Acto continuo, empezó el proceso de Reyes, que éste prolongó con toda

suerte de cortapisas, hasta el estupendo volumen de catorce mil

páginas; pero, cuando á solicitud de la acusación, Antequera cerró el

proceso, citando á las partes para definitiva, resultó que aquél se

había fugado, refugiándose en Buenos Aires.

El proceso había sido enviado por Antequera á Charcas, con el relato de

la fuga de Reyes; pero en el ínterin, el virrey del Perú envió á éste

un despacho de reposición. Todo hace suponer en ello la intervención

jesuítica.

La Audiencia comprendió que el virrey había sido mal informado y

resolvió detener el documento mientras le avisaba lo que ocurría; pero

fué imposible interceptar la comunicación, que iba escapándose de

persona en persona como una suerte de juglería, mientras no llegó á

las manos del teniente de Santiago del Estero. Sin embargo, el virrey,

haciendo caso omiso del informe que le enviara la Audiencia, mandó á

Reyes un duplicado de la reposición, lo cual demuestra el poder de las

influencias ejercidas sobre él.

Con este documento, pasó Reyes de Buenos Aires á las Misiones, donde

halló la mejor acogida. Los PP. podían hacer ya, sin ambages, la

cuestión de legitimidad. Las reducciones reconocieron y juraron al

gobernador repuesto, quien desoyó las comunicaciones de su juez para

que se reintegrara á la prisión. Invocaba la orden del virrey, que

era autoridad superior; pero el Cabildo produjo entonces un acto de

la mayor trascendencia, que es realmente el comienzo de la futura

revolución comunera.

Fundado en la autorización legal, que permitía suplicar hasta tres

veces las órdenes del Rey, aplazándolas entretanto, juzgó que más

naturalmente podía hacerlo con las disposiciones virreinales, y nombró

gobernador á Antequera.

Los dos bandos, como se ve, iban definiéndose. De un lado Antequera

y la oligarquía local que formaba el Cabildo, encaminábanse

profusivamente á la restauración de los antiguos privilegios populares,

tendiendo á aumentarlos en sentido revolucionario; del otro, los

jesuítas, fieles á su sistema, preconizaban el acatamiento absoluto á

la autoridad, juzgando delito hasta la duda. Aquéllos anteponían la

justicia al principio de autoridad; éstos la obediencia, á toda otra

consideración; y es claro que el poder los vería siempre con mayor

agrado.

La región entera se conmovía mientras tanto, confundiendo lo decisivo

del conflicto. La Audiencia seguía sosteniendo á Antequera, es decir,

el predominio del poder civil y de la ley, sobre la autoridad absoluta,

impregnada de clericalismo; pero los jesuítas sabían ó comprendían que

á la larga, el poder central estaría con ellos.

Reyes procedía en las Misiones como gobernador legítimo, siendo sus

actos más trascendentales, y los que más le enajenaban también las

simpatías civiles, medidas para estorbar el comercio paraguayo; de tal

modo las causas fundamentales, seguían obrando en el conflicto.

El Cabildo desconoció por segunda vez la reposición de Reyes, que éste

envió desde las Misiones, certificada por los padres; y sabiendo que

había pasado á Corrientes, sobre cuyas autoridades, así como sobre las

de Buenos Aires, tenían influencia los jesuítas, hízole prender por

sorpresa en aquel punto encarcelándole de nuevo en la Asunción.

Ya el virrey arzobispo del Perú, cuyo doble carácter no le proponía

ciertamente en favor del elemento laico, había reconvenido á la

Audiencia, exigiendo el cumplimiento de las órdenes relativas á Reyes.

Así, cuando éste se quejó de su cárcel, reprodujo con mayor energía la

orden de reposición, el comparendo de Antequera en juicio ante su sola

autoridad, y la comisión al teniente de Buenos Aires, García Ros, para

que hiciera cumplir sus mandatos.

Avanzó éste, en efecto, sobre el Paraguay al frente de un pequeño

ejército, cuya principal fuerza estaba compuesta por indios de las

Misiones; pero la población se mostró tan dispuesta á resistir,

fundándose en el aplazamiento de las órdenes, á que tenían derecho

mientras las suplicaba, que García Ros decidió retirarse.

Bien que basada en la ley, la revolución era ahora un hecho. El pueblo

se había impuesto al absolutismo. Pero los PP. se daban cuenta de

que no podía prosperar. Si pretendía conservarse dentro del concepto

monárquico, estaba perdida por la reacción fatal de éste sobre sus

pretensiones. Si lo renegaba, tenía que ir al separatismo, y el

separatismo no era posible sin el mar, es decir, sin Buenos Aires. Por

ello los PP. cultivaban con tanto ahinco las amistades gubernativas de

esta ciudad. Con impedir ellos, en efecto, el comercio de la colonia

separada, estrangulaban literalmente la revolución. Así, aquella

democracia embrionaria tuvo más ímpetu que pensamiento, más instinto

que plan definido. Quería derechos; había aprendido á estimarlos

practicándolos, y la vieja rivalidad con los jesuítas vencedores,

exasperaba su deseo. Mas la fatalidad topográfica debía de imponerse

á todo. Sin el mar, que asegura la libertad de comercio, imposible la

vida autónoma. Aquello no tenía más salvación que la simpatía de Buenos

Aires.

Pero la revolución no vió esto. Engrióse demasiado con su triunfo

local; creyó que sus libertades aisladas podían sostenerse por sí

mismas.

No obstante, el peligro era más grave de lo que parecía. Los incidentes

sucesivos demostraron que Antequera tenía amigos decididos, desde el

Tucumán hasta Cuyo y desde Corrientes hasta Charcas: toda la futura

comarca revolucionaria de 1810.

La retirada de García Ros, tuvo también por causa el estallido de la

guerra con los portugueses y la consiguiente atención á Buenos Aires

amenazada de cerca. Tan preparados estaban los jesuítas á combatir

con Antequera, que cuando el gobernador Zavala les pidió tropas para

la guerra con Portugal, pudieron enviarle tres mil hombres, quedando,

no obstante, con fuerzas suficientes. Antequera hizo lo propio, para

desvanecer, sin duda, las imputaciones de separatismo, que los padres

comenzaban á esparcir en contra suya, y porque su objeto evidente no

fué otro que el de mantener la superioridad del poder civil basada en

una relativa soberanía popular.

Pero el virrey no cejaba en su intento de extinguir aquel foco rebelde;

y urgido por él, Zavala envió de nuevo á García Ros sobre el Paraguay.

Reforzado por dos mil guaraníes de las misiones, que se le incorporaron

á las órdenes de los PP. Dufo y Rivera, acampó en territorio paraguayo

sobre la margen del Tebicuarí, punto estratégico como base de invasión.

Á todo esto, el obispo del Paraguay se había decidido por los jesuítas,

sin volver con esto más popular su causa; pues el pueblo enfurecido

atacó el convento con intención de arrasarlo, de no mediar el mismo

Antequera. El Cabildo decretó su expulsión, y olvidando toda cordura

política, declaró la guerra al gobierno de Buenos Aires. Aquello era,

realmente, un decreto de suicidio.

El pueblo acudió en masa á ponerse sobre las armas. Antequera derrotó

á García Ros por medio de una hábil sorpresa é invadió las Misiones,

que se limitaron al abandono de los pueblos, emprendiendo contra él una

abrumadora guerra de recursos.

La cuestión económica, siempre vivaz, dejóse ver en el restablecimiento

de las encomiendas que Antequera efectuó contra los indios de las

reducciones; grave error, pues la guerra asumía, de tal modo, carácter

patriótico para aquéllos.

Frustrado Antequera por la guerra de recursos, y amenazado por García

Ros, que volvía rehecho al frente de seis mil guaraníes, decidió

regresar á la Asunción; pero el movimiento revolucionario empezaba á

languidecer, falto de objeto, al paso que el absolutismo se rehacía

poderoso.

El virrey del Perú, que lo era ahora el marqués de Castel Fuertes,

espíritu fanático é inflexible, ordenó al mismo Zavala la pacificación

inmediata del Paraguay y la captura de Antequera. El obispo se

declaraba hostil á la cabeza de sus curas, que representaban una

fuerza no despreciable; y el mismo Cabildo iniciaba ante Zavala una

capitulación.

Antequera había salido á reclutar milicias en la campaña, dejando como

gobernador interino á don Ramón de las Llanas; pero éste entregó la

ciudad á Zavala sin oponerle resistencia. El caudillo, traicionado, no

tuvo otro recurso que huir á Córdoba.

Zavala nombró gobernador del Paraguay á don Martín de Barúa, poniendo

en libertad á Reyes, quien era tan antipático al pueblo, que por

consejo de los mismos jesuítas permaneció recluido en su casa.

Pero Barúa resultó amigo de los revolucionarios, y desobedeció, siempre

con el carácter de aplazamiento suplicatorio que ya conocemos, una

orden del virrey para que restableciera á los jesuítas. El Cabildo

hizo lo propio con otra de la Audiencia, que empezaba ya á reaccionar

en sentido absolutista. Barúa había contado con la aquiescencia de su

sucesor, Aldunate, contrario también á los PP.; pero éstos eran tan

poderosos, que hicieron anular el nombramiento del último; siendo al

fin restablecidos con gran aparato, por orden expresa del virrey.

Del convento de franciscanos de Córdoba, donde se refugiara, Antequera,

cuya cabeza había puesto á precio de cuatro mil pesos el virrey, huyó

nuevamente hacia Charcas donde esperaba hallar apoyo en la Audiencia;

pero este tribunal tratóle en vez como á reo, y le envió cargado de

grillos á Potosí, que no fué sino su penúltima etapa hasta la cárcel de

Lima, donde dió al fin en 1726. Su dramática empresa había durado cinco

años.

El espíritu revolucionario permanecía vivo, sin embargo, en el Paraguay.

Antequera había trabado conocimiento en la cárcel con don Fernando

Mompó,[91] quien llegó á exaltarse de tal modo por sus principios y

desventuras, que huyendo de la prisión se trasladó al Paraguay en

misión revolucionaria.

Su elocuencia tribunicia sublevó de nuevo los ánimos; su pensamiento,

más audaz ó maduro que el de Antequera, proclamó resueltamente la

prioridad del municipio sobre toda otra soberanía, dando por primera

vez razón definida al nombre de «Comuneros» con que se distinguían

los revolucionarios; pero padeció del mismo error que todos éstos;

no vió la inutilidad de una revolución cuya consecuencia fatal era

el separatismo, por otra parte imposible en el aislamiento local. Lo

que constituyó el éxito de la revolución emancipadora de 1810, lo

que vieron tan claramente sus caudillos, quizá aleccionados por este

fracaso comunero, es decir, la expansión inmediata, faltó enteramente

en el Paraguay.

Pero la sublevación fué gravísima. El nuevo gobernador, Sordeta,

pariente del virrey, fué desconocido por el Cabildo y por el pueblo,

en nombre, no ya del derecho de súplica, sino de la soberanía comunal.

Intimáronle el inmediato abandono de la provincia, lo que ejecutó

al punto, eligiendo entonces el pueblo una junta gubernativa cuyo

presidente recibió el nombre de presidente de la provincia del Paraguay.

La revolución no tenía suerte en sus designaciones. Don José Luis

Barreyro, que fué el elegido, no pensó sino en traicionarla. Apoderóse,

pues, de Mompó arteramente, enviándole á Buenos Aires, donde fué

encarcelado y procesado por Zavala. Remitido al Perú, se fugó en

Mendoza, consiguiendo desde allá pasar al Brasil.

Barreyro experimentó muy luego las consecuencias de su felonía.

Perseguido por el pueblo, que hubo de sublevarse contra él al conocer

la suerte de Mompó, vióse precisado á huir, refugiándose en las

Misiones, siempre hostiles á la revolución comunera.

No obstante la popularidad de ésta, el apoyo que desde el púlpito la

prestaban los franciscanos, y la fidelidad á la Corona de que seguía

haciendo gala, estaba ya virtualmente muerta.

El suplicio de Antequera, que fué ajusticiado en Lima por orden del

virrey, al recibir éste el informe personal de Sordeta, consumó la obra

reaccionaria.

La muerte del caudillo tuvo inusitada y trágica grandeza. El pueblo

de Lima, conmovido por las palabras de perdón que pronunció el

franciscano, auxiliar del reo, amotinóse para salvarle. Sólo la

intervención armada de la tropa consiguió dominar el tumulto; y

Antequera, muerto de un balazo en previsión de un posible triunfo de la

asonada, no escapó, aun cadáver, á la decapitación, de su sentencia.

El Paraguay volvió á sublevarse con la noticia de su muerte, expulsando

á los jesuítas, verdaderos causantes de todo, por tercera vez,

saqueando su colegio y produciendo varias ejecuciones capitales. El

obispo excomulgó á los autores de estos excesos, y una sangrienta

anarquía sustituyó á toda acción gubernativa en la comarca.

Las Misiones, que habían sido agregadas por rescripto real al gobierno

de Buenos Aires, debieron mantener tropas sobre sus fronteras con el

Paraguay; tal era el odio que éste les profesaba.

Dos historiadores jesuítas, los PP. Lozano y Charlevoix, han escrito

sobre esta revolución con el positivo intento de demostrar que la

Compañía no fué sino una víctima de los comuneros por lealtad á la

Corona; pero de sus mismos libros, se desprende una opinión diversa. Lo

que callan, induce en sospecha de lo que dicen. Exagerando la inocencia

de su orden, no hacen sino demostrar la participación que tomó en el

episodio.

El triunfo que sobre aquella anarquía consiguió Zavala en su nueva

empresa de pacificación, acabó con el movimiento comunero. La batalla

de Tabatí, ganada realmente por los guaraníes, fué el último acto del

drama. Los suplicios sucesivos, la reposición de los jesuítas, no

constituyeron ya sino detalles; y el sombrío gobierno de D. Rafael de

la Moneda, acabó en el cadalso con los últimos adictos de la prematura

revolución.

Fué ésta fecunda, sin embargo, en su propio fracaso. El pueblo vivió

vida libre, aunque agitada. Brotaron de su seno tribunos como de la

Sota, que sin tener la elocuencia ni los alcances de Mompó, reemplázale

un momento en su popularidad de caudillo. Ciudades jesuíticas como

Corrientes, llegaron á efectuar movimientos solidarios;[92] las

mismas mujeres, signo característico de toda revolución efectiva,

encendiéronse en la llama heroica. Las solidaridades imprevistas, tanto

como el entusiasmo revolucionario, prueban que la fidelidad monárquica

disminuía en estos países y que las ideas democráticas hallaban aquí

terreno propicio.[93] Faltábale, en efecto, al Gobierno central

los prestigios de aparato que tanto ayudan á la monarquía, y que,

naturalmente, no pudo trasladar á las colonias. La conquista, por otra

parte, había sido un éxito de la calidad personal de cada conquistador,

no una obra de la nobleza ó del Rey, y los revolucionarios Comuneros

de Castilla, emigrados después de su derrota, trajeron gérmenes tan

vivaces de democracia, que su recuerdo perduró, como se ha visto, hasta

en la denominación específica de los revolucionarios paraguayos.[94]

Éstos quedaron tan fuertes, aun después de su derrota, que cuando

á poco y aprovechando de las turbulencias no extinguidas del todo

aún, los indios _Guaycurúes_ amenazaron la Asunción, la mayoría de

los soldados se encontró ser excomulgada por el asalto al colegio de

los jesuítas; entonces resolvieron no defender la plaza, mientras

el obispo no les alzara el entredicho, lo que éste ejecutó, dada la

inminencia del peligro. Excusa, por cierto, muy de la época y también

muy peculiar, en el fondo, á los nuevos tiempos.

La revolución degeneró en anarquía por falta de ambiente y de razón

política definida, pues como movimiento comunero exclusivamente,

implicaba un anacronismo. La monarquía evolucionando hacia el

absolutismo sobre la ruina de la libertad foral, no podía ser detenida

por la restauración de ésta. El espíritu popular exigía ya medidas

más radicales y compatibles con la evolución que llevaba los pueblos

á la democracia ó á las instituciones representativas: el separatismo

revolucionario del año 10.

Como todo movimiento social prematuro, aquél de los comuneros fué

suicida por desesperación cuando comprendió la imposibilidad del

triunfo; pero se ha impuesto á la historia como una generosa tentativa

de libertad, cuyo fracaso aumenta quizá lo simpático de su esfuerzo.

Más que una revolución, fué propiamente un caso foral.

Ciertamente, no tuvo otros alcances, ni creo que pueda verse sin

exceso en Antequera, un mártir anticipado de la libertad americana.

Su carácter es simpático, sin ser de ningún modo genial; y su figura,

dominada siempre por los acontecimientos, no es por supuesto la de un

jefe extraordinario. Su ejecución fué, por esto, un crimen inútil, ó

más bien estúpida venganza, que extremó la reacción en perjuicio de

sus propios autores, como siempre sucede. Los PP. iban á experimentar

muy luego el contragolpe del absolutismo que con tanto ahinco

defendieron.

NOTAS:

[86] Por no haber recibido, junto con su nombramiento, las bulas de

institución.

[87] El obispo lo era. La oposición venía desde los comienzos de la

conquista espiritual, que fué empezada por los franciscanos, según

queda dicho.

[88] Había ejercido hasta 1717, año de su nombramiento, las funciones

de alcalde provincial.

[89] Eran cristianos, sin embargo; lo que volvía más significativa

aquella crueldad.

[90] Porque según la ley, no podía ser gobernador, á causa de que

pertenecía al lugar de su gobierno, y estaba emparentado con varios

regidores.

[91] Ésta es la ortografía de Lozano, y sin duda la buena. Estrada, que

siguió á Charlevoix en sus noticias, escribe Mompo, sin acento, como

él; pero Charlevoix pronunciaba en francés, necesitando acento, por lo

tanto.

[92] En 1732, para no concurrir á la represión del Paraguay adonde

enviaron prisionero al teniente de rey que para ello se aprontaba.

[93] Casi al mismo tiempo, el P. Falkeuer (ver el epílogo) notaba igual

cosa en las campañas argentinas.

[94] No necesito advertir que mi narración del movimiento comunero,

es simplemente esquemática, habiéndola elegido sólo por ser el más

importante episodio político de la época y el más significativo á la

vez.

VI

=Expulsión y decadencia.=

El Tratado de Permuta entre los Gobiernos lusitano y español, que

cambió la Colonia del Sacramento al primero, por los pueblos que el

segundo poseía en la margen oriental del Uruguay, interrumpió aquella

tranquila dominación.

Dichos pueblos eran, en efecto, las siete reducciones jesuíticas del

Brasil, que por el distrito del Tape y Porto Alegre buscaban el soñado

desahogo sobre el Océano.

Liberal se había mostrado la Corona en sus indemnizaciones á los

habitantes. No sólo podían éstos retirarse con todos sus bienes á las

reducciones de la costa occidental (Art. 16 del tratado), sino que se

daba á cada pueblo 4.000 pesos para gastos de mudanza, eximiéndoselo

además del tributo por diez años en el nuevo paraje donde se situara.

Pero esto era nada en comparación de lo que se perdía. Arrojados de la

Guayra por los mamelucos, y abolido por consecuencia todo intento de

comunicarse á su través con el Atlántico, los PP. habían diferido la

realización de este propósito dominante, para cuando replantearan sobre

bases más sólidas el núcleo de su Imperio. Comenzaba esto á lograrse,

después de ciento y pico de años de esfuerzos, avanzando ya su dominio

hasta la Sierra del Tape, donde tenían vastas dehesas, dependientes de

las reducciones de San Juan y San Miguel--cuando el tratado de 1750

vino á desvanecer por segunda vez sus aspiraciones. Era demasiado, sin

duda, para que lo sufrieran tranquilos, y la insurrección guaraní de

1751 lo demostró enteramente.

No creo que los PP. llevaran ninguna idea separatista en ello.

Semejante imputación fué una calumnia, que la Corona recogió cuando le

convino, para explicar la expulsión, junto con la leyenda ridícula,

circulada por los publicistas anticlericales de Amsterdam, según la

cual aquéllos habían proclamado rey del Paraguay á un cacique, con la

intención de separarse de España;[95] pero me parece no menos evidente,

que la insurrección tuvo origen jesuítico. Queríase, sin duda, impedir

su trabajo á las comisiones demarcadoras, mientras se gestionaba ante

la Corte la denuncia del tratado; cosa después de todo factible, en

época de semejante instabilidad, y cuando el mismo documento de Utrecht

no había remediado nada. Entretanto, la guerra demostraba á las dos

Coronas cuán ruinosa iba á salirles la ocupación en campos enteramente

arrasados por las montoneras, y con habitantes que incendiaban sus

pueblos al retirarse. Dicha suposición, es el término medio natural

entre los que aseveraron sin pruebas el separatismo de los PP., y

la neutralidad absoluta que éstos pretendían haber observado en la

contienda. Los indios carecían de iniciativa, como es evidente, para

lanzarse por cuenta propia en lance tan grave; y lo que es peor,

desobedeciendo á sus directores. El lector juzgará si esto era posible,

dada la situación moral y social de las reducciones. Sostenían los PP.

que el movimiento había sido una reacción natural del patriotismo,

al verse los indios desterrados de los pueblos donde nacieron; y los

que hablaron con los comisarios reales en nombre de sus paisanos,

argumentaron efectivamente con esto, agregando que aquellas tierras

fueron dadas á su raza por el apóstol Santo Tomé; pero otros, hechos

prisioneros durante la insurrección, declararon que estaban instigados

por los PP. Después, el patriotismo debía resultar algo baladí para

aquella gente que nada poseía, siendo ese un sentimiento consecutivo

á la propiedad. Nada habían tenido tampoco en su estado salvaje,

puesto que en él fueron nómades; de manera que su indiferencia al

respecto, era á la vez atávica é inmediata. Considero, pues, que los

PP. fueron los promotores encubiertos de la insurrección. No se fracasa

dos veces en siglo y medio de esfuerzos gigantescos, sin intentar la

segunda cuanto arbitrio venga á mano para conjurar la adversidad.

En cuanto á poder hacerlo, los PP. habían demostrado lo bastante su

energía y su constancia, con más que el propósito merecía cualesquiera

sacrificios; siendo, por otra parte, bien sabido que los medios no los

preocupaban mucho. Además, ellos estaban en el buen terreno respecto

á los intereses bien entendidos de la Corona, pues lo cierto es que

ésta realizaba una permuta desastrosa, en la cual sólo consiguió perder

su dominio de la margen oriental del Uruguay;[96] de modo que tenían

buenas razones para ser oídos. La insurrección era, entonces, un medio

heroico, pero de eficacia segura, si no se mezcla en el asunto el amor

propio de las armas españolas, que no habría sido posible dejar como

dominadas por los guaraníes, ante el aliado portugués. Las intrigas de

Corte hicieron el resto.

Los que sostienen la tesis del separatismo jesuítico, argumentan,

para demostrarlo, con la autonomía cada vez mayor de que fué gozando

el Imperio por concesiones sucesivas de la Corona, y además con su

éxito económico. Esto, dicen, sugirió, como siempre sucede, las ideas

separatistas. Agregaban á guisa de dato concurrente y significativo, el

hecho de ser extranjera la mayor parte de los PP., y esto es, bastante

fuerte á primera vista; pero muy luego se advierte que su objeto fué

aislar al Imperio de todo contacto español, con la doble valla del

idioma y de la sangre.

El imperio jesuítico · 第 12 / 17 段