que en lo sucesivo vea a ningún hombre desnudo.
SOFÍA.--¡Bah! Después de todo, no tenía ni pizca de talento. ¿Con quién
se casa...?
RAQUEL.--Con un pintor llamado Gedeón Lourmail; un señor que expone en
los Independientes mujeres azules y hombres verdes...
TODAS (_indignadas_).--¡Oh!
TERESA.--Por nada del mundo querría casarme con un artista. Busco un
médico.
ELSA.--¡Ay! ¡Qué mal haces...! ¡Los médicos son muy pillastres...!
TERESA.--Tomaré mis precauciones; tengo una amiga que se casó con un
gran ginecólogo. Le prohibe que ausculte a las clientes ni siquiera la
piel, y asiste a todas las consultas escondida detrás de un tapiz que
representa a Alejandro victorioso. Cada vez que su marido va más allá de
lo conveniente, Alejandro se agita.
JUANA (_dándose polvos_).--¡Dios mío! ¡Qué estúpido ser celosa...!
¿Verdad, Raquel...?
RAQUEL.--Más estúpido todavía es casarse. ¡A menos que se presente una
buena proporción...!
TERESA.--¡El maestro Joaquín, por ejemplo...!
RAQUEL.--¿Qué quieres decir con eso...?
TERESA.--¡Nada! ¡Oh! ¡Nada...! ¡Había corrido el rumor de tus esponsales
con él...!
RAQUEL.--¡Es una calumnia infame...! El señor Pont-Dugard me ha
cortejado, como lo ha hecho con todas... ¡Así lo exige su profesión...!
Pero tú sabes de sobra que no está libre... Tiene un compromiso...
ÁGATA.--¡Bah! ¿Quién es...?
INÉS.--Una princesa italiana que fué raptada por él. ¡Lo sabe todo el
mundo...! Se trata de una patricia muy bella que lo alimentó cuando él
estaba en la miseria.
ÁGATA.--¡Ay! ¡Estás demoliendo a mi ídolo...!
INÉS.--¿Por qué...? Todos los grandes hombres fueron lanzados por
mujeres... La princesa Lappioni se ha consagrado a la gloria de nuestro
querido maestro; vive en un hotel inmediato al suyo, y hay en él una
puerta de comunicación con una escalerilla secreta...
TERESA.--«La escalera de sus vicios.»
JULIETA (_corriendo_).--¡Hala..., hala...! ¡A trabajar...! ¡Acaba de
llegar Joaquín...!
_Todas estas señoritas vuelan hacia sus caballetes: se han puesto
las blusas y aparentan absorberse en su arte. Joaquín entra; es un
hombre de cincuenta años, extremadamente_ chic _y muy atildado.
Tiene manos de prelado, rostro banal de artista mundano, hermosos
ojos negros, nariz aguileña, bigotes finos y barba en punta,
demasiado negra. Luce una severa levita con la gran roseta de
comendador. El que la crítica ha llamado «El maestro de la rosa»
afecta una gran nobleza de actitudes. Cuando habla, siéntese uno
conquistado al instante. ¡Tan dulce y cantarina es su voz...! A la
entrada del gran jefe todas las discípulas abandonan su tarea y
permanecen de pie._
JOAQUÍN.--Dispénsenme ustedes, señoritas, que me haya retrasado; pero me
han entretenido en el Elíseo, donde yo desayunaba con la delegación del
Instituto.
RAQUEL.--Maestro: no me he acordado de decir a mis compañeras que
recibía usted esta mañana, de manos del presidente, la corbata de
comendador.
_Viva emoción._
JOAQUÍN (_modesto_).--No concedamos a estos vagos honores sino la poca
importancia que merecen. ¡Sólo el Arte debe ser objeto de nuestras
ambiciones, señoritas...! ¡El es el que da una significación, un valor a
la existencia...! ¡Trabajemos sin descanso, señoritas...! El trabajo nos
proporciona alegrías puras, junto a las cuales la riqueza y las
condecoraciones no son mas que fruslerías.
EL MODELO (_entre dientes_).--¡Farsante...!
JOAQUÍN.--¡Y ahora voy a ver sus estudios! (_Todas tornan a su tarea.
Joaquín principia por el lienzo de Raquel._) ¡Delicioso...! ¡Ah!
¡Delicioso...! ¡Todavía un poco compendioso, pero vigorosamente
indicado...! ¡Acuse el contorno...! «El dibujo es la probidad del
Arte», dijo Ingres... ¡Caramba...! ¡Usa usted un perfume exquisito...!
RAQUEL.--Es «Ola en el alma», de la Casa Liedon.
JOAQUÍN.--Adoro los perfumes, porque viven con vida propia; se
identifican con las mujeres y traducen su secreto pensamiento. ¡Un
perfume es una confesión!
RAQUEL (_enrojeciendo_).--¡Maestro...!
JOAQUÍN (_satisfecho de su conquista_).--¡Continúe, hija mía,
continúe...! ¡Su estudio se presenta bien! (_Pasa a la vecina, a Inés,
que ha pintarrajeado una imagen informe, una composición para
salvajes._) No se moleste, señorita... (_Estudiando su lienzo._)
¡Delicioso! ¡Oh! ¡Deliciosísimo...! ¡Y muy personal...! ¡Sacrifica usted
a los falsos dioses de la nueva escuela!
INÉS (_convencida_).--Resulta feo, ¿verdad?
JOAQUÍN (_protestando_).--¡Yo no he dicho eso...! ¡Está lleno de
promesas...! Pero precise más el dibujo... ¡Acuse los contornos...! ¡Dé
relieve a los músculos...! ¡Haga carne que sea sonrosada...! Aficiónese
al color de rosa, que es el color de la alegría... Tiene usted un bonito
griñón... Es de encaje, ¿verdad...?
INÉS (_conmovida_).--Sí, mi querido maestro.
JOAQUÍN.--¡Ah, los encajes...! ¡Qué poemas de paciencia y de
reflexión...! Se piensa en las mujeres que gastaron años enteros en
producir estas maravillas, ornato de la belleza de usted... ¡Le sienta
estupendamente...!
INÉS.--¡Es usted demasiado bueno, maestro...!
JOAQUÍN (_cogiendo un pincel_).--¡Con su permiso...! Voy a disminuir
este muslo... ¡Qué buenos muslos tiene este mozo...! ¡Ajajá...! Para
darle carácter, dibuja usted el esternocleidomastoideo... ¡Qué soberbio
músculo...! Trabaje, hija mía. ¡Va usted por buen camino...! (_Se acerca
a otra discípula, a Julieta._) ¡Delicioso...! ¡Oh! ¡Completamente
delicioso...! Hace usted progresos... Pero no acusa bastante el
contorno...! No caiga usted en la tentación de pintar el fondo con las
raspaduras de la paleta... ¡Enternézcase sobre la carne...! ¡No ve usted
bastante el tono rosado...! _Etc., etc..._
_De esta manera, el maestro ha dado la vuelta al estudio
rectificando los lienzos de todas las señoritas y repartiéndoles
cumplidos, como se ofrecen bombones a los niños de las escuelas
primarias. Todas están encantadas._
JOAQUÍN (_llega al lado de Lorenza_).--¡Señorita White...! ¡Mi discípula
preferida...!
LORENZA (_muy tranquila_).--¡Maestro...! ¡Reciba usted mis saludos...!
JOAQUÍN (_mirando el estudio_).--¡Delicioso! ¡Oh...! ¡Qué delicioso...!
¡Ha hecho usted progresos considerables...!
LORENZA (_fría_).--Pero no acuso bastante los contornos, ¿verdad?
JOAQUÍN (_turbado_).--¡En efecto...!
LORENZA.--¡Ni acuso bastante los músculos...! ¡Ay! ¡Conozco mis
defectos...!
JOAQUÍN (_recobrándose_).--¡No! ¡Al revés! ¡Tiene usted tendencia a
acusarlos...! ¡Esta no es pintura de mujer...! ¡Hay que atenuar un poco
más...!
LORENZA (_asombrada_).--¡Ah! ¡Yo creía que había que abordar
abiertamente el desnudo...!
JOAQUÍN.--Endulce usted su temperamento, porque de lo contrario caerá en
el impresionismo.
LORENZA.--¿Es un crimen?
JOAQUÍN.--¡Por lo menos, es una torpeza...! Se lo advierto: tiene usted
muy buenas condiciones... Hasta le permitiré que acuda este año a la
Exposición del Salón.
LORENZA.--¿Cree usted, maestro, que estoy bastante segura de mí misma?
JOAQUÍN.--Yo estoy seguro de usted y le garantizo que será admitida.
Tengo un asunto para usted: un lavadero con unas aldeanas, desnudas
hasta la cintura, golpeando la ropa.
LORENZA (_amargamente_).--¡Qué novedad...!
JOAQUÍN.--Es un asunto eterno. Vendrá usted a hacer esto a mi casa.
Mañana me traerá el esbozo. ¿Se lo figura usted así...? Carnes rosadas
al aire libre; vestidos rosados; alrededor, matorrales rosados, y
encima, la luz rosada del crepúsculo.
LORENZA.--Yo he visto lavanderas en Bretaña; eran viejas, sucias, feas y
espléndidas; lavaban en pleno sol y estaban amarillas y terrosas.
Componían un horrible poema de miseria y de espanto.
JOAQUÍN.--Señorita: es preciso que el pintor magnifique la Naturaleza y
la haga agradable. ¡Esta es nuestra razón de ser...! (_Mirándola._)
¡Está usted muy linda, señorita White...! ¡Me gustaría hacer su
retrato...!
LORENZA.--¡Qué honor para mí, maestro...!
JOAQUÍN.--Querría dejar una imagen inmortal de usted... ¡Mire...! ¡La
pintaría tal como está ahora... delante de su principiado lienzo...!
LORENZA (_burlona_).--¡Esto no se ha hecho nunca!
JOAQUÍN (_ingenuo_).--¿Verdad que no...? ¡Qué buena idea...! Dígaselo a
su padre, y si tengo algunos días libres, siento que, inspirado por su
radiante belleza, haré uno de mis más hermosos retratos. Y tampoco
resultaría mal que los dos expusiéramos juntos nuestros cuadros... La
crítica hablaría de ellos y yo alcanzaría en seguida una mención para
usted.
LORENZA.--¡Me colma usted de favores...!
JOAQUÍN.--Me siento atraído hacia usted por una simpatía de artista.
Quiero revelárselo a usted misma. Venga a mi casa después de clase.
¡Charlaremos de todo esto...! (_Levantándose._) ¡A los pies de ustedes,
señoritas...!
_Echa a andar, coge su sombrero y se retira, siempre digno y
solemne. El trabajo prosigue. De súbito entra Lafripe, una especie
de bohemio sin edad, hirsuto, canoso y con la ropa llena de
manchas._
LAFRIPE.--¡Ustedes dispensen, señoritas! (_Todas se vuelven._) ¿No ha
venido todavía el maestro?
RAQUEL (_secamente_).--Acaba de marcharse, caballero.
LAFRIPE.--¡Maldita sea...! ¡Buena la he hecho! ¡Me va a echar una
bronca...!
LORENZA.--¿Qué desea usted decirle? Voy a verlo dentro de un rato.
LAFRIPE.--Yo soy quien le pone sus esbozos en cuadrícula. ¡Hay que
vivir...! Me había citado aquí; pero me he entretenido jugando a la
malilla... ¡Hola, Cornu...!
LORENZA.--¡Si puedo servirle en algo...!
LAFRIPE.--¡Es usted muy atenta, señorita...! Acepto su ofrecimiento; le
dirá usted que estuve a ver a una vieja parienta enferma y que me
retrasé por eso. El no creerá una sola palabra; pero, por tratarse de
usted, aparentará creerla...
LORENZA.--¿Piensa usted que tengo tanto crédito para con él...?
LAFRIPE.--¡Claro...! Usted es su discípula predilecta. (_Acercándose._)
¡Caramba! ¡No está mal del todo este dibujo...!
LORENZA (_encantada_).--¿De veras?
LAFRIPE.--En serio. Se nota todavía en él cierta inexperiencia, pero no
carece de solidez... Además, es de «pintor». Tiene usted buenas
cualidades... ¡Qué lástima...!
LORENZA.--¿Por qué «¡qué lástima...!»?
LAFRIPE.--Porque lo perderá todo. ¿Es usted robusta y violenta? Pues
Joaquín la sumergirá en sus tonos rosados. ¿Dibuja usted con el pincel
como los verdaderos, como los puros...? Pues él le hará «acusar» el
contorno. ¿Ama usted su arte? Pues él la obligará a caer en el oficio:
las «Lavanderas» almibaradas y las «Pastoras» de confitería. Y, para
concluir, el retrato a la inglesa: la dama tocada con un amplio
sombrero, al pie de un olmo y con flores en las manos... ¡Ah! ¡Buen
pintamonas está el tal Joaquín...! ¡Cuántos talentos hizo abortar...!
¡Qué viejo tan miserable...! Usted... usted misma tiene entusiasmo e
impetuosidad... El color fluye de sus dedos... Y ¿qué está usted
buscando en esa caja...?
LORENZA.--Procuro aprender la técnica.
LAFRIPE.--¡Está buena la técnica de Joaquín...! Váyase usted a su casa;
pinte tres manzanas en una compotera, o el carrete de su portera.
Trabaje desde la mañana a la noche; dibuje y malgaste el color; pero
hágalo, sobre todo, sin maestro. Entréguese usted en cuerpo y alma a su
labor; reviente de exaltación, de duda, de despecho, y no pida consejos
a nadie. Antes de nada huya de esta escuela como de la peste. Y de aquí
a diez años tal vez sea usted una gran pintora.
LORENZA.--Seguiré sus indicaciones, caballero. Sin embargo, yo no puedo
trabajar sola. ¿Podría usted darme lecciones...? Se las pagaría bien.
LAFRIPE (_frío_).--¡Muchas gracias...! ¡Soy un fracasado...! Retoco los
lienzos del patrón, juego a la malilla y bebo _bocks_ mientras describo
los cuadros que no haré nunca. ¡Y me conformo con esto...! ¡Que usted lo
pase bien, señorita...! (_Se marcha, vehemente y sucio._)
XII
CURSO DE MORAL
_El sargento Cirilo Bauquet llega a París; su primer cuidado es visitar
a la señora Leonie Marchesse, una persona muy amable, que lo eligió como
ahijado y que durante cuatro años de guerra lo colmó de regalos y de
golosinas y le escribió cartas deliciosas, muy bien compuestas, a las
cuales respondió él con páginas muy elocuentes; durante la lucha le
describía los duros combates, y después del armisticio le hizo la
crónica de la ocupación. Leonie le contestaba diciéndole todo lo que
pasaba en la capital, la descripción de las fiestas de la victoria, el
relato de una sesión parlamentaria a la que había asistido, etc., etc.
Cirilo sacó la conclusión de que la señora Leonie desempeñaba el cargo
de ama de gobierno en casa de la señora baronesa de Boel, en la calle de
Richelieu. El sargento Bauquet es un joven de fisonomía agradable. Luce
sobre el pecho una colección de gloriosas insignias: la placa de piloto
aviador, a la derecha; la cinta de la cruz de guerra, la de la medalla
militar, la de los heridos, la condecoración norteamericana, etc.;
lleva, por último, la forrajera roja. Llega al número 206 de la calle
de Richelieu: es una casa que parece habitada por comerciantes; pregunta
al portero: «¿Hace el favor de decirme dónde vive la señora baronesa de
Boel?» El portero le mira de un modo extraño: «En el primero, pasado el
entresuelo; hay una placa.» En efecto; en el primero de la derecha, una
puerta se adorna con una gran placa de cobre, cubierta en sus cuatro
picos de arabescos multicolores; en el centro se lee esta sola palabra_:
Boel. _Por lo visto, la baronesa se dedica al comercio. Cirilo llama;
repique lejano. Una criadita, con cara de parisiense, abre._
CIRILO.--¿Vive aquí la señora baronesa de Boel?
LA SIRVIENTA.--Sí, señor.
CIRILO.--¿Podría hablar con la señorita Leonie Marchesse? (_Le entrega
su tarjeta._)
LA SIRVIENTA.--No sé si estará levantada ya.
CIRILO (_asombrado_).--¿A las tres de la tarde?
LA SIRVIENTA.--Las damas estas se acostaron muy tarde. De todas maneras,
pasaré a ver... ¿Quiere esperar el señor en el salón?
_La sirvienta introduce a Cirilo en una amplia estancia, parecida a
un salón de médico; ni siquiera falta en ella la obligatoria mesa
de incrustaciones. Moblaje estrafalario, comprado pieza por pieza
en el Hotel de Ventas. Es de una impersonalidad burguesa, que no
permite adivinar el estado civil de la señora Boel ni el género de
comercio a que se dedica. Debe de ser una mujer de negocios, una
dama picapleitos. Al cabo de un cuarto de hora aparece la señora
Leonie Marchesse. Es una mujer alta, de hermosa presencia y de
agradable fisonomía, con unos admirables ojos, de un encanto muy
sugestivo; luce un vestido negro muy sencillo, pero muy elegante;
alarga a Cirilo una mano bien cuidada._
LEONIE.--¡Dispense, mi querido ahijado, que le haya hecho esperar...!
Estaba acabando de arreglarme... ¿Por qué no me anunció usted su llegada
en la última carta...? ¡Habría ido a aguardarle a la estación...!
CIRILO.--Ha sido un viaje imprevisto. Vengo para preparar mi
desmovilización.
LEONIE.--¡Oh! ¡Es una lástima...! ¡Le sentaba tan bien el uniforme...!
CIRILO.--¡Bastante lo llevé ya...!
LEONIE.--¿No quiere usted hacer carrera en el ejército...? ¡Me parece
mal...! Un hombre joven y bien formado, como usted, tiene un hermoso
porvenir en la carrera militar. ¡Pero siéntese usted...!
CIRILO.--¡Muchas gracias...! ¡Temería molestarla...!
LEONIE.--¡Oh! No tengo nada que hacer hasta las ocho. Si usted quiere,
saldremos juntos a recorrer París.
CIRILO.--Prefiero permanecer al lado de mi querida madrina, que ha sido
tan buena para mí y a la que yo deseaba tanto conocer. Sus cartas me
sostuvieron durante las horas penosas. Tengo que felicitarla. ¡Escribe
usted como madame Sevigné...!
LEONIE (_orgulloso_).--¡Oh! Tengo mis títulos académicos, aunque maldito
si me sirven de algo.
CIRILO.--Una mujer no debe sentir nunca ser instruida, cuando es bonita.
LEONIE.--¡Indudablemente...! ¡Pero es preferible que sea bonita...!
LA SIRVIENTA (_entrando sin llamar_).--¡Leo..! La señora pregunta si
podrás salir de paseo a las seis.
LEONIE.--¡Bah! ¡Ya ves que tengo aquí a mi ahijado...! Que mande a
Carmen, o a Irma.
LA SIRVIENTA.--¡Es que el general quiere que seas tú...!
LEONIE.--¡Pues contéstale que he salido y déjanos en paz...!
_Este breve coloquio sume a Cirilo en una estupefacción inquieta.
La sirvienta sale._
CIRILO.--¿Tiene usted mucho trabajo?
LEONIE.--Ahora hay algo menos que hacer, a causa de la marcha de los
norteamericanos. Dentro de poco no nos quedará mas que la clientela
ordinaria...
CIRILO.--¡Ah...! ¿Se dedica usted a los negocios?
LEONIE.--¿A qué negocios...?
CIRILO.--Yo creía... Acabo de ver en la puerta una placa comercial...
LEONIE (_retorciéndose de risa_).--¡Ah...! ¡Es verdad...! ¡No te dije lo
que hacía...!
CIRILO (_asombrado por este tuteo repentino_).--¡En efecto...! ¡Y temí
ser indiscreto si le pedía algunos detalles...!
LEONIE.--Y como tú no me los pedías, yo no te los di. Además, me
disgustaba que supieras lo que hacía... ¿Qué habrías pensado de tu
madrina si ésta te hubiera escrito: «Estoy empleada en casa de la señora
Boel, una amable mujer que recibe desde las ocho de la noche hasta las
tres de la madrugada a los caballeros que buscan un alma hermana
metidita en carnes...?» Habrías dicho para tus adentros: «¡Es una
perdida...!» Y no me hubieras contestado más. Esto me habría
apesadumbrado, porque te llegué a tomar cariño. Aquí, en la casa, mis
compañeras me gastaban bromas: «¡Ya está Leo escribiendo a su galán...!»
«¡No le habléis...! ¡Es sagrado...!» ¡Y tenían razón! Te escribía todas
las noches, después del yantar, y si me hubiesen molestado, me habría
vuelto loca de rabia...
CIRILO (_turbado_).--No tengo por qué censurarla, señora. Por el
contrario, le debo un gran reconocimiento. Esperaba sus cartas todas las
mañanas con una impaciencia de la que no puede usted tener idea. ¡Eran
tan compasivas y tan conmovidas...! Se las leía a mis compañeros de
trinchera y luego a mis camaradas de ocupación en Maguncia. Todo el
mundo me envidiaba; los amigos que partían con permiso me pedían la
dirección de usted con el pretexto de traerle noticias mías. ¡Y yo no
quería dárselas...!
LEONIE.--¿Tenías celos?
CIRILO.--¡No...! Pero los soldados que pasaron en las primeras líneas
los meses más rudos conservaron la rudeza de su precaria existencia. No
saben hablar a las mujeres, y alguno hubiera podido agraviarla...
LEONIE.--¡Bah! ¡Figúrate tú...! ¡Precisamente en mi oficio...!
CIRILO.--Desconocía su oficio, como usted dice. Suponía que usted era el
ama de gobierno de una señora anciana... su lectora...
LEONIE (_soñadora_).--Por esto y nada más que por esto hubiera querido
esperarte en la estación y llevarte conmigo por ahí. ¿Te avergüenzas de
mí...?
CIRILO (_sincero_).--¡Oh! No tengo derecho a juzgarla. ¡Ya ve usted...!
Yo no había pensado siquiera en buscar madrina...
LEONIE (_asombrada_).--¿Es posible...? Entonces el anuncio de la _Vida
Parisiense_...
CIRILO.--Era una broma que mis compañeros me habían gastado sin que yo
lo supiera. Cuando usted me escribió, su carta me pareció tan bonita,
que contesté. De esta manera comenzó nuestra correspondencia. Yo la
estimulé; advertía en usted una criatura delicada y maltratada por la
vida. Nos comprendimos.
LEONIE.--¡Oh! ¡Te aseguro que te había comprendido...! ¡Eras tan atento
y tan dulce...! Cuando tenía algún pesar, me consolabas con las palabras
necesarias. Será una estupidez, pero llegué a enamorarme de ti... ¿No te
disgusta que te lo confiese...?
CIRILO (_confuso_).--¡Sin duda está usted de buen humor...!
LEONIE.--¡Hablo muy en serio...! Tú no eres como los demás; tú tienes
carácter. Cuando una persona es un grosero, no escribe cosas tan bellas.
Por esta causa, yo había trazado mis proyectos para el porvenir: «En
cuanto vuelva, saldré a su encuentro. Nos juntaremos; nos iremos a
provincias, a su lindo país de Gascogne, donde estaré bien escondida. Me
encargaré del cuidado de su casa. Le ayudaré; seré su abnegada
compañera, su esclava, y le amaré tanto que acabará por ser dichoso...»
Todas las noches me dormía pensando en ti y rezaba también por ti...
¡Porque sabrás que tengo sentimientos religiosos...!
CIRILO (_conmovido_).--¿De manera que pensaba usted en mí de este
modo...?
LEONIE.--¡Sí...! No lo tomes a broma. Estoy segura de haberte preservado
de algunos peligros.
CIRILO.--¡Qué extraño...!
LEONIE.--¡Ah...! ¡Comprendido...! Eres como todos los compañeros... ¡No
tienes fe...!
CIRILO.--¡Al contrario...! ¡Tengo mucha...!
LEONIE (_interrumpiéndole_).--¡Más vale así...! ¡Te aseguro que no
miento...! Es inútil decirte que no he sido muy feliz. Estaba de maestra
de instrucción primaria en un pueblecillo del centro. Conocí al hijo del
alcalde. ¡Tenía que suceder así! En un pueblecillo de provincias se
aburre una. Pasa un buen mozo, bien puesto, que se dedica a
perseguirnos. ¡Y se acaba por ceder...! Luego, el seductor os deja
plantada con dos niños que se parieron en secreto y que se confiaron a
una nodriza... Entonces ya no se sabe a qué santo encomendarse... No
basta el sueldo... Y hay que hacerse prostituta, aunque no se tengan
ganas de ello...
CIRILO (_cogiéndole las manos_).--¡Pobrecita mía...!
LEONIE.--Afortunadamente, di con la señora Boel, que se portó muy bien
conmigo. A esta casa vienen solamente personas distinguidas, que no
tienen maneras brutales y que pagan convenientemente. ¡Qué diantre...!
¡Son como parroquianos...! La casa está habitada por familias burguesas.
Ninguno de los inquilinos sospecha que haya aquí una casa de citas.
Jamás se da un escándalo; las mujeres no se extralimitan en nada; nunca
hemos tenido disgustos con la Policía. Pero me estoy charla que charla y
no me acuerdo de que hablemos de ti.
CIRILO.--¡Bah! ¡Yo no soy interesante...!
LEONIE.--¿Por qué...? Vas a ser desmovilizado y debes preocuparte del
porvenir...
CIRILO.--Volveré en seguida a mi antigua profesión...
LEONIE.--¡Tan joven y ya tienes una profesión...!
CIRILO.--¡Sí...!
LEONIE.--¿Y a qué te dedicabas cuando eras paisano...? ¡Nada... nada...!
¡Tienes que contestarme...! Yo te he referido toda mi vida y tú debes
ser también franco conmigo... De lo contrario, me imaginaré que tienes
un oficio del que te avergüenzas...
CIRILO (_confuso_).--No es ésta precisamente la razón que me impide
confesárselo a usted...
LEONIE.--A pesar de mi profesión, yo, hijo mío, soy una buena
muchacha... ¡Es que no tienes confianza con tu madrina...!
CIRILO (_vacilante_).--¡Va usted a tomar a mal que no se lo haya avisado
antes...! He sido un cobarde. Yo pensé: «¡Si me descubro, no me
escribirá con tanta franqueza...!» Además, hubiera usted dejado de
enviarme las golosinas y los obsequios, que yo repartía entre mis
compañeros. ¡Fuí muy culpable y ahora sufro el castigo de mi
disimulo...!
LEONIE (_impaciente_).--¡Acabarás por desesperarme! ¿Qué ocultas en tu
existencia...? ¿Acuñas moneda falsa...? ¿Te dedicas a la trata de
blancas...? ¿Eres diputado...? ¡Contéstame...!
CIRILO.--¡Soy cura...!
LEONIE (_estupefacta_).--¿Eh...? ¿Que tú... que usted es sacerdote...?
CIRILO.--Antes de la guerra estaba de cura ecónomo en
Saint-Sacernien-Haute-Garonne. Senté plaza para mientras durase la
guerra, como mis compañeros. ¡Veinticuatro meses disfrazado! Luego me
hirieron en Bouchavesnes; después entré en aviación. ¡Y aquí estoy...!
No me guarde usted rencor por esta tardía confesión, puesto que usted
misma la ha provocado. Yo hubiera querido salir de esta casa dejando a
usted ignorante de mi condición. La veo consternada y pronta a llorar...
LEONIE.--No me faltan motivos para ello... Ahora va usted a
detestarme...
CIRILO.--Soy tan amigo de usted como antes. En cualquier tiempo, nuestra
misión fué toda de indulgencia. Pero la guerra ha venido a confirmarla;
cuando se vió lo que yo he visto, siéntese uno incapaz de severidad, si
no es para consigo mismo. Aunque hubiera sabido quién era usted, no
habría dejado de venir.
LEONIE.--¡Es usted demasiado bueno, caballero...! Me consuela lo mejor
que puede. Si yo lo hubiera sabido, jamás me hubiera atrevido a
escribirle...