[52] Como no alcanzo la razón que haya para limitar el oficio de esta

palabra á su combinación con el participio, adopto nuestra lógica

generalización. Igualmente usaré la palabra _rol_, bajo su afección

francesa de papel ó figura en un desempeño; así como _yerbal_ y

_yerbatero_, derivados de yerba (_ilex paraguayensis_). Por último,

emplearé como sinónimo de asperón la palabra _gres_ que la Academia no

acepta.

[53] Éstas fueron: Asunción, Ciudad Real, Santa Cruz, Villa Rica,

Jerez, Concepción, Ontiveros, Corrientes, Santa Fe y Buenos Aires.

[54] La de Hernandarias, de que se hablará más adelante.

[55] Llamado así porque pertenece á la colección «Lenox» de Nueva York.

[56] Falkner no entra en esta cuenta, por haber sido su campo de acción

la Patagonia; pero su obra fué allá tan notable y benemérita, que bien

merece una mención especial.

[57] El peso en cuestión valía, salvo las naturales fluctuaciones

del cambio, 5 francos 446, á juzgar por su peso de 26 gramos 928 y

su ley de 0.910 de fino, conforme á las equivalencias fijadas por la

Convención Internacional del Metro en 1875. El peso á que me refiero,

es el anterior á 1772; pues desde esta fecha, su ley fué bajando

progresivamente.

[58] Cerca de 22 francos.

IV

=La conquista espiritual.=

No todos los indios aceptaron la dominación jesuítica. Optaron por

ella, casi exclusivamente, aquéllos más vejados por los encomenderos,

buscando el alivio, ya que eran incapaces de proporcionárselo por sí

mismos, en una servidumbre menos cruel. Los reducidos fueron, pues,

una minoría, faltando á la obra aquéllos más bravíos, es decir los más

interesantes.

Las reducciones de Quilmes y del Baradero, tan próximas, no obstante,

á Buenos Aires, fueron un fracaso; igual puede decirse de las que

intentaron evangelizar la Patagonia; siendo las calchaquíes enteramente

destruidas y saqueadas cuando la rebelión de Bohórquez, á pesar de que

parecían aseguradas por un gran éxito industrial.

Pasando por alto las tribus pequeñas no reducidas, como los

salvajísimos _nalimegas_, los _guatás_, los _ninaquiguilás_, etc., y

no contando sino las naciones que contenían muchas parcialidades, se

tiene el siguiente resultado de reacios:

Los _guayanás_, nación tan numerosa que se la creía formada por

todas las tribus no guaraníes, siendo de notar que esta denominación

comprendía entonces sólo á los indios reducidos. Era gente docilísima,

sin embargo; jamás causó daño á las reducciones, con las cuales vivía

en continua relación, ayudando á los conversos en el trabajo de los

yerbales mediante algunas baratijas.

Seguían por orden de su importancia numérica ó guerrera, los

_charrúas_; los _tupíes_, tan huraños que se dejaban morir de

hambre cuando caían prisioneros; los _bugres_; los _mbayás_; los

_payaguás_;[59] los belicosos _tobas_; los feroces _mocovíes_ y otros

muchos, sobre todo chaqueños.

La defección de los _guanás_ y de los _jarós_, prueba cuán débiles

fueron en realidad los lazos que los unían á aquella rudimentaria

civilización.

Con inmenso trabajo habían conseguido los PP. reducirlos, cuando un día

se presentaron á su director, comunicándole que se hallaban resueltos

á adoptar su antigua vida; pues el Dios que se les predicaba era una

deidad muy incómoda, á causa de que estando en todas partes no había

cómo librarse de su fiscalización.

El estado intelectual de aquellos indios, se revela con harta claridad

en ese argumento.

Otra misión también fracasada fué la de los _guaycurúes_, salvajes

belicosos cuya reducción habría convenido efectuar; pero los PP.

tuvieron que abandonarlos á los diecisiete años de esfuerzos

infructuosos.

El aislamiento de las tribus, su miseria y sus rivalidades; el

dominio laico establecido ya; las identidades religiosas hábilmente

explotadas, eran circunstancias favorables á la reducción. Los PP.

habían encontrado que el _Pay Zumé_, vaga deidad á la cual rendían

cierto culto los guaraníes, no podía haber sido otro que el apóstol

Santo Tomás (_padre Tomé_) adaptando á la región una de las tantas

leyendas religiosas que el fanatismo dominante creyó notar esparcidas

por las selvas americanas, á favor de caprichosas semejanzas eufónicas

entre las lenguas, ó de coincidencias mitológicas--como el hallazgo de

las dos tribus hebreas, perdidas desde el cisma de Roboam, el rastro

evangélico que se creía determinar en el uso indígena de la cruz como

símbolo religioso, y aquella pretendida predicación de Santo Tomás.

Tuvo su éxito la leyenda, que los PP. aplicaron á su sabor y quizá

de buena fe, aprovechando el tradicionalismo forzosamente confuso de

tribus sin literatura. La veneración de la cruz (que era igualmente

quichua y calchaquina) se las había enseñado el apóstol; sus huellas

quedaban grabadas en las areniscas, y era él quien les había dado la

posesión de aquellas tierras. Esto último lo alegarían después los

indios como argumento, ante los comisarios ejecutores del tratado de

1750.

Su cosmogonía infantil, así como su creencia en la inmortalidad del

alma y su temor á los espectros, se prestaban á cualquier adaptación

en poder más listo; su falta de patriotismo, en el sentido elevado

que hace de este sentimiento una fuerza, y la facilidad con que todos

entendían el guaraní, tronco de sus dialectos, agregaban nuevas

facilidades á la obra evangelizadora. La misma poligamia, que es el

obstáculo más arduo de las misiones, no pasaba, para la mayoría, de una

aspiración casi nunca realizada.

Cuando los PP. se convencieron de que la seducción no bastaba para

atraer á los guaraníes más salvajes no obstante su inmediación, echaron

mano, como dije, de medios más expeditos.

Uno de ellos fué la compra de los prisioneros de guerra que las tribus

se hacían, aun cuando ello implicaba fomentar la discordia; pues

lo esencial era, como se advierte sin esfuerzo, el establecimiento

del Imperio. Otro consistió en el empleo de neófitos ladinos, que

procuraban introducirse en las tribus para inducirlas al nuevo estado.

Los indios que conseguían atraer á su culto, daban el pretexto para una

intervención más decisiva.

Llegaban entonces los PP. á la tribu, diciéndose atraídos por la fama

del cacique á quien lisonjeaban y regalaban, produciendo entre todos la

consiguiente agitación.

Cualquier incidente sucesivo--la protesta del hechicero que, por

de contado, se alzaba contra los intrusos, la negativa del cacique

solicitado, su coacción sobre los flamantes conversos--eran

interpretadas con carácter agresivo, justificando la intervención de

las armas.

Los PP. unían en su obra lo divino á lo humano, con fino espíritu

práctico, y nunca la emprendían sin el correspondiente concurso

militar. Ya los que entraron á la Guayra en 1609, llevaban su escolta

de mosqueteros.[60]

Quedaban, por lo demás, los otros arbitrios del caso para apoyar la

acción bélica. Sucesos impresionantes, como las borrascas, estampas

que representaban los tormentos del infierno ó la bienaventuranza de

los santos, aplicados con oportunidad al asunto y en fácil competencia

con míseros hechiceros, les daban pronto la ventaja. Éstos eran, sobre

todo, médicos; y es de imaginar cómo saldría aquella ciencia, base de

su prestigio, en pugna con hombres civilizados y sagaces cuyos actos

resultaban milagrosos en relación.

Las acciones de guerra, no producían sino triunfos; y fueron combates

célebres de aquellos tiempos, los que el bravo guaraní _Maracaná_,

dirigido por los PP., libró, saliendo victorioso, contra los caciques

_Taubici_ y _Atiguajé_. El primero, que era brujo además, fué arrojado

á un río con una piedra al cuello.

Tres otros más, _Yaguá-Pitá_, _Guirá-Verá_ y _Chimboí_, muertos los dos

primeros en pelea y gravemente herido el otro, acabaron de cimentar el

prestigio de los PP., hasta bajo la faz militar. Llegaron á sostener

verdaderos sitios, en campos atrincherados y con buena táctica, como lo

demostró el P. Fildi en su lucha contra _Guirá-Verá_.

Escasas fueron las represalias, contándose en total cinco asesinatos

de misioneros: los padres González, Mendoza, Castañares, Castillo y

Rodríguez.[61] Las leyendas milagrosas pulularon en torno de estos

sucesos. Decíase que el corazón del P. González había hablado desde

su fosa, y que el fuego se negó á consumir su cuerpo. El celo de los

misioneros se avivó con esto, habiendo algunos que, en su lecho de

muerte, lamentaban no haber recibido el martirio.

Pero la masa cedió en todas partes con notable docilidad, aunque no

creo, como sostienen los escritores clericales, que fué organizada por

los jesuítas en la única forma posible, dadas sus condiciones morales.

Se ha pretendido, en efecto, que el comunismo estaba requerido por su

naturaleza ociosa é imprevisora; el aislamiento, por su variabilidad

que constantemente la exponía á intentar aventuras fuera del patrocinio

jesuítico; la adopción exclusiva de su idioma, porque no toleraba el

español. Será así; pero el caso es que no hay indicio de un solo ensayo

contradictorio, útil por demás, si no se quería hacer del indígena un

incapaz en perenne tutela.

Mi opinión es que los PP., tomando como base de organización social la

de su propio instituto, que lógicamente les parecería la mejor, hicieron

de las reducciones una gran «Compañía», en la cual no faltaban ni el

comunismo reglamentario, ni el silencio característico. En los pueblos

no se cantaba sino los días de precepto, y hasta los juegos de los

niños carecían de espontaneidad. Todo estaba reglado á son de campana,

y á la voluntad exclusiva de los religiosos.

La evangelización se detuvo, en cuanto el éxito que aseguraban los

privilegios concedidos por la Corona, y la fertilidad del país,

determinaron el carácter profícuo de la empresa. El ideal místico cedió

entonces el campo al económico, por más que continuara influyendo

con su prestigio ya probado, al éxito de este último. Entonces, toda

la actividad de aquellas factorías religiosas se consagró á buscar

la salida marítima, que la conquista laica había intentado con la

expedición de Chaves, por el Mamoré y el Marañón. En este propósito iba

á experimentar su primer revés.

Algunos deportados lusitanos y piratas holandeses, habían fundado en

la provincia brasileña de San Pablo, una especie de colonia libertaria,

que se mantenía explotando á su guisa el trabajo de los indios. El

choque era inevitable entre aquellas dos fuerzas que iban hacia el

mismo fin, usando medios de todo punto opuestos. Eran el _self made

man_ de un tipo, contra el de otro antagónico, y se disputaron la

supremacía con encarnizamiento mortal.

La humanidad y la civilización tienen que estar con los jesuítas en esa

lucha, pues ellos representaban la defensa del débil contra semejantes

hordas de facinerosos sin ley; mas el problema que aquélla implica, no

es solamente sentimental. Reside ante todo en la desigual condición que

creaba á los «paulistas» el privilegio jesuítico, con sus exenciones

contributivas, y la intervención del gobierno para poner bajo tal

influjo á los indios.[62]

Tremenda fué su invasión de la Guayra. Entraron á sangre y fuego, con

ánimo de arrasar para siempre el foco rival, y lo ejecutaron casi

sin oposición. Aquella soldadesca sugería horrores salvajes con su

desarrapada masa, su armamento irregular hasta lo monstruoso, sus

morriones de cuero crudo y sus corazas de algodón.[63]

Lleváronse de calle toda resistencia, maltratando á los jesuítas que

procuraron detenerlos, y aun asesinándolos, como al P. Arias. Ni los

ornamentos sagrados con que los encontraban revestidos, eran poderosos

á contenerlos. Saquearon y profanaron lo mismo los hogares que las

iglesias. Á un tiempo destruyeron las reducciones de la Guayra y del

Tape; mas como toda montonera, carecieron de constancia, y hartos de

botín no pensaron sino en gozarlo. Á esto debieron los PP. la relativa

eficacia de su retirada.

No obstante, el golpe fué espantoso. Los montes quedaron llenos

de niños y de moribundos, que se rezagaban del rebaño de esclavos

conducido en insolente triunfo. Á sesenta mil lo hacen llegar los

jesuítas contemporáneos. En vano el P. Maceta se trasladó al Brasil en

demanda de justicia. No la había contra los montoneros enriquecidos que

ya empezaban á hablar de un nuevo ataque. Aquél no tuvo otro recurso

que regresar, para evitarlo con la fuga, decidiéndose en consecuencia

el abandono de las trece reducciones guayranas.

Bajo las órdenes del P. Montoya, doce mil personas, con setecientas

barcas, se movieron aguas abajo del Paraná, en dirección al actual

territorio de Misiones. Memorables fueron aquellas jornadas por sus

peripecias trágicas, como el destrozo de las canoas en las rompientes

de la gran catarata, y la peste que azotó á los expedicionarios. Éstos

hasta debieron suspender su viaje, durante toda una estación, mientras

sembraban y recogían lo necesario para mantenerse; y si algo resalta

con admirables caracteres en ese éxodo colosal, es la figura del P.

Montoya, apóstol digno de la epopeya por su heroísmo y por su genio.

Las orillas del Yababirí, adonde arribaron por último los emigrados,

sustentaban diez reducciones desde 1611. Allá fueron acogidos,

empezando recién con su establecimiento la existencia firme del núcleo

central del Imperio, y las fundaciones definitivas que, andando el

tiempo, serían los treinta y tres pueblos célebres. Las trece primeras

recibieron los mismos nombres que las abandonadas de la Guayra,

estribando en esto, sin duda, los errores cronológicos de Azara y de

sus secuaces.

Así, pues, el centro del Imperio se había desplazado; pero aquellos

hombres, con un tesón digno seguramente del triunfo, no abandonaron su

proyecto.

Treinta años después, florecía ya vigorosa la conquista espiritual en

el nuevo territorio, á través del cual, y dominando ambas márgenes del

Uruguay, penetraba otra vez por el Brasil cuya costa buscaría, sin

perder su objetivo, á la altura de Porto Alegre.

Una vez reorganizada, su rendimiento fué más que satisfactorio, como va

á verse; aunque resulte tan exagerado atribuirle un carácter comercial

exclusivo, como negárselo del todo. En realidad, los PP. no tenían por

qué rehusar un justo provecho, con mayor razón cuando no era para su

enriquecimiento personal.

Los escritores clericales se han empeñado en demostrar, exagerando á

mi ver su objeto, que los indios andaban muy livianos de trabajo con

aquel régimen, disfrutando, mejor dicho, de un ocio disimulado. No

lo indica así el rápido progreso de las Misiones, donde los PP. eran

además muy pocos (dos comúnmente en cada una) para que su trabajo

personal influyera. Si la dificultad está en conjeturar el paradero

de sus saldos favorables, yo no la veo. Al fin, aquélla era una obra

humana, y no me parece que se desluzca por un éxito más, como sería

el industrial. Su producto amonedado, iría naturalmente á poder del

generalato, invirtiéndose en bien de la orden y de la religión; porque

en cuanto á existir utilidad, ella es evidente.[64]

Una estricta economía imperaba en las reducciones. Todos los productos

eran almacenados, proveyendo los PP. á la manutención de cada una, con

la administración de los depósitos, y enviando el resto á Buenos Aires,

de donde volvían en retorno efectos de consumo y ornamentos, previa

deducción del tributo eclesiástico y civil.

Pero las necesidades de la población no eran grandes. Como tejidos,

usaba exclusivamente el algodón, producido y labrado allá mismo,

y andaba toda descalza. Su alimentación era también producto de

la tierra, con la excepción única de la sal, que se importaba; sus

viviendas no requerían ningún material extranjero; armas y pólvora,

allá se fabricaban; lujo, no existía, pues la vida era para todos

reglamentariamente igual, y en cuanto á los objetos del culto, éstos,

por su propio destino, exigen pocas reposiciones.

Ahora bien, solamente los yerbales de los siete pueblos situados en la

margen izquierda del Uruguay, estaban estimados en un millón de pesos;

los algodonales eran vastísimos; las dehesas muy pobladas; la industria

daba para exportar tejidos y artefactos á las comarcas limítrofes. Las

reducciones producían, pues, mucho más de lo que gastaban.

Doblas, que las conoció ya en decadencia, hizo un cálculo de los gastos

y recursos cuyo promedio podía atribuirse á cada pueblo, y esto será mi

base para estimar la producción total, no sólo porque se trata de datos

oficiales en los que no cabe suponer exageración, pues ella habría

redundado en todo caso contra su autor,[65] sino porque éste era más

bien amigo de los jesuítas.

Calculaba el citado funcionario el gasto de un pueblo de 1200

habitantes,[66] en 8000 pesos anuales, incluyendo sueldos de

administración y de curato, que no existían en tiempo de los jesuítas;

y el producto en 40 á 50 pesos por habitante, más 3000 de los ganados.

Suponiendo mil personas de trabajo, para descontar doscientas por

enfermas é impedidas, pues todo el mundo se ocupaba desde los cinco

años, queda á favor de la producción un saldo de 30.000 pesos en

números redondos.

Durante el dominio jesuítico, la población de las reducciones alcanzó

á 150.000 habitantes (en 1743) pero no quiero contarla sino por

100.000--aunque ya en 1715 subía á 117.488--para atribuir al resto los

niños menores de cinco años y los enfermos, muy escasos por lo demás,

dada la salubridad del clima.

Incluyendo en los 40 pesos[67] por habitante, que Doblas señala como

el término más bajo de su estima, el producto de los ganados también,

resultan 4.000.000 anuales.

Pongamos un millón de gastos. En realidad serían 668.000 pesos

exactamente; pero debe agregarse á esta suma los dispendios ocasionados

por las fiestas patronales, que calcularé en 1.000 pesos cada una para

no regatear, pues Doblas asignaba de 3 á 400 á las más modestas. Á una

por pueblo, son 33.000 pesos; quedando todavía más de 300.000 como

exceso favorable, al cual puede imputarse las mercaderías y ornamentos

importados.

Y bien; con todas estas concesiones, el resultado es estupendo

todavía; pues no contando sino desde 1700, á pesar de que antes de esta

fecha la producción era ya muy fuerte, salen más de doscientos millones

líquidos.

Doblas era comerciante y sabría apreciar bien; pero rebájese su cálculo

de producción á la mitad; exclúyase la circunstancia de haber sido

verificado durante la decadencia del Imperio, y siempre se tendrá cien

millones en sesenta y siete años; lo cual, dado el valor de la moneda

en aquella época, representa una sólida explotación.[68]

No es cierto, pues, que el producto de las reducciones, se invirtiera

todo en su provecho. Aun asignándoles gastos exagerados, como acaba de

verse, éstos no llegan ni con mucho á equipararlo.

La cría de ganados alcanzó en ellas una importancia notable. Los

campos de Corrientes y Río Grande se poblaron de estancias, con

veinte y treinta mil cabezas cada una; pero como á todos los pueblos

correspondía un plantel para el consumo, los del actual territorio de

Misiones tenían que importar sal necesariamente. Creo que el sistema de

evaporación, mencionado en el Capítulo II, debió de suministrarla para

los ganados, siendo muy económico, así como el transporte que se haría

en carretas por los excelentes caminos de la época.

Unas reducciones explotaban de preferencia la ganadería y otras la

agricultura, en las producciones generales del territorio, siendo

las más importantes la yerba y el algodón. Había cañaverales de

azúcar, pero no sé que los trapiches suministraran este producto; su

rendimiento casi exclusivo, en todo caso, fué de melaza, tal como

sucede hoy. El bosque daba también yerba, si de calidad inferior á la

hortense, en cantidad mucho mayor; y su transporte se verificaba por

los ríos hasta Buenos Aires, en monstruosas jangadas que cargaban hasta

cien mil kilogramos y navegaban casi al azar de la corriente.

El monopolio jesuítico era absoluto, pues en las reducciones no

circulaba moneda alguna.[69] Como, por otra parte, la entrada de

comerciantes en ellas se hacía casi imposible, pues de las treinta y

tres sólo podían comerciar libremente seis, en la margen derecha del

Paraná, los PP. eran los únicos exportadores; naciendo de aquí su

interés, así en dominar los dos ríos, como en tener por suya la salida

al Océano.

Se ha dicho que el comunismo aquél, constituía la felicidad misma, al

no admitir pobres ni ricos; y ello resultara discutible, de haber sido

los indios sus propios administradores. Pero bajo la tutela absoluta de

los PP., quienes disponían sin limitación de las ganancias, aquello no

fué otra cosa que un imperio teocrático, en el cual todos eran pobres

realmente, excepto los amos.

Ni la comida tenían suya, como éstos no se la concedieran; el vestido

era un uniforme sumamente ligero: calzón, camisa y gorro de algodón

para los hombres; para las mujeres un tipoy de la misma sustancia--y

ya dije que todos iban descalzos. La alimentación, casi enteramente

vegetal, era un ordinario de mote y mandioca, bueno y abundante.

En todo se mostraba la disciplina monástica, á la cual concurrió con

eficacia el aislamiento. Desde el territorio, arcifinio como era, hasta

el idioma indígena, conservado con exclusión rigurosa del español,

las circunstancias convergían al mismo fin. La salida marítima, tan

empeñosamente buscada, tenía, fuera de su importancia comercial, un

objeto idéntico.

Buenos Aires formaba un escollo permanente al propósito teocrático,

por el espíritu liberal que le venía de sus relaciones con el comercio

hereje y por el contrabando de libros prohibidos; siendo por otra parte

los jesuítas, la más pequeña de las comunidades. Evitarlo, formaba

parte del proyecto general, con más que así escapaban al control de la

autoridad civil.[70]

Aquel poderío en aquel aislamiento, dió al

Imperio una existencia indiscutible en el hecho, bien que políticamente

formara parte de la monarquía española. El único obstáculo á la

autonomía, hubiera sido el gobierno aquél; pero como los jesuítas le

realizaban aquí su ideal del Imperio Cristiano, lejos de impedírselo

los incitaba más cada vez. Y de tal modo era estrecha esta relación,

que el auge de las Misiones empezó coincidiendo con una idea dominante

del monarca, perfectamente clara como indicio sincrónico: el dogma de

la Inmaculada Concepción, ideal teológico de los jesuítas.

El Superior de las reducciones era nombrado directamente desde Roma

por el general de la Compañía, con entera independencia de la iglesia

local. Residía en Yapeyú, con todas las potestades de un obispo, pues

hasta facultado estaba para administrar la confirmación. El obispo

Cárdenas, y Antequera, para no recordar sino los conflictos más

célebres, experimentaron el poder de los PP., siendo echado de las

reducciones el primero y malogrado así su objeto de fiscalizarlas; en

tanto que el segundo, dejó la cabeza en la demanda. Pero debe agregarse

que la orden no perdió en su aislamiento discrecional la disciplina

característica. Castos y sobrios, sus miembros predicaban con el

ejemplo. Su tendencia estudiosa no se relajó al contacto enervante

de la selva, residiendo ante todo su prestigio en el talento y en la

virtud.

Uno de ellos, el P. Suárez, cosmógrafo distinguido, se construyó por su

propia mano los instrumentos más necesarios de su ciencia: anteojos

hasta de cinco pies, y un reloj astronómico, que marino tan competente

como Alvear, tuvo por obra notable.[71]

Hay todavía restos de cuadrantes solares en los pueblos jesuíticos.

Puedo mencionar entre otros, uno restaurado de San Javier; otro

bastante destruido en Concepción, pues el cubo donde está trazado lo

picaron á cincel en busca de tesoros; y uno en la iglesia de Jesús

(Paraguay) que los jesuítas dejaron inconclusa. Estaba dedicado, sin

duda, á regular el trabajo de los constructores, pues para trazarlo se

había revocado provisoriamente un pedazo de pared, donde iba á servir

ínterin se llegaba á cerrar la bóveda.

El imperio jesuítico · 第 9 / 17 段