ELOY.--¡No puedo negarlos, puesto que me cogieron en flagrante delito!

¡Pero es preciso que sepa usted la verdad! ¡Aquí donde usted me ve,

caballero, nunca he engañado a mi mujer...!

EL JUEZ (_dubitativo_).--¡Sin embargo...!

ELOY.--Quiero decir que nunca la había engañado hasta estos últimos

tiempos. ¡Y algún mérito tenía el conservar esta constancia...! Soy

diputado desde hace cinco años. ¡Excuso decirle las tentaciones que

habré tenido que sufrir en los teatros subvencionados! Además, he

redactado el informe de Bellas Artes. ¡Y he permanecido casto...! ¡Este

hecho es único en los anales de Bellas Artes!

EL JUEZ.--¡En efecto!

ELOY.--Puede usted felicitarme tanto más cuanto que la señora Genvrain,

sin que horripile, tampoco puede pasar por una belleza.

EL JUEZ (_indulgente_).--¡Y usted no tenía valor para engañarla! ¡Claro!

Así, las señoritas subvencionadas no resultan ya tan atrayentes.

ELOY.--No tengo opinión sobre este asunto, porque nunca quise verlas de

cerca.

EL JUEZ.--Estos escrúpulos le honran. ¡Pero después se ha desquitado

usted...! ¡Las quería usted menores, picarón!

ELOY.--¡Yo picarón...! ¡Usted tiene ganas de broma...! ¡Aborrezco el

amor, así se trate del conyugal...!

EL JUEZ.--¡Usted oculta sus intenciones, mi querido diputado!

ELOY.--Le repito que soy víctima de una maquinación. La culpa de todo

esto la tiene la Proporcional.

EL JUEZ.--No comprendo cómo la Reforma electoral le ha impulsado a

llevar a una menor a una casa de citas.

ELOY.--Porque usted no conoce la perfidia de los competidores. Voy a

desenvolver ante usted toda la canallada de mis adversarios. ¡Podría

hacerse con ella una película...!

EL JUEZ (_resignado_).--Está usted aquí para defenderse y yo le escucho

con paciencia.

ELOY.--Mi historia será breve. En el Bajo Saona soy el campeón de las

ideas avanzadas; los republicanos cuentan siempre conmigo; recibí

proposiciones de Fumeux. ¿No lo conoce usted?

EL JUEZ.--No.

ELOY.--Es el boticario de Bizons-les-Dames, un agente de la reacción, a

quien derroté en las elecciones de mil novecientos catorce. Este me

dijo: «Genvrain: ¿quiere usted figurar conmigo en la lista de

candidatos? La Acción Francesa le apoyará; saldrá usted con dos

conservadores, que se disfrazarán de moderados; yo y Chaulard, el

liquidador, corremos con los gastos...» ¿Qué hubiera hecho usted en mi

lugar...?

EL JUEZ (_cándido_).--Hubiese aceptado.

ELOY.--¡Yo lo rechacé! ¡No se ha hecho ese pan para mis dientes!

EL JUEZ.--¡Bah! ¡La cuestión es comer!

ELOY.--Fumeux separóse de mí lanzándome una mirada perversa, y me

amenazó de esta suerte: «Amigo mío: ya que se empeña usted en obrar por

su cuenta, veremos cómo nos las arreglamos para impedirle que triunfe.»

Entonces no concedí importancia a estas palabras; sentíame orgulloso de

haber rechazado los obsequios de Artajerjes.

EL JUEZ.--Todo esto no me explica...

ELOY.--¡Espere usted! A partir de aquel día, recibí extraños

ofrecimientos: me proponían entrar en Consejos de Administración y

patrocinar negocios comerciales. Iba a ganar miles y más miles. ¡No se

me exigía trabajo alguno!

EL JUEZ.--¡Y decir que yo he buscado durante toda mi vida una ganga como

esa!

ELOY.--¡Es usted una criatura! Veíase demasiado la trampa; pretendían

comprometerme en un negocio puerco. ¡No iban a ir con semejantes

destinos a un imbécil como yo...!

EL JUEZ.--¡Justo!

ELOY.--Sin embargo, yo no era lo suficientemente estúpido para dejarme

atrapar; cuando los otros vieron que por este camino no iban a conseguir

nada, ensayaron otra martingala: me mandaron a Chabornac; éste es uno de

mis electores más influyentes, un encargado de café-cantante de toda mi

confianza. El tal Chabornac vino a buscarme hace pocos días y me habló

de esta manera: «Mi querido diputado: vengo de parte de la familia

Machut para ver a Elisita Machut, que ha huído del hogar paterno a fin

de debutar en un café-cantante. A estas buenas personas les disgusta

tener una niña en el teatro y querrían traerla al buen camino a fuerza

de puntapiés en... ¡Ya me entiende usted...! En fin, si usted quisiera,

vendría conmigo al curso de Canto donde la rapaza se perfecciona; le

echaríamos el guante, usted le diría buenas cosas y yo me la llevaría a

Bizons. ¡Usted no puede negarme esto, que causará, además, un efecto

excelente en su distrito...!» Yo no me había olido la trastada, y seguí

a mi Chabornac; llevóme a lo más hondo de una callejuela, allá, por el

bulevar de Estrasburgo; subimos la escalera de una casa tan nauseabunda,

que usted no la hubiera encontrado digna de albergar siquiera sus canes.

Al llegar al entresuelo, pasamos a una habitación sin muebles; no había

en ella mas que un piano, sobre el cual manoteaba un mísero bujarrón

tuberculoso; en torno suyo había una fila de mujercitas, que repetían a

coro una canción necia. El profesor les tarareaba el estribillo de moda;

estas desventuradas debían desgañitarse cantando en seguida aquello en

los _music-halls_ de provincias, donde son entregadas como pasto a los

sargentos mayores de la guarnición. ¡Y que se tolere esto en nuestra

época...!

EL JUEZ.--¡Se toleran tantas cosas...!

ELOY.--¡Qué tristeza...! ¡Valiente porquería el tal curso de Canto...!

Las pobres criaturas cantaban al unísono y descubrían sus muslos con el

mismo ademán. No he visto en el mundo nada más lúgubre que aquello. En

la primera hilera de estas réprobas distinguimos a Elisita Machut, que

se movía con más ardor que sus compañeras y que alzaba la pierna a la

altura de un principal. ¡Ya le daré a usted la dirección, señor juez,

para que haga cesar este escándalo!

EL JUEZ.--¡Sí..., sí...! ¡Continúe...!

ELOY.--Esperamos a que acabara esta triste exhibición; luego se adelantó

Chabornac, se llevó aparte a la rapaza durante algunos minutos y después

de esto me la trajo, diciéndome: «¡Aquí la tiene, señor Genvrain! Es una

chica razonable, que sólo desea tornar al buen camino; vamos a llevarla

a comer y usted le sermoneará lo que sea necesario...» Le juro que había

tomado en serio mi papel de bienhechor; por otra parte, la tarea era

fácil: la joven Elisa tenía una cara apicarada y un cuerpo delicioso y

carnosito. Hubiera usted pensado que contaba por lo menos veinte años.

¡Tan hermosa y robusta parecía...!

EL JUEZ.--¡Evidentemente, usted se dejó engañar por las apariencias...!

ELOY.--Fuimos a comer al restaurante Duval para acabar nuestra

conversación; el miserable Chabornac me hacía beber, mientras que yo

multiplicaba los sabios consejos a la rapaza; ésta estaba sentada a mi

lado; me contemplaba con sus grandes ojos y murmuraba: «¡Qué bien habla

usted...! Habla como mi confesor. Estuve enamorada de mi confesor cuando

hice mi primera comunión...» ¡Yo charlaba y bebía...! A los postres,

Chabornac se eclipsó, como quien no hace nada, dejándome con la

pilluela. Esta habíase vuelto completamente buena y me juraba que

tomaría el tren del día siguiente para tornar al redil; yo sentíame

feliz y orgulloso de haber realizado una buena acción; cierto que estaba

a medios pelos y que consideraba al universo con indulgencia. Notaba en

mí una imprevista juventud. He de advertirle que no fuí nunca joven.

Ejercía el cargo de ujier en Bizons cuando mi mujer se fijó en mí. Yo no

había cometido ninguna locura en esta capital de distrito. Desengañado

de cuanto se relaciona con los sentidos, habíame consagrado a la

política, canalizando en esta dirección todas mis aspiraciones. Mientras

yo predicaba justamente la prudencia, apoderóse de mí un demonio, que

experimentó un maligno placer obligándome sin decir oxte ni moxte a

hacer ademanes contrarios. Pronunciaba palabras definitivas acerca del

deber, en tanto que mis manos se perdían por la rolliza grupa de esta

Elisa tan trémula. ¿Qué sucedió luego...? Creo recordar que la joven me

condujo a un baile público y que me obligó a bailar. Debí escandalizar a

los concurrentes habituales de aquel lugar, porque pronto nos plantaron

en la calle. Yo era ya un pingajo. La de los Machut hizo entonces de mí

lo que le dió la gana. ¿Cómo desperté en un hotelito de la calle de las

Grandes Baldosas? ¿Cometí el crimen que usted me reprocha? ¡Lo ignoro!

No soy mas que un pobre hombre que no puede con el vino de Champaña...

EL JUEZ.--¡Sin embargo, el flagrante delito...!

ELOY.--Yo dormía y soñaba que acababa de ser nombrado presidente de la

Comisión de Presupuestos, cuando unos golpes retumbaron en la puerta;

recuerdo que, medio dormido, murmuré: «¡Levántate, Julia...! ¡Es el

correo!» Julia es mi mujer. Los golpes se hicieron más recios; mi

compañera fué a abrir con una precipitación que me asombró. Entró un

comisario, seguido de los Machut, padre e hijo, los cuales no vacilaron

en compararme con el más vil de los animales. El comisario cogió mis

papeles y me invitó a seguirle; Elisa lloraba y se arrojaba a los pies

de su papá; yo contemplaba esta escena bíblica con un estupor ridículo.

¡De súbito lo comprendí todo! ¡Había caído en una encerrona! El traidor

Chabornac había maquinado esta perfidia; necesitábase un escándalo para

desacreditar al campeón de las ideas republicanas en el Bajo Saona. ¡Los

Machut se habían vendido al enemigo y Chabornac me había traicionado! Me

atrajeron a este hotel de tercer orden después de haber alquilado

previamente la habitación. ¡Estaba perdido...!

EL JUEZ (_conmovido_).--Señor diputado: su relato es bastante verosímil;

pero yo no puedo dejar de cursar una denuncia tan grave.

ELOY.--¡Oh! ¡No hay nada más sencillo! Anuncie a los querellantes que

no me presentaré otra vez diputado si desisten de su denuncia. ¿Quieren

que cante la palinodia? Pues la canto, y en paz...

EL JUEZ (_perplejo_).--Sin embargo, ¿y si está en juego el interés de la

República?

ELOY.--¡Oh! ¡El interés de la República...! ¡Si viera usted cuán poco me

importa! A mí no me preocupa mas que una cosa.

EL JUEZ.--¿Cuál?

ELOY.--¡Que mi mujer no se entere de esta historia!

EL JUEZ.--Será muy difícil ocultársela.

ELOY.--¿De veras?

EL JUEZ.--Y, además, ¿qué importaría que lo supiera?

ELOY (_aterrado_.)--¡Valiente ocurrencia! ¿Ignora usted que el capital

es suyo?

EL JUEZ (_amable_).--¡Bah! ¡Acabará usted por convencerme...! Vamos a

ver, mi querido diputado... Acaso hay un medio de arreglarlo todo...

ELOY.--¡No haga que me alegre sin motivo...!

EL JUEZ.--¡Usted, en fin de cuentas, es víctima de unos maestros del

_chantage_!

ELOY.--¿Se convence usted?

EL JUEZ.--Se echará tierra a este asunto; pero con una condición.

ELOY.--¡Aceptada...!

EL JUEZ.--En estos últimos tiempos, usted ha votado de una manera que ha

contrariado al presidente del Consejo; usted, que era el más firme apoyo

del Gobierno, ha cedido a las peores sugestiones de la oposición.

ELOY.--¿Lo sabe usted...?

EL JUEZ.--¡Ay, querido diputado! La justicia no es tan ciega como se

dice.

ELOY.--¡Ya me doy cuenta...!

EL JUEZ.--No tengo que darle ningún consejo. Usted es demasiado listo

para no comprender que su suerte está en sus propias manos. ¡Vuelva,

pues, a su casa, caballero...! Arreglaremos este asunto. Y en lo

sucesivo desconfíe del _chantage_, plaga de nuestra época...

XV

CURSO DE ESGRIMA

_El maestro Eustaquio Bouteloup es el director de una sala de armas

situada en el barrio Monceau; tres amplias estancias, adornadas con

floretes, espadas, caretas y fusiles antiguos; el maestro es un hombre

de estatura mediana y horriblemente musculoso; lleva puesto el peto de

asalto; su rostro evoca un retrato de Velázquez; para completar la

imagen, sólo le falta la gorguera... Este hombrecito es el rey de la

espada y su lección pasa por infalible; no ama mas que su arte y

experimenta un placer sensual manejando espadas. Desde hace treinta años

ha sido confidente de todos los duelistas, lo mismo de los más listos

que de los más ignorantes; solamente la guerra pudo interrumpir las

consultas que el maestro Eustaquio solventaba en su pisito bajo de la

calle Logelbach. Al comienzo de este diálogo, el maestro se dispone a

colocar una hoja de espada en una empuñadura; deplora, en tanto que

canturrea, la tristeza de estos tiempos, en que nadie se bate y en que

no se concede atención al noble arte de las armas; solamente tiene como

discípulos a los antiguos concurrentes a la sala, que combaten la gota

o la arterioesclerosis. ¡La guerra ha matado al duelo, lo mismo que mató

a la conversación! El maestro ha terminado de fijar la hoja en la

empuñadura con grandes precauciones, cuando suena la campanilla de la

puerta de entrada. El maestro sale a abrir e introduce a dos caballeros:

uno es el señor Bill Sharp, su antiguo discípulo; otro es un joven muy

pálido, muy alto, muy rubio y que no parece estar muy tranquilo._

EL SEÑOR SHARP.--Querido maestro Eustaquio: te traigo a uno de mis

amigos, el señor vizconde León de Cogniot, que tiene necesidad de tus

conocimientos.

EUSTAQUIO.--¡Adelante, señores! Pasen a la sala de armas; a estas horas

no hay nadie todavía. (_Introduce a los visitantes en el santuario._)

¡Siéntense en el diván...! ¡Bienvenido a nuestra sala, señor

vizconde...! Entra usted en un salón que vió las mejores espadas de esta

época. Ahí donde se sienta usted se sentaron los más famosos campeones

de espada, que son discípulos míos.

EL SEÑOR SHARP.--¡El maestro Bouteloup conserva la pura tradición de la

espada! ¡Todo el que recibe sus lecciones es invencible!

EL VIZCONDE (_débil_).--¡Acepto este augurio!

EUSTAQUIO.--¿De qué se trata...? ¿Quiere adiestrarse este caballero?

EL SEÑOR SHARP.--¡No! Mi amigo tiene que batirse en duelo dentro de

algunos días...

EUSTAQUIO (_sorprendido_).--¡Pues no lo comprendo! ¿No está prohibido

el duelo mientras dure el estado de sitio...?

EL SEÑOR SHARP.--Tienes razón, amigo mío; pero dentro de diez días

volveremos al antiguo régimen merced a la ratificación del Tratado de

paz, y entonces las personas decentes podrán zurrarse a su talante en el

terreno. ¡En fin, ya era hora...! ¡Se iba uno enmoheciendo...!

EUSTAQUIO (_radiante_).--¡Gracias a Dios! Me traen ustedes una noticia

estupenda, por la que les doy las gracias. Les juro que creía que mis

compatriotas no tenían mas que sangre de nabo en las venas. Le prometo,

señor vizconde, prepararlo con todo esmero.

EL VIZCONDE (_siempre débil_).--¡Muchas gracias, maestro!

EUSTAQUIO.--¡Vamos a ver de qué se trata...! A mí me gusta conocer

siempre el asunto, porque debe usted comprender que si éste no me agrada

lo enviaré a un compañero.

EL VIZCONDE.--Apruebo sus escrúpulos. Mi caso es de los más honrosos y

estoy seguro de que usted, a su vez, aprobará mi conducta. No tengo nada

de matón y desde mis más tiernos años evité las cuestiones. Yo me

inclino a la conciliación.

EUSTAQUIO (_severo_).--¡Mal hecho! ¡Un hombre no debe dejarse pisotear

por nadie...!

EL VIZCONDE.--Tiene usted razón, mi querido maestro; pero yo soy alegre

por naturaleza y mis principios me apartan del duelo.

EUSTAQUIO.--Veo que no es usted deportista. Usted no tiene sangre en las

venas.

EL VIZCONDE.--He jugado al _tennis_, que es todo lo que me permitían mis

medios.

EUSTAQUIO.--¡Sí! Usted ha descuidado su educación. ¡Continúe...!

EL VIZCONDE (_molesto_).--¡Yo he cumplido con mi deber durante la

guerra! Figuré en la sección veintidós y tengo los galones de sargento.

EL SEÑOR SHARP (_confuso_).--¡Adelante!

EL VIZCONDE.--Digo esto para indicar que no soy pendenciero y que no me

gusta armar camorra con el prójimo.

EUSTAQUIO.--¡Estos sentimientos le honran! ¡Nunca se debe buscar camorra

al prójimo! Lo que se debe hacer es aprovechar las ocasiones que éste le

ofrezca a uno para romperle las narices. ¡Eso es todo!

EL VIZCONDE.--¡Usted hará de juez, caballero! Estaba yo en el _cabaret_

de Lutecia, en compañía del señor Sharp, mi amigo, aquí presente, y de

mi amiga, la señorita Amelia Migeon, conocida principalmente por el

sobrenombre de _Zipette_; la velada deslizábase deliciosa,

divirtiéndonos todos delicadamente, como personas bien educadas. Pero he

aquí que viene a sentarse junto a nosotros un individuo acompañado de

una especie de pellejo. No comprendo cómo admiten gente de esta calaña

en el _cabaret_ de Lutecia; la mujer hallábase en un estado de

embriaguez avanzada, y el hombre apenas se encontraba mejor que ella;

piden champaña, y luego se ponen a mirarnos de hito en hito a _Zipette_

y a mí, y a comunicarse en voz baja ciertas reflexiones, que debían ser

muy graciosas porque les hacían reír de una manera irritante; yo sentía

que se me subía la sangre a la cabeza, y mi amiga, por su parte, se

agitaba; lo cual no es buena señal en ella.

EL SEÑOR SHARP.--¿No exageró usted las cosas?

EL VIZCONDE (_molesto_).--No soy un niño, amigo mío, y veo claramente

todo. Usted, en cambio, no ha visto nada, porque nos refería su viaje al

Canadá.

EUSTAQUIO.--Le ruego que refiera pronto su historia.

EL VIZCONDE.--¡Está bien! Los vecinos persistían en su molesta actitud;

en esto, mi _Zipette_, agotada ya su paciencia, se pone a hablar en voz

alta y a gritar que había en el vasto universo personas sin educación,

las cuales acabarían por recibir unas cuantas bofetadas de las personas

distinguidas de la reunión.

EUSTAQUIO.--¡Ah! Esto es una provocación.

EL VIZCONDE.--¡Usted perdone! ¡Era la respuesta a una provocación!

EL SEÑOR SHARP.--¡Y dale! ¿Vas a empezar otra vez...? Los testigos han

reconocido que tú eras el ofensor.

EL VIZCONDE (_con amargura_).--¡Los testigos son unos calabazas!

EL SEÑOR SHARP.--¡Muchas gracias! ¡Se sacrifica uno por ti para que

luego lo trates de esta manera!

EL VIZCONDE.--¡Yo no he hablado de ti en particular! Ahora bien; apenas

había lanzado _Zipette_ estas aladas palabras, cuando la doncella de al

lado, dirigiéndose a la concurrencia, aludió a ciertas golfantas que

merecían recibir una buena azotaina; agregó que los caballeros y las

señoras a quienes interesara este espectáculo no tendrían que esperar

mucho tiempo para verlo. Entonces mi _Zipette_ apostrofa a su vecina y

le dice: «¡Usted perdone, señora! ¿Se dirigen a mí esas frases?»

«Señora: se dirigen a los pendones en general. Pero ¡si usted quiere

aplicárselas...!» «Los dichos de una prostituta no tienen importancia:

por eso desdeño los suyos...» Etc., etc. Figúrese usted cómo se

regocijaría la honrada reunión; esto excitaba más a las dos señoras, las

cuales llegaron a emitir dudas acerca de su fidelidad para con sus

amantes. Cuando los cocheros riñen, llega siempre un momento en que los

golpes van a dar sobre los clientes. Lo mismo sucede en las discusiones

de mujeres; hasta entonces nos habíamos esforzado por calmar a las

señoras, pero esto no servía sino para enfurecerlas más; nos vimos

arrastrados en la cuestión; el caballero de al lado me trató de idiota,

y yo le califiqué de «rastacuero»; revolotearon los epítetos; con ademán

simultáneo nos tiramos los platos a la cabeza; yo le obsequié con un

cangrejo a la americana; él me envió mollejas de ternera; nos separaron;

cambiamos las tarjetas, y luego nos plantaron a los cinco en la calle.

Al día siguiente nuestros testigos poníanse a trabajar; mi adversario,

un tal Gómez Ocervo, español, exigió la espada. Esto es muy desagradable

para mí, porque no sé coger un florete. ¡Me bato mañana, y seré incapaz

de defenderme...!

EUSTAQUIO.--¡Creo conocer a su adversario...! ¡Calle...! ¡Ocervo...!

¡Pertenece a la sala Massena...! ¡Es un tipo muy bragado...!

EL VIZCONDE (_inquieto_).--¿De veras?

EUSTAQUIO.--Si es el Ocervo que yo me imagino, le vencerá desde el

primer encuentro... En fin, tranquilícese... Yo me las apañaré para que

no resulte mas que herido. ¿Dónde se bate usted...?

EL SEÑOR SHARP.--En el Parque de los Príncipes, en el barrio de los

exploradores, a las once.

EL VIZCONDE.--Yo pensaba que nadie se batía en tiempo de guerra.

EUSTAQUIO.--¡Sí! Pero se ha levantado el estado de sitio y el duelo no

es ya contrario a las leyes del honor.

EL VIZCONDE.--No es que tenga miedo; pero yo había contado con un breve

aplazamiento a fin de adiestrarme.

EUSTAQUIO.--Voy a enseñarle a ponerse en guardia. Si sigue usted bien

mis consejos, no arriesgará gran cosa. Póngase este peto y tome esta

careta; aquí tiene una manopla parecida a la que usará usted sobre el

terreno; coloque su brazo en tal forma que su espada sea como una

prolongación de su antebrazo. ¡Esté así, inmóvil! ¡No deje que su hoja

se separe de la línea...! Usted tiene un brazo bastante sólido y no debe

hacer mas que recobrar inmediatamente su posición. Ahora voy a ensayar

las principales estocadas que se intentan sobre el terreno; su

adversario es muy fuerte y no arriesgará combinaciones complicadas:

rectas, fondos, envolvimientos, una y dos... Conteste sin descubrirse.

Cuando advierta que va a venir la estocada, salte hacia atrás.

EL VIZCONDE.--Pero ¿y si no advierto que viene?

EUSTAQUIO.--¡Oh! ¡Es cuestión de intuición...! Si hubiera tenido más

tiempo, le hubiese enseñado a replicar inmediatamente. ¡Nada como esto

para desconcertar a un adversario...!

EL VIZCONDE.--De todas maneras, mi querido maestro, si escapo de ésta

vendré a perfeccionarme en su arte.

EUSTAQUIO (_tranquilo_).--¡Cuento con ello! ¡Cuidado! ¡Voy a

atacarle...!

EL VIZCONDE (_saltando muchos metros atrás_).--¡Caramba...!

EUSTAQUIO (_persiguiéndole_).--¡Muy bien! ¡Pero no se vaya tan lejos...!

_La lección continúa; al cabo de una hora, el vizconde casi sabe

ponerse en guardia con la espada; el maestro le garantiza que no

hará mal papel, le aconseja que se acueste temprano y que duerma y

le vende un par de espadas de combate con la cazoleta

reglamentaria. El vizconde se marcha seguido del señor Sharp; diez

minutos después de esta visita, el maestro recibe otra: el

comandante Prune le trae a un caballero moreno, de tez olivácea,

que tampoco parece muy tranquilo._

PRUNE (_cabeza de viejo militar retirado_).--¡Salud, mi querido

Bouteloup! Le traigo a mi amigo el señor Gómez Ocervo, que tiene mañana

una cuestión de honor. Gómez: el señor maestro Bouteloup, cuyo elogio le

he hecho!

GÓMEZ.--¡Celebro mucho conocerle, maestro!

EUSTAQUIO (_que ha pasado ya de la edad de los asombros_).--¿Es usted

pariente del esgrimidor?

GÓMEZ.--¡De ninguna manera! No somos de la misma familia. ¡Además, yo no

sé ni coger una espada...!

EUSTAQUIO.--¡Bah! Ya le enseñaré a ponerse en guardia. No lo matarán.

Apenas le herirán levemente. ¡Y esto es lo esencial!

PRUNE (_principiando un discurso_).--Mi amigo riñó ayer con un

borracho...

EUSTAQUIO.--¡Sí, sí! ¡Ya lo sé...! ¡En el _cabaret_ de Lutecia...!

PRUNE.--¿Cómo se ha enterado usted...?

EUSTAQUIO.--En mi sala se está al corriente de todas las cuestiones de

honor. Este caballero se bate mañana, a las once, en el Parque de los

Príncipes, ¿no es cierto?

GÓMEZ.--¡Efectivamente! ¡Está usted bien informado!

EUSTAQUIO.--No tiene usted tiempo que perder. ¡Póngase este peto...!

(_Le da el mismo peto que acaba de dejar el vizconde._) ¡Cúbrase con

esta careta! ¡Aquí tiene una manopla parecida a la que usará usted

mañana! ¡Ya está...! Colóquese de forma que su antebrazo sea como una

prolongación de su espada... Etcétera..., etcétera...

_Reprodúcese la lección lo mismo que ya la conocemos; el maestro

aconseja a su neófito que no se mueva, que salte nada atrás y así

sucesivamente; Gómez se despide de su profesor, después de haber

comprado un par de espadas de combate y la manopla._

EUSTAQUIO.--Será muy extraño que mañana por la mañana se hagan daño

alguno. De todas formas, iré a ver el duelo, porque me parece que no se

aburrirá uno allí.

_Llegan los discípulos y se ponen al corriente del acontecimiento._

_Al otro día por la mañana, en el barrio de los exploradores, los

cuatro testigos y los dos adversarios se encuentran; saludos

ceremoniosos; mientras los duelistas se van, cada uno a su cabina,

para ponerse la obligatoria camisa sin almidonar, el director del

combate, el célebre Julio, gran campeón de espada, charla con los

testigos; mídese el suelo a grandes zancadas; juéganse los puestos

a cara o cruz; los_ chauffeurs _de las dos limosinas que han

conducido a los dos grupos han trepado al techo de las cabinas, a

fin de asistir al juicio de Dios. Cada uno de ellos se pone de

parte de su patrón, aunque ambos son de alquiler._

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