Sentados á la mesa, cual hemos dicho, los quince ó más huéspedes,
y servida la sopa de arroz, siempre tan igual á sí propia que la
de hoy parecía la misma de ayer, empezaba el alboroto. Tal como se
ponía aquel comedor algunas noches, la torre de Babel resultaría,
en parangón suyo, lugar de recogimiento y devoción. En pocas épocas
históricas se ha hablado tanto de política como en aquélla, y en
ninguna con tanta pasión. Jamás tuvieron parte tan principal en las
conversaciones populares los chismes palaciegos y las anécdotas
domésticas de altas personas. No gozando de libertad la prensa
para la controversia, se la tomaba el pueblo para la difamación.
No se ponen puertas al campo, ni mordazas á la malicia humana. La
opinión tiene muchas bocas á cual más fieras. Cuando se le tapa la
del lenguaje impreso, abre la de las hablillas. Si con la primera
hiere, con la segunda asesina. Estaba muy en la infancia la política
española para conocer que nada adelantaba con suprimir las cortadoras
espadas del periodismo, cuyos filos se embotan pronto cuando se les
permite el constante uso. En tanto los cuentecillos envenenaban la
atmósfera haciéndola irrespirable, y lo que se quería conservar y
defender se moría más pronto. De fuertes y seculares imperios se
cuenta que, habiendo podido defenderse de terribles discursos y
escritos fogosos, han caído destrozados por los cuchicheos.
¿Quién podrá repetir la algarabía de aquel comedor virgiñesco? ¡Ay,
Miquis, quién tuviera tu retentiva para intentarlo! Pero si tal
lograra, el lector se volvería loco; con que más vale que se quede
inédita esta parte tan principal de la historia de Centeno. Tan sólo
retazos y frases sueltas que el héroe conservó en su memoria saldrán
al descaro de las letras de molde. Él recordaba perfectamente haber
oído á su amo una frase provocativa.
--Ó la Señora los llama, ó esto se lo lleva el Demonio... Yo lo digo
muy alto: esto repugna, esto abochorna. ¿Qué gente le queda? Veamos:
O’Donnell...
--O’Donnell es un pillo.
--¿Pues y Narváez? ¡Hombre de Dios...!
--Señores, calma, calma. Es porque aquí se han de mirar siempre todas
las cosas _bajo el prisma_ democrático... No, no es eso.
--¿Á mí qué me viene usted con historias...?
--Permítanme ustedes, señores...
--Dejemos á un lado la vida privada. Yo sostengo que...
--Permítame usted... pero permítanme ustedes...
El que esto decía, sin poder hacer silencio en la mesa para dejar oír
su campanuda opinión, era don Basilio Andrés de la Caña, la voz más
autorizada de la casa. Se ponía furioso cuando no le dejaban hablar...
--Silencio, que quiere hablar don Basilio.
--Permítanme, señores...
--Lo sé, lo sé de buena tinta por uno que va á Palacio. Á O’Donnell
le desprecian allá, y sólo se aguarda una ocasión...
--Historias... ¿Á mí qué me viene usted con cuentos...? Esas son
pamplinas.
--Verdad. ¡Pero si se cae de su peso!
--Permítanme...
--¡Silencio!
--Yo, francamente, no lo veo así... Qué quiere usted... Seré torpe.
Siempre miro las cosas _bajo el prisma_ de la lógica.
--Ya esto no tiene soldadura. Ya el partido ha declarado que va á la
revolución.
--Al pesebre.
--Al presupuesto... Pero óigame usted... Así no se puede discutir.
--Permítanme ustedes, señores...
--Si tergiversamos las cuestiones...
--Permítanme...
Por fin tanto trabajó, tanto sudó, tantas manotadas repartió á un
lado y otro en ademán neptuniano de aplacar tempestades; tanto hizo
aquel bendito don Basilio para que emergiera su personalidad en el
proceloso mar de las disputas, que al fin se callaron. Silencio
imponente.
--Están ustedes fuera de la cuestión--dijo con reposado lenguaje.--Se
ocupan aquí de si la situación tiene ésta ó la otra herida, cuando
está comida por un cáncer interior que la devorará antes de que la
maten las armas y la política. ¿Y cuál es este cáncer?
Pasmo expectante. Sólo se oye el ruido de los tenedores picando
garbanzos.
--Ese cáncer es la Hacienda, ese cáncer es la cuestión económica,
ese cáncer es el estado del Tesoro, ese cáncer es el _déficit_...
Porque, señores, lo he dicho y no me cansaré de repetirlo, con
los números no se juega. Para los conflictos de números no tienen
solución la espada ni la oratoria. El país, entregado por una parte á
los chismes y por otra á las conspiraciones, no se ocupa de esto. Los
que estudiamos día y noche estas áridas cuestiones sabemos que el mal
es grave, y lo que es peor, señores, que el mal no tiene remedio.
Terror. Doña Virginia oculta la cabeza detrás del hombro de su marido
para poder reir á sus anchas. Cáusale más risa que el discurso de don
Basilio la seriedad con que le oye Poleró.
--El _déficit_, señores, sube ya á la aterradora cifra de ochenta
y cinco millones, y no hay que fiarse de lo que diga el ministro,
presentando las cosas...
--Bajo un falso _prisma_...
--Permítanme ustedes... Á esto hay que añadir la deuda del Tesoro...
los compromisos que traerá la última operación con la casa Laffitte,
las resultas del empréstito Mirés...
--La verdad, señor de la Caña, nosotros no entendemos de eso...--dijo
Arias interpretando el cansancio de algunos.--En lo que usted cuenta
habrá, sin duda, mucho de fantasmagórico...
--Permítame usted...
--Tiene razón don Basilio--gritó Poleró saliendo á su defensa y
enredando la cuestión á ver si se sulfuraba el hacendista, que era el
paso más cómico que podían desear.--Así no se puede discutir. Los que
no conocen bien la Hacienda...
--Eso es música.
--Por Dios, Caña, no nos hable usted de jeroglíficos.
--Para ustedes, lo que no sea traer y llevar á Sor Patrocinio y á...
Que les aproveche.
--No es eso, no es eso.
--Cállate, Poleró.
--Cállate tú, Cienfuegos.
--Dejar hablar, hombre, dejar hablar. Cuando vuelva Narváez...
--Si no ha de volver...
--Lo dijiste tú... Nada: estos señores, después que han planteado su
fórmula de _todo ó nada_...
--No se les puede sufrir.
--Permítanme ustedes...
--Y sobre todo, ¿de qué se trata?
--Á mí no me embaucan esos señores con tanto discurso, con su
retraimiento estúpido...
--Más estúpido es quien no ve venir la tormenta y se empeña en...
--¿Qué dices tú? Eso es comulgar con ruedas de molino.
--Poleró, que le va á hacer á usted daño la comida...
Para mofarse de don Basilio, Poleró le decía cualquier día con
énfasis y misterio: «¿No sabe usted, amigo Caña? Ya se habla de otro
empréstito...» Oyendo lo cual, el eximio Necker se llevaba las manos
á la cabeza y murmuraba: «Perdición, ruína... ¡Pobre país!... Yo lo
digo un día y otro; no me canso de predicar... Pero no hacen caso...
Al freir será el reir.»
Y al de los prismas le decían siempre: «¿Á ver, don Leopoldo, á que
no cuenta dónde ha estado usted hoy?... ¿Cuántas conquistas lleva
esta semana? Porque usted las mata callando. ¿Ha sido marquesa ó qué
ha sido?»
El tal Montes se reía, dando por ciertas, con su silencio, las
indicaciones de Cienfuegos y Poleró. Luego contaba historias de
mujeres, en las que, á ser verdaderas, se dejaba atrás á don Juan,
á Lovelace y á cuantos conquistadores de este linaje ha tenido el
mundo. Una vez en Sevilla... aquél sí que fué lance. Otra vez en
Valencia... ¡oh... cosa más dramática! Lo extraño era que él no las
buscaba, y se le venían á las manos las aventuras ya bien amasadas y
cocidas. Pues cuando estuvo en París, á negocios de la casa... (por
cierto que nunca se pudo averiguar qué casa era aquélla). En fin, si
lo iba á contar todo, no acabaría nunca. Precisamente aquella mañana,
cuando salía de la oficina... (nadie sabía nunca cuál oficina
era), vió una moza de buen trapío que pasó á la acera de enfrente
y le miró... ¿Para qué seguir? Era la historia de siempre. Después
había estado en el café con Milans del Bosch, y al poco rato entró
Sagasta, el cual le dijo... Pero ¿á qué referirlo? ¡Qué máquina de
embustes! Él no se ocupaba más que de sus negocios, y cuando volviera
á Sevilla, lo haría sin que se enterase nadie, porque con sigilo
es como se llevan adelante las grandes empresas. Bien querían los
progresistas conquistarle; pero él no les hacía caso, porque veía las
cosas _bajo el prisma_ de la serena razón, y... á buena parte iban...
Concluído el comer, la única persona que no había desplegado
sus labios en toda la noche, el taciturno y comedido don Jesús
Delgado, era quien primero se levantaba, y dando tímidamente las
buenas noches, íbase tranquilo á su cuarto, donde le aguardaba
la interrumpida obra de sus cartas. Los demás salían en tropel ó
separadamente. Unos corrían presurosos al café; los más aplicados
se encerraban á empollar las lecciones del día siguiente, y en el
comedor sólo quedaban al fin Virginia y su berberisco esposo, el
cual, á tal hora, siempre había de tener reyerta con ella, unas
veces en bárbaro tono, otras humorísticamente, siendo el motivo
y término de tales disputas que Virginia le diera algún dinero
para irse al café y al billar. Cuando ella sacaba, generosa, un
portamonedas más mugriento que su conciencia; paz y risotadas; cuando
no, mugidos y un soliloquio de _verbos_ y amenazas que duraba hasta
media noche... Comparada con él, era Virginia una hembra superior,
heroína de virtud, abnegación y trabajo. La explicación de que una
mujer de mérito (relativo) estuviese unida á un bárbaro semejante y
que trabajase para mantenerle, no se encuentra, no, en la superficie
de la humana naturaleza; hay que ir á buscarla á los senos más
hondos y secretos de ella. Pero Virginia se vengaba de su gigante
aborreciéndole y despreciándole en gran parte de las ocasiones de su
vida, de tal manera, que le ponía en el postrer lugar de sus afectos
y le consideraba menos que al último de los huéspedes, menos que á la
criada, menos que á _Julián de Capadocia_.