de sus afectos

y le consideraba menos que al último de los huéspedes, menos que á la

criada, menos que á _Julián de Capadocia_.

El Doctor Centeno (Tomo II) · 第 8 / 41 题