esto explica su éxito sorprendente. Pusiéronse de acuerdo con los
tiempos, representando dentro de la Iglesia una tendencia moderna,
aunque por fuera parezcan los más intransigentes, y sean los campeones
de dogmas como el de la Inmaculada Concepción y el de la Infalibilidad;
pues nadie exagera más su convicción, que quien necesita estimularla
artificialmente.
Distintos de todos, prosperaron sobre el resto de sus contemporáneos,
como lo prueban claramente las órdenes de Teatinos, Padres del
Oratorio y Agustinos de Somasca ó clérigos de San Mayol, fundadas casi
al mismo tiempo con éxito tan diverso. De tal modo, la actuación del
jesuíta no le da sino un vago parecido con los otros sacerdotes. Su
misma piedad es distinta. Al exaltado fervor de la mística, San Ignacio
lo reemplaza con el procedimiento de sus _Ejercicios_, verdadero
tratado de psicología en que el examen, del cual no podía prescindirse
ya ni en las conversiones, suple al éxtasis inspirador. Basta comparar
la tristeza contemplativa que llena las meditaciones de la _Imitación_,
con el sagaz análisis del libro jesuítico. Comprendiendo que los
tiempos de entusiasmo habían pasado, se sustituyó á la contrición, es
decir al dolor de haber pecado, por la atrición, ó sea el temor del
Infierno; de modo que el criterio utilitario primaba aun en las reglas
de la conciencia.
La moral acomodaticia y la piedad afable, compusieron aquella política
espiritual, como si el Renacimiento que helenizaba á la Europa, hubiera
impuesto también á la religión un cariz de benevolencia griega.
Sixto V había preferido aliarse con Enrique de Navarra, Guillermo de
Orange é Isabel de Inglaterra, es decir los representantes coronados de
la herejía, contra la católica España, para evitar su engrandecimiento
perturbador; poniendo así los intereses temporales de la soberanía
pontificia, por sobre el proyecto de expansión católica que el lúgubre
Felipe se proponía ejecutar.
Cada vez más alejados del Calvario, cuyo recuerdo inflamaba el
heroísmo y suscitaba las meditaciones más dolorosas de la mística,
los devotos sentían disminuir con su exaltación su intolerancia. Los
jesuitas surgieron en ese momento; y la influencia moderna, sufrida
sin advertirla, está demostrada por su posibilismo, que los acerca
en política al concepto científico de la adaptación, y su psicología
práctica--diríase mejor experimental--que les da un punto de contacto
con el racionalismo. En ellos concluyó la devoción sentimental; la
tristeza dejó de ser el estado preciso para entrar en las vías de
perfección. La «iluminativa» y la «unitiva», que llevan á la santidad
por la contemplación y el éxtasis, fueron cerrándose cada vez más; y
la misma «purgativa», es decir penitenciaria exclusivamente, necesitó
que toda la habilidad de los casuistas la allanara y redujera con mil
arbitrios de transacción. Las reservas mentales constituyeron los
resortes de aquella «teología moral», abriendo en el catálogo de los
pecados ancha margen á la explicación acomodaticia. El jesuíta Sánchez
descolló entre esos, hasta volverse dechado, y sus célebres «disputas»
sobre el matrimonio, constituyen el más ingenioso dispensario de alcoba
que se pueda concebir, si no son sencillamente un caso de erotomanía,
en el que influyó tal vez su virginidad, que Renaud y Sotuel atestiguan
con elogio.
Jamás le condenaron, sin embargo, antes le alabaron por eso; y entre
sus panegiristas, que fuera de los citados los tuvo tan buenos como
Rivadeneyra y el mismo Clemente VIII, hubo alguno (Cambrecio) que llegó
á calificar de feliz milagro su entrada en la Compañía: prueba de que
su doctrina interpretó admirablemente la moral de la comunidad.
Aquel predominio de la razón y del examen sobre el sentimiento, se
manifestó en todos los órdenes de la vida jesuítica; y, circunstancia
que lo hace aún más notable: mientras las demás órdenes abundan en
poetas, en ésta hay, sobre todo, hombres de ciencia.[41] El arte le
interesa poco, á no ser como un atractivo sensual. De aquí la cargazón
decorativa tan peculiar al templo jesuítico. Dorados y colores charros,
retablos churriguerescos, esplendor chillón en que lo llamativo
predomina sobre lo estético, son, por decirlo así, los marbetes de la
mercancía mística, resaltando su carácter comercial en razón directa de
su exceso. Aquello nada tiene que ver con el arte, siendo su objeto el
pregón, y estando destinado, entonces, á hacerse notar sobremanera.
Mientras el éxtasis y el fervor dieron auge al sentimiento en las
manifestaciones religiosas, el arte, que es siempre una expresión
de amor, se manifestó en actos de fe. La obra artística vino á ser
una plegaria á la divinidad, ora directamente en la poesía mística,
ora bajo formas simbólicas en las demás artes, resultando de esto su
carácter desinteresado y por lo tanto anónimo casi siempre.
El soplo racionalista agostó aquellos vergeles de la oración, y el
abuso retórico que ya hice notar en la poesía profana del pueblo
español, se advierte igualmente en su arte místico. Casi era
innecesario anotarlo, pues se trata, al fin, de la misma cosa, tanto
más si se considera que en aquellos tiempos, el arte se hallaba menos
distante de la religión; pero esto viene para que se vea mejor la razón
de su decadencia en poder de los jesuitas.
Nada más distante de mi espíritu que un reproche por esta causa, pues
ellos no hacían otra cosa que adaptarse para vivir, perdiendo y ganando
en el suceso todo cuanto éste traía aparejado de pro y de contra.
La reacción mística que los suprimió, ejecutada por Clemente XIV,
franciscano, es decir miembro de una orden, que, al ser la más
fervorosa y artista, resultaba naturalmente rival,[42] demostró con
su fracaso cuál poseía mejores condiciones de vitalidad, es decir de
adaptación al medio ya hostil en que ambas se desarrollaban; prueba
concluyente, á mi ver, en favor de la Compañía.
El jacobinismo ha odiado á los jesuítas, porque ha visto en ellos á los
más vigorosos paladines del ideal católico, sin comprender la razón de
su fuerza; pero el espíritu imparcial, para quien lo único interesante
es el progreso de las ideas, en el fondo y no en la forma, no puede
menos de considerarlos como los representantes de ese adelanto en el
seno de la Iglesia. Ello es naturalmente relativo, y está lejos de
merecer elogio para los causantes, pues nadie ignora que se efectúa á
su pesar; mas esto mismo demuestra con mayor evidencia la superioridad
de las ideas modernas, á las cuales debieron tomar lo que tienen de más
fecundo y humano sus adversarios mismos para poder subsistir.
Resulta así el jesuíta un tipo moderno, más lógico en nuestro estado
que el monje de tradición medioeval; un hombre de acción sobre todo,
para quien parece haberse hecho aquello de rogar y dar con el mazo.
Intransigente en el dogma, por la razón de perennidad antes enunciada,
pero flexible en la conducta; adaptable, porque es utilitario y
sólo le interesa la consecución de su propósito; hábil, antes que
inspirado, y observador, antes que fervoroso; ahorrando cuanto puede de
contemplación divina, para aplicarse de preferencia á la acción en la
lucha humana; abandonando la tristeza, tan característica de la Edad
Media, para entregarse á la ciencia que crea el bienestar, reaccionando
sobre el odio al rico, que es la base del cristianismo puro, porque la
filosofía, predominante en él sobre la mística, le ha enseñado que es
mucho más humano y eficaz acoger á todos sin distinciones en la misma
esperanza de salvación, y porque, siendo la riqueza el ideal social en
boga, no es posible ir contra éste sin renunciar á la victoria; amable
con la mujer, á quien no detesta como á instrumento de pecado, según
la teología medioeval, sino que la aprovecha como precioso elemento
de dominación; suave con el poder temporal, á cuyo creciente poderío
cede; deferente con las aspiraciones populares, que sintetizadas en la
instrucción barata ó gratuita, él cultiva hoy para dirigirlas mañana,
convirtiéndose, al efecto, en profesor; fiando por último poco ó nada
en el milagro, y todo en el esfuerzo inteligente, en la perseverancia,
en la habilidad, nada puede objetársele por el lado de la lógica
humana. Sus dos obras maestras--los «Ejercicios» y la «Mónita»--son una
cartilla política y un tratado de psicología experimental.
Su deficiencia filosófica estaba en el ideal teocrático, al que se
dirigía por otros caminos, pero sin modificarlo un ápice; su falla
moral y su inferioridad social, consecutivas del defecto anterior,
consistieron en la astucia con que se apoderó de los espíritus por
cualquier medio, para hacerlos servir á su fin, y en el carácter
conquistador, común á todas las instituciones españolas, que su orden
revistió. Fué el rasgo nacional de ésta, por más que en su aparición
y desarrollo influyeran, como ha podido verlo el lector, los factores
enunciados.
Del propio modo que el rezago de aventureros medievales, encontró
en España su ambiente natural, acarreándole como en tributo la más
tremenda soldadesca de la Europa, los aventureros religiosos, que eran
una variante del mismo tipo, engrosaron á porfía las falanges de la
nueva institución, cuyo carácter prometía la permanencia del antiguo
ideal en las nuevas formas á las cuales se adaptaba. El conquistador
religioso reemplazó al militar tan fielmente, que hasta fueron suyos
los nuevos descubrimientos en las tierras por cuyos ámbitos lo esparcía
su celo; y como por su carácter unía el espíritu militar al prestigio
religioso, en el cual residía el éxito del Imperio Cristiano, que fué
desde entonces el ideal supremo de la monarquía española, ésta lo hizo
su predilecto. Como teocracia, encontraba en él su elemento de acción
por excelencia.
En la bula _Unam Sanctam_, que para los absolutistas era naturalmente
dogmática, Bonifacio VIII había sostenido que las dos espadas, la
temporal y la espiritual, pertenecían á la Iglesia: una en poder del
Papa, y la otra en el del soldado, pero sujeto éste al sacerdote: _in
manu militis, verum ad nutum sacerdotis_. Y los jesuítas alimentaban
este ideal.
Luego, el desencanto producido por la decadencia de la gloria patria,
y por la corrupción que asumía tan repugnantes formas, llevó á la
corriente religiosa los mejores espíritus, aumentando, si aún lo
necesitaba, el lustre de la nueva institución, con cuyo predominio
aseguraba la Península su permanencia en la Edad Media.
Esta había concluido de hecho con el último desafío foral, que Carlos
V presidiera en Valladolid; pero su espíritu seguiría incólume hasta
hoy en el pueblo. El contacto íntimo de la nación con el soberano,
al extinguirse el poder feudal, dando por fruto una exageración de
militarismo, estableció las relaciones entre súbdito y monarca,
sobre la base de una patriótica fidelidad. La monarquía hizo de esto
su fuerza, erigiendo á la lealtad en virtud suprema y cultivándola
profundamente, puesto que á su sombra se perpetuaba el privilegio,
y las instituciones asumían, sin esperanza de cambio, la absoluta y
anhelada inmovilidad.
La religión, única influencia íntima en el alma popular, fomentó
aquella virtud, bajo la forma de respeto místico que la acercaba al
culto, inmóvil también en su afirmación de eternidad; y esto sucedía
precisamente cuando el mundo entero empezaba la evolución industrial,
que había de producir la democracia en política y el positivismo en
filosofía, formas flexibles por excelencia, es decir de adaptación
constante á sus medios.
El ideal español procedía á la inversa, pues residiendo para él en la
religión y en la monarquía la perfección absoluta, que les aseguraba
por de contado la eternidad, era el medio lo que debía adaptarse
á ellas. La existencia de aquel pueblo quedó establecida sobre
esa transgresión de una ley natural, y todo su esfuerzo había de
consagrarse en lo sucesivo á mantener semejante situación.
Nada lo acobardaría, ni siquiera el espectáculo de ese derrumbe
vertiginoso, que un siglo después del gigantesco Carlos V, iba
á desenlazarse, conservando el estigma atávico, en la elegante
degeneración de Felipe IV--aquel _dandy_ de la catástrofe, que veía
arruinarse su imperio entre comedias, amores de bambalinas y disputas
teológicas sobre la Inmaculada Concepción.
El estado anormal quedaba erigido en la ley eterna; y ese ideal
absurdo, que el pueblo acogió con candorosa altivez, imposibilitaba
para siempre todo progreso, á despecho de cualquier éxito material.
NOTAS:
[3] El parecido es de fondo, sin duda; en la forma, se siente la
influencia de la caballería francesa y de la geografía británica,
probablemente sugerida por las hazañas del Príncipe Negro en Nájera.
Aquel paladín inglés fué un tipo de leyenda, aun en España.
[4] Á pesar de los argumentos con que Forneron y Groussac la niegan,
sigo ateniéndome al concepto clásico; pues aquéllos me parecen más
ingeniosos que positivos. La llamada ley de la herencia, tiene, sin
duda, sus fallos; pero no es menos evidente la existencia común de
ciertos caracteres en las familias.
[5] Según el P. Lozano, eran tres, llamadas de los Hoyos, del Muelle
y de los Sauces. Creíanlas situadas en los Andes australes, frente al
Chiloé, y construidas por unos náufragos españoles que se perdieron
en el Estrecho en tiempo de Carlos V, razón por la cual se los habría
llamado los Césares. Véase á este respecto el Cap. III.
[6] Una de las cosas que Colón se proponía con el Descubrimiento, y
así lo manifestó á los Reyes Católicos, era llegar á Jerusalén por
otro camino y rescatar el Santo Sepulcro. Su mismo carácter comercial
y práctico, hasta el extremo que dejan ver las estipulaciones con la
Corona, no escapó á la influencia paladinesca.
[7] _Sinus Barbaricus._ Así llamaba en su pintoresca terminología, al
mar que baña las costas orientales del Continente Negro, el mapa-mundi
publicado en 1529 por Diego Ribero, cosmógrafo del Rey.
[8] Esto puede precisarse en forma más concluyente, por medio de una
comparación. Contando solamente los jefes de expediciones que surcaron
el Océano y realizaron descubrimientos, desde 1492 hasta 1610, año
en que los jesuitas se establecieron en el Paraguay, los españoles
alcanzan á 84; mientras que el resto, en el cual incluyo juntos á
ingleses, franceses, holandeses, italianos y portugueses, apenas llega
á 72.
[9] Montesquieu en _De l'esprit des Lois_, Liv. XIX ch. X, reconoce el
mismo fenómeno al paso qne alaba la honradez española; y más lejos,
(liv. XXI, ch. XXII) fija en cincuenta millones término medio el
comercio de las Indias, haciendo notar que España sólo concurría á él
con dos millones.
[10] Montesquieu (op. cit.) llama al comercio «la profesión de los
iguales.»
[11] Ya por el lado científico, empezaba á ser notable esta diferencia.
En efecto, de 1492 á 1610, los globos, mapas y atlas extranjeros, que
describían las tierras recién descubiertas, son cerca de 70, casi todos
alemanes, portugueses é italianos, contra media docena de españoles;
pudiendo agregarse que de los 30 grandes nombres de sabios, cuya gloria
llena los siglos XVI y XVII, desde Copérnico á Papin, no hay uno solo
español.
[12] Tan español este ramo, que las _mayólicas_ perpetúan hasta ahora
con su nombre, el recuerdo de su origen: Mallorca.
[13] Una de las cédulas firmadas el 30 de abril de 1492 para facilitar
el viaje de Colón, prometía á cuantos se embarcaran con él, no
perseguirlos por sus delitos anteriores, hasta dos meses después de
su regreso á la Península. Este procedimiento se volvió práctica
consuetudinaria.
[14] De tal manera fué notable esa sustitución, que ya á mediados
del siglo XVI, los lienzos rojos y azules de Suffolk dominaban en la
Península. Lienzos blancos más finos, cotonía de toda clase, sedas,
brocados, joyas, vinos, hasta trigo y lana en rama, se importó de
Inglaterra. Las propiedades inglesas en España, alcanzaron á un total
de 60.000 libras.
[15] Los escritores tácticos españoles, como Sancho de Londoño,
Bernardino de Mendoza, Gutiérrez de la Vega, etc., alcanzaron renombre
internacional.
[16] Las mismas casas soberanas iniciaban la evolución en tal sentido,
siendo notables, desde este punto de vista, aquellos Médicis,
cuyo carácter parecía sintetizar la orgía de vida y el salvaje
individualismo del Renacimiento. Comerciantes, representaban bien con
su soberanía la evolución social operada, siendo Cosme y Francisco,
químicos distinguidos. De los dos, éste fué el primero que fabricó
porcelana chinesca en Europa, y habiendo aprendido de Benvenuto Cellini
el arte de falsificar zafiros y esmeraldas, lo aplicó en negocios, si
no correctos, brillantes. Descartando á la fiera medioeval, rugiente
á ratos bajo la urbanidad toscana, diríase que ese admirable déspota
preludió vagamente á Luis XV, hasta con su querida--aquella Blanca
Capello cuyas cualidades, así como su situación respecto á la consorte
legítima, le dan un parecido tan grande con la Pompadour. España, con
su quemadero de herejes y su devoción siniestra, era ciertamente la
antípoda de aquel Estado.
[17] Ya hemos mencionado la expedición de los almogávares. Conviene
recordar que la unión hispano-bizantina, venía desde los árabes, hasta
tal punto, que el arte arábigo-español de la segunda mitad del siglo
X, se llama del período bizantino. Estrechas relaciones unían al
califato de Córdoba con el imperio griego. El alcázar de Zahra, cerca
de esta última ciudad, fué construido por arquitectos de Bagdad y de
Constantinopla que Abderramán había llamado en 936. La fuente jaspe
con su cisne de oro, obra la más admirable de la sala del califa, era
bizantina, y sobre ella estaba suspendida la famosa perla que éste
había recibido en presente del basilio. Igual origen tenia otra fuente
cincelada y dorada de los jardines. El imperio bizantino había llegado
en el siglo X al apogeo de su gloria y de su cultura, siendo bajo este
aspecto el centro del mundo; lo cual explica la influencia mencionada.
[18] Un dato más interesante aún: La iglesia de San Juan del
Hospital, en Valencia, conserva la tumba de una basilias bizantina,
doña Constanza, fallecida en 1313 como religiosa de Santa Bárbara,
después de haber llevado la más novelesca existencia. Era hija natural
reconocida del emperador Federico II de Hohenstaufen y de la piamontesa
Blanca Lancia, es decir hermana del famoso Manfredo de Sicilia á
quien Dante encontró en su Purgatorio (Canto III) _biondo e bello e
di gentile aspetto_, y del poético Enzio. Casada en 1244 con Juan
Ducas III, llamado Vatacio, el gran enemigo de la iglesia romana y de
los francos, vióse pronto suplantada en el corazón de su marido por
una dama italiana, _la Marchesina_, que era á la vez su gobernanta,
pues la princesa no contaba sino doce años mientras el emperador era
ya quincuagenario. La italiana subyugóle de tal modo, que su séquito
llegó á superar al de la soberana legítima, teniendo derecho hasta para
calzarse de púrpura como una emperatriz. Muerto Vatacio, sucedióle
Teodoro Lascaris, hijo de un primer matrimonio, sin que por ello
mejorara la suerte de Constanza, pues éste nególe siempre el permiso
que con reiteración pidiera para volver á su patria, conservándola
como un rehén contra los latinos de Constantinopla, á pesar de las
reiteraciones de Manfredo. El advenimiento de Miguel Paleólogo en
1260-61, la encontró joven de treinta y dos á treinta y tres años, y
seguramente hermosa, pues el nuevo emperador enamoróse locamente de
ella. Entraba en las pretensiones matrimoniales que éste manifestó
desde luego, su parte de razón política; puesto que aquel casamiento,
dando nuevamente á Constanza el trono bizantino, eliminaba á Manfredo,
ya rey de Sicilia, de la liga latina formada para la reconquista de
Constantinopla--echándole del lado griego. Pero el Paleólogo era
casado, y su mujer, la basilias Teodora, madre de siete hijos, negábase
obstinadamente al divorcio. El patriarca de Constantinopla púsose de
su parte, amenazando al emperador con la excomunión. Decidido éste,
entonces, á apartarse del objeto de su amor, canjeó á la desventurada
princesa por el césar Stratigoponlos, prisionero de Manfredo,
regresando aquélla á su tierra natal en 1263. Dos años, apenas,
permaneció con su hermano, debiendo huir al cabo de este tiempo, ante
la invasión del reino de Nápoles por Carlos de Anjou. Trofeo de los
angevinos, como toda la familia de su hermano, fué quizá la única que
no murió prisionera. En 1269 pasó á España con autorización de los
vencedores, sin duda, siendo bien recibida por el infante don Pedro
de Aragón, casado con una sobrina suya de su mismo nombre. Profesó en
el monasterio de Santa Bárbara, en Valencia, donde vivió muchos años
todavía.
Pido excusas al lector por la longitud de esta nota, en gracia del
interés histórico que encierra.
[19] No obstante, he creído encontrar en las Mil y Una Noches (noche
132.ª trad. de J. C. Mardrus) el origen arábigo de este género; pues la
«Historia de los Artificios de Dalila la Bribona», me parece un dechado
de cuento picaresco. El libro en cuestión, ó por lo menos los cuentos
que lo forman, debieron de ser populares en España, si se considera
las estrechas relaciones de Córdoba con Bagdad. La pícara Dalila,
resultaría, así, una abuela árabe de Justina y de Urdematas.
[20] El _Lazarillo de Tormes_, tronco de la familia, y primero entre
las treinta y tres perlas que la forman, alcanzó más de 60 ediciones en
diversas lenguas, desde 1554, fecha de su aparición, hasta 1700.
[21] Ya era una especialidad española la importación de los propios
productos con marca extranjera. Efectivamente, dichas formas fueron
introducidas en Italia por los trovadores, tomándolas éstos de los
árabes, cuyas fueron originariamente, por la influencia intermediaria
del papado de Aviñón sobre España; viniendo así ésta á recibir como
subalterna, la preciosa herencia que no supo conservar.
[22] Es curioso que en la pintura española, y sobre todo entre los
iluminadores de la Edad Media, falte casi por completo el azul, el
color místico por excelencia, que da una luz de tal modo seráfica á
los cuadros del beato Angélico y que había encendido con claridades
empíreas las vidrieras de las catedrales del siglo XII, el más
puramente místico en arte, así como las miniaturas de los libros de
horas flamencos, alemanes y franceses. En la miniatura española, se
advierte el predominio del púrpura, el rojo y el violeta.
[23] Isidoro de Sevilla y Aurelius Prudentius el insigne zaragozano,
influyeron de tal modo en la Edad Media sobre la ciencia y la poesía
respectivamente, que hasta las alegorías de la arquitectura gótica de
toda la Europa central, se inspiraron en sus obras.
[24] No ignoro que se me objetará con Garcilaso; pero siendo fácil
demostrar su constante imitación de Petrarca, el lector deducirá lo que
podía haber de genuino en su tendencia amatoria.
[25] No conozco el libro; pero Stendhal lo cita en alguno de sus
estudios sobre el amor, y Stendhal es de los autores á quienes puede
creérseles bajo palabra.
[26] Montesquieu atribuye «á las especulaciones de los escolásticos
todas las desgracias que han acompañado la destrucción del comercio.»
[27] Otra plaga social característica de la Edad Media. Roma llegó en
tiempo de Inocencio III á infestarse con el hedor de los cadáveres de
los párvulos arrojados al Tíber.
[28] En otra nota mencioné las hazañas españolas del Príncipe Negro.
Ricardo Corazón de León, había ayudado brillantemente en la defensa de
Santarrem contra los moros, y lord Rivers, con 300 hombres, asistió
á la toma de Granada. Millares de peregrinos ingleses visitaban
anualmente el santuario de Santiago en Compostela, y tan íntima era
la unión religiosa, que en 1517 se construyó una iglesia británica en
terreno donado por el duque de Medina Sidonia.
[29] Dos Leonores fueron las esposas en este par de matrimonios. La
mujer de Alfonso VII de Castilla, hija del primer Plantagenet, y Leonor
de Castilla, consorte de Eduardo I.
Anteriormente, una hija de Guillermo el Conquistador había estado
desposada con el rey de Galicia, bien que el matrimonio no llegara á
consumarse por muerte de la Princesa. Recuérdese, por otra parte, el
romance X del Cid:
De paño de Londres fino
era el vestido bordado...