En las antiguas reducciones del Brasil y del Paraguay quedan algunas

imágenes salvadas de la destrucción, aunque no sin fallas. Su tipo

medio es el de los dos santos de madera que el lector ha podido ver, y

que considero criollos por estar tallados en cedro. Del mismo carácter

eran las imágenes en asperón que adornaban la fachada de las iglesias

y á veces su interior, en nichos excavados á diferentes alturas.

Casi todas están decapitadas, pues al caer, la arenisca demasiado

blanda cedió por los puntos más débiles, ocasionando el deterioro

característico. Es muy difícil, además, encontrar una cabeza entera,

por la misma causa, habiendo ayudado la humedad al desprendimiento de

anchas lascas, que la estructura friable de esta roca presenta como

fractura peculiar. Sus dimensiones promediaban á 1,50 ms. de altura por

igual extensión para el grueso del torso, y 2 para la circunferencia

del asiento, siendo sus pedestales netos generalmente.

Escultura correcta, pero trivial y enteramente ajustada á los tipos

de la iconografía corriente. La escultura decorativa, muerta con el

gótico, fué la única que convino al edificio del cual formaba parte.

El individualismo del Renacimiento turbó esta armonía, y las estatuas

decorativas de los templos, resultaron meros agregados. Tal sucedía

también en las iglesias jesuíticas, y con mayor razón siendo ellos, en

arquitectura religiosa, los decadentes por excelencia.

Queda también uno que otro sagrario, cuyo oropel interior conserva

su brillo, y algún Cristo de goznes, apto para las ceremonias del

Descendimiento, en su sarcófago de cristal. Las encarnaciones de

estas esculturas están muy deterioradas, pero se ve que eran de buen

estilo,[107] aunque sus estigmas resultan muy exagerados. El moho

las asalta en aquella perenne humedad, sus coyunturas de lienzo se

desflocan, el plaste de sus junturas regurgita en sórdido engrudo,

los colores se desconchan, y su expresión de majestad ó de dolor,

inmovilizada entre semejante decadencia, y á veces profanada hasta lo

bestial por la destrucción que demolió esa nariz ó mondó aquel bigote,

produce una impresión afligente y grotesca. El tiempo, enemigo de los

dioses á quienes engendra y devora según la fábula inmortal, los vuelve

títeres al destruirlos, sin borrar, para mayor miseria, su resto de

divinidad.

Ejemplares muy escasos de alfarería es posible hallar también, desde

la teja común hasta una tosca mayólica blanquecina; así como trozos de

cerraduras y trancas de fierro.

Algunas piedras, cuya situación es imposible restaurar, conservan

restos de inscripciones. Sobre una de ellas, por ejemplo, está grabado

en letra de tortis el comienzo de una palabra, que dice: ECC...

notándose casi encima de la primera c el comienzo de un rasgo curvo.

Calculando que éste sea el tilde de una abreviatura, y haciendo una

deducción por el carácter de la letra, puede que la palabra en cuestión

haya sido _ecclesiarum_, abreviada en _eccliar_, á principios del siglo

XVI, por derivación de una forma conservada casi intacta desde el XIV.

Sobre otra piedra, en capitales bastante toscas, vi las iniciales L.

D. O. y un palo vertical que pertenecería á una M, grabada en la parte

ahora destruida, si dichas letras correspondían, como creo, á la frase

_Laus Deo Optimo Maximo_, usada bajo esa forma á fines del siglo XVII.

Lo único que he encontrado completo, pero igualmente inexplicable por

su aislamiento, es el número romano CCMɔɔ (cien mil) usado así á fines

del siglo XV; del propio modo que las cifras arábigas 801 en un bloque

de piedra irregular, y la palabra _cuñá_--mujer en guaraní--sobre

un trozo de arenisca; siendo posible que éste provenga de una losa

sepulcral.

[Ilustración: =Santo Jesuítico.=]

(EN CEDRO)

El lector habrá notado que atribuyo á todos esos restos una

significación religiosa, pues me parece lo más cercano de la verdad,

dados sus autores; y así, cuando hallé algunas letras que no la

tenían, preferí desdeñarlas. Sirva de ejemplo, para concluir, la

cifra siguiente--_h9_--en el extremo de un trozo de arenisca. No

he podido encontrarle otra explicación que un vocablo más bien

jurídico--_hujusmodi_ en cuya abreviatura entraron esos signos durante

cerca de dos siglos: pero repito que esta epigrafía es enteramente

conjetural.[108]

Volviendo, para concluir, al arte de las obras jesuíticas, he dicho

ya que no existía especialmente. Siguió la evolución de la época sin

discrepar, como no fuese para inclinarse al mamarracho.

El arte decorativo de la Edad Media concluyó con ella, inaugurándose

en realidad la moderna por medio de las decoraciones llamadas

«grotescas»[109] que Rafael y su escuela popularizaron, y que no eran

sino temas de la Naturaleza fantaseados por el artista. La diferencia

más saliente, es que la decoración medioeval fué ante todo simbólica

con arreglo á cánones científicos y literarios, como los «Espejos»

de Vincent de Beaubais, los libros de Boecio, la _Leyenda Dorada_;

mientras en la moderna tuvo entera libertad la fantasía.[110] Esto dió

origen al arte de los siglos XVI y XVII (la época jesuítica) arte

cuyas características son el movimiento de la línea, el predominio de

lo decorativo, y correlativamente la acentuación de la personalidad,

que iba marcando el progresivo alejamiento de la Edad Media.

Semejante predilección por lo decorativo degeneró pronto en excesos

que afeminaron el arte, dando en arquitectura edificios construidos

á manera de mueblecillos japoneses, como que esta moda era

originariamente oriental. Las fachadas llenas de columnitas, volutas,

nichos, multiplicáronse con más buen gusto que vigor, y los decoradores

jesuíticos se encontraron á sus anchas en aquel medio. Exageraron desde

luego la tendencia, puesto que su objeto respondía á sobreexcitar la

atención por medio del recargo llamativo, y hasta parece que hubo,

bien que por el lado de la suntuosidad solamente, un vago intento de

restauración bizantina en esta parte.

Falló el éxito enteramente. Mucho más cerca tuvieron los jesuítas

al arte arábigo, de máxima pureza en España, donde la imitación

bizantina careció de influencia sobre él, y no supieron aprovecharlo.

La profusión de sus ornamentos, en los que se ha creído ver algo de

medioeval, nada tiene de esto, si se considera su tosquedad deplorable,

cuando la Edad Media fué la época de la orfebrería; y en cuanto al

decorado, nada tiene que ver con lo bizantino y con lo arábigo, como

no sea el predominio de los colores primitivos (azul, rojo y amarillo

representado por el oro) que si acompaña estrechamente á los mejores

períodos del arte en todos los estilos,[111] especialmente en el

arábigo, no basta cuando le faltan otras calidades correlativas. Por

lo demás, he mencionado hace un instante la influencia que sobre la

cargazón charra pudo tener el ambiente, sin que esto explique del todo

la exageración.

Sólo en unas cariátides de retablo, que representan serafines

terminados por una policroma voluta, noté el tipo indígena, por cierto

muy bizarro bajo la cabellera profusamente dorada de los angélicos

jerarcas. Y éste es el único indicio verdaderamente «guaraní» en todos

los restos que he examinado...

Antes hablé de los gnomones ó relojes de sol, que figuran generalmente

despedazados en las ruinas. Son casi todos poligonales, estando

ocupadas cuatro caras del cubo donde se hallan trazados, por uno

horizontal, cuyas líneas horarias á desigual distancia indican el

concurso de la esfera armilar--y tres verticales: uno austral, uno

boreal y uno declinante. La quinta cara del cubo estaba ocupada por

un salmo ó versículo evangélico, y la sexta era el asiento. El gnomón

plano de San Javier, que es solar y lunar, es decir, diurno y nocturno,

tiene su esfera dividida en cuarenta y ocho partes, lo cual indica que

señalaba las medias horas; y el poligonal de Concepción, era meridiano,

circunstancia que se advierte á primera vista porque sus superficies

horarias son rectangulares.

Las antedichas ruinas de San Javier, guardan los restos de otro que

considero muy notable, si fué, como creo, de los llamados universales,

porque sirven para cualesquiera latitudes ó meridianos. Sus trozos

estaban esparcidos en una superficie bastante considerable, y una vez

juntos, aunque faltaban muchos, se procedió á medirlos.

Creo haber restaurado en parte la meridiana, sin poder hacerlo con las

líneas horarias, por estar muy fragmentados los trozos; pero en tres

de ellos había cifras que me sirvieron para conjeturar el carácter

del gnomón. Eran la V, la IX y la X. Después de varios tanteos para

inferir la longitud del estilo ausente, me decidí por 15 centímetros,

lo cual, suprimiendo cálculos que al lector no interesan, daba un

módulo de 15 milímetros para fijar la distancia de las líneas horarias

á la meridiana. Esa distancia resultaba de 505 milímetros para la V,

140 para la IX y 87 para la X. Ahora bien, la distancia exacta de la

primera, debía equivaler á 34.10 módulos; la de la segunda á 10 y la

de la tercera á 5.77. El error es, respectivamente, de 6-1/2, 10 y

1/2 milímetros, que creo imputables al deterioro de los trozos y á la

deficiencia de mis medios; pero si bien en un caso la distancia de dos

tercios de módulos es ya sensible, en otro la aproximación de medio

milímetro implica un argumento concluyente, á mi entender.

Es cuanto queda de las antiguas reducciones, sin cesar devastadas por

los vecinos de las aldeas que medran en sus inmediaciones, aprovechando

para viviendas menos cómodas los derruidos sillares. Obra buena hará el

Estado, en permitir su extracción, que ahora es clandestina, reservando

como campo de estudio las ruinas más accesibles: San Carlos, Apóstoles

y San Ignacio, por ejemplo. Hay allá miles de metros cúbicos de piedra

cortada, que pueden dar material barato á muchos edificios.

Sea como quiera, el bosque y los hombres consumarán pronto la

destrucción. Las piedras indígenas abrigan ya moradores extranjeros,

que son emigrantes rusos y polacos; oyen resonar en su eco ásperos

lenguajes, cuya barbarie es más ruda por contraste con la vocalización

guaraní, que en sus onomatopeyas hace murmurar aguas y frondas;

repercuten con extrañeza salmodias de ritos ortodoxos y rutenos; ven

reemplazado el tipo y de la extinguida aborigen, por la saya roja y el

corpiño verde de la campesina eslava, que viene á parir sus parvulitos

de oro allá mismo donde gatearon los cachorrillos de cobre; pasan de

eminentes frontaleras, á acordonar veredas ó canteros; de fustes á

poyos, de estatuas á mojones. Mucho si quedan en sus antiguos sitios,

sombreadas por el naranjal contemporáneo, en la paz del bosque á cuyo

vigor son abono los detritus de la población ausente. Pocos años

más, y para recordar la frase antigua, las ruinas habrán también

perecido. Reimperará bajo aquellas frondas el inculto desgaire, y el

zorzal misionero evocará la última memoria del Imperio Jesuítico en la

divagación de su trova silvestre.

NOTAS:

[102] Realmente el estilo, es decir la característica dominante de una

creencia ó de un esfuerzo espiritual en arquitectura, acabó con el

gótico. El Renacimiento, no es propiamente un estilo, sino una soberbia

anarquía, en la cual predominan las individualidades sobre la fe común,

convirtiendo al arte en un producto sensual que la voluptuosidad domina

y amanera á poco, haciéndolo degenerar en retórica.

[103] Conocida es la distribución simbólica de las iglesias medievales.

El altar representaba la cabeza de Jesús, las dos alas del crucero

sus brazos; las puertas sus manos atravesadas; la nave sus piernas,

y el pórtico sus perforados pies. En algunas, la bóveda significaba

el Nazareno agobiado bajo la cruz. La orientación era asimismo

prolijamente respetada, pues todos los templos tenían su fachada

principal al Oeste. Esta regla cayó en desuso hacia la época del

concilio de Trento, siendo precisamente los jesuítas, quienes primero

la violaron.

[104] En mi libro «La reforma educacional» he dado la filiación de

este neologismo, que significa destrucción por frotamiento, y fué

introducido al _francés_ (_nétrition_) por Cuvier en su _Discours sur

les Révolutions du Globe_, parág. 4.º.

[105] Esto debe de entenderse sólo para los frontispicios, y no en

todos los templos.

[106] Ignoro con qué éxito, siendo de suponerlo negativo en cuanto

al arte, dados el amaneramiento y la cargazón peculiares al gusto

jesuítico; pero el gran tamaño de los bloques de asperón, da á los

muros una alta nobleza, siendo ellos desiguales para mejor impresión

estética.

[107] Recordad la nota anterior.

[108] No resisto, sin embargo, al deseo de intentar una explicación

sobre otros caracteres que hallé á los fondos de una habitación

destruida, en Trinidad. Eran dos _S.S._ en un trozo de piedra, y luego

una _M_ y una _Y_ en otro tirado á poca distancia; harto informes

ambos para calcular su procedencia. ¿No formarían acaso esas letras

la cifra con que Colón precedía su firma (S.S.A.S.X.M.Y: _Suplex

Servus Altissimi Salvatoris Christi, Mariæ, Iosephi_) destruida por un

derrumbe?... Estaríamos dentro del carácter religioso al conjeturarlo;

y lo interesante del hecho, si existiera, podría hacer perdonar el

exceso de imaginación.

[109] Llamadas así, porque Rafael y sus discípulos imitaron al

principio las que fueron descubiertas en las Termas de Tito, que,

enterradas bajo el suelo de Roma, parecían grutas:--_grotta_,

_grottesco_.

[110] Los mismos demonios de los tímpanos y otros lugares

arquitectónicos medievales, son de un naturalismo admirable, lo propio

que las gárgolas, cuyos tipos fundamentales, vienen del perro, el sapo

y el mono. Asimismo, las decoraciones vegetales esculpidas ó pintadas,

son tan reales, que se puede determinar sin esfuerzo la especie de las

plantas figuradas en miniaturas y bajos relieves.

[111] Ello viene de que dichos colores combinados producen los demás,

entre ellos el morado, que está en todos los ambientes bajo su

viso lila; fuera de que siendo el azul el que neutraliza la luz en

proporción mayor, su predominio da al conjunto más discreción y armonía.

EPÍLOGO

EPÍLOGO

Con el capítulo sobre las ruinas terminaba, acaso, esta obra; pero el

estudio realizado imponía á mi ver una conclusión cualquiera sobre

los resultados de la orden jesuítica en su imperio guaraní. Nada más

cómodo que limitarme á la descripción encomendada, omitiendo un juicio

forzosamente susceptible de discusión; es lo que hubiera podido hacer,

sin mengua de mi trabajo, á no entender que en esta clase de asuntos

es necesario ir hasta donde la conciencia lo determine. Creo, pues, mi

deber, agregar algunas palabras.

En el transcurso de este ensayo ha podido ver el lector, según

creo, que los jesuítas realizaron con sus reducciones una teocracia

perfecta. Siendo ésta el ideal político de la monarquía española, nada

extraordinario si protegió á sus autores cuanto pudo, consagrando

milicias especiales á su defensa, favoreciéndolos con toda suerte de

excepciones fiscales y acordándoles una legislación privilegiada,

cuyo espíritu disonaba con el carácter humillante que en cuanto á

la Iglesia revistió la peninsular. Desde la franquicia comercial

exclusiva, hasta el permiso de armarse sin control, todo lo obtuvieron;

con más que ellos mismos sugerían las ordenanzas á su favor. Con ellos

no hubo patronatos ni regalías, y la Corona dió siempre mucho más de lo

que la retribuyeron.

Así, pues, no hay tal cuestión de intereses en la expulsión, consentida

y ejecutada además por naciones donde la confiscación no podía ser

un aliciente. Concretándome á España, ésta resolvió con semejante

medida una cuestión de ideas. Carlos III no era hombre para concebir

un imperio teocrático basado en el quietismo y en el atraso de sus

súbditos. Sus tendencias modernas y prácticas procuraban sacar, en este

doble sentido, cuanto era posible del tosco instrumento que en manos de

los Habsburgos fué sólo un ingenio de destrucción; y si no resultó el

Luis XIV de España, faltándole el genio del Gran Rey para igualarlo, es

evidente que se le pareció en algunas cosas.

La Península recibió de su mano el más saludable sacudimiento que

hubiera experimentado desde la reconquista contra el moro. Una

administración excelente, que era quizá la especialidad de aquel

monarca, se substituyó al consuetudinario desbarajuste fiscal. La

Corona fundó en todo el reino, relacionándolas con la producción

regional, fábricas de paños, de tejidos de seda y algodón, de acero,

vidrio, porcelanas, etc. Dotó escuelas industriales; creó el Banco de

San Carlos con el fin de reanimar el crédito; protegió al comercio,

regularizando la detestable vialidad peninsular, estableciendo el

servicio postal, abriendo puertos, garantiendo la seguridad pública;

y en cuanto á las posesiones ultramarinas, éstas que son hoy naciones

independientes, y con mayor razón la nuestra, le deben la abolición

del privilegio comercial de Cádiz, el establecimiento de la primera

línea regular de paquebotes que servían á Cuba y al Plata, y la

descentralización política que al erigirnos en virreinato preparó el

camino á la Independencia.

El ideal teocrático, basado en la abolición del individualismo que la

riqueza pública desarrolla al aumentarse, y unitario por esencia, no

podía tener un devoto en semejante monarca, así como éste no concebía

de seguro el progreso de su país bajo la faz material únicamente; de

modo que su conflicto con los jesuítas, fué ante todo una cuestión

filosófica. Roto el vínculo que por siglos había ligado la monarquía

á ese ideal, resaltó con claridad incontestable todo lo anacrónico

de aquel sistema, que en forma diversa de la conquista militar, pero

substancialmente idéntico á ella, prolongaba las formas sociales de

la edad de oro de la Iglesia, eternizando la organización medioeval.

Ello era tanto más notable, cuanto que el resto de las naciones había

entrado ya en las prácticas modernas, que al difundir popularmente la

riqueza, por muerte del privilegio en cuya virtud sólo era accesible

á los nobles, fundando la actual sociedad capitalista y poniendo

las monarquías á favor del pueblo--fomentaban el individualismo

y preludiaban la Revolución. No había, pues, avenimiento posible,

produciéndose la ruptura que la evolución retardada tornaba violenta;

y claro es que los jesuítas, paladines del sistema abolido, habían de

experimentar con mayor viveza el percance. Respecto á las consecuencias

sociales de su sistema misionero, creo que van implícitas en un dilema

motivado por el estudio mismo de la cuestión:

O los indios resultaban incapaces de la civilización, que _pari passu_

con la marcha de las reducciones realizaban los pueblos blancos, y ésta

era la opinión de los jesuítas; ó poseían aptitudes para adoptarla.

En este caso, la teocracia erró el camino, al no comprender que el

comunismo perpetuaba el ideal social de la Edad Media; en el otro, el

exterminio del salvaje era una fatalidad á la cual no cabía oponerse

sin perjuicio para la raza superior.

El humanitarismo liberal que los defensores del sistema jesuítico han

explotado en su provecho, se espanta de este resultado, consecuente

con los principios metafísicos que constituyen su credo; y semejante

lógica lo ha puesto en el aprieto de confesar que la obra de los

jesuítas fué plausible, ó de renegar su propio concepto para ceder á

la pasión sectaria. En igual forma se le ha replicado con la libertad,

pretendiéndose que el indio era libre bajo aquel sistema de todo para

todos, semejante en apariencia al ideal de los modernos comunistas;

pero dicha argumentación, excelente como recurso dialéctico,

constituye una anomalía para quienes organizaron el comunismo en forma

tal, que todo progreso económico era imposible al individuo. Aquel

socialismo de Estado, más despótico que un imperio oriental, permitía

la igualdad, pero la igualdad de la miseria, como que todo existía

por la providencia del Padre director: la renuncia de los bienes

terrenales, que es para el cristianismo católico el más seguro medio

de salvación. Por lo que respecta á las consideraciones humanitarias,

ellas son igualmente inaceptables en los sacerdotes de una religión,

cuya ley originaria autorizaba precisamente los exterminios de raza,

cuando el pueblo escogido tenía en los otros un obstáculo á su

desarrollo, consagrando así, en la forma religiosa que sintetizaba los

prestigios de la época, esa eterna ley de la lucha por la vida á la

cual pertenece también el secreto de la historia.

Los indios eran incapaces de vivir en estado de civilización, como lo

demuestra de sobra el fracaso de las reducciones al ponerse en contacto

con el mundo, pues su organización fué en el fondo un salvajismo

atenuado cuyos efectos aún perduran en el Brasil y en el Paraguay.

Esos descendientes de los guaraníes reducidos, no tienen todavía

noción clara de la propiedad, siéndoles desconocida toda ambición de

enriquecerse. Si los aguijonea la necesidad, hurtan ó despojan; y

el rasgo típicamente salvaje, de que toda labor está encomendada á

la mujer, prueba cuán poca influencia tuvo en efecto la conquista

jesuítica. Se dirá que el clima tiene la culpa, pero el clima no es una

fatalidad; y una obra que ni en parte mínima supo corregir sus efectos,

fracasó en su faz esencial. La civilización, bajo su aspecto moral, es

un conjunto de cualidades artificialmente desarrolladas, proviniendo

de aquí la diferencia entre el individuo civilizado y el salvaje.

Éste depende en absoluto del medio en que ha nacido; el otro es su

colaborador inteligente.

Aquellos hombres, á los cuales sólo agita de cuando en cuando el

instinto nómade, en correrías que suelen resultar salteos, tienen vivo

al salvaje bajo su estructura semi-culta, y eso está manifiesto en la

atroz barbarie que caracteriza sus revoluciones y sus motines: después

de todo, la aptitud bélica era la única cualidad individual que se les

había desarrollado.

Las guerras que asolaron á las Misiones argentinas hasta despoblarlas,

han sido una verdadera depuración, de cuyos resultados podemos

felicitarnos por comparación con los estados vecinos.

Es necesario, para apreciarlo bien, haber visto ese pobre Paraguay,

enfermo de pereza bajo el dosel de su selva magnífica--rey de las

piernas de mármol cuya miseria acrecienta el esplendor de su pompa

inútil;--ó esa frontera brasileña cuyos paisanos, mucho más cultos que

los nuestros, viven acariciando el ensueño bandolero como el único

calmante á sus pasiones y á su miseria. Más que por la vaguada de los

ríos limítrofes, y sobre la tierra, idéntica desde luego, el meridiano

de demarcación está trazado allá en el espíritu.

Los jesuítas tomaron por tipo de organización social á su propio

instituto, basado como sobre un triple cimiento, que da ya el plano del

edificio, en tres principios fundamentales: el comunismo, la autoridad

absoluta y la renunciación de la personalidad; pero los resultados

hicieron comprender bien pronto que semejante estructura, eficaz para

cuerpos pequeños y militantes, no era aplicable á los pueblos. Estos

tienen otras necesidades, y aunque semejantes con aquéllos, no son

idénticos. Así, las cualidades que desarrolló en los guaraníes fueron

inútiles ó nocivas respecto á la civilización moderna.

Religiosos y sumisos, carecieron de arranque individual, perpetuamente

delegado su albedrío en los PP. ó en la divinidad. Bravos se mostraron

en la insurrección de 1751 y en sus encuentros con los mamelucos;

bravos, pero sin energía. Es que la religión, aliada del soldado para

la lucha por el sostén de la antigua supremacía en el medio moderno,

cada vez más escéptico y pacífico, es decir, cada vez más adverso--no

desarrolla sino el patriotismo militar en el cual estriba la

persistencia de la alianza, reuniendo bajo esa forma las dos tendencias

menos compatibles con nuestra civilización. El engrandecimiento por

la riqueza, que es el ideal moderno, requiere el predominio de la

habilidad calculadora y de la paz,[112] antípodas del sentimentalismo

religioso y de la gloria bélica; y como los conceptos del honor y de

la virtud se han confundido con el ideal dominante, según sucede en

todas las civilizaciones, dichas tendencias perdieron sus cualidades

substantivas, expresadas por aquellos conceptos, convirtiéndose

progresivamente en meros elementos de decoración.

El imperio jesuítico · 第 15 / 17 段