absoluta, fué una preocupación constante á la cual colaboró el Gobierno
con invariable decisión. Los indios tenían prohibido trasladarse de un
pueblo á otro. No podía vivir en las reducciones, español, mestizo ni
mulato. Transeúntes, no se los toleraba en su recinto más de dos días,
y tres á lo sumo si llevaban mercaderías consigo.[97] Existiendo en el
pueblo venta ó mesón, ninguno podía hospedarse en casa de indio. Ya se
sabe, por otra parte, que la administración civil, militar y judicial,
estaba enteramente confiada á los PP.; y en el caso especial que me
ocupa, tampoco tiene nada de extraordinario su nacionalidad, si se
considera que entre los primeros enviados al Paraguay, cuando no podía
haber aún ni asomo de separatismo, figuraron italianos, portugueses,
un flamenco y un irlandés; pero lo que no admite duda, es su activa
campaña para evitar la ejecución del tratado. Hay sobre esto un hecho
concluyente. Al finalizar un banquete con que obsequiaron en una quinta
de los suburbios de la Asunción al gobernador del Paraguay, junto
con diversos miembros de los dos Cabildos, pretendieron que dichos
invitados firmaran una carta ya preparada para el Rey, en la cual se le
demostraba lo perjudicial de la permuta; y este documento hacía ver,
además, la posibilidad de un nuevo avenimiento entre las dos Cortes.
Los PP. intentaron no sólo que lo firmaran el gobernador y prebendados,
sino que los dos Cabildos lo hicieran suyo; pero aquél remitiendo el
negocio para su despacho, por no sentirse quizá muy firme de cabeza, le
encontró «cosas tan impropias, que se opuso á su remisión,» haciéndolo
fracasar también ante las dos instituciones mencionadas.
El carácter enteramente inofensivo que se quiso dar á la rebelión,
presentando á los indios como niños grandes, de acometividad nada
peligrosa, cuando acababan de mostrarse respetables guerreros en tres
años de lucha, prueba lo contrario con exceso;[98] quedando además,
como argumento decisivo, aunque sea conjetural, la resistencia ante la
operación que destruía el plan jesuítico.
Por lo que hace al separatismo, no se ve cómo habría podido beneficiar
á los jesuítas. Si era por la autonomía, ya la disfrutaban absoluta;
si por el comercio, nadie se lo fiscalizaba; si por la seguridad
exterior, jamás la nación fundada con las tribus guaraníes por
plantel, habría alcanzado el respeto del inmenso reino español,
siendo por el contrario una presa entregada á la voracidad de las
naciones colonizadoras. La situación de vasallos implicaba para los
jesuítas todas las garantías que da á los suyos una nación poderosa,
sin los deberes que les impone en compensación, pues eran autónomos
y privilegiados; mientras que la independencia, empezando por
echarles de enemigo á la madre patria, no les daba por de contado
otra perspectiva que la ruina. Súbditos, quedaban protegidos;
independientes, permanecían encerrados en una comarca mediterránea y
rodeada de enemigos: eran cosas demasiado graves para sacrificarlas al
patriotismo sentimental. No resta otra hipótesis, en efecto, y ya se
sabe que los jesuítas no tenían patria en verdad, consistiendo en esto
su fuerza de expansión superior á la de los Gobiernos. Esparcidos por
todas las naciones, mal podían hacer cuestión patriótica en ninguna,
pues la influencia que pretendían respetaba las formas externas. Era la
restauración del dominio moral de Roma sobre los poderes temporales que
manejaría como agentes, en un definitivo retroceso hacia la situación
de la Edad Media; y en cuanto á aquel ensayo de teocracia, la Corona
seguía fomentándolo cada vez con mayor afición, siendo el Tratado de
Permuta no otra cosa que un incidente político cuyas consecuencias le
resultaban nocivas; pero cuyo objeto tendía á algo bien distinto de su
perjuicio. Creer que el estado social de las reducciones ocasionaba
ideas de independencia, sería un absurdo; no habiendo entonces razón
alguna para suponer el discutido separatismo.[99]
La Corona procedió lealmente en sus indemnizaciones, pues los PP.
habían recibido ya 52.000 pesos al estallar la rebelión; pero ya he
dicho que ésta defendía algo mucho más importante.
El primer movimiento estalló en 1751, interrumpiendo los trabajos de
demarcación; pero la guerra no se generalizó con violencia hasta 1753,
cuando los demarcadores, apoyados por poderosas escoltas, llegaron
á la jurisdicción de San Miguel. La ocupación de ese punto extremo
de las reducciones en dirección á la costa marítima, hacía perder
toda esperanza, motivando consecutivamente la demostración bélica
como recurso extremo. El cacique _Sepé_ salió al encuentro de las
comisiones, cortándoles el paso con una serie de combates que duraron
casi un año. Prisionero al atacar el fuerte de Río Pardo, el comisario
portugués le puso en libertad, con el intento de ver si se sometía por
la blandura y el buen trato; pero al empezar el 1756, reapareció más
amenazador, capitaneando numerosas fuerzas, con bastante artillería de
fierro y algunos sacres bastardos de tacuara reforzada con torzales.
Un ejército lusitano-español había penetrado en la comarca, para
reprimir las montoneras que sostenían la guerra desde cuatro años
atrás; y los insurrectos se le atrevieron. Muerto _Sepé_ en un
rudo encuentro, los indios rehiciéronse al mando de _Languirú_, que
también perdió la vida en la sangrienta batalla de Caybaté, verdadero
acto final de la guerra; terminándola del todo la ocupación de los
pueblos de San Miguel y San Lorenzo por las tropas aliadas, durante
mayo y agosto de 1756. En el segundo de dichos pueblos, cayeron
prisioneros tres jesuítas, uno de los cuales era el P. Henis, tenido
por director de la insurrección. Ésta había durado cinco años, casi sin
interrupción, pues mucho la favoreció el terreno con sus peculiaridades
topográficas, costando al Gobierno de Portugal veinte millones de
cruzados.[100]
No es de creer que por tan largo tiempo, y conservando los PP. su
influencia sobre los indios, ella hubiera sido nula para contenerlos:
la opinión portuguesa fué unánime á este respecto, y una sorda inquina
quedó declarada desde entonces entre la Corona lusitana y la poderosa
Compañía.
Las ideas liberales, dominantes por entonces en el Gobierno español,
facilitaron una acción conjunta contra los jesuítas, cuyo resultado fué
la expulsión de la orden por ambas Coronas y su abolición por la curia
romana.
Excedería de mi propósito un estudio sobre esta obscura cuestión, en la
cual intervinieron, tanto las razones políticas como las rivalidades
internas de la Iglesia;[101] pues debo ceñirme estrictamente á sus
consecuencias sobre el Imperio Jesuítico.
Realizada la expulsión, el Gobierno español conservó el comunismo
en las reducciones, nombrando empleados civiles para administrarlas
y encargando de los asuntos religiosos á las comunidades de San
Francisco, Santo Domingo y la Merced; pero estos nuevos apóstoles
ignoraban el espíritu de la empresa. El fiasco económico que resultó
la expulsión, pues los comisarios reales no hallaron en los conventos
tesoros ni cosa semejante, como se creía, fué socialmente mayor en
poder de los agentes españoles.
Civiles ó religiosos, éstos no conocían las costumbres del indio, no
entendían su lengua, no tenían concepto alguno de esa organización
peculiar, y su primer error fué querer civilizar á la europea un medio
semi-salvaje. Pero aquello era ya hereditario, y cambiarlo requería
tiempo á lo menos. De una perfecta teocracia se pasaba á una sociedad
normal, con el único resultado de engendrar en los poderes desunidos
una rivalidad perfecta. El civil tomaba por suyo el nuevo estado de
cosas; el eclesiástico pretendía la conservación de todo el privilegio;
y sus contradicciones, que degeneraron á poco en escandalosas reyertas,
hicieron del indio su víctima. El siervo, destinado á pagar todas
las culpas de sus amos, sufrió también las consecuencias de aquel
desorden. Empequeñecióse el vasto alcance industrial de la empresa,
decayendo hasta una sórdida explotación dividida á regañadientes
entre misioneros y administradores. El peculado, lacra eterna de la
administración española, lo contaminó todo sin consideración, pues
siendo aquello de la Corona, resultaba ajeno para unos y otros. Nadie
tenía interés en cuidar una obra que no era suya. Ganados y yerbales,
explotados sin miramientos, se acababan porque no los reponían; y los
indios, sin amor hacia una cosa de la que tampoco eran propietarios,
se dejaban llevar por su pasividad característica, impasibles ante la
dilapidación.
Indiferentes al halago de la propiedad, por su condición de eternos
proletarios, y careciendo del aliciente que implicaba su relativo
bienestar bajo el poder anterior, se dispersaron convirtiéndose
en agentes de destrucción á su vez, puesto que reingresando á la
vida nómade se volvieron salteadores de las propias estancias
jesuíticas. Algunos administradores celosos no pudieron contener la
ruina, pues ella estribaba en algo mucho más serio que un defecto
de administración. Era el cambio de vida lo que había trastornado
las bases de la obra, y ésta se desmoronaba sin remedio posible. El
sistema jesuítico consistió en una relativa cultura de forma, sobre un
fondo de salvajismo real, única situación posible por otra parte, dado
que el indio, rota su unidad psico-fisiológica por la civilización,
perece en ésta. Los mismos jesuítas experimentaban ya el efecto, al
producirse la expulsión, pues como se ha visto en el anterior Capítulo,
la población de las reducciones había disminuido; y esto fué tan
rápido, que en sólo trece años (1743-56) la falla alcanzó á 46.000
habitantes.
Es que la vida sedentaria y la división del trabajo llevaban
irresistiblemente al progreso, no obstante el hábil equilibrio de la
organización jesuítica y el aislamiento en que se la mantuvo; y aquello
fué perturbando el organismo salvaje, que evolucionaba desparejo en
su doble aspecto físico y moral, cambiado el primero por las nuevas
condiciones, mientras el segundo permanecía inmóvil en su nueva
idolatría, única condición que se le exigió.
Desequilibrado de este modo, el ser no resiste á la civilización,
pues lo mismo en los pueblos que en los individuos, lo físico depende
substancialmente de lo moral. El lector que ha notado ya el predominio
de este concepto en toda mi apreciación histórica, no extrañará que lo
particularice para explicar un fenómeno del cual sacaré consecuencias
más adelante.
Restos de una raza en decadencia, la servidumbre en que se hallaron
aquellos salvajes no hizo sino acelerar la descomposición, y nadie
ignora que el hecho más significativo en una raza decaída es la
esterilidad. Inadaptables, además, por las ideas, que es el único
acomodo fecundo, á una civilización cuyo concepto fundamental no podían
entender, pues lo cierto es que sin muchas centurias de evolución no
se pasa de la tribu á la vida urbana--carecieron de esa condición
para prosperar. Entonces se vió el siguiente fenómeno: la población
aumentó al salir de las encomiendas, por reacción sobre un estado asaz
peor, y mientras coincidieron las nuevas condiciones de vida con la
característica esencial de la situación anterior á la conquista; pero
cuando aquéllas empezaron á progresar, llevando lentamente hacia la
civilización, vino el descenso. El indio demostró una vez más, que
en cuestiones étnicas y sociales, la adaptación al medio es regla
invariable.
Por su parte, los administradores civiles atribuían la desorganización
que presenciaban, al comunismo, tomando, como sucede siempre á los
contemporáneos, la parte por el todo; y es claro que cuanto más
cambiaban las instituciones, más precipitaban aquella sociedad á
la ruina. Á los diez años de la expulsión, los habitantes habían
disminuido en una octava parte; treinta años después en la mitad (de
100 á 50.000) por emigraciones á otros puntos, ó por reincorporación á
la vida salvaje, donde en concierto con los no reducidos, se volvieron
salteadores, como antes dije. Cuatro años después de la expulsión,
los ganados, que excedían de un millón de cabezas al efectuarse
ésta, quedaban reducidos á la cuarta parte, siendo los nuevos
administradores un activo agente en esta despoblación. La leyenda
de tesoros escondidos y derroteros de minas, motivó remociones que
resintieron muchos edificios, y que continúan todavía con maravillosa
estulticia. Antes dije que en las reducciones no circulaba moneda, de
modo que no existieron jamás semejantes caudales. El producto de las
explotaciones debía ir directamente desde Buenos Aires á Roma, sin
que jamás volviera amonedado á su punto de partida; y en cuanto á los
ornamentos, como los PP. tuvieron noticias ciertas de su expulsión un
año antes de realizarse ésta, es de suponer que salvarían con tiempo
los más valiosos. Las excavaciones no produjeron, pues, otro resultado
que acelerar la ruina empezada.
Junto con el siglo XIX comienza una serie de acontecimientos que
consumaron la destrucción total.
Ceballos había reconquistado para la Corona española, en 1763, los
pueblos cedidos á Portugal por el Tratado de Permuta; pero dicha
nación tenía invertido demasiado dinero en ellos, para desperdiciar
una ocasión de reconquistarlos. Ésta se presentó treinta y ocho años
después. El aventurero Santos Pedroso dió un afortunado golpe de mano
sobre la antigua reducción de San Miguel, apoderándose de ella, y
dicho acto señaló el comienzo de la reconquista, con gran cortejo de
asesinatos y depredaciones, volviendo al dominio portugués la margen
oriental del Uruguay que el Brasil conserva todavía.
En 1803, el gobernador Velazco abolió el comunismo en las reducciones,
ultimándolas de hecho con esta medida; de modo que al estallar la
Revolución de Mayo, no eran ya sino indiadas informes degeneradas en
la última miseria. La desgraciada expedición de Belgrano al Paraguay,
conmovió un instante su sopor; pero no tuvo sino el mal resultado de
entregar á aquel país las establecidas en la orilla izquierda del
Paraná, reconociéndole así el dominio total del río.
Cinco años más permanecieron quietos, hasta que Artigas, para
hostilizar á los portugueses, organizó en las del Uruguay una montonera
de la cual fué jefe inmediato el indio Andrés _Tacuarí_, á quien la
historia conoce por su sobrenombre de _Andresito_. Estas fuerzas
vadearon el Uruguay, y después de varios encuentros afortunados,
pusieron sitio á San Borja, capital de las Misiones brasileñas.
Derrotadas y obligadas á levantar el sitio, las represalias fueron
terribles.
El marqués de Alegrete y el general Chagas, de feroz memoria,
invadieron los siete pueblos argentinos donde Artigas había organizado
la montonera y los asolaron bárbaramente, no dejando cosa en pie en
cincuenta leguas á la redonda.
El incendio devastó las poblaciones; el saqueo acabó con el último
ganado y los postreros restos de la opulencia jesuítica.
En otra parte mencioné el botín, compuesto por los ornamentos
religiosos, á los cuales hay que añadir las campanas y hasta las
imágenes de madera.
Semejante desgracia tuvo su repercusión en la costa del Paraná; pues
para no disgustar á los portugueses, cuya neutralidad convenía á sus
designios, el doctor Francia mandó destruir todas las reducciones que
la derrota de Belgrano entregó al Gobierno paraguayo, desapareciendo
así el núcleo principal del Imperio Jesuítico.
_Andresito_ habíase rehecho entretanto, organizando otra montonera
sobre las mismas ruinas, puede decirse, y Chagas vadeó nuevamente el
Uruguay para castigarle; pero fué vencido en Apóstoles y obligado á
repasar el río. La montonera creció con este éxito, volviéndose tan
temible, que el general brasileño cruzó el Uruguay por tercera vez,
sitiándola en San Carlos donde se había atrincherado. Sucediéronse
terribles combates; hasta que habiendo volado la iglesia, convertida
por los guaraníes en polvorín, Chagas tomó la plaza. Esta fué arrasada
enteramente, lo propio que Apóstoles y San José, ya saqueados en la
expedición del año anterior.
Las ruinas de San Javier albergaban algunos dispersos de _Andresito_,
que acosados por el hambre robaban ganados á los paraguayos de la
costa del Paraná; éstos expedicionaron sobre aquel foco de salteo,
exterminaron á sus habitantes y concluyeron de arrasar las pocas
paredes que habían quedado en pie.
[Ilustración: =Portada de una sacristía en Trinidad.=]
Aquellos pueblos, los más pobres ya durante la dominación jesuítica,
con excepción de Santo Tomé, que era el puerto más comercial del
Uruguay, fueron también los más azotados por la guerra; de modo que ni
los restos de la anterior opulencia, los favorecerían para una posible
reacción.
Entretanto, _Andresito_ que había escapado de San Carlos por medio
de una proeza temeraria, abriéndose paso sable en mano á través de
las fuerzas sitiadoras, reunió otra vez una parcialidad compuesta de
dispersos y de indios salvajes, entendiéndose con Artigas y con el
caudillo entrerriano Ramírez, para una acción conjunta sobre Porto
Alegre. Cumpliendo su parte, atacó y tomó el pueblo de San Nicolás;
pero un retardo de Artigas frustró la combinación, y el valiente
guaraní cayó prisionero, yendo á morir poco después en una prisión de
Río Janeiro.
Sus indios se dispersaron por el Brasil y el Paraguay, ó adoptaron
definitivamente la vida salvaje, subiendo al Norte y dirigiéndose
al Chaco en procura de bosques más espesos. Las últimas noticias
que de ellos se tiene, son la tentativa infructuosa que el
Gobierno unitario del año 1826 hizo para restaurar la civilización
en aquellas Misiones--siempre reclamadas como suyas por el
Paraguay,--convirtiéndolas en provincia de la Unión; y la parte que
tomaron al siguiente en la guerra contra el Brasil, bajo el mando de
los caciques _Ramoncito_ y _Caraypí_.
Las Misiones situadas al oriente del Uruguay duraron algunos años más;
pero en 1828, con motivo de la guerra antedicha, el caudillo oriental
Rivera las arrasó tan completamente, que hasta se llevó en cautiverio á
las mujeres y á los niños.
El régimen jesuítico se prolongó en el Paraguay hasta 1823, entrando
los indios desde entonces á trabajar por cuenta del Gobierno, pero
conservando la organización comunista. Ésta fué abolida por el general
López en 1848, con el objeto de confiscar en su provecho los bienes de
la comunidad, declarados fiscales, y semejante medida consumó la ruina
del Imperio Jesuítico en el último de sus vestigios históricos.
NOTAS:
[95] Su fidelidad cuando la revolución comunera, es otra prueba contra
el separatismo.
[96] Su intento era evitar el contrabando por la Colonia, haciéndola
suya; pero como este delito emanaba de fuentes más profundas que la
hostilidad portuguesa, nada consiguió, anulándose el tratado en 1761.
[97] En Atenas sucedía algo semejante. Los extranjeros no podían
habitarla sin permiso de los magistrados y mediante una capitación de
doce dracmas (10 fr. 80.)
[98] El P. Lozano en su _Historia de las Revoluciones_, los llama
«diestros en el manejo de las armas, y hechos á jugarlas con gran valor
en sitios formales, contra enemigos europeos y arrestados,» etcétera.
[99] Por otra parte, no habían conseguido aún la salida al Océano,
única manera de hacer eficaz la separación, como hemos visto al tratar
de los comuneros.
[100] Casi 60.000.000 de francos, si se toma por tipo al cruzado de
1750 precisamente, moneda de plata cuyo exergo alusivo decía: _In hoc
signo vinces_, y cuyo valor, considerando las mismas equivalencias
mencionadas en otro lugar para el peso español, sería de 2 francos 918.
El cruzado de oro, que venía á valer 3 francos 395, no puede servir de
base por su escasa circulación en aquella época, si bien no alteraría
mucho mi cálculo. La moneda de plata á que me refiero, pesaba 14 gramos
605 y tenía 0.899 de fino.
[101] Y hasta las querellas galantes; pues por lo que respecta á la
intervención de Francia, parece que el origen de la expulsión estuvo en
el disgusto de la Pompadour con el P. de Sacy, el cual había extremado
para la real querida, la moral acomodaticia. Las protestas de la Reina
y del Delfín hicieron retroceder al jesuíta, motivando el incidente.
VII
=Las ruinas.=
El bosque ha tendido su lujo sobre aquella antigua desolación, siendo
ahora las ruinas un encanto de la comarca.
Dije ya que el mortero más usual en las construcciones jesuíticas, fué
el barro. No era, naturalmente, de la arcilla roja que el lector ya
conoce, sino del humus que se recogía en los cercanos manantiales y se
empleaba con profusión á causa de su baratura. Abandonados los pueblos,
la maleza ha arraigado en aquella tierra propicia, precipitándose sobre
ella con un encarnizamiento de asalto. La mugre de las habitaciones,
y la costumbre de barrer hacia la calle, abonaron durante más de un
siglo el terreno con toda clase de detritus, siendo esto otra causa de
la invasión forestal que ha cubierto las ruinas. Aquellos restos de
habitaciones sin techo, parecen enormes tiestos donde pulula una maleza
inextricable. Unas desbordan de helechos; en otras crecen verdaderos
almácigos de naranjos; aquella está llena por el monstruoso raigón
de un ombú; de esa otra se lanza por una ventana, cuyo dintel ha
desencajado, un añoso timbó; el musgo tiende sobre los sillares vastas
felpas, y no hay juntura ó agujero por donde no reviente una raíz.
La selva entierra literalmente aquello, de tal suerte, que puede
presagiarse una ruina en razón de su espesura. Internado en ella,
el viajero llega abriéndose paso á fuerza de machete hasta alguna
antigua pared ó poste aislado, que nada le indican; para orientarse,
es indispensable dar con la plaza que sigue formando aún en medio de
la maleza un sitio despejado. Está, sin embargo, disminuida, porque el
bosque tiende á avanzar hacia su centro; pero su relativa desnudez,
prueba que la vegetación ha buscado en efecto el barro negro de las
paredes y el suelo abonado por las basuras en las calles. Aquella plaza
da la situación del pueblo. Está orientada á rumbo directo, con una
leve declinación que no induce en error; y cada uno de sus costados
es la base de una manzana de igual superficie. La mayor profusión del
naranjal indica la huerta del antiguo convento.
De las reducciones argentinas, tan maltratadas por la guerra, apenas
queda otra cosa que paredes; y como resto ornamental el pórtico de San
Ignacio, popularizado por la fotografía y por las descripciones de
varios viajeros. Si se quiere hallar algo menos informe, es necesario
internarse al Brasil y al Paraguay, realizando fastidiosos viajes en
que hasta la comida suele escasear. Los puntos más cercanos son San
Nicolás y Trinidad respectivamente.
Para llegar al primero, es necesario pasar el Uruguay frente á la villa
de Concepción, viajando después setenta kls. á caballo. El segundo
tiene dos puntos de acceso: por tierra, desde Villa Encarnación,
ciudad paraguaya situada frente á la capital de Misiones, haciendo
sesenta kls. de malísimo camino; y por agua desde la mencionada capital
hasta el puerto de Trinidad, situado á quince kls. de las ruinas.
Las distancias son cortas; pero la escasez de caballos y el natural
retraimiento de una población semi-salvaje, para quien la procedencia
argentina no es una recomendación, hacen de aquellas excursiones
una verdadera campaña. Por lo demás, es necesario llevar consigo
provisiones á todo evento, pues hasta la mandioca, indígena de la
región, suele faltar, siendo la carne mala y cara.
Unas y otras ruinas valen, sin embargo, la pena de ir á verlas. El
espíritu revive á su contacto una historia originalísima; experimenta
una impresión algo más elevada de la que inspira el éxtasis fácil del
burgués ante la rocalla de las grutas municipales, y aquella tristeza
agreste le hace comprender que no todo es retórica en la mentada
«poesía de las ruinas».
Esos descoronados muros que se obstinan en permanecer, formando tan
rudo contraste su vetustez con la eterna lozanía de la verdura; el
curso, diríase melancólico, del manantial captado que resistió á tantos
sacudimientos en la furtiva clausura de su cisterna; la huella de algún
incendio en las jambas carcomidas de una celda; la bóveda trunca de un
sótano que es ahora clandestino agujero; la juventud victoriosa de los
naranjos que sobreviven, frutando para las aves del aire su nectárea
cosecha--dan, tal vez por sugestión romántica, pero no menos evidente,
sin embargo, una impresión de nostalgia mística.