á mi vejez...
RAMONA
Estábamos cenando así, delante de una ventana como ésta... y al darnos
el primer beso, en el jardín del merendero un cuarteto ambulante empezó
á tocar un vals...
JOAQUÍN
Sí... nuestro vals...
RAMONA
Nuestro vals. (_Pausa._) ¡Espera! Sí, eso es... Verás... (_Apoya un
timbre. Pausa._)
JOAQUÍN
¿A quién llamas?
RAMONA
Al camarero.
JOAQUÍN
¿Qué quieres?
RAMONA
Aguarda.
JOAQUÍN
¿Pero, qué vas á hacer?
RAMONA
Es una ocurrencia rara y bonita.
ESCENA X
DICHOS y el CAMARERO
CAMARERO
¿Llamaba usted?
RAMONA
Adelante. (_Con frialdad._)
CAMARERO
Con su permiso; buenas noches.
RAMONA
¿Y mi amiga, la señorita del número seis?
CAMARERO
En este momento acaba de marcharse.
RAMONA
Bien. Hágame el favor de decirle al director de los cíngaros que toque
el vals de _La Bohemia_.
CAMARERO
Perfectamente.
RAMONA
Tome usted; dele esto de mi parte. (_Entrega al camarero un billete._)
Adiós... (_Durante esta escena, Joaquín permanecerá junto á la ventana,
como indiferente á la conversación._)
ESCENA XI
RAMONA, JOAQUÍN
JOAQUÍN
Eres original. (_Con alegría._)
RAMONA
Soy digna de ti.
JOAQUÍN
Vales más que yo; eres más artista que yo...
RAMONA
Una artista de la vida.
JOAQUÍN
Mi alma... mi Ramona.
RAMONA
Noche de verano, noche de luna, noche de amor... Tenías razón, Joaquín,
tenías razón: el pasado vuelve... (_Los dos se asoman á la ventana._)
JOAQUÍN
¡Oye! (_Música dentro._)
RAMONA
El pasado vuelve...
(_El vals suena muy lejos, muy debilitado, de modo que sirva de fondo á
la conversación._)
JOAQUÍN
Emoción divina.
RAMONA
Si la vida es teatro, ¿por qué no colgar en ella las decoraciones á
nuestro gusto?... Soy, ¿verdad?, una excelente directora de escena.
JOAQUÍN
Mi alma.
RAMONA
Joaquín... ¿Ves?... Todo está igual.
JOAQUÍN
Todo.
RAMONA
La ventana, el aire perfumado, el campo bañado en luna... el vals con
sus notas de melancolía y de amor... Sólo me separan de aquella visión
tus pobres ojos, un poco más tristes....
JOAQUÍN
Ramona...
RAMONA
Tus cabellos, un poco más blancos... tus cabellos fríos...
JOAQUÍN
¡Por piedad!...
RAMONA
Pero, para destruir eso, hay un recurso.
JOAQUÍN
¿Cuál?
RAMONA
Buscar la obscuridad.
JOAQUÍN
No... no...
RAMONA
Sí; en la obscuridad, las almas que quieren soñar, sueñan mejor. Quiero
verte hermoso, como entonces... Déjame... necesito ser feliz... una
noche... un instante... (_Apaga la luz._)
JOAQUÍN
¿Qué haces, Ramona?
RAMONA
Nada, mi rey... nada... Acercarme á ti...
(_El teatro quedará totalmente á obscuras. Ellos permanecerán un momento
abrazados delante de la ventana, bañada en luna, y luego caerán sobre el
diván, mientras la música continúa y el telón desciende rápido._)
TERMINA LA COMEDIA
* * * * *
FRIO
Comedia en dos actos, estrenada en el TEATRO ROMEA la noche del 24 de
Mayo de 1909
Á RAMONA VALDIVIA
REPARTO
PERSONAJES ACTORES
ARACELI (representa veinticinco años en el primer
acto y cuarenta y cinco en el segundo.
Carácter impulsivo. Es amante de Daniel
en el acto primero y de Paco en el segundo) Srta. Valdivia[D].
[D] Aunque estos actos se hallan separados por un intervalo de veinte
años, el autor cree que la actriz no necesita ponerse peluca canosa en
el acto segundo. «La edad», de consiguiente, más que con la blancura del
cabello, deberá expresarla con la sencillez de su vestir y la fatiga del
ademán.
RAQUEL Sra. Ezquerra.
CATALINA » Montalt.
LUISA » Doré.
(Las tres de veinte á veinticinco años.
Aparecen disfrazadas con trajes caprichosos:
capuchones, mantones de Manila, etc.)
LEOCADIA (cuarenta años. Prendera) » Corona
TERESA (ama de llaves) » Espejo.
DANIEL, MARQUÉS DEL PARRAL (hombre de
mundo, escéptico, un poco cansado. Representa
cuarenta y cinco años en el acto
primero y sesenta y cinco en el segundo) Sr. Palacios.
PACO (veinticinco años. Temperamento alegre
y vehemente. Viste de frac) » Maximino.
MANOLO (veinticinco años) » López Benety.
DON NICOLÁS (cuarenta ídem) » Castilla.
ÁNGEL (treinta ídem) » Valero.
(Los tres visten de frac ó _smoking_).
MARIANO (criado joven) » Palacios (A.).
ÉPOCA ACTUAL
_Derecha é izquierda, las del actor_
[imagen no disponible]
FRIO
ACTO PRIMERO
Gabinete elegante. Chimenea encendida á la derecha. Cerca de la
chimenea una ventana. Al fondo y á la izquierda, puertas.
Al levantarse el telón, Daniel y Manolo se disponen á tomar café
delante de la chimenea. Daniel en traje de casa. Manolo viste frac
ó «smoking».
Es de noche.
ESCENA PRIMERA
DANIEL, MANOLO, después MARIANO
DANIEL
(_Sentándose_). ¿Eh? ¿Tenía yo razón? ¿Qué tal, si hubiésemos esperado á
Araceli para cenar?
MANOLO
En efecto, sí... ¡Un escándalo!... Son más de las diez...
DANIEL
Esa, ya no viene.
MANOLO
¿Cómo, que no vendrá?
DANIEL
Vamos, entiéndeme: quiero decir que ya no viene á cenar. Seguramente la
ha invitado Mariquita Rojas.
MANOLO
¿La de Federico Paz?
DANIEL
La misma.
MANOLO
¡Preciosa chiquilla!
DANIEL
Lindísima... ¡y baratita!
MANOLO
Ignoraba ese detalle.
DANIEL
Pues Federico no se gasta con ella al mes ni mil pesetas.
MARIANO
(_Que llega con el servicio del café y la botella del coñac_). ¿Les
sirvo á los señores aquí?
DANIEL
Sí, ¿no te parece?
MANOLO
Sí, mejor es aquí, porque la noche está fría.
DANIEL
¡Mala noche para las máscaras!
MANOLO
¡Quiá, el frío es lo de menos! Porque cuando vamos al baile llevamos la
ilusión, que es calor, de lo que vamos á beber; y cuando salimos del
baile, nos traemos el calor de lo que se ha bebido.
DANIEL
¡Que nunca es poco!
MARIANO
(_A Manolo_). ¿El señor querrá también coñac?
MANOLO
¡Hombre, eso no se pregunta!
DANIEL
¿Con quién vas al baile?
MANOLO
Con Luisito Gil y su hermano. Tenemos una platea.
DANIEL
¿Lleváis mujeres?
MANOLO
No. Creo que en nuestro palco no habrá mujeres. A no ser que tú te
decidas á llevar á Araceli...
DANIEL
No.
MANOLO
Anímate, hombre.
DANIEL
De ninguna manera.
MANOLO
Todo depende de que ella se empeñe. Ya sabes lo que dice el refrán...
(_Bebe._)
DANIEL
Lo sé: «Lo que una mujer guapa quiere, Dios lo quiere»...
MANOLO
Exacto.
DANIEL
Pero eso es antes del primer abrazo; que después... después no diré que
valga menos, pero tampoco diré que valga mucho más que una botella
vacía.
MARIANO
¿Tienen los señores algo que mandarme?
DANIEL
No, puedes retirarte. Oye, trae la botella, déjala aquí.
(_Mutis Mariano_.)
MANOLO
Me encanta tu cachaza, tu filosofía... pero no la entiendo... ¡sin duda
porque soy demasiado joven!
DANIEL
Por eso, precisamente. Yo, á tu edad, era como tú, y jamás hubiera
creído que los años me domasen la voluntad hasta inclinarme á pensar
como ahora pienso. He cambiado mucho... ¡mucho!... Lo que á otro
cualquiera le indignaría, á mí me divierte. Me parece bien que un hombre
se canse de una mujer... y me parece bien que se suicide por ella...
¿Qué más da?... A mi edad, hijo mío, la vida es como un encogimiento de
hombros. (_Pausa._) ¿Quieres otra copita de coñac?
MANOLO
Bueno.
DANIEL
Hay que beber.
MANOLO
Y que brindar.
DANIEL
Brindemos, si tú quieres. (_Beben._)
MANOLO
¡Eres raro!
DANIEL
¿Por qué?... Te advierto que me halaga ser así.
MANOLO
¿De modo que tú no sientes celos de Araceli?
DANIEL
No; yo estoy cierto de que Araceli me quiere entrañablemente, y, por lo
mismo, que no puede engañarme.
MANOLO
¡Ja, ja! ¡Las mujeres!...
DANIEL
Y si me burlase, me separaría de ella, ¡y en paz!... Pero de eso, á
sufrir celos, hay mucha distancia. El que está celoso es porque se
reconoce un poco en ridículo; los celos, por tanto, no pasan de ser una
mueca, más ó menos romántica, del amor propio. ¡Matar al hombre que nos
quita la mujer amada, ó matar á la esposa que nos deja por un caballero
que halla más inteligente ó más simpático que nosotros! ¡Qué salvajada y
qué villanía!... Debemos aspirar á ser amados «porque sí», que no por
interés ó por miedo. El amor, para merecer ese nombre, necesita ser una
«espontaneidad» del espíritu; así, quítale esa espontaneidad, que
constituye su perfume, su esencia divina, y no valdrá diez céntimos.
MANOLO
Pues, yo soy celoso... ¡pero horriblemente celoso!
DANIEL
¡Tanto peor para ti, porque te engañarán muchas veces! ¿Quieres otra
copita?
MANOLO
¡Venga otra copita!
DANIEL
Yo, con los años, voy tornándome egoísta, y á fuer de tal, procuro no
salir de mí mismo ni hacer nada que me contraríe. ¿Que esta noche
Araceli decide irse al baile? Bueno, que vaya. Yo, me quedo aquí,
leyendo. Estoy cierto de que no hay mujer que distraiga lo que distrae
un libro bueno.
MANOLO
(_Sirviéndole coñac_). Ahora soy yo quien invita.
DANIEL
Se acepta. (_Bebe._) Mis dos últimas aficiones son la lectura y los
perros. ¡Qué hermosos, qué bravos, qué leales son los perros!...
MANOLO
(_Riendo_). ¡Eso decía mi padre! Cuando yo me escapé de mi casa con dos
mil pesetas que le robé á mi hermana, y una criada bastante bonita que
teníamos, mi padre me escribió una carta terrible, en la que decía «que
hay perros que valen más que un hijo».
DANIEL
Pues no exageró tu padre... porque yo, andando por el mundo, me he
convencido de que si hay perros que valen más que un hijo, también es
cierto que hay muchos padres que merecen menos que un perro.
MANOLO
De donde se deduce que la humanidad no vale lo que un Terranova.
(_Riendo._) A mi edad, sin embargo, todavía se cree en el amor, en la
amistad... ¡Mira! Brindemos por los hombres. (_Escancia._)
DANIEL
Sea; bebamos, que, para beber, cualquier pretexto es bueno. Pero, hazme
caso á mí: si crees en la eficacia de los brindis, ¡brinda por los
perros!
ESCENA II
DICHOS y MARIANO
MARIANO
Señor marqués...
DANIEL
¡Hola!
MARIANO
Ahí está una mujer que trae unos mantones de Manila para la señorita.
DANIEL
¿Unos mantones?
MARIANO
Sí, señor.
DANIEL
¡Qué ocurrencia! (_A Manolo._) ¿Para el baile, ves? Esa criatura está
loca.
MARIANO
¿Quiere usted que la haga pasar?
DANIEL
¡No! Dila que la señorita no está.
MARIANO
Se lo he dicho.
DANIEL
Bueno; pues que los deje ó que se vaya... ¡Lo que quiera!
MARIANO
Pero como tiene prisa... Dice que la esperan en otra parte...
DANIEL
¡Pues que se largue! ¡Hola!... ¡No faltaba más sino que le vengan á uno
con exigencias! Si no puede aguardar, que se marche.
MARIANO
Muy bien. (_Hace ademán de irse._)
DANIEL
Ahí viene un coche.
MANOLO
Será Araceli.
DANIEL
Seguramente.
MARIANO
(_Mirando por la ventana_). Sí, la señorita es. Hasta luego. (_Mutis._)
MANOLO
(_Bromeando_). Hombre frío, hombre de hielo... ¿no te dice nada el
corazón?
DANIEL
Nada.
MANOLO
Hipócrita.
DANIEL
Si acaso, me dice que Araceli vendrá con ganas de broma y que vamos á
tener un disgusto.
MANOLO
¿Por lo del baile?
DANIEL
Por lo del baile.
MANOLO
Entonces me voy; las riñas de familia me aburren.
DANIEL
¡No hombre, espera, no me dejes solo!...
MANOLO
Nada, huyo despavorido.
DANIEL
¡Pero, muchacho!
MANOLO
No quiero que me amarguéis la noche.
DANIEL
Aguarda. ¡Canastos!... Ahora empiezo á comprender lo útil que puede ser
un amigo en un matrimonio...
ESCENA III
ARACELI, DANIEL, MANOLO
ARACELI
(_Viste con gran elegancia. Trae en la mano una bolsa con confetti y
confettis en el sombrero y en el traje. Al ver á Manolo, le saluda
afectuosamente, con esa efusión un poco teatral con que las coquetas
suelen tratar á todos los hombres de quien se saben amadas, aunque les
sean indiferentes._) ¿Pero estaba usted aquí, encanto? (_Con zumba._)
MANOLO
Esperándola á usted.
ARACELI
Y acompañando á Daniel... dígalo usted así, aunque no lo sienta...
MANOLO
También, también.
ARACELI
¿Quiere usted _confettis_? (_Hace ademán de arrojárselos._)
MANOLO
¡No, por piedad!
ARACELI
Sí, sí...
MANOLO
¡Antes moro!... (_Corre, huyendo de ella._)
ARACELI
¿Y tú, Danielín? (_Con gran mimo._)
DANIEL
Ya ves... (_Refiriéndose á la botella del coñac._)
ARACELI
¡Qué escándalo! ¿Os habéis bebido todo eso?
MANOLO
Copa á copa.
ARACELI
¡Ah, viciosos! (_A Daniel._) Trae, yo también quiero un trago.
DANIEL
¿A que tienes envidia de nosotros?
ARACELI
No diré que no. (_Bebe._) ¡Brrr!... ¡Qué fuerte está... Agua, agua,
dadme agua... (_Hablando con volubilidad nerviosa._) Supongo que habréis
cenado.
DANIEL
Como no venías...
MANOLO
Ha sido una gran falta de galantería; perdone usted, Araceli.
ARACELI
Hicieron ustedes bien.
MANOLO
¿También usted ha cenado?
ARACELI
No, pero he comido muchas chucherías y no tengo apetito. Ahora vengo de
casa de Teresita Serra; hemos estado cantando al piano y bebiendo
_champagne_, y después ella y su amigo me han acompañado en un coche
hasta aquí. ¡Uf, qué calor hace! ¿Por qué no abren ustedes un poco la
ventana?
DANIEL
¿Pero estás loca, chiquilla?
MANOLO
Usted quiere acabar con nosotros.
ARACELI
¡Qué hombres tan cobardes! Pues yo no tengo frío; al contrario...
¿Eh?... ¡Qué atrocidad!... ¡Cómo traigo el sombrero!... ¡Pero he pasado
la tarde muy bien! Todo Madrid ha bajado á Recoletos.
MANOLO
¿Muchas máscaras?
ARACELI
Muchísimas. Yo he pasado la tarde en el coche de Filomena Gil. Ya la
conocéis... Ibamos ella, su hermana Lola y Lorenzo. Al pasar por la
tribuna de la Prensa, vimos á Juanito Santos. En seguida empezó á
gritar: «¡Viva la marquesita, viva la marquesita!...» Y aquello fué como
si el cielo se hubiese convertido en _confettis_; ¡qué risa!, yo creí
que nos ahogábamos. Luego se subió al coche un diablo que, después de
decirle á Filomena horrores, se marchó sin quitarse la careta.
MANOLO
¿Y fueron «horrores» los que dijo?
ARACELI
Verdaderas atrocidades. Como que hubo un momento en que pensé que
Lorenzo iba á romperle una botella en la cabeza.
DANIEL
¿Pero llevaban ustedes vino en el coche?
ARACELI
Media caja de botellas de _champagne_.
DANIEL
(_A Manolo y con enfado cómico_). ¿Qué te parece?
MANOLO
¿Pero tú crees que esas bromas se corren á palo seco? ¡Bien se conoce
que vas para viejo!
ARACELI
(_A Daniel_). ¿Viejo?... ¡Bueno! ¿Y qué? Mejor. A mí me gustan los
viejos... ¡éste sobre todos!
MANOLO
Ya sé por qué.
ARACELI
¿Sí?
MANOLO
Porque usted es una mujer previsora que sabe aceptar la fealdad del ser
amado, antes de que éste se vuelva irremediablemente feo...
ARACELI
No te apures, Daniel, no te apures, que eso no va con nosotros.
DANIEL
¿Apurarme yo?... ¿Para qué, cuando éste y todos, tarde ó temprano, han
de hallarse convertidos en unos adefesios? El tiempo, que es el gran
amigo de los feos, me vengará... Tú has de verlo, tú, que eres joven.
Todos estos buenos mozos que á los treinta años saldrían desnudos á la
calle, á los cincuenta puede ser que no se atrevan á salir ni vestidos.
MANOLO
Pero mientras se dobla ó no se dobla el cabo cincuenta... ¡vamos
viviendo!
ARACELI
Tiene usted razón.
MANOLO
Y bebiendo. (_Llena su copa._) Hay que ponerle espuelas al buen humor.
ARACELI
¿Va usted al baile?
MANOLO
¿No se me conoce?
ARACELI
Yo también voy. Es decir, vamos. (_Por Daniel._) Nunca he tenido tantas
ganas de divertirme como esta noche.
MANOLO
¡Y yo!
DANIEL
Eso necesita la niña, que le alboroten la cabeza.
ARACELI
Estoy... que me río de todo, como si la alegría me hiciese cosquillas.
MANOLO
El baile va á estar soberbio.
ARACELI
Desde ayer no quedan billetes.
MANOLO
Ni uno. ¡Los cojos van á bailar esta noche! Creo que los carteles
anuncian un concurso de mantones de Manila...
ARACELI
¡Ah!... ¡Pero qué cabeza la mía! Ya no me acordaba de que en el
recibimiento están esperándome.
MANOLO
¡Es verdad! Con unos mantones...
ARACELI
Justamente. Vamos á verlos. (_Asomándose á la puerta del foro._)
¡Leocadia! Pase usted.
DANIEL
(_A Manolo_). La tormenta se acerca; la siento llegar.
ESCENA IV
DICHOS y LEOCADIA, que trae dos disfraces y un mantón de Manila
ARACELI
(_Afectuosa_). ¿No se llama usted Leocadia?
LEOCADIA
Leocadia Alvarez, para servir á ustedes.
DANIEL, MANOLO
Buenas noches.
LEOCADIA
Salud para todos, señores.
ARACELI
¿Qué me trae usted?
LEOCADIA
Lo mejorcito de la tienda viene aquí.
ARACELI
¡Muy bien!
LEOCADIA
La señorita tendrá donde escoger.
ARACELI
Veamos, veamos... ¿Me trae usted el mantón?
LEOCADIA
Sí, señorita.
ARACELI
¿El que yo vi esta tarde?
LEOCADIA
Sí, señorita.
ARACELI
Como me dijo usted que lo tenía comprometido... ¡Porque si no es el
mismo, no lo quiero!
LEOCADIA
¡Que sí, señorita, ¡caramba!, y _ustés_ dispensen; que es el mismo!...
¿Pero iba yo á engañarla á usted? Ya veo que usted no me conoce, porque
otra cosa no tendrá la Leocadia... pero formalidad... Lo que yo diga,
diga usted que va á misa.
ARACELI
Bueno, mujer...
LEOCADIA
Vamos despacio y por partes. (_A Daniel y á Manolo._) Ustés disimulen
si, sin querer, les vuelvo la espalda.
DANIEL, MANOLO
¡Dispensada, desde luego!
LEOCADIA
Gracias. (_A Araceli._) Aquí tiene usted un capuchón precioso.
ARACELI
¡Yo no quiero capuchones!
LEOCADIA
Es para que usted se haga cargo. Señoras conozco que, como la señorita,
no quieren capuchones; y, en cambio otras, ¡pero que no se pondrían más
disfraz que ese! Como dijo el otro, de gustos no hay nada escrito, y así
hay quien se casa á los veinte años, ¿sabe usted?..., y quien á los
ochenta _entoavía_ está soltero. Y es por eso...
ARACELI
Sí, como hay quien enviuda, y después de alegrarse mucho, pero mucho, de
haber enviudado... se vuelve á casar.
LEOCADIA
¡Y que lo diga usted! Pues aquí tiene usted este traje, que es una
monada.
ARACELI
Sí... no es feo.
LEOCADIA
¿Cómo feo, señorita? Usted no ha _reparao_ bien. ¡Si es el mejor traje
de _coupletista_ que se ha visto en Madrid! ¿Usted no ha oído hablar de
Juana _la Perdía_, la que bailaba en el _Salón Azul_ el año _pasao_?...
¡Pues ella lo estrenó! Y este traje ha _salío_ en los periódicos. Por el
alquiler la pondría cien pesetas, lo mismo que por el mantón.
ARACELI
No, no lo quiero... Es bonito, pero, no... no...
LEOCADIA
A la señorita se le ha _metío_ en la cabeza lo del mantón y ha de
salirse con su gusto. Bueno, aquí lo tiene usted... Yo, si he de ser
franca, siento que no se quede usted con el traje, porque los
mantones... aquí los señores lo saben... padecen mucho en los bailes;
porque si un estrujón... porque si una copa de _champagne_... ¡Eso no
hay quien lo evite! (_Desdobla el mantón._)
ARACELI
¡Qué bonito!
LEOCADIA
Hágase usted cuenta de que lo estrena. Ni una manchita lleva.
ARACELI
(_A Daniel y á Manolo_). ¿Les gusta á ustedes?
MANOLO
Muchísimo.
ARACELI
Ya lo sabía yo.
MANOLO
Usted siempre está guapa, pero dentro de ese jardín hecho de seda y de
sol, va usted á estar guapísima.
LEOCADIA
Ya, ya se ve que aquí el caballero tiene el gusto fino.
ARACELI
Y todo esto, amigo Manolo, lo hago por Daniel, para que se luzca...
¿Verdad?... (_A Daniel._)
DANIEL
Lo que no comprendo es que alquiles un mantón, teniendo ahí tres ó
cuatro de primer orden: tienes uno azul, otro rojo, otro blanco y
verde... ¡qué sé yo!...
ARACELI
Pero si lo hago por ti, bobón... si lo hago por ti, para parecerte
«otra...» (_Mimosa y risueña._)
DANIEL
¿Por mí?... Yo no he de ir al baile.
ARACELI
¡Vaya si vienes!
DANIEL
¡Quiá!
MANOLO
Sí va, sí.
ARACELI
En cuanto me veas.
DANIEL
Lo que es eso...
LEOCADIA
La señorita tiene mucha razón. ¡Ja, ja, ja!... Ya lo creo; en cuanto
usted la vea con el mantoncito bien _apretao_ alrededor de la cintura,
se vuelve usted loco.
DANIEL
¡Está usted fresca!
ARACELI
(_Un poco irritada_). ¿Pero hablas en serio?
DANIEL
Y tan en serio.
ARACELI
¿No vas á venir?... ¿No vas á venir rogándotelo yo?
DANIEL
No, hijita, no. Yo esta noche no voy al baile; ve tú, si quieres.
MANOLO
Pero, oye, Daniel...
ARACELI
No, Manolo, hágame usted el favor de no decirle nada, ni una palabra;
quiero que el desaire me lo haga á mí.
DANIEL
(_A Manolo_). ¿No te lo dije?
ARACELI
Nunca hubiera creído que me pusieses en ridículo así, nunca. Y menos
delante de extraños.
LEOCADIA
El señor me perdonará; el señor dirá que esto es meterme donde no me
llaman... pero, ¡mire usted que la pobre señorita va á llevarse un
disgusto muy grande!
DANIEL
En efecto, usted lo ha dicho: eso es meterse donde nadie la llama.
MANOLO
(_A Araceli_). Tenga usted paciencia.
LEOCADIA
¡Válgame Dios! Le ponen á una la cara _colorá_ y... Pues crea usted que
si he dicho algo no es por el interés de cobrar las cien pesetas
cochinas que vale el alquiler del mantón...
DANIEL
(_Severamente_). ¡Chist!... ¡A callar! Aquí no tolero palabras
malsonantes.
LEOCADIA
Bien, caballero; ¡pero qué humos!
MANOLO
Basta, basta...
LEOCADIA
Ya estoy _callá_ del todo... ¡Bueno!... ¡Pero qué humos!... ¡Ni una
chimenea!
ARACELI
(_Arrebatadamente_). ¡Vaya, se acabó la cuestión! Llévese usted sus
trajes.
LEOCADIA
Pero, señorita...
ARACELI
¡Que se lleve usted sus trajes, he dicho!...
LEOCADIA
Pero, señorita... ¿qué _repente_ la ha _dao_?
ARACELI
¡Se acabó, se acabó!... ¡No quiero hablar más!... Llévese usted el
mantón, porque no respondo de hacerlo pedazos.
LEOCADIA
(_A Manolo_). Pero, diga usted, caballero... y usted dispense, que no sé
su gracia: ¿no es una lástima, diga usted, que aquí la señorita Araceli
se lleve un disgusto por una tontería?
MANOLO
Eso creo yo.
DANIEL
¡Y yo, el primero! ¿Pero, por qué vais á hacerme responsable de este
incidente?
ARACELI
La responsable seré yo...
DANIEL
Ni tú, ni yo, ni Manuel, ni nadie. ¿Tú quieres ir al baile? Pues vete
enhorabuena, ¿quién te lo impide?... ¡Ve y diviértete mucho... y vuelve
á la hora que te plazca! Creo que no puedo ser más liberal... Pero de
que yo te deje ir á que tú me «obligues» á acompañarte, ¡hay mucha
diferencia!... ¿No te parece?
MANOLO
Sí, y no se enfade usted, Araceli; yo creo, imparcialmente, que Daniel
tiene razón.
DANIEL
¡Y tanta! Cada cual distrae su fastidio como puede: yo lo distraigo
leyendo, tú bailando... ¡Muy bien! Aquí no se ventila ninguna cuestión
de amor propio, ni se trata de que nadie imponga á nadie su voluntad...
Sí de que todos pasemos la noche lo más agradablemente posible.
(_Pausa._)
LEOCADIA
En llegando á ese punto, yo no digo ni pío; los señores verán.
Señorita, hable usted...
MANOLO
Vaya usted, si quiere...
DANIEL
Ve, tonta, ve... ¿pero por qué dudas?
ARACELI
(_Irritadísima_). ¡Venga el mantón! Ea, se acabaron las contemplaciones.
¡Venga!... He prometido ir, y no quiero quedar en ridículo. ¿Usted
necesitará su dinero, verdad?... Sí, tome usted...
LEOCADIA
No hay prisa.
ARACELI
Sí, tome, mejor es... á cada cual lo suyo... (_Registrando su
portamonedas._) ¡Qué demonio! No tengo bastante...
LEOCADIA
¡Pero déjelo usted, señorita!
ARACELI
¡Que no! Tome usted; mañana le daré el resto.
LEOCADIA
¡Nada, no quiero nada!
ARACELI
Sí, sí.
LEOCADIA
¡Que de ninguna manera!
DANIEL
Yo daré lo que falte.
LEOCADIA
¡Vaya, que no! ¡Ni que se fueran _ustés_ á morir! Hasta mañana, hasta
mañana si Dios quiere. (_Recoge los otros disfraces precipitadamente._)
ARACELI
Venga usted por la tarde.
LEOCADIA
Repito que no hay prisa. Ea... ¡y que pasen _ustés tóos_ muy buena
noche!
MANOLO
Adiós, mujer.
ESCENA V
ARACELI, DANIEL, MANOLO
ARACELI
¿Ya estarás contento, verdad? Me has puesto en ridículo... ¡Ya estarás
contento!
DANIEL
Araceli, te ruego que no riñamos; es de mal gusto.
ARACELI
Egoísta...
DANIEL
No, hija querida, no soy egoísta.
ARACELI
Sí lo eres; Manolo puede decirlo; no hay hombre que se quiera tanto á sí
mismo como tú.
MANOLO
Yo, si ustedes me lo permiten, voy á marcharme.
ARACELI
No... yo le ruego que se quede aquí.
MANOLO
Si usted lo quiere...
(_Durante este diálogo, Manolo leerá periódicos, hojeará libros, etc._)
ARACELI
Sí, quédese usted... Con usted, amigo íntimo de Daniel, no hay para qué
tener secretos. (_Pausa._) No crea usted que mi enfado y mi dolor
provienen de lo que acaba de suceder. ¡No!... Ir al baile ó no ir... ¿á
mí qué me importa?... Pero este hecho, insignificante en sí, es como la
gotita que hace derramar el vaso. Sufrimos una pena grande, y otra pena
mayor, y otra y otra... y sonreímos. Hasta que llega una contrariedad
pequeñísima, una contrariedad cualquiera... ¿qué diría yo?... ¡Unos
zapatos que acabamos de comprar y que nos lastiman un poco!... Y, de
súbito, acordándonos de que nada nos sale bien, la garganta se nos llena
de sollozos y rompemos á llorar á gritos. Y así es todo: eche usted
sobre un edificio una piedra más de las que puede soportar, y el
edificio se hunde; dele usted al corazón una gota de sangre más de la
que pueda contener, y el corazón se rompe.
DANIEL
¿Tantos disgustos te dí que ya no puedes resistir ni uno más?
ARACELI
Tantos, tantos me diste, Daniel... que mi alma, toda mi pobre alma es
una llaga.
DANIEL
No recuerdo ninguno.
ARACELI