deseara. ¡Créame usted...! No hay más remedio que aguantarse. Tanto más,
cuanto que aquí habrá de pasar usted sus horas de soledad. Cuando su
marido desayune fuera, aquí desayunará usted. Aquí meditará y
reflexionará usted; aquí recibirá usted a sus mejores amigas. Lo más
claro de su existencia transcurrirá en esta sala; en ella reconquistará
usted al marido vacilante...
LUCY.--Espero que el señor Mers no vacilará nunca...
LA SEÑORA MASCHINE.--¡Quién sabe...! Acuérdese usted de mi consejo:
cuide mucho el tocador. (_Un silencio._) Ahora, señoras, ya sólo me
falta enseñarles el recibimiento.
LUCY.--¿La antesala...?
(_Nuevo viaje._
LA SEÑORA MASCHINE.--¡No! ¡Nada de antesala...! ¿Para qué sirve...? ¿Qué
significa este aposentillo amueblado con una percha y con un arcón de
madera...? ¡No! Prepare una buena entrada al visitante; que éste no se
sienta desconcertado por la decoración hostil; que pueda esperar,
arrellanado en un sillón, en medio de un ambiente simpático, el minuto
de audiencia que usted le concederá; que salga usted a su encuentro, si
es preciso, hasta el vestíbulo, el cual resultará así un disimulado
recibimiento. Ponga usted aquí la mentira inicial de su vida mundana.
Sea esta habitación encantadora e íntima...! Entrase así a pie llano en
la cordialidad de usted. El proveedor, el visitante, el pordiosero,
todos se juzgarán bien recibidos, y de esta manera muchos de los
indiferentes a quienes usted atienda se convertirán en amigos suyos.
LUCY.--Si usted me lo permite, señora, le compro todo el mobiliario.
LA SEÑORA MASCHINE.--Rechazo su proposición; en primer lugar, porque
este mobiliario no es exactamente el que le conviene y, además, porque
ya está vendido.
LUCY (_desolada_).--Entonces, ¿me abandona usted...?
LA SEÑORA MASCHINE.--Déjeme continuar: mañana iré a visitar su palacio.
No se preocupe usted de la instalación; yo me encargo de ella. Le
costará doscientos mil francos a precio alzado; pero dentro de veinte
días estará usted en su verdadero hogar, que será todavía más cordial
que éste.
LUCY.--Una última pregunta. ¿Qué tal es el hogar de usted, que se dedica
a adornar los hogares del prójimo...?
LA SEÑORA MASCHINE.--¿Mi hogar...? Yo vivo en un hotel.
X
CURSO DE MEDICINA
_La señorita Sita Volanges, siguiendo las exhortaciones de su amiga
íntima Vera Shrestenieff, se ha alistado bajo la bandera de las «Hijas
de Galia», Sociedad para la educación de las enfermeras benévolas; las
Hijas de Galia se cubrieron de gloria durante la guerra: instalaron
ciento cuarenta hospitales en el frente; desafiaron los bombardeos;
veinte enfermeras de la Sociedad fueron muertas; ciento cincuenta
resultaron heridas; la Casa fué mencionada muchas veces en la orden del
día. Damas muy distinguidas organizaron sanatorios bajo la égida de la
«H. D. G.», y ganaron la cruz de guerra. Los cursos para enfermeras
benévolas se dan siempre en el amplio hotel cedido por la señora condesa
de los Charmes, en la calle Spontini. Allí está instalado un hospital
escolar, donde los peludos son cuidados y mimados. En la sala principal,
que antes fuera salón, los últimos enfermos acaban su convalecencia. Es
una amplia sala encristalada, completamente blanca, llena de blancos
lechos y flanqueada de mesas. Unas comedidas jóvenes, vestidas de
blanco, juegan a los naipes y al dominó con los gloriosos heridos. Es
una escena íntima y muy conmovedora, señoreada por una abrumadora
impresión de aburrimiento. Se ha notado que el aburrimiento era un
remedio infalible para los convalecientes. Las señoritas Sita y Vera
atraviesan con viveza la ciudad doliente y se presentan en un saloncito
lleno de jóvenes y viejas damas, que esperan la apertura del curso.
Están vestidas de enfermeras._
VERA.--Permítanme ustedes, señoras, que les presente a mi amiga la
señorita Volanges, la cual acaba de alistarse bajo nuestra bandera...
Haga el favor, mi generala, de tomar a mi ahijada bajo su protección.
LA GENERALA (_una comadre gruesa y canosa; pero de modales
autoritarios_).--¡Ah...! ¿Una nueva recluta...? ¡Muy bien...! ¡Es usted
muy joven y muy linda, señorita...! ¡Y, además, bastante rubia...! ¡En
fin...! ¿A qué se dedica su padre...?
SITA (_tímida_).--Mi padre es director de las Forjas de
Commentry-Yapamieux.
LA GENERALA (_ya más amable_).--¿Un metalúrgico...? ¡Bueno...! ¿Tiene
usted vocación...?
SITA.--Creo que sí. Querría consagrar mi vida a cuidar los sufrimientos,
a inclinarme sobre los dolores.
LA GENERALA.--¡Sí...! Además, para una mujer nunca resulta desagradable
ver sufrir a los hombres. Y es más agradable todavía consolarlos.
SITA.--Siento dentro de mí algo como un apostolado...
LA GENERALA.--¡Ya lo veremos en la curación...! Pero no en seguida;
antes hay que seguir los cursos...
SITA.--Yo tengo ya algunas nociones de Medicina.
LA GENERALA.--Esto puede ser ya mucho, o puede ser poco. Nosotras
debemos atenernos al lado práctico y no procurar jugar a los médicos,
como lo hacen las bachilleras que rodean a la señora marquesa de la
Escalinata del Patio de Guardias.
SITA.--¿Quién es esa dama?
LA GENERALA.--Una vieja pava blasonada, amiga de la condesa de los
Charmes, a la que han nombrado presidenta, mientras que la condesa, que
ha prestado su palacio, y yo, que he obtenido el apoyo del Gobierno
militar, no somos mas que vicepresidentas... ¡Y pensar que sin mí no
hubiéramos tenido un solo herido...!
SITA.--¿De veras...?
LA GENERALA.--¡A ver...! Las «Damas de Aquitania», la Sociedad rival, se
las habían compuesto para acaparar todos los heridos graves de París y
todos los cirujanos famosos... ¡Figúrese usted cómo se burlarían de
nosotras...! Yo me las arreglé de tal modo, que al fin decidieron enviar
a nuestro hospital modelo una parte de los heridos, que las imbéciles de
enfrente pretendían acaparar. Le juro que no fué cosa fácil. ¡Maldita
sea...! ¡Qué batalla...! Menos mal que acabamos ganándola por nuestra
propia autoridad. Sin embargo, la querida marquesa se atribuyó todo el
mérito de la victoria y se hizo nombrar presidenta.
SITA.--¡Parece que usted no la quiere mucho...!
LA GENERALA.--La detesto, y ella me paga en la misma moneda. Por esta
causa, le advierto que no se deje engatusar por ella. Yo soy muy cabal
en mis amistades y estimo con razón que las que no están conmigo están
contra mí...
SITA (_ingenua_).--¿Es que hay dos partidos...?
LA GENERALA.--Hay hasta tres, si se cuenta el de la señora de los
Charmes. ¡Pero esto no tiene importancia...! La buena condesa cedió su
palacio y no se le pide más.
VERA (_acercándose_).--Generala: la llaman en el economato...
LA GENERALA.--¡Atiza...! ¡Alguna equivocación de la encargada...! ¿Lo
está usted viendo...? ¡No se puede hacer nada sin mí...! (_Ella
desaparece, moviendo las caderas._)
VERA.--He tomado este pretexto para alejarla de aquí. Mientras se
entretiene, le presentaré a la patrona mayor, la señora marquesa de la
Escalinata del Patio de Guardias.
SITA.--¡Yo no sé si debo...!
VERA.--Hija mía: en nuestro sacerdocio, lo mismo que en los otros, hay
que estar bien con todo el mundo; de lo contrario, aunque ponga usted en
ello toda su buena voluntad, no llegará a ser nada... ¡Ah...! ¡Aquí
llega nuestra querida presidenta...!
_Entra una especie de jamelgo de coche fúnebre, un larguirucho
esqueleto apocalíptico, de una delgadez inverosímil. Es la señora
marquesa-presidenta. Mucha nobleza y condescendencia. Esta dama,
sin edad y sin belleza, de ojillos negros y penetrantes, lanza
sobre todos los humanos una mirada impregnada de desprecio y de
compasión. Vera le presenta a Sita._
LA MARQUESA.--¡Ah...! ¡Perfectamente...! ¡La señorita Volanges...! Su
padre hizo un donativo importante a nuestra Obra, y yo le di las gracias
con una carta personal. Los grandes industriales han comprendido que
debían ayudar a las víctimas de esta guerra, que sirvió para
favorecerlos. ¿Viene usted a unirse a nuestras abnegadas hijas...?
¡Muchas gracias...! Entonces voy a indicarle el camino que deberá
seguir. No se atenga usted demasiado a la parte práctica; nosotras
formamos aquí mujeres capaces de suplir a los médicos cuando éstos se
encuentran lejos. Deberá usted trabajar y seguir nuestros cursos con
asiduidad. Las damas que escucharon mis consejos serían capaces de
sufrir el examen del internado. La generala le dirá a usted que sus
funciones son las de una muchacha de sala. Esta pobre criatura se
equivoca; si se la hubiera hecho caso, nuestra Casa no existiría ya. Yo
soy quien reclutó los cirujanos y los profesores más famosos. Si tenemos
en nuestra Casa las más nobles lumbreras de la Ciencia, es gracias a mí.
Ayer me di la maña suficiente para engatusar al renombrado práctico
Moumel, que desea dejar a las «Damas de Aquitania» para operar en
nuestro santuario; me prometió, además, explicar un curso de Rinoplastia
y de Estomatología dos veces a la semana. ¿Sabe usted lo que son estas
dos ciencias...?
SITA.--¿No tienen por objeto restaurar los semblantes de los heridos en
el rostro...?
LA MARQUESA.--¡Eso es...! Veo que tiene usted ya conocimientos
quirúrgicos. Siento que no nos hayan enviado heridos del rostro; como
siempre, la generala se ha conducido tan torpemente, que nos vemos
privados de tan interesantes heridos. El curso del profesor Moumel será,
sin embargo, muy cautivador, aunque sólo sea teórico. Las aplicaciones
de la ciencia quirúrgica no se pierden nunca; si usted no se aprovecha
inmediatamente de estas lecciones, puesto que ya terminó la guerra,
podrá utilizar su beneficio cuando llegue el próximo conflicto europeo.
SITA (_aterrorizada_).--¡Por Dios, señora...! ¿Piensa usted que una
nueva catástrofe...?
LA MARQUESA.--Yo veo claro y ya tengo descontada una nueva conflagración
mundial. Para nosotras, lo mismo que para los militares, la guerra es
una ocasión de sacrificio y de actividad. ¡Dios me libre de desearla! La
creo fatal y quiero preparar un equipo de mujeres superiores, que
suplirán a los hombres de ciencia. ¡Ah! Le advierto que no quiero
enfermeras demasiado elegantes. ¡Nada de rojo en los labios, ni de
pintura, ni de vestidos de carnaval, ni de perfumes...!
SITA (_disgustada_).--Señora presidenta: yo no tenía esa intención...
LA MARQUESA.--¡Sí..., sí...! Todas dicen eso. Y pasados quince días me
las encuentro emperifolladas, cubiertas de joyas y apestando a esencias.
Estas costumbres son capaces de desacreditar a un hospital modelo. Una
advertencia más: aquí soy yo quien lo dirige todo, y usted no tiene que
recibir órdenes de nadie mas que de mí. No haga caso de lo que pudiera
decirle esa generala; está medio loca. Me agrada usted, y quiero
convertirla en algo de provecho; pero acuérdese de que las que no están
conmigo están contra mí...
SITA (_perpleja_).--¡Muy bien, señora presidenta...!
LA MARQUESA.--Es usted inteligente y triunfará... ¡Hasta ahora, hija
mía...!
_Alarga a Sita un manojo de huesos y se marcha._
VERA.--¡Vamos! ¿Qué le parece a usted...?
SITA.--¡No sé qué pensar...! Yo no sospechaba que en la consagración al
sacrificio tomara tanta parte la diplomacia. Si sigo a la generala, la
marquesa me guardará rencor, y si sigo a la marquesa, la generala me
fastidiará todo lo que pueda.
VERA.--Lo mismo sucede en todas las Obras. Estas damas se sienten
animadas de la mejor intención cuando se agrupan. Y en cuanto se trata
de repartirse los grados, la autoridad, las direcciones y, por
consiguiente, las recompensas probables, todo el mundo se pone a reñir.
Esto no impide que la máquina marche casi bien. ¡He aquí la belleza de
las instituciones francesas...! Son indisciplinadas, están corroídas por
luchas internas y, sin embargo, funcionan porque, a pesar de todo, las
alimenta la abnegación. ¿Me espera usted aquí...? Vendré a buscarla en
cuanto el profesor se encuentre entre nosotras.
_Vera se aleja. Sita, sola, se sienta en un rincón y mira en torno
suyo. No conoce a nadie; una enfermera pasa y ve a esta joven, que
parece estar en cuarentena. Como es una persona caritativa, se
acerca y dirige la palabra a Sita._
LA ENFERMERA.--¿Espera usted a alguien, señorita...?
SITA.--¡Sí...! Es decir... ¡no...! Vine con la señorita Vera.
LA ENFERMERA.--¡Ah...! ¡Comprendido...! ¡Usted es la nueva...!
SITA.--¡En efecto...! Y debo tener un aire muy torpe, ¿verdad?
LA ENFERMERA.--Es la primera impresión que se experimenta. Luego se
acostumbra una...
SITA (_por decir alguna cosa_).--Estas damas son muy agradables...
LA ENFERMERA.--¡Bah...! ¡Cuando las conozca usted...! Se han puesto una
cofia para chismorrear más a gusto.
SITA.--¿Hay aquí chismes?
LA ENFERMERA.--¡Desdichada...! ¡Está usted en Villachismosa...!
SITA.--¡Es horrible...!
LA ENFERMERA.--¡No, hija mía...! Cuando haya cuidado usted a algunos
heridos se iniciará en el flirteo, que acerca al enfermo a su ángel de
la guarda. Todas estas viejas hadas, la generala de las enfermeras y la
marquesa de las parlanchinas, no saben lo que es cuidar hombres. Una les
ofrece higiene y la otra les brinda operaciones. ¡Bonito
tratamiento...! Los desgraciados que vienen del frente, convalecientes o
moribundos, no quieren mas que una cosa: alegría. ¡Que una cabeza
graciosa se incline sobre su dolor y que tengan el calmante supremo: el
amor...!
SITA.--¿El amor para los moribundos...?
LA ENFERMERA.--¿Qué duda cabe...? Si yo fuera la dueña, querría que
todos los heridos viviesen en un sueño espléndido. ¡Que las enfermeras,
sin excepción, fuesen lindas y cariñosas...! No prohibiría ni el tango
ni el flirteo. Ponga usted aparte los atacados de altas fiebres. Los
demás tienen un padecimiento terrible: el aburrimiento. Devuelva usted
al convaleciente el placer de vivir, el amor; esto vale más que las
partidas de _piquet_ o de malilla a pública subasta o que la lectura de
la última novela salida a luz. Querría que todas las enfermeras fueran
enamoradas, criaturas lindamente adornadas y vestidas por los grandes
modistos...
SITA.--Hay también un músculo que se llama el gran sartorio...[3].
LA ENFERMERA.--¡Es usted ya demasiado sabia, señorita...! Los
infortunados que usted cuidará no tienen necesidad de su ciencia;
reclaman solamente su gracia. ¡Amelos! ¡Proporcione a los que sufren la
ilusión de una tierna novela! ¡No sienta usted ninguna curiosidad
fisiológica...! Procure curar solamente su parte moral. Hay que distraer
a estos niños grandes con pasioncillas. Cuando el pensionista se
levanta, usted, sublime comedianta, le hará una reverencia. De todas
formas, lo habrá salvado de la desesperación y del tedio; habrá
suscitado usted en él la voluntad de vivir, que es el auxiliar más
eficaz del médico. Le advierto que estos _resucitados_ son luego muy
embarazosos... ¡No importa...! Volvieron a ser hombres, y, por
consiguiente, hay ya medios para hacerles entrar en razón. Hija mía: yo
soy en esta Casa la última entre las últimas; pero tengo lo que falta a
todas estas damas: sentido común... ¡Le enseñarán el espica del brazo y
el galeno de la cabeza...!
SITA.--¡Los conozco...! Son vendajes.
LA ENFERMERA.--¡Está usted muy enterada para su edad...! ¡No importa...!
Lave las escudillas, desinfecte el instrumental, dé vueltas a las vendas
según está ordenado; pero no olvide usted que es mujer y que su ternura
es la que cura todos los males. Un herido que se enamora de su enfermera
adopta en seguida la resolución de sanar; es dócil, se presta a todas
las operaciones, no recrimina y piensa, mientras se le cura: «¡Es por
ella...!» Sea usted coqueta y dulce. ¡Sea elegante...! ¡Perfúmese...!
¡Es necesario...! ¡Esto forma parte de sus deberes...!
SITA.--¡No es así, señora, como se me presentaban mis funciones de
enfermera...!
LA ENFERMERA.--¡Mal hecho...! Mire usted la decoración en que ha de
ejercitar sus facultades: es un palacio, que abrigó las fiestas más
hermosas de antes de la guerra. Su decoración fué pensada para gentes
dichosas. El marido partió para la guerra en los primeros días de la
movilización; abandonó este interior, que todos los artistas habían
exornado para deleite de los ojos; la mujer quiso que este hogar fuera
el de todos los héroes que se habían sacrificado por la salud de la
patria. Se habló y se bromeó a costa de los que habían sacrificado su
casa. A pesar de todo, los desdichados que vivieron aquí sus horas de
sufrimiento conocieron la alegría de una acogida cordial y suntuosa. No
ponga usted su atención en las mezquinas rivalidades de estas damas, que
no supieron concebir toda la _feminidad_ de su misión. Ya resulta
hermoso que se consagren a esto; perdóneles la pobreza de sus ambiciones
si el herido ha de beneficiarse con ello.
SITA.--Sin embargo, desde que estoy aquí no vi aún esa desinteresada
abnegación, cuya grandeza ensalza usted. Oí a la generala glorificarse a
costa de la marquesa; oí a la marquesa expresarse sin miramiento alguno
en todo lo concerniente a la generala.
LA ENFERMERA.--¡Simple divergencia de métodos y de autoridades...!
Tranquilícese... Como cada una de estas damas quiere afirmar su
supremacía sobre la otra, los enfermos están mejor cuidados.
SITA.--Es usted muy indulgente. Adivino que seremos amigas.
LA ENFERMERA.--¡No se haga ilusiones...!
SITA.--¡Quia...! Mi corazón no me engaña nunca. Usted tiene una
filosofía práctica y una visión clara de la vida. ¡Pero querría
preguntarle algo más...!
LA ENFERMERA.--¡Pregunte...!
SITA.--Hay una persona que me parece representar en este asunto el papel
de víctima; se trata de la buena condesa de los Charmes...
LA ENFERMERA.--¿Por qué...?
SITA.--Ella cedió su palacio, ella corre con los gastos de la empresa y,
sin embargo, nadie le hace caso. La marquesa y la generala parecen
tratarla como algo sin importancia; estas matronas se atribuyen todo el
éxito de la empresa. A ellas irán a parar los honores y las cruces. ¿Qué
le parece...?
LA ENFERMERA (_turbada_).--Me es muy difícil contestarle...
SITA.--¿Por qué...?
LA ENFERMERA.--Porque conozco a la condesa de los Charmes, que es mi
amiga íntima. A ella le agradaría mucho saber que una persona en el
mundo se cuidó de su existencia; pero le contestaría a usted que no le
agrada que la compadezcan y que cumplió con su deber por nada, por el
placer que el cumplirlo le producía... Espero que volveremos a vernos,
señorita, porque le repito que me es usted muy simpática... ¡Adiós...!
El famoso profesor Moumel ha llegado y va a principiar su curso...
_Estrecha la mano de Sita y se va._
VERA (_corriendo_).--¡Hala... hala... Sita...! El profesor Moumel ocupa
ya la cátedra. ¡Como no alivie usted, no encontraremos buen sitio...!
SITA (_levantándose_).--¡Vamos...! ¡Dígame...! ¿Quién es aquella
enfermera que zarandean allí, y con la que estuve hablando mucho
tiempo...?
VERA.--¿Aquella morenilla...? ¡Oh...! ¡Es la condesa de los Charmes...!
(_Desdeñosa._) ¡Valiente mujer...!
XI
CURSO DE PINTURA
_En la academia Velázquez, la señorita Lorenza White es la discípula
preferida del maestro Joaquín Pont-Dugard, miembro del Instituto y
profesor de pintura para señoras. Esta joven es inverosímilmente rubia,
con entonación de oro pálido; es delgada de aspecto, pero muy robusta.
Una cabeza de_ madonna _prerrafaelista, con ojos de un azul verdoso, muy
inquietante; habla el francés con un acento inglés apenas perceptible.
Llega la primera a clase y se instala ante su lienzo. El modelo está ya
allí: es un mozo fornido, completamente desnudo; pero que lleva, por
decencia, unos minúsculos calzoncillos rojizos._
EL MODELO.--¡Señorita White...! Llega usted antes de la hora...
LORENZA.--Pienso darme una buena sesión de trabajo. Quiero acabar mi
estudio.
EL MODELO.--Si usted lo desea, adoptaré la _pose_.
LORENZA.--¡No! Espere a las demás señoritas. Se molestarían si se
empezara sin ellas.
EL MODELO.--¡Oh! ¡No tienen prisa...! ¡Con tal de que las vean en el
«Metro» con la caja de colores ya están contentas...! (_Desdeñoso._)
Esto es jugar a ser artistas..., esto es gana de perder el tiempo. Entre
todas ellas, usted es la única formal.
LORENZA (_ufana_).--¡Es usted muy amable, Cornu...! Yo quiero llegar...
EL MODELO.--¡Usted llegará...! Posee la obstinación, que es una cualidad
muy hermosa. Además, tiene usted dinero. ¡Y esto ayuda siempre...!
LORENZA.--¿Quién le ha dicho que tengo dinero...?
EL MODELO.--He oído que el patrón decía al señor Joaquín Pont-Dugard:
«Querido maestro: atienda mucho a la señorita White. Es la hija de
White-Petrole. Conviene que obtenga este año una mención en los Artistas
franceses.» Y Joaquín le respondió: «¡No se preocupe usted...! ¡La
tendrá...!» Y agregó: «Es muy rica, ¿verdad?» A lo cual le contestó el
patrón: «¡Ya lo creo! ¡Es más rica que Berta Morizot...!»
LORENZA.--¡Caramba! ¡Qué bien enterados están estos señores...!
EL MODELO.--¡Bah! Son unos vivos que saben lo que se traen entre manos.
Usted lleva aquí poco tiempo. Aguarde algo más y le tenderán la red de
la lección particular.
LORENZA.--¿Qué lección...?
EL MODELO.--¡Verá usted...! El buen Joaquín es presidente del Jurado en
el salón de Artistas. Le aconsejará que acuda a la Exposición; usted irá
a trabajar a su casa, a razón de cien francos diarios; mediante lo cual
él le retocará el pandero.
LORENZA.--¿El pandero...?
EL MODELO.--¡Quiero decir el cuadro...! En el año próximo, si desea
usted una medalla, tendrá que encargar su retrato al maestro; esto sólo
cuesta veinte mil francos. Pero os pintará de pie delante del caballete.
Ha hecho ya unos veinte del mismo modo. Así logró tener su hotelito en
Auteuil. ¡Y pensar que Monticelli vendía sus cuadros a diez francos cada
uno en las terrazas de los cafés de Marsella...! ¡Qué lástima...!
LORENZA.--¡Sí...! ¡Da grima...! Sin embargo, yo tengo la intención de
imponerme como artista. Y la señorita Cassatt, que era rica, trabajó
como si fuera pobre. ¡Pongamos mano a la obra...!
EL MODELO (_subiéndose a la mesa_).--¡Muy bien, señorita White! ¡Y no se
deje usted engatusar por estos tíos sinvergüenzas! (_Adopta la_ pose _y
se apoya noblemente en el mango de una escoba_.) ¿Estoy bien?
LORENZA.--¡Sí!
_Trabaja con encarnizamiento; poco a poco van llegando las demás
señoritas con sus cajas de colores. Llega la señorita Elsa Metra,
apodada «¡Esperémosle!», muchacha desabrida y bastante clorótica.
Luego llega la señorita Inés Perrée, hija única de la Casa Perrée,
de pastas al por mayor; es una morenita muy inquieta, más bonita
que fea. Viene después la señorita Raquel Caen-Duseigneur, hija del
famoso anticuario--una Juno--; la señorita Teresa Kiry, elegíaca y
pensativa, y, por último, la morralla de las discípulas, Juana
Aymar, Julieta Capulet, las hermanas Agata y Sofía Fruche, etc. La
sala se llena pronto de piar de pajarillos y de risas aflautadas.
La señorita White es la única que trabaja._
ELSA.--¡Naturalmente...! ¡Lorenza está ya acabando...!
INÉS.--¡Lo hubiera apostado...! ¡Tiene horas suplementarias...!
RAQUEL.--Ella nos da el ejemplo. ¡Buenos días, White...!
LORENZA (_cortés_).--¡Muy buenos, amigas mías...! ¡A ver si me dejáis en
paz...! Estoy a punto de sorprender el secreto del «modelado fino».
TERESA.--¿Te divierte pintar así?
LORENZA.--¡Mucho...! ¡No hago mas que pensar en el modelo desde por la
mañana hasta la noche!
INÉS.--¿Qué te parece, Cornu...? ¡Vaya satisfacción para ti...!
RAQUEL.--¡Me siento holgazana, hijas mías...! (_Se despereza._)
JULIETA.--¿Estuviste también de juerguecita...?
RAQUEL.--¡Estuve bailando con los norteamericanos hasta las dos de la
madrugada...! No sé dónde tengo las piernas... ¡Y este endiablado
estudio apenas está empezado...!
ELSA.--¡A mí me da miedo pensar que tengo que cubrir de color este
lienzo...! Lo único que me interesa de todo esto son los calzoncillos,
porque es lo más fácil de hacer. Lo demás tiene muchos músculos.
Prefiero las mujeres, porque tienen menos músculos.
JUANA.--Pues yo prefiero los hombres; cuando se ha dado con el quid de
los músculos todo marcha como una seda.
ÁGATA (_a Juana_).--¿Quién te ha hecho este vestido, chica...? ¿Armal y
Martian...?
JUANA.--¡No! Tengo una modistilla que trabaja muy bien y que me copia
los modelos de las Casas más importantes. Dentro de un rato iré a verla,
para que me pruebe unas cosillas, y te llevaré conmigo. ¡Atiza...! ¿No
está allí Luciana...?