impregnó tanto á esa poesía como á la mujer de quien ella emanaba,
siendo éste otro rasgo genérico del femenino español. Los celos,
más vivos también en el alma inculta, dieron á tales efusiones su
elocuencia desesperada. El amante en sus coplas, si ofrece la vida,
en cambio amenaza con la muerte. Las melodías arábigas, cuyas quejas
y suspiros cesan apenas de alternarse, para traducir en ayes los
aullidos del desierto, engendraron la música popular; y ésta formó,
como quien dice, el comentario del despotismo, en consorcio con aquella
poesía donde flotan las añoranzas y los desengaños de una raza, que
en su literatura posee historias enteras «de árabes que han muerto de
amor;»[25] las quimeras de éste, único paraíso para el esclavo, cuyos
celos lo guardan cual sanguinarios mastines; la indefinida protesta de
un pueblo aherrojado en el calabozo teológico, del cual es el monarca
la centinela, cuando la nacionalidad al integrarse ensanchaba sus
horizontes, que aun se amplificarían con el Descubrimiento hasta la
infinitud del mar, convirtiendo en amargura el hondo contraste.
Chispa y buen humor, también perecieron en el naufragio. La misma
novela picaresca fué ante todo un desahogo brutal, una carcajada
cínica--en la cual había más desplante de perdido que gracia
verdadera--y en el fondo, en su entraña recóndita, una venganza, menos
baladí de lo que parece á primera vista, contra la opresión de la
conciencia.
Ésta se extremaba en razón directa del absolutismo político. La misma
teología, que era la filosofía de la época, experimentó una reacción
mística. Declinó la vasta influencia interna é internacional de Vives y
de Osorio, con su imperturbable serenidad y sus agilidades polémicas,
respectivamente, sustituyéndosele la exaltación de Fr. Luis de Granada.
Papistas antes que cristianos, lo que perdieron los místicos en
latitud, ganáronlo en profundidad. Cierto es también que llegaban duros
tiempos.
La inquietud político-filosófica que llenó el siglo XV, tuvo en la
Península poderosa repercusión, no sólo popular, sino de cátedra,
bastando para prueba la actitud del profesor salmantino Pedro de Osma,
reputado por el hombre más sabio de su tiempo, y condenado en el
concilio de Alcalá; del propio modo que el decisivo apoyo, prestado por
Alonso V de Aragón al cisma de Basilea.
Depravaciones y simonías del clero, contribuían á inquietar más los
ánimos, y así las cosas, la Reforma había penetrado, por el contacto
comercial con los países herejes, no obstante el genio avizor de
Carlos V. Libros prohibidos, de origen alemán y genovés, circulaban
con relativa profusión, clandestinamente reimpresos algunos en la
misma Castilla. La unión con Inglaterra, estrecha entonces, por la
doble relación del comercio y de la alianza inalterable--que subsistió
desde el primero de los Plantagenet y Alfonso VII de Castilla, hasta
María Estuardo y Felipe II--fomentaba la propaganda herética. Así este
monarca, una vez concluidas sus guerras en Italia y Francia, consagróse
entusiastamente á la represión de la herejía, empezando su campaña en
1558.
El espíritu de la Edad Media, volvió á dominar imperioso. Durante
ella, y bajo la influencia exclusiva de la Iglesia, había reinado la
inmovilidad. Á condición de no cambiar nada, se podía discutir todo,
siendo un error creer que no existía la libertad de discusión. Era,
sin embargo, una libertad puramente dialéctica, puesto que demandaba,
ante todo, la conformidad con lo establecido. De aquí que hereje,
quiera decir estrictamente «disconforme». Tener opinión propia era el
verdadero delito.
De esta inmovilidad fundamental, que limitaba las operaciones
filosóficas á sacar consecuencias de los principios invariables, nació
el predominio del silogismo. Ciencia y religión eran la misma cosa á
este respecto, pues la Biblia y Aristóteles se conciliaban en el mismo
concepto de autoridad. Corporal y espiritualmente, la unidad era el
objetivo. Así, la única oposición provino de que tanto el papa como el
emperador, se atribuyeron la representación de esa unidad, discutiendo
sus parciales una mera cuestión de investidura. En España había vencido
el emperador.
El protestantismo rompió este molde, con la agitación que causara. Ello
fué involuntario sin duda, pues la Reforma, «querella de frailes», en
efecto, al comenzar, quería la misma cosa, desde que discutía todo,
menos la Biblia; pero á fuer de revolución, sobrepasó su objetivo,
beneficiando su éxito al mundo.
La monarquía absoluta, cuyos privilegios hería de muerte aquella
conmoción, reaccionó potente; y su triunfo en la Península quitó á ésta
la última esperanza de abandonar la Edad Media en que permanecía. Bajo
Felipe II, las Cortes de Tarazona prohibieron como un delito que se
gritara _Viva la Libertad_.
Así como el Nuevo Mundo le quitó lo mejor de su raza, Inglaterra
aprovechó sus talentos más libres, aunque no quizá los mejores; pero la
cuestión no era de calidad individual, sino de ideas generales.
Desde 1559 comenzaron á llegar á aquel país los reformadores españoles
perseguidos por la Inquisición. El sectarismo y la rivalidad
política, que se pronunciaba cada vez más en ofensas, los acogían con
predilección singular, reconociendo sus méritos hasta el punto de
darles á desempeñar cátedras en la misma Oxford.
Arias Montano y Pérez de Pineda merecieron la admiración británica; Del
Corro y Valera imprimieron sus obras en Inglaterra; y los españoles
residentes allá, casi todos comerciantes, vale decir más accesibles al
espíritu moderno, adoptaron la Reforma.
De tal modo España, al repudiar las tres manifestaciones correlativas
de la civilización moderna que comenzaba: el comercio, y en
consecuencia la colonización; la Reforma, fuente directa del
racionalismo, y el concepto civil de la autoridad, base de las
instituciones democráticas, abjuró de hecho el progreso.
El atraso intelectual, sobreviniente á la expulsión morisca, quitó
á sus universidades la clientela inglesa, contribuyendo esto, tanto
como la religión, es decir, en parte principal, á la pérdida de
aquella alianza británica, cuya ruptura empieza la era de las grandes
desgracias peninsulares. Las ciencias naturales acabaron del todo, y
la medicina, que fué su resto, dió á poco andar en el más ridículo
empirismo. La escuela griega se sobrepuso á la arábiga, dominando el
campo desde los comienzos del siglo XVI, y ya España no fué su sede.
La medicina española estaba reducida á los trataditos de Monardes,
cuyos solos títulos bastan para denunciar su carácter: _Tratado de
la piedra bezoar y de la hierba escorzonera_; _Tratado de la nieve y
del beber frío_, etc. En la Academia de Medicina de Granada servía
de texto la disparatada _Medicina española contenida en proverbios
vulgares de nuestra lengua_, por el doctor Juan Soropán de Rieros.
La misma Salamanca carecía de una cátedra de matemáticas. En Alcalá
no se enseñaba derecho patrio. Servían de fundamento histórico,
apocrifidades tan burdas como la _Crónica de Ávila_, cuya primera parte
establecía «cuál de los 43 Hércules fué el mayor, y cómo siendo rey de
España tuvo amores con una africana en quien tuvo un hijo que fundó á
Ávila»(!). Desapareció toda idea de ciencia práctica, y la alquimia,
que había producido siglos atrás sabios tan nobles como Raimundo Lulio,
apagó su horno científico ante el quemadero inquisitorial.
Aquel desierto de ideas absorbió en su esterilidad la vida entera del
país, cuya decadencia irremediable, á pesar de su bravura y de su
genio, demostró que el progreso de las naciones no está en la raza,
ni en la riqueza del suelo, sino en las ideas, cuyo es el espíritu
animador.[26]
Quedaron sólo en pie, cada vez más enormes, cada vez más opresores,
la Iglesia con su lúgubre maquinaria de tormento y su teología, y el
insaciable Fisco, del cual eran danaides alcabalas y gabelas.
Una rapacidad sin ejemplo acosó al trabajo nacional. El hambre fué
desde entonces «el diablo de España». Los mendigos se instituyeron
en corporaciones que explotaban las ciudades por barrios, como los
ladrones, con quienes tenían más de un parecido en lo desalmados y
bellacos. Hasta la Naturaleza parecía complicarse en sus farsas, pues
la hierba de los pordioseros (_clematis vitalba L._) con que producían
sus llagas artificiales, ha abundado siempre en España de una manera
prodigiosa...
La caridad pública los fomentaba, sin embargo, á título de
intermediarios con la divinidad; y el clero, improductivo como ellos, y
como ellos mendicante de profesión, agravaba el daño con preconizarlo.
Nada pudieron contra su difusión las disposiciones reales; la religión
los amparaba, y exagerando los principios de caridad evangélica con
sectario fervor, dió en el panegírico de la miseria.
Añadíase á éste otro azote de la misma procedencia. La vagancia,
que reclutaba sus hordas en el bajo fondo social, donde la
ilegitimidad creciente de los nacimientos aumentó, á la vez que los
infanticidios,[27] los abandonos en cantidad prodigiosa. Esto último
llegó á constituir un peligro social tan grande, que las Cortes de
1552 solicitaron la creación de funcionarios especiales, cuya misión
fuera amparar y proporcionar trabajo á los niños abandonados; pues
los bribones viejos formaban con ellos cuadrillas de bandoleros que
asolaban arrabales y campañas.
La rapiña tomaba todos los caracteres de una industria regular. Un
libro contemporáneo, _La desordenada codicia de los bienes ajenos_,
enumera, imitando á los _Liber vagatorum_ de la Alemania medioeval,
las más selectas clases de ladrones. En realidad pasaban de treinta,
pero no clasifica sino las siguientes, que transcribiré á título de
curiosidad:
Eran ellos los _salteadores_, _estafadores_, _capeadores_, es decir,
especialistas en capas; _grumetes_, porque robaban con escalas de
cuerda; _apóstoles_, porque á semejanza de San Pedro, cargaban llaves;
_cigarreros_, ó cortadores de vestidos; _devotos_, porque operaban
en los templos; _sátiros_, ó ladrones campestres; _dacianos_, ó
compra-chicos; _mayordomos_, ó ladrones de posadas; _cortabolsas_,
_duendes_, _maletas_ y _liberales_.
Admirablemente organizados, con sus señas y palabras de pase, tenían
ramificaciones en todas las capas sociales. Monjes, estudiantes, mozos
de cordel, lindas damiselas, venteros, señoronas beatas, ancianos
venerables, cooperaban como espías; siendo la estafa una especialidad,
que dió nombre en todas las lenguas al famoso «cuento del tío».
Las zonas de explotación en los centros urbanos, estaban tan bien
delimitadas, lo propio que las distintas especialidades, que ningún
bribón podía casarse sino en las suyas, so pena de multa á título de
dispensa. Y tal era su poder, que bandas de mendigos gitanos, los más
peligrosos de todos, habían llegado á asaltar la ciudad de Logroño,
para pillarla, mientras sus habitantes estaban atacados por la peste.
Todo revelaba, pues, una sociedad en descomposición, cuyo ideal terreno
era vivir sin trabajar, aun á costa de la miseria. El mismo de la Edad
Media, sin el fervor religioso que lo explicaba y engrandecía.
La anexión de Portugal acabó de realizar en la Península el ensueño
absolutista, contribuyendo más, si cabe, á aumentar el maleficio con
su gloria fugaz. Pero la situación se volvía cada vez más alarmante en
el exterior. Ya hemos visto cómo se perdió la amistad de Inglaterra,
natural aliada y tributaria comercial é industrial.[28] La unión,
cimentada sobre dos matrimonios célebres,[29] había sido cultivada
con toda clase de sacrificios, por la astuta política de Fernando y
el genio del Emperador. El sueño de la unidad absoluta derribó aquel
monumento. Quísose imponer á la fuerza la neutralidad británica en la
cuestión de los Países Bajos, y el resultado fué perder ésa y éstos.
Fracasó igualmente la acción sobre Francia, rompiéndose otra antigua
y fecunda unión. En efecto, desde fines del siglo XI y principios del
XII, ésta se sostenía por la doble influencia política y religiosa.
Los magnates más considerados en la corte de Alonso VI de Castilla,
fueron borgoñones; las tres mujeres con que dicho monarca contrajo
matrimonios, fueron francesas, y contó además por yernos á dos
señores de Borgoña.[30] Un arzobispo de Toledo, y tal cual obispo de
Sigüenza, de Salamanca, Zamora[31] y Osma, procedieron también de
Francia. Los Papas de Aviñón, estuvieron en íntimas relaciones con
España, de tal modo, que tres sobrinos de Clemente V tuvieron las
catedrales de Zaragoza y de Tarazona, y el deanato de Tudela. El rito
mozárabe fué sustituido por la liturgia de los cistercienses, orden
enteramente francesa, como es sabido; y dichos frailes llegaron á
poseer fuero propio, con derecho á justicia de Dios en el monasterio
de San Facundo. Don Jerónimo, monje cluniacense, es decir francés por
su orden, tanto como lo era por su nacimiento, fué capellán del mismo
Cid, y profesor de aquella elegante y liviana doña Urraca, que tantos
dolores conyugales debía causar á la honestidad aragonesa de Alfonso el
Batallador. La célebre _Unión_ de los nobles aragoneses, había estado
entendida con el primero de los Valois, para el mejor éxito de su
rebelión foral...[32]
Todo esto se perdió en la aventura, al paso que aumentaban los éxitos
de la piratería turca. España quedó entonces aislada por el Pirineo y
el Océano. Francia, con Enrique IV y Luis XIV, reduciría el Austria
colosal de Carlos V á las dos primeras vocales de su divisa: A.E.I.O.U.
(_Austriæ[33] Est Imperare Orbi Universo_); Inglaterra cerrábale el
acceso al Occidente y á los puertos europeos; Holanda, al libertarse,
había prohibido el tráfico con ella; estaba aliada de hecho con los
ingleses, desde que en 1598 el embajador británico en París, había
apoyado á los suyos en sus gestiones para obtener la neutralidad de
Enrique IV, datando además casi desde entonces su rivalidad en el
comercio de las especias; y no es acaso impertinente recordar, que el
fracaso de la Grande Armada coincidió con la libertad de los mares,
preconizada por Grocio en su memorable _Mare Liberum_, contra el _mare
clausum_ (para hablar con una frase de la época, que fué el título de
la más célebre refutación al insigne holandés)[34] el mar cerrado de la
conquista peninsular.[35]
La formidable tetrarquía, que formada por las casas de Castilla y
Aragón, de Valois, de Tudor y de Habsburgo, había dominado de concierto
á la Europa del siglo XV, se desvinculó enteramente en perjuicio de
España. Logróse, con igual efecto, la segunda renovación germánica,
y aquella grandeza cuyo remonte tuvo sanción en el Tratado de Blois,
entraba al ocaso con el de Chateau Cambresis.
Por el lado económico, por el espiritual mismo, también se diseñaba
el fracaso. La banca florentina, que venía dominando desde dos siglos
atrás los cambios de Europa, estableció sucursales en los primeros
centros, ampliando su acción con mengua de España, no obstante la
dependencia nominal en que la República se hallaba respecto á ésta, por
fuerza, no por afecto,[36] y la misma Roma volvióle las espaldas con
Sixto V, negando al Imperio Cristiano la colaboración espiritual que
era su fuerza y su pretexto.
Tantos desastres, en lapso tan breve, acarrearon el desencanto de las
glorias patrias y el pesimismo sobre el porvenir. El pícaro, que por
su carácter de correvedile popular, estaba en todos los secretos del
alma española, no tenía empacho en disertar sobre «las vanidades de
la honra». _Vanitas vanitatum_, que no aproxima sino en apariencia á
Guzmán de Alfarache y al Salmista, pues para el uno es consecuencia de
ese alto desdén que inspira la vida, á quienes saben dominarla desde
las alturas de su virtud ó de su genio, mientras daba razón al otro
para justificar sus pillerías.
La marcha triunfal de los descubrimientos se suspendía también. El
lector recordará la cantidad superior de descubridores españoles,
desde 1492 hasta 1610, año en que los jesuítas se establecieron en el
Paraguay. Desde ese hasta 1700, y guardando las mismas proporciones de
la nota citada, el resultado no es menos elocuente, al invertirse los
términos; pues para 87 capitanes extranjeros, entre los que predominan
ahora los holandeses, no encontramos sino 5 españoles. ¡El mismo número
de ingleses que en los primeros 90 años del descubrimiento![37]
Al par se agravaba la carestía. Los altos precios de la época de
abundancia, sosteníanse con mayor razón en la general lacería.
Los impuestos aumentaban, en proporción con el descrédito y la
improductividad, á pesar de lo cual el Estado precipitábase cada vez
más en la insolvencia. En 1574 se debía 37.000.000 emprestados[38]
al 32%, y la Corona repudió esta deuda alegando que los prestamistas
habían procedido «contra la caridad y la ley de Dios.» Acababa, sin
embargo, de confiscar en su provecho, por cinco años, todo el oro
de las Indias; y esa verdadera trampa, realzada todavía por esta
extorsión, es la mejor prueba de la inmoralidad común. El gobierno
no temía el escándalo, á causa de que el pueblo se dejaba llevar por
análogas corrientes, demostrándolo así la escasa resonancia de la
iniquidad. La voracidad fiscal, correspondía al providencialismo de
Estado, que constituía el _modus vivendi_ predilecto del pueblo; y
esto consumó la hostilidad contra todo individualismo, cimentando á la
monarquía en el concepto de un Estado omnipotente.
Carlos había sido el tirano paladín; Felipe fué el tirano burócrata.
Lo único que le sobrevivió, es decir su obra más perfecta, fué la
administración, instrumento ingenioso de tortura económica en el cual
colaboró la Inquisición misma, no obstante lo diverso de su destino.
[Ilustración: =Una lámina del libro del P. Nieremberg.=]
Fundada en efecto para defender la unidad política, bajo la monarquía
que reemplazó al feudalismo, é incorporada al pueblo con este fin
por medio del prestigio religioso, su sistema resultó de gran eficacia
para la unidad, y Felipe calcó sobre ella su régimen administrativo.
Este doble carácter religioso y fiscal, le dió una importancia inmensa,
robusteciendo sus vínculos, es decir garantiendo su permanencia como
institución normal. Su obra, entonces, resultó más funesta. Las
ejecuciones en masa, que las damas iban á ver, coqueteando con sus
abanicos cuando llegaba hasta ellas el humo del quemadero, ó tomando
sorbetes, acostumbraron á la crueldad, acentuando hasta lo siniestro
ese rasgo del tipo conquistador. Los sayones del duque de Alba,
ajustaban un pito á la lengua de los herejes flamencos, para que sus
gemidos en la tortura salieran agradablemente modulados...
De este modo la unidad absoluta, al evolucionar con los tiempos,
dominando las diversas tendencias, desde la militar á la religiosa
en el individuo y desde la gloriosa á la económica en el gobierno,
deformó enteramente el carácter nacional, infestado en todas sus
partes á virtud de las citadas trasposiciones; y así fué como Felipe,
al dividirse la herencia del Emperador, imposibilitando el sueño
universal de la monarquía, soñó el Imperio Cristiano como una oportuna
compensación.
Las insurrecciones forales, habían mostrado con harta elocuencia la
estructura intrínsecamente federal del país; vencidas, impusieron
transacciones que contrariaban la soñada unidad. El gobierno carecía
realmente de fuerza militar y económica para imponerla; los intereses
eran distintos y aun adversos en las diferentes regiones; la raza y
el idioma se encontraban en el mismo caso. Nada común tenían fuera
de la religión, y á ella decidió apelar el monarca para realizar sus
designios. La Inquisición llegaría con esto al máximum de poderío como
instrumento fiscal.
Pero el sueño universalista no residió inútilmente en la cabeza del
siniestro Habsburgo, de tal modo que su propósito tuvo por complemento
la unificación «cristiana» de la Italia, la Francia y el Portugal.
Era un pensamiento político grandioso, pero anacrónico, y así no
ocasionó consecuencias sino en el orden interno y bajo la faz
religiosa, por ser la religión su inspiradora.
La conquista espiritual fué su producto, al haberse vuelto imposible
la conquista política hacia la cual se marchaba secundariamente, y el
gobierno adoptó en definitiva su ideal teocrático.
Semejante final se preparaba desde muy antiguo, pues ya Alfonso el
Batallador había fundado en su época más de quinientas iglesias y
dotado más de mil monasterios, acabando por heredar con su propio reino
á las órdenes militares de la Tierra Santa. Era, pues, una tradición de
la monarquía.
Cerca de diez mil casas religiosas, poblaron la Península;[39]
el clero, instrumento precioso de la empresa, duplicó su poderío,
que no hacía, después de todo, sino realzar el mal ejemplo de
la improductividad; y como la conquista religiosa derivaba tan
directamente de la guerrera, militar fué el espíritu de la orden que
encarnó aquel ideal.
La Compañía de Jesús fué creada con el objeto ostensible de combatir
al protestantismo--y hasta puede creerse que su fundador no tuvo otro;
pero las instituciones populares, son siempre una copia reducida del
medio donde nacen, dependiendo su éxito de su conformidad con las
tendencias predominantes en él. El rápido incremento de la Compañía,
demuestra entonces cuánta era esta conformidad.
San Ignacio que había sido militar, y hasta militar exageradísimo, por
la natural expansión de su rica naturaleza, refundió en su creación la
tendencia agonizante con la que venía á reemplazarla, en procura del
mismo ideal dominador, pero adaptándose, en su carácter religioso, á
los nuevos tiempos.
El remonte místico fué la postrer llamarada de un foco que se
extinguía, pues á pesar de todo, el racionalismo de origen protestante,
operaba de consuno con las necesidades de la naciente civilización.
Predominó en la orden el carácter político, dentro de la organización
militar (la «Compañía» y la «milicia de Jesús» son sus denominaciones
corrientes); y al revés de las comunidades contemplativas, no rehuyó el
contacto del mundo al tomar éste sus nuevas direcciones. La evolución
conjunta del derecho y de la teología hacia el solo respeto de las
formas, convirtióse en realidad. El posibilismo se substituyó á la
intransigencia, vale decir la razón al sentimiento, pues según queda
expresado, el ambiente racionalista se insinuaba también en la Iglesia,
modificando su _modus operandi_; y ésta, en la persona de los jesuitas,
se plegó á sus exigencias, conservando en su estructura externa aquella
tradicional rigidez que tan bien simulaba la infalibilidad, base de su
prestigio, pero en cuyo fondo estaba el escepticismo utilitario, que
con tal de llegar á su fin no repara mucho en los medios.
Este modo de ver las cosas no fué, como el fanatismo anticlerical
ha pretendido, una especialidad jesuítica. Su esencia está en la
misma forma de la civilización comercial que empezaba, iniciando á
la vez nuevos conceptos morales. Es que la respetabilidad, ó sea
la conformidad puramente externa con los principios establecidos,
reemplazaba, como norma de adaptación social, á la devoción del período
místico, señalando nuevas posiciones á la conciencia humana, y haciendo
posible entre otras cosas la libertad del pensamiento, ó produciendo,
en términos más generales, un individualismo más radical. San Ignacio
y Maquiavelo fueron contemporáneos.
La época se presentaba propicia para la evolución que señalo, pues las
ideas modernas, que eran la degeneración progresiva de sus precedentes,
no habían llegado á distanciarse de éstas tanto como para entrar en
oposición, constituyendo otra circunstancia favorable lo poco definidas
que estaban aún sus correlaciones. Nadie podía sospechar entonces,
que el racionalismo y la libertad comercial, traían consigo las
instituciones representativas; pues siendo el gobierno lo último que
cambia, según advertí al comentar su verbo específico, las monarquías
continuaron en floreciente situación.[40]