á los encomenderos, en lo relativo al trato de sus indios. En una y
otra clase de encomienda, el dueño no podía venderlos ni abandonarlos,
aun por razones de enfermedad; estaba asimismo sometido á cuidarlos,
alimentarlos, doctrinarlos, darles oficio; y existía además otra
prescripción, que comportaba una verdadera garantía del porvenir:
tanto los _yanaconas_ como los _mitayos_, quedaban libres á las dos
generaciones, con la sola carga de un módico tributo.
Todo lo concerniente á las relaciones entre el indio y el encomendero,
era un sentimentalismo de aplicación imposible; pero aquella manumisión
constituía una sabia medida de gobierno, pues prevenía radicalmente el
daño de la esclavitud perpetua. De persistirse en ella, nada le habría
faltado á la conquista laica para su éxito completo; pero la tendencia
improvisadora de una legislación arbitraria y enteramente formal, hizo
fracasar el experimento en una crisis de impaciencia. Una expedición
desgraciada,[54] bastó para dar por muerto el fruto que iba á lograrse
quizá, poniendo en otras manos su cultivo.
Mientras, las provincias de Vera y de la Guayra llevaban ya cincuenta
años de régimen encomendero; así es que sus indios iban á entrar en
libertad, cuando fueron entregados á los jesuítas.
No creo que aquello hubiera dado mucho de sí, pero el ensayo no se
hizo, y queda la duda, existiendo además una circunstancia que tiende
á reforzarla.
Como los españoles no trajeron consigo mujeres, su unión poligámica
con las indígenas produjo numerosos mestizos, libres según la voluntad
real, cabiendo inferir que su contacto con los indios, habría podido
ser benéfico para éstos; pero insisto en que sólo se trata de
conjeturas.
El hecho establecido es que las encomiendas constituían, á despecho
de las leyes, una esclavitud efectiva, considerablemente agravada
al aumentar la explotación de los hierbales. Aquella especulación
desaforada, que hoy mismo es una tiranía odiosa, abolió toda noción de
piedad y hasta de respeto por la vida humana.
La semi-esclavitud del indio venía á redundar en contra suya, pues
no habiendo capital invertido en él, su dueño no tenía interés en
conservarlo. Trabajaba con bestial exceso, y tan hambriento, que á
veces sucumbía de inanición sobre su carga. Á la par seguía cebándose
en sus filas la crueldad conquistadora, y su disminución fué tan
rápida, que en algunas partes estaba reducido al uno por mil.
Apenas se le concedía carácter de hombre, aunadas la filosofía y
la teología para declararlo, además, esclavo de nacimiento. La
encomienda, institución feudal que prosperó durante casi toda la Edad
Media, arraigaba como planta indígena, sin que nada pudiera contener
sus abusos, sobre la raza servil é indefensa y sobre el ánimo del
conquistador, más regresivo, si cabe, al revivir sus cualidades de
paladín en un medio que imperiosamente las suscitaba.
Su incapacidad productiva y su desdén por el trabajo, volvían más
pesada la opresión, desde que él se limitaba á mandar siervos, sin
colaborar en sus tareas, residiendo aquí su diferencia substancial con
el colono.
Quizá habría bastado para contener sus desmanes, un patronato
espiritual de los indios; pero la Corona no sabía conciliar, siendo
la intolerancia su característica, y los jesuítas eran demasiado
absorbentes para resignarse á una participación. El ensayo de teocracia
iba á realizarse, pues, con toda amplitud.
Los primeros religiosos que predicaron el Evangelio á los guaraníes del
Paraguay propiamente dicho, fueron los franciscanos Armenta y Lebrón,
que Álvar Núñez halló en Santa Catalina en 1541; pero ya antes dije que
los sacerdotes no tuvieron influencia sensible durante la conquista
laica.
Propiamente considerada, la «conquista espiritual», que así la llamaré
adoptando la denominación de uno de sus más célebres autores (el P.
Montoya), comenzó al finalizar la expansión descubridora de la otra,
empalmando con ella en su concepto substancial.
Los primeros jesuítas que la raza guaraní conoció, llegaron al Brasil
en 1549. Desde 1554, este país formó una provincia espiritual; y los
PP. empezaron sus fundaciones, internándose rápidamente desde el
litoral atlántico hasta las nacientes del Paraná, y elevando á treinta
su número. Una de ellas, la de Manizoba, estaba situada en la Guayra
misma.
El lector sabe ya que la rápida prosperidad brasileña, puso en guardia
al gobierno español, motivando la expedición de Mendoza. No constituían
la menor fuente de recelo aquellas reducciones, que empezaban á
fundarse en el propio territorio español; pues los PP., lógicos en esto
con su política, obedecían á los gobiernos bajo cuya jurisdicción se
encontraban, haciéndolos servir por tal manera al interés general de
la orden. Esta no conocía patria, teniendo por tanto una superioridad
inmensa sobre aquéllos, en cuanto á la unidad de su acción y á la
multiplicidad de sus medios.
La evangelización de las tribus guaraníes, que dió su base experimental
al proyecto del Imperio futuro, había empezado con método admirable.
Las capitanías del Brasil eran otros tantos centros de operaciones, que
aspiraban á entenderse naturalmente con los establecidos en el Tucumán;
pero necesitaban para esto de un foco intermedio, siendo inaccesible
la distancia entre ellos, y el Paraguay se presentaba desde luego.
Lo que la conquista procuraba realizar de su parte, acomodándose á
las circunstancias creadas por descubrimientos sin plan, los jesuítas
concibiéronlo con adoptarlo en el territorio ya poseído.
Aventajaban á los demás en el conocimiento previo, que para aquélla
había sido consecuencia fortuita, y tenían mucha mayor capacidad para
organizar una empresa, por su férrea disciplina, la simplificación de
método que suponía su renunciación de todo incentivo terrenal, en bien
de su orden, y el concurso, para este fin, de las grandes inteligencias
con que contaban.
En 1588 llegaron los primeros al Paraguay, enviados desde el Brasil.
Eran experimentados misioneros y sabían el guaraní. Su acción iba á
buscar en sentido inverso, el contacto que había insinuado treinta
años antes, por la Guayra, aquella reducción de Manizoba, malograda en
su intento á causa de su origen portugués, que la hizo naturalmente
sospechosa para los expedicionarios españoles sobre aquel territorio.
Al situarse en la Asunción, aquellos jesuítas se colocaban bajo la
influencia española, salvando así los celos patrióticos, mientras sus
compañeros del Brasil seguían de consuno la obra proyectada. Pero como
España era la más fuerte, y como sus dominios llegaban hasta la misma
costa de aquel país, los últimos se limitaron á conservarse en ella. El
Paraguay fué el centro de irradiación elegido, y la unidad de la acción
que se intentaba quedó establecida de allí á poco, por la constitución
de la provincia espiritual, que abrazaba, como se recordará, regiones
tan diversas.
De tal modo revelaba aquello una acción futura, que la comunicación
entre dichas regiones no existía. Á ser la tal provincia una
mera subdivisión que la desprendía del Perú para facilitar su
administración espiritual, habría debido crearse otra en el Tucumán. Es
que mientras la conquista laica seguiría buscando su contacto con el
Perú, desde aquel centro y desde el Paraguay, la espiritual, más audaz,
más lógica, y sin el estorbo de los límites territoriales, orientaría
todas sus aspiraciones á conseguir el desahogo marítimo por la costa
del Brasil.
La primera, dirigida desde España sobre la base de informes no siempre
desinteresados y fieles, tuvo por norte el miraje del oro; con más que
las posesiones portuguesas la habrían opuesto siempre un obstáculo, á
querer tomar el rumbo de la segunda.
Ésta, concebida por un poder nada disperso en complicaciones políticas,
y exento de penurias económicas, contó desde el primer momento con la
experiencia de hombres avezados é inteligentes, que percibieron sin
vacilar la futura grandeza, apreciando á la vez, en su justo valor,
la importancia real de aquel oro que tantas cabezas trastornaba. No
le desconfiaban los intereses patrióticos, puesto que su influencia
era igual en las naciones rivales; y el Evangelio le daba un admirable
estandarte, para garantirle la consideración de las dos.
La relación con el Perú, que no podía ser abandonada enteramente, quedó
secundaria, no obstante, sobre todo en la primera época y mientras se
constituía un poderoso centro de operaciones; pero nunca fué abandonada
en absoluto. Era también una posesión de la orden, cuya frontera
convenía frecuentar.
Compusieron la primera misión al Paraguay, los PP. Soloni, Ortega
y Fildi. El primero era un veterano de las misiones. Ya en 1576,
acompañando á su maestro, el P. Gaspar Tulio Brasiliense, había
fundado entre los _tabayaras_ la reducción de Santo Tomé. Á aquellas
fundaciones se agregaron, hasta 1577, la de San Ignacio entre los
_surubís_, y la de San Pablo en la costa del mar, vecina al río
Sergipe. Llevaba, pues, el referido sacerdote, catorce años de
predicación en el Brasil, donde fué ordenado. Sus compañeros entraron
hasta la Guayra, y allá, en unión con los PP. Barzana, Lorenzana y
Aquila, que llegaron del Tucumán poco después, formaron el primer
plantel de reducciones paraguayas.
Organizando misiones, que eran más bien reconocimientos, siguió
paralizada la expansión hasta 1599, en que muerto Soloni, fué nombrado
superior Lorenzana.
Poco después, el P. Esteban Páez, Visitador de la comarca, teniendo en
cuenta la distancia á que se hallaban aquellos PP. de su casa central
del Perú, lo cual impedía auxiliarlos con eficacia, resolvió que se
retiraran al Tucumán; encargando la evangelización á los del Brasil,
que se hallaban más próximos y sabían la lengua de los naturales.
Lorenzana y Ortega se marcharon, pero Fildi quedó enfermo en Asunción.
No cabe duda de que aquellos sacerdotes, informaron detalladamente á su
generalato, sobre las condiciones del territorio por ellos reconocido,
su situación intermedia entre el Tucumán y el Brasil, la posibilidad de
una salida marítima por este país, una vez efectuado el contacto, la
facilidad de comunicaciones con el Perú y con Buenos Aires, la índole
favorable de la raza y la consiguiente facilidad de dominarla, todavía
favorecida por la influencia militar de los españoles. Si á esto se
agrega el conocimiento de la extraordinaria fertilidad y excelente
clima, que prometían grandes compensaciones al trabajo inteligente, no
es arriesgarse hasta lo fantástico suponer que la idea del Imperio fué
concebida desde entonces.
Los jesuítas eran demasiado expertos, para no comprender que la
restauración teocrática no prosperaría ya en Europa; pero poseían al
mismo tiempo bastante decisión, para aprovechar aquella coyuntura
experimental que se les ofrecía. Sus misiones de Asia, no podían
aspirar á influir sobre la política de imperios constituidos, que
supieron oponerles con eficacia el prestigio de religiones organizadas;
mas la orden era eminentemente política, á causa de sus procedimientos
modernos, y no se resignaba á proceder como una de tantas. Acogió,
pues, gozosa la ocasión que se le presentaba en aquel manso país, con
la rudimentaria estructura social de sus tribus, como una masa plástica
sensible á cualquier presión, entrando acto continuo á realizar el
vasto plan.
Fué el primer paso, la erección de la provincia espiritual del
Paraguay, que el quinto General de la Compañía, P. Claudio Aquaviva,
efectuó en 1604. El año anterior, Hernandarias había realizado una
expedición contra las tribus del Uruguay, siéndole adversa la fortuna,
pues aquéllas llegaron á exterminar su infantería; y esto le decidió
á impetrar de la Corona el establecimiento de misiones, dando por
infructuosa toda acción ulterior sobre los indios.
Semejante pesimismo, á todas luces sorprendente en un carácter tan
intrépido, y cuando estaba fresco aún el recuerdo de Irala, me hace
sospechar que la influencia jesuítica, siempre grande sobre él, no
fuera ajena á su determinación.
De todos modos, la Corona en su real orden del 30 de enero de 1609,
encargó la reducción de los indios á los jesuítas.
La organización se encontró planteada, con tal oportunidad, que revela
á primera vista una inteligencia entre el generalato jesuítico y el
gobierno; pues éste era demasiado celoso de sus prerrogativas, para no
protestar eficazmente si aquél hubiera procedido sin su aquiescencia.
Efectivamente, el general de los jesuítas había encargado al superior
de la compañía en el Perú, P. Romero, la erección de la provincia del
Paraguay, que en 1607 tuvo su primer Provincial en la persona del P.
Diego de Torres Bollo, el cual empezó sus tareas acompañado por quince
sacerdotes.
Bien se predisponía todo en favor de los nuevos misioneros, revelando
la certeza de sus cálculos. Diríase que la América estaba predestinada
á aquella influencia. En 1508, el mapa de Ruysch llamaba á la del Sur
_Terra Sancta Crucis_, denominación corriente, al parecer, pues el
globo Lenox la repite;[55] y concretándonos al Paraguay, encontramos
que éste, poco antes de la época á que voy refiriéndome, tuvo de obispo
á Fray Martín Ignacio de Loyola, sobrino, nada menos, del fundador de
la Compañía.
Los diecisiete años de activa labor yerbatera habían hecho intolerable
la crueldad de los encomenderos; de modo que cuando Alfaro, Visitador
de la Corona, realizó la investigación que ésta le había cometido sobre
la situación de los indios paraguayos, no vaciló en tomar su partido,
de acuerdo con los jesuítas, cuya acción apoyó decididamente con sus
célebres ordenanzas. El segundo gobierno de Hernandarias, en 1615,
robusteció aún más su naciente poder.
El Gobierno, cuyo ideal teocrático tan bien se avenía con aquel ensayo,
miró á los autores como á sus vasallos predilectos, facilitando su
acción con toda suerte de preferencias.
Penetraron, pues, con buen pie al país abierto ya en toda su extensión
por las correrías de los conquistadores, demostrándose su acción
secundaria á este respecto, con una sola consideración:
Mientras en Norte América y en Asia fueron notables sus descubrimientos
por aquel mismo tiempo, durante el siglo y medio que duró su imperio
en el Paraguay, sólo se cuenta tres expediciones suyas de este género.
Las de los PP. Castañares y Patiño por el Pilcomayo, y la del P. Ramón
por los ríos Negro y Orinoco.[56]
En las seis grandes expediciones que reconocieron el territorio,
desde 1515 á 1610, la religión no tuvo parte. La conquista laica se
desarrolló sola, y con tal éxito, que sólo ocho de sus veintiocho
fundaciones fueron destruidas; al paso que las trece de los jesuítas
en la Guayra, más otras muchas suyas hasta alcanzar á cuarenta,
desaparecieron por causa igual.
De aquí á juzgar con Azara y otros liberales, que la primera empresa
fué superior á la segunda, hay mucha distancia; y si he insistido de
nuevo en el parangón, es á objeto de que se vea cómo la ley histórica,
en cuya virtud la conquista militar precede á la religiosa, se cumplió
aquí una vez más.
Continuaban al propio tiempo las fundaciones en el Tucumán y en el
Perú, contándose dos poderosos centros en Córdoba y Santa Fe, que con
los paraguayos y brasileños daban ya el boceto de la dominación futura.
Los establecimientos de la Guayra y los del distrito del Tape, tenían
tan visible objeto de darse la mano con los costaneros del Brasil, que
dejaron casi abandonado el territorio intermedio entre ellos y la
Asunción, donde sobraban infieles, sin embargo. El ataque simultáneo
de los mamelucos sobre ambos puntos, demuestra que aquéllos también se
daban cuenta del plan seguido por sus poderosos rivales.
Los jesuítas, reaccionaron sobre la idea que consideraba á los indios
como bestias semi-racionales, mas para tenerlos por niños, lo cual
equivalía á prolongar indefinidamente su tutela. Quedaban, con relación
á sus protegidos, en la misma situación que los encomenderos, y debe
alabárselos por no haber abusado de ella; pero el hecho es que, salvo
el buen trato, la tendencia conquistadora permaneció incólume.
Como los espíritus más selectos habían adoptado, según dije, la
carrera eclesiástica al pronunciarse la decadencia española, su mayor
delicadeza de sentimientos y su elevación moral, ocasionaron el trato
más humanitario de los indios en las misiones. Pero la teología hueca
y la piedad acomodaticia influyeron sobre la conquista espiritual,
haciendo de las conversiones un asunto mecánico. Lo que se quería era
bautizar á toda costa; y á veces una tribu, vencida por la tarde, era
cristianada al día siguiente en masa, sin otra comunicación evangélica
que la muy precaria entre vencedor y vencidos.
Siendo tan diversa la situación moral de uno y otros, y actuando ambos
en esferas psicológicas tan opuestas, claro es que la predicación sólo
daba resultados insignificantes. En los primeros tiempos, se efectuó á
veces con ayuda de intérpretes; y es fácil suponer la manera cómo los
conceptos teológicos del catolicismo pasarían á las mentes salvajes,
traducidos por el guaraní de un lenguaraz.
Aunque los PP. contaron desde luego con el catecismo de los
franciscanos, en lengua indígena, y por más que algunos ya la sabían,
las dificultades fueron casi insuperables para comunicar cosas tan
sutiles y complicadas como las teológicas, sin que el fetichismo
aborigen presentara una sola coyuntura en su tosca sencillez. La
conciencia errátil del indio producía un obstáculo quizá mayor,
no quedando entonces otro expediente que una imposición directa y
autoritaria.
Fué lo que se hizo, imprimiendo en aquella indolente plasticidad,
todavía aumentada por su situación de vencida, el sello teocrático,
y atrayéndola con el único medio de relación posible, dada su
impenetrabilidad psicológica: la tentación sensual, por medio de
golosinas, músicas, pinturas, etc.--arte en el que, ayer como hoy, eran
maestros aquellos religiosos.
Los indios sólo adoptaron, pues, la exterioridad del nuevo culto, sin
que esto perjudique á la intención de sus misioneros, pues por algo
había que empezar; pero no está probado que salieran de allí. Fué una
sustitución de su idolatría, mísera y rudimentaria, por otra, llena de
ceremonias aparatosas, en las cuales era dado participar con trajes de
viso y títulos que halagaban la pasión del fausto, tan dominante en el
indio. El estilo charro, característico de los ornamentos y templos
jesuíticos, estaba más próximo de su mentalidad que la severa belleza
de los tipos clásicos, con su exceso decorativo que los PP. exageraron
todavía.
Fiestas patronales de los pueblos, y onomásticas del Rey, han dejado en
las crónicas un recuerdo de lujo bárbaro, que revela con significativa
elocuencia el método.
Todo era, naturalmente, religioso. Los recamados ornamentos
resplandecían al sol; aguas perfumadas servían en las ceremonias. Había
profusión de incienso y de repiques; y por sobre todo, esta suprema
vinculación de la gratitud primitiva con la religión que ocasionaba
los festejos: aquél era el día de banquetear y vestirse bien. Familias
enteras se envanecían con el roquete y los zapatos de un monaguillo.
El pueblo aplaudía entusiasta á las comparsas de niños, que trajeados
de ceremonia recitaban loas ó danzaban, componiendo con sus figuras
cifras místicas, al compás de estrepitosas orquestas. Petardos, cajas,
clarines y cascabeles que propagaban su sonoro escalofrío en el temblor
de las gualdrapas, subían hasta lo delirante la fanfarria clamorosa.
Simulacros militares, encendían el atavismo bélico de la sangre aún
montaraz; corridas de sortijas, autos en guaraní, toscas comedias,
enteraban el programa, todo ello rematado por general comilona al aire
libre, bajo las galerías que rodeaban la plaza.
La procesión del Corpus era especialmente suntuosa. El oficiante
recorría la plaza, deteniéndose en multitud de sitiales, bajo cuyos
camones de follaje aleteaban pájaros de los más brillantes colores,
sirviéndoles también de adorno vistosos peces conservados en diminutas
canoas. Los acólitos iban sembrando el piso con granos de maíz tostado,
que imitaban blancas florecillas, y la dulzura del ambiente, que
perfumaba el naranjal cercano, imprimía un sello de tierna unción á la
fiesta.
Pero el carácter pueril de esa devoción resaltaba en todo, hasta en las
iglesias, más suntuosas que sólidas; trabadas generalmente con barro,
pero profusas de campanas, de imágenes, de dorados y de cirios. Baste
saber que sólo en las últimas construidas después de siglo y medio de
dominio, se empleó argamasa para asentar los sillares.
La conquista no fué, sin embargo, enteramente pacífica, aunque presentó
desde luego un notable contraste con los excesos laicos. También los
PP. redujeron por la fuerza algunas tribus; pero su método preferente
era la seducción. Empezaban por no exigir sino el bautismo, sabiendo
que en cuanto los indios cedieran algo, acabarían por otorgarlo todo.
Á pesar de su dulzura, la mayor parte de las tribus quedó sin
reducirse, sin que esto sea imputable á falta de tiempo, pues en el
momento de la expulsión, los habitantes habían disminuido.
El sistema social vigente en las reducciones, fué el mismo de la
Compañía; aunque sin duda facilitó su implantación, la _mita_ con sus
escasas tareas y la organización comunista de algunas tribus.
Tuvieron las reducciones su cacique cada una y sus autoridades á
la española, pero todo aquello fué nominal. De hecho no había otra
autoridad que los PP., y todos esos alcaldes, corregidores y alféreces,
jamás pasaron de una decoración política, sin la más mínima autoridad
efectiva.
La situación privilegiada que el gobierno creó á los jesuítas en las
reducciones, pudo notarse desde el primer momento por la exención
de tributos. El de las encomiendas fué substituido, en efecto, por
un impuesto de un peso[57] anual sobre cada hombre de dieciocho á
cincuenta años. Esta carga única, exceptuaba todavía á los caciques y
sus primogénitos, á los corregidores, y á doce individuos afectados al
servicio de los templos. Con el diezmo, fijado en cien pesos anuales,
concluía toda obligación fiscal.
Ahora bien, como en las reducciones el trabajo era obligatorio para
todos, desde los cinco años, el de las mujeres y los niños, por
escaso que fuera, quedaba como producto líquido, determinando así una
competencia ventajosísima con los empresarios laicos.
Los encomenderos tenían que pagar un jornal de cuarenta reales[58]
mensuales á sus indios, y cinco pesos por cada uno á la Corona, ó
comprar esclavos para explotaciones como la del azúcar, que sólo
aguantaba el negro; creándose entonces una situación de ojeriza
comercial entre las dos conquistas. La Corona no supo conservar el
equilibrio, procediendo más por corazonada que por cálculo entre
aquellos intereses; y el resultado de sus medidas, naturalmente
inspiradas por los jesuítas, redundó al fin en perjuicio de los
naturales.
Éstos fueron, ó siervos de los PP. á quienes se lanzó en la
especulación comercial, con el privilegio que la hacía pingüe, ó
víctima de los odios despertados por la rivalidad entre laicos y
religiosos. Su condición servil permanecía en ambos casos inconmovible.
NOTAS:
[48] El profesor M. Henri de Galzain, de Villa Mercedes (San Luis)
me ha comunicado que existe sobre el río Quinto un paso llamado de
los Césares que vendría á quedar sobre el itinerario antedicho,
confirmándolo más aún; pues no existe en la historia ni en la tradición
local, dato alguno que lo justifique.
[49] Es extraño que Angelis, á quien debió llamar la atención el
doble error, no lo aclarase en una nota; pues se siente uno tentado á
atribuírselo. Pero un estudiante primario no incurriría en él, mucho
menos un compilador, por torpe que se le suponga. Puede dárselo,
entonces, como perteneciente al historiador.
[50] No acepto el académico «contralorear», derivado de «contralor»,
con que la Academia, más papista que el Papa, traduce _contrôle_,
síncopa de _contre-rôle_; pues no veo el derecho con que los
etimólogos españoles refaccionan una palabra francesa, de más fácil
pronunciación y más breve en su forma original que en su restauración
arcaica--inocente pedantería con que se disfraza tanta miseria casera.
[51] Es curioso que la primera cuestión de límites en América, haya
sido resuelta por el arbitraje. La bula del Papa Alejandro VI, no era
otra cosa en efecto.