Así, el indio de las reducciones fué un tipo regresivo por su

educación, fuera de sus deficiencias étnicas; pero tal es el poder

de las ideas, que todo puede esperarse de su eficacia. Esta resultó

desgraciadamente perjudicial y nula, cuando la empresa degeneró de

religiosa en comercial. La conversión de las tribus no fué ya el

propósito dominante, sobreponiéndose la tendencia política de la

orden á toda otra consideración. Entonces empezó á realizarse el plan

geográfico del Imperio.

El lector tiene á la vista un mapa, trazado con el objeto de hacerle

conocer la situación que ocupó después de la emigración de la Guayra.

Con este acto fracasó la primera tentativa, que era más provechosa,

pues buscaba el Atlántico por puntos aproximados á las Capitanías

brasileñas más ricas, donde los establecimientos jesuíticos tenían

una importancia también mayor. Conseguido aquel desahogo, el que

buscaban por Porto Alegre y quizá un tercero por el Marañón, el

plan se realizaba en esa parte. Quedaba el contacto con el Perú y con

el Tucumán, que buscaron por medio de fundaciones sucesivas sobre el

río Paraguay, y por el Chaco respectivamente. Señalaban el primer

objetivo las reducciones de San Joaquín, San Estanislao y Belén, cuyas

distancias considerables entre sí, relativamente á las de los otros

pueblos, demuestran su carácter de puestos avanzados. La otra línea

de comunicaciones fué una constante preocupación religiosa y militar.

Su acceso estaba demostrado desde la expedición de Diego Pacheco; y

en los primeros años del siglo XVIII, jesuítas enviados del Paraguay

como consecuencia de la expedición represora de Urizar, habían llevado

sus misiones al Chaco, fundándolas entre los _lules_, _ojotas_ y

_abipones_. Ésta fué la primer tentativa seria de comunicación

jesuítica.

[Ilustración: =El Imperio Jesuítico.=]

REFERENCIAS: Poligonal en blanco-_Área que ocupaba el Imperio._

Zona grisada-_Área que tendía á ocupar._

Ocho años antes de la expulsión, Espinosa y Dávalos, gobernador del

Tucumán, intentó establecerla entre su sede y el Paraguay; llegó hasta

el Bermejo y regresó sin conseguirlo, pero descubriendo el camino que

los indios chaqueños mantenían expedito para invadir á las poblaciones

tucumanas. El problema quedaba resuelto, pues.[113] El Tucumán abría

á su vez otra comunicación con el Perú, de donde habían venido los

jesuítas que allá se establecieron; y si desde acá se marchaba hacia

el Norte por el río Paraguay, las reducciones peruanas se acercaban

en sentido opuesto, poniéndose, con la de Buena Vista, á 85 kls. de

Santa Cruz. Sólo 300 separaban ya del Atlántico, por el distrito del

Tape y Porto Alegre, á los jesuítas; de modo que la expulsión truncó la

empresa en el momento de su logro definitivo.[114]

La carta agregada, no es topográfica desde luego, tendiendo

principalmente á producir en el lector la impresión gráfica de las

extensiones que ocupó y tendía á ocupar el Imperio. Esto explicará su

ausencia de detalles, que hubieran distraído perjudicando á la claridad.

He limitado asimismo las superficies, por medio de una doble poligonal

que las hace mucho más perceptibles, si bien las fronteras no resultan

del todo exactas; pero éstas jamás han sido determinadas con precisión,

estando uno obligado á calcularlas por los puntos extremos de ocupación

jesuítica, cuyas noticias presentan caracteres satisfactorios de

exactitud;[115] lo cual atenúa más la licencia, en gracia sobre todo de

la facilidad que pretende dar. Tampoco figuran marcados con el signo

convencional correspondiente, todos los puntos donde hubo posesiones

jesuíticas, salvo los que se encontraban en el área efectiva del

Imperio; en el resto figuran solamente los principales, á modo de notas

comprobatorias.

El mapa representa un trozo de la América Meridional, comprendido

entre los paralelos 20 y 32 desde la costa del Atlántico hasta la

Cordillera de los Andes solamente; pues como ya dije, he suprimido todo

detalle que pudiera confundir. Dos fondos diferencian las divisiones

entre el área efectiva del Imperio y la que tendía á ocupar. El blanco

destaca á la primera, en un polígono cuya base austral se prolonga

á poca distancia del paralelo 30 hasta Porto Alegre. Este polígono

circunscribe la extensión del antiguo Imperio desde Belén al río

Miriñay; desde aquí á la Sierra de los Tapes; desde dicha sierra

hasta el río Iguazú y por último hasta Belén, costeando el Paraná y

la Sierra de Maracayú que separaban de la Guayra al territorio. Éstas

eran las Misiones propiamente dichas, con una superficie de 53.904 kls.

aproximadamente.

Las otras dos secciones, en fondo agrisado, con áreas de 239.040 y

77.382 respectivamente, no dan todavía lo que pudiera llamarse «zona de

influencia» jesuítica; quedando fuera de ella muchas posesiones en la

costa brasileña y en el Sud argentino sin contar las del Perú; pero lo

que se da es el Imperio, tal como tendía á constituirse en esa vasta

zona de 370.000 kilómetros cuyos límites abarcaban las regiones más

variadas y ricas de la América Meridional.

Difícil es conjeturar lo que hubiera sucedido, á continuar semejante

organización; pero puede inferirse algo perjudicial para la América

libre.[116] Aquel sistema económico basado en el comunismo, era

antagónico con la independencia de carácter individualista que el

siglo XVIII iniciaba. El capitalismo, desarrollado como un fruto de la

riqueza que acumularon en poder de la burguesía colonial la explotación

del proletariado, y los contrabandos, acentuaba entre nosotros aquel

fenómeno, con el cual coincidían, por caracterización peculiar, las

condiciones heredadas del conquistador.

Éste las había trasladado aquí adaptando á ellas un medio inferior

que ni el obstáculo del clima le presentaba, por ser muy análogo al

natal; de modo que su nueva situación, no fué óbice á las tendencias

peninsulares. Su ocupación casi exclusiva, la ganadería, era una

expedición conquistadora á la cual no faltaba ni el carácter bélico, en

pugna con el ganado bravío y con el salvaje que periódicamente invadía

para arrebatarlo; y esto fomentó el predominio del coraje exclusivo,

así como el desdén hacia la agricultura y el comercio, que las

dificultades opuestas por la topografía y por la ley á la circulación

de la riqueza, acentuaban todavía.

Los campos fiscales hormigueaban de ganado sin dueño, en el cual iban

á depredar todos los años, con autorización del Gobierno, cuadrillas

de trabajadores que enriquecían las estancias. Tenían una denominación

específica, lo que da al fenómeno rasgos de industria organizada:

llamábanlos _gauderios_, vocablo cuya alegre etimología[117] denuncia

el carácter de semejantes empresas. Eran un jolgorio ecuestre y de

manga ancha, que exaltaba hasta el delirio la afición á las aventuras.

El privilegio habíase trasladado, además, con la nobleza, exagerándose

al contacto de una raza esclava y explotada sin misericordia; bien

que la forzosa intimidad, ocasionada por las labores rurales, hubiera

establecido cierto compañerismo entre el señor y el proletario. Éste

encontró incentivo de sobra á su instinto nómade de mestizo, en la

extensión de la pampa y en su desheredamiento, volviéndose salteador

y cuatrero; á todo lo cual se agregaba la haraganería, que una fácil

manutención, proporcionada por el ganado cerril, aseguraba como una

prebenda.

Monopolizada la tierra, al instante mismo de efectuarse la conquista,

el empleo público formó la única esperanza de los que no entraron

en el reparto, pues no les quedaba efectivamente otra situación. El

comercio se arrastraba mísero, entre las contrariedades del monopolio

y los azares del contrabando, que al persistir como una válvula de

escape, algo producía, pero engendraba también un fisco cada vez más

caviloso, es decir, metido en todos los accidentes de la vida privada y

pública, hasta volverlas dependientes de su omnipotencia providencial.

La venta del puesto público, que empezó tolerada, acabó en legal de

allí á poco, extremando los abusos del fisco y las protestas del

pueblo, condensadas en su falta de respeto á la autoridad. Los motines

hispano-americanos son una herencia del fisco español, cuya legislación

enteramente formal volvía pesimista al pueblo con su ineficacia,

haciendo resaltar más la corrupción.

Poco tuvieron que modificarse, pues, las tendencias peninsulares, de

ningún modo contrariadas por el medio, cuya plasticidad inorgánica se

plegó á todas las exigencias de la civilización invasora. Únicamente

la colonización, que engendra el deseo del engrandecimiento personal

por el trabajo, hubiera podido influir sobre el tipo conquistador hasta

modificarlo; pero la conquista era ante todo una operación de fuerza

y de dominio, que sólo se proponía la explotación del natural. Si

este espíritu dominante no hubiera producido la exclusión del criollo

para los puestos públicos, la independencia se retardaba quizá un

siglo, faltando en la mentalidad local los elementos que realizan esa

clase de evoluciones. La exclusión hizo patriota al criollo, pero sin

mejorarle naturalmente la conciencia; y así, la única virtud que poseía

al emanciparse, era el patriotismo de carácter militar.

Salvo algunos detalles externos que hacían odiosa á la conquista laica,

la espiritual fué idéntica en esencia, como se ha visto; y parece

escrita para ella la frase con que Buckle presenta al pueblo español,

tan anulado en sus iniciativas y tan corrompido por el providencialismo

de Estado, que su ruina depende exclusivamente de una flaqueza de sus

directores.

Uno y otro conquistador imperaron sobre el indio, al considerarse sus

inmutables superiores por la civilización y por la raza; y éste, con

rigor ó con dulzura, fué declarado, desde luego, incapaz.

Aquí reside la falta de lógica de la conquista espiritual, pues esa

incapacidad acarreaba incontestablemente el exterminio. La conquista

laica habríalo realizado, poblando al país con elementos superiores y

con mestizos, que eran libres por la ley, á beneficio de las actuales

generaciones.

Al humanitarismo puede esto parecerle atroz; pero el derecho á la

vida es un resultado de las condiciones del viviente, no una cuestión

sentimental y soluble con arreglo á cánones eternos.

En esos choques de razas hay fatalidades crueles, pero superiores á

la voluntad humana; y si cada hombre debe tener por norma el ideal

de una civilización superior, donde estos conflictos ya no existan,

el criterio histórico le obliga á considerarlos en relación con los

intereses de su pueblo y de su raza, campos de acción donde esos mismos

percances apresuran el advenimiento de la situación superior.

Hoy por hoy, la humanidad no existe ante la justicia sino como una

entidad abstracta cuya efectividad en el hecho se prepara, entre

otras cosas, con el predominio de las razas superiores á las cuales

pertenece semejante ideal; habiendo concurrido entonces á realizarlo,

las mismas transgresiones aparentes que por su resultado se justifican

ante la historia. No es posible aplicar _a priori_ los principios de la

justicia, ni hay mal absoluto en ninguna acción. Si el exterminio de

los indios resulta provechoso á la raza blanca, ya es bueno para ésta;

y si la humanidad se beneficia con su triunfo, el acto tiene también

de su parte á la justicia cuya base está en el predominio del interés

colectivo sobre el parcial.

La conquista jesuítica no benefició sino á sus autores, por otra parte.

Los conquistados fueron víctimas del sistema español, en el cual ya

constituía una exageración la empresa jesuítica.

España, conquistadora exclusiva, no sabía dominar sin oprimir, porque

atacaba la unidad moral del pueblo conquistado, imponiéndole una

religión y un estado civil distintos de los suyos, en vez de usar,

á imitación del romano y del inglés, una discreta tolerancia para

incorporarlo evolutivamente á su ser. Pero la tolerancia es la virtud

moderna, y el fanatismo español era medioeval.

Su política no atendía sino á anular la conciencia, porque el

absolutismo, que constituía su ideal, se basaba en la opresión del

espíritu y en el anonadamiento del individuo á beneficio del Estado

todopoderoso. Las formas representativas no podían existir entonces;

y los cabildos no fueron nada de esto, como pudiera hacerlo creer

un examen superficial, porque no representaban al pueblo, sino á la

autoridad; no al derecho, sino á la fuerza.

El ideal político de la Edad Media había sido la unidad en todo: una

religión en un imperio dirigido por una sola cabeza. De aquí nació el

concepto falso en cuya virtud la libertad es una creación postiza que

depende de la ley; y tan arraigado quedó, en siglos de opresión bajo el

doble prestigio de la Monarquia y de la Iglesia, que nuestras mismas

constituciones democráticas, aunque con formas muy atenuadas, persisten

en sustentarlo, siendo pocos todavía los que comprenden, á pesar del

libre examen y de la crítica, que toda ley es originariamente un acto

de opresión.

La igualdad, que fué la aspiración del pueblo á gozar del fuero

nobiliario, se confundió con el mucho más elevado concepto dé libertad,

sobre todo para la lógica jacobina, á la cual derrotaron los jesuítas

cuanto pudieron demostrarle que en el Imperio había igualdad.

Habíala, en efecto, pero ya hemos visto bajo qué condiciones de

sujeción; y tan estrecha, que hasta la edificación era igual. El

Gobierno español la impuso, no ciertamente en homenaje á la libertad,

antes por todo lo contrario; y la conquista espiritual transportó al

Nuevo Mundo, con mucha mayor perfección que la militar, el sistema de

aquella China del Occidente.

La expulsión fué entonces un antecedente favorable á la revolución

individualista y federal que se preparaba. Bajo su imperio, los

guaraníes de las reducciones, que jamás conocieron ley protectora de

sus derechos, ni tuvieron otro concepto de la libertad que el asueto,

le trocaron fácilmente por la licencia montonera. Para ellos no había

otra relación con el poder que la sumisión ó el motín.

El triunfo del sistema jesuítico habría implicado la perpetuación

de la Edad Media, cuyo funesto resultado está patente en la España

absolutista, con tanto mayor estrago cuanto que era una cuestión de

ideas y en éstas reside el secreto del progreso.

Correlativas del período industrial en que nos hallamos, las

instituciones representativas son hoy indispensables á la subsistencia

de los pueblos; pero eran imposibles bajo aquel régimen en el cual

faltaban los tres grandes propulsores de la industria: la moneda, la

libertad comercial y la libertad de conciencia.

Mantenidas por España en la Edad Media, las actuales naciones de

América cayeron de golpe á la contemporánea cuando se emanciparon,

proviniendo de este brusco desplazamiento sus convulsiones intestinas.

Tuvieron que pasar en pocos años por todo cuanto los pueblos de

evolución normal habían sobrellevado durante siglos, depurándose así de

sus vicios históricos; y aquello que se opusiera á su desvinculación de

la Metrópoli, constituiría para ellas un grave mal.

El Imperio Jesuítico habría sido este obstáculo. Libertado con el resto

de América, es seguro que no aceptaba á la independencia en su concepto

fundamental, vale decir como una emancipación del espíritu. Formidable

teocracia, tranquila en su inercia de bloque, mientras las demás

experimentaban su libertadora crisis, habríalas impuesto la ley de la

fuerza al tomarlas debilitadas por ese fenómeno, y el triunfo de su

política, basada sobre el comunismo y el aislamiento, que años después

dieron para muestra el Paraguay de Francia, malogra de seguro la obra

revolucionaria en su faz más bella.[118]

Fiel al trono, su acción contra-revolucionaria triunfa quizá; y esto ya

lo preveían jesuítas tan sesudos como Falkner, quien en su _Descripción

de la Patagonia_ anotaba pocos años después de la expulsión, los

primeros síntomas de independencia entre las poblaciones rurales.[119]

No cabe duda que, al empezar la lucha, semejante fenómeno se producía;

mas percibiendo el éxito de la independencia, la adaptación se habría

efectuado, con tanta mayor razón cuanto que hombres tan prácticos nunca

combaten por formas de gobierno, constituyéndose en el centro de la

América Meridional una de esas repúblicas teocráticas cuyo espécimen lo

dió el Ecuador de García Moreno, y cuya influencia hubiera dominado al

Continente en un verdadero contragolpe de la barbarie indígena.

Seguro es que la civilización y el salvaje, enemigos naturales y en

pugna abierta hoy mismo para muchas secciones del Continente, están

en una razón inversa, cuyo efecto estricto consistiría en determinar

el éxito de la primera por el fracaso del segundo; pero sin entrar

á discutirlo, resulta harto significativo que las naciones más

adelantadas sean aquéllas en las cuales la población indígena se

aminora.

El Imperio Jesuítico, trocado por la independencia en la _República

Cristiana_ de que hablaban sus autores, se habría encontrado desde

luego en ese caso, y sin la coyuntura de domificarlo por una laboriosa

adaptación á las instituciones, como lo van haciendo las demás; de modo

que por su parte á lo menos, la independencia nada hubiera resuelto.

Ahora bien, la independencia sin la libertad espiritual era una

subalterna evolución política, con el resultado seguro de una

reconquista ó de una nueva subordinación. Las nacionalidades recién

fundadas no habrían hecho más que subdividir la decadencia general,

pero no remediarla, adoptando en vez de las instituciones democráticas,

que son las únicas progresivas en el medio moderno, la teocracia ó

la monarquía cuyo advenimiento soñara el conservatismo miope de la

Revolución.

Tiene, pues, la América una deuda de gratitud con el monarca, que

eliminando obstáculos al progreso, garantió su estabilidad bajo las

formas políticas asumidas luego por los pueblos emancipados.

Primero los «paulistas» con su horrenda incursión á la Guayra, que

malogró por muchos años la empresa jesuítica y empequeñeció para

siempre su magnitud; después Carlos III, con su radical medida,

libraron á la América futura del tropiezo más grave que habría sufrido

al emanciparse. Ya lo probaron cuando los comuneros, á quienes

imputaron principalmente las ideas separatistas, que eran para la

Corona el crimen irremisible.

Así es cómo va tejiéndose á través de los tiempos la trama de la

historia, y cómo vistos los hechos en su inconsciente fatalidad,

resultan igualmente injustos su alabanza y su vituperio. No hay

entonces ante el espectador inocentes ni culpables, sino únicamente

organismos que luchan por subsistir en el campo de la vida. Jesuítas

que se empeñan en mantener un ideal, retrógrado para el nuevo estado de

cosas, son del todo idénticos á los demócratas de mañana, que harán lo

mismo ante otras formas sociales sufriendo iguales derrotas.

La conciencia se amplía adoptando este concepto crítico, en el cual no

tiene cabida la intolerancia peculiar á los principios absolutos; y

sustituye la severidad clásica del historiador antiguo, con la bondad,

más simple y más humana.

Sociedad que padeció y ha caído con su mundo de dolores á cuestas, no

merece por su retardo el desdén de las venideras, cuando si éstas andan

mejor, hallando menos espinas en la ruta, es porque la otra al dejarla

se las llevó pegadas á los pies.

Cuando uno piensa en lo que padecieron, en lo que trabajaron, de qué

modo han creído y á qué fin han marchado aquellas colectividades

anacrónicas ahora, ve á la humanidad repetida en una eterna

regeneración. Ésos combatieron por la vida como nosotros; su ideal

fué un momento la forma próspera, con la cual dominaron la inmensa

hostilidad latente que el Universo opone al dominio de su animálculo

racional; sus pasiones, al igual que las nuestras, buscaron el placer

sin gozarlo nunca, como rebaños muertos de sed antes de llegar al

abrevadero: sus virtudes, gotas de agua en la sombra, estuvieron

cavando, llora que te llora, la ardua roca del egoísmo humano, donde

labra el progreso estalactitas tan bellas y tan frías...

Todo lo mismo, todo igual, todo eterno, agrega el pesimista para quien

la tradición es un grillete de presidiario. Pero no; esas multitudes

caídas son otros tantos mineros de la sombra, que van echando de

abajo la tierra nueva cuyo volumen ocupan; y así la historia no puede

discernir otra cosa que su perdón á los trabajadores desaparecidos,

cuando su obra fracasó en el error, reservando su simpatía á los que,

aun en este caso, lucharon por un ideal, sin esperanzas de satisfacción

mundana.

El fiasco reside en el monopolio de la eternidad, que las instituciones

se atribuyen con una vehemencia equivalente á lo mudable de su

condición. Eterno no hay nada, como no sea la incesante conversión

de las cosas y de los seres, hacia estados coincidentes por ventura

con el ideal de la dicha humana, en unión de la cual se desarrollan

determinados por un acuerdo superior; y la fatalidad del Otoño, igual

en los ideales como en el año, no es lamentable cuando las hojas, al

desvestir la rama cuya lozanía sonrió primaveras, descubren frutos que

son manzanas de dicha para los míseros innumerables en quienes palpita

el barro primordial, y pomas de oro para el soñador de Hespérides.

NOTAS:

[112] «El efecto natural del comercio, dice Montesquieu, es conducir á

la paz.» Esto nos lleva un poco lejos del determinismo económico, pero

encierra una verdad, quizá más adelantada que las conclusiones de dicha

escuela.

[113] Puede mencionarse también la expedición de Arrascaeta, enviada

por el gobernador Campero, y que, copada por las tribus, no pudo

realizar su misión.

[114] Tenían también reducciones en el sur de Buenos Aires y en la

Cordillera austral, hasta el Estrecho; pero nunca dieron buen resultado.

[115] El sistema de ocultación seguido por los PP. crea todas estas

dificultades, nada más que á ciento treinta años de la expulsión.

[116] No ignoro que según la escuela determinista, esto no puede

hacerse; pero yo no tengo escuela histórica, y me parece un caso nato

de cobardía rural rehuir la hipótesis, sólo porque falta el hecho

inmediato que ha de convertirla en inducción, conforme á aquel sistema.

Esto implica, sencillamente, el rebajamiento de la filosofía, así

subordinada á la experimentación fenomenal cuyo papel fué siempre

confirmarla, no precederla como condición imperativa. La inducción es

un instrumento filosófico como la deducción y la hipótesis; mas por

importante que se la considere, nunca constituirá por sí sola toda la

filosofía.

[117] Proveniente sin duda de _gaudere_: gozar, divertirse. La Academia

no da el vocablo en su Diccionario, aunque registra el afín _godería_:

comilona en caló.

[118] Recuérdese lo expuesto al tratar sobre la revolución comunera.

Mis hipótesis tienen, en esta parte, sólido fundamento.

[119] Entre 1724 y 1767 habían estallado motines y tumultos

subversivos en las ciudades argentinas de Jujuy, Salta, Tucumán, La

Rioja y Catamarca. Las dos primeras y la última, llegaron á expulsar

sus gobernadores; siendo esto tanto más notable cuanto que dichas

poblaciones estaban muy lejos de la futura sede separatista del Plata.

OBRAS CONSULTADAS

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William Dunlop.--_Memoirs of Spain._

Garcilaso Inca.--_Comentarios Reales._

Antonio de Herrera.--_Historia General_, etc.

A. de Humboldt.--_Voyage aux régions équinoxiales_, etc.--_Examen

Critique de l'Histoire... du Nouveau Continent._--_Ensayo Político

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Á. Núñez Cabeza de Vaca.--_Comentarios._

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José T. Medina.--_Historia y Bibliografía de la Imprenta en la América

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Elisée Reclus.--_Nouvelle Géographie Universelle._

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