CIRILO.--Lo importante para la nobleza de nuestros actos es la

intención, no la persona. Yo he conservado sus queridas cartas y las

releeré cuando dude de la bondad de los humanos. No me avergüenza la

ternura que contienen; usted ha puesto en ellas lo mejor de su corazón.

Y si no ve usted inconveniente en ello, le ruego que continúe esta

correspondencia.

LEONIE.--¡Cómo...! ¡Ya, en lo sucesivo, es imposible...!

CIRILO (_sonriente_).--¿Por qué no se atreverá usted a dirigirse a un

ministro de la religión, mientras que, en cambio, charlaba libremente

con el «peludo» Bauquet? ¡Pues es una tontería, mi querida amiga...!

Allá lejos, como ayer, cumpliré con mi obligación y necesitaré de

alguien que me dé ánimos. Además, ¿qué sería de usted si no tuviera ya

la ayuda moral que mis pobres cartas le proporcionaban...?

LEONIE.--¡Yo pensaba escribir a un hombre, caballero...! Me había

forjado ciertas ideas...

CIRILO (_sonriente_).--¿Acaso el sacerdote no es un hombre...? Ninguno,

entre mis hermanos, se atrevería a censurarme en este instante. Tengo

una deuda de agradecimiento para con usted, y quiero saldarla. Pude

apreciarla en todo su valor, mi querida amiga; un alma como la suya no

está completamente perdida. Usted puede redimirse de sus faltas, si hay

falta en ello.

LEONIE (_vaga_).--¡Cierto...! ¡Pero ya no me las pagarán...!

CIRILO.--Usted puede ganarse la vida en otro oficio más... ¿cómo

decirlo...? más catalogado... Es usted inteligente e instruída; le

recuerdo sus propias palabras: usted pensaba convertirse en la esposa de

un desmovilizado...

LEONIE.--¡En la suya...!

CIRILO.--Yo le encontraré una colocación decente lejos de París. Allí,

si usted lo desea, podrá aislarse del pasado y olvidar lo que ha

sufrido. Se convertirá de nuevo en un ser libre.

LEONIE.--Todo eso es muy bonito, pero irrealizable. Si usted hubiera

sido un ahijado como todos los demás, hubiéramos podido entendernos.

Usted hubiese encontrado en mí una criada sumisa y pronta a embellecerle

todos los minutos de la vida. Hay que renunciar a ello; vuelvo a caer en

mi miseria...

CIRILO.--¿Por qué no intenta usted siquiera un esfuerzo...?

LEONIE.--Le repito que no resulta práctico. Ejerzo una profesión que no

es de las más regocijadas; hay en ella momentos desagradables... ¡Pero

no sirvo mas que para esto...! La costumbre nos hace indiferentes a

todas las náuseas... Sea como fuere, tengo el pan seguro para mí y para

mis hijos. Usted me ha ofrecido buenos consejos, que, por desgracia,

llegaron un poco tarde.

CIRILO.--¡Nunca es demasiado tarde...! La Magdalena... Santa María

Egipcíaca...

LEONIE.--¡Siempre mencionan a éstas...! Son el orgullo de la

corporación. Tuvieron suerte, y nada más. En nuestro oficio, para ser

perdonadas, hay que hacer antes fortuna. Después se compra un castillo y

se vuelve una decente.

CIRILO.--¡Usted leyó eso en las novelas...!

LEONIE.--¡De ningún modo...! Conozco a señoras respetables que

principiaron como yo, pero que supieron administrarse y ahorraron

dinero. Se casaron y entraron en el buen camino.

CIRILO.--No pierdo la esperanza de hacer que usted entre también en él;

pero por medios más sencillos. (_Levantándose._) ¡Ea! Ya es tarde y

tengo que hacer un montón de cosas... Mi querida madrina: cuando no

lleve este uniforme me será muy difícil visitarla. Además, abandonaré

raras veces mi puesto. Prométame que me escribirá, que me permitirá

continuar por carta la obra de su rehabilitación...

LEONIE (_triste_).--¡Se lo prometo, caballero...! No me servirá de

mucho... En fin, podemos probar a ver... Lo acompañaré hasta la

puerta...

_Leonie lleva a Cirilo hasta el recibimiento; apenas cerrada la

puerta, aparece la sirvienta._

LEONIE.--¿Qué quieres...?

LA SIRVIENTA.--Es lo de siempre... El general, que está colgado del

teléfono... Pregunta por cuarta vez si volviste a casa... El pobrecito

pierde la paciencia. ¿Qué se contesta...?

LEONIE.--¡Que ya voy...! ¡Maldito rufián...!

LA SIRVIENTA.--¿Se marchó tu ahijado...? ¿Y sin tomar nada...?

LEONIE.--¡No! ¡Figúrate...! ¡Es una aventura extraordinaria! ¿Conoces la

historia de _Thais_?

LA SIRVIENTA.--¡He leído algo de eso...! ¿No es un cura de antaño, que

va a casa de una muchacha alegre para convertirla...?

LEONIE.--¡Justo...! Pues bien, amiga mía; acaba de sucederme lo mismo...

LA SIRVIENTA.--Entonces... ¿te metes en un convento...?

LEONIE.--¡Por ahora no! Voy a ver al general... ¡A escape...! ¡Mi

sombrero...!

XIII

CURSO DE AMOR

_La señorita Dora Lazique está prometida; debe casarse con el hijo de la

firma Lardant-Edward (coches automóviles). Ama mucho a su próximo

compañero de existencia. Agreguemos que carece de fortuna y que, por

consiguiente, su matrimonio es un matrimonio de amor. Reconócese un

matrimonio de amor en que el novio aporta la fortuna y adopta el régimen

de la comunidad: a esto se reduce el heroísmo del paladín moderno; puede

arrepentirse de su gallardía más tarde, a la hora del divorcio. La

señorita Dora acaba de saber por un anónimo que su prometido conserva un

hilo atado a la pata; es decir, que este joven no ha liquidado su

pasado. En esto, lo mismo que en otras debilidades, parécese a muchos

jovencillos del Tercer Estado, que no tienen valor para romper y

conservan a sus queridas hasta más allá del matrimonio; de suerte que el

adulterio es concomitante de los esponsales, y continúa después de los

primeros meses del enlace. Habría que formular cosas definitivas

referentes a este problema, pero no tenemos tiempo. Ahora bien; la

señorita Dora, al recibir el anónimo, no se ha espantado ni ha

intentado torturar a su prometido exigiéndole que se lo confiese todo.

Ha releído la carta sin firma: «Su prometido tiene una querida, que vive

en la calle Molitor, número 26, y que se gana la vida dando lecciones de

arte industrial; se llama Julia Duval. Trátase de una buena muchacha,

víctima de un impostor. Si usted tuviese vergüenza...»; etc. Dora piensa

que la vergüenza parece el nombre de una piel; no ha perdido la

serenidad un solo instante; decide presentarse en la calle Molitor y ver

a la señorita que fué la buena amiga de su futuro. Parte, pues,

acompañada de su aya, a la que pone de centinela delante del 26 de la

calle Molitor. Luego sube a casa de la señorita Duval, que vive en un

sexto piso; llama, y sale a abrirle una señora anciana._

DORA.--¿La señorita Duval...?

LA SEÑORA.--¡Aquí es...! ¿Viene usted a propósito de las lecciones...?

DORA.--Estoy de paso en París y querría adquirir algunas nociones de

pirograbado. (_Alargándole una tarjeta._) Soy la señora Stowe, de

Chicago.

LA SEÑORA.--Voy a avisar a mi hija.

_Sale y deja a la señorita Dora en este recibimiento, que adornan

unas acuarelas pobremente enmarcadas y unos grabados extraños. Al

cabo de algunos minutos, otra señora, menos vieja de aspecto, abre

la puerta de un saloncito-estudio de apariencia muy divertida,

porque se adivina que la dueña de la casa ha fabricado por sí

misma todo el decorado: maderas quemadas, cueros estampados,

estaños repujados, gredas adornadas y muebles de madera blanca

pintados; encima de la chimenea, y en un marco espléndido, sonríe

la fotografía del que fué dueño de la casa. Está pidiendo a gritos

que lo abofeteen. ¡Tan satisfecho de sí mismo aparece!... La señora

anuncia a una mujer con un rostro que debió ser lindo, y al que una

tristeza ya lejana otorga una nobleza especial. Es Julia Duval._

JULIA.--Es usted la señora Stowe, ¿verdad?

DORA (_con un acento americano bien imitado, pero que no engaña a

nadie_).--¡La misma! Vengo con motivo del pirograbado y del cuero.

JULIA (_muy tranquila_).--Estoy a sus órdenes. ¿Qué género de objetos

desea usted estudiar más especialmente?

DORA (_guiada por cierta presciencia_).--¡Dios mío...! Los objetos de

ornamentación corriente... Los que convienen a un hogar burgués...

JULIA.--¡Comprendido...! Usted tiene un marido que se interesa por las

artes aplicadas y que desearía convertirla en una artesana...

DORA.--¡No! Estoy aquí sin que lo sepa. Querría darle una sorpresa, ¿me

entiende?

JULIA (_que ya sabe a qué atenerse_).--¡Sí! Se trata de una de esas

gestiones que una no se atreve a confesar a su prometido, y todavía

menos a su esposo, aunque éste sea tan americano como usted y como yo.

DORA (_ingenua_).--¡Justo! Usted es la persona indicada para guiarme.

JULIA.--¿De veras? ¿Ha visto usted obras mías...?

DORA.--¡Naturalmente...! ¡En el Salón...!

JULIA.--Pues tiene usted muy buena vista, porque debo confesarle que no

he acudido a ninguna Exposición.

DORA.--¡Qué aturdida soy...! Yo he visto trabajos de usted en otra

parte... En casa de Chose..., o de Machin...

JULIA (_complaciente_).--¡Apuesto a que ha sido en la calle de San

Honorato...!

DORA.--¡Eso es! ¡Qué cosa tan bonita, Dios mío...!

JULIA.--Gracias por sus plácemes; los adoro cuando son sinceros.

DORA.--¡Además había oído hablar de usted...!

JULIA.--¡Ah! ¿Quiere decirme a quién...?

DORA.--A una amiga que desea permanecer desconocida.

JULIA (_burlona_).--¡Lo adivino! Una amiga anónima, ¿verdad?

DORA.--¡Algo parecido!

JULIA.--Dará usted las gracias a su amiga, puesto que me proporciona una

discípula tan agradable...

DORA.--En cuanto al precio...

JULIA (_interrumpiéndola_).--Ya hablaremos de esto más adelante.

Siéntese en ese sillón, porque tenemos que decirnos muchas cosas.

DORA.--¿Usted qué sabe?

JULIA.--Hace poco tenía yo un presentimiento. Y pensaba: «Hay una

señora Stowe, de Chicago, que vendrá a verme una de estas tardes para

pedirme algunas lecciones. Se mostrará muy confusa, a causa de su

gestión, que es un poco atrevida, y apenas llegada aquí tendrá grandes

deseos de marcharse. ¡Son tan tímidas las americanas...!»

DORA (_valerosa_).--Se equivoca usted. No me marcharé si no me echa a la

calle.

JULIA.--Me guardaré muy bien de portarme así con una persona que acude a

mí con tanta cortesía. A mi edad, y en mi posición, debe una dedicarse a

formar buenas discípulas, ¿verdad...?

DORA.--Eso depende de las intenciones de usted.

JULIA.--¡Oh! Voy a retirarme de los negocios después de no haber hecho

fortuna. Ya no valgo para nada. Por lo tanto, le cederé muy gustosamente

mis secretos. ¿Desea usted adornar la casa de su marido...? No conozco

al señor Stowe; pero... (_Ojeada a la fotografía._) conozco a bastantes

individuos que se le parecen; tomaremos, pues, un nombre general: el del

señor Stowe. ¡Además, todos los nombres se parecen...!

DORA.--Tratemos sólo del señor Stowe.

JULIA.--Es más cómodo. Vamos a ver... El señor Stowe, ¿es su marido

desde hace muy pocos días...? ¿Es un buen mozo, todavía joven, de unos

treinta y cinco años...?

DORA.--Así es, poco más o menos.

JULIA.--¿Y usted no sabe aún nada acerca de su carácter ni de sus

gustos...?

DORA.--¡Dios mío...!

JULIA.--¡Dejemos en paz a Dios...! ¿Usted tiene empeño en ser feliz con

un ciudadano al que ha aceptado a ojos cerrados...? Nada más sencillo,

si usted acierta a conducirse bien. En primer lugar, ¿lo ama usted?

DORA.--¡Oh! ¡Ya lo creo...! ¡Estoy segura de ello...!

JULIA.--El, por su parte, debe amarla. Sin duda, para casarse con usted,

ha sacrificado algunos afectos que estimaba en mucho.

DORA.--Lo ignoraba hasta hace poco.

JULIA.--¡Bueno! Desde luego hay que contar con que es un hombre formado

para la vida del hogar. No se trata de un bohemio. Necesita sus comidas

a una hora fija y sus... diversiones están previstas de antemano. Usted

es bastante joven para él y acaso toma el matrimonio como una liberación

de la vida de familia. El, en cambio, entra un poco más en ella. ¡Mucho

cuidado! De aquí provienen las primeras discrepancias. Las primeras

horas de toda unión son las más difíciles. Si en ellas sobreviene el

choque, ¡se acabó!... No caiga usted en el exceso contrario y no sea una

fregatriz. Con una poca costumbre, llegará usted a discernir los días en

que hay que ser una compañera de fiesta y aquellos en que hay que

resignarse a no ser mas que una esposa. Apuesto a que el señor Stowe es

uno de estos egoístas risueños que quieren que todo el mundo sea feliz

en el momento en que ellos están satisfechos de la vida, y que no

toleran que nadie esté alegre si ellos están tristes. No son unos

indiferentes; pero consideran al mundo con relación a su querida

persona. Amanse ellos en usted, si me es lícito hablar así, y la aman a

usted al través de ellos. ¡Se ha pretendido erróneamente que el amor

era el egoísmo de dos personas...!

DORA.--¡Me tranquiliza usted...!

JULIA.--Los hombres no son santos; pero tienen una excusa, y es que las

mujeres apenas valen más que ellos. Si se encuentran algunas mejores,

entre todas, no hay que alabarlas demasiado; la bondad es para ellas un

deporte o una costumbre. ¡Prosigamos...! Que la acogida de usted sea

siempre risueña, como el vestido será siempre objeto de sus cuidados. Un

joven autor ha consagrado una comedia a las mujeres que no se preocupan

de sí mismas. En ellas les ha hecho saludables advertencias.

DORA.--No tema usted nada. Tengo una serie de _deshabillés_ muy

notables.

JULIA.--Todo no se reduce a los _deshabillés_. Usted debe estar siempre

en plena representación delante de su marido; ha de interpretarle

continuamente la comedia del descuido; en este momento es usted joven,

todo marcha bien y las menores cosas le resultarán fáciles; dentro de

diez años habrá perdido usted ya su brillo y ganado otros atractivos. Yo

así lo espero. Sin embargo, tendrá usted que estar sobre aviso, y esta

diplomacia no se improvisa. El tiempo en que la mujer está segura de sí

misma dura muy poco; el tiempo en que está segura de su marido dura

todavía menos. Hay que prever el minuto en que el compañero es amenazado

por el demonio de la saciedad.

DORA (_desconsolada_).--¿Supone usted que mi marido se cansará de mí?

JULIA (_amargamente_).--¿No se cansó de su querida? Porque supongo que

el señor Stowe habrá tenido una querida antes de su matrimonio.

DORA.--Yo también lo supongo.

JULIA.--¿Y piensa usted que esta mujer, que no hacía con él su primer

experimento, y que acaso lo amaba, no habrá recurrido a todo para

atraérselo y conservarlo...?

DORA.--Y, en opinión de usted, ¿por qué no lo consiguió...?

JULIA.--Porque el hombre más enamorado siente la necesidad de

comprometer su dicha, aunque no sea mas que para convencerse a sí mismo

de que es libre; una mujer alegre conserva raramente a su amigo, o, si

usted lo prefiere, a su amante, más de siete años.

DORA.--¿Qué diferencia establece usted entre el amante y el amigo?

JULIA.--Para nosotras, el amigo es el amante legítimo, es lo que

representa en nuestra clase al esposo, al caballero de confianza.

Después de todo, los mejores maridos para ustedes se fabrican con

nuestros amigos.

DORA.--¡Comprendido! ¡Ustedes son, como quien dice, una escuela de

aplicación...!

JULIA.--¡Ay, sí...! Y no ignoramos que formamos discípulos para bien de

las mujeres honradas, que nos detestan. Nuestra única venganza consiste

en pensar que con el tiempo nos casaremos con los maridos divorciados de

nuestras rivales.

DORA (_furiosa_).--¡Pero yo no quiero que suceda eso!

JULIA.--¡No lo digo por usted, señorita! Confío en que sabrá usted

defender su tesoro.

DORA.--No deseo otra cosa; pero reconozco toda mi inferioridad...

JULIA.--¿Qué entiende usted por eso...?

DORA.--¡Es difícil de explicar! Hay una ciencia del amor, que se hace

muy mal en no enseñar a las jóvenes. De esta suerte, las tales llegan al

matrimonio sin conocer los refinamientos que agradan a su compañero.

JULIA (_riendo_).--No va usted a hacerme creer que las jovencitas de hoy

estén tan poco enteradas de estas cosas. He oído confidencias de

caballeros que me enseñaron bastante acerca de la inocencia de las

señoritas de la buena sociedad. ¡Muchas de estas mosquitas muertas

podrían darnos lecciones!

DORA.--Desgraciadamente, es exacto; sin embargo, hay entre nosotras

algunas que no están muy enteradas y que quieren aparentar que saben más

de lo que saben realmente.

JULIA.--Pues aconseje a éstas que no se engrían con una ciencia de la

que no conocen mas que los principios. El hombre que sea su marido,

tendrá a gran felicidad enseñarles la práctica, si le parece bien.

Además, será preciso animarle; lo que se cuida más en una comida son los

entremeses y el postre. ¡Es importante no asombrarse ante las primeras

sorpresas! Por el contrario, reprima usted las manifestaciones de su

asombro y diga que todo tiene su razón de ser, hasta las familiaridades

que al principio le parezcan excesivas. ¡Sobre todo, no se niegue usted

a nada! No sea indiferente ni distraída; espere a comprender el porqué

de las acciones que la desconcertaron; esta revelación no le será

concedida sino al cabo de un tiempo vario; con paciencia y buena

voluntad, apenas se hará esperar.

DORA.--Muchas amigas mías me han confesado que ellas no habían

experimentado nunca esta revelación.

JULIA.--Porque sus amigas tendrán unos esposos imbéciles o torpes; lo

cual viene a ser lo mismo. O bien porque ellas serán bastante tontas y

se habrán asqueado de un juego en el que no ganaban desde el primer

instante. «No hay atajo sin trabajo», ha dicho un fabulista.

DORA.--¡Confiese usted que todo esto resulta muy complicado!

JULIA.--Pasa lo que en todos los aprendizajes; pero crea usted que el

aprendizaje es lo más delicioso que hay. Conviene entregarse a él sin

procurar analizarse; toda distracción es nefasta en estos minutos.

Procure especialmente no aparentar un entusiasmo que no sienta; esto no

engaña a nadie y es más bien vejatorio para el copartícipe, que tiene

medios de comprobar la sinceridad de los sentimientos y la exactitud de

las expresiones de usted. Al principio, la ignorancia de usted será lo

que le seducirá mejor; luego seguirá con alegría sus progresos; el

minuto más precioso será aquel en que adivinará que usted toma interés

en la partida, jugando fuerte y pagando fuerte y en buena moneda. En

esta noche quedará él conquistado definitivamente y no pensará más en la

querida, que le enseñó el arte de las caricias.

DORA.--¿Está usted muy segura de que no pensará más en ella?

JULIA.--Se lo juro; puede usted entregarse con toda confianza al dulce

dueño, que la iniciará. Además, nunca le recomendaré bastante que

dedique todos sus cuidados al «guardarropa». Una mujer enamorada debe

estar siempre dispuesta a las conversaciones inesperadas; a partir de

los treinta y cinco años, en cuanto un hombre tiene un... motivo de

conversación, quiere aprovecharlo en seguida, ante el temor de que esta

conversación decaiga; esté usted siempre engalanada y emperifollada; no

provoque la charla, pero compóngaselas para favorecerla. Si parece que

su marido no le hace mucho caso, no recurra a los celos; éstos son mal

excitante, que dejan en pos de sí microbios de reproches y de

discusiones. Tampoco sirve de nada una visible tristeza; la mujer triste

pierde mucho de su encanto o impacienta a su marido. Cierto que excita a

los otros; lo cual es una compensación...

DORA.--¡Una compensación para las coquetas...!

JULIA.--Una coqueta no está triste nunca. Otra recomendación: no se

muestre jamás aburrida, porque correría usted el riesgo de aburrir.

Sonría, ármese de buen humor y siempre llevará usted las de ganar. ¡Ea!

¿Se me olvida algo...?

DORA.--¡Oh! Todavía tengo que aprender muchas cosas. No sospechaba que

la vida fuese tan complicada...

JULIA.--¡Tranquilícese! Tiene usted lo esencial, porque es usted bonita,

joven y además nada tonta.

DORA.--¿Y en qué nota usted que no soy tonta?

JULIA.--En la gestión que ha hecho. ¡Pocas jóvenes hubieran sido capaces

de ello, señora Stowe! No le guardo rencor por esto; al contrario, me

parece muy bien. Sin embargo, ¡pudiera usted haber dado con una

profesora de pirograbado menos indulgente que yo...!

DORA.--Le ruego que me perdone si mi visita le ha causado alguna

pesadumbre.

JULIA.--Mi pesadumbre pasó hace ya mucho tiempo. Sin duda voy a empezar

otra vez mi vida. ¡No hago otra cosa de veinte años a esta parte!

DORA.--Me dolería entretenerla más tiempo. (_Levantándose._) ¡Toda

lección merece su salario, señora! ¿La ofenderé suplicándole que acepte

esta sortija, que no tiene valor alguno...? (_Le ofrece una sortija que

se ha quitado del dedo._)

JULIA (_cogiendo la sortija_).--¡Muchas gracias, señorita!

_Acompaña a Dora y luego entra en el salón, donde la señora anciana

acude a su encuentro._

LA SEÑORA.--¡Qué! ¿Tienes una nueva discípula?

JULIA.--¡No, mamá! Es una muchacha que carece de condiciones para el

estudio...

XIV

CURSO DE CANTO

_El despacho de un juez de instrucción; moblaje pobre; un bureau debajo

de una ventana; tres sillas; una biblioteca con cortinillas, que

probablemente no encierra ningún libro; una puertecilla, que da a las

habitaciones del escribano, invisible; se entra por otra puerta que hay

en el fondo. Los que vienen por aquí vuelven solos raras veces. A esta

puerta va a llamar cierto día el señor Eloy Genvrain; este

quincuagenario agostado no se retrasa mucho; en esta misma mañana ha

recibido una hoja invitándolo a presentarse en el palacio de Justicia, a

cosa de las dos, en el despacho del señor Renato de Espardeillan, juez

de instrucción. Este viejo caballero estaba ayer mismo reluciente y

llevaba erguida una noble faz, muy rasurada, peluda, adornada con una

gran nariz delgada y subrayada por un bigote en forma de paréntesis.

¡Parecía un bravo jabalí domesticado! Hoy no es mas que un mísero

vejete, repentinamente encorvado, que parece implorar la caridad.

¡Compréndese que este hombre no se teñirá más! La vejez lo ha herido

irremediablemente, gracias a la citación del juez._

_Después de un calvario de indagaciones, llega ante el umbral del

Torquemada; llama a la puerta; acércase un escribano polvoriento; el

paciente muestra su citación; es introducido en este despacho. Sobre el_

bureau _está inclinado un caballero joven, delgado y más bien elegante,

con el aspecto de un primer actor del Vaudeville: nariz roma, boca

glotona, ausencia de cejas y calvicie agresiva. Este magistrado, poco

decorativo, se levanta cortésmente e indica una silla Imperio que hay

junto a su temible_ bureau.

EL JUEZ.--Es usted el señor Eloy Genvrain, diputado del Bajo Saona,

¿verdad?

ELOY (_humilde_).--¡El mismo, señor juez!

EL JUEZ.--Muchas gracias por haber acudido tan pronto a mi citación;

trátase de un asunto en que los querellantes dan muestras de una prisa

especial y quieren una solución pronta.

ELOY (_fingiendo torpemente una sorpresa_).--¡Le confieso que estoy mal

preparado para esta conversación!

EL JUEZ (_burlón_).--¿De qué piensa que se iba a tratar en ella?

ELOY.--Soy relator de la ley acerca del aumento de sueldo a los

magistrados instructores y pensaba que usted deseaba interrogarme sobre

este particular.

EL JUEZ (_turbado_).--¡No, señor diputado...! Desde luego, esta cuestión

no me es indiferente. Pero yo le he llamado aquí para un asunto que le

atañe de un modo más directo. Le acusan a usted de corruptor de una

menor.

ELOY (_dando un brinco_).--¡Yo...! ¿Yo...? ¡Qué infamia...!

EL JUEZ.--Comprendo su emoción. ¡Sin embargo, hay una querella contra

usted!

ELOY (_sin darle importancia_).--¡Tiene gracia!

EL JUEZ.--No lo dudo; pero, con arreglo a los informes de la Policía,

usted fué sorprendido en un hotel de la calle de las Grandes Baldosas en

compañía de una muchachita que no había cumplido los quince años; el

padre y el hermano de la joven lograron del comisario un proceso verbal

instruído a instancias suyas; la joven Elisa Machut declaró ante el

oficial de Policía que había sido llevada a este hotel merced a pérfidos

manejos, y que una vez encerrada con usted no había podido substraerse a

sus galantes empeños.

ELOY (_aniquilado_).--Señor juez: ¡soy víctima de una abominable

maquinación! ¡Han logrado dar un golpe de _chantage_ político sin

ejemplo en la historia del sufragio universal!

EL JUEZ.--¡No veo la relación que pueda tener esto con el sufragio

universal!

ELOY.--¿Me juzga usted culpable?

EL JUEZ.--Yo le pregunto solamente si confiesa los hechos.

Los cursos · 第 8 / 10 段