EN AQUELLA CASA

I

Acuérdate, lectorcillo, de cuando tú y yo y otras personas de cuenta

vivíamos en casa de doña Virginia, y considera cómo el rodar de

los tiempos, dando la vuelta de veinte años, ha cambiado cosas y

personas. La casa ya no existe; doña Virginia y su marido, ó lo que

fuera, Dios sabe dónde andan. Ni he vuelto á verles, ni tengo ganas

de encontrármeles por ahí. Aquellos guapos chicos, aquellos otros

señores de diversa condición, que allí vimos entrar, permanecer y

salir, en un período de dos años, ¿qué se hicieron? ¿Qué fué de tanto

bullicioso estudiante, qué de tan variada gente?

En la marejada de estos veinte años, muchos se han ido al fondo,

ahogados en el olvido ó muertos de veras. Los pocos que sobrenadan

son: Zalamero, que ha llegado á ser ministro, cosa que entonces nos

habría parecido inconcebible; Poleró, que estudiaba para Caminos y

después pasó á la Armada, en la que ocupa excelente puesto; Arias

Ortiz, que es hoy Ingeniero jefe de una gran empresa minera, y tiene

canas y cuatro hijos, de los cuales uno es nada menos que bachiller;

Cienfuegos, que es médico de un pueblo... En cambio, el pobre Sánchez

de Guevara, que estudiaba Estado Mayor, pereció, siendo comandante

del Cuerpo, en las calles de Valencia, combatiendo una sublevación.

Pues y el bendito Miquis, ¿qué se hizo?... ¿y el _Señor de los

prismas_, de misteriosa condición y oficio no comprendido? ¿y el

infelicísimo _eautepistológrafos_?... ¿y el sesudo don Basilio Andrés

de la Caña, á quien nunca humanos ojos vieron en otro estado que en

el de la formalidad y seriedad más imponentes?... Estos y otros que

no nombro, ¿do están? ¿viven? ¿se salvaron, ó se sumergieron para

siempre?

Detente, memoria; deja á un lado las tristezas, y prueba á referir lo

pasado y pintar el teatro de tan grandes sucesos y notables personas,

sin interrumpir tu narración con ayes lastimeros. Procura reproducir,

si para ello tienes poder bastante, aquel largo pasillo, con tres

vueltas, parecido á una conciencia llena de malicias y traiciones;

aquella estera rota, tan peligrosa para el que andaba un poco de

prisa; aquellos cuartos que al angosto pasillo se abrían; aquella

sala y gabinete donde se aposentaban los huéspedes de campanillas;

aquel olor de fritanga que desde la cocina se esparcía por toda la

casa, saliendo hasta la escalera para dar el _quién vive_ á todo el

que entraba.

Repite, memoria, la persona y hermosura de la gallarda Virginia, ama

de tal cotarro; ayúdate, si es posible, de algún histórico papel

para que puedas decir ahora qué casta de pájaro era la tal, de dónde

había venido, por qué andaba en aquellos trotes hospederiles, y, en

fin, cuál era su verdadero estado... No olvides al buen señor, marido

suyo, ó cosa así, pintor de heráldica, holgazán de profesión todos

los días, y los más de ellos consumado borracho, á quien llamábamos

Alberique, sin más nombre de pila; ten presente aquel perro humilde

que nunca ladraba, y que á la hora de comer iba de cuarto en cuarto

avisando á los huéspedes; animal comedido, modesto y meditabundo, á

quien llamaban, no sé por qué, _Julián de Capadocia_.

De los antecedentes de Virginia, nada debemos decir. Todo es

obscuridad en esta parte de la historia patria, y las distintas

versiones que corrían en lenguas de los estudiantes no tienen la

suficiente autoridad para ser estampadas como verdades inconcusas.

Algún atrevido sostenía haberla visto, años atrás, en tratos peores

que los de Argel; pero ¿con qué pruebas corrobora esta declaración

impertinente? Con ninguna. Mucho cuidado con las indiscreciones en lo

que atañe á la buena fama de las personas; y antes se ha de romper

la pluma que usarla para llevar al papel versiones maliciosas, no

depuradas por una crítica severísima. Sobre que era guapetona, no

cabe vacilación. Y más lo fuera si el constante trabajar y lo mal

que vestía no disimularan un tanto su belleza. Representaba más de

treinta años, y tenía el cutis blanquísimo, los dientes perfectos,

el seno alto, el pelo negro, el genio irascible y pronto, las manos

perdidas del trabajo, el habla dulce y castellana fina, el corazón

ya duro, ya fundente, según las circunstancias; la voluntad fuerte y

activa. No se explicaba su unión con aquel tagarote de Alberique que

se pasaba la vida en el comedor, delante de una _chica_ ó _grande_

de Baviera, leyendo papeles políticos, y que las rarísimas veces que

trabajaba, más era tormento que alivio de su mujer, porque no se le

podía sufrir, y estaba todo el día riñendo con la criada, con Julián

de Capadocia, con los huéspedes. Y todo, ¿por qué? Porque le echaban

á perder sus trabajos, porque le ensuciaban las vitelas, porque le

habían perdido el rojo, porque le habían quitado la tinta china.

Hombre más inaguantable no ha existido en el mundo. Siempre con su

gorro turco ó fez, la negra pipa en la boca, pictórico, harto y un

poco asmático, parecía la imagen del sensualismo y de la brutalidad.

Se pasaba el día enredando, haciendo y deshaciendo, echando pestes

y pintando aquellas monerías insubstanciales y desabridas de la

heráldica. Por aquí cuartelillos, animalejos por allá. Sus trabajos

no se acababan nunca. Su taller era la mesa del comedor, y cuando,

llegada la noche, había necesidad de quitar los chismes pictóricos

para poner los manteles, tenía que oír... Todo era echar maldiciones

y decir á cada instante su interjección favorita: _¡Verbo!_... Allí,

¡Verbo! no entendían trabajos tan delicados. El señor de Alberique,

¡Verbo! se marcharía de la casa, y se iría á donde supieran apreciar

el mérito de los artistas. Era de tierras de Levante: un morazo,

un cartaginés ó sabe Dios qué, resultado de la mezcolanza de razas

africanas, ó de la degeneración arábiga. Tenía facha berberisca, y no

le faltaba más que el alquicel para estar con toda propiedad. Eran

sus facciones bastas, su color retinto, su fuerza muscular cual de

un caballo, su ánimo cobarde, como no fuera para echar maldiciones.

Y, sin embargo, las manos de aquel bárbaro tenían delicadeza y

pulso para hacer miniaturas y pequeñeces que se debían mirar con

microscopio. El oso es un animal hábil.

El Doctor Centeno (Tomo II) · 第 6 / 41 题