[30] Las tres vidrieras del segundo arco superior á la izquierda del

coro en la catedral de Chartres, fueron donadas por San Fernando de

Castilla cuya estatua ecuestre se ve aún en la rosa del mismo punto, y

es lo único que resta de la donación, pues aquéllas fueron retiradas en

1788.

[31] Uno de los primeros ensayos de la imprenta en Francia, fué el

_Speculum vitæ humanæ_, dedicado en 1470 á Luis XI por los impresores

en señal de gratitud, y cuyo autor fué Rodrigo, obispo de Zamora.

[32] Un francés, Aimeri Picaud, había escrito en el siglo XII, la obra

quizá más completa que exista sobre San Santiago, pues hasta contiene

en uno de sus libros--el IV--los itinerarios para la peregrinación

á Compostela. Esta obra fué atribuida durante mucho tiempo al papa

Calisto II; hasta que Delisle y Le Clerc en Francia y el P. Fita en

España, desvanecieron el error.

[33] Con un ligero error, que el lector salvará fácilmente, pues de

otro modo la síncopa carecería de sentido.

[34] Éste fué en efecto el título de la obra de John Selden, que refutó

á Grocio 37 años después, y es el trabajo más conocido en su género,

aunque no el primero ni el único. En efecto, Welwood había hecho ya lo

propio con su «An abridgement of all Sea-Lawes», en 1613; siguiéndole

en 1625 el P. Freitas, con su «De Justo Imperio Lusitanorum Asiatico».

La obra de Selden apareció en 1636.

[35] No eran los españoles los únicos en esto. Inglaterra, Venecia,

Génova, tenían por de su dominio exclusivo el Mar del Norte, el

Adriático y el golfo llamado entonces de Liguria; pero el libro de

Grocio era sobre todo contra España, que hizo cuanto pudo para cerrar

el Mar de las Indias á los holandeses.

[36] En el siglo XVIII, Holanda reglaba el cambio en Europa; su florín

daba el tipo monetario de las cotizaciones.

[37] La coincidencia es curiosa por su perfecta exactitud. No hay, en

efecto, desde 1492 á 1582, más que 5 grandes navegantes ingleses que

surquen el Océano: Rut en 1527; Willoughby en 1553; Frobisher en 1577;

Drake en 1577-80, y Gilbert en 1578-83: lo cual hace 90 años cabales.

[38] Aunque la Academia da por anticuada esta forma verbal la uso

como función del sustantivo empréstito, que no la tiene ahora, pues

«prestar» significa precisamente lo contrario.

[39] Esto fué en progreso creciente; pues Campomanes estimaba los

religiosos de ambos sexos de su tiempo, en 200.000 individuos. Ciento

treinta años antes, añade, es decir en 1622, pues se refiere á 1752,

ascendían á sólo 60.000.

[40] En el acta de independencia de Holanda, los Estados Generales

habían puesto, sin embargo, la significativa declaración de que «los

pueblos no estaban hechos para los príncipes, sino los príncipes para

los pueblos.»

[41] Alguna vez he mencionado las correcciones hechas al Breviario, en

1631, por los jesuitas Galucci, Strada y Petrucci, de orden de Urbano

VIII. Llegaron á 900, y suprimieron cuanto en la poesía mística de los

primeros siglos fué audacia de expresión, neologismo, forma nueva: todo

quedó nivelado al cartabón pedante del humanismo.

[42] Véase en el capítulo V la participación de los franciscanos en

la revolución Comunera. La análoga de Aragón, que tuvo por víctima

expiatoria á Lanuza, parece que no les fué tampoco antipática, según

era lógico, dado el carácter popular de la Orden. Fueron sus miembros

quienes dieron sepultura á los restos del desgraciado Justicia.

II

=El futuro imperio y su habitante.=

El territorio que á los ochenta y cuatro años de su descubrimiento

formaría el centro del Imperio Jesuítico, parecía realizar con su

belleza las leyendas circulantes en la España conquistadora, sobre

aquel Nuevo Mundo tan manso y tan profícuo.

Si Colón se había creído en las inmediaciones del Paraíso al tocar

la costa firme, arrebatada su misma imaginación de comerciante con

la maravilla tropical, los conquistadores que entraron al centro del

Continente por el Plata y por el Sur del Brasil, pudieron suponer lo

propio.

Menos grandioso el paisaje, pero más poético; añadiendo los encantos

del clima y del acceso fácil á su gracia original, y alternando en

discreta proporción el bosque virgen con la llanura, el río enorme con

el arroyo pintoresco, su belleza se adaptaba mucho mejor á aquellos

temperamentos meridionales.

Por grande que fuera su rudeza, el entusiasmo debió llegar á lo

grandioso, si se considera el fondo místico de la empresa y sus

contornos épicos. La geografía, recién escapada á las invenciones

medievales, que durante mil años estuvieron tomando de Plinio cuanto

hay en éste de más quimérico, aumentaba con lo incierto de sus datos la

impresión legendaria.

Las ideas reinantes sobre el Nuevo Mundo eran en realidad tan vagas,

que en 1526, cuando la expedición de Gaboto empezó definitivamente

la conquista del Río de la Plata y del Paraguay, François de Moyne,

en su tratado _De Orbis situ ac descriptione_, tomaba al Asia, á la

Europa y á Méjico, por un solo continente, atribuyendo una costa no

interrumpida y común á la Suecia, la Rusia, la Tartaria, Terranova y la

Florida. Verdad es que en 1550, Pierre Desceliers protestó de semejante

confusión en su mapa-mundi, aludiendo visiblemente á Moyne; pero la

perplejidad siguió por muchos años todavía, engendrando los planes más

insensatos.

El nuevo país de que la conquista se enseñoreaba, no favorecía mucho,

sin embargo, las empresas puramente bélicas; y así, sus ocupantes

debieron limitarse casi del todo al cometido de exploradores. Los

naturales presentaron escasa resistencia, los grandes ríos facilitaron

desde el comienzo las excursiones, y puede decirse que, fuera del

bosque, la arduidad de la empresa no fué extrema.

La comarca se brindaba á primera vista para la fundación de un vasto

imperio. Desde su geología hasta su habitante, todo presentaba

caracteres uniformes.

Sobre las areniscas rojas, sincrónicas con el período cretáceo al

parecer, y en todo caso muy antiguas, un vasto derrame de basalto

imprimió al terreno su fisonomía actual. Otros dos productos de

este fenómeno, la completaron en la forma enteramente peculiar que

hasta hoy reviste. El primero es un ocre ferruginoso, que en las

capas profundas se manifiesta compacto y negruzco, pulverizándose y

oxidándose al contacto del aire, hasta constituir la arcilla colorada

que forma el suelo de la región; el otro es un conglomerado de grava,

en un cemento ferruginoso también, verdadera escoria que rellenó las

grietas del basalto, y cuyo clivaje denota vagamente una disposición

prismática, que facilita su desprendimiento en bloques casi regulares.

La nomenclatura popular llama á esta roca piedra _tacurú_, por la

semejanza que presenta con la estructura interna de los hormigueros

de este nombre. Sus yacimientos, que fueron muchas veces canteras

jesuíticas, permiten estudiarla bien, pues aquellos trabajos la

pusieron al descubierto en grandes superficies; y la regularidad de sus

bloques, de setenta á ochenta centímetros por costado generalmente,

sorprende por su parecido con la cristalización basáltica á la cual

acompañó.

Nuevos sacudimientos del suelo proyectaron á través de las grietas los

asperones primitivos, cuyo horizonte actual patentiza claramente este

fenómeno. En la costa paraguaya, frente á San Ignacio, hay una gruta

que pone á la vista el levantamiento en cuestión; y los cerrillos de

Teyú Cuaré, en la ribera argentina, lo ratifican mejor quizá con sus

vivas estratificaciones. Si el cauce del Alto Paraná es, como se cree,

una grieta volcánica, á lo menos hasta aquella altura--y ello me parece

evidente,--esos bancos de arenisca en sus orillas, demostrarían la

supuesta proyección.

Abundan también los lechos de cuarzo cristalino y aun agatado, aunque

éste menos común, predominando la misma roca en los cantos rodados de

los ríos. Las cornalinas y calcedonias que suele hallarse entre éstos,

deben provenir de las sierras brasileñas, pues su pequeñez indica lo

largo del camino que han debido recorrer; pero éstos son ya detalles

geológicos.

Lo que predomina es el basalto y los compuestos ferruginosos, desde el

ocre y el conglomerado que antes mencioné, hasta el mineral nativo,

fácilmente hallable en la costa del Uruguay, y los titanatos que con

aspecto de azúrea pólvora, jaspean profusamente las arenas.

Á esta exclusividad corresponde una no menos singular ausencia de

sal y de calcáreo; pues fuera del carbonato de cal, elemento de las

melafiras mezcladas al basalto en ciertos puntos, y de algunas tobas,

estratificados de la misma sustancia, que figuran en nódulos libres,

pero con mucha parsimonia en los terrenos de acarreo, no se advierte ni

vestigios. Las aguas, extraordinariamente dulces, demuestran también

esta escasez.

Un rojo de almagre domina casi absoluto en el terreno, contribuyendo á

generalizar su matiz, los yacimientos de piedra _tacurú_, fuertemente

herrumbrados; los basaltos y melafiras, con su aspecto de ladrillo

fundido, y el variado rosa de los asperones; con más que éstos son

accidentes nimios, pues la tierra colorada lo cubre todo.

El carácter geológico es uniforme, pues, y con mayor razón si se

considera su área inmensa; pues tanto las arcillas rojas, como el

traquito del que se las considera sincrónicas, se dilatan en línea casi

recta hasta el Mar Caribe, constituyendo el asiento de la gran selva

americana, extendida por la misma extensión, con el mismo carácter

de unidad sorprendente. Diríase que la extraordinaria permeabilidad

de ese ocre, facilitando la penetración de las aguas pluviales en su

seno, y en caso de sequía la imbibición por contacto con los depósitos

profundos, mantiene la humedad enorme que semejante vegetación

requiere; ocasionando á la vez poderosas evaporaciones,[43] condensadas

luego en aquellas lluvias constantes, cuya pluviometría alcanza al

promedio anual de 2 metros en Misiones, y de 3 arriba en el Norte del

Paraguay, contándose aguaceros de 800 milímetros. Esto explicaría

bien, me parece, la relación entre el bosque y su suelo.

La ausencia de sal y de calcáreo, que en Córdoba coexisten con las

areniscas rojas del extremo boreal de su sierra, y en los Andes con los

basaltos del Neuquén, puede que se haya debido en parte--pues nunca fué

abundante de seguro,--á la levigación, fácilmente ejecutada por las

lluvias en suelo tan permeable, pareciéndome igualmente claro que á

esta causa obedezca también su pobreza fosilífera.

Salvo algunas impresiones en las areniscas, los fósiles propiamente

dichos son tan escasos, que puede considerárselos ausentes. La falta

de calcáreo y de sal, explica esto en buena parte; pero como ella

resultaría á su vez de la permeabilidad del suelo, y de las lluvias

excesivas, en estas causas queda comprendido todo.

Á esa inmensa fertilidad, se agregaba lo riente del paisaje en el

centro del futuro Imperio Jesuítico. El derrame basáltico, dió al suelo

un aspecto generalmente ondulado por oteros y lomas que se alzan á

montañas, pero nunca imponentes ni enormes, desde que su mayor altitud

alcanza en lo que fué el límite N. E. de aquél, á 750 metros.

El triángulo formado por la laguna Iberá y los ríos Uruguay, Miriñay y

Paraná, es decir el actual territorio de Misiones, hasta el paralelo

26°, fué el centro del Imperio, y su aspecto da en conjunto la

característica de la región.

Cruzado por la Sierra del Imán, casi paralela á los dos grandes ríos

cuyas aguas divide, formaba un término medio entre la gran selva y las

praderas, contando además con la montaña y con la vasta zona lacustre

de la misteriosa Iberá, vale decir con todas las condiciones necesarias

para una múltiple explotación industrial.

Del propio modo que en las comarcas del Brasil y del Paraguay, situadas

á igual latitud, el bosque no es continuo en la región misionera. La

gran selva se inicia con manchones redondos, que tienen ya toda su

espesura; pero faltan todavía algunas plantas más peculiares, como los

pinos y la hierba, cuya aparición señala el comienzo de los bosques

continuos. Éstos, como en las dos naciones antedichas, están formados

por los mismos individuos; pero en la región argentina, más broceada

por la explotación industrial, no son ahora tan lozanos.

Generalmente circulares, fuera de los sotos, donde como es natural,

serpentean con el cauce, su espesura se presenta igual desde la

entrada. No hay matorrales ni plantas aisladas que indiquen una

progresiva dispersión. Desde la vera al fondo, la misma profusión de

almácigo; el mismo obstáculo casi insuperable al acceso; la misma

serenidad mórbida de invernáculo.

Su silencio impresiona desde luego, tanto como su despoblación; los

mismos pájaros huyen de su centro, donde no hay campo para la vista

ni para las alas. Nunca el viento, muy escaso por otra parte en la

región, conmueve su espesura. Los herbívoros se arriesgan pocas veces

en ella, y tampoco la frecuentan entonces los felinos. Algún carnicero

necesitado, ó aventurero marsupial, como el coatí y la comadreja,

afrontan, trepando al acecho por los árboles, tan difícil vegetación,

en busca de tal cual rata ó murciélago durmiente; pero aun esto

mismo acontece rara vez. Los árboles necesitan estirarse mucho para

alcanzar la luz entre aquella densidad, resultando así esbeltamente

desproporcionados entre su altura y su grueso.

Los escasos claros, redondeados por la expansión helicoidal de los

ciclones, ó las sendas que cruzan el bosque, permiten distinguir sus

detalles. Admirables parásitas, exhiben en la bifurcación de los

troncos, cual si buscaran el contraste con su rugosa leña, elegancias

de jardín y frescuras de legumbre. Las orquídeas sorprenden aquí

y allá, con el capricho enteramente artificial de sus colores; la

preciosa «aljaba» es abundantísima, por ejemplo. Líquenes profusos,

envuelven los troncos en su lana verdácea. Las enredaderas cuelgan en

desorden como los cables de un navío desarbolado, formando hamacas y

trapecios á la azogada versatilidad de los monos; pues todo es entrar

libremente el sol en la maraña, y poblarse ésta de salvajes habitantes.

Abundan entonces los frutos, y en su busca vienen á rondar al pie de

los árboles, el pecarí porcino, la avizora paca, el agutí, de carne

negra y sabrosa, el tatú bajo su coraza invulnerable; y como ellos son

cebo á su vez, acuden sobre su rastro el puma, el gato montés elegante

y pintoresco, el aguará en piel de lobo, cuando no el jaguar, que á

todos ahuyenta con su sanguinaria tiranía.

Bandadas de loros policromos y estridentes, se abaten sobre algún

naranjo extraviado entre la inculta arboleda; soberbios colibríes

zumban sobre los azahares, que á porfía compiten con los frutos

maduros; jilgueros y cardenales, cantan por allá cerca; algún tucán

precipita su oblicuo vuelo, alto el pico enorme en que resplandece el

anaranjado más bello; el negro _yacutoro_ muge, inflando su garganta

que adorna roja guirindola, y en la espesura amada de las tórtolas,

lanza el pájaro-campana su sonoro tañido.

Haya en las cercanías un arroyo, y no faltarán los capivaras, las

nutrias, el tapir que al menor amago se dispara como una bala de cañón

por entre los matorrales, hasta azotarse en la onda salvadora; el

venado, nadador esbelto. Cloqueará con carcajada metálica, la chuña

anunciadora de tormentas; silbarán en los descampados las perdices, y

más de un yacaré soñoliento y glotón, sentará sus reales en el próximo

estero.

En el suelo fangoso brotarán los helechos, cuyas elegantes palmas

alcanzan metro y medio de desarrollo, ora alzándose de la tierra, ora

encorvándose al extremo de su tronco arborescente, con una simetría

de quitasol. Tréboles enormes multiplicarán sus florecillas de lila

delicado; y la ortiga gigante, cuyas fibras dan seda, alzará hasta

cinco metros su espinoso tallo, que arroja á la punción un chorro de

agua fresca.

Por los faldeos y cimas, la vegetación arbórea alcanza su plenitud

en los cedros, urundayes y timbós gigantescos. El follaje es de una

frescura deliciosa, sobre todo en las riberas, donde forma un verdadero

muro de altura uniforme y verdor sombrío, que acentúa su aspecto de

seto hortense, sobre el cual destacan las tacuaras su panoja, en

penachos de felpa amarillenta que alcanzan ocho metros de elevación;

descollando por su elegancia, entre todos esos árboles ya tan bellos,

el más peculiar de la región--la planta de la hierba, semejante á un

altivo jazminero.

Reina un verdor eterno en esas arboledas, y sólo se conoce en ellas

el cambio de estación, cuando, al entrar la primavera, se ve surgir

sobre sus copas la más eminente de algún lapacho, rugoso gigante que

no desdeña florecer en rosa, como un duraznero, arrojando aquella nota

tierna sobre la tenebrosa esmeralda de la fronda.

Nada más ameno que esos trozos de selva, destacándose con decorativa

singularidad sobre el almagre del suelo. Sus meandros parecen caprichos

de jardinería, que encierran entre glorietas verdaderas _pelouses_. Los

pastos duros de la región, fingen á la distancia peinados céspedes; y

el paisaje sugiere á porfía, correcciones de horticultura.

Las palmeras--sobre todo el precioso _pindó_, de hojas azucaradas como

las del maíz,--ponen, si acaso, una nota exótica en el conjunto, al

lanzar con gallardía, me atrevo á decir jónica, sus tallos blanquizcos

á manera de cimbrantes cucañas; pero nada agregan de salvaje, nada

siquiera de abrumador á la circunstante grandeza. Ésta se conserva

elegante sobre todo, y los palmares que comienzan cada uno de esos

bosques, dan con su columnata la impresión de un pronaos ante la bóveda

forestal.

Serrezuelas entre las cuales corren ahocinados arroyos clarísimos,

que acaudalan con violencia á cada paso las lluvias, figuran en el

paisaje como un verdadero adorno formado por enormes ramilletes. Los

pantanos nada tienen de inmundo, antes parecen floreros en su excesivo

verdor palustre. Los naranjos, que se han ensilvecido en las ruinas,

prodigan su balsámico tributo de frutas y flores, todo en uno. El más

insignificante manantial posee su marco de bambúes; y la fauna, aun con

sus fieras, verdaderas miniaturas de las temibles bestias del viejo

mundo, contribuye á la impresión de inocencia paradisíaca que inspira

ese privilegiado país.

Reptiles numerosos, pero mansos, causan daño apenas; los insectos no

incomodan, sino en el corazón del bosque; hasta las abejas carecen de

aguijón, y no oponen obstáculo alguno al hombre que las despoja, ó al

hirsuto tamandúa que las devora con su miel.

Las mismas tacuaras ofrecen en sus nudos un regalo al hombre de la

selva, con las crasas larvas del _tambú_, análogas, si no idénticas en

mi opinión, á las del ciervo volador, que Lúculo cataba goloso.

El clima, salubre á pesar de su humedad extraordinaria, presenta como

único inconveniente un poco de paludismo en las tierras muy bajas. La

escarcha de algunas noches invernales, no causa frío sino hasta que

sale el sol, y el promedio de la temperatura viene á dar una primavera

algo ardiente. Viento apenas hay, fuera de las turbonadas en la

selva. Neblinas que son diarias durante el invierno, envuelven en su

tibio algodón á las perezosas mañanas. Ahogan los ruidos, amenguan la

actividad, retardan el día, y su acción enervante debe influir no poco

en la indolencia característica de aquella gente subtropical.

Cerca de mediodía, aquel muelle vellón se rompe. El cielo se glorifica

profundamente; verdean los collados; silban las perdices en las

cañadas; y por el ambiente, de una suavidad quizá excesiva, como

verdadero símbolo de aquella imprevisora esplendidez, el _morpho

Menelaus_, la gigantesca mariposa azul, se cierne lenta y errátil,

joyando al sol familiar sus cerúleas alas.

Á la tarde, el espectáculo solar es magnífico, sobre los grandes ríos

especialmente, pues dentro el bosque la noche sobreviene brusca, apenas

disminuye la luz. En las aguas, cuyo cauce despeja el horizonte, el

crepúsculo subtropical despliega toda su maravilla.

Primero es una faja amarilla de hiel al Oeste, correspondiendo con

ella por la parte opuesta una zona baja de intenso azul eléctrico,

que se degrada hacia el cénit en lila viejo y sucesivamente en rosa,

amoratándose por último sobre una vasta extensión, donde boga la luna.

Luego este viso va borrándose, mientras surge en el ocaso una

horizontal claridad de anaranjado ardiente, que asciende al oro claro y

al verde luz, neutralizado en una tenuidad de blancura deslumbradora.

Como un vaho sutilísimo embebe á aquel matiz un rubor de cutis,

enfriado pronto en lila donde nace tal cual estrella; pero todo tan

claro, que su reflexión adquiere el brillo de un colosal arco-iris

sobre la lejanía inmensa del río. Éste, negro á la parte opuesta, negro

de plomo oxidado entre los bosques profundos que le forman una orla

de tinta china, rueda frente al espectador densas franjas de un rosa

lóbrego.

Un silencio magnífico profundiza el éxtasis celeste. Quizá llegue de la

ruina próxima, en un soplo imperceptible, el aroma de los azahares. Tal

vez una piragua se destaque de la ribera asaz sombría, engendrando una

nueva onda rosa, y haciendo blanquear, como una garza á flor de agua,

la camisa de su remero...

El crepúsculo, radioso como una aurora, tarda en decrecer; y cuando la

noche empieza por último á definirse, un nuevo espectáculo embellece el

firmamento. Sobre la línea del horizonte, el lucero, tamaño como una

toronja, ha aparecido, palpitando entre reflejos azules y rojos, á modo

de una linterna bicolor que el viento agita. Su irradiación proyecta

verdaderas llamas, que describen sobre el agua una clara estela, á

pesar de la luna, y la primera impresión es casi de miedo en presencia

de tan enorme diamante.

Dije ya que aquellas tierras se prestan á todas las producciones.

Hay, sin embargo, algunas singularidades debidas á la constitución

geológica. Falta desde luego la tierra vegetal, el humus, que sólo se

encuentra en fajas de sesenta metros, término medio, á las orillas

de los arroyos, y en limitadas áreas bajo los bosques, como si su

formación fuera difícil, ora por la evolución laboriosa de la arcilla,

ora por ser muy nuevos los terrenos. Así, las Misiones propiamente

dichas, se prestan poco á la cría de ganados. Las praderas no producen

durante el invierno más que pastos muy duros--espartillo casi en su

totalidad,--y el bosque es más escaso todavía. Los ganados enflaquecen

horriblemente y sucumben en grandes cantidades; pues el recurso de

darles á comer ciertas palmeras y bambúes, es demasiado costoso

para dehesas un tanto crecidas. Durante el verano, las cosas andan

poco mejor, no existiendo en realidad otro forraje natural que la

gramilla de los terrenos pantanosos, con su precario rendimiento.

Sólo el maíz, que da casi siempre dos cosechas, y algunas veces tres

por año, podría compensar tal escasez, como elemento de ceba; pero

queda otro inconveniente más grave aún; quiero referirme á la falta

de sal, que no existe sino en pequeños ribazos de terreno vagamente

salitroso, preferidos por los animales del bosque, aunque de todo

punto insuficientes para grandes rebaños. La sarna, la tuberculosis y

las afecciones intestinales, causan estragos al faltar ese elemento,

impidiendo casi del todo la cría en grande escala.

Entiendo que en los esteros del río Corrientes se ha hecho alguna vez

con éxito la tentativa de obtenerlo, evaporando las aguas palustres; y

es sabido que aquéllos son campos de pastoreo; mas no sé que esto haya

pasado, ni con mucho, á una explotación regular.

Fuera de ese inconveniente, nada pone obstáculos á una vasta

prosperidad.

Abundan las ricas maderas, de tal modo, que el cedro reemplaza al pino

en la carpintería ordinaria. Los jesuítas habían cultivado con éxito

el arroz, pudiendo verse aún en ciertos terrenos bajos, durante las

sequías, vestigios de sus rastrojos. El trigo, que ahora no figura

entre los ramos de producción, bastaba entonces para la harina de

consumo. El algodón, el cacao y el añil, producían buenos rendimientos

y las viñas dieron regulares cosechas de vino.

El imperio jesuítico · 第 5 / 17 段