NOTAS DEL TRANSCRIPTOR
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* * * * *
EL IMPERIO JESUÍTICO
EL IMPERIO JESUÍTICO
ENSAYO HISTÓRICO
POR
L. LUGONES
SEGUNDA EDICIÓN
CORREGIDA Y AUMENTADA
[Ilustración]
BUENOS AIRES
ARNOLDO MOEN Y HERMANO, EDITORES
Florida 323
1907
Imp. y estereotipia Casa Editorial Sopena.--Barcelona.
PREFACIO DE LA SEGUNDA EDICIÓN
_La buena acogida que tuvo el presente libro en su primera edición,
completamente agotada, ha dado ánimo á mis editores, los señores
Arnoldo Moen y Hermano, para lanzar esta segunda, cuyo éxito esperan
con mayor confianza que yo, y con mejor cálculo sin duda._
_He querido corresponder á su intento, corrigiendo escrupulosamente mis
páginas, enriqueciéndolas con nuevos datos y escribiendo otro capítulo,
donde trato de la política que los padres desarrollaron en el Paraguay._
_Reconozco que esta omisión desfavorecía mi primer trabajo; pero como
es tan raro en las letras salir perjudicado por exceso de concisión,
resulta que en el lapso de las dos ediciones, ha visto la luz un
documento tan importante como la «Historia de las Revoluciones de la
provincia del Paraguay», por el P. Lozano,[1]_ _proporcionándome una
nueva y preciosa fuente, en la cual mucho bebí desde luego. También
ello me ha servido para definir mi opinión sobre Antequera y sobre el
carácter de la revolución que encabezó; de suerte que no ha habido
sino ventajas en aquel silencio, determinado, después de todo, por una
recóndita vacilación de mi criterio._
_Se dirá que no es de historiador esta confesión; pero no me tengo por
tal, profesionalmente hablando, y desde Sócrates se ha hecho fácil ya,
la confesión de la propia ignorancia..._
_No quise escribir sino lo que sabia bien, quedándome siempre en la
conciencia, como carga asaz pesada, el remordimiento de no haberlo
sabido mejor._
_Es, por otra parte, lo que ofrezco á mis lectores con mayor confianza,
por la fe que tengo en virtud tan principal como la sinceridad. La
dulzura del fruto, es condición de su madurez; y lo tardío en ésta,
lejos de perjudicar, encarece más bien el mérito de lo sabroso._
Abril de 1907.
PRÓLOGO
El Gobierno, en decreto de junio del año pasado, encargóme la redacción
de este libro, que por voluntad suya, y por mi propia indicación, iba á
ser una Memoria.
Los datos recogidos sobre el terreno, así como la bibliografía
consultada, fueron ampliando el proyecto primitivo, hasta formar
la obra que entrego á la consideración del lector. Habría podido,
ciñéndome estrictamente al plan oficial, ahorrar mi esfuerzo,
compensándolo con abundantes fotografías y datos estadísticos; pero
he creído interpretar los deseos del Excelentísimo señor Ministro del
Interior,[2] á quien debo esta distinción, agotando el tema.
Así, la «Memoria» primitiva se ha convertido en un ensayo histórico, al
cual concurren la descripción geográfica y arqueológica, sin excluir--y
esto corre de mi cuenta--la apreciación crítica del fenómeno estudiado.
En cuanto á las ilustraciones, he optado por concretarme á lo
pertinente, aunque resulte de apariencia menos lucida que esa vaga
profusión, cuyo abuso constituye una enfermedad pública; pero éste no
es un libro de viajes ni una disertación amena.
Los dibujos y planos que presento--entre los cuales sólo hay dos
fotografías,--tienden realmente á «ilustrar» el texto, sin esperar que
el lector se divierta; por lo demás, los datos incluidos en él sobran
hasta para guiar á los «turistas», si su intrépida ubicuidad llega á
derramarse por aquellos escombros...
He titulado este trabajo EL IMPERIO JESUÍTICO, porque, como
verá el lector, dicha clasificación cuadra mejor que ninguna á la
organización estudiada. Los jesuítas habíanla clasificado con el nombre
de República Cristiana, correcto también; pero la palabra «república»
apareja ahora un concepto democrático, enteramente distinto del que
corresponde á aquella sociedad.
Su carácter imperial fué ya notado, aplicándose también á un título,
entre otros por el jesuíta Bernardo Ibáñez, quien escribió en 1770,
bajo el nombre de «Reino Jesuítico del Paraguay», una obra contra la
orden de la cual había sido expulsado.
No necesito advertir al lector, que fuera de ésta, no hay otra
coincidencia entre mi libro y la diatriba del sacerdote rebelde; pues
no tengo para los jesuítas, y por de contado para los que ya no existen
en el Paraguay, cariño ni animadversión. Los odios históricos, como la
ojeriza contra Dios, son una insensatez que combate contra el infinito
ó contra la nada.
Creo inútil hablar de mi viaje por el territorio de las Misiones,
bastándome decir que no se limitó á la parte argentina; pues temo que
el lector vea en mí uno de esos viajeros que hacen del héroe fácil, por
la misma razón á la cual debe su prestigio «el mentir de las estrellas».
Aprovecharé, sí, esta coyuntura, para agradecer en mi nombre y en el de
mis compañeros de exploración, sus finezas á las personas que durante
ella nos auxiliaron.
Ocupa el primer lugar el señor Juan J. Lanusse, gobernador de Misiones
y distinguido caballero que me ayudó con toda decisión. El doctor
Garmendia, Juez Letrado del Territorio, es también acreedor á mi
gratitud; y ella se extiende al señor Rafael Garmendia, administrador
de la Aduana; al ingeniero señor F. Fouilland; al Jefe de Policía,
señor Olmedo; á los comisarios de San José, Apóstoles y Concepción,
señores Silva, Rodríguez y Verón; al señor Gallardo, Juez de Paz de San
Carlos; al señor Castelli, administrador de la colonia Apóstoles; al
señor Augusto Gorordo, vecino de Concepción; á los señores Noriega y
García, comerciantes de Saracura; al señor Caldeira, de Santa María; al
señor Baumeister, cónsul argentino en Villa Encarnación (Paraguay); al
señor Zarza, Jefe político de Trinidad en el mismo país; á la señorita
Báez, maestra de escuela en el mismo punto; al señor Chamorro, vecino
de Jesús (Paraguay); al señor Mariano Macaya, comerciante de Santo
Tomás, y á los esposos Frèdèric Villemagne, cuidadores de las ruinas de
San Ignacio, hospitalarios vecinos cuya generosidad es inolvidable.
En cuanto al territorio de Misiones, constituye, como es sabido, una
belleza nacional que no necesita mi recomendación.
_Junio de 1903-mayo de 1904._
NOTAS:
[1] Edición de la «Junta de Historia y Numismática Americana»,
benemérita de los estudiosos entre los cuales humilde y agradecido me
cuento.
[2] Dr. D. Joaquín V. González.
ÍNDICE
ÍNDICE
CAPS. PÁGS.
PRÓLOGO 7
I. El país conquistador 11
II. El futuro imperio y su habitante 87
III. Las dos conquistas 119
IV. La conquista espiritual 153
V. La política de los Padres 195
VI. Expulsión y decadencia 217
VII. Las ruinas 235
EPÍLOGO 267
I
=El país conquistador.=
Antes de describir la situación y condiciones de la conquista
espiritual realizada por los jesuítas sobre las tribus guaraníes,
conviene sintetizar en una ojeada el estado del país donde aquéllos
tuvieron origen y bajo cuya bandera ejecutaron su empresa, con el
fin de no hallarnos de repente en su presencia, sin los antecedentes
necesarios á toda investigación.
Ello es tanto más necesario, cuanto que hasta ahora el asunto se ha
debatido entre los elogios de los adictos y las diatribas de los
adversos--unos y otras sin mesura--pues para ésos y éstos la verdad era
una consecuencia de sus entusiasmos, no el objetivo principal.
Tan escolásticos los clericales como los jacobinos, ambos adoptaron una
posición absoluta y una inflexible lógica para resolver el problema,
empequeñeciendo su propio criterio al encastillarse en tan rígidos
principios; pero es justo convenir en que el jacobinismo sufrió la
más cabal derrota, infligida por sus propias armas, vale decir el
humanitarismo y la libertad.
Producto de la misma tendencia á la cual combatía por metafísica y
fanática, el instrumento escolástico falló en su poder, tanto como
triunfaba en el del adversario para quien era habitual, puesto que
durante siglos había constituido su órgano de relación por excelencia,
cuando no su más perfecta arma defensiva.
Uno y otro descuidaron, sin embargo, el antecedente principal--la
filiación de la orden discutida y de la empresa que realizó.--Dando por
establecido que los jesuítas son absolutamente buenos ó absolutamente
malos, el estudio de su obra no era ya una investigación, sino un
alegato; resultando así que para unos, las Misiones representan
un dechado de perfección social y de sabiduría política, mientras
equivalen para los otros al más negro despotismo y á la más dura
explotación del esfuerzo humano.
No pretendo colocarme en el alabado justo medio, que los metafísicos
de la historia consideran garante de imparcialidad, suponiendo á las
dos exageraciones igual dosis de certeza, pues esto constituiría una
nueva forma de escolástica, siendo también posición absoluta; algo más
de verdad ha de haber en una ú otra, sin que pertenezca totalmente
á ninguna, pero es mi intención que el lector y no yo saque las
consecuencias del fenómeno descrito, y por bien servido me daré si hay
coincidencia.
Tampoco creo que reporte perjuicio á nadie el examen preliminar antes
indicado, y aun cuando así fuera, estoy completamente seguro que
no ha de causarlo á la verdad. El estudio de la conquista requiere
ese capítulo previo, que todas nuestras historias han descuidado, y
que da en síntesis, así como la semilla al árbol futuro, el sucesivo
problema de la Independencia. Lo más importante que hay en historia,
es el origen de los acontecimientos, si se quiere explicarlos por
medios humanos y clasificarlos en un orden cualquiera, dependiendo de
este concepto científico la rectitud de relaciones entre el autor y el
lector. Así la lógica viene á ser un organismo fecundo, no una mera
construcción dialéctica.
El conocimiento del estado en que se encontraba España al emprender y
realizar la conquista, resulta, pues, indispensable para apreciar este
fenómeno con claridad, puesto que fué naturalmente una consecuencia de
aquél.
Al descubrirse el Nuevo Mundo, España vacilaba entre el feudalismo
declinante y la nacionalidad naciente, como el resto de los países
europeos, agravada, sin embargo, esta situación de crisis, por un
fenómeno especial de la mayor importancia. Quiero referirme á la
impregnación morisca, que habían efectuado en su pueblo los ocho siglos
de dominación sarracena.
Es innecesario demostrar que ningún pueblo sufre en veinte generaciones
la conquista, sin resultar poco menos que mestizo del conquistador.
Por resistido que éste sea, por mucho que se le aborrezca, á la larga
establece relaciones inevitables con el vencido. Ellas son tanto más
rápidas, cuanto es en mayor grado superior la civilización de aquél,
pues une entonces al hecho consumado por la fuerza, la seducción
que ejercen las artes de la paz. Tal sucedió, precisamente, con la
conquista mahometana.
Sabido es que desde la confección y ejercicio de las armas, elementos
tan capitales entonces, hasta los principios de las ciencias naturales,
y las matemáticas introducidas por ellos en Europa, los árabes
sobrepujaron decididamente al pueblo avasallado, estableciendo sobre
él su dominio con tan decisiva ventaja. El feudalismo facilitó la
impregnación, al celebrar los señores frecuentes alianzas con el
enemigo común, para desfogar rencores ó dirimir querellas de vecindad;
y así como las cotas de nudos, que trenzaban con lonjas brutas los
guerreros godos, cayeron ante las hojas de Damasco, la rudeza nativa
cedió al contacto de la cultura superior.
Rasgos étnicos que todavía duran, con mayor abundancia donde fué
más intensa la conquista y donde el ambiente es más propicio á su
conservación, sin dejar de revivir por esto en las otras regiones con
intermitencias suficientemente reveladoras; el idioma, es decir lo
último que ceden los pueblos conquistados, como lo demuestran polacos
y albaneses, invadido de tal modo, que ni la reacción implícita en la
adopción del dialecto aragonés y castellano como lengua nacional, ni la
transformación latina de los humanistas, pudieron abolir desinencias,
prefijos característicos, y hasta elementos tan genuinamente nacionales
como las expresiones interjectivas, pues nuestro deprecatorio _Ojalá_
es textualmente el «_In xa Alá_» (¡si Dios quiere!) de los sarracenos.
La misma nobleza terciada de sangre judía, según lo propalaba un
libelo contemporáneo, el _Tizón de la nobleza de Castilla_, atribuido
al arzobispo Fonseca, que aun exagerando, por algo lo diría, así le
hubiera inducido, como se pretende, un resentimiento nobiliario: todos
éstos son elementos bastantes para demostrar la impregnación.
La independencia fué un desprendimiento lógico del tronco semita, el
eterno fenómeno de la mayoría de edad que se produce en todos los
pueblos, mucho más que un conflicto de razas.
Comprendo que sea más dramático y más susceptible de inflamar al
patriotismo, aquel puñado de montañeses asturianos que empezó la
heroica reconquista; mas los aragoneses tienen cómo oponer, y por
iguales motivos, la cueva de San Juan de la Peña á la de Covadonga y
Garci Ximènez á don Pelayo...
Algo de eso hubo sin duda, pero las guerras de independencia nunca son
un arranque de aventureros; y en aquel choque, colaboró decisivamente
el mismo elemento semita, el árabe español, que daba contra su raza por
amor á su tierra natal. Tres siglos bastaron para producir el mismo
fenómeno con los españoles en América: ¡cuánto más no alcanzarían ocho
en la Península, y mezclándose el factor religioso para precipitar la
separación!
El movimiento patriótico es, pues, bien explicable, sin necesidad de
recurrir á la guerra de razas, para dilucidar cómo España consiguió
su independencia del árabe, siendo substancialmente arábiga; pero sin
profundizar mayormente la tesis, puede sostenerse con verdad que los
dos pueblos en su largo contacto (la guerra lo es también, hasta en
términos específicos) se impregnaron mutuamente, engendrando un tipo
que, sin ser del todo semita, no era tampoco el ario puro de los demás
países de Europa.
Como es natural, los rasgos comunes de los antecesores se robustecieron
al sumarse, caracterizando fuertemente al nuevo tipo. El proselitismo
religioso-militar, que había suscitado en el Occidente las Cruzadas y
en el Oriente la inmensa expansión islámica; el espíritu imprevisor
y la altanera ociosidad característicos del aventurero; la
inclinación bélica que sintetizaba todas las virtudes en el pundonor
caballeresco, formaban ese legado. Rasgos semitas más peculiares,
fueron el fatalismo, la tendencia fantaseadora que suscitó las novelas
caballerescas, parientas tan cercanas de las Mil y Una Noches;[3]
y el patriotismo, que es más bien un puro odio al extranjero, tan
característico de España entonces como ahora.
Creo oportuno recordar á propósito que el semitismo español no
era puramente arábigo. Los judíos tenían en él buena parte, y sus
tendencias se manifiestan dominadoras en algunas peculiaridades, como
esa del patriotismo feroz.
Ellos y los árabes, resistieron cuanto les fué posible al destierro,
prueba evidente de que se hallaban harto bien en la Península.
Vencidos, perseguidos, humillados, sin esperanza de riqueza material
siquiera, sólo la atracción de la raza puede explicar su constancia.
Consideraban su patria á España, lo soportaban todo por vivir en
ella--no digamos años sino siglos después de la derrota,--sin la más
lejana idea de reconquista ya, dejando rastros de esta invencible
afección en toda la literatura contemporánea.
Los moros nunca abandonaron sus costumbres del todo, no digamos ya en
las Alpujarras donde disfrutaban de una autonomía casi completa, sino
en el resto de la Península y bajo su forzada corteza de cristianos;
igual sucedía con los hebreos, continuando esto, profundamente, la
impregnación que la guerra había abolido en la superficie.
Además España, militarizada en absoluto por aquella secular guerra
de independencia, se encontró detenida en su progreso social; y
este estado semibárbaro, que luego trataré detalladamente, unido al
predominio del espíritu arábigo-medioeval antes mencionado, le dió una
capacidad extraordinaria para cualquier empresa, en la que el ímpetu
ciego, que es decir esencialmente militar, fuera condición de la
victoria.
Carlos V sueña entonces la monarquía universal, que no era sino
una transposición en el terreno político, del sueño de la Iglesia
universal, ó si se quiere, su realización consecutiva; pero la
Iglesia sostenía también un ideal semita, puesto que el Cristianismo,
originariamente hebreo, era una prolongación de la ley mosaica, y
pretendía realizar por cuenta propia las promesas de dominación
universal, contenidas en ella para los hijos de Israel.
No faltaron al absurdo proyecto las coincidencias, que en ciertos
momentos históricos parecen acumularse con milagrosa oportunidad
en torno de un hecho cualquiera, bien que ello no demuestre sino
una convergencia de causas más ó menos ocultas, al efecto que las
caracteriza. Así el desequilibrio morboso, necesario para concebir como
realizable ese sueño enfermizo también, tuvo en Carlos V y Felipe II
dos augustos representantes.
La hipocondría hereditaria,[4] que produjo en uno el místico desvarío
de la abdicación, y en el otro la torva displicencia que sombreó todas
sus horas, engendró en ambos la misma ambición desatinada, quizá como
una válvula de los tormentos atávicos; y así, fracasado el plan del
Emperador entre las ruinas de un mundo que se desmoronaba, nació en
Felipe II la idea del Imperio Cristiano. Era una reducción del mismo
sueño, después de todo grandioso, pues contaba para efectuarse con el
dominio de medio mundo. España y sus posesiones constituían la base de
aquel designio, que si fracasó en su parte internacional, tuvo sobre el
pueblo la influencia más desastrosa.
Aquellos absolutistas, como nuestros demócratas de ahora, pretendían
conformar los acontecimientos humanos á principios metafísicos, tomando
por norma el ideal católico, del propio modo que éstos pregonan su
república universal sobre el concepto de una fraternidad abstrusa.
Ambos caminos que conducen fatalmente al despotismo, como lo demostró
tan claro el final imperialista de la Revolución, trastornan en la
mente de los pueblos toda noción de progreso recto, y extravían á poco
toda idea de libertad, substituyéndola por la rigidez de un principio
unitario, cuando su desideratum racional es una constante variedad
dentro del orden.
Los pueblos, que cuanto más ignorantes son, sienten más hondo el
influjo de las capas superiores, pues se encuentran más desprovistos
de medios de defensa y de apreciación, no tardan en conformar su vida
al principio dominante que se les sugiere como ideal; proviniendo de
aquí la importancia que tienen en su vida, las ideas fundamentales
cuyo respeto se les ha imbuido. Á los conceptos falsos en la mente,
corresponde casi siempre la falsedad de conducta, pues ideas y
sentimientos son como vasos comunicantes en los que no puede alterarse
parcialmente el nivel.
El Imperio Universal, y su sucedáneo el Imperio Cristiano, tuvieron
consecuencias desastrosas sobre el pueblo, como que pretendían
la supervivencia de un estado artificial; y de este modo, pronto
desaparecen á su sombra todas las virtudes que constituyen el término
medio común de las sociedades normales, para ser reemplazadas por
las condiciones heroicas, es decir de excepción, necesarias al
sostenimiento de un estado antinatural.
Por lo demás, la planta arraigó pronto, encontrando terreno propicio en
las tendencias dominantes del pueblo, pues aquellas dos monstruosidades
políticas fueron, ante todo, aventuras de paladines.
Bajo ese estado de crisis, mal cimentada aún la nacionalidad; el
derecho en pleno conflicto de los fueros consuetudinarios con
la unificación monárquica; el ideal absolutista en pugna con el
sentimiento federal; el feudalismo que caía, poderoso aún, y el pueblo
que se levantaba respetable; en esa crisis, el Descubrimiento produjo
una inundación de riquezas. No podían llegar en peor momento para
los destinos de la Península, pues fueron un tesoro en poder de un
adolescente.
El equilibrio á que tendían aquellos antagonismos, y que hubiera
llegado á establecerse después de las naturales oscilaciones, quedó
roto para siempre asegurando el triunfo de la política absolutista.
Floreció el pernicioso tema de la monarquía universal; y como el
éxito no estaba en relación con el esfuerzo, el pueblo, falto del
sensato reposo que da el trabajo para gozar de sus frutos, se entregó
ciegamente á la dilapidación de su lotería.
De tal modo, las tendencias de raza, el sentimiento religioso, el
concepto político, la misma obra de la independencia con su carácter de
militarismo exclusivo, la ignorancia general y el interés como remate,
constituyeron al pueblo español sobre un patrón heroico, que sustituyó
á la honradez con el pundonor y al deber con el entusiasmo. Admirable
máquina de guerra, la conquista formaba naturalmente su ideal, y el
destino le deparaba, con el Descubrimiento, un mundo entero en qué
realizarlo.
El siglo XVI fué el siglo del Conquistador. Al comenzar la Edad
Moderna, éste continuó el espíritu de la Edad Media. Obligado á ser
valeroso únicamente, pues era el defensor de la sociedad, que á la
sombra de sus armas trabajaba, y exento de todo otro esfuerzo y de
toda contribución, puesto que daba la de su sangre por labradores
y artesanos que costeaban gustosos su franquicia, todo se aunó
para constituirlo en ser privilegiado. El instinto aventurero que
las Cruzadas aguzaron hasta la locura, le dominaba enteramente. La
bravura, que después de todo era la única condición de sus empresas
y la garantía de su éxito, constituyó para él un culto; y siendo
solamente bravo, degeneró con toda facilidad en cruel. La misma
cortesía, que fué el rasgo amable de su condición romántica, se tuvo
por nada mientras no pudo tributar vidas de hombre á la prez de la
dama preferida. Poco á poco, los trofeos de honor se convirtieron en
su único salario, y como la guerra lo justificaba todo, el pillaje
fué para él ocupación lícita; despojó á mano armada, los derechos más
írritos, como el de fractura que enriqueció á tantos feudos ribereños,
consagraron sus demasías, y la protección á los bandoleros, flor de sus
huestes, fué tan celosamente conservada, que sólo bajo Felipe II, las
Cortes de Tarazona dieron á los oficiales reales potestad de penetrar
en los señoríos persiguiendo malhechores.
Con la ambición se hermanaban en su espíritu dos pasiones
correlativas--la superstición y el juego, siendo éste al fin y al
cabo un estado de guerra, en el cual, como en los trances bélicos,
son elementos decisivos de triunfo la audacia, la oportunidad y la
astucia; nada diré de la superstición, que fué la enfermedad espiritual
característica de la Edad Media, y quizá la más lúgubre forma de la
inquietud. Ya se sabe, por otra parte, que el jugador de raza es,
sobre todo, supersticioso. La inquietud de la Edad Media, que avivaron
de consuno iras celestes explotadas por la ambición de los monjes, y
conflictos de mundos, como aquella eterna y nunca resuelta amenaza del
Asia--exasperóse hasta la angustia en el alma sencilla del paladín.
Magias tenebrosas, importadas por órdenes como la del Temple, en cuyo
exterminio tanto influyó el miedo; pestes atroces, de procedencia
igualmente oriental; la alquimia cuyos prestigios confinaban con
la brujería; el peligro enorme que implicaba el dominio de España
y del Mediterráneo por fuerzas asiáticas; las leyendas de leprosos
siniestros, que atravesaban la Europa con mensajes de inteligencia
entre los sarracenos de Asia y los de España, para una acción conjunta
de la cual era sagaz avanzada el comercio judío; la astronomía
convertida en un simbolismo aterrador--todas estas circunstancias
dieron á la superstición un vuelo inmenso.
Es un hecho averiguado ya, que los Cruzados sufrieron su contagio
oriental, mucho más definido por cierto en España, donde el contacto no
fué ocasional y meramente guerrero, sino habitual durante ocho siglos:
otra circunstancia que acentúa los caracteres del aventurero español.
Aquel contagio, no hizo sino avivar en el ánimo del paladín los
rasgos fundamentales, puesto que provenía también de una civilización
aventurera. Armas civilizadas, éste no las tenía para luchar con
el terror que torturaba su espíritu. Toda su ciencia se reducía al
blasón, la cetrería y las armas; la filosofía era una especialidad
del monasterio; el arte una tarea de villanos y de vagabundos. No
le quedaba, entonces, otro refugio espiritual que la fe. En ella se
exaltó su bravura y se robusteció su superstición, puesto que era una
fe ignorante; y de ella resultó otro rasgo también saliente de su
carácter: la tenacidad.
Intrépido, no tenía en ello escasa parte su ignorancia, pues lo cierto
es que en fuerza de creer pequeño al mundo, los descubridores se
arriesgaron á la empresa que lo agrandó.
El orgullo de raza, despertado por las victorias sobre el infiel,
agregaba otro motivo á la bravura; y tal conjunto de cualidades y
defectos, entre los que sobresalían el coraje y la superstición,
dieron igual fondo imperioso á su carácter y á su ideal. Éste era en
lo cercano la fama y en lo remoto la religión, es decir dos pasiones.
De aquí la intolerancia dominadora y la ausencia completa de espíritu
práctico.
Idealista, la empresa que acomete no le interesa, sino porque puede
darle timbres de honor; supersticioso, tiene el alma predispuesta á la
fantasía de las tierras encantadas; bravo, la empresa más difícil le
parece poco para ilustrar su nombradía; ignorante, carece de los puntos
de comparación que podrían arredrarle, demostrando lo excesivo del
esfuerzo.
Las grandes expediciones, sin consecuencia hasta hoy, ni aun á título
de dato geográfico, cual la de aquellos temerarios aventureros que
se cruzaron la América desde Quito á la boca del Amazonas; las
exploraciones quiméricas en busca del clásico Eldorado, ó de las
inhallables ciudades de los Césares,[5] revelan en el conquistador,
de una manera concluyente, al paladín medioeval. Eran las Hircanias y
Guirafontainas de Amadises y Gaiferos.[6]
Esa aventura de la conquista fué una prolongación, por otra parte, del
estado militar en que dejó á España la guerra con el moro, sirviéndole
á la vez de estímulo, en contraposición al interés civil y al
progreso, afectados por el militarismo exclusivo. Después de todo, el
Descubrimiento había sido una consecuencia de esa situación.
Cerrado, ó estorbado á lo menos, el acceso del Mediterráneo por la
amenaza turca, la piratería trasladó al Atlántico su campo de acción,
familiarizándose con la alta mar; y buscando por ella una senda de
travesía, para evitar la obstruida ruta de las Indias, se dió con el
Nuevo Mundo. Así, el tipo del paladín y el acto del Descubrimiento,
fueron natural consecuencia de un estado social y político, no una
excelencia de raza ni una invención genial. El prestigio del aventurero
reside en lo pintoresco, tanto más acentuado cuanto es más discorde con
su tiempo; y el mérito de la empresa estriba puramente en su audacia;
pero tanto el hombre como la acción, son dos accidentes históricos, sin
ninguna importancia intrínseca excepcional.
Ella está, para mi objeto, en la expansión que dió al proselitismo
religioso-militar y al afán de riqueza inesperada, peculiares de
la empresa aventurera, haciendo de España el país conquistador por
excelencia.
Doble prueba de su especialidad en tal sentido, es su éxito y el
fracaso de las naciones restantes. La tentación era demasiado fuerte,
en efecto, para que éstas no intentaran un lance igual. El resultado
les fué adverso, y no se diga que por falta de marinos. Inglaterra
tuvo entre los mejores á Drake y á Frobisher; Italia, sin contar el
Descubridor, á Vespucio, Corsali, Verrazzano y Marco Polo; Francia á
Cartier, Roberval y Ribaut; sin contar aquellos bravos portugueses,
cuya fama envolvía al globo en red de hazañas, desde el Catay famoso
al bárbaro mar del África.[7] No llegaron ni con mucho á operar en la
misma escala que los españoles, y tanto Cortés como Pizarro siguen
siendo el modelo del Conquistador.[8]
Es que la conquista, por lo que tenía de quimérico, de colosal, de
problemático, era una empresa medioeval, cuyo cumplimiento requería
espíritus y tendencias medievales. Las demás naciones empezaban ya su
evolución moderna, modificando rápidamente la antigua estructura; se
hallaban en condiciones inferiores ante el caso especial, que requería
las peculiaridades abandonadas. Más calculadoras y utilitarias,
fracasaron en eso, porque progresaban en sentido moderno; y si no
acrecieron la honra, aumentaron el provecho, mientras los otros
realizaban el viejo ideal, alcanzando la miseria en la plenitud de su
gloria estéril.[9]
Para abrir el Nuevo Mundo, se necesitaba conquistadores, es decir
hombres de aventura que realizaran en un año lo que el colono,
sedentario por naturaleza, habría efectuado en un siglo. Y sólo España
tenía conquistadores. Los demás países, al volverse industriosos y
comerciantes, se tornaron colonizadores, siendo la colonia y las
instituciones representativas, consecuencias políticas del período
industrial.[10] Así se explica cómo habiendo ejecutado España la
apertura del Continente, fueron otros los que disfrutaron de su riqueza
en definitiva.[11] El oro de América no enriqueció propiamente á
España, puesto que no se transformó para ella en ramos permanentes de
producción; pasó á su través como por un cedazo demasiado ralo, sin
dejarle más que un residuo insignificante. En cambio le quitó, por
medio de la selección violenta que efectuaron de consuno las aventuras
y las quimeras, la población más viril; resultándole desastroso aquel
oro que le compraba su sangre.
La consecuencia es mucho más terrible, si se considera que junto con los
elementos mejores, perdía la esperanza de reaccionar, siendo aquello un
fenómeno análogo al encadenamiento de procesos destructores que mina
los organismos en decadencia.
Producto de la Edad Media que moría al empezar la conquista, el
aventurero llevó al principio la ventaja, aunque para el concepto
medioeval del paladín, es decir, del guerrero exclusivo á quien
sucedía, sea ya un tipo de decadencia; pero al correr los años, el
colono se sobrepuso lentamente hasta vencerlo, por su mayor conformidad
con las tendencias dominantes; y los resultados de uno y otro tipo,
con sus respectivos métodos de ocupación, quedan patentes en ambas
Américas. La del Norte, al libertarse, produce sobre todo hombres
de gobierno; si por algo peligra allá la libertad, es por carestía
de militares. Acá, es todo lo contrario; sobran guerreros y faltan
estadistas. Tal las consecuencias acarreadas por el predominio
respectivo del colono y del conquistador. Ambos fueron lógicos en el
momento de la conquista, porque éste era de transición, mas el uno
fincaba su prestigio en el pasado, mientras el otro contaba con el
porvenir.
Entretanto, los privilegios feudales pasaban al pueblo, que había
combatido con el Rey contra los señores, bajo la forma de empleos en la
administración, en la Iglesia y en el ejército. Pero esta alianza no
quitó al privilegio nada de su carácter odioso, y hasta agravó su daño
al difundirlo, determinando en el carácter nacional un individualismo
agresivo, que hizo de cada español un pequeño tirano, mucho más cuando
á esto se unía un enorme orgullo de raza, en el cual colaboraron el
fatalismo de cepa oriental y el egoísmo del conquistador afortunado.
Junto con los poderes feudales, pasó al pueblo el ideal guerrero, con
tanta mayor facilidad cuanto que aquél acababa de ser soldado con el
Rey. El clero fué separándose cada vez más de Roma, para colocarse
al lado del monarca, siguiendo la inclinación y las conveniencias
que emanaban de su origen popular; por último el empleado, sobrepujó
su exclusiva condición de amanuense, cuanto terminó la era puramente
militar, convirtiéndose en un resorte esencial de gobierno, al acrecer
su importancia la administración en la nacionalidad unificada. La
Iglesia, la administración, y el ejército proporcionaron, pues, las
profesiones más lucrativas, señaladamente este último. Los hombres
de más talento y de mayor ilustración, enganchábanse como soldados
rasos, tal era la estima en que se tenía á la carrera militar; pero
semejante limitación profesional, aparejaba el desdén de la agricultura
y del comercio. En estas ramas de la actividad no había nobleza, es
decir privilegio, careciendo de importancia por consiguiente para el
hidalgo--y el hidalgo formaba legión. En ciertas partes la hidalguía
era un derecho de nacimiento.
Los semitas, excluidos de esas tres profesiones honoríficas, buscaron
en el trabajo de la tierra y en el comercio, que por único recurso
les quedaban, fructuosa compensación; y la necesidad dominó su
indolencia oriental. Los judíos compraban la recaudación de las rentas
y tributos reales, volviéndose doblemente odiosos al asumir este
carácter fiscal, que era lo más aborrecido por un pueblo á quien las
exacciones agobiaban; y para colmo sus hijas, á costa de crecidas
dotes, enlazábanse con nobles tronados, según lo refiere el ya conocido
_Tizón de la nobleza de Castilla_, iniciando esa conquista comercial
del título, tan detestada en todos los tiempos y en todos tan eficaz.
El contraste alarmó bien pronto á los invadidos. La soberbia de raza
no pudo tolerar aquellas fortunas. La religión atizó el descontento
con su odio tradicional, y la expulsión, otra consecuencia absolutista,
dió á España la unidad de la miseria, que por cierto no había
buscado. España desapareció como país productor, y sobre el erial
que diariamente aumentaba, en aquella lucha por la esterilidad,
consecuencia de un ideal estéril, imperó como señor natural el
hidalgo haragán y soberbio, para quien el tiempo fué arena que dejaba
escurrirse al desgaire entre sus dedos, mientras mascullaba, susurrando
coplas, el mondadientes simulador de meriendas; flotante en la altivez
de su ojo arábigo un ensueño de Américas dilapidadas; su sangre
hirviendo con la sed de fiestas crueles; su corazón arponeado por
amores morenos; gran rodador de escudos, botarate magnífico, tan capaz
de un heroísmo como de una estafa; místico bajo la cota, guerrero bajo
la cogulla, y pronto siempre á tapar el cielo con el harnero de su capa
familiar.
Nadie sintió el estrago, mientras duraron las empresas militares y la
embriaguez de victoria que produjeron. Todo parecía conjurarse para
realizar el ensueño de riqueza mágica, en las pintorescas regiones
donde vestía de oro á su dueño la desnudez de la espada. Pero al
producirse la contracorriente conquistadora, en los comienzos del
reinado de Felipe II, comenzó el fracaso. La conquista no dió abasto
ya para la satisfacción del ideal nacional. Cubiertos de heridas sin
gloria por anónimas saetas de bárbaros; con un culto tal del coraje,
que las milicias castellanas consideraban cobardía el atrincherarse;
curtidos por su desamparo solar de ascios, que habían carecido hasta de
su propia sombra; más bravíos, si cabe, al contacto de la breña virgen;
orgullosos de haber sobrellevado peligros que semejaban fantasías
de leyenda, volvían á arrastrar su fastidio en el suelo natal asaz
estrecho.
Los pobres, se habían endurecido demasiado para doblegarse al yugo
del trabajo, en su intimidad con los fierros de pelea; los ricos, se
apresuraban á vaciar la escarcela en la carpeta. El desprecio del oro
conseguido en la guerra, que no era sino una indirecta ostentación de
valor, engendraba el desdén hacia toda aplicación productiva. Por nada
de este mundo habría degenerado el héroe en comerciante ó en labrador.
Acabada la fortuna, lo que acontecía en un tiempo harto breve, si
estaba aún vigoroso volvía al teatro de sus hazañas; si viejo, se moría
tranquilamente de hambre en su nostalgia de aventuras ultramarinas, ó
se metía asceta, para liquidar en la atrición sus cuentas de sangre
y de saqueo, pero sin que la reacción fuera jamás hacia el trabajo,
penuria de siervos y de gañanes.
El raudal de sangre pura que atravesó el Océano, tornaba viciado por
gérmenes de disolución, mucho más activos á causa del trasplante; y
aquella diseminación de aventureros, corrompidos por esa atroz libertad
de instintos que fué la conquista en el Nuevo Mundo, causó tanto daño
á la Península como la invasión gitana, y el azote de las plagas
inmundas con las cuales fué sincrónica.
La decadencia industrial de España asumió los caracteres de un
derrumbe, tan brusco cual lo fué el abandono en pos del ideal
conquistador. Cesaron las exportaciones de tejidos en lana y seda, de
cerámica[12] y otros artículos, que durante la época arábiga iniciaron
transacciones con Sicilia y Cerdeña, adquiriendo mayor importancia en
los mercados flamencos y alemanes. La química industrial, aplicada á
explotaciones como la del _oleum magistrale_ y la potasa que surtían
á Inglaterra, desapareció con los restos de la cultura morisca. El
desierto y el bosque avanzaron sobre huertas y sembradíos; y no parece
sino que una intención simbólica, bautizó al monumento clásico de la
monarquía con el nombre del _escorial_.
El fanatismo religioso que precipitó la despoblación, y los impuestos
excesivos, contribuyeron á matar el progreso español, presentándose
como consecuencias del absolutismo. La importancia comercial de España
había sido tan grande, que las naciones tenían adoptado por código
marítimo internacional el _Llibre del Consulat de Mar_, promulgado en
Cataluña, aceptando además como meridiano inicial el de las Azores.
La absorción militar de esos centros parciales de cultura, anuló
el progreso que habría sobrevenido, al incorporarse todos ellos en
la nacionalidad común, viniendo á ser la unidad un azote para la
Península; por otra parte, la conquista, al emplearse en ella lo más
selecto de la población, arrastró á América los mejores industriales, y
de consiguiente su industria, explicando esto cómo Méjico tuvo canales
dos siglos antes que Inglaterra, y telares de seda en 1543; y cómo en
tiempo del viaje de Humboldt se fabricaba pianos en Durango, mientras
en España no había ya quien los hiciera.
La concentración de productos brutos que iban de América en cantidades
inmensas, limitó la especulación comercial á un intercambio de materia
prima y manufacturas extranjeras, prolongando el régimen medioeval
de las transacciones en especies, al paso que toda la Europa salía
completamente de él.
Bálsamos, maderas, alimentos tan preciados como el azúcar, plumas,
pedrerías, pastas preciosas, artículos de fantasía que la riqueza
extranjera pagaba sin regateos, llevaron á España el oro del mundo;
improvisáronse fortunas colosales, los precios subieron hasta lo
fabuloso. El rezago aventurero de la Edad Media que acababa, buscó
aquel centro natural de reunión, agregando á la conquista su turbia
gloria los mercenarios de toda la Europa, desde el lansquenete
con su táctica famosa, hasta el griego insular con sus clásicas
piraterías.[13]
Combustibles en una hoguera, aumentaban el esplendor fugaz; pero sus
heces contribuyeron no poco á obscurecer el cuadro de la decadencia, á
cuyo fondo tenebroso añadía el contrabandista gitano las escorias de su
fragua clandestina.
La fácil transacción de toma y daca mató á la industria, ocasionando
con su magnificencia retrospectiva, una vez pasado el torbellino,
la continuación del sistema que produjo la decadencia. Los buques
españoles abandonaron los puertos europeos, para largarse hacia las
nuevas costas, cediendo el campo al comercio inglés. Éste dominó de tal
modo y tan rápidamente en la misma Península, que en 1564, el gobierno
español, en represalias de ciertas piraterías británicas, detuvo en sus
puertos treinta buques ingleses con más de mil marineros. La industria
española, que hubiera podido surtir al Nuevo Mundo, sucumbió en la
persona de sus artesanos, contagiados por la fiebre aventurera, siendo
sustituida por la británica[14] y volviendo más amargo el despertar
de aquel ensueño de grandeza. Éste dominó contra todo. Tentación
lograda, su prestigio subsistía en las mentes que trastornó, y si se
tiene en cuenta las predisposiciones nativas, es fácil comprender lo
imposible de una reacción. La fantasía suplió con sus creaciones al
perdido fausto; el orgullo heredó de gloria á la nación; la tenacidad
característica incrustó para siempre en su ánimo ese culto del pasado,
que no impone responsabilidad alguna al deudo, por ser esencialmente
decorativo.
El gobierno, aun siendo tan poderoso, defirió á las inclinaciones
nacionales con mayor fuerza quizá, siguiendo una tendencia
genérica. Efectivamente, «gobernar» en su acepción política, es la
expansión metafórica de un vocablo náutico--en realidad dirigir el
buque,--pudiendo continuarse la metáfora en sentido psicológico, si se
aplica á la situación del timonel. Éste y el gobernante se encuentran
realmente en la popa de la nave, no estando entonces llamados á
descubrir las nuevas tierras; y he aquí por qué solicitar de los
gobiernos iniciativas revolucionarias, equivale á sacarlos de su
cometido.
Aquella monarquía peninsular, que ni con mucho podía ser calificada de
progresista, dado su ideal absoluto y su concepto puramente militar del
mando, tenía además en la ignorancia pública una garantía de impunidad
á todo abuso. Excedióse, pues, en sentido retrógrado, y la acción
depulsora, que es común á todas, fué decidida contramarcha en ella.
Las fortunas, pasajeras como es natural en un medio de pura
especulación, y con tan rápida decadencia, desclasificaron, tanto en su
elevación como en su caída, otra buena parte del pueblo; y la libertad
de testar, adquirida por sucesivas desviaciones del derecho foral,
durante el siglo XVI, agravó la perturbación; pues los señores la
aprovecharon para heredar de preferencia á sus mancebas y bastardos.
El azar se volvió entonces un arbitrio económico, disminuyendo, hasta
perderse, toda noción de prosperidad normal. El empleado fué el único
que siguió lucrando, en una administración cada vez más complicada por
la necesidad de encontrar recursos en el impuesto, es decir, cada vez
más artificiosa. Foro, clero y ejército eran sus campos de explotación,
y cada uno tuvo su peculiar habitante.
En sus marchas á través de la Europa y del Asia, el soldado se había
vuelto el transeúnte del mundo. La azarosa colección de aquellas
milicias, que preludiaban en manera tan informe á nuestros ejércitos
regulares; el carácter de esas guerras, con el bandolerismo nómade de
los mercenarios que acudían á ellas como á una caza montes; la división
en mesnadas, completamente análogas á las corporaciones de bandidos,
con quienes las confederaban sus señores, hicieron de la vagancia una
costumbre militar, á la cual contribuía con su ligereza específica la
miseria del soldado. Éste la aceptó sin gran repugnancia. Recorrió el
globo trampeando, pues el saqueo constituía su jornal; la vida errante
le desvinculó de familia y patria; el ocio aventurero atrofió su
capacidad productiva; el desamparo en semejante medio, llevó al auge su
trapacería y sus mañas; y la adaptación á semejantes condiciones, tanto
como el abandono de toda virtud pacífica, dieron predominio absoluto
en su carácter al ingenio y al valor.
Con desenfado igual combatían por el Papa y mezclaban hostias al
forraje de sus caballos; cálices y copones, teníanlos por vajilla de
cantina; las vírgenes del Señor eran los pichones de su cuaresma;
de emparejarles la apuesta, habrían volcado la bola del mundo en
sus cubiletes. Langostas de la guerra, mucho más temibles que los
enjambres alados, la tierra fué el rastrojo que se comieron. Durante
años y años se los había visto pasar bajo los estandartes y las picas,
como á través de escueta vegetación, repercutiéndoles en el enjuto
estómago los tambores de piel de hombre; provocando el bigote con sus
petulantes antenas; cubiertos de remiendos internacionales sus calzones
de estambre y sus jubones de cordobán; limpios sólo de sable y de
bolsillo; mordido de herrumbre el peto, el birrete de hierro apuntado
por la mecha del arcabuz.[15]
Como ejemplo realmente épico que preludia dignamente la Conquista bajo
su faz militar, debe de citarse siempre las nunca bien celebradas
expediciones de los almogávares ó veteranos catalanes, que bajo las
órdenes de Roger de Flor llevaron su contingente al imperio bizantino
de los Paleólogos, amenazado hasta la ruina por los belicosos
principados en que se había dividido el vasto imperio de los sultanes
selyúkidos.
Llegados á Constantinopla en 1302, como salvadores del imperio,
en ventajosa sustitución de la célebre guardia escandinava de los
Værings, muy decaída por otra parte á la sazón, el emperador nombra á
su jefe _megaduque_ de la escuadra, otorgándole así el cuarto rango
del imperio, y le casa con una princesa sobrina suya. Así asegurados,
parten los almogávares para Cyzica, que toman como base de operaciones,
iniciando éstas por la Anatolia y la Mysia. Una marcha triunfal, que
dados la comarca y sus recursos resulta verdaderamente maravillosa para
aquellos seis mil aventureros, gota de agua en el movedizo océano de
las tribus sarracenas, les da el dominio de la Lidia y del valle del
Hermos, al paso que sus galeras van haciendo paralelamente el periplo
del Egeo. Ninfea, Meagnesia, Éfeso, todas las ciudades de la grande
historia romana y cristiana, caen en su poder. Intérnanse más todavía,
en las regiones casi legendarias de la Pisidia, la Licaonia, la Frigia,
la Caria y la Capadocia, hasta el célebre desfiladero de las Puertas de
Hierro, que da entrada por el macizo del Tauro á la Cilicia marítima.
Regresan, después de haber impuesto con el de su fama el respeto del
nombre bizantino en tan dilatado país, y traicionados por el emperador
á quien parecieron ya temibles con tal victoria, se atrincheran en la
península de Galípoli, cerrando así la entrada occidental del mar de
Mármara.