II

Puesta la mesa y llegada la hora, iban entrando los huéspedes y

cada cual ocupaba su sitio. Temporada hubo en que se reunieron

veinte, la mayor parte jóvenes. Siempre había tres ó cuatro señores

graves que daban respetabilidad á la mesa y á la casa. Entre

los jóvenes distinguíanse los estudiantes, y no faltaba algún

empleado ó pretendiente. De los señores que se denominaban _fijos_,

merece principal mención uno que habitaba la casa desde que la

estableciera doña Virginia. Su fijeza era ya proverbial, su persona

y circunstancias dignas de estudio. Había, sin duda, misterio en

aquel señor tan circunspecto y prudente, que nunca decía esta boca es

mía, sequito, canoso, correcto y urbano. No molestaba á nadie, y se

pasaba la vida en su cuarto escribiendo y leyendo cartas; no salía

jamás como no fuera para ir al correo, ni recibía más visitas que la

de un cierto sujeto, apoderado de la familia, que venía una vez al

mes á pagar el hospedaje y á enterarse de sus necesidades. Se llamaba

don Jesús Delgado, y cuando decían «á comer,» era el primero que

franqueaba la puerta del comedor, y se paseaba un rato esperando á

que vinieran los demás. Rara vez se le oía el metal de voz, y cuando

éste sonaba era para preguntar á la criada ó á Virginia si había

venido el cartero.

Contrastaba con este señor, en lenguaje y modales, un don Leopoldo

Montes, andaluz, medio empleado y medio pretendiente, medio literato,

medio propietario, medio agradable y medio antipático, hombre que de

todo hacía un poco y de todo nada, que á veces parecía acomodado, á

veces más pobre que las ratas, fachendoso, verboso, ampuloso, y que,

por contera de su huero carácter, tenía la flaqueza de suponerse

amigo de cuantos personajes crió Dios. También observábamos en la

vida de don Leopoldo algo de misterio, pues no se le conocía empleo.

Sin embargo, solía decir: «hoy, al salir de la oficina...» y otras

cosas que ponían en grande confusión á los que le escuchábamos. Á

éste le llamaban el _Señor de los prismas_, porque en su lenguaje

petulante, hablando de cuanto hay que hablar, usaba de continuo

la frase: «mirando tal ó cual cosa _bajo el prisma_...» En toda

discusión política de las que un día y otro se trataban en la

mesa, salían á relucir tantos prismas, que á poco más se vuelven

prismáticos la mesa y los huéspedes.

Merece otro lugar aquí don Basilio Andrés de la Caña, persona mayor,

de suma importancia, de un peso tal que se podría creer que á todos

les hacía favor en estar allí, y que, por descuido de la fortuna,

no se sentaba en la poltrona de un ministerio. Lo que decía en las

disputas de la mesa, considerábalo él mismo como la cifra y resumen

de la sabiduría, y no debía ser puesto en duda. Era hombre de edad y

sin familia ó apartado de ella, redactor de un periódico en la parte

más difícil y áspera de cuanto contiene la Prensa, que es el ramo de

Hacienda. Para atar cabos, conviene decir que este señor era el mismo

á quien Felipe Centeno había visto por la ventana de la redacción,

admirándole como á un ser superior, comprensivo de toda la humana

ciencia. Era el mismo que en la memorable noche de Febrero, cuando

Alejandro Miquis trajo á Felipe á su casa y le dió ropas y comida,

había pronunciado las palabras aquéllas sentenciosas y solemnísimas,

que no sé si recordarán los que esto han leído: «Concluirá en San

Bernardino.»

Había otros de fisonomía moral y física menos caracterizada, y que

además no tenían residencia constante en la casa. Cierto sujeto,

que estuvo bastantes años en Filipinas, ocupaba un gabinete sólo

por temporadas, pues su residencia habitual era Illescas. Había dos

propietarios de la Alcarria que venían alternativamente á negocios y

se alojaban en la sala; y además otros que se han desvanecido en la

memoria, y si quisiéramos traerlos aquí, ocuparían término muy lejano

en esta galería de verdad, presidida por la excelsa doña Virginia,

teniendo á sus pies la modesta imagen canina de Julián de Capadocia.

Vamos ahora con la juventud que daba carácter, ruido, alegría y sér

y espíritu á la casa. Entre éstos descollaba Zalamero, ofreciendo la

singularidad de ser un estudiante ordenadísimo, puntual en todo, lo

mismo en asistir á clase que en pagar su hospedaje. Estudiaba Leyes,

y sólo con su asistencia se ganaba las notas de sobresaliente que era

un primor. Su cuarto era el más arreglado de la casa. Tenía la ropa

muy bien cepillada, distribuída en perchas ó cajones de cómoda; no

conocía deudas, iba á misa los domingos, no alborotaba, no entraba

tarde, ni se estaba las mañanas durmiendo, como tantos gandules.

Observad ahora las pasmosas armonías que hay en la Naturaleza humana.

Era Zalamero un buen mozo, de facciones bonitas y correctas, rubio,

el pelo ensortijado, dividido en dos desde el occipucio á la frente

por una raya que parecía pintada. Tenía barbita dorada, rubia, muy

mona. En su hablar era el mismo comedimiento.

Sánchez de Guevara, el de Estado Mayor, era bastante parecido á

Miquis en el carácter pronto y resuelto, pero más desordenado aún

que el joven manchego. El cuarto del cadete tenía que ver. Por

el suelo yacía el uniforme abrazado con la toalla. Se acostaba á

dormir, en las noches de invierno, con el ros puesto, y después de

leer un rato en la cama, apagaba la luz con la espada. Era guapo

chico, pundonoroso; se pasaba las noches en vela, engolfado en las

matemáticas, haciendo funcionar á muy alta presión esa energía

intelectual y volitiva que los alumnos de estas carreras difíciles

han llamado _potencia empollatriz_.

Poleró, catalán tan castellanizado que apenas se le traslucía el

acento, era también bravo joven, estudiante de Caminos, con poca

afición á la carrera; de buena figura, atlético, estudioso por

pundonor más que por gusto. Á menudo se distraía del estudio,

pasándose las horas muertas en los cuartos de sus compañeros

charlando de teatros, chicas, política y música. En la mesa se

divertía buscando camorra al _de los prismas_, y tomándole las

vueltas para que se enredase en sus propios embustes. Se burlaba con

frecuencia de don Basilio Andrés de la Caña, haciéndole creer que

todos respetaban su opinión y que le conceptuaban hombre de gran

seso, cuando en realidad le tenían por el mayor majadero del mundo.

Era agresivo, pendenciero; gustaba de llevar la contraria, y si,

por ejemplo, se hacía en la mesa política progresista, que era lo

más común, salía él, como un rehilete, defendiendo el espadón de

Narváez. Si, por el contrario, alguien abominaba de la revolución, ya

le teníamos sacando á relucir las famosas llagas y el padre Claret ó

_Clarinete_, que eran la comidilla más salada y gustosa de aquellos

días. Espíritu activo, indagador, controversista, Poleró estaba

destinado á ser hombre de provecho, como en efecto lo ha sido.

Arias Ortiz, alumno de Minas, era un andaluz serio (ave rara),

apasionado de su carrera y de la metalurgia; mas con cierto desorden

y falta de método, que felizmente han ido desapareciendo más tarde.

Le faltaba una rueda, como suele decirse; pero el tiempo y el estudio

han completado la máquina de su cerebro, y hoy no tiene más desvarío

que el inocente de cultivar la música en sus ratos perdidos, que son

pocos. Por las noches compone polkas y toca el piano, como recurso

contra la soledad en que vive. Era en aquellos tiempos tan enfermizo,

que se retrasaba en sus estudios más de lo que él quisiera; ahora,

con los aires de Barruelo, con el polvo, el humo y las polkas se ha

fortalecido tanto, que da gusto verle.

Á Cienfuegos ya le conocemos. Era hijo de viuda, y seguía la carrera

de médico con grandes escaseces y humillaciones. Lo que el infeliz

padecía y la hiel que tragaba por esta nefanda ley de relación entre

las necesidades y el dinero, no se puede contar brevemente. Á veces

desmayaba, y hacía propósito de ahorcar los libros y ponerse á cavar

en Barajas de Melo, su patria; pero secreta energía le aguijaba, y

al remo del estudio volvía, despreciando obstáculos y arrostrando

los vejámenes de la pobreza con ánimo estóico. Llegó á adquirir con

esto cierta rudeza glacial que algunos tomaban por cinismo. Su sereno

desdén de ciertas conveniencias era más bien como una actitud de

defensa contra la desgracia, ó bien el egoísmo del combatiente que en

nada repara para evitar un golpe. No condenemos á este gladiador de

la vida sin admirar antes su fortaleza y sufrimiento, y aquella calma

solapada tras la cual se escondía pasmosa agilidad de espíritu.

El Doctor Centeno (Tomo II) · 第 7 / 41 题