el título de César--segunda dignidad del imperio jamás otorgada á
ningún extranjero--y la muerte en pérfida emboscada dispuesta por el
emperador, la guerra entre éste y los aventureros, vuelve á encenderse.
Dos años batallan éstos en sus fortificaciones de Galípoli. Asolado el
país circunvecino hasta las mismas puertas de Constantinopla, aquella
especie de república militar emprende marcha con dirección á la Grecia,
después de haber puesto á saco todo el litoral del mar de Mármara
y sus islas, no sin haber alcanzado en audaz correría los mismos
contrafuertes del temido Balkán; estréllase en un ataque infructuoso
contra los monasterios del monte Athos; atraviesa el mar en dos ramas,
conquistando una de ellas la Tesalia y forzando las Termópilas, como
para que nada faltase á su gloria, apoderándose la otra de Negroponto y
llegando ambas hasta la frontera del ducado franco de Atenas que hacen
suyo en la sangrienta batalla de Copais, para conservarlo durante más
de tres cuartos de siglo y celebrar sus hazañas bajo el mismo augusto
techo del Partenón. Todo esto en sólo nueve años, de 1302 á 1311,
repletos con las más grandes proezas y los más soberbios pillajes de la
historia. La Anabasis griega resulta pequeña ante esta colosal empresa,
cuyo parangón sólo podrían darlo las más audaces ficciones de los
libros de caballería.
Distinguían al hombre de ley su venalidad y su torpeza. Si juez, el
delito se le escapaba siempre; si alguacil, su pesquisa no daba sino
en algún inocente desvalido, que pagaba por justos y pecadores. Era
costumbre inveterada, desde dos siglos atrás, que los _cuadrilleros_ de
la Santa Hermandad sisaran en los robos que descubrían. Las pandillas
de ladrones habían llegado á reservar la quinta parte de sus robos, en
los recuentos semanales que practicaban, como renta de soborno; éste
daba al empleado una fuente de recursos, si no lícita, tolerada á lo
menos; y con tales costumbres, el ideal de justicia fué substituido
por la perfección del procedimiento. La cuestión era tener víctima, y
para esto servía cualquier prójimo, encargándose del resto la tortura.
Derecho y jueces andaban á la greña. La obra escrita era admirable, y
las leyes de Indias forman por sí solas un monumento; pero el hecho
de ser uniforme para un Continente de regiones tan diversas, está
revelando su carácter artificioso. El conflicto residió siempre en
que la Corona legislaba, pero no tenía cómo aplicar su legislación.
El hombre de ley era un empleómano y de aquí provenían todos sus
defectos. Soberbio con el pueblo, bajaba en la oficina á instrumento
de sus subalternos, que le ganaban el lado flaco de la venalidad,
convirtiéndose en sus cómplices; y á estado semejante, correspondía por
parte del pueblo el más profundo desprecio hacia el hombre de ley.
Aquélla fué la edad de oro del rábula. La jurisprudencia, hermana de
la teología que degeneraba rápidamente en casuismo, llegó á ser una
habilidad de sofistas, en esgrima de cortapisas y subterfugios. El
alegato adquirió más importancia que la prueba; y aquella literatura
forense, presenta el más fértil enredo de suspicacia que se haya visto
nunca, bordado con sutilidad bizantina desde en el auto del juez hasta
en la rúbrica historiada del cartulario, sobre el fondo de barbarie
inconmovible que hacía del proceso un ojeo de hombres.
Por otra parte, la misma Universidad comenzaba el estrago. El juez, el
abogado, el escribano futuros, salían ya bribones de aquellas aulas,
cuya tortura mental, deformando los espíritus, daba por fruto una moral
igualmente contrahecha. Nada como el bachiller español en punto á
estafas, raterías y travesuras brutales. Ni los salmantinos escaparon
al contagio general. William Lithgow, viajero contemporáneo, decía en
1620, refiriéndose á la célebre universidad, que era en ella donde
nacían «aquellos enjambres de estudiantes cuyas picardías, robos y
mendicidad, poblaban la tierra.»
Esquilmados por sus tutores y bedeles; sin más recursos que la pensión
insuficiente ó la magra beca; atiborrados de indigesta erudición,
cohibidos por una disciplina de monasterio, la reacción de la
Naturaleza así violentada, los conducía al fraude libertador. Aquella
juventud, oprimida bajo el férreo arnés de juicios y prejuicios que
formaban la ciencia de la época, se escabulló en una jocosa truhanería.
Su vivacidad canalla fué, después de todo, el único regocijo en
aquellos páramos de la escolástica, la única protesta contra esa
ciencia en silogismos, que no había podido entender la lógica elemental
de Colón--la buena, la franca jovialidad que abría al racionalismo un
postigo con la sátira, concertando epigramas en el fondo de su bonete.
La avería del carácter no era menos honda, sin embargo. El
descreimiento en todo lo que no fuera argucia, se hizo de regla; la
pedantería, elevada á las nubes por una enseñanza insuficiente, injertó
en la cepa soldadesca del fanfarrón, duplicando su fuerza; y este paso
atrás se daba cuando Florencia, Londres y París, fundaban academias de
ciencias á tres y nueve años de intervalo;[16] cuando el periodismo
nacía en Venecia y en Amberes; cuando la filosofía positiva alboreaba
con Bacon. Pero si España podía defenderse con la ignorancia común,
todavía grande, aunque no intentara salir de semejante estado, alegando
que el doctor Sangredo, por ejemplo, imperaba en las cátedras de todo
el mundo, el derecho, que es la base de mi argumentación en esta parte,
se veía contrariado por tropiezos inherentes al medio.
El estado larval que implicaba su existencia en los fueros, se perpetuó
por la impotencia del gobierno monárquico para realizar la unidad,
en el único sentido que la habría hecho duradera; pues el espíritu
foral, enemigo encarnizado del romanismo, se conservaba violento á
pesar de las deformaciones. Había sufrido, sin cambiar en substancia,
la adaptación torpemente efectuada por los abogados del siglo XIV,
é intentada desde el anterior, al contacto, diríase íntimo, con los
bizantinos,[17] como que la madre de Jaime el Conquistador, por
ejemplo, fué nieta de Manuel Comneno I.[18] La barbarie feudal de esos
privilegios, chocó rudamente con el absolutismo latino de la monarquía,
pero sin intervención del pueblo, á no ser como carne de cañón.
Las tentativas para suprimir semejantes focos de separatismo en las
soberanías incorporadas, fueron éxitos más militares que políticos,
pues á los abolidos no se los compensó con nada mejor, dado que la
ley sustituyente era sólo un instrumento de explotación fiscal. Los
subsistentes, lógicos en los tiempos feudales, quedaron como un
arcaísmo, intrincando la legislación sin fruto alguno; y el Estado,
como se verá en breve, fué nada más que una policía incómoda, dedicada
por entero á la extorsión contributiva.
Sobrepúsose entonces la destreza leguleya al principio de equidad; toda
noción de rectitud quedó suprimida por el cohecho, la justicia fué un
privilegio á su vez en aquella subversión general, constituyéndose de
hecho el pueblo bajo la forma de una sociedad primitiva, donde cada
cual se hacía justicia á su modo, sin alcanzar el equilibrio de las
agrupaciones civilizadas, en que el derecho, que es la conveniencia de
los más, fundada y estatuida sobre el interés recíproco, se sustituye á
la fuerza y al individualismo bárbaro de la época feudal.
Los pueblos salían, entretanto, del ideal de gloria, que la Edad Media
mística y paladinesca les legara, entrando de lleno al de justicia, que
las aspiraciones democráticas traían consigo; y nada más distante de él
que ese derecho español, todo chicana bajo su cariz entre teológico y
curial.
El clero experimentó una evolución análoga. Sus cismas y
transgresiones, daban pasto abundante á la sátira popular. Ya durante
la Edad Media, había quedado clásico el sucedido de Ramiro II, que
profeso de los benedictinos y obispo de Pamplona, fué autorizado por el
antipapa Anacleto para casarse con la hija del duque de Aquitania, en
la cual tuvo á la reina Petronila; y durante el siglo XV, que acentuó
más aquellos vicios, hubo casos como el de don Alonso de Aragón, hijo
adulterino de Fernando el Católico y arzobispo de Zaragoza, padre á su
vez de un vástago natural y sacrílego, que le sucedió en el sagrado
cargo; ello sin contar la exaltación, mucho más concluyente, del
primogénito del Papa Alejandro VI, á quien el mencionado monarca hizo
duque de Gandía.
Tales excesos, rebajaron su prestigio. Con todo el respeto que
inspiraba, su condición disoluta no escapó á las férulas del cuento
picaresco. Éste reeditó, enriqueciéndolo con nuevos detalles, el tipo
del clérigo vividor, que _Novellinos y Decamerones_ habían paseado en
bragas sueltas á través de la Italia galante. Prebendados de triple
mentón y sensuales labios de berenjena; abades de culminante panza;
novicios cavernosos de flacura--son los mismos que divierten á la
Península, en parranda con mozas de chancleta y manga ancha; fieles
al ósculo de la bota y ambos brazos ocupados, ése por la guitarra de
las juergas, éste por la Justina ó la Flora, saladas biznietas de las
picantes Caterinas.
La Inquisición hizo la vista gorda ante aquellas impertinencias, que
denunciaban, por otra parte, un daño real. Toleró la avaricia y la
incontinencia del clero, sin duda porque no encontraba en ellas un
peligro para la integridad de la Iglesia; pero el cuento picaresco
jamás se metió con el dogma. El respeto hacia éste fué siempre grande.
Era la letra, es decir la forma intangible, que el Santo Tribunal
cuidaba con celo atroz. Poco importaba que las virtudes desalojaran la
construcción teológica. La religión se dejaba llevar también por el
extravío de las ideas dominantes. Su programa de estabilidad eterna, se
satisfacía con la permanencia del edificio.
Esta materialidad pervirtió su fervor primitivo, limitando sus
persecuciones al hereje rico. Su desdén por los gitanos, introductores
de brujerías tan peligrosas como los naipes, que fueron primitivamente
libros de suertes, es una prueba. El gitano era pobre, no presentaba
aliciente á la confiscación; resultando de esta tolerancia, que
el elemento asiático cuya productividad estaba demostrada por el
trabajo, fué expulsado; mientras el vagabundo de baja ralea, quedó
influyendo sobre la desorganización general, y agregando, con su
fecundidad característica, elementos de la peor especie al ya acentuado
orientalismo de la raza.
Chalán de mala ley, albéitar por consecuencia, contrabandista por
vocación, hechicero á ratos, trápala siempre, el gitano se halló pez
en aquellas turbias aguas. El medio le fué tan propicio, de tal modo
se avino con el pueblo, que las reales órdenes dadas en su contra con
progresiva frecuencia, desde el siglo XV al XVIII, jamás produjeron
efecto. Disfrutaba de la indiferencia pública, á causa de su condición
nada envidiable, cosa que no había ocurrido con el judío y con el moro.
Después de todo, el gitano era para éste _charamí_ (ladrón) y para
el español, _gitano_ (egipcio) simplemente. La diferencia me parece
significativa.
Infestó las campañas, que aún conservaban su núcleo de trabajadores,
convertido en mesonero cuyo traspatio era refugio de bandidos, donde
servían de añagaza al caminante adiestradas Maritornes.
La falta de caminos seguros y de ríos navegables, mató el comercio
interno, á punto que algunas provincias abandonaban sus cosechas en
el rastrojo por no tener cómo transportarlas, proveyéndose las otras
de cereales en el exterior. El bárbaro privilegio de la mesta, que
arruinaba la agricultura para hacer prosperar á los carneros, aumentó
la miseria general. El campesino se volvió á su vez tramposo; la
insolvencia esparció por las campañas sus negras inquietudes; leguleyos
tronados cayeron á punto con su aparato de latines; el hidalguillo
rural trocó la siembra por el pleito y bajó á la ciudad en busca de
tribunales; el labriego, sin trabajo en las tierras abandonadas, y
aplastado por servicios pesadísimos, como el de bagajería (_acembla_,
corrupción de acémila) que prestaba al Rey y á los nobles, siguió
sus huellas; produciendo esa enorme concentración urbana, que es una
tendencia de raza hasta hoy, es decir aumentando la ya innúmera falange
del proletariado crápula é incapaz.
Sólo la nobleza, que por sus condiciones de fortuna alcanzaba á
sostenerse correcta, conservó la tradición de honor, aunque exagerando,
por reflejo directo el orgullo del aventurero. Su ejemplo, que pudo
ser eficaz sobre el pueblo, quedó nulo, dada la distancia á que se
encontraba de él, así como su efectiva impotencia de minoría. El
espectáculo de su pompa, exasperaba, por otra parte, la sed de riquezas
á cualquier precio, con nuevos incentivos de fraude; y como elemento de
gobierno, adolecía de los defectos ya enunciados en éste.
No puede negarse que fomentó, á porfía con el monarca, las artes y
sobre todo las letras; pero éstas, retraídas al gabinete, carecieron de
influencia popular. La escolástica habíalas alcanzado también, con la
sola excepción de las novelas picarescas, que heredaron en el pueblo
la boga de los episodios de caballería, en combinación con los cuales
darían á España la joya más bella de su literatura.
Dichas novelas, destinadas á divertir ensalzando en prototipos
nacionales la trampa, el robo y la farsa, fueron la manifestación más
vigorosa del ingenio español, y la más original á la vez,[19] como
lo prueba la influencia de que gozaron durante dos siglos sobre las
literaturas europeas, así por la abundancia de sus traducciones,[20]
como por la afición á imitarlas. El pícaro español se volvió un tipo
internacional, debiéndose su éxito, así al efecto de contraste que
causaba con el paladín de las ficciones caballerescas, como á los
elementos realistas que componían su carácter. Cortado en la carne
viva del pueblo--paladín á su vez de la picardía y del fraude,--fué el
verdadero origen de la novela de costumbres, hasta por su indiferencia
perfectamente moderna ante las consecuencias morales de su actitud. En
la literatura española es lo único genuino, bien que lo escaso esté
aquí compensado con exceso por lo excelente.
Las demás formas literarias, confinadas según he dicho al gabinete,
fueron más bien obra de humanistas, como que su auge tuvo por preludio
la adaptación de los fueros al Derecho Romano, coincidiendo con la
reacción latina que recibió específicamente el nombre de gongorismo.
El Renacimiento en arte, y la unidad en política, confluían al
mismo cauce artificial. La teología y la jurisprudencia dominantes,
influyeron mucho sobre las letras españolas. El estilo forense,
antecesor inmediato del gerundiano, dejó su marca en la prosa seria,
sin excluir los sermones, de corte fuertemente curial. Las parténicas
del examen universitario, daban su modelo al discurso; el tono
jurídico, era de rigor; las intrigas dramáticas, resultaban simples
coartadas; en las más altas efusiones de la mística--otra veta casi
original del genio español--hay algo de abogadil... Nada extraño en
todo esto, si se considera la estrecha relación del derecho y de la
teología en aquella época: el mismo diablo tenía abogado para discutir
los procesos de canonización.
Las formas líricas, importadas de Italia,[21] que fué el granero
intelectual del Occidente cuando terminó el poder morisco--influyendo,
como ya dije, hasta en la novela picaresca, la creación literaria
más española,--no eran tampoco muy accesibles al pueblo. Carecían
de ilación con el romance, forma popular que no progresó; y siendo
productos de gabinete, cayeron á poco andar en el culto de la retórica.
Esta calamidad enfermó á toda la literatura. El retruécano se volvió
la gala más delicada del estilo, influyendo hasta sobre la ideación
filosófica. En las mismas efusiones religiosas se usaba de él; y nada
prueba lo vacío de semejante devoción, la falsedad intrínseca de tal
literatura, el frío interior de aquel pueblo al borde mismo del brasero
inquisitorial--como ese estilo que impone á los verbos sublimes,
contorsiones de acróbata para desahogarse con Dios.[22]
No obstante, esa literatura que era al fin benéfica, y mantenía la
dignidad intelectual enhiesta ante el derrumbe, pronto se ahoga
bajo la profusión retórica y agostada por su aislamiento entre la
ignorancia común. Al énfasis señorial de sus dramas, sucede una gárrula
parla de espadachines; á sus noblezas críticas, un gramaticalismo de
dómines; á su lírica un tanto endeble, míseras rimas en vocativo.
Los dos escritores más notables de aquella época, dan con su caso
respectivo una enseñanza más elocuente, si cabe. En efecto, la familia
cervantina se multiplica profusa, pero en una sola dirección--el estilo
del maestro. Ahora bien, el estilo es precisamente la debilidad de
Cervantes, y los estragos causados por su influencia han sido graves.
Pobreza de color, inseguridad de estructura, párrafos jadeantes
que nunca aciertan con el final, desenvolviéndose en convólvulos
interminables; repeticiones, falta de proporción, ese fué el legado de
los que no viendo sino en la forma la suprema realización de la obra
inmortal, se quedaron royendo la cáscara cuyas rugosidades escondían la
fortaleza y el sabor.
Quevedo, en cambio, mucho más castizo, mucho más artista, verdadero
dechado, fruto de meditación y flor de antología, murió sin sucesión,
de pie como un monolito en la coraza de su prosa. Encogiéronse de
hombros ante su profundidad tachada de «conceptismo», recogieron de su
pródiga troje sólo las aristas que volaba el viento, y el más noble
estilista español quedó transformado en un prototipo chascarrillero.
Llegó un poco más lejos, siendo más significativa, esa esterilidad.[23]
Cuando Italia florecía en artistas, al propio tiempo que los Borgias
imperaban en Roma, éstos, á pesar de su pródigo fausto, no tuvieron
una iniciativa en pro de la belleza. Aquel siglo del Renacimiento, que
en un solo año (1564) veía morir á Miguel Ángel y nacer á Shakespeare,
nada tuvo que agradecer á la familia pontificia española, sucedida,
para mayor contraste, por Julio II y por León X.
Otro detalle que revela el fondo artificioso de esa literatura, en
toda su amplitud, es que la mujer apenas afecta á la poesía. España no
tiene un solo «poeta del amor.»[24]
Nada, sin embargo, más propicio á la inspiración que la mujer española.
Poco interesa por de contado la alta dama, que es igual bajo todas
las latitudes. Clase media y pueblo, menos nivelados por el artificio
convencional, más sensibles al ambiente, más puros de raza, dan un tipo
decididamente admirable.
Férvidas morenas, que tienen, como la miel, su cualidad substantiva en
su dulzura. Muelles en la pereza oriental, que están denunciando la
pantorrilla baja, la lentitud cadenciosa del andar, el pie brevísimo,
la mirada que anticipa en languidez tristezas de amores. Apasionada
hasta la locura, su afecto era de una incorruptible fidelidad, que
naturalmente se exteriorizaba en altivez. El amor accidental, la
galantería, le eran casi desconocidos. La vida entera del amante le
parecía poco, pero es porque ella amaba hasta la muerte. Doña Juana
la Loca, es un caso de España. Su vida, consecuente con estos rasgos,
se eclipsa en el hogar. Madre, impera; y esposa, reina. Pero la
presión de los celos masculinos, la eternidad de aquella renunciación
del mundo, que significa el desenlace de su amor, le infunden una
gravedad cuyo fondo es tristeza; y la religión agrega su elemento
terrorista á esa sombra, imponiendo una actualidad de dolor en una
remota esperanza de ventura. No se amengua su exaltación, sin embargo,
antes crece en la melancolía. La devoción, que es su segundo amor, la
apasiona igualmente. Santa Teresa ha quedado proverbial. Fuego divino
y llama infernal, lo mismo la queman. Carnal ó celeste, su amor vive
en el arrebato. La monarquía, colaborando en esa devoción, más la
había sublimado. Estaban para ejemplos las venerables doña María de
Montpellier, doña Leonor, reina de Chipre, Santa Isabel de Portugal y
aquella adorable monjita, la infanta de Aragón doña Dulce, que á los
diez años fué religiosa. El hogar español, tan fieramente inviolable
que recuerda desde luego al harem, profundiza con su aislamiento esa
tendencia mística. Los hijos no podían sentarse á la mesa con sus
padres, mientras no fuesen caballeros, y aquéllos estaban autorizados
por la ley (Partida 4.ª, Título XVII, Ley VIII) á comérselos en caso
necesario. Tal la rigidez de ese hogar, donde el mismo sol entraba
furtivo. Su situación de plaza fuerte prolongó las formas domésticas
de la Edad Media. La señora fué centro de un pequeño mundo. Desde la
cocina al oratorio, toda la vida, con sus pequeñas industrias, sus
necesidades comunes, estuvo para ella entre esas paredes. Lo que el
castillo feudal había aislado por previsión guerrera, fué conservado
por los celos orientales. Pero á causa de la igualdad monogámica,
resultó favorable á la dignidad de la mujer. La calle fué para ella un
terreno vedado, al cual no se aventuraba sin su dueña y su rodrigón;
la escritura un arte galeoto; su aposento remedaba una celda monjil;
hombres, no veía otro que su confesor, fuera del padre y los hermanos
que la trataban con rígida cortesía.
La sangre, loca de sol, exasperada como por una infusión de especias,
al soplo enervante de las brisas africanas, podía con todos esos
recelos; y el discreteo de las «tapadas», que tornó clásicas la comedia
congénere, vengó de tantos agravios á la libertad y á la belleza.
Una amable rufianería de lacayos, escurrió billetes y madrigales
por las junturas de las imponentes cancelas. La Celestina se volvió
un personaje clásico; el percance de los galanes sorprendidos por
la ronda, ó muertos en duelo anónimo al pie de cómplices rejas, fué
argumento popular; pero justo es decir que semejante reacción, asaz
natural por otra parte, jamás llegó á la corrupción de las costumbres.
La dama española conservó integérrima su pulcritud en el arca de
su fidelidad. El asalto á los hogares demasiado herméticos, no fué
precisamente una proeza casquivana, y las conquistadas doncellas amaron
por lo común sólo á sus dueños. La mujer de la clase media mantuvo su
honestidad, y el adulterio fué casi siempre un pecado de Corte.
El pueblo no resistió tan bien á la corrupción general. El pícaro
se desdobló á poco andar en la pícara, sujeto específico como él.
De concierto con perillanes y bandidos, ésta fué activo fermento
de corrupción. Mestiza de judío, de moro, de gitano, presa de la
alcahuetería ó de la miseria, ella había operado la fusión de las
razas, al descender los de casta superior hasta sus brazos tentadores
y fáciles. Su tálamo fortuito en los pesebres de las ventas y los
sotos silvestres, alzado en ocasiones hasta la alcoba real, efectuó
la mezcla funesta para los elementos arios, que la guerra mantuvo
libres del contacto semita. Agente de la disolución ahora, propagaba
con fecundidad doblemente perniciosa las pestes del cuerpo y los males
del espíritu. Pero siempre desinteresada é instintiva, su prostitución
jamás fué sórdida; su fidelidad continuó descollando característica,
en los tugurios de la hampa. La altivez nativa acentuó siempre su
garbo, constituyendo una especie de lustre, que resaltaba lo mismo
entre blondas que entre harapos; y nadie pisó la tierra con gallardía
igual, cuando bajo la escolta de su majo pálido, derramaba por los
barrios bravíos aquella delicia de su carne amorosa, purpureando en
sus cabellos el clavel popular, suscitando con esos ojos, que evocaban
melancolías de lunas agarenas, lampos de navajas y candencias de
piropos.
Á ese impulso inspirador, que la verba improvisadora de los gitanos
estimulaba, tuvo aquella mujer su poesía. La musa plebeya realizó
en su honor, lo que no pudo el estro de los retóricos. Coplas mil
nacieron, al sonar su chapín destalonado en las aceras que desdeñaba el
brodequín de la duquesa; y la única poesía erótica de España, la que
aún vive con su gracia original, cuando ya nadie menciona los atildados
perifollos de academia, es fruto de su cuerpo.