La serenidad es inmensa, el silencio vasto como un mar, la soledad

eterna. Empero, no hay nada de adusto allá. El clima y el bosque han

impreso al conjunto su dulzura peculiar. Aquella hidrópica vegetación

de tréboles, helechos, ortigas, produce una humedad por decirlo así

emoliente. Los ásperos sillares rezuman el copioso rocío de las

noches, que el sol meridiano desvanece apenas, dando asidero al liquen

higroscópico y á los zarcillos de las parietarias; el suelo es una red

de malezas, que pujan á bosquecillos de tártagos y á bravísimos cercos

de agave; y por sobre eso el alto bosque dilata su inmenso toldo.

Sube hasta el bochorno la tibieza enervante del aire en las

asoleadas siestas, haciendo glorietas exquisitas de aquellas

derruidas habitaciones que regalan frescuras de tinaja. En perezoso

desprendimiento caen aquí y allá las naranjas demasiado maduras; croan

entre los árboles, al amor de tan pródiga pitanza, nubes de loros

que por instantes prorrumpen á la loquesca en estridente cotorreo;

algún conejo, cuyo pelaje blanco ó manchado recuerda á sus antecesores

de la reducción, salta cauteloso entre los helechos; y el silencio,

tan característico que se hace notar como una presencia, completa la

impresión de paz.

Los montones de piedra delinean antiguas calles, cercados y recintos.

Sobre el ábaco de un pilar, al que apenas diferencia de los troncos

cercanos su rectangular estructura, un _guaembé_ (_philodendron

micans_) dilata sus hojas como en un vasto macetón de vestíbulo; orna

la adaraja que descubrió un derrumbe, tal cual cactea; yérguense sobre

los parapetos elegantes arbustos, y por todos los rincones cuelgan las

avispas sus panales de cartón.

Donde las construcciones fueron de tapia, la profusión es mucho mayor

desde luego. La higuera silvestre y el ombú han medrado ávidamente

en aquellos montones de tierra, alcanzando proporciones desmesuradas

su inconsistente tronco. Esas masas de albura en que el machete se

hunde como en carne de pera, han realizado los más curiosos caprichos

plásticos al apoderarse de las ruinas. Aquí uno mantiene incrustado

entre sus raigones tal trozo de pared, sobre el cual diríase que han

corrido gruesas chorreras de plomo; más allá otros aprovecharon como

tutores los antiguos machos de urunday, casi del todo cubiertos por

su esponjosa leña; y algunos que encontraron en su desarrollo vigas ó

tirantes, abrazáronse á ellos, desencajáronlos de sus ensambles, y

alzándolos á medida de su crecimiento, forman ahora inmensas cruces ú

horcas colosales del más extraño efecto.

Helechos y tréboles gigantes son el tapiz de las antiguas habitaciones;

raíces y vástagos componen á sus ruinas una verdadera decoración, cual

si quisieran restaurarlas con arte salvaje. De pronto se nota una

enredadera que es, para ese fuste, astrágalo perfecto; ó una mata de

iridáceas que forma naturales caulículos á aquella columna decapitada.

Y el silencio es cada vez más profundo, cada vez más grato. Una

extraviada planta de yerba trae á la mente como recuerdo impreciso la

pasada historia, y esta circunstancia poética: que cada ruina posee su

zorzal--acrece la impresión de melancólica dulzura con los flauteos del

solitario cantor.

Allá se tiene, como quien dice en miniatura, una historia completa.

Aquel fugaz Imperio, quizá soñado por sus autores como una teocracia

antigua, con su David y su Salomón, pasó por todas las crisis desde la

conquista hasta el fracaso; hizo florecer una política que enredó en

su trama á dos naciones; organizó la vida civil, en forma como no la

veía el mundo desde las más remotas civilizaciones asiáticas; realizó

la teocracia, en admirable rebelión contra el progreso de los tiempos

y de las ideas; conglomeró en sociedad, con imponente esfuerzo, aquel

hervidero de tribus cuya dispersión inorgánica parecía inhabilitarlas

para toda jerarquía--errando mucho aunque acertando asaz; conato

si se quiere, pero valentísimo; esbozo á buen seguro, mas de

proyecto enorme, donde no flaqueó el esfuerzo sino el ideal en pugna

con la vida; y ni el estrago de la guerra le faltó para que sus restos

conservaran el sello de todas las grandezas humanas, comunicando una

especie de épica ternura á aquellos escombros velados por la selva

compasiva, cuyos rumores son el último comentario de una catástrofe

imperial.

[Ilustración]

[Ilustración: =Tipo de columna.=]

Hollando tejas y rotas baldosas, anda uno por ellos. Eran fuertes

piezas, que revelan una vez más la poderosa estructura del conjunto.

Miden las primeras 0.45 ms. de largo por 0.35 de ancho y 0.1-1/2 de

espesor; las segundas 0.30 si octogonales, 0.40 y 0.45 si de seis

lados. Á través del tiempo, sirven de nuevo á los actuales moradores,

siendo de pasta superior.

Mencioné ya el carácter igual que tenían todos los pueblos jesuíticos,

y que se ve patente en sus ruinas. Adoptado un tipo, debieron

conservarlo, pues así lo ordenaba la ley; y respecto al que usaron,

vale la pena mencionar el nombre de su inventor, el P. González de

Santa Cruz. No hay mucha originalidad que digamos, pues el mencionado

sacerdote no era arquitecto, y se atuvo estrictamente á la cuadrícula,

tomando como base la manzana española con sus conocidas dimensiones

(125 ms.×125); pero el dato histórico tiene su valor evidente en

arqueología.

Describiré dos de estas ruinas, las más accesibles desde la capital de

Misiones: San Carlos y Apóstoles; no haciéndolo con San Ignacio, que

es la más visitada, porque ya existen sobre ella una descripción y un

plano del señor Juan Queirel, y tiene además un guardián del Estado.

Mi descripción sería una redundancia, sin contar con que los desmontes

efectuados últimamente, facilitan por completo el acceso.

San Carlos, como puede verse por su plano respectivo, estaba situada

entre las nacientes de los ríos Pindapoy ó San Carlos y Aguapey, y

el arroyo del Mojón que desemboca en este último. Su posición era

culminante, sobre una meseta de 250 ms. de altura, que divide las aguas

de los ríos citados, hacia el Paraná y el Uruguay respectivamente. En

días claros, se alcanzaba á ver desde ella la estancia de Santo Tomás,

situada veinte kls. al N.O. y la de San Juan treinta y cinco al E. N.

E. Lo acertado de su situación, en cuanto á salubridad y topografía, se

deduce por contraste con el pueblo actual, cuyos diez ó doce ranchos,

diseminados en el fondo de un cañadón anegadizo al S. de las ruinas,

se ven á menudo azotados por la difteria y el paludismo. Una serie de

lomas, casi todas coronadas por el bosquecillo circular que indica

con frecuencia una antigua población, circuye las ruinas, enteramente

cubiertas por el bosque al cual se interpola el diseminado naranjal.

El lector debe tener á la vista los dos planos de esta reducción,

pues el de conjunto da un tipo de la topografía común á los pueblos

jesuíticos, y el detallado otro de la planta urbana solamente.

[Ilustración]

Las ruinas constan de dos cuerpos, separados ahora por una calle de

20 metros de ancho que corre de N. á S., y por la plaza. El primero

consiste en el convento con sus dependencias y una manzana de casas al

O. El segundo es el pueblo mismo.

Rodeaba á aquel edificio una albarrada de piedra _tacarú_ en bloques de

0.20 ms. de diámetro, término medio, siendo su altura 3 ms.; su ancho

en la base 1.25 y en la cúspide 0.95. Estas dimensiones son comunes á

las demás murallas divisorias.

El convento se dividía en dos partes. La quinta, situada al N., tenía

145 ms. de ancho al S., por 190 de E. á O. La llena enteramente

el naranjal, que ha perdido al renovarse incultamente, la antigua

alineación; y en su vértice N. O. existía un pozo circundado por una

pileta ó abrevadero. Una faja de terreno baldío que ocupa todo el

costado O., sería quizá la hortaliza.

Á 84 metros de dicho costado, corre paralela una muralla de tapia

casi enteramente derruida, cuya explicación no he podido encontrar,

sino tomándola por la trinchera en que _Andresito_ resistió á los

brasileños. Refuerza mi conjetura el hecho de que dicha tapia vaya

á dar en el flanco de la iglesia, situada sobre el costado O. de la

plaza; pues aquel edificio era el polvorín, como se recordará.

El espacio ocupado por las habitaciones del convento tiene 84 metros de

E. á O, por 82 de N. á S. contando la primera distancia hasta la tapia;

pues hasta el cerco general de piedra, mide 190 como en el resto.

Sobre la muralla que circunda este recinto por el S., hasta dar con la

tapia, es decir, en una longitud de 84 metros había 14 habitaciones

por completo independientes una de otra; y desde la tapia hasta la

iglesia, 19 en iguales condiciones. Su capacidad es de 10.90 ms. por

5.85; estaban construidas en piedra hasta 2.70 ms. desde el cimiento,

siendo el resto una tapia que mide ahora 2.30, pero que debía exceder

de 5. Los machos de urunday que atizonaban aquellos muros, están

visibles todavía en algunos puntos; los sillares que los formaban, son

prismas de 0.75×0.45. De los tirantes y alfarjías no queda resto en las

destruidas habitaciones que el incendio devoró dos veces. Sombreaba

toda esa edificación una galería de 3.50 ms. de ancho, sostenida de 4

en 4 ms. por pilastras cuyos pedestales medían 0.85×0.80. El fuste,

fijo al basamento por una espiga de madera, tenía 2 ms. de alto y 0.46

por cara; algunos alcanzaban 1.06×1 en el pedestal y 0.77 en los lados.

Todas estas pilastras eran ochavadas. Una parte de la galería debió de

estar asentada sobre postes de madera que el incendio destruiría, por

cuya razón no ha dejado vestigios. Al extremo O. de las habitaciones

en cuestión, y á 20 ms. detrás de la iglesia, quedan los restos de

una construcción redonda en piedra, que debió de ser el campanario

comunicado con el convento. En el costado opuesto había 5 salas de

piedra de 15 ms.×9.75, hasta la tapia; y si desde ésta hasta la muralla

de piedra seguía la misma edificación, resultan 7; ó 19 si era como la

del frente. No conservan vestigios de galería, é infiero por su tamaño

que serían talleres ú oficinas. En su intersección con la tapia, está

á la vista un trecho de sótano que correspondió quizá al refectorio.

Tras de la muralla que circunda al convento por el O. y formando cuerpo

con ella, existía un corral de 72 ms.×44, inmediato al cual pasaba el

camino á la estancia de Santo Tomás, que puede utilizarse aún. De este

mismo corral se desprendía un potrero de piedra, que ensanchándose al

S. O. volvía después al N. hasta dar con un manantial del Pindapoy;

tenía 700 metros de desarrollo. Á 30 metros detrás del costado N. de la

quinta, hay una ruina situada sobre otro manantial del mismo arroyo,

quedando entre ésta y el corral un sotillo de naranjos, pero sin restos

de habitación.

La plaza mide 125 ms.×125, y en su costado O. estaba la iglesia,

de la cual sólo quedan dos tapias informes y vestigios de gradas

pertenecientes al pretil. Al extremo de este costado, ó sea en el

vértice S. O. de la plaza, se halla el cementerio actual--un corralito

donde hay algunos trozos de lápidas antiguas.

Manzanas de las dimensiones ya establecidas, tienen sus bases en los

lados N., S. y E. de la plaza; dos más, completan el cuadrado, y una

empieza en el costado S. del convento. Las habitaciones son de 6 ms.×6,

y están dispuestas en filas, separadas por calles de 18 ms., como se

ve en el plano. Doy una manzana solamente con esta disposición, pero

las otras son iguales. Las habitaciones que rodeaban la plaza eran

de piedra, así como las que formaban la manzana O. El resto es casi

enteramente de tapia, notándose frente á todas vestigios de galería.

Sus paredes de piedra alcanzan 3 ms. de elevación, desde el cimiento

inclusive, en las esquinas; la tapia superpuesta no tiene más que 0.50.

Cada manzana contaba 6 filas de habitaciones, formando 19 de éstas

una fila; lo cual da 684 casas para el pueblo solamente. Calculando á

5 habitantes por casa, promedio que me parece discreto, salen 3.420;

los cuales junto con la servidumbre del convento y los capataces y

peones de las estancias, hacen el total de 3.500 establecido para las

reducciones en general.

Las fortificaciones están enteramente destruidas; pero es fácil

concebir su ubicación por la del pueblo. Aquellos arroyos que casi lo

rodean, constituían fosos naturales.

Apóstoles estaba situado también en una meseta entre los arroyos

Cuñá-Manó y Chimiray; el primero á 7 kls. al S. y S. O., y el segundo

1.100 ms. al N. El plano da el número de sus manzanas y dependencias,

bastante destruidas; pero las habitaciones están mejor conservadas que

en San Carlos. En ellas se ve que las puertas medían 3.05 ms. de alto

por 1.10 de ancho. Los alféizares, netamente rebajados en la piedra,

tienen 0.07. Varía un poco la capacidad de las habitaciones, pues éstas

son de 5.75 ms. de largo, por 5.15 de ancho, alcanzando á 3.15 las

paredes que permanecen en pie. Los sillares prismáticos que las

forman, miden 0.58×0.33; no obstante, en las esquinas son de 0.87×0.40.

En el ángulo S. E. de la plaza, hay restos de otras que midieron

7.50×5.70; pero son excepcionales.

[Ilustración]

[Ilustración: =Tipo de columna.=]

Detrás de la línea de habitaciones que formaba el costado E. de

aquélla, y separadas por una calle de 15.70 de ancho, había dos salas

de 36.70 de largo por 5.80 de ancho cada una; quedando aisladas

entre sí por un espacio de 17.15, en el cual prosperan algunos

naranjos. Detrás todavía, y á la distancia ya indicada de 15.70, hay

otras dos de iguales dimensiones, siguiendo después la edificación

común. Sus paredes miden 0.75 de espesor. Cada una tenía 6 puertas,

correspondientes, según parece, á otros tantos tabiques.

Quedan en el costado N. de la plaza, restos de dos cuerpos de edificio

separados por un espacio de 25 ms., los cuales miden 6.40 de frente

cada uno. Una puerta de 2.30 de alto por 1.95 de ancho, permanece

todavía en pie. De los extremos del cabio, formado por un enorme tablón

de urunday, arrancaban dos maderos, que incrustándose en las piedras

caladas al efecto, formaban una especie de arco adintelado. Carcomido

por el incendio hasta la mitad, resiste, sin embargo, soportando

el enorme peso del dintel, casi sin pandearse; y es probable que

conservara toda su horizontalidad, de estar contrapeado todavía con

las jambas. Ello no es de extrañar, cuando se sabe que la madera del

urunday tiene una resistencia á la flexión de 1257 kgs. por cm². Cada

cuerpo del edificio mencionado tiene 5.66 ms. de ancho, siendo su fondo

12.80 para el que está más al E. y 6 para el otro. Las paredes miden

0.69 de espesor y 5.80 de altura; pero es fácil calcular 1.50 más, por

los derrumbes y lo colmado del piso, resultando entonces una altura de

7.30 para el edificio.

El otro costado de la plaza, es decir el del S., tiene 55.50 ms.

ocupados por un muro de piedra de altura variable, cuyo máximum

y mínimum es de 3 y de 1.70. Me inclino á creer que este muro

correspondiera al costado de una sala extensa, análoga á las ya

descritas en el costado E. Los 13 y 62 ms. que faltan para completar el

lado en cuestión, estuvieron formados, al parecer, por casas de tapia.

Á 68 ms. al S. de este costado, hay restos de una construcción de 26

ms. de frente por 16 de fondo, con un tabique divisorio á los 7.50 de

éste. Se hallaba dividida en cuatro piezas iguales con cuatro puertas

al N. Quedan vestigios de una galería de 2.35 de ancho sobre los

costados N., E. y O. de la plaza, consistentes en postes de urunday

muy deteriorados, y pilastras de 2.09 de alto por 0.45 de cara; unas

ochavadas, otras con un tosco esgucio que las decoraba groseramente.

Frente á la larga pared descrita, existe el tronco de una estatua

de piedra, que por la manera cómo tiene cruzadas las manos sobre el

pecho, debió de pertenecer á la Inmaculada Concepción. Las erosiones

apenas dejan distinguir un pie; mas lo poco que de él aparece

debajo de la túnica, refuerza el anterior indicio. Cerca de este punto,

dos pedestales netos, en cuyos plintos se ve aún los agujeros de las

espigas que aseguraban sus respectivas estatuas, indican que éstas

fueron dos; y en efecto, no es difícil encontrar pedazos de otra.

Dichas estatuas, que decoraban el exterior de las iglesias, nos llevan

á tratar de las ruinas pertenecientes á éstas.

[Ilustración: =Una puerta decorada.=]

Alguna vez se ha hablado del «estilo guaraní;» pero es un evidente

abuso de frase. Sabe todo el mundo, que ni siquiera puede decirse

con propiedad «estilo jesuítico,» siendo lo único peculiar en la

arquitectura de la Compañía el abuso decorativo; mas esto mismo

era entonces una moda universal.[102] El bosque, con su profusión

lujuriante, habría influido tal vez sobre aquella arquitectura; pero no

hubo tiempo para semejante evolución, por de contado muy lenta siempre,

y los indios carecían de la cultura requerida para ser artistas, mucho

menos artistas innovadores. Debo hacer notar, sin embargo, para ser

justo, que la cargazón y los colores vivos, sobre cuya mención volveré

muy luego, se atenuaban mucho y aun se explicaban por la acción de una

luz harto viva y de un ambiente clarísimo, que hubieran devorado (para

usar el término de rigor) las medias tintas. Toda la decoración externa

estaba pintada, para evitar precisamente esto como en los templos

medievales cuyo efecto debía de ser bellísimo, á juzgar por algún

nártex, todavía apreciable, y se ve que hubo designio en ello, por la

anchura de los ábacos, la profundidad de los esgucios y el hecho de

tener su fuste acanalado todas las columnas decorativas; pues si tales

rasgos sorprenden por su exageración en el primer momento, bien pronto

se nota su objeto: atenuar el exceso de luz ambiente.

[Ilustración: =Tipo de columna.=]

Las ruinas de los templos jesuíticos no dejan, pues, impresión alguna

de novedad. Todas revelan el tipo cruciforme que predominó en la

Edad Media, y que los jesuítas restauraban por devoción especial á

Jesu-Cristo.[103] Nada original en el conjunto ni en los adornos. El

pórtico de una sacristía de Trinidad, que el lector ha visto copiado

en su estado actual, da una idea suficiente de las ornamentaciones. La

iglesia á que pertenece fué edificada en la época del mayor poderío

jesuítico, siendo quizá la más vasta de todas. El de San Ignacio,

en las Misiones argentinas, revela algo muy semejante: columnas

góticas, sobre las cuales se asienta un dintel recargadísimo, pues la

blandura del gres predisponía á abundar en decoraciones. Éstas eran muy

variadas: el follaje mixto de los capiteles compuestos, los racimos

de la viña evangélica; cuartos y medios boceles, golas, cheurrones,

escudos encartuchados y angelotes. Á ambos lados del pórtico, dos

losas con la cifra de la Virgen y de la Compañía, á derecha é

izquierda respectivamente. Presento al lector tres tipos de columnas

jesuíticas, que con la compuesta de pórticos y altares, forman toda

la provisión arquitectónica de las ruinas; por ellas se verá cómo no

había, en efecto, novedad alguna. Las embebidas son naturalmente del

mismo estilo, y en los templos de tapia las labraron en madera. En

Trinidad se ha conservado una cornisa que rodea todo el presbiterio,

y completa la idea de las decoraciones empleadas. Representa diversas

escenas domésticas de la vida de María, tratadas con bastante acierto.

En una, la Virgen ora, mientras su niño duerme en la cuna y cuatro

ángeles le dan música para que no despierte; en otra, arropa á su

niño, siempre arrullado por la música angelical, cuyos instrumentos

son arpas, zampoñas y trompetas; en otra, maneja su devanadera con el

mismo acompañamiento; en otra todavía, es un ángel el que ejecuta la

operación para que ella pueda orar.

Estas figuras, así como el pórtico de la sacristía antes mencionada,

están labradas sobre los sillares de construcción, los cuales venían

á ser gigantescas teselas, que al ajustarse, componían un verdadero

mosaico en alto relieve. Los arcos eran casi todos adintelados, y no

pocos una imitación en madera, como la recordaba al describir las

ruinas de Apóstoles. Sólo en la iglesia inconclusa de Jesús, hay unos

apuntados que revelan el carácter ojival del futuro edificio; y fuera

de éste existe arruinado uno de medio punto, que iba á quedar tal vez

en la intersección de dos claustros.

Al encaramarse por techos y paredes, los árboles han precipitado

el derrumbe de aquellos edificios. Nada resiste á su acción

desorganizadora. Desencajan las dovelas, apalancan los arquitrabes, y

el viento, al encorvarlos, comunica sus sacudidas á la bóveda ó muro

abrazados por sus raíces. La mencionada iglesia de Trinidad, con la

cual me especializo por ser la que da más fácil acceso al viajero,

presenta señales evidentes de cuanto dejo expresado. Á primera vista,

dijérasela destruida por un terremoto; tal es de completa su ruina.

Después se advierte que esto resulta sólo de la friabilidad del

material. Pilar que caía ó muro que se derrumbaba, todo lo reducían

á añicos en torno suyo. La humedad colaboraba activamente á su

detrición[104] y el bosque se metía por la brecha acto continuo.

[Ilustración: =Santo Jesuítico.=]

(EN CEDRO)

De las naves no queda ya resto en pie. El crucero permanece, así

como un pedazo de bóveda sobre el presbiterio y uno de los arcos

torales que no tardará en caer. La sacristía conserva también su bóveda

y un nicho decorado por una rica archivolta. Á ella perteneció la

puerta cuya reproducción habrá visto ya el lector: pesado batiente de

cedro que adornan profusos ataires.

Las paredes laterales eran tabiques sordos, con sus escaleras

interiores, una de las cuales va á salir sobre los calabozos que daban

al cementerio.

Todos los revoques externos han caído,[105] recobrando el asperón

su tinte rosa que hace destacarse á los muros con gran belleza de

contraste sobre el bosque invasor. Desde el sitio donde se abría el

pórtico, la vista domina un cuadro espléndido de verdes oteros y

bosquecillos, convertidos en una especie de alameda sinuosa sobre las

orillas un tanto lejanas del arroyo Capivarí. La antigua plaza queda

á los pies del espectador, pues aquel templo ocupaba una verdadera

meseta, y casi á su frente se levantan unas seis habitaciones donde

están el Juzgado de Paz y la actual iglesia; pero sus techos fueron

reconstruidos hace poco á la moderna... paraguaya.

Á veinte kls. de este punto se encuentra la iglesia inconclusa

de Jesús, en la que iban á ensayar los jesuítas el gótico,[106]

construyéndola también con mayor solidez que las otras, pues estaba

toda asentada en cal. Sus murallas adentelladas, sus pilares truncos,

las junturas desbordando aún de argamasa, los sillares á medio

desbastar, de los cuales diríase que acaban de saltar los tasquiles,

parecen indicar trabajadores próximos. Casi un siglo y medio ha

corrido desde que la dejaron como está; pero la construcción era tan

sólida, que podría continuársela sin ninguna refacción. Su baptisterio

estaba ya abovedado, y en él habita ahora un matrimonio de campesinos

paraguayos. Inmediatos á ella se levantan las celdas, también

inconclusas, aunque un poco más altas. Su arquitectura iba á ser muy

suntuosa, con rosetones ojivales y decorados dinteles, á los que sirven

de cabíos, como puede verse también en San Ignacio, trozos de asperón.

Dentro de la iglesia, no hay más que los pilares de la triple nave,

y en ellos dos plataformas de púlpito. Detrás del presbiterio queda

una sacristía en la cual habían instalado ya una pila. Está patente

el sumidero, que no llegó á servir, y una lagartija ha hecho de él su

madriguera...

La paleografía, que debió de ser profusa, si no rica, ha quedado

reducida á bien poca cosa por la incuria y los saqueos. Trozos de

lápidas en los cementerios, una que otra medalla--restos anepigráficos,

y de examen inútil, por consiguiente,--componen el precario botín,

ya broceado de sobra por la industria local que lo explota con torpes

falsificaciones, cuyo éxito reside precisamente en la extinción de todo

cuño ó signo denunciador.

El imperio jesuítico · 第 14 / 17 段