Varias imprentas editaban libros religiosos, teniéndose noticias

de cinco, que fueron instaladas en San Miguel, Santa María, San

Javier, Loreto y Corpus, á no ser que se tratara de un mismo taller

translaticio, como creen otros y me parece más probable. El carácter de

sus impresiones, como podrá verlo el lector, no difería del dominante

en aquella época. Mis ilustraciones proceden de la _Historia y

Bibliografía de la Imprenta en la América Española_ por José T. Medina,

obra que me señaló como lo mejor para mi objeto, el director de

nuestra Biblioteca Nacional, señor P. Groussac, cuya cortesía agradezco

de paso; ambas reproducen facsímiles del célebre libro místico del

P. Juan Eusebio Nieremberg, _De la diferencia entre lo Temporal y

Eterno_, etc., traducido al guaraní por el S. J. José Serrano. El texto

pertenece á la primera página,[72] y la lámina, una de las cuarenta y

cuatro que lo ilustraban, á la 96; habiéndolos preferido, por tratarse

de la obra tipográfica más considerable que produjeron las imprentas

de las reducciones en su corto funcionamiento. Éste apenas alcanzó, en

efecto, á veintidós años (de 1705 á 1727) sin que se sepa á ciencia

cierta por qué fueron suspendidas las publicaciones; pero el ya citado

_Semanario de un Siglo_, que el P. Suárez editó en Barcelona en 1752,

demuestra que, por esta época, ya no había imprentas en las Misiones.

Poco dado á las novedades sin objeto, he preferido una modesta

reproducción de aquellos trabajos, con tal que ella presente al lector

el mejor ejemplar posible.

Había también escuelas en todos los pueblos; pero así éstas como las

imprentas, empleaban únicamente el guaraní. Los libros de los PP. eran

naturalmente en latín y venían de Europa en su mayor parte.

La uniformidad topográfica de los pueblos, no manifestaba sino leves

excepciones.

Una plaza de 125 metros por costado, con la iglesia, el convento y el

cementerio en uno de ellos. En los tres restantes, casas generalmente

de piedra, con galerías corridas que permitían andar á cubierto.

Desembocaban á la plaza, calles formadas por dos hileras de

habitaciones. Cada hilera estaba aislada, siendo variable y hasta

irregular el ancho de las calles intermedias sombreadas por naranjos,

tanto más necesarios, cuanto que se cocinaba frente á las puertas.

Dichas hileras formaban manzanas, lo cual daba al conjunto un

aspecto enteramente rectangular. Las calles no tenían veredas.[73]

[Ilustración: =Fac-símile de la primera página del libro del

P. Nieremberg.=]

(REDUCIDO)

Las casas, con una puerta al frente y una ventana á su lado, constaban,

pues, de una sola habitación que no comunicaba con las vecinas. Estas

puertas, daban además al muro trasero de las que formaban la hilera

subsiguiente, con el objeto, según parece, de evitar el comadreo. Sin

embargo, en las ruinas paraguayas de Jesús y de Trinidad, algunas

tenían ventanas y aun puertas al fondo.

Construidas con gruesos bloques de piedra _tacurú_, cuya disposición

prismática se aprovechaba, acabando de labrarlas en esta forma, su

mortero más común era el barro. Tampoco lo necesitaban mucho, dado

el amplio basamento de aquellos sillares, y por lo general no se lo

empleaba sino para tomar las junturas.[74]

Otras eran de piedra, nada más que hasta la mitad de los muros,

formando una gruesa tapia el resto; muy pocas de arenisca, y éstas

sólo en los pueblos de más reciente fundación; bastantes de tapia y

de adobe. Los techos, de tejas solidísimas, que en ciertos pueblos se

conservan aún á millares, eran de dos aguas, muy rápidas por causa de

las lluvias continuas, lo cual exageraba su aspecto de capuchas; y las

fachadas de algunas viviendas de las plazas, ostentaban cresterías

formadas por medias lunas de piedra. Por lo común el piso era de

tierra; pero las principales, así como las celdas de los PP., estaban

soladas con baldosas exagonales, muchas enteras todavía, del propio

modo que sus almorrefas correspondientes. Casi en ninguna se usaba

revoque, con excepción de las que encuadraban la plaza, teniendo

éstas, además, por adorno, un florón de alto relieve en el tímpano.

La capacidad media era de cinco metros por cinco, y cada cual bastaba

á una familia. Pesadas puertas de urunday completaban el edificio. Su

interior era muy fresco, así por el gran espesor de las paredes, como

por el cañizo que formaba su plafón; pero reinaba en él una suciedad

verdaderamente indígena. Excavando en las ruinas, para dar con el piso

antiguo, se encuentra, al alcanzar su nivel, los trozos de baldosa

todavía cubiertos de hollín y de pringue. El aspecto exterior debía

de ser muy pintoresco, por el contraste de los tejados rojos con el

verdor metálico del naranjal. Acentuaría esta impresión la aspereza

leonada de los muros, con su matiz de cemento antiguo, cuando no el

suave rosa del gres, dando cierto carácter grandioso al conjunto

la recia fábrica de aquellos edificios. Los muros, atizonados con

fuertes machos de urunday, han resistido á todos los azotes, enlazados

sus sillares sin desencajarse, por raíces de árboles que vinieron á

buscar en sus junturas la tierra negra del mortero. Son ahora robustos

ejemplares--higueras silvestres, naranjos y hasta cedros, que se

balancean en agreste intrusión sobre ese arrasado salmer ó aquella

desequilibrada imposta.

[Ilustración]

Una poderosa tapia, ó un foso profundo, defendían los recintos, sobre

todo aquéllos situados en la costa del Uruguay y más expuestos, por

consiguiente, á las incursiones mamelucas.[75] Á veces se combinaba

las dos defensas, soliendo ser el foso una continuación de los arroyos

entre los cuales estaba situado casi siempre el pueblo, y cuyos

inexpugnables sotos componían una trinchera natural.

El lector tiene á la vista un plano de la antigua reducción de San

José, cuyas líneas de defensa he reconstruido, considerándolas un caso

típico de combinación entre la muralla y la zanja, servida y completada

ésta por arroyos de vado muy estrecho.

Las ruinas son un montón informe de tierra, pues en aquel pueblo

predominó la tapia; de modo que el plano se limita á calcular su

distribución dada el área que abrazan y la capacidad de ciertas

habitaciones, vagamente determinadas por la situación de algunos machos

enhiestos, sin pretender fijar exactamente otra cosa que la trinchera.

Á distancias variables entre quinientos y dos mil metros del pueblo

mismo, estaban los puestos que vigilaban el potrero inmediato; las

atalayas situadas con buen artificio; las ermitas en que se recluían

los penitentes para sus prácticas, ó adonde iban ciertas procesiones

como la de _Via-Crucis_; las canteras de asperón ó de escoria y una ó

dos fuentes para baños y lavaderos.

Manantiales captados con la mayor solidez en pequeñas cisternas de

piedra, formaban estas fuentes, cuyo piso empedrado se encuentra á

poco de sondearlo, así como sus bordes de piedra labrada. Más adelante

hallará el lector la descripción de una.

Preferíase para situar la población una meseta, por razones de

salubridad y de vigilancia; y tanto esta posición como las defensas,

y la distribución de los edificios que los jesuítas ajustaron

extrictamente á la ley,[76] daban á los pueblos esa perfecta igualdad

notada por los viajeros en las ciudades chinas; pues de tal modo

gobiernan las ideas al mundo, que el espíritu quietista produce los

mismos efectos materiales á través del tiempo y del espacio.

El convento, agregado á la iglesia, estaba dividido en dos porciones

correspondientes á otros tantos grandes patios. En el primero, vasto

rectángulo de 60 ms.×40, regularmente, se hallaban las celdas, de 6

ms.×6, todas blanqueadas y con argollas fijas en los muros para colgar

hamacas. El claustro era de una arquería pesada y suntuosa; y sus

pilares de 0.20 á 0.40 ms. de cara, tenían hasta 4 ms. de elevación.

Hallábanse así mismo en este patio, el depósito común del pueblo, la

armería y la escuela. El refectorio tenía un sótano espacioso, muy

requerido por el ardor del clima. Caminos subterráneos ponían además

en comunicación al convento con el pueblo, sin duda por razones de

vigilancia sobre los indios; otro iba á dar á la cripta, que caía bajo

las gradas del altar mayor, y en la cual se depositaba los restos de

los PP. solamente. Calculaban estos sepulcros para mucho tiempo, pues

la de Trinidad (Paraguay) tenía quince, y ya se sabe que sólo había dos

PP. por reducción.

En el segundo patio estaban los talleres de diversos oficios,

contándose entre éstos, pintores, doradores, escultores, fabricantes

de utensilios en cuero y madera y hasta relojeros. Remataba la

distribución una quinta que era verdaderamente magnífica, durando hasta

hoy sus naranjales.

La pompa de aquellos pueblos estaba en la iglesia, suntuosa y

espaciosísima, de tres y cinco naves, variando sus dimensiones entre

70 metros de largo por 20 de ancho (San Luis en el Brasil) y 74 por 27

(Trinidad en Paraguay).[77]

Eran tan ricas, que cuando el general Chagas saqueó los diez pueblos

de la margen izquierda del Uruguay en 1817, no obstante haber sido

depredadas ya las iglesias por sacristanes y comisionados de la

Corona, pudo enviar á Porto Alegre, como botín de guerra 579 ornamentos

de plata que dieron un total de 750 kilogramos.[78]

Suntuosa era su decoración, así como la indumentaria de sus imágenes,

toda en terciopelo y brocado. Los ornamentos, hasta las campanillas,

eran de plata. Las paredes adornadas con vivas pinturas y los retablos

profusamente dorados, hacían resplandecer el interior como un cofre de

joyas bajo el resplandor cirial de las fiestas. Algunas poseían órganos

de madera, construidos allá mismo bajo la dirección de los PP. Los

púlpitos y los confesonarios, verdaderamente erizados de adornos que

variaban desde los lazos y lambrequines de un plateresco recargadísimo,

hasta las más profanas cariátides, entre las cuales contaban faunos

y sirenas; la profusión de santos y candelabros completaban aquella

impresión de pompa; y un alfarje de artesones riquísimos, revestía la

bóveda con su dorado cedro.

Afuera se dejaba desnuda la piedra, con excepción de la cúpula y á

veces del frontispicio. Adornaba los muros una profusión de nichos, con

imágenes de asperón bastante bien esculpidas. El campanario de madera

ó de piedra, cuadrado ó redondo, tenía muchas campanas--nunca menos

de seis--fundidas algunas con cobre de la región; un atrio, empedrado

con losas de arenisca, daba acceso al templo; el pórtico estaba

sostenido por pilares de urunday, que dan idea de los árboles en cuyos

troncos fueron labrados. En Mártires queda enhiesto uno de 7.50 ms. y

en Trinidad hay dos de 9×0.60 de cara. Una barbacana que reforzaban

columnitas abalaustradas, circuía todo el edificio. Los muros eran

de tapia en las iglesias más antiguas, como la de San Carlos; de

mampostería seca en piedra _tacurú_, como la de Apóstoles; de lajas

y sillares de asperón asentado en barro, como la de San Ignacio; de

sillares de asperón, tomadas las junturas con cal, como la de Trinidad;

del mismo material asentado en argamasa, como la inconclusa de Jesús;

siendo de notar que sólo en estos dos últimos tipos, están descargados

por poderosos estribos. Inmediato á ellas se extendía el cementerio,

con sus tumbas cubiertas por lápidas de arenisca que llevaban

inscripciones en latín ó guaraní. Una cruz de piedra lo coronaba

generalmente. Sobre él daban los calabozos, de una solidez aplastadora

y muros hasta de 2.50 ms. de espesor, que aislaban enteramente al

preso hasta de los rumores mundanos. En una especie de ermita, situada

bajo el bosque que circunda las ruinas de San Ignacio, se encontró

una barra de grillos remachados, siendo de creer que se trataba de un

presidio.[79]

Considero oportuno decir dos palabras á propósito, sobre los

subterráneos jesuíticos. Ellos han atizado, junto con las minas y los

tesoros ocultos, la fantasía de la región.[80] Ya he dicho el destino

que en mi opinión tenían, aunque por allá se asegura una cantidad de

cosas espeluznantes. Puede que sirvieran alguna vez de cárcel, mas no

creo que se halle gran cosa al explorarlos. Conozco dos: el de Santa

María y el de San Javier. Aquél sigue la línea de una ruina que debe de

haber sido un salón del convento. Tendrá 12 ms. de longitud, estando

obstruido por un derrumbe, y 4 de profundidad. Es un angosto pasadizo

subterráneo, revestido de piedra _tacurú_. El de San Javier tiene todo

el aspecto de una bodega. Su entrada está reducida por los derrumbes

á un agujero de 0.50 ms. Es de bóveda muy recia, también en piedra

_tacurú_, y mide 6 ms. de largo por 2 de ancho. En sus paredes hay

diversos nichos, quizá ocupados en su época por pequeñas imágenes, pues

dada su situación me inclino á creer que fuera una especie de sacristía

subterránea. Es muy húmedo, pero se respira en él sin dificultad; y la

media docena de murciélagos que lo habita, no forma obstáculo alguno.

Hasta le da su detallito macabro, que los espíritus románticos pueden

apreciar con discreto horror...

Tal vez los PP., tan cuidadosos siempre de conservar en el indígena

la idea de poderío, impresionándole á la vez con espectáculos

conmovedores, aprovecharían en ciertas ocasiones aquellos pasadizos

para mostrarse de súbito en un sitio inesperado, ó para sorprender con

su presencia una mala acción que se creía cometer á ocultas, saliendo,

por ejemplo, de la cripta mortuoria en medio de la iglesia obscura,

como un justiciero espectro. Es, pues, verosímil que mantuvieran

secreta la entrada de aquellas obras, proviniendo de esto quizá el

cariz misterioso que hasta el presente han conservado.

Grandes constructores de subterráneos fueron los jesuítas en todas

partes, y en Córdoba ha llegado á atribuírseles algunos de diez leguas

de longitud;[81] pero si esto fué para ocultarse, como parece obvio, en

las Misiones donde imperaban absolutos, no lo necesitaron seguramente.

Por otra parte, muchas pretendidas catacumbas son viejos acueductos,

cuya comunicación está cortada, pero cuya restauración es fácil idear,

tanto por su carácter típico cuanto por su arrumbamiento hacia el

supuesto manantial, que muy luego se encuentra.

Completaban la edificación pública de las reducciones, el hospital y

una casa llamada de las «recogidas», donde se confinaba á las mujeres

de vida alegre, á las casadas cuyos maridos estaban ausentes por largo

tiempo y á las viudas que pedían recluirse. Esta especie de monasterios

laicos, era una previsión contra la ligereza harto marcada de las

mujeres guaraníes, á quienes una religión puramente formal no contenía

en manera alguna.

Dije ya que la ganadería y los cultivos progresaron mucho en las

reducciones.

La vialidad correspondió á este progreso. Un camino directo unía

dos puntos extremos del país. Á medida que otras poblaciones nacían

por el contorno, aquella arteria se ramificaba, y así la topografía

resultó naturalmente de la ocupación. No hay más que comparar ahora,

con los vestigios que ese sistema dejó, la colonia cuadriculada de

nuestras mensuras oficiales. Excelente para la pampa, en la cual

dió espontáneamente una solución, resulta contraproducente una vez

transportada al bosque y á la montaña, donde arroyos y eminencias

rompen á porfía su regularidad de damero.

Los jesuítas siguieron el método natural que ha dado á la Europa su

excelente red. Allá el camino estableció primero una comunicación

directa entre castillo y castillo; las poblaciones inmediatas fueron

uniéndose á ella por medio de sendas, que también las enlazaban entre

sí, hasta completar el sistema sin los inconvenientes de la rigidez

geométrica.

Cuando los agricultores queman sus campos en el invierno, aquello

revive como un plano colosal en tinta simpática, sobre la tierra

misionera. Los caminos reales, que por la blandura del suelo se

ahondaban mucho, iban requiriendo nuevas trazas, efectuadas en

poco tiempo al paso de las carretas. Cuatro y cinco accidentan

paralelamente el suelo, y como las antiguas huellas de los rodados

han sido especies de cunetas naturales para las aguas llovedizas,

éstas ahondaron los caminos hasta volverlos zanjones, dando las fajas

de terreno intermedio, una perfecta ilusión de terraplenes. En Santa

María, punto de gran tráfico entonces, son tantos los que desembocan á

las ruinas, que parecen líneas de trincheras; pero puede decirse, sin

exagerar mucho, que aún están patentes allá las huellas de los rodados.

De estas vías centrales, despréndense en todas direcciones caminos de

herradura, los cuales conducen invariablemente á un bosquecillo redondo

que oculta una ruina: puesto de estancia ó de chacra, comunicado á su

vez por senderos con un manantial cercano.

Esto se repite en toda la extensión del antiguo Imperio, con abundancia

relativa que indica una vialidad bastante desarrollada; pues aunque

los habitantes se reconcentraron en los pueblos, para resistir mejor á

los indios bravos y á los mamelucos, el desarrollo industrial habíalos

diseminado bastante cuando se produjo la expulsión.

Hubo entre aquellos caminos, como los abiertos en el espeso de la

selva, que llama «picadas» la terminología local, algunos notables. El

que puso en comunicación á Santa María con Mártires, y á este punto con

Candelaria en la costa del Paraná, fué de ésos.[82]

Mártires, situado en una eminencia de la sierra central, era

verdaderamente un pueblo sobre un cerro. Hacia la costa del Uruguay,

el declive es violentísimo y todo poblado de profundo bosque, que

hace muy difícil su acceso. Á la parte opuesta, aquella altura se

encadena con la sierra, formando una fértil altiplanicie, á la que no

falta ni un oportuno arroyuelo para ser encantadora. Era visiblemente

un punto intermedio entre los dos ríos, de fácil defensa y por

consiguiente de segura comunicación. De allá partía la «picada» que

atravesaba el bosque en una extensión de 60 ks. próximamente, siendo

capaz para rodados. Aquellos caminos por el bosque, debían requerir

un cuidado permanente en atención á su tráfico. La selva tiende, en

efecto, á reconquistar su dominio sobre la vía expedita, que á poco

de descuidada degenera en molesta trocha. Los árboles se unen por las

copas, abovedándose, y los ciclones, derribando alguno, obstruyen

por completo el acceso; las lluvias se encharcan durante meses en

aquella sombra; entonces el tranco equidistante de las cabalgaduras

ó tiros en caravana, forma albardillas que desaparecen bajo el agua,

predisponiendo á peligrosos tropezones; y sólo un servicio constante,

podría prevenir inconveniente tan serio. Ya puede suponerse lo que

sería eso en 60 ks. de camino.

Antes hablé de los manantiales captados. Quedan en las ruinas muchos

restos de piletas, piscinas y estanques, algunos de los cuales fueron

quizá empleados en tenerías. Son bastante notables á este propósito,

los de Santa Ana, descritos varias veces ya; pero tomaré como tipo la

piscina de Apóstoles, por ser la que está más conservada.

[Ilustración]

Queda á unos 500 ms. al N. de las ruinas, formando un exágono irregular

según lo muestra la figura. Su base mide 21,20 ms.; 12 en los lados del

N. E. y S. O., y 9 en los restantes; su profundidad es de 1.35. Prismas

de arenisca, de 1.20 por 0.48, forman sus paredes, estando solada con

el mismo material. Circundábala un veredón formado también de arenisca

en losas rectangulares, con un ancho de 7. Dos canales subterráneos

de piedra, en los costados O. y E., conducían el agua captada en dos

manantiales cercanos. El primero desembocaba en un depósito de 7 ms. de

longitud por 2.40 de ancho, dependencia del principal, con el que lo

comunicaba un prisma hueco de gres, desde el cual se derramaba el agua

en la piscina de tres orificios. Éstos eran las bocas de otros tantos

ángeles, esculpidos entre profusas molduras sobre el paramento interno.

Coronaba aquel depósito una cruz de piedra, en cuya base había también

esculpidas ricas molduras. El manantial del E., caía directamente á la

piscina, y toda el agua salía por un albañal rectangular de 0.30×0.25,

perforado en un bloque de piedra sobre el costado N., lo cual daba un

nivel continuo y una constante renovación. Una pileta trapezoidal,

cuyas bases son de 9.20 y 4.70, estando situada á 4.10 del depósito

recibía el excedente, desaguándolo á poca distancia en una ciénaga del

arroyo Cuñá-Manó. Posiblemente serviría de lavadero. Las mediacañas,

labradas en gruesos bloques de gres para formar los albañales, tenían

0.28 de diámetro. Sobre la base del exágono que forma la piscina,

corrían tres gradas de descenso, y toda ella estaba rodeada de palmeras

que le comunicaban agradable aspecto. Debía constituir un bello paseo y

un baño delicioso.

Eran también notables los puentes. Á 7 kilómetros O. S. O. de las

mismas ruinas, quedan los restos de uno sobre el arroyo Chimiray.

Comienza con una calzada de piedra de 9 metros de ancho por 30 de

longitud en la margen Este, y 58 en la opuesta. Dicho arroyo, que

corre allá de N. O. á S. E., tiene un ancho normal de 15 ms. y una

profundidad de 1.50; pero durante sus rápidas crecidas, suele salirse

de madre hasta 1.000, y alcanzar honduras de 8 cuando no tiene donde

extenderse. Previendo esto, se construyó el puente en un terreno

anegadizo, lo que impedía que las aguas lo cubriesen. Sus restos

están formados por 12 postes de urunday, en 6 filas oblicuas á la

corriente. Deben de haber sido 15 en cinco hileras de á tres, estando

aquéllas á 3.80 ms. de distancia entre sí y los pilotes á 2 cada uno.

La anchura del puente resultaría entonces de 4 metros; su longitud de

19 y su altura sobre el agua, de 3. Era el tipo común de esta clase de

construcciones, bastante raras después de todo.

Como el principal obstáculo de los vados es el pantano que generalmente

los precede, los jesuítas prefirieron formar calzadas de piedra para

suprimirlo, sin el coste de un puente. El tráfico de entonces, y aún

el actual, no era muy activo, efectuándose por de contado en carretas;

de modo que éstas, en caso de crecida, esperaban uno ó dos días sin

inconveniente. Los arroyos son muy correntosos y su caudal disminuye

rápidamente, de modo que el retardo rara vez excedía las cuarenta y

ocho horas.

Fuera de estos trabajos, se nota vestigios de otros especiales para

avenar los esteros; y parece que en las inmediaciones de la laguna

Iberá existen restos de un vasto drenaje, tendiente á convertir una

extensión de terreno anegadizo en campo de pastoreo, mas me inclino á

creer que esto no pase de una conjetura.

El imperio jesuítico · 第 10 / 17 段