Con la ambición se hermanaban en su espíritu dos pasiones

NOTAS DEL TRANSCRIPTOR

En la versión de texto las palabras en itálicas están indicadas con

_guiones bajos_. Las palabras en negritas están indicadas =así=.

La cubierta de libro fue agregada por el Transcriptor y ha sido puesta

en el dominio público.

El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido el

de respetar las reglas de la Real Academia Española vigentes cuando se

publicó la edición de la obra utilizada para esta transcripción. El

lector interesado puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de

la Real Academia Española.

Es por ello que palabras como _vio_, _fue_, _dio_, por ejemplo, que en

esa época llevaban acento ortográfico, en esta transcipción aparecen

escritas con acento.

En la presente transcripción se adecuó la ortografía de las mayúsculas

acentuadas a la norma establecida por la RAE, que estipula que las

letras mayúsculas deben escribirse con tilde si les corresponde llevar

tilde según las reglas de acentuación gráfica del castellano, tanto si

se trata de palabras escritas en su totalidad con mayúsculas como si se

trata únicamente de la mayúscula inicial.

Algunas imágenes que se presentan en la versiones HTML, EPUB y MOBI de

la obra, en el libro original estaban separadas en dos páginas. En esta

transcripción se han unido y ocupan una sola página.

Errores evidentes de impresión y de puntuación han sido corregidos.

El Índice de capítulos, incluido en la publicación original al final,

ha sido trasladado al principio por el Transcriptor.

* * * * *

EL IMPERIO JESUÍTICO

EL IMPERIO JESUÍTICO

ENSAYO HISTÓRICO

POR

L. LUGONES

SEGUNDA EDICIÓN

CORREGIDA Y AUMENTADA

[Ilustración]

BUENOS AIRES

ARNOLDO MOEN Y HERMANO, EDITORES

Florida 323

1907

Imp. y estereotipia Casa Editorial Sopena.--Barcelona.

PREFACIO DE LA SEGUNDA EDICIÓN

_La buena acogida que tuvo el presente libro en su primera edición,

completamente agotada, ha dado ánimo á mis editores, los señores

Arnoldo Moen y Hermano, para lanzar esta segunda, cuyo éxito esperan

con mayor confianza que yo, y con mejor cálculo sin duda._

_He querido corresponder á su intento, corrigiendo escrupulosamente mis

páginas, enriqueciéndolas con nuevos datos y escribiendo otro capítulo,

donde trato de la política que los padres desarrollaron en el Paraguay._

_Reconozco que esta omisión desfavorecía mi primer trabajo; pero como

es tan raro en las letras salir perjudicado por exceso de concisión,

resulta que en el lapso de las dos ediciones, ha visto la luz un

documento tan importante como la «Historia de las Revoluciones de la

provincia del Paraguay», por el P. Lozano,[1]_ _proporcionándome una

nueva y preciosa fuente, en la cual mucho bebí desde luego. También

ello me ha servido para definir mi opinión sobre Antequera y sobre el

carácter de la revolución que encabezó; de suerte que no ha habido

sino ventajas en aquel silencio, determinado, después de todo, por una

recóndita vacilación de mi criterio._

_Se dirá que no es de historiador esta confesión; pero no me tengo por

tal, profesionalmente hablando, y desde Sócrates se ha hecho fácil ya,

la confesión de la propia ignorancia..._

_No quise escribir sino lo que sabia bien, quedándome siempre en la

conciencia, como carga asaz pesada, el remordimiento de no haberlo

sabido mejor._

_Es, por otra parte, lo que ofrezco á mis lectores con mayor confianza,

por la fe que tengo en virtud tan principal como la sinceridad. La

dulzura del fruto, es condición de su madurez; y lo tardío en ésta,

lejos de perjudicar, encarece más bien el mérito de lo sabroso._

Abril de 1907.

PRÓLOGO

El Gobierno, en decreto de junio del año pasado, encargóme la redacción

de este libro, que por voluntad suya, y por mi propia indicación, iba á

ser una Memoria.

Los datos recogidos sobre el terreno, así como la bibliografía

consultada, fueron ampliando el proyecto primitivo, hasta formar

la obra que entrego á la consideración del lector. Habría podido,

ciñéndome estrictamente al plan oficial, ahorrar mi esfuerzo,

compensándolo con abundantes fotografías y datos estadísticos; pero

he creído interpretar los deseos del Excelentísimo señor Ministro del

Interior,[2] á quien debo esta distinción, agotando el tema.

Así, la «Memoria» primitiva se ha convertido en un ensayo histórico, al

cual concurren la descripción geográfica y arqueológica, sin excluir--y

esto corre de mi cuenta--la apreciación crítica del fenómeno estudiado.

En cuanto á las ilustraciones, he optado por concretarme á lo

pertinente, aunque resulte de apariencia menos lucida que esa vaga

profusión, cuyo abuso constituye una enfermedad pública; pero éste no

es un libro de viajes ni una disertación amena.

Los dibujos y planos que presento--entre los cuales sólo hay dos

fotografías,--tienden realmente á «ilustrar» el texto, sin esperar que

el lector se divierta; por lo demás, los datos incluidos en él sobran

hasta para guiar á los «turistas», si su intrépida ubicuidad llega á

derramarse por aquellos escombros...

He titulado este trabajo EL IMPERIO JESUÍTICO, porque, como

verá el lector, dicha clasificación cuadra mejor que ninguna á la

organización estudiada. Los jesuítas habíanla clasificado con el nombre

de República Cristiana, correcto también; pero la palabra «república»

apareja ahora un concepto democrático, enteramente distinto del que

corresponde á aquella sociedad.

Su carácter imperial fué ya notado, aplicándose también á un título,

entre otros por el jesuíta Bernardo Ibáñez, quien escribió en 1770,

bajo el nombre de «Reino Jesuítico del Paraguay», una obra contra la

orden de la cual había sido expulsado.

No necesito advertir al lector, que fuera de ésta, no hay otra

coincidencia entre mi libro y la diatriba del sacerdote rebelde; pues

no tengo para los jesuítas, y por de contado para los que ya no existen

en el Paraguay, cariño ni animadversión. Los odios históricos, como la

ojeriza contra Dios, son una insensatez que combate contra el infinito

ó contra la nada.

Creo inútil hablar de mi viaje por el territorio de las Misiones,

bastándome decir que no se limitó á la parte argentina; pues temo que

el lector vea en mí uno de esos viajeros que hacen del héroe fácil, por

la misma razón á la cual debe su prestigio «el mentir de las estrellas».

Aprovecharé, sí, esta coyuntura, para agradecer en mi nombre y en el de

mis compañeros de exploración, sus finezas á las personas que durante

ella nos auxiliaron.

Ocupa el primer lugar el señor Juan J. Lanusse, gobernador de Misiones

y distinguido caballero que me ayudó con toda decisión. El doctor

Garmendia, Juez Letrado del Territorio, es también acreedor á mi

gratitud; y ella se extiende al señor Rafael Garmendia, administrador

de la Aduana; al ingeniero señor F. Fouilland; al Jefe de Policía,

señor Olmedo; á los comisarios de San José, Apóstoles y Concepción,

señores Silva, Rodríguez y Verón; al señor Gallardo, Juez de Paz de San

Carlos; al señor Castelli, administrador de la colonia Apóstoles; al

señor Augusto Gorordo, vecino de Concepción; á los señores Noriega y

García, comerciantes de Saracura; al señor Caldeira, de Santa María; al

señor Baumeister, cónsul argentino en Villa Encarnación (Paraguay); al

señor Zarza, Jefe político de Trinidad en el mismo país; á la señorita

Báez, maestra de escuela en el mismo punto; al señor Chamorro, vecino

de Jesús (Paraguay); al señor Mariano Macaya, comerciante de Santo

Tomás, y á los esposos Frèdèric Villemagne, cuidadores de las ruinas de

San Ignacio, hospitalarios vecinos cuya generosidad es inolvidable.

En cuanto al territorio de Misiones, constituye, como es sabido, una

belleza nacional que no necesita mi recomendación.

_Junio de 1903-mayo de 1904._

NOTAS:

[1] Edición de la «Junta de Historia y Numismática Americana»,

benemérita de los estudiosos entre los cuales humilde y agradecido me

cuento.

[2] Dr. D. Joaquín V. González.

ÍNDICE

ÍNDICE

CAPS. PÁGS.

PRÓLOGO 7

I. El país conquistador 11

II. El futuro imperio y su habitante 87

III. Las dos conquistas 119

IV. La conquista espiritual 153

V. La política de los Padres 195

VI. Expulsión y decadencia 217

VII. Las ruinas 235

EPÍLOGO 267

I

=El país conquistador.=

Antes de describir la situación y condiciones de la conquista

espiritual realizada por los jesuítas sobre las tribus guaraníes,

conviene sintetizar en una ojeada el estado del país donde aquéllos

tuvieron origen y bajo cuya bandera ejecutaron su empresa, con el

fin de no hallarnos de repente en su presencia, sin los antecedentes

necesarios á toda investigación.

Ello es tanto más necesario, cuanto que hasta ahora el asunto se ha

debatido entre los elogios de los adictos y las diatribas de los

adversos--unos y otras sin mesura--pues para ésos y éstos la verdad era

una consecuencia de sus entusiasmos, no el objetivo principal.

Tan escolásticos los clericales como los jacobinos, ambos adoptaron una

posición absoluta y una inflexible lógica para resolver el problema,

empequeñeciendo su propio criterio al encastillarse en tan rígidos

principios; pero es justo convenir en que el jacobinismo sufrió la

más cabal derrota, infligida por sus propias armas, vale decir el

humanitarismo y la libertad.

Producto de la misma tendencia á la cual combatía por metafísica y

fanática, el instrumento escolástico falló en su poder, tanto como

triunfaba en el del adversario para quien era habitual, puesto que

durante siglos había constituido su órgano de relación por excelencia,

cuando no su más perfecta arma defensiva.

Uno y otro descuidaron, sin embargo, el antecedente principal--la

filiación de la orden discutida y de la empresa que realizó.--Dando por

establecido que los jesuítas son absolutamente buenos ó absolutamente

malos, el estudio de su obra no era ya una investigación, sino un

alegato; resultando así que para unos, las Misiones representan

un dechado de perfección social y de sabiduría política, mientras

equivalen para los otros al más negro despotismo y á la más dura

explotación del esfuerzo humano.

No pretendo colocarme en el alabado justo medio, que los metafísicos

de la historia consideran garante de imparcialidad, suponiendo á las

dos exageraciones igual dosis de certeza, pues esto constituiría una

nueva forma de escolástica, siendo también posición absoluta; algo más

de verdad ha de haber en una ú otra, sin que pertenezca totalmente

á ninguna, pero es mi intención que el lector y no yo saque las

consecuencias del fenómeno descrito, y por bien servido me daré si hay

coincidencia.

Tampoco creo que reporte perjuicio á nadie el examen preliminar antes

indicado, y aun cuando así fuera, estoy completamente seguro que

no ha de causarlo á la verdad. El estudio de la conquista requiere

ese capítulo previo, que todas nuestras historias han descuidado, y

que da en síntesis, así como la semilla al árbol futuro, el sucesivo

problema de la Independencia. Lo más importante que hay en historia,

es el origen de los acontecimientos, si se quiere explicarlos por

medios humanos y clasificarlos en un orden cualquiera, dependiendo de

este concepto científico la rectitud de relaciones entre el autor y el

lector. Así la lógica viene á ser un organismo fecundo, no una mera

construcción dialéctica.

El conocimiento del estado en que se encontraba España al emprender y

realizar la conquista, resulta, pues, indispensable para apreciar este

fenómeno con claridad, puesto que fué naturalmente una consecuencia de

aquél.

Al descubrirse el Nuevo Mundo, España vacilaba entre el feudalismo

declinante y la nacionalidad naciente, como el resto de los países

europeos, agravada, sin embargo, esta situación de crisis, por un

fenómeno especial de la mayor importancia. Quiero referirme á la

impregnación morisca, que habían efectuado en su pueblo los ocho siglos

de dominación sarracena.

Es innecesario demostrar que ningún pueblo sufre en veinte generaciones

la conquista, sin resultar poco menos que mestizo del conquistador.

Por resistido que éste sea, por mucho que se le aborrezca, á la larga

establece relaciones inevitables con el vencido. Ellas son tanto más

rápidas, cuanto es en mayor grado superior la civilización de aquél,

pues une entonces al hecho consumado por la fuerza, la seducción

que ejercen las artes de la paz. Tal sucedió, precisamente, con la

conquista mahometana.

Sabido es que desde la confección y ejercicio de las armas, elementos

tan capitales entonces, hasta los principios de las ciencias naturales,

y las matemáticas introducidas por ellos en Europa, los árabes

sobrepujaron decididamente al pueblo avasallado, estableciendo sobre

él su dominio con tan decisiva ventaja. El feudalismo facilitó la

impregnación, al celebrar los señores frecuentes alianzas con el

enemigo común, para desfogar rencores ó dirimir querellas de vecindad;

y así como las cotas de nudos, que trenzaban con lonjas brutas los

guerreros godos, cayeron ante las hojas de Damasco, la rudeza nativa

cedió al contacto de la cultura superior.

Rasgos étnicos que todavía duran, con mayor abundancia donde fué

más intensa la conquista y donde el ambiente es más propicio á su

conservación, sin dejar de revivir por esto en las otras regiones con

intermitencias suficientemente reveladoras; el idioma, es decir lo

último que ceden los pueblos conquistados, como lo demuestran polacos

y albaneses, invadido de tal modo, que ni la reacción implícita en la

adopción del dialecto aragonés y castellano como lengua nacional, ni la

transformación latina de los humanistas, pudieron abolir desinencias,

prefijos característicos, y hasta elementos tan genuinamente nacionales

como las expresiones interjectivas, pues nuestro deprecatorio _Ojalá_

es textualmente el «_In xa Alá_» (¡si Dios quiere!) de los sarracenos.

La misma nobleza terciada de sangre judía, según lo propalaba un

libelo contemporáneo, el _Tizón de la nobleza de Castilla_, atribuido

al arzobispo Fonseca, que aun exagerando, por algo lo diría, así le

hubiera inducido, como se pretende, un resentimiento nobiliario: todos

éstos son elementos bastantes para demostrar la impregnación.

La independencia fué un desprendimiento lógico del tronco semita, el

eterno fenómeno de la mayoría de edad que se produce en todos los

pueblos, mucho más que un conflicto de razas.

Comprendo que sea más dramático y más susceptible de inflamar al

patriotismo, aquel puñado de montañeses asturianos que empezó la

heroica reconquista; mas los aragoneses tienen cómo oponer, y por

iguales motivos, la cueva de San Juan de la Peña á la de Covadonga y

Garci Ximènez á don Pelayo...

Algo de eso hubo sin duda, pero las guerras de independencia nunca son

un arranque de aventureros; y en aquel choque, colaboró decisivamente

el mismo elemento semita, el árabe español, que daba contra su raza por

amor á su tierra natal. Tres siglos bastaron para producir el mismo

fenómeno con los españoles en América: ¡cuánto más no alcanzarían ocho

en la Península, y mezclándose el factor religioso para precipitar la

separación!

El movimiento patriótico es, pues, bien explicable, sin necesidad de

recurrir á la guerra de razas, para dilucidar cómo España consiguió

su independencia del árabe, siendo substancialmente arábiga; pero sin

profundizar mayormente la tesis, puede sostenerse con verdad que los

dos pueblos en su largo contacto (la guerra lo es también, hasta en

términos específicos) se impregnaron mutuamente, engendrando un tipo

que, sin ser del todo semita, no era tampoco el ario puro de los demás

países de Europa.

Como es natural, los rasgos comunes de los antecesores se robustecieron

al sumarse, caracterizando fuertemente al nuevo tipo. El proselitismo

religioso-militar, que había suscitado en el Occidente las Cruzadas y

en el Oriente la inmensa expansión islámica; el espíritu imprevisor

y la altanera ociosidad característicos del aventurero; la

inclinación bélica que sintetizaba todas las virtudes en el pundonor

caballeresco, formaban ese legado. Rasgos semitas más peculiares,

fueron el fatalismo, la tendencia fantaseadora que suscitó las novelas

caballerescas, parientas tan cercanas de las Mil y Una Noches;[3]

y el patriotismo, que es más bien un puro odio al extranjero, tan

característico de España entonces como ahora.

Creo oportuno recordar á propósito que el semitismo español no

era puramente arábigo. Los judíos tenían en él buena parte, y sus

tendencias se manifiestan dominadoras en algunas peculiaridades, como

esa del patriotismo feroz.

Ellos y los árabes, resistieron cuanto les fué posible al destierro,

prueba evidente de que se hallaban harto bien en la Península.

Vencidos, perseguidos, humillados, sin esperanza de riqueza material

siquiera, sólo la atracción de la raza puede explicar su constancia.

Consideraban su patria á España, lo soportaban todo por vivir en

ella--no digamos años sino siglos después de la derrota,--sin la más

lejana idea de reconquista ya, dejando rastros de esta invencible

afección en toda la literatura contemporánea.

Los moros nunca abandonaron sus costumbres del todo, no digamos ya en

las Alpujarras donde disfrutaban de una autonomía casi completa, sino

en el resto de la Península y bajo su forzada corteza de cristianos;

igual sucedía con los hebreos, continuando esto, profundamente, la

impregnación que la guerra había abolido en la superficie.

Además España, militarizada en absoluto por aquella secular guerra

de independencia, se encontró detenida en su progreso social; y

este estado semibárbaro, que luego trataré detalladamente, unido al

predominio del espíritu arábigo-medioeval antes mencionado, le dió una

capacidad extraordinaria para cualquier empresa, en la que el ímpetu

ciego, que es decir esencialmente militar, fuera condición de la

victoria.

Carlos V sueña entonces la monarquía universal, que no era sino

una transposición en el terreno político, del sueño de la Iglesia

universal, ó si se quiere, su realización consecutiva; pero la

Iglesia sostenía también un ideal semita, puesto que el Cristianismo,

originariamente hebreo, era una prolongación de la ley mosaica, y

pretendía realizar por cuenta propia las promesas de dominación

universal, contenidas en ella para los hijos de Israel.

No faltaron al absurdo proyecto las coincidencias, que en ciertos

momentos históricos parecen acumularse con milagrosa oportunidad

en torno de un hecho cualquiera, bien que ello no demuestre sino

una convergencia de causas más ó menos ocultas, al efecto que las

caracteriza. Así el desequilibrio morboso, necesario para concebir como

realizable ese sueño enfermizo también, tuvo en Carlos V y Felipe II

dos augustos representantes.

La hipocondría hereditaria,[4] que produjo en uno el místico desvarío

de la abdicación, y en el otro la torva displicencia que sombreó todas

sus horas, engendró en ambos la misma ambición desatinada, quizá como

una válvula de los tormentos atávicos; y así, fracasado el plan del

Emperador entre las ruinas de un mundo que se desmoronaba, nació en

Felipe II la idea del Imperio Cristiano. Era una reducción del mismo

sueño, después de todo grandioso, pues contaba para efectuarse con el

dominio de medio mundo. España y sus posesiones constituían la base de

aquel designio, que si fracasó en su parte internacional, tuvo sobre el

pueblo la influencia más desastrosa.

Aquellos absolutistas, como nuestros demócratas de ahora, pretendían

conformar los acontecimientos humanos á principios metafísicos, tomando

por norma el ideal católico, del propio modo que éstos pregonan su

república universal sobre el concepto de una fraternidad abstrusa.

Ambos caminos que conducen fatalmente al despotismo, como lo demostró

tan claro el final imperialista de la Revolución, trastornan en la

mente de los pueblos toda noción de progreso recto, y extravían á poco

toda idea de libertad, substituyéndola por la rigidez de un principio

unitario, cuando su desideratum racional es una constante variedad

dentro del orden.

Los pueblos, que cuanto más ignorantes son, sienten más hondo el

influjo de las capas superiores, pues se encuentran más desprovistos

de medios de defensa y de apreciación, no tardan en conformar su vida

al principio dominante que se les sugiere como ideal; proviniendo de

aquí la importancia que tienen en su vida, las ideas fundamentales

cuyo respeto se les ha imbuido. Á los conceptos falsos en la mente,

corresponde casi siempre la falsedad de conducta, pues ideas y

sentimientos son como vasos comunicantes en los que no puede alterarse

parcialmente el nivel.

El Imperio Universal, y su sucedáneo el Imperio Cristiano, tuvieron

consecuencias desastrosas sobre el pueblo, como que pretendían

la supervivencia de un estado artificial; y de este modo, pronto

desaparecen á su sombra todas las virtudes que constituyen el término

medio común de las sociedades normales, para ser reemplazadas por

las condiciones heroicas, es decir de excepción, necesarias al

sostenimiento de un estado antinatural.

Por lo demás, la planta arraigó pronto, encontrando terreno propicio en

las tendencias dominantes del pueblo, pues aquellas dos monstruosidades

políticas fueron, ante todo, aventuras de paladines.

Bajo ese estado de crisis, mal cimentada aún la nacionalidad; el

derecho en pleno conflicto de los fueros consuetudinarios con

la unificación monárquica; el ideal absolutista en pugna con el

sentimiento federal; el feudalismo que caía, poderoso aún, y el pueblo

que se levantaba respetable; en esa crisis, el Descubrimiento produjo

una inundación de riquezas. No podían llegar en peor momento para

los destinos de la Península, pues fueron un tesoro en poder de un

adolescente.

El equilibrio á que tendían aquellos antagonismos, y que hubiera

llegado á establecerse después de las naturales oscilaciones, quedó

roto para siempre asegurando el triunfo de la política absolutista.

Floreció el pernicioso tema de la monarquía universal; y como el

éxito no estaba en relación con el esfuerzo, el pueblo, falto del

sensato reposo que da el trabajo para gozar de sus frutos, se entregó

ciegamente á la dilapidación de su lotería.

De tal modo, las tendencias de raza, el sentimiento religioso, el

concepto político, la misma obra de la independencia con su carácter de

militarismo exclusivo, la ignorancia general y el interés como remate,

constituyeron al pueblo español sobre un patrón heroico, que sustituyó

á la honradez con el pundonor y al deber con el entusiasmo. Admirable

máquina de guerra, la conquista formaba naturalmente su ideal, y el

destino le deparaba, con el Descubrimiento, un mundo entero en qué

realizarlo.

El siglo XVI fué el siglo del Conquistador. Al comenzar la Edad

Moderna, éste continuó el espíritu de la Edad Media. Obligado á ser

valeroso únicamente, pues era el defensor de la sociedad, que á la

sombra de sus armas trabajaba, y exento de todo otro esfuerzo y de

toda contribución, puesto que daba la de su sangre por labradores

y artesanos que costeaban gustosos su franquicia, todo se aunó

para constituirlo en ser privilegiado. El instinto aventurero que

las Cruzadas aguzaron hasta la locura, le dominaba enteramente. La

bravura, que después de todo era la única condición de sus empresas

y la garantía de su éxito, constituyó para él un culto; y siendo

solamente bravo, degeneró con toda facilidad en cruel. La misma

cortesía, que fué el rasgo amable de su condición romántica, se tuvo

por nada mientras no pudo tributar vidas de hombre á la prez de la

dama preferida. Poco á poco, los trofeos de honor se convirtieron en

su único salario, y como la guerra lo justificaba todo, el pillaje

fué para él ocupación lícita; despojó á mano armada, los derechos más

írritos, como el de fractura que enriqueció á tantos feudos ribereños,

consagraron sus demasías, y la protección á los bandoleros, flor de sus

huestes, fué tan celosamente conservada, que sólo bajo Felipe II, las

Cortes de Tarazona dieron á los oficiales reales potestad de penetrar

en los señoríos persiguiendo malhechores.

Con la ambición se hermanaban en su espíritu dos pasiones

correlativas--la superstición y el juego, siendo éste al fin y al

cabo un estado de guerra, en el cual, como en los trances bélicos,

son elementos decisivos de triunfo la audacia, la oportunidad y la

astucia; nada diré de la superstición, que fué la enfermedad espiritual

característica de la Edad Media, y quizá la más lúgubre forma de la

inquietud. Ya se sabe, por otra parte, que el jugador de raza es,

sobre todo, supersticioso. La inquietud de la Edad Media, que avivaron

de consuno iras celestes explotadas por la ambición de los monjes, y

conflictos de mundos, como aquella eterna y nunca resuelta amenaza del

Asia--exasperóse hasta la angustia en el alma sencilla del paladín.

Magias tenebrosas, importadas por órdenes como la del Temple, en cuyo

exterminio tanto influyó el miedo; pestes atroces, de procedencia

igualmente oriental; la alquimia cuyos prestigios confinaban con

la brujería; el peligro enorme que implicaba el dominio de España

y del Mediterráneo por fuerzas asiáticas; las leyendas de leprosos

siniestros, que atravesaban la Europa con mensajes de inteligencia

entre los sarracenos de Asia y los de España, para una acción conjunta

de la cual era sagaz avanzada el comercio judío; la astronomía

convertida en un simbolismo aterrador--todas estas circunstancias

dieron á la superstición un vuelo inmenso.

Es un hecho averiguado ya, que los Cruzados sufrieron su contagio

oriental, mucho más definido por cierto en España, donde el contacto no

fué ocasional y meramente guerrero, sino habitual durante ocho siglos:

otra circunstancia que acentúa los caracteres del aventurero español.

Aquel contagio, no hizo sino avivar en el ánimo del paladín los

rasgos fundamentales, puesto que provenía también de una civilización

aventurera. Armas civilizadas, éste no las tenía para luchar con

el terror que torturaba su espíritu. Toda su ciencia se reducía al

blasón, la cetrería y las armas; la filosofía era una especialidad

del monasterio; el arte una tarea de villanos y de vagabundos. No

le quedaba, entonces, otro refugio espiritual que la fe. En ella se

exaltó su bravura y se robusteció su superstición, puesto que era una

fe ignorante; y de ella resultó otro rasgo también saliente de su

carácter: la tenacidad.

Intrépido, no tenía en ello escasa parte su ignorancia, pues lo cierto

es que en fuerza de creer pequeño al mundo, los descubridores se

arriesgaron á la empresa que lo agrandó.

El orgullo de raza, despertado por las victorias sobre el infiel,

agregaba otro motivo á la bravura; y tal conjunto de cualidades y

defectos, entre los que sobresalían el coraje y la superstición,

dieron igual fondo imperioso á su carácter y á su ideal. Éste era en

lo cercano la fama y en lo remoto la religión, es decir dos pasiones.

De aquí la intolerancia dominadora y la ausencia completa de espíritu

práctico.

Idealista, la empresa que acomete no le interesa, sino porque puede

darle timbres de honor; supersticioso, tiene el alma predispuesta á la

fantasía de las tierras encantadas; bravo, la empresa más difícil le

parece poco para ilustrar su nombradía; ignorante, carece de los puntos

de comparación que podrían arredrarle, demostrando lo excesivo del

esfuerzo.

Las grandes expediciones, sin consecuencia hasta hoy, ni aun á título

de dato geográfico, cual la de aquellos temerarios aventureros que

se cruzaron la América desde Quito á la boca del Amazonas; las

exploraciones quiméricas en busca del clásico Eldorado, ó de las

inhallables ciudades de los Césares,[5] revelan en el conquistador,

de una manera concluyente, al paladín medioeval. Eran las Hircanias y

Guirafontainas de Amadises y Gaiferos.[6]

Esa aventura de la conquista fué una prolongación, por otra parte, del

estado militar en que dejó á España la guerra con el moro, sirviéndole

á la vez de estímulo, en contraposición al interés civil y al

progreso, afectados por el militarismo exclusivo. Después de todo, el

Descubrimiento había sido una consecuencia de esa situación.

Cerrado, ó estorbado á lo menos, el acceso del Mediterráneo por la

amenaza turca, la piratería trasladó al Atlántico su campo de acción,

familiarizándose con la alta mar; y buscando por ella una senda de

travesía, para evitar la obstruida ruta de las Indias, se dió con el

Nuevo Mundo. Así, el tipo del paladín y el acto del Descubrimiento,

fueron natural consecuencia de un estado social y político, no una

excelencia de raza ni una invención genial. El prestigio del aventurero

reside en lo pintoresco, tanto más acentuado cuanto es más discorde con

su tiempo; y el mérito de la empresa estriba puramente en su audacia;

pero tanto el hombre como la acción, son dos accidentes históricos, sin

ninguna importancia intrínseca excepcional.

Ella está, para mi objeto, en la expansión que dió al proselitismo

religioso-militar y al afán de riqueza inesperada, peculiares de

la empresa aventurera, haciendo de España el país conquistador por

excelencia.

Doble prueba de su especialidad en tal sentido, es su éxito y el

fracaso de las naciones restantes. La tentación era demasiado fuerte,

en efecto, para que éstas no intentaran un lance igual. El resultado

les fué adverso, y no se diga que por falta de marinos. Inglaterra

tuvo entre los mejores á Drake y á Frobisher; Italia, sin contar el

Descubridor, á Vespucio, Corsali, Verrazzano y Marco Polo; Francia á

Cartier, Roberval y Ribaut; sin contar aquellos bravos portugueses,

cuya fama envolvía al globo en red de hazañas, desde el Catay famoso

al bárbaro mar del África.[7] No llegaron ni con mucho á operar en la

misma escala que los españoles, y tanto Cortés como Pizarro siguen

siendo el modelo del Conquistador.[8]

Es que la conquista, por lo que tenía de quimérico, de colosal, de

problemático, era una empresa medioeval, cuyo cumplimiento requería

espíritus y tendencias medievales. Las demás naciones empezaban ya su

evolución moderna, modificando rápidamente la antigua estructura; se

hallaban en condiciones inferiores ante el caso especial, que requería

las peculiaridades abandonadas. Más calculadoras y utilitarias,

fracasaron en eso, porque progresaban en sentido moderno; y si no

acrecieron la honra, aumentaron el provecho, mientras los otros

realizaban el viejo ideal, alcanzando la miseria en la plenitud de su

gloria estéril.[9]

Para abrir el Nuevo Mundo, se necesitaba conquistadores, es decir

hombres de aventura que realizaran en un año lo que el colono,

sedentario por naturaleza, habría efectuado en un siglo. Y sólo España

tenía conquistadores. Los demás países, al volverse industriosos y

comerciantes, se tornaron colonizadores, siendo la colonia y las

instituciones representativas, consecuencias políticas del período

industrial.[10] Así se explica cómo habiendo ejecutado España la

apertura del Continente, fueron otros los que disfrutaron de su riqueza

en definitiva.[11] El oro de América no enriqueció propiamente á

España, puesto que no se transformó para ella en ramos permanentes de

producción; pasó á su través como por un cedazo demasiado ralo, sin

dejarle más que un residuo insignificante. En cambio le quitó, por

medio de la selección violenta que efectuaron de consuno las aventuras

y las quimeras, la población más viril; resultándole desastroso aquel

oro que le compraba su sangre.

La consecuencia es mucho más terrible, si se considera que junto con los

elementos mejores, perdía la esperanza de reaccionar, siendo aquello un

fenómeno análogo al encadenamiento de procesos destructores que mina

los organismos en decadencia.

Producto de la Edad Media que moría al empezar la conquista, el

aventurero llevó al principio la ventaja, aunque para el concepto

medioeval del paladín, es decir, del guerrero exclusivo á quien

sucedía, sea ya un tipo de decadencia; pero al correr los años, el

colono se sobrepuso lentamente hasta vencerlo, por su mayor conformidad

con las tendencias dominantes; y los resultados de uno y otro tipo,

con sus respectivos métodos de ocupación, quedan patentes en ambas

Américas. La del Norte, al libertarse, produce sobre todo hombres

de gobierno; si por algo peligra allá la libertad, es por carestía

de militares. Acá, es todo lo contrario; sobran guerreros y faltan

estadistas. Tal las consecuencias acarreadas por el predominio

respectivo del colono y del conquistador. Ambos fueron lógicos en el

momento de la conquista, porque éste era de transición, mas el uno

fincaba su prestigio en el pasado, mientras el otro contaba con el

porvenir.

Entretanto, los privilegios feudales pasaban al pueblo, que había

combatido con el Rey contra los señores, bajo la forma de empleos en la

administración, en la Iglesia y en el ejército. Pero esta alianza no

quitó al privilegio nada de su carácter odioso, y hasta agravó su daño

al difundirlo, determinando en el carácter nacional un individualismo

agresivo, que hizo de cada español un pequeño tirano, mucho más cuando

á esto se unía un enorme orgullo de raza, en el cual colaboraron el

fatalismo de cepa oriental y el egoísmo del conquistador afortunado.

Junto con los poderes feudales, pasó al pueblo el ideal guerrero, con

tanta mayor facilidad cuanto que aquél acababa de ser soldado con el

Rey. El clero fué separándose cada vez más de Roma, para colocarse

al lado del monarca, siguiendo la inclinación y las conveniencias

que emanaban de su origen popular; por último el empleado, sobrepujó

su exclusiva condición de amanuense, cuanto terminó la era puramente

militar, convirtiéndose en un resorte esencial de gobierno, al acrecer

su importancia la administración en la nacionalidad unificada. La

Iglesia, la administración, y el ejército proporcionaron, pues, las

profesiones más lucrativas, señaladamente este último. Los hombres

de más talento y de mayor ilustración, enganchábanse como soldados

rasos, tal era la estima en que se tenía á la carrera militar; pero

semejante limitación profesional, aparejaba el desdén de la agricultura

y del comercio. En estas ramas de la actividad no había nobleza, es

decir privilegio, careciendo de importancia por consiguiente para el

hidalgo--y el hidalgo formaba legión. En ciertas partes la hidalguía

era un derecho de nacimiento.

Los semitas, excluidos de esas tres profesiones honoríficas, buscaron

en el trabajo de la tierra y en el comercio, que por único recurso

les quedaban, fructuosa compensación; y la necesidad dominó su

indolencia oriental. Los judíos compraban la recaudación de las rentas

y tributos reales, volviéndose doblemente odiosos al asumir este

carácter fiscal, que era lo más aborrecido por un pueblo á quien las

exacciones agobiaban; y para colmo sus hijas, á costa de crecidas

dotes, enlazábanse con nobles tronados, según lo refiere el ya conocido

_Tizón de la nobleza de Castilla_, iniciando esa conquista comercial

del título, tan detestada en todos los tiempos y en todos tan eficaz.

El contraste alarmó bien pronto á los invadidos. La soberbia de raza

no pudo tolerar aquellas fortunas. La religión atizó el descontento

con su odio tradicional, y la expulsión, otra consecuencia absolutista,

dió á España la unidad de la miseria, que por cierto no había

buscado. España desapareció como país productor, y sobre el erial

que diariamente aumentaba, en aquella lucha por la esterilidad,

consecuencia de un ideal estéril, imperó como señor natural el

hidalgo haragán y soberbio, para quien el tiempo fué arena que dejaba

escurrirse al desgaire entre sus dedos, mientras mascullaba, susurrando

coplas, el mondadientes simulador de meriendas; flotante en la altivez

de su ojo arábigo un ensueño de Américas dilapidadas; su sangre

hirviendo con la sed de fiestas crueles; su corazón arponeado por

amores morenos; gran rodador de escudos, botarate magnífico, tan capaz

de un heroísmo como de una estafa; místico bajo la cota, guerrero bajo

la cogulla, y pronto siempre á tapar el cielo con el harnero de su capa

familiar.

Nadie sintió el estrago, mientras duraron las empresas militares y la

embriaguez de victoria que produjeron. Todo parecía conjurarse para

realizar el ensueño de riqueza mágica, en las pintorescas regiones

donde vestía de oro á su dueño la desnudez de la espada. Pero al

producirse la contracorriente conquistadora, en los comienzos del

reinado de Felipe II, comenzó el fracaso. La conquista no dió abasto

ya para la satisfacción del ideal nacional. Cubiertos de heridas sin

gloria por anónimas saetas de bárbaros; con un culto tal del coraje,

que las milicias castellanas consideraban cobardía el atrincherarse;

curtidos por su desamparo solar de ascios, que habían carecido hasta de

su propia sombra; más bravíos, si cabe, al contacto de la breña virgen;

orgullosos de haber sobrellevado peligros que semejaban fantasías

de leyenda, volvían á arrastrar su fastidio en el suelo natal asaz

estrecho.

Los pobres, se habían endurecido demasiado para doblegarse al yugo

del trabajo, en su intimidad con los fierros de pelea; los ricos, se

apresuraban á vaciar la escarcela en la carpeta. El desprecio del oro

conseguido en la guerra, que no era sino una indirecta ostentación de

valor, engendraba el desdén hacia toda aplicación productiva. Por nada

de este mundo habría degenerado el héroe en comerciante ó en labrador.

Acabada la fortuna, lo que acontecía en un tiempo harto breve, si

estaba aún vigoroso volvía al teatro de sus hazañas; si viejo, se moría

tranquilamente de hambre en su nostalgia de aventuras ultramarinas, ó

se metía asceta, para liquidar en la atrición sus cuentas de sangre

y de saqueo, pero sin que la reacción fuera jamás hacia el trabajo,

penuria de siervos y de gañanes.

El raudal de sangre pura que atravesó el Océano, tornaba viciado por

gérmenes de disolución, mucho más activos á causa del trasplante; y

aquella diseminación de aventureros, corrompidos por esa atroz libertad

de instintos que fué la conquista en el Nuevo Mundo, causó tanto daño

á la Península como la invasión gitana, y el azote de las plagas

inmundas con las cuales fué sincrónica.

La decadencia industrial de España asumió los caracteres de un

derrumbe, tan brusco cual lo fué el abandono en pos del ideal

conquistador. Cesaron las exportaciones de tejidos en lana y seda, de

cerámica[12] y otros artículos, que durante la época arábiga iniciaron

transacciones con Sicilia y Cerdeña, adquiriendo mayor importancia en

los mercados flamencos y alemanes. La química industrial, aplicada á

explotaciones como la del _oleum magistrale_ y la potasa que surtían

á Inglaterra, desapareció con los restos de la cultura morisca. El

desierto y el bosque avanzaron sobre huertas y sembradíos; y no parece

sino que una intención simbólica, bautizó al monumento clásico de la

monarquía con el nombre del _escorial_.

El fanatismo religioso que precipitó la despoblación, y los impuestos

excesivos, contribuyeron á matar el progreso español, presentándose

como consecuencias del absolutismo. La importancia comercial de España

había sido tan grande, que las naciones tenían adoptado por código

marítimo internacional el _Llibre del Consulat de Mar_, promulgado en

Cataluña, aceptando además como meridiano inicial el de las Azores.

La absorción militar de esos centros parciales de cultura, anuló

el progreso que habría sobrevenido, al incorporarse todos ellos en

la nacionalidad común, viniendo á ser la unidad un azote para la

Península; por otra parte, la conquista, al emplearse en ella lo más

selecto de la población, arrastró á América los mejores industriales, y

de consiguiente su industria, explicando esto cómo Méjico tuvo canales

dos siglos antes que Inglaterra, y telares de seda en 1543; y cómo en

tiempo del viaje de Humboldt se fabricaba pianos en Durango, mientras

en España no había ya quien los hiciera.

La concentración de productos brutos que iban de América en cantidades

inmensas, limitó la especulación comercial á un intercambio de materia

prima y manufacturas extranjeras, prolongando el régimen medioeval

de las transacciones en especies, al paso que toda la Europa salía

completamente de él.

Bálsamos, maderas, alimentos tan preciados como el azúcar, plumas,

pedrerías, pastas preciosas, artículos de fantasía que la riqueza

extranjera pagaba sin regateos, llevaron á España el oro del mundo;

improvisáronse fortunas colosales, los precios subieron hasta lo

fabuloso. El rezago aventurero de la Edad Media que acababa, buscó

aquel centro natural de reunión, agregando á la conquista su turbia

gloria los mercenarios de toda la Europa, desde el lansquenete

con su táctica famosa, hasta el griego insular con sus clásicas

piraterías.[13]

Combustibles en una hoguera, aumentaban el esplendor fugaz; pero sus

heces contribuyeron no poco á obscurecer el cuadro de la decadencia, á

cuyo fondo tenebroso añadía el contrabandista gitano las escorias de su

fragua clandestina.

La fácil transacción de toma y daca mató á la industria, ocasionando

con su magnificencia retrospectiva, una vez pasado el torbellino,

la continuación del sistema que produjo la decadencia. Los buques

españoles abandonaron los puertos europeos, para largarse hacia las

nuevas costas, cediendo el campo al comercio inglés. Éste dominó de tal

modo y tan rápidamente en la misma Península, que en 1564, el gobierno

español, en represalias de ciertas piraterías británicas, detuvo en sus

puertos treinta buques ingleses con más de mil marineros. La industria

española, que hubiera podido surtir al Nuevo Mundo, sucumbió en la

persona de sus artesanos, contagiados por la fiebre aventurera, siendo

sustituida por la británica[14] y volviendo más amargo el despertar

de aquel ensueño de grandeza. Éste dominó contra todo. Tentación

lograda, su prestigio subsistía en las mentes que trastornó, y si se

tiene en cuenta las predisposiciones nativas, es fácil comprender lo

imposible de una reacción. La fantasía suplió con sus creaciones al

perdido fausto; el orgullo heredó de gloria á la nación; la tenacidad

característica incrustó para siempre en su ánimo ese culto del pasado,

que no impone responsabilidad alguna al deudo, por ser esencialmente

decorativo.

El gobierno, aun siendo tan poderoso, defirió á las inclinaciones

nacionales con mayor fuerza quizá, siguiendo una tendencia

genérica. Efectivamente, «gobernar» en su acepción política, es la

expansión metafórica de un vocablo náutico--en realidad dirigir el

buque,--pudiendo continuarse la metáfora en sentido psicológico, si se

aplica á la situación del timonel. Éste y el gobernante se encuentran

realmente en la popa de la nave, no estando entonces llamados á

descubrir las nuevas tierras; y he aquí por qué solicitar de los

gobiernos iniciativas revolucionarias, equivale á sacarlos de su

cometido.

Aquella monarquía peninsular, que ni con mucho podía ser calificada de

progresista, dado su ideal absoluto y su concepto puramente militar del

mando, tenía además en la ignorancia pública una garantía de impunidad

á todo abuso. Excedióse, pues, en sentido retrógrado, y la acción

depulsora, que es común á todas, fué decidida contramarcha en ella.

Las fortunas, pasajeras como es natural en un medio de pura

especulación, y con tan rápida decadencia, desclasificaron, tanto en su

elevación como en su caída, otra buena parte del pueblo; y la libertad

de testar, adquirida por sucesivas desviaciones del derecho foral,

durante el siglo XVI, agravó la perturbación; pues los señores la

aprovecharon para heredar de preferencia á sus mancebas y bastardos.

El azar se volvió entonces un arbitrio económico, disminuyendo, hasta

perderse, toda noción de prosperidad normal. El empleado fué el único

que siguió lucrando, en una administración cada vez más complicada por

la necesidad de encontrar recursos en el impuesto, es decir, cada vez

más artificiosa. Foro, clero y ejército eran sus campos de explotación,

y cada uno tuvo su peculiar habitante.

En sus marchas á través de la Europa y del Asia, el soldado se había

vuelto el transeúnte del mundo. La azarosa colección de aquellas

milicias, que preludiaban en manera tan informe á nuestros ejércitos

regulares; el carácter de esas guerras, con el bandolerismo nómade de

los mercenarios que acudían á ellas como á una caza montes; la división

en mesnadas, completamente análogas á las corporaciones de bandidos,

con quienes las confederaban sus señores, hicieron de la vagancia una

costumbre militar, á la cual contribuía con su ligereza específica la

miseria del soldado. Éste la aceptó sin gran repugnancia. Recorrió el

globo trampeando, pues el saqueo constituía su jornal; la vida errante

le desvinculó de familia y patria; el ocio aventurero atrofió su

capacidad productiva; el desamparo en semejante medio, llevó al auge su

trapacería y sus mañas; y la adaptación á semejantes condiciones, tanto

como el abandono de toda virtud pacífica, dieron predominio absoluto

en su carácter al ingenio y al valor.

Con desenfado igual combatían por el Papa y mezclaban hostias al

forraje de sus caballos; cálices y copones, teníanlos por vajilla de

cantina; las vírgenes del Señor eran los pichones de su cuaresma;

de emparejarles la apuesta, habrían volcado la bola del mundo en

sus cubiletes. Langostas de la guerra, mucho más temibles que los

enjambres alados, la tierra fué el rastrojo que se comieron. Durante

años y años se los había visto pasar bajo los estandartes y las picas,

como á través de escueta vegetación, repercutiéndoles en el enjuto

estómago los tambores de piel de hombre; provocando el bigote con sus

petulantes antenas; cubiertos de remiendos internacionales sus calzones

de estambre y sus jubones de cordobán; limpios sólo de sable y de

bolsillo; mordido de herrumbre el peto, el birrete de hierro apuntado

por la mecha del arcabuz.[15]

Como ejemplo realmente épico que preludia dignamente la Conquista bajo

su faz militar, debe de citarse siempre las nunca bien celebradas

expediciones de los almogávares ó veteranos catalanes, que bajo las

órdenes de Roger de Flor llevaron su contingente al imperio bizantino

de los Paleólogos, amenazado hasta la ruina por los belicosos

principados en que se había dividido el vasto imperio de los sultanes

selyúkidos.

Llegados á Constantinopla en 1302, como salvadores del imperio,

en ventajosa sustitución de la célebre guardia escandinava de los

Værings, muy decaída por otra parte á la sazón, el emperador nombra á

su jefe _megaduque_ de la escuadra, otorgándole así el cuarto rango

del imperio, y le casa con una princesa sobrina suya. Así asegurados,

parten los almogávares para Cyzica, que toman como base de operaciones,

iniciando éstas por la Anatolia y la Mysia. Una marcha triunfal, que

dados la comarca y sus recursos resulta verdaderamente maravillosa para

aquellos seis mil aventureros, gota de agua en el movedizo océano de

las tribus sarracenas, les da el dominio de la Lidia y del valle del

Hermos, al paso que sus galeras van haciendo paralelamente el periplo

del Egeo. Ninfea, Meagnesia, Éfeso, todas las ciudades de la grande

historia romana y cristiana, caen en su poder. Intérnanse más todavía,

en las regiones casi legendarias de la Pisidia, la Licaonia, la Frigia,

la Caria y la Capadocia, hasta el célebre desfiladero de las Puertas de

Hierro, que da entrada por el macizo del Tauro á la Cilicia marítima.

Regresan, después de haber impuesto con el de su fama el respeto del

nombre bizantino en tan dilatado país, y traicionados por el emperador

á quien parecieron ya temibles con tal victoria, se atrincheran en la

península de Galípoli, cerrando así la entrada occidental del mar de

Mármara.

El imperio jesuítico · 第 1 / 17 段