de trabajos en rotación, que suponía la vida completa bajo todas sus
fases. Las tribus dispersas por la extensión de la selva, nada podían
hacer, pues para ellas no existía tal variedad, limitada su vida á
pegujares estrechos y adventicios. El escaso número de sus miembros,
así como su permanente estado de guerra, imposibilitaban por completo
cualquier idea de explotación sedentaria; pero habían conservado virgen
también el terreno, preparando más opimo rendimiento al conquistador
que lo avasallara con miras de engrandecerse, y con la unidad de acción
requerida por toda empresa eficaz.
NOTAS:
[43] Á las diez de la mañana siguiente de una noche lluviosa, el
caminante ve levantarse, casi bajo sus pies, densos vapores en todos
los sitios descubiertos.
[44] Se ha pretendido restaurarlo en el Paraguay; pero la gente del
pueblo cree allá, que quien planta hierba muere al año siguiente, y
todo fracasó. El ocio tropical tiene un incentivo hasta en las leyendas.
[45] Habrían servido mejor las tobas de que hablé en otro lugar; mas no
hay señal de que se las empleara tampoco.
[46] Como los Eddas escandinavos en _El viaje de Gylfe_, _El poema del
enano Allvis_, etc.
[47] Sabido es que la política del Emperador, consistió en dejar obrar
á la necesidad sobre las tropas que sitiaban á Roma, siendo el asalto
para éstas una cuestión de hambre. Así salvaba su responsabilidad, y
podía dirigirse luego al Papa pidiéndole perdón por su victoria...
III
=Las dos conquistas.=
El estudio comparativo de la doble corriente conquistadora que dominó
el antiguo Paraguay, requiere un cuadro histórico á grandes rasgos,
desde 1526, año de la exploración de Gaboto que abrió el país á la
conquista, hasta 1610, cuando empezaron los jesuítas sus tareas, para
que el lector se dé cuenta de la situación general. Breve será esto, y
al concluirlo, nos encontraremos ya enteramente en la cuestión.
Tomaré la denominación genérica de «Paraguay» aplicada al país hoy
dividido entre la República Argentina, el Brasil, el Paraguay moderno
y Bolivia, pues con tal nombre distinguían los jesuítas á la provincia
espiritual que erigieron en estas comarca. Abarcaba ella el Tucumán,
el Río de la Plata y el Paraguay, cuyos límites orientales de entonces
llegaban hasta muy cerca de la ribera atlántica, y como veremos luego,
semejante división no fué puramente una expresión geográfica. De tal
manera el nombre adoptado, fuera de lo que simplifica la cuestión,
corresponde al plan mismo de la obra.
Como en su transcurso he de referirme indistintamente á las posesiones
españolas y portuguesas, creo oportuno advertir que en caso de duda ó
contradicción entre los escritores de ambas nacionalidades, he adoptado
por lo común el criterio de los correspondientes á cada una, como regla
de prudencia y de imparcialidad.
La conquista del Plata había quedado interrumpida por la catástrofe
de Solís, hasta los años 1526-27, durante los cuales Gaboto y García
entraron al estuario, llegando el primero al Salto de Apipé, y
explorando á su regreso el río Paraguay, hasta cerca del punto donde se
fundaría luego la Asunción, así como una parte del Bermejo.
Ciertos historiadores portugueses, han dado por cierto que cuatro
compatriotas suyos, enviados por Martín Alfonso de Souza desde San
Vicente en 1526, atravesaron el Paraguay hasta el Perú en viaje de
exploración. Creo que se trata de un _lapsus_, en cuya virtud se
atribuye á los portugueses una expedición enteramente española.
Hasta por las fechas y el itinerario, resulta en efecto análoga á
aquélla de los compañeros de Gaboto, que saliendo del fuerte de
_Sancti-Spiritus_ en línea recta al O., reconocieron la región de Cuyo;
faldearon la Cordillera y llegaron al Tucumán, remontándose por él
hasta el Cuzco. Iban á las órdenes de un oficial apellidado César, y
habiéndoseles llamado por extensión los _Césares_, dieron origen á la
fábula de las quiméricas ciudades de este nombre.[48]
La expedición portuguesa, parece, entonces, una adaptación fantástica.
No hay, en efecto, otro dato sobre ella, que el de Ruy Díaz de Guzmán,
quien se equivoca desde el principio, pues atribuye al mencionado
capitán lusitano el envío de una expedición imposible, dado que éste
no arribó al Brasil hasta 1530. Un escritor que se equivocaba en
tal forma, á ochenta y dos años de los hechos narrados (compuso su
«Argentina» en 1612), merece ciertamente poca fe. Por otra parte, la
forma y el número de las cifras no dan asidero á una suposición de
error caligráfico, mucho más cuando en el capítulo siguiente se incurre
en uno más grave aún, dada la notoriedad del hecho, teniendo por
realizado en 1530 el viaje de Gaboto.
Esta nueva errata probaría que la expedición brasileña de que hablo más
arriba, fué la misma de los _Césares_, pues atribuye á Gaboto la fecha
del viaje de Souza, siendo ya dos deficiencias concurrentes al mismo
fin.
Fuera perfectamente natural, sin embargo, suponer una transposición del
número (1526 por 1530), dado que el habitual desgaire de los cronistas
españoles, sobre todo en lo referente á fechas y graduaciones
geográficas, tenía por digna continuación las trocatintas peculiares
del copista;[49] pero hay otros _lapsus_ más redondos y en los cuales
no cabe ya explicación.
Así, por ejemplo, nuestro desenfadado historiador atribuye á Américo
Vespuccio el descubrimiento del Brasil, y afirma que Solís regresó á
España en vez de haber sido muerto por los _charrúas_...
Sirva este caso de tipo al lector, para que aprenda á desconfiar en
materia de papeles antiguos--que suelen ser tenidos por los mejores,--y
para que valore el mortal fastidio inherente á semejantes compulsas.
Leer y citar es nada; lo arduo está en controlar[50] lo que se cita.
Como quiera que sea, el caso es que el Brasil progresó mucho antes que
el Paraguay, estribando en esto el comienzo de su rivalidad histórica.
Sesenta años después de su descubrimiento, la posesión portuguesa
exportaba ya algodón y azúcar con tanto éxito, que este último
producto contó por 32.000.000 de francos al empezar el siglo XVIII.
Las nueve Capitanías en que estaba dividida, florecieron presto,
existiendo en todas ellas casas de la Compañía de Jesús.
Este progreso, que era una amenaza indirecta, dado lo vago de los
términos geográficos empleados por el Papa Alejandro para redactar
su conocida bula arbitral,[51] y sabiéndose que en el Brasil existía
una administración regular desde 1530, ocasionaron la expedición de
Mendoza, entre el entusiasmo causado por la de Gaboto.
Puede decirse que con Ayolas, enviado por aquél en reconocimiento,
empieza recién[52] la verdadera conquista. Subió por los ríos Paraná
y Paraguay, venciendo fácilmente la escasa resistencia de las tribus
ribereñas; fundó la Asunción, y continuó su viaje hasta Candelaria.
Ordenando á Irala que le esperase allá con la escuadrilla durante seis
meses, atravesó el Chaco y llegó hasta las fronteras del Perú, de donde
regresó con algunas piezas de plata, siendo muerto por los _mbayás_ y
_serigués_ entre los cuales se había establecido al no encontrar á sus
compañeros.
La tenaz oposición de los indios de Buenos Aires, que amenazaban
malograr toda fundación mientras no se tuviera una base sólida de
operaciones sobre ellos, acarreó el abandono definitivo de la nueva
ciudad y la reconcentración consiguiente de todos sus elementos en el
Paraguay, donde los naturales se manifestaban más dóciles. Éste tuvo
desde entonces, y á pesar de su carácter mediterráneo, la superioridad
política que por tan largo tiempo iba á conservar.
Durante el gobierno de Ayolas y los comienzos del de Irala, la guerra
no fué el único trabajo de los conquistadores, pues éstos, con una
actividad ciertamente admirable, dadas sus expensas, fundaron trece
pueblos en aquellos territorios.
Irala había sido electo popularmente gobernador; pero el arribo de
Álvar Núñez, Adelantado real, le despojó del mando. Para llegar á su
sede, éste acababa de realizar la segunda gran expedición por tierra á
través de la comarca, en un viaje de ocho meses, desde el río Itabucú
frente á Santa Catalina, hasta la Asunción, ó sea en un trayecto de
trescientas leguas.
De orden suya, Irala efectuó la tercera, con el objeto de franquearse
un camino hasta el Perú y unificar la acción conquistadora, dándose
la mano con aquellos expedicionarios. Sin idea clara todavía sobre el
inmenso territorio intermedio, los conquistadores paraguayos procuraban
su acceso al país del oro; y la Corona que veía en él un centro
político, procuraba darle, con miras de economía y de administración,
la mayor zona de influencia posible, fomentando aquellas exploraciones.
Irala regresó con informes, habiendo llegado hasta los 17° de latitud,
y entonces el Adelantado intentó por su cuenta el acceso; pero la
inundación de las tierras le redujo á volverse.
Depuesto por el descontento de sus soldados, á quienes había querido
imponer reglas de disciplina, predicando con el ejemplo de su honradez
y de su cultura, que no hizo sino exasperarlos más, su intrépido
teniente emprendió otra vez el camino del Perú.
Esta expedición señala el hecho importante de que los indios empezasen
á figurar como aliados de los españoles en sus guerras civiles, pues
demuestra que ya se había producido entre ambas razas un principio de
fusión.
Consiguió Irala por fin llegar hasta Chuquisaca, resolviendo no pasar
adelante por el estado político en que se hallaba el Perú, á objeto de
evitarse compromisos con los bandos en lucha.
Envió desde allí á Nuflo de Chaves, con una solicitud á La Gasca para
que lo confirmase en el gobierno, regresando al Paraguay donde á tiempo
develó la usurpación de Abreu. Poco después llegó Chaves, el cual, con
aquel doble viaje, acababa de realizar la expedición más notable que
haya salido del Paraguay.
Los indios de la Guayra, duramente explotados por los portugueses que
los esclavizaban, reclamaron la protección de Irala, cuyo renombre
se extendía ya hasta por la selva como un símbolo de prestigio y de
justicia. Acudió el conquistador á la demanda, recorrió entera la
región, estableciendo el dominio español sobre blancos é indios, y
abriendo de este modo una vía de comunicación entre su sede y tan
lejana barbarie.
Hasta entonces la conquista se había realizado sin ninguna intervención
religiosa, de tal modo que recién al año siguiente de esta última
expedición (1555) llegó al Paraguay su primer obispo. El territorio
ocupado después por el Imperio Jesuítico, estaba completamente abierto
ya, no obstante su extensión, con más otras regiones adonde no llegó
nunca la expansión misionera.
Dos nuevas expediciones á la Guayra, acabaron de cimentar en ella el
prestigio español: una de Chaves, que buscaba salida al Atlántico por
la costa del Brasil, y otra de Ruy Díaz Melgarejo, que fundó en dicha
provincia la Ciudad Real.
No se había perdido la idea de buscar comunicación directa al Perú, é
Irala envió á Chaves nuevamente con tal objeto. Ya no volvería á verle,
pues murió antes de su regreso, pero aquel infatigable conquistador
había cumplido sus órdenes con éxito extraordinario. Recorrió en
efecto la provincia entera de Chiquitos, y el Matto Grosso, verdaderas
regiones de leyenda cuyo acceso requería una constancia rayana en
obstinación y una intrepidez realzada al heroísmo. Ya sobre la actual
Bolivia, encontróse con Manso que venía del Perú. Disputaron sobre la
posesión de aquellas tierras, que le fueron adjudicadas por el Virrey,
y á su regreso fundó la ciudad de Santa Cruz.
Gonzalo de Mendoza, heredero de Irala, murió un año después de su
elevación al gobierno, nombrándose en su reemplazo á Ortiz de Vergara,
con quien empezó la serie de motines y golpes de mano, en que la
ingerencia política del clero se manifestó por primera vez.
Entretanto, habían continuado las fundaciones, hasta alcanzar, sumadas
con las trece antedichas, el número de veintiocho en setenta y cuatro
años.
Azara, en su lista de pueblos, incluye como laicas las trece primeras
reducciones de la Guayra; pero no creo que deba imputarse este error á
malevolencia sectaria con objeto de desprestigiar la obra jesuítica;
pues de Moussy, en quien ya no cabe igual sospecha, lo reprodujo. Es
verosímil suponer una confusión con las trece fundaciones efectuadas en
los años de 1536-38 por Ayolas é Irala, dado que la coincidencia del
número, tanto en las jesuíticas como en las laicas, pudo motivar el
trastrueque; y sin que esta explicación pretenda discutir el sectarismo
de Azara, indudable por otra parte.
La conquista laica tuvo en Irala su dechado. Hombre de gobierno ante
todo, su administración dió la pauta á las organizaciones futuras, que
nunca pudieron sobrepujarla. Su intrepidez y su rectitud, combinadas
en admirable equilibrio, le conciliaron el afecto de los indios y
de los blancos. Legislador, sus reglamentos gobernaron por muchos
años el Paraguay, siendo ahora mismo, y en atención á la sociedad
que organizaron, un modelo de sabiduría política. Incansable en
sus empresas, dilató los límites de su territorio hasta puntos que
no fueron alcanzados sino doscientos cincuenta años después; y sus
expediciones al Perú, no han vuelto á repetirse.
Más político que Álvar Núñez, cuya rigidez se volvió odiosa ante sus
compañeros, él supo conciliar la severidad con la blandura, hasta
hacerse idolatrar por los soldados, que le veneraban como á un padre, y
amar por los indios como á un justiciero protector.
La influencia española alcanzó á su impulso el máximum de eficacia.
Dejó planteada en grande escala ya, la industria de la hierba, que
formaría hasta hoy, puede decirse, el principal recurso del país,
siendo notable, entre otras explotaciones, la de Mbaracayú en la
Guayra. El plantel de ganado mayor y menor, quedaba arrojado en las
selvas y praderas como profícua simiente, que á los pocos años ya fué
cosecha asombrosa.
Basta, en fin, para apreciar en conjunto la importancia de la conquista
laica, saber que desde 1526 hasta 1610, fundaron los conquistadores
casi tantos pueblos como los jesuítas en siglo y medio, á pesar de que
éstos tuvieron la senda abierta.
Las poblaciones laicas alcanzaron á veintiocho, como dije antes,
debiendo agregárseles diez ciudades, de importancia relativamente
considerable;[53] mientras los jesuítas, que en los cinco primeros
lustros de su apostolado fundaron diecinueve pueblos, no llegaron sino
á catorce durante los ciento treinta y tres años medianeros de 1634 á
1767, figurando entre ellos seis, creados con indios de reducciones ya
existentes.
Quedaba expedito, además, el camino del Perú; abierta una salida
al Océano, que es decir á Europa, por el Marañón; demostrada la
posibilidad de comunicarse con el Tucumán á través del Chaco, según
lo había probado Diego Pacheco en su travesía de ida y vuelta desde
Santiago del Estero á la Asunción; establecido desde 1573 el contacto
entre las conquistas peruana y platense, con la fundación simultánea de
Córdoba y Santa Fe, y todo esto casi sin sacerdotes, ó á lo menos sin
su concurso especial.
Los primeros españoles sólo tuvieron uno. Veinte años después de la
conquista, en plena acción expedicionaria y fundadora, apenas había
diecisiete, incluso el obispo y canónigos, y treinta años después,
veinte por todo.
Facilitaron aquella expansión puramente laica, las tendencias
regalistas de la Corona, para quien la Iglesia fué al principio un
subalterno, con frecuencia humillado y siempre contenido; pero el auge
de los jesuítas, con todas las complicaciones y concurrencias ya
enunciadas, engendró la reacción, incorporándolos al país, en tiempo de
Hernandarias, como un elemento conquistador.
Su intervención quedó justificada desde luego, por el mal trato
creciente que se daba á los naturales. Ya en 1496, Peralonso Niño había
llevado á España el primer cargamento de indios esclavos; y es sabido
que treinta años después, Diego García envió otro á un comerciante de
San Vicente (Brasil) con quien tenía contrata por ochocientos, para
ser remitidos á Europa; lo cual demuestra la regularidad del tráfico.
Al suspenderse éste, la encomienda lo reemplazó como medida interna.
Hernandarias pudo decir con razón á unos indios tomados en 1593,
con un cargamento de hierba, que lo mandaba quemar en su presencia,
presintiéndolo como causa de su ruina. Desde que empezó por entonces la
explotación de los hierbales del actual Paraguay, la extinción de la
raza fué problema resuelto.
La conquista no era una colonización, y traía aparejadas para los
vencidos todas las consecuencias de la guerra. Poco tenía en qué
efectuarse el saqueo, dada la pobreza de los naturales; pero la
necesidad de mujer, que tan irritantes desmanes ocasiona en semejantes
casos, y mucho más con tales hombres, así como la crueldad exasperada
por el eterno chasco del oro, causaron horrorosos vejámenes.
Después del combate de _Guarnipitá_, que trajo por consecuencia la
fundación de la futura capital paraguaya, figuraron en el tributo de
guerra impuesto á los indios, siete muchachas para Ayolas y dos para
cada uno de sus compañeros, siendo esto la regla general.
Schmídel, actor en lo más recio del drama, y á quien no puede
sospechársele exageración, dada la escasa jactancia de sus narraciones,
cuenta que en la expedición contra los _agaces_, todos los pueblos de
éstos fueron quemados. La lujuria del conquistador, está visible en la
calificación de «hermosísimas y lascivas» que da á las mujeres de los
_jarayes_ lo cual demuestra que las frecuentó, así estuviera aquella
hermosura muy exagerada, como es probable, por el celibato forzado del
narrador. Durante año y medio de expedición, cautivaron, dice, en las
tierras de los _guapás_, doce mil indios; habiendo soldado raso que
tenía cincuenta para su servicio. Con exageración y todo, la realidad
de la esclavitud no sería menos evidente.
El instinto aventurero se sobreexcitaba hasta lo increíble en aquellas
comarcas, cuyo aspecto decorativo producía, y con mayor razón en los
espíritus predispuestos, un delirio de grandeza teatral. La solemne
espesura, inspiraba con su misterio; cada matorral podía esconder la
fama ó la fortuna; los obstáculos no eran sino un incentivo mayor á
la constancia, exagerada por una heroica rivalidad. Endilgados en
el bosque virgen, al rastro de tal cual fábula que en caprichosa
etimología derivaban de una palabra ó mito indígena, ya no habían de
volver sino con la certidumbre por premio.
Crédulos acogieron la leyenda de las perlas en tal laguna del Chaco;
la referencia de aquel peñón de plata que resplandecía en medio del
Paraná, camino á la Guayra; los cuentos de dragones y de pigmeos; la
existencia de mitológicas amazonas...
Su transcurso quedaba señalado por la devastación. Incendiaban una
aldea como quien prende un fuego de artificio, y allá quedaba el tendal
de violaciones y de adulterios, comentando las orgías de una noche. Al
padecer ellos tanto en sus jornadas, en poco tenían el dolor ajeno;
mucho más tratándose de seres tan inferiores, que hasta la humanidad
se les discutía. Un feroz individualismo reinaba en aquellas huestes,
apenas vinculadas por la propia inseguridad. El botín, precario casi
siempre, ocasionaba disputas cuya inmediata consecuencia era el
homicidio. En torno de la fogata que formaba el corazón del vivac,
antes que los pucheros funcionaban los cubiletes. Ni la fatiga de
jornadas terribles, ni las heridas del dardo salvaje, extinguían
aquella pasión en sus férreas naturalezas. Y entrada la alta noche,
bajo la sombra de aquellos bosques sin rumores, que atemorizaba á
veces el rugido de algún jaguar en ronda, salían del atroz peladero
para improvisar sus tálamos brutales en el rebaño de cautivos, ó para
dirimir en el asesinato anónimo una apuesta infortunada, una fullería,
una broma quizá.
Dogos sobre un hueso, á puñaladas y á arcabuzazos disputaban la
menguada presea que la suerte les ponía al alcance en los cabellos
de alguna india opulenta, estando su avaricia en razón directa de la
escasez. Cómplices, no compañeros, aquellas expediciones los unían como
un delito; y sólo por indefensos prefería á los indios su ferocidad.
Allá dominaban exclusivos el coraje y el interés.
También así eran de tremendas sus penurias. La Naturaleza oponía de
sobra la resistencia que el aborigen no supo organizar; y si aquel
desenfreno de los instintos, tan característico de la guerra, trajo
consigo, como parece, la obstinación demostrada por los conquistadores,
en un verdadero apogeo de fuerza bruta, justo es confesar que á él se
debió la conquista.
Schmídel nos ha dejado en su narración, un cuadro por demás interesante
sobre aquellas exploraciones de la selva tropical. Se refiere á la que,
capitaneada por Hernando de Rivera, envió Álvar Núñez para descubrir el
imperio de las Amazonas.
Una vaga relación de los indios, á la que mezclarían, como es natural,
sus mentiras de práctica, embrollándola más aún con su costumbre de
adherirse á cuanta conjetura se les propone--decidió la expedición.
El fantástico imperio quedaba, según sus inventores, á dos meses de
viaje por la selva inundada; pero ni esto arredró á los exploradores.
Tribus, terreno, arboledas, animales, régimen meteorológico de la
región, todo les era desconocido. Caminaron durante quince días por un
interminable pantano, llevando á la rodilla y á la cintura el agua,
que los soles tropicales calentaban hasta una mórbida tibieza en la
cual bullían pestíferos fermentos. Con ella apagaban su sed, exasperada
por la fiebre que en ella misma bebían. Los gajos de los árboles
eran sus lechos. Para comer, encendían sus fuegos sobre pértigas
entrelazadas, á modo de trébedes gigantescas. Todo caía en ocasiones al
fango, y los últimos días de aquel viaje, ya no hubo más alimento que
el cogollo de las palmeras.
Llovía entretanto espantosamente, inundándose cada vez más la selva, y
sin que por ello una ráfaga de frescura aliviara la emoliente asfixia
de aquel lúgubre sudadero. Todas las sabandijas del bosque, exaltadas
por la germinante humedad, se abatían sobre los expedicionarios en
ferocísimos enjambres. Pero nadie intentó retroceder. Más pálidos que
espectros, chapaleando pesadamente con el pantano eterno sus propias
disenterías, devorados por comezones enloquecedoras, delirantes de
hambre, furiosos de clausura entre aquella fronda con su ambiente de
sótano, latigueados por funestos escalofríos bajo los chaparrones,
profundizando su silencio lóbrego entre el agua implacable--ninguno,
sin embargo, desfalleció; y tiene algo de dantesco aquella feroz
pandilla, que arrastra sus lodientos harapos bajo ese bosque, medio
engullida en líquida tumba por el charco cálido y muerto como una
jofaina de pediluvios.
Treinta días duró aquello, pues fueron y volvieron á su través; y
si hubo motines, se debieron á la disciplina que intentó imponer el
Adelantado para contener las depredaciones. El saqueo y la lujuria
componían su pitanza de tigres, que no había podido arrebatarles el
Papa mismo.
Así fueron los dominadores del salvaje.
Conforme á cédula real, Irala había empadronado y repartido con
perfecta equidad los primeros indios en número de veintiséis mil.
Á este objeto, se los dividía en dos clases. Los _yanaconas_ ó vencidos
en guerra, que componían las encomiendas perpetuas; y los _mitayos_,
sometidos voluntariamente ó por capitulación, en cuyas encomiendas sólo
trabajaban los varones de dieciocho á cincuenta años. Su tarea anual
no debía exceder de dos meses, quedando libres el resto del tiempo, y
es difícil concebir nada más humanitario; pero como el gobierno, en
el intento de abrir cuanto antes el país, permitía las expediciones
particulares contra los indios, y el consiguiente establecimiento de
encomiendas _yanaconas_, que eran naturalmente las más solicitadas--las
_mitayas_ quedaron abolidas de hecho.
Su institución fué algo así como la coartada moral del poder; pero
dadas las costumbres y el concepto legal predominantes, la excepción se
convirtió en regla, acentuando más todavía el carácter de conquista que
revistió la ocupación.