celoso...!
LIONEL.--¡Me da lo mismo...! ¡Lo mataré...!
LINE.--¡No lo matarás...! No está celoso de ti. Por el contrario, te
quiere mucho y dice: «¡El pequeño Lionel es muy agradable, está muy bien
educado y no hace la corte a las mujeres casadas...!»
LIONEL (_molesto_).--Me cree un calabacín, ¿no es eso...?
LINE.--¡A ver si le vas a guardar rencor por eso...! Sospecha del mayor
Wetherley, un norteamericano que me trae frita, y está convencido de que
este yanqui tiene suerte con las mujeres. Por esta causa, monín, he
estado un mes sin poderte cumplir mi palabra. Mi marido me acompañaba a
todas partes, hasta a las tiendas, a pesar de que los maridos las
aborrecen. El mayor regresó ya a América; pero mi querido esposo le
había tomado el gusto a mi compañía y no había manera de librarse de
él...
LIONEL.--¡Ya lo he notado...!
LINE.--Parecía que lo hacía a propósito. Siempre que tenía que venir a
verte e invocaba todos los pretextos, Exposición de pintura, conciertos
de música moderna y obras de caridad, me decía: «¡Voy contigo...!» ¡Y,
como comprenderás, no podía traerlo aquí...!
LIONEL (_sombrío_).--¡Lo habría matado...!
LINE.--¡Habrías hecho mal...! ¡Ya no se estila eso...! Entonces, ayer
tuve una inspiración genial... La comida era detestable... Y, ¡ya ves!,
fué preciso despedir a mi cocinera Gertrudis...
LIONEL.--Es lástima. ¡Se comía tan bien en tu casa...!
LINE.--Pues en lo sucesivo, amor mío, comerás muy mal. Gertrudis me
robaba como un mercachifle, sin disimularlo siquiera; la he sustituído,
porque he encontrado a una maritornes de Caen que nos envenena con sus
inmundas bazofias. Ayer mismo, Gustavo se puso loco de cólera. «¿De
manera que en esta casa no se puede comer como es debido...? Nos dejas
envenenar... No hay más remedio que recurrir al restaurante...»
etcétera, etcétera. Yo cogí la ocasión por el cabello y le dije: «Tienes
mucha razón, amigo mío. Pero la sustituta de Gertrudis está llena de
buena voluntad, y si tomamos otra sería tan ignorante o tal vez menos
dispuesta que ésta. Conservemos y enseñemos a esta idiota que tenemos.
Yo me encargo de convertirla en una cocinera modelo. Pero para ello es
preciso que la lleve al curso de Cocina.» Mi esposo reflexionó y pensó:
«¡Puedo dejarla bajo la vigilancia de su cocinera! ¡Mi honor está
seguro...!» Y me permitió salir con ella. ¡Aquí, donde me ves, vengo del
curso de Cocina...!
LIONEL (_estupefacto_).--¡Pobrecilla querida mía...! ¿Te has impuesto
este suplicio...?
LINE.--No es un suplicio. Es, por el contrario, una cosa muy divertida.
Figúrate una gran cocina, instalada en un piso bajo de la calle de La
Boetie... Unos hornos soberbios; delante de ellos, una amplia mesa con
legumbres preparadas, cacerolas, manteca, etcétera. Delante de la mesa,
unas sillas, donde están instaladas unas señoras con sus cocineras; hay
allí también jóvenes estudiosos con las manos sucias. Entre la mesa y el
horno, un gran sacerdote, cubierto con una tortada blanca y rodeado de
sus vicarios, tocados igualmente con tortadas. Es el maestro un afamado
cocinero... ¡Y hay que ver lo grave y serio que se pone...! ¡No
bromea...! ¡Oficia...! A la apertura del curso, hizo su entrada seguido
de sus ayudantes; saludó, y, sin decir una sola palabra, comprobó el
calor del horno; luego volvióse hacia nosotros y, apoyando las manos en
la tribuna, es decir, sobre la mesa, principió: «Señoras y señores: hoy
vamos a estudiar «el pollo a la Trevoux». Este plato fué descubierto por
el famoso Birochon, en mil setecientos ochenta y dos; esta lumbrera de
la Cocina francesa estuvo al servicio del duque de Brunswick...»
LIONEL (_que piensa en otra cosa_).--¡Es curioso...! Pero, Line,
nosotros tenemos que preocuparnos de algo distinto...
LINE.--¡Un instante...! Hasta que acabe mi pastel... ¡Qué impaciente
eres....! ¡Por ti fuí yo allá...!
LIONEL (_suplicante_).--¡Line, por lo que más quieras...! ¡Que se va el
tiempo...!
LINE.--No tienes idea de lo que se necesita para fabricar el pollo a la
Trevoux... ¡Un montón de cosas...! Coges un pollo, le quitas los
huesos...
LIONEL (_decidiéndose_).--¡Tú eres mi pollito...! ¡Yo no te quitaré los
huesos...!
_La coge en brazos y se la lleva a viva fuerza. ¡Sigamos! (Después
de todo, esto no le importa a nadie mas que a ellos.) Al cabo de un
tiempo incierto, Line despierta. También Lionel sale de su
embotamiento._
LINE (_estirándose_).--¡Ay, querido mío...!
LIONEL.--¡Gatita mía...! ¡Mi comadreja...! ¡Mi conejito...!
LINE.--¡Calla...! ¡Yo conozco eso...! ¡Eso es de La Fontaine...!
LIONEL.--Sí; el fabulista halló todos los bonitos nombres de amor que se
toman prestados de los animales...
LINE.--¡Oye...! Me parece que es ya «el oporto menos cinco».
LIONEL (_saltando al suelo y poniéndose el pijama_).--¡El oporto de la
señora se ha adelantado...! (_Corre a un velador y trae dos vasos y una
botella._)
LINE.--¡Muy poco...! ¡Medio vaso...! Prefiero tomar cuatro medios vasos
a tomar uno lleno. ¡Dios mío, que hambre tengo...!
LIONEL.--¡Todavía quedan pastelillos...!
LINE.--¡Gracias...! ¡Hazte cargo...! Este curso de Cocina me había
dejado vacía. Porque todavía no te he contado cómo se fabrica el pollo a
la Trevoux... ¡Es delicioso...! Según te iba diciendo, coges tu pollo y
le quitas los huesos... ¡Haz el favor de tener las manos quietas...!
LIONEL.--¿Y qué más...?
LINE.--Lo recoses después de haberlo rellenado con un picadillo de
tocino de pecho, en pedacitos, con menudillos, setas, trufas, unos
trozos de naranja, una pizca de perejil y la carne machacada de dos
pajarillos. Haces cocer tu pollo, en un hornillo económico, suavemente.
LIONEL.--¡Y después te lo comes...!
LINE.--¡Todavía no...! ¡El pollo no es nada...! ¡La salsa es todo...!
LIONEL.--¡Lo sospechaba...!
LINE.--Antes has hecho un buen caldo de pollo.
LIONEL.--¿Con otro pollo...?
LINE.--¡Naturalmente...! Das éste a la cocina; no has guardado de él mas
que los menudillos para aumentar el relleno del pollo número uno. El
maestro nos ha recomendado mucho que pongamos toda nuestra atención en
este caldo... ¡Y ahora resulta que ya no me acuerdo...! ¡Qué coraje...!
¡Quería prepararte este plato para el jueves...!
LIONEL.--¡Es verdad...! ¡El jueves como con tu marido!
LINE.--¡Bah! No pongas esa cara tan seria. ¡No te van a envenenar...! Y,
además, me divertirá saborear contigo un plato del que hemos hablado en
circunstancias tan particulares... Espero que mi cocinera recordará la
manera de hacer la salsa.
LIONEL.--Yo también lo espero. ¡Tu famoso plato va a resultar
incomestible...!
LINE.--Te chuparás los dedos y pensarás: «Mi querida estaba en camisa.
¡Cuánto nos habíamos amado...! ¡Y este severo señor no sospecha
nada...!»
LIONEL.--¡Eres sádica...!
LINE.--Vamos a ver... ¡Ya deben ser cerca de las siete...! Tengo que
vestirme... ¡Vuelve para acá el reloj de viaje...!
LIONEL (_obedeciendo y enseñándole la esfera del mencionado
reloj_).--Mira...
LINE (_brincando_).--¿Qué? ¡Son las ocho menos diez...! ¡Y no estoy
vestida...! ¿Y qué voy yo a decir, Dios mío...?
_Se lanza sobre su cinturón, se sujeta las medias y se pone sus
zapatitos murmurando injurias dirigidas contra las personas
egoístas, que pierden la noción del tiempo._
LIONEL (_compasivo_).--¿Qué quieres que le haga...? ¡Era tan dichoso...!
LINE.--¡No digas una sola palabra...! ¡Te mordería...! ¡Me siento
furiosa...! ¡Y habrás adelantado mucho...! ¡Mi marido será víctima otra
vez de una crisis de celos, no me dejará ya salir sola y yo no podré
explicarte el pollo a la Machin!
LIONEL (_contrito_).--¡Line...! ¡Lineta mía...!
LINE.--Tu Lineta está que echa espuma... Dame el corpiño y procura
abrochármelo ligero... ¿lo oyes?
LIONEL (_muy humilde_).--¡Ya..., ya está...!
LINE (_peinándose_).--¡Ea! Ya no tengo aspecto de mujer adúltera,
¿verdad?
LIONEL.--¡No mucho...! ¡Unicamente los ojos...!
LINE.--¡Los ojos no tienen importancia...! ¡Con tal de que encuentre un
_taxi_...! ¡Oh, San Antonio de Padua...! ¡Tú, que lo encuentras todo,
encuéntrame también un _taxi_...!
LIONEL.--¡Se lo diré a la portera...!
LINE.--¡No..., no...! ¡No hay tiempo...! ¡Hasta el lunes, querido
mío...! Estudiaremos la «codorniz sobre el canapé».
IX
CURSO DE DECORADO
_La señora Lucy Mers ha venido en limosina con su amiga y directora de
riqueza, la condesa Rabat, a visitar la instalación modelo de la señora
Maschine, en la calle de Castiglione. Hace cuatro años, la señora Lucy
estaba encargada de la sección de niños en las Galerías Roosevelt. Allí
fue distinguida por el señor Hipólito Mers, que acababa de ganar muchos
millones fabricando vaca en conserva con atún a la marinera. La señora
Lucy comprendió en seguida los deberes que le imponía su condición de
esposa legítima de un notable comerciante, y se procuró la competencia
de la condesa Rabat, que no está en la primera juventud; pero que se
arruinó a fuerza de proteger las letras y las artes y de subvencionar a
los artistas. En el vestíbulo, la condesa da las últimas instrucciones a
su discípula._
LA CONDESA.--Usted, querida mía, desea amueblar su palacio; hubiera
podido llevarla a casa de algún afamado tapicero, que le habría
proporcionado un decorado cualquiera; usted hubiera tenido ese interior
banal que se ve en casa de todos los nuevos ricos. Yo he preferido
traerla a casa de la señora Maschine.
LUCY.--¿Quién es ésta...? ¿Una tapicera...?
LA CONDESA.--¡Quia! ¡No...! Es una mujer de la mejor sociedad. Es la
viuda del célebre barón ruso Maschine, que fué muerto en Petrogrado
cuando la primera revolución. El barón, que había sido locamente rico,
habíase arruinado, en parte, por satisfacer los gustos dispensiosos de
su esposa; cuando murió, mi amiga Maschine descubrió súbitamente su
pobreza. Como era muy linda...
LUCY (_acabando la frase_).--¿Se dedicó a la vida alegre...?
LA CONDESA.--¡Se equivoca usted! ¡Era una mujer honrada en toda la
extensión de la palabra...! Tomó un amante; pero, al mismo tiempo, tomó
un oficio que no lo parecía. Como era muy artista, hízose de improviso
profesora de decorado práctico. Va usted a serle presentada, porque le
he pedido una cita y nos espera. ¡Ya verá usted...! ¡Es una mujer
exquisita...! ¿Subimos...?
_Las damas toman el ascensor, que las lleva hasta el primer piso.
La condesa llama; se abre una puerta; un lacayo muy correcto
introduce a estas damas en un salón y poco después aparece la
señora Maschine. Es una mujer joven, alta, delgada y de una belleza
soberana; luce un vestido de interior muy modesto, pero de una
elegancia discreta. Presentaciones._
LA SEÑORA MASCHINE.--¡Encantada de conocerla, señora...! La señora
condesa Rabat me ha dicho que deseaba usted consultarme...
LUCY.--Sí, señora. Se trata de esto: yo soy... es decir era...
(_Decidiéndose._) Mire... Prefiero decírselo todo en seguida, porque
usted acabaría por comprenderlo, si es que ya no lo sabe. ¡Soy una nueva
rica...!
LA SEÑORA MASCHINE (_sonriente_).--¡No hay ningún mal en ello,
señora...! ¡Hasta hay cierto buen tono en confesarlo...!
LUCY.--Es usted muy amable; me siento más a gusto para hablarle. No voy
a decirle que el dinero me desagrada. ¡No! Pero el dinero no es todo
para mí. Quiero ser feliz antes que nada. No le ocultaré que hace poco
tiempo era una señorita de almacén y no pensaba que algún día sería una
dama del gran mundo como usted y como la condesa: vendía trajecitos para
muchachos. Cierto día pasa a mi sección un caballero alto, bastante
joven, buen mozo, moreno, como los que se ven en los cinemas. Pónese a
regatear un «marinero» de setenta y dos francos con noventa y cinco
céntimos. Al instante vi que no venía por el «marinero», sino por la que
lo vendía. ¡Me miraba, me miraba...! ¡Bueno...! Cogió su «marinero» y se
marchó. Al día siguiente volvió y me compró otro «marinero». Charlamos;
era muy amable; le confieso que me gustaba mucho. ¡He aquí que, a los
tres días, vuelve y me compra el tercer «marinero»! Esto principia a
inquietarme. Me muestro más reservada y él no se desanima. Todos los
días, a la misma hora, se presentaba y me compraba el mismo trajecito.
Al cabo de tres semanas concluí por decirle: «¿Qué piensa usted hacer
con todos estos «marineros»?» Entonces él me miró con una expresión que
no olvidaré nunca: «¡Es para vestir a nuestros hijos, señorita...!»
LA SEÑORA MASCHINE.--¡Como declaración, resulta bastante original...!
LUCY.--¡Va usted a ver...! ¡Es un cuento de hadas...! ¡Figúrese lo
sorprendida que me quedaría...! El mostróse muy _chic_ y no me propuso
nada vergonzoso. Me dijo que me amaba y que había resuelto casarse
conmigo. «¿Quiere usted ser mi mujer...?» Yo no sabía qué contestarle;
arrugaba mi vigésimoquinto «marinero»; al fin, recobré la sangre fría.
«¡Según y cómo!», le dije. «¿Tiene usted algún oficio...?» «No se
preocupe; tengo una profesión bastante lucrativa. ¡Lo importante es que
yo no le desagrade!» Me dejé caer sobre una silla, me puse a sollozar y
me enjugaba los ojos con el «marinero». Aquella misma noche, el señor
Mers venía a buscarme a la salida del almacén con su auto, me llevaba a
nuestra casa y pedía mi mano a papá, que estuvo a punto de caer enfermo
por la impresión. ¡Ya ve usted...! ¡Un yerno que tenía quince millones!
¡El pobre papá no volvía de su asombro...!
LA SEÑORA MASCHINE.--¡Esto no ocurre mas que en el cinema...!
LUCY.--Nos casamos a escape y desde entonces vivo en un sueño. Tengo
todo lo que quiero. Cuando salimos juntos, no me atrevo a mirar a las
tiendas. ¡Me lo compraría todo...!
LA SEÑORA MASCHINE.--¡Tranquilícese..,! Esto no durará mucho...
LUCY.--¡Al contrario...! Quiero que dure... ¡Y no por los regalos...! Es
que cuando se puede tener todo ya no se desea nada. Deseo que me ame
porque yo le haré agradable la vida. Y, para que se sienta satisfecho en
su casa, es preciso que tenga una casa satisfactoria. Hemos comprado un
pequeño palacio en la calle de la Faisanderie, y me ha confiado el
cuidado de arreglarlo. Si lo logro, se quedará encantado. Haga todo lo
posible por que yo lo consiga; esto depende de usted. Soy muy ignorante;
pero no tengo nada de tonta, y con algunos consejos saldré bien de este
asunto.
LA SEÑORA MASCHINE.--No lo dudo. Voy a darle la primera lección... La
habitación más importante...
LUCY (_aturdida_).--¿Es la alcoba...?
LA SEÑORA MASCHINE.--¡Eso es...! Voy a enseñarle una. ¡Sígame...!
(_Conduce a las damas a una habitación muy clara._) ¡Aquí está! Usted ha
elegido la habitación mejor situada, aquella donde entre el sol de la
mañana. Una cortina muy sencilla, sin ramajes ni chinerías, de un tono
neutro.
LUCY.--¿Y por qué sin ramajes...!
LA SEÑORA MASCHINE.--Porque éstos llegan a ser una obsesión. Siempre
siente una la tentación de contarlos. Para un hombre de negocios no
conviene nada que fije su atención. Su marido debe dejarse imponer el
reposo. Sobre todo, nada de armario de luna, ni de muebles altos. Esto
abruma. Tampoco habrá en ella cuadros; grabados muy pálidos y muy
dulces, que no se destaquen demasiado. El espejo de la chimenea debe ser
pequeño y embutido en un marco de madera apenas ornamentada. Prescinda
usted del reflector suspenso del techo; nada entristece tanto una
habitación como la luz que cae desde lo alto. Además, esto suprime toda
intimidad. No debe haber más que brazos fijos en la chimenea y lámparas,
cuyo brillo será tamizado por gasas para que no hagan daño a la vista.
La alfombra será muy recia y de un matiz uniforme. Arrojará usted de
allí los divanes y las _chaises longues_, donde se sienten tentaciones
de echarse, en tanto que el lecho espera. Y llegamos a la cama; aquí ha
de poner usted toda su atención. Nada de cama de cobre, ¿verdad...? Se
parece a un instrumento de suplicio dorado y resplandeciente. No caiga
en el exceso contrario; aborrezco los grandes monumentos de encajes,
adornados con doseles del siglo XVIII, que se llenan de polvo y atraen
los mosquitos. Resulta pretencioso y se siente una ahogada entre ello.
Parece que usted representa «El sueño de la desposada», y esto tiene
algún sabor pueblerino. Necesita una bonita cama baja, muy preciosamente
esculpida, con el tablero de los pies sobrepasando apenas el colchón, y
con el de la cabecera sobrepasando apenas las almohadas; es
indispensable una lamparilla encima de la cabeza; ella le permitirá
entrever el espectáculo de su alegría. Si el señor quiere leer, tendrá
una luz sobre la mesita colocada a su lado...
LUCY.--¡Oh! ¡No lee, porque yo no le dejo tiempo para ello...!
LA SEÑORA MASCHINE.--¡Muy bien! Sin embargo, conviene prevenirlo todo.
Tendrá usted también su lucecita encima de la mesa; si el señor lee,
usted aparentará igualmente que lee, y él no leerá ya. Pasemos al
_sommier_; elíjalo un poco duro, de fabricación inglesa. A un marido
joven deben repugnarle los lechos demasiado blandos, que adormecen el
deseo. Pero ponga todo su cuidado en el colchón, que encargará usted muy
recio: así se forma un hoyo y, a pesar suyo, a despecho de los
disgustillos pasajeros, los cuerpos se reúnen en sueños y se perdonan.
Le enseño este pequeño truco; es infalible, y prepara un despertar
conciliador.
LUCY.--¡No está mal...!
LA SEÑORA MASCHINE.--Una recomendación: procure no amueblar ninguna
habitación con arreglo a un estilo determinado. ¡Esto ya no se lleva...!
Conserve una general armonía. El estilo de nuestra época encierra todos
los estilos, todas las características de las épocas precedentes y todos
los exotismos, y, sin embargo, le desafío a que lo formule. En él se
mezcla y se armoniza todo; tiene usted estilo Luis XVI y estilo
Directorio, que no se espantan de verse juntos. Todo esto, unido, acaba
por formar cierto estilo Clemenceau... Ahora vamos a visitar el
comedor... ¡Vengan ustedes...!
(_Van al comedor._)
LUCY.--¿Qué...? Pero ¿se come ahí dentro...? ¡Si parece un tocador...!
LA SEÑORA MASCHINE.--¡Y lo es...! ¿A qué obedece esa estúpida costumbre
que nos obliga a ocupar una habitación solamente con las comidas...?
Consagra usted una hora al desayuno y otra a la comida... ¿Y necesita
usted una mesa especial para esto...? ¿Tiene usted unos aparadores para
poner de manifiesto en ellos la plata de familia...? ¡Puf...! Estas son
costumbres de advenedizos. ¡Que la plata no se vea demasiado en el
servicio de usted...! ¡Que no se emplee mas que en la presentación de
los platos calientes...! La plata es un metal vulgar. La plata
sobredorada es un metal bastardo, que no tiene el valor de su opinión.
El oro es el emblema de la estupidez triunfante. Forme usted su vajilla
con porcelanas raras y con fayenzas curiosas.
LUCY.--¡Pero yo no veo mesa alguna en este comedor...!
LA SEÑORA MASCHINE.--Las mesas están en la repostería; se traen en el
último momento; son tres o cuatro mesas especiales, que los criados
ponen y quitan cuando se van los señores... Detrás de estos tableros se
ocultan los estantes de una biblioteca, y detrás de estos otros
encontrará usted toda clase de juegos. En la sociedad de usted, la gente
tiene afición a jugar. En algunos minutos, mientras sus invitados
saborean el café en el salón, esta estancia se convierte en sala de
juego y en fumadero. Se imponen, pues, unos altos cimacios de nogal
claro, decoración de madera, en que los muebles y los divanes se
armonicen con la pared. Alumbrado mediante enchufes situados junto al
suelo. Tenga usted brazos de mucha luz sobre su mesa; ponga en ella un
centro muy bajo, que no haga penosa la conversación. En los rincones
mandará usted colocar unos fanales de cristal sujetos en aros de madera.
Nada de sirvientes; las viandas llegan desde la repostería, lo mismo que
los platos. No tolere usted que se imponga a sus convidados el aderezo
de los manjares, ni el ruido de la vajilla. Que los criados de usted no
confíen al oído de sus huéspedes la genealogía ni la partida de
nacimiento de los vinos preciosos que ellos les sirvan. Esta antigua
costumbre constituye un desafío para las apreciaciones de los buenos
catadores que usted reciba.
LUCY.--¡Comprendido...! ¿Adónde vamos ahora...?
LA SEÑORA MASCHINE.--Al salón. Esta es la habitación menos interesante,
porque usted no vive en ella. Aquí puede colocar los cuadros de los
maestros y los _bibelots_. Convendrá que se procure usted una colección
de cualquier cosa: una colección de campanillas antiguas, o unas
vitrinas llenas de sajonias auténticas. Estas cosas son motivos de
conversación. Pondrá usted un gran espejo encima de la chimenea: éste
permite a las personas notables que se miren al hablar, y a las damas,
que vean cómo están los pliegues de sus vestidos, sus semblantes y sus
peinados. Muchas sillitas bajas, esparcidas acá y allá, sin orden
aparente; varias mesitas. En uno de los rincones, la _mise en scène_
necesaria; un pequeño _bureau_, en el que pensarán que escribe usted. En
el rincón opuesto, un piano, donde el compositor parásito le tocará algo
de Schumann, «¡que él interpreta como nadie en el mundo!».
LUCY (_tímida_).--¡Yo pensaba en recepciones alegres, en tes-tango...!
LA SEÑORA MASCHINE.--¡Está usted un poco retrasada en cuestión de
modas...! Ya no se piensa en bailar; cuando alguien tiene mucho empeño
en hacerlo, se va a retozar a cualquier establecimiento de baile. Los
tes-tango disgustan a los maridos y turban la paz de un hogar. Por otra
parte, usted no utilizará el salón mas que para pasar por él. De esta
manera podrá lucir en él todos los tapices de la Savonnerie y todos los
Beauvais. Antiguamente, esta habitación tenía una razón de ser, en el
tiempo en que la conversación era un deporte. Ahora no se habla mas que
en la mesa y en seguida se juega. El ingenio de salón desapareció con la
señora Aubernon de Nerville y con la señora de Loynes. Ya no subsiste
mas que el ingenio del círculo y el del café. No se tiene tiempo de
chismorrear; los periódicos han matado el arte de la maledicencia
elegante. El salón no es mas que el paso de una comida a una mesa de
_poker_, del apetito a la digestión. ¡Qué siglo tan triste...!
LUCY.--Le queda por enseñarme una habitación: el tocador.
LA SEÑORA MASCHINE.--Lo dejaba para lo último. (_Nuevo viaje; entran en
una amplia sala, muy alegre._) ¡Aquí está el santuario! ¡El lugar donde
pasará usted la mitad del día...! En cuanto despierte, correrá usted a
retocar su belleza. Pasemos por alto el baño y no nos fijemos en los
aparatos para la ducha; esto ya se lo venderán. Sin embargo, observe que
el baño, muy hondo, está enterrado hasta la mitad en el suelo. Puede
usted sentarse en él; una sillita está instalada en uno de sus extremos.
Aquí tenemos el robusto tubo para la ducha escocesa. Aquí está el gran
espejo de tres lunas, que le dirá la verdad. Allá se encuentra el diván
para descanso, donde se lee los periódicos mientras se saborea el
chocolate reparador. Más lejos hay un pequeño _bureau_, su verdadero
_bureau_, donde usted escribirá las cartas para las amigas íntimas y
ajustará sus cuentas. Aquí está, por último, la _coiffeuse_; no necesito
describir a usted los perfeccionamientos aportados a ésta por la Casa
X... Ahora bien; lo que debe absorber toda la solicitud de usted es el
calientabaños...
LUCY.--¿Por qué?
LA SEÑORA MASCHINE.--Porque es un instrumento caprichoso y variable. No
calienta, o calienta demasiado; no se enciende, o provoca incendios.
Estalla en el momento en que se le cree dominado. Le hace a una mil
jugarretas. Es un perpetuo motivo de inquietud. Un mal calientabaños
acaba por agriar a usted el carácter, volviéndola irritable y
quisquillosa. La hace esclava de los fumistas, unos señores poco
cómodos, que le deteriorarán el tocador en cuanto tengan que efectuar la
menor reparación. La vida resultaría demasiado dulce si no fuera por
esta calamidad del calientabaños.
LUCY.--¿Y si recurriera a la calefacción central...?