La población estaba casi uniformemente distribuida en los pueblos del

Imperio, pudiendo fijarse á cada uno un promedio de 3.500 habitantes;

pero Yapeyú, su capital, alcanzaba á 7.000 y Santa Ana llegó á tener

cerca de 5.000. Este promedio no abraza sino los dos puntos extremos

comprendidos en el siglo XVIII, cuando las Misiones habían alcanzado su

definitiva estabilidad, es decir los 117.488 habitantes que tuvieron

en 1715, con los 104.483 á que habían descendido en 1758, diez años

antes de la expulsión; pues como dije en otro lugar, la última época

señaló en esto una decadencia. El máximum fué alcanzado en 1743, con

150.000. Poseyeron las reducciones una organización militar completa,

autorizada por la Corona para que se defendieran de los mamelucos.

Táctica y armamento, eran un término medio entre los procedimientos

civilizados y las costumbres salvajes. Dividíanse las fuerzas en

infantería y caballería. La primera usaba arco y flechas; «bolas»,[83]

macana y honda; pero había algunas provistas de mosquete, sable y

rodela. La caballería manejaba carabina y lanza. Cada pueblo tenía sus

fortificaciones y una armería con su dotación determinada, existiendo

orden para que se fabricara en cada uno cuanta pólvora se pudiese.

No faltaba la artillería de hierro y de bronce; y se hizo venir de

Chile, PP. que habiendo sido militares, instruyeron tácticamente á los

indios. Éstos eran tenidos por los mejores soldados del Virreinato,

y solicitados por gobernadores y virreyes como tropa selecta, en los

momentos difíciles. Existían autoridades expresamente nombradas para el

caso de guerra, y un servicio especial de vigilancia sobre la margen

oriental del Uruguay. Produjeron hasta generales indígenas, como José

_Tiarayú_, más conocido con el nombre de Sepé, y Nicolás _Languirú_,

á quien los enemigos de los jesuítas llamaban Nicolás I, rey del

Paraguay. Ambos indios lucharon y murieron en la rebelión de 1751, que

más adelante conocerá el lector. Todo varón hacía ejercicios militares

los domingos, desde la edad de siete años, siendo castigada con multa

y prisión su falta. Una vez al mes se tiraba al blanco en todas las

reducciones.

Efectuábanse con admirable precisión las convocatorias; el servicio de

centinelas era permanente para los pueblos, y una reserva de doscientos

caballos elegidos en cada uno, completaba aquella bélica organización.

Mamelucos y salvajes experimentaron pronto sus efectos, y no iba á

pasar mucho sin que las mismas tropas del Rey tuvieran que habérselas

sangrientamente con los guerreros guaraníes.[84]

La vida que los PP. hacían, así como su situación moral respecto á

los indios, mantenía entre unos y otros una distancia verdaderamente

inmensa. Más que amos, estaban en una relación de semidioses con sus

subordinados. Éstos no tenían relación con el mundo, sino por su

intermedio. Ni los caciques sabían leer y hablar otra lengua que el

guaraní. Trabajaban, pero no poseían; y todo, desde la alimentación

al vestido y desde la justicia al amor, les era discernido por mano

de los PP. Carecían de cualesquiera derechos, puesto que la voluntad

de aquéllos reglaba la vida entera; mas en cambio se les imponía

deberes: situación de esclavitud real que sólo se diferenciaba de

las encomiendas, porque siendo más inteligente, resultaba mucho más

templada.

Resignados á ella, los indios la aceptaron como más tolerable, pero

el caso moral continuaba siendo el mismo; y esto explica por qué en

siglo y medio de aparente bienestar, no consiguió vincularlos á la

civilización. El Padre director era la encarnación viva del Dios que

se les predicaba, y esto sin duda aligeró en gran parte su situación

de servidumbre; pero sacerdote ó laico, el amo nunca provocó la fusión

de razas, y continuó siendo amo á pesar de todo. La situación más

envidiable para el indio reducido, era formar parte de la servidumbre

que los PP. mantenían en su convento, lo cual da, mejor que nada, una

idea de aquella sociedad. Los Visitadores, regiamente tratados, no

veían, como sucede generalmente, sino lo que sus huéspedes deseaban,

juzgando sobre los indios por su situación aparente; y la Corona, cuyos

ideales teocráticos realizaban los jesuítas en aquella miniatura de

Imperio Cristiano, hallaba en ellos á sus vasallos más fieles.

El comunismo era riguroso. Á los cinco años, el niño pertenecía ya á la

comunidad, bajo el patronato de alcaldes especiales[85] que vigilaban

su trabajo diario. No bien rompía el alba, se los llevaba diariamente

á la iglesia, de donde pasaban al trabajo de campos y talleres hasta

las tres de la tarde. Á esta hora regresaban, conducidos siempre por

sus capataces, y después de nuevos rezos volvían recién á sus casas.

La paternidad quedaba de hecho suprimida con este procedimiento,

que preludiaba de cerca la abolición de la personalidad. Cuando

llegaba el momento de que los jóvenes tomaran un oficio, los PP.

lo indicaban. Igual hacían con los matrimonios, que resultaban así

verdaderos apareamientos. Nada había fundado en la libre iniciativa

ni en el amor, que aquellos célibes no podían entender sino como una

paternidad mecánica. La obediencia pasiva acarreaba un estado ficticio

de producción, y como nadie poseía nada, todos trabajaban lo menos

posible. Destruido el incentivo de la independencia personal por el

trabajo, que al producir el máximum de esfuerzo en cada uno, beneficia

á la colectividad, el egoísmo, exaltado á fuerza positiva por este

medio en las agrupaciones civilizadas, asumió allá el carácter de

una pesimista desidia. Aquellos indios no iban al trabajo sino por

la fuerza, hurtándole cuanto podían con mil arbitrios ingeniosos,

exactamente como los niños en la escuela: no veían el fruto de su

trabajo, no comprendían su objeto, y se les volvía naturalmente

aborrecible. Fuera de hilar y trabajar la tierra, las mujeres nada

sabían, siendo rarísima la que cosiera. Esta particularidad se debe

á la extraordinaria sencillez de los trajes, que apenas requerían

costura, y da idea de la pobreza general.

De tal modo es infecundo el despotismo, que hasta en lo relativo á la

religión, propósito casi exclusivo de la conquista espiritual durante

su primera época, los indios manifestaban una perfecta inconciencia.

Cierto que al degenerar en comercial la obra, ese factor pasaba á

segundo término; pero como era el pretexto, su importancia formal

continuó siendo grande, y en todo caso igual para los naturales. Apenas

expulsados los PP., las costumbres se depravaron; volviendo rápidamente

á la instabilidad salvaje; y no fué raro encontrar, promiscuando en la

misma casa, varias parejas incestuosas y adúlteras. En la confesión,

que sólo efectuaban obligados, salían del paso acusándose de culpas que

no habían cometido y comulgando en seguida, sin el menor empacho por el

sacrilegio. Carecían de noción clara sobre los pecados que habían de

confesar y olvidaban con frecuencia hasta los días de precepto. Ello es

tanto más significativo, cuanto que todo se hacía rezando. Plegarias,

cantos religiosos con acompañamiento de imágenes y ceremonias, para la

entrada y salida del trabajo, para los asuetos, para las comidas. El

carácter conventual estaba exagerado hasta lo increíble. La enseñanza

de la doctrina y de las oraciones, ocupaba más tiempo que la de los

oficios útiles. Habría podido creerse que la extraordinaria pompa de

las fiestas, produjera una impresión durable en el ánimo del salvaje.

Nada pudo contrarrestar la sombría decepción de esclavo que embargaba

su espíritu, y fué el gran melancólico de una opresión incomprendida.

Ley escrita no había, y la conducta estaba regulada por la voluntad de

los PP., que castigaban justicieramente casi siempre, pero en forma

discrecional. Administraban justicia, sin que los tribunales comunes

pudieran citar á juicio á los indios, y tenían facultad hasta para

aplicar la pena de muerte. Los azotes constituían la más común, y

para que nada faltara á la autoridad absoluta de carácter divino,

que revestían, era obligación del azotado ir después del castigo á

agradecérselo de rodillas como un bien, besándoles la mano en señal de

sumisión...

Dije ya que desde los cinco años se apoderaba de los indios la

comunidad; mas lo peor es que esta tiranía colectiva, no terminaba

jamás. Casados, es decir en la situación que todas las convenciones

sociales consideran sinónima de independencia, excepto para los

siervos, entraban bajo la potestad de otros alcaldes, que á su vez los

dirigían por delegación, concentrándose así en manos de los PP. una

suma de poder como no la ha tenido gobierno alguno en el mundo.

NOTAS:

[59] Éstos se llevaron siempre bien con los conquistadores laicos,

llegando á vivir á unos pocos kilómetros de la Asunción en completa paz

hasta el ataque que les llevó sin causa alguna el gobernador Reyes,

hechura de los jesuítas. (Cap. V.)

[60] En una carta dirigida al gobernador de Buenos Aires (1746) el P.

Cardiel elogia la dedicación con que la Corona protegió siempre á las

misiones del Nuevo Mundo, enviando ministros evangélicos «y señalando

en casi todas las provincias buen número de soldados que les sirvan de

escolta en sus ministerios. Pues además de los muchos que tiene pagados

para esto en Filipinas, Marianas y Méjico... en Buenos Aires tiene

pagados para lo mismo 50 con su capitán... Todos estos soldados de

todas estas provincias, son para sólo los misioneros jesuítas y no de

otra religión.»

[61] Ver (Cap. V.) el asesinato que en represalias del ataque del

gobernador Reyes, cometieron los _payafuás_ con los jesuítas Silva y

Mago. Éstos no entran ya en el cuadro de la conquista espiritual.

[62] Recién en 1679, se limitó á 12.000 arrobas la exportación de yerba

de los pueblos jesuíticos, que la habían hecho alcanzar á 50.000.

[63] Como en el canto X de la Ilíada, vs. 257-265, donde se elogia los

cascos de cuero.

[64] Falta el dato exacto, que sólo habría podido ser suministrado por

el archivo jesuítico. Mucho se ha bordado al respecto, no faltando

quien asegurara que dicho documento se hallaba en una estancia de Entre

Ríos; pero los PP., que recibieron noticias de su expulsión un año

antes de efectuarse, tuvieron tiempo de enviarlo á Roma, donde estará

seguramente. Los inventarios de los comisionados reales poco dan de sí,

pues certifican un estado de cosas dispuesto con anticipación por los

PP.

[65] Era teniente de gobernador del departamento de Concepción, uno de

los cinco en que fueron divididas las Misiones para su administración

laica.

[66] Ya se recordará que el promedio de población era triple en la

época de los jesuítas.

[67] 218 francos.

[68] El promedio equitativo sería de $ 300.000.000 (1.600.000.000 de

francos) durante el siglo de trabajo pacífico que puede asignarse á las

reducciones.

[69] Se había establecido una equivalencia entre una determinada

cantidad de productos y la unidad monetaria, lo cual recibía el nombre

de «peso hueco». Tres pesos huecos equivalían á un patacón (5 francos

446).

[70] No obstante, después que la revolución comunera de que se hablará

más adelante puso de manifiesto el odio paraguayo hacia los jesuítas

con la intensidad expresada por el P. Lozano, el real rescripto del

6 de noviembre de 1726 puso las reducciones bajo la jurisdicción de

Buenos Aires; pero fué una medida de política ocasional, que preludiaba

probablemente la autonomía definitiva.

[71] Tal vez era el mismo de Itapuá que fué llevado á la Asunción,

ignorándose su paradero. El mismo religioso publicó en Barcelona en

1752, bajo el título de _Lunario de un Siglo_, un almanaque astronómico

para las visiones, aplicable desde 1740 hasta 1841 y prorrogable

hasta 1903. La hora está regulada en él por el meridiano del pueblo

de Mártires y comprende observaciones efectuadas desde 1706. Es una

notable obra cosmográfica, cuya dedicatoria á la Compañía, y cuya

introducción, revelan por otra parte un literato y un hombre de ciencia

nada común.

[72] El texto guaraní dice lo siguiente:

«_La ignorancia que hay de los bienes verdaderos, y no sólo de las

cosas eternas sino de las temporales._»

«Para el uso de las cosas ha de preceder su estima, y á su estimación

su noticia, la cual es tan corta en este mundo, que no sale fuera de

él á considerar lo celestial y eterno para que fuimos criados. Pero no

es maravilla que estando las cosas eternas tan apartadas del sentido,

las conozcamos tan poco, pues aun las temporales que vemos y tocamos,

las ignoramos mucho. ¿Cómo podemos comprender las cosas del otro mundo,

pues las de éste en que estamos no las conocemos? Á esto puede llegar

la ignorancia humana, que aún no conoce aquello que piensa que más

sabe. Las riquezas, las comodidades, las honras, y todos los bienes

de la tierra que tanto manejan y codician los mortales, por eso las

codician, porque no las conocen. Razón tuvo San Pedro cuando enseñó á

San Clemente Romano, que el mundo era una cosa tan llena de humo, en la

cual nada se puede ver; porque así como el que estuviese en semejante

casa, ni vería lo que estaba fuera de ella, ni lo que estaba adentro,

porque el humo estorbaría la vista clara de todo; de la misma manera

sucede que los que están en este mundo, ni conocen lo que está fuera

de él, ni lo que está adentro; ni entienden cuánta sea la grandeza de

lo eterno, ni la vileza de lo temporal, ignorando igualmente las cosas

del cielo como las de la tierra, y por falta de conocimiento truecan

los frenos en la estimación de ellas, dando lo que merecen las eternas

á las que son temporales, y haciendo tan poco caso de las celestiales

como se debe hacer de las perecederas y caducas, sintiendo tan

contrario á la verdad, como nota San Gregorio, que al destierro de esta

vida tienen por patria, á las tinieblas de la sabiduría humana por luz,

y al curso de esta peregrinación por descanso y morada; siendo causa de

todo esto la ignorancia de la verdad y poca consideración de lo eterno.

Por lo cual á los males califican por bienes y á los bienes por males.

Por esta confusión del juicio humano rogó David al Señor que le diese

de su mano un maestro que le enseñase, etc.»

[73] Ver el plano de San Carlos.

[74] Ver para más detalles el Capítulo sobre las ruinas. Los muros en

cuestión pertenecen al tipo ciclópeo que Schliemann en su «Micenas»,

clasifica de primero y tercer período.

[75] Los invasores de San Pablo eran llamados también mamelucos.

[76] La ley XVII de Indias, ordenaba que la arquitectura de las casas,

en las poblaciones del Nuevo Mundo, fuera enteramente igual.

[77] Calculando tres personas por metro cuadrado, resulta que esta

iglesia podría contener seis mil: los habitantes de un pueblo entero.

[78] Ver el Capítulo siguiente.

[79] Estos grillos están en nuestro Museo Histórico, lo propio que los

siguientes objetos: dos santos de madera; dos cabezas de piedra; una

bala de plomo; dos de piedra; la cerradura de la antigua iglesia de

Concepción; un escudo con la efigie de San Silvestre; una cariátide;

una matraca; una puerta decorada--efectos donados por el autor.

[80] Es positivo que los PP. explotaban minas en el Tucumán,

conservando ocultos sus derroteros. Igual pudo suceder en el Imperio,

más allá no abundan los metales preciosos.

[81] En Alta Gracia y Caroya; pero es una evidente exageración.

[82] Pueblos de las Misiones Argentinas.

[83] La Academia no trae nuestra acepción, que denomina así al arma

arrojadiza compuesta de tres guijarros unidos por cordeles.

[84] En ejércitos de tres y cuatro mil hombres habían colaborado á la

defensa de Buenos Aires contra franceses y portugueses en 1698 y 1704,

mereciendo elogios especiales del Rey, por su valor y pericia.

[85] No se olvide que la comunidad eran, al fin de cuentas, los mismos

PP.

V

=La Política de los Padres.=

Enemigos eternos de los jesuítas, á consecuencia de la rivalidad

económica en que los ponía la diferencia de conquista y de civilización

adoptada por unos y otros, los antiguos encomenderos del Paraguay

vivieron en constante hostilidad con aquéllos. Los elementos civiles

más ricos y más considerados, tenían con los PP. diferencias de todo

género, pero siempre conservadas por la antedicha rivalidad en la cual

habían llevado los primeros la peor parte.

Los privilegios con que la Corona había favorecido á la primera

conquista, enteramente laica como se recordará, daban al elemento civil

una fuerza efectiva, considerablemente aumentada por la distancia.

El hecho consumado venía á favorecerlos siempre por esta causa; y

así, sus consultas á la Corona producíanse regularmente, después de

efectuado el hecho que las motivaba. Todo esto había robustecido mucho

el derecho municipal y sus libertades consiguientes; del propio modo

que la selección de coraje, de audacia, de voluntad, producida por la

conquista, daba una singular decisión á los usufructuarios de tales

libertades.

El genio político de Irala, llevó muy lejos, durante su gobierno, la

extensión de los privilegios ciudadanos, y la supremacía del poder

civil. Él mismo había sido electo gobernador por el sufragio popular,

en uso del derecho acordado á los colonos por el Rey en 1537. Siendo

guipuzcoano, su espíritu transfundió á la colonia el culto de la

libertad foral, tan decidido en el vasco; y ésta no hizo después sino

robustecerlo hasta la misma exageración del desorden.

Así, la deposición de Álvar Núñez en 1544, fué una verdadera revolución

popular coronada por la reelección de Irala; pero si bien la Corona,

conforme á la discreta política del Emperador, aceptó el hecho

consumado, modificó el privilegio de 1537, encomendando al obispo el

nombramiento de gobernador, _ad referendum_.

Los jesuítas, representaban, en cambio, la autoridad monárquica

ejerciéndola á la vez de hecho en sus misiones; y estando más de

acuerdo, por consiguiente, con la evolución absolutista que el Gobierno

central acentuaba progresivamente. De tal modo, las preferencias

gubernativas fueron estando más y más de parte suya; sin contar la

ventaja que su difusión impersonal por cortes y tribunales, les daba

sobre adversarios cuya influencia era puramente local.

Por esto, en las querellas y choques sucedidos dentro de la

jurisdicción paraguaya, fueron derrotados siempre, á fuer de

impopulares; mientras su victoria era segura en las apelaciones á la

corte, al virreinato y á las audiencias.

La rivalidad con los elementos civiles de la Asunción, no hizo sino

aumentar al replantearse el centro misionero sobre el Yababirí, cuando

la emigración de la Guayra; y apenas los PP. se consideraron seguros

en el nuevo territorio, su influencia comenzó á ejercerse sobre la

política local.

Ya en 1644, el obispo Cárdenas los encontró bastante fuertes, para

hacerlos declarar intrusos[86] por el gobernador Hinestrosa, quien

los desterró del territorio; pero en este conflicto, que comporta

realmente el primer triunfo político de los PP. en el Paraguay, es

menester señalar la presencia de un aliado de los elementos civiles

cuya constancia no les faltará jamás: los franciscanos,[87] orden

tradicionalmente enemiga de la Compañía. La rivalidad se pronunciaba,

pues, en los ramos más importantes de la vida contemporánea: Gobierno,

religión y comercio. Aquello tenía que ser, y fué, en efecto, una

guerra sin cuartel.

El obispo Cárdenas, que regresó á la muerte de Hinestrosa, restauró

la facultad electoral de los conquistadores, siendo elegido él mismo

gobernador; lo que prueba una simpatía manifiesta, y general por otra

parte, entre su orden y los principios democráticos. El obispo expulsó

á los jesuítas y confiscó sus bienes, con el aplauso popular; pero la

audiencia de Charcas anuló su elección, restituyendo á aquéllos, bienes

y domicilio. Este episodio, da realmente la pauta de todos los que se

sucedieron hasta 1735, accidentando la prolongada lucha.

Los PP. habían llegado en la primera veintena del siglo XVIII, al

máximum de su poderío, sin que durante el tiempo transcurrido desde sus

conflictos con el obispo Cárdenas, la ira popular hubiera cesado de

rugir sordamente contra ellos.

Privilegiados por la Corona con toda suerte de franquicias, no quedaba

resistiendo á su dominación interna, sino aquel Paraguay civil, cuya

resistencia impedíales consagrarse enteramente al soñado fin de la

salida por el Atlántico. Mas entretanto, necesitaban el dominio

comercial de los ríos que forman el Plata, y que proporcionaban por el

momento, la única desembocadura supletoria. Uno de ellos, el Uruguay,

ya lo tenían, así como gran parte del alto Paraná; faltábales tan sólo

el Paraguay y á este fin necesitaban por suyo el gobierno civil que lo

poseía.

En este estado, consiguieron hacer nombrar un gobernador de su hechura,

don Diego de los Reyes, hombre fácilmente manejable por su cortedad

de alcances, su carencia de antecedentes y la exaltación imprevista

que obligaba su gratitud;[88] pero la nobleza paraguaya, encomendera y

foral en su inmensa mayoría, comprendió que el paso aquél era decisivo.

De los murmullos con que recibió el nombramiento, que la Corona debió

de legalizar con excepciones especiales, tornando así más visible la

maquinación (pues la ley prohibía nombrar gobernadores á los vecinos de

los pueblos que aquéllos habían de gobernar); de los comentarios, quizá

malévolos, de la resistencia pasiva aunque disimulada en un principio,

pasó muy luego á la desobediencia abierta.

Reyes, por su parte, había hecho todo lo posible para enconarla.

Empezó por abusar de su poder, exigiendo el homenaje de las personas

más notables de la Asunción y malquistándose porque no se lo rendían.

Fué el advenedizo típico, y sus mismos defensores, los PP. Lozano y

Charlevoix no pueden disimularlo.

Las cosas llegaron á tal extremo, que el gobernador, pretextando una

conspiración, nunca probada aunque verosímil, á lo menos como proyecto

verbal, ordenó la prisión de dos regidores, miembros prestigiosos á la

vez de la aristocracia asunceña: Urrúnaga y Ábalos.

El yerno de este último, amenazado también de cárcel, pudo fugarse á

Charcas, donde se presentó en queja ante la Audiencia, y ésta, que

rechazó al principio sus pretensiones, concluyó por oirle, ordenando al

gobernador Reyes que enviara el proceso á sus estrados. El gobernador

había cometido todo género de abusos para sustanciar dicha causa. Desde

la intimidación hasta los testigos falsos, todo lo puso al servicio de

sus pasiones; y cuando recibió la notificación del auto, por conducto

del juez García Miranda, comisionado de la Audiencia, no solamente

eludió la entrega del proceso, diciendo haberlo enviado ya á un abogado

de Charcas, sino que se negó á libertar bajo fianza á los detenidos,

como aquélla lo ordenaba, extremando aún el rigor de sus prisiones.

Tan parciales eran en el asunto los jesuítas, que sus dos

historiadores, los PP. Lozano y Charlevoix callan estos episodios, sin

los cuales, la conducta de Antequera, enviado después por la Audiencia

como juez pesquisador, resulta sospechosa y ambigua; pero el primero de

los citados padres, inicia su historia diciendo: «aunque mi principal

intento es sacar á luz la verdad con modestia, no podré decirla toda,

acomodándome al dictamen de quien dijo que, si bien el historiador ha

de decir verdad en todo lo que refiere, no debe referir todo lo que es

verdad;» agregando más abajo: «habré de decir lo que bastase á hacer

patente la verdad, _ocultando muchas cosas_, que no siendo necesarias

mas podrían ofender.»

Con este criterio histórico, agregado á los sucesos milagrosos que en

diversos puntos menciona como antecedentes funestos de los sucesos por

venir, queda visible el carácter apasionado de las historias jesuíticas.

Es otra prueba del jesuitismo de Reyes, y formaba uno de los capítulos

de su acusación ante la Audiencia, el feroz ataque que llevó sin previa

declaración de guerra contra los indios _payaguás_, que los jesuítas

no habían conseguido reducir,[89] pero que estaban en paz con el

vecindario asunceño, á media legua tan sólo de la ciudad.

La inútil matanza, ocasionó represalias dolorosas, que costaron la

vida, entre otros, á los jesuítas Blas de Silva y José Mazo; pues los

indios comprendían perfectamente el origen de la guerra que Reyes les

declaró.

Mientras el juez Miranda, convencido de que era inútil persuadir á

Reyes para que obedeciera el mandato de la Audiencia, renunció su

comisión: pero aquel tribunal había fallado antes la causa, condenando

al gobernador á una multa de cuatro mil pesos, á restablecer las

comunicaciones que mantenía interceptadas á fin de impedir toda

acusación ó queja entre Charcas y el Paraguay, y á presentar ante el

Cabildo de la Asunción su «dispensa de naturaleza»[90] en el término

de una hora, sin cuyo requisito sería depuesto.

El gobernador desacató en términos duros al Cabildo y á la Audiencia,

lo que prueba que se sentía escudado por fuerzas superiores á las

suyas; pues jamás se hubiera atrevido á dar tal paso por su sola

cuenta, sabiendo de antemano que estaba perdido. Entonces la Audiencia,

en cuyo seno eran muy influyentes, sin embargo, los jesuítas,

comprendió que algo grave estaba pasando en el Paraguay, y nombró juez

pesquisador á su propio fiscal don José de Antequera.

Habíase éste educado entre los jesuítas y era principalísima

persona, asaz enérgico é inteligente, bien reputado por su carácter

é integridad, aunque el P. Lozano le impute por otra parte diversos

peculados en el ejercicio de sus funciones, tachándole á la vez de

extremada jactancia. En conjunto, resulta una rica naturaleza, quizá

combativa, por exceso de vitalidad. Estos caracteres son dados siempre

á la pasión de la justicia.

No tardó Antequera, una vez llegado á la Asunción, en ver probados los

cargos de la acusación contra Reyes; y dando entonces cumplimiento á

las instrucciones de la Audiencia, cuyo pliego abrió ante el Cabildo,

asumió el cargo interino de justicia mayor de la provincia.

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