lecciones de _bridge_ para vivir, y torno a ser el hidalgo de siempre.
(_Se yergue y adquiere en seguida una dignidad inesperada._) ¿Qué debo
hacer, querido hijo...?
ERNESTO.--Vuelva en seguida, a las dos... Iremos juntos a casa de mi
notario para redactar nuestros acuerdos. Luego nos trasladaremos a la
alcaldía del décimo distrito, donde me reconocerá usted. Por la noche,
en fin, le presentaré a la familia de mi novia...
_Mientras habla, Ernesto acompaña al señor Froment hasta la puerta,
donde se despide de él. En este momento, Chupin irrumpe en el
despacho, aun más borracho que antes._
ERNESTO (_furioso_).--¿Todavía estás aquí, borrachón...? ¿No te había
plantado en la calle...?
CHUPIN.--¡Es posible! ¡Pero vuelvo...! Y, además, mira cómo me tratas...
¡Ya no soy tu ayuda de cámara...!
ERNESTO.--Entonces, ¿qué eres...?
CHUPIN.--¡Soy tu padre...!
ERNESTO (_viendo las estrellas_).--¿Qué...?
CHUPIN.--¡Sí...! Cuando me fuí de aquí, cogí a dos compañeros míos, el
tabernero de la esquina y un _chauffeur_ de _taxi_, y los tres nos hemos
ido a reconocerte a la alcaldía del décimo distrito. ¡Aquí tienes la
copia de tu partida de nacimiento...! ¡Está en regla...! ¡Ahora debes
respetarme...!
ERNESTO (_aplanado_).--¡Canallas...!
VII
CURSO DE BELLEZA
_La señora Lenclos posee un Instituto de Belleza en una tiendecita muy
blanca situada en un entresuelo de la calle de Galileo. Un amplio
escaparate y una puerta exigua. En el escaparate, unos bustos de damas,
hechos en cera, ofrecen un espectáculo horripilante; porque las damas
están divididas en dos partes; la parte de la derecha muestra la vejez
con todo su horror: arrugas, bolsas bajo los párpados, pellejos
flotantes en la barbilla, tendones en el cuello, amarillez de la
epidermis, cabellos blancos y pelos en la nariz y en las orejas. ¡Es la
mujer antes del tratamiento de la Lenclos...! La parte izquierda es
fresca, juvenil y apetitosa... ¡Nada de bolsas, sino cabellos de un
rubio veneciano...! ¡Labios arqueados...! ¡Mejillas carnosas...! Sin
embargo, estas cabezas causan la impresión de pertenecer a las malas
pagadoras, que no saldaron el precio convenido de antemano y a las que
dejaron a la mitad de su rejuvenecimiento. La anaquelería se compone de
una profusión de tarritos, de frasquitos, de útiles y objetos extraños,
de caretas de caucho, de brochas, de instrumentos de masaje, de
vibradores eléctricos, de espátulas, etc., etc. La tienda está dividida
en seis departamentos. Una dama de aspecto muy juvenil está en el
mostrador y comprueba las sumas de su libro Mayor._
_Entra un joven de unos veintidós años, vestido con esa elegancia, un
poco oropelesca, de los cómicos que hacen el papel de Perdican en el
Conservatorio. Dirígese rectamente al mostrador. Es el señor Beauvallon,
primer premio de Comedia._
BEAUVALLON.--¡Buenos días, La Choute!
LA CHOUTE (_alzando los ojos_).--¿Eres tú, Beauvallon...? ¿Qué te trae
por aquí...?
BEAUVALLON (_estrechándole la mano_).--Te vi esta mañana en el «Metro»,
y me dije: «¡Atiza! ¿Qué busca La Choute por estos sitios?» Te seguí a
lo lejos y te vi entrar en esta tienda. Como tenía prisa, no me acerqué
a ti... Cumplí ya con mi obligación--unas lecciones en este barrio--, y
al regreso he entrado para darte los buenos días.
LA CHOUTE (_disgustada_).--¡Eres muy atento...! Pero, ya que me has
visto, vete...
BEAUVALLON.--¡Qué desabrida eres...! ¡Así recibes a tu antiguo
compañero, a tu interlocutor en «La Caja Fauré»...!
LA CHOUTE.--¡No tengo tiempo de charlar, amigo mío...! ¡Vuelve más
tarde, a las seis, cuando esté cerrada la tienda...!
BEAUVALLON.--¡Jamás...! Primeramente, cualquiera sabe dónde estaré yo a
las seis...! Tú, La Choute, no te portaste bien... Cuando abandonaste el
Conservatorio, en el pasado año, no nos dijiste tu dirección. Te busqué
por todas partes, ¿lo sabes...?
LA CHOUTE (_divertida_).--¿Es posible...?
BEAUVALLON.--¡De veras! Sentía alguna ternura por ti. Habíamos dormido
juntos, y esto siempre crea ciertos lazos...
LA CHOUTE.--¡Oh! ¡Lo que es tú...! ¡Duermes con todo el mundo...!
BEAUVALLON.--¡Es verdad...! Pero a ti estuve a punto de amarte...! ¡Nada
de guasa...! ¡Cuando desapareciste sentí algo parecido a un disgusto...!
En primer lugar, tú eras más linda y más joven que las otras... Tenías
solamente veintitrés años...
LA CHOUTE.--¡Veintidós...!
BEAUVALLON.--Poseías los cabellos rubios más hermosos del mundo...
LA CHOUTE.--Y los sigo poseyendo...
_Ella le tiende la cabeza, coronada por una soberbia cabellera de
un rubio ceniciento._
BEAUVALLON.--¿Y tus dientes...?
LA CHOUTE (_sonriendo_).--¡Completos...! ¡Puedes comprobarlo...!
BEAUVALLON.--¡Ah, picarona...! ¡Estás todavía más bonita que el invierno
pasado...! ¡Y con tu físico, con tu inteligencia y con tu hermosura
tuviste valor para abandonar el teatro...!
LA CHOUTE.--¡Sí...! ¡Lo tuve...! ¿Qué quieres...? ¡Comprendía claramente
que en él no llegaría a ser nada...! No me gustaba el oficio, ni los
compañeros; no se puede tomar mas que dos partidos: trabajar o
prostituirse. A mí no me gusta trabajar y soy demasiado burguesa para
dedicarme a cortesana. ¡Por eso me he lanzado al comercio...!
BEAUVALLON.--¡Y has entrado en casa de la Ninon de Lenclos...!
LA CHOUTE.--¡Mejor todavía...! ¡La señora de Lenclos soy yo...!
BEAUVALLON (_estupefacto_).--¡Qué! ¡Tú bromeas...!
LA CHOUTE.--¡Cuando yo te lo digo...! ¡Pero procura callártelo, porque
me arruinarías...!
BEAUVALLON.--¡Vaya una historia...!
LA CHOUTE.--¡Es un cuento de hadas, amigo mío! Aquí, donde tú me ves,
estoy en camino de hacer fortuna, por haberme encontrado hace seis meses
a un viejo y canallesco nigromante, a un tipo astuto, a un hombre
extraordinario... ¡al profesor Bálsamo...!
BEAUVALLON.--¡Calla...! ¡Yo conozco ese nombre...!
LA CHOUTE.--¡No es profesor, y su verdadero nombre es el de Bouzigue...!
¡No puedes imaginarte un viejo macaco semejante...! Si me dijeran que
había estado preso, no me asombraría. ¡Ha hecho de todo...! Pues verás:
volvía yo de Saint-Germain, adonde había ido para ver a mi tía Josette;
subo a un coche del ferrocarril, donde se encontraba ya un señor
anciano, bien portado, que tira su cigarro en cuanto me sintió. Esto me
adula--¿lo comprendes?--y le digo: «¡Oh, caballero...! Puede usted
fumar... ¡No me molesta...!» Iníciase la conversación. Al cabo de cinco
minutos le había referido mi vida.
BEAUVALLON.--¡Es una justicia que hay que hacerte...! ¡Tú cuentas tu
historia a todo el mundo...!
LA CHOUTE.--Escuchóme él con interés, y después me dijo: «¡Está usted
perdiendo el tiempo, hija mía! Lo más que logrará usted será un primer
accésit en el Conservatorio. ¿Y a qué le conducirá esto...? A
representar el papel de Blanquita en provincias. Hará usted también el
de Margarita de Borgoña en Provenza y el de Mireya en el Languedoc.
Ganará usted veinte luises por mes y los favores soberanos de los
consejeros municipales, propuestos en Bellas Artes. Yo no le pido que
sea mi querida. Le ofrezco dos mil francos mensuales, y hacemos un
contrato por cinco años. Trátase de un oficio fácil, honrado y horro de
fatiga. Siete horas de presencia por día y mucha consideración. Usted se
limitará a explotar la estupidez de las mujeres, hermanas suyas...» ¡Y
me explicó su plan! ¡Era maravilloso...! Tratábase de fundar un
Instituto de Belleza, una tienda, en la que se vendería un montón de
productos a base de nada, destinados a revocar las juventudes
aniquiladas. Acepté el trato; en ocho días, el viejo alquiló una
tienda--ésta--, instaló el almacén y principió una propaganda de todos
los diablos. Habrás visto en todos los periódicos unos carteles enormes
anunciando que Ninon de Lenclos rejuvenecía a todas las viejas. Todo
esto costó cerca de cien mil francos, hoy reembolsados ya. ¡Ay, mi pobre
Beauvallon...! Nosotros, comiquillos, que nos pintamos por la noche para
complacer al cochino público, no somos mas que unos niños comparados con
las damas del gran mundo, que se rehacen una belleza y una juventud en
beneficio de sus galanes. No tienes una idea del número de criaturas que
pasan diariamente por aquí, y a las que vendo, por diez francos, unos
tarros de pomada que a nosotros nos cuestan cincuenta céntimos,
comprendido el envase. ¡El temor de envejecer...! ¡Esto es terrible para
las mujeres que no saben hacerse viejas...! ¡Bah...! ¡No hay sacerdote
que haya oído las confesiones que yo escucho a diario en uno de estos
compartimientos! Todas lanzan este grito de angustia: «¡Prolóngueme...,
devuélvame mi rostro de hace diez años...! ¡Ayúdeme a ser amada...! Mi
corazón ha permanecido joven; pero mi cuerpo se aniquila. ¡Dicen que
posee usted secretos maravillosos...! ¡Véndamelos...! ¡Pagaré todo lo
que sea preciso...» Y yo vendo esperanzas e ilusiones en frascos, en
cajitas y en barras. ¡Se lo llevan como pan bendito...!
BEAUVALLON.--¿Y obtienes buenos resultados...?
LA CHOUTE.--¡Desde luego...! Durante algunos días borro las arrugas,
revoco las _fachadas_ y fabrico juventudes. Después, la edad recobra sus
derechos; la cliente vuelve. ¡Qué demonio! Yo no puedo luchar mucho
contra el tiempo. Llega siempre un momento en que las viejas son viejas.
Cuanto más se esfuerzan ellas por rejuvenecerse, más envejecen. ¡Si
supieras, Beauvallon, las miserias de que soy confidente...! Hay mujeres
cuyo cuerpo permanece joven y apetitoso, y de las que solamente se ve el
rostro, que ya está feo. He aquí la injusticia de la suerte: el cuerpo y
el semblante no se ponen de acuerdo para agostarse. El uno precede
siempre al otro en la decrepitud. ¡Te aseguro que mi oficio no tiene
nada de alegre...! Desde hace poco comprendo que en el mundo no hay mas
que un solo bien: la juventud. ¡Tengo solamente veintitrés años, y ya me
asusta el año próximo!
BEAUVALLON.--¡Qué ganas de bromear! ¡Con tu hermosura tan fresca...!
LA CHOUTE.--Tienes razón, y, sin embargo, es algo más fuerte que mi
voluntad... Temo ser menos linda que ayer... ¡No amo a nadie...! ¡Hasta
lamento haber amado a tontitos como tú...! ¡Era cansarse...! ¡Me
mustiaba! ¡Ay! Ahora soy más prudente... Me administro y me cuido
mejor... Cuando sea rica, dentro de diez o de quince años, me retiraré.
Compraré un hermoso castillo en Turena y haré quitar de él todos los
espejos.
BEAUVALLON (_tierno_).--De todas formas, tendrás los ojos de tu amante
para mirarte en ellos.
LA CHOUTE.--¡Quita de ahí...! De hoy en adelante no tendré ya enamorado.
Temeré deducir de su actitud los progresos de mi decadencia. El viejo
hechicero ha envenenado mi dicha; sin embargo, me ha inspirado la
desconfianza contra las drogas, los ungüentos, los perfumes y los
polvos: contra todo lo que vendo a mis infortunadas clientes.
BEAUVALLON.--Sin embargo, en tu profesión debe de haber algunos minutos
divertidos.
LA CHOUTE.--Son raros, ¿comprendes...? A cada consulta solicitada va
unido un secreto doloroso, la confesión de una pasión. Por lo general,
las mujeres no quieren ser bellas para ellas solas. Casi todas procuran
embaucar a un amante más joven que ellas o a un viejo que no ama mas que
a las jóvenes. ¡Si oyeras lo que se dice en estos compartimientos!
BEAUVALLON.--¡No deseo otra cosa...!
LA CHOUTE.--¡No puedo violar el secreto profesional...!
BEAUVALLON.--¿Ni siquiera para mí...?
LA CHOUTE.--Ni siquiera para ti. Y, además, ¿no tienes nada urgente que
hacer...? ¡Te conozco...! ¡Deben esperarte...!
BEAUVALLON.--¡Que me esperen...! ¡Te lo ruego, La Choute...! ¡Permíteme
asistir a una de tus consultas...!
LA CHOUTE (_decidiéndose_).--Te juro, guapo destrozador de corazones,
que será una bonita lección de cosas, de la que saldrás disgustado. En
fin, puesto que lo deseas, no puedo negártelo. En este preciso instante
llega una cliente. ¡Escóndete en el compartimiento número uno, y, sobre
todo, no te muevas...!
_Introduce a Beauvallon en uno de los exiguos compartimientos, y
corre las cortinillas de entrada. Aparece una dama muy elegante y
bastante linda, con un rostro armónico, un poco cansado; es de las
que adelgazan con la edad._
LA DAMA.--¿La señora Ninon de Lenclos...?
LA CHOUTE.--¡Yo soy, señora...!
LA DAMA (_asombrada_).--¡Pero... usted parece muy joven, señora...!
LA CHOUTE (_grave_).--¿Qué edad cree usted que tengo?
LA DAMA.--¡Bah! ¡Lo más, veinticinco años...!
LA CHOUTE.--¡Muchas gracias...! ¡Tengo cincuenta y cinco!
LA DAMA (_estupefacta_).--¡Imposible...!
LA CHOUTE (_sacando un papel de un cajón_).--¡Aquí está mi partida de
nacimiento...! Enriqueta Brezaillon, nacida en mil ochocientos sesenta y
cuatro.
LA DAMA.--¡Pues se conserva usted admirablemente!
LA CHOUTE.--La mujer que no quiere envejecer, no envejece. Aquí donde
usted me ve, tengo una hija de treinta y dos años y un hijo capitán.
¡Mire sus retratos...! (_Abre un medallón._) Sin embargo, tengo un
vientre aplastado y liso como el de una joven. ¡Si usted lo desea, se lo
enseñaré...!
LA DAMA.--¡Es sorprendente...! Dadas estas condiciones, no vacilo en
confiarme a los cuidados de una persona tan experta. ¿Y sus cabellos...?
¡Son soberbios...!
LA CHOUTE.--¡Gracias a un tratamiento especial! Estaba amenazada de
calvicie completa; un médico--el nuestro--me ha reimplantado, uno a uno,
veinticinco mil cabellos.
LA DAMA.--¿Y... los dientes...?
LA CHOUTE.--¡Ni uno es mío...! Es una maravilla de la prótesis. Haga el
favor de pasar a este gabinete. Charlaremos. (_Introduce a la dama en
uno de los compartimientos y corre las cortinillas._) Ahora, ¿qué desea
usted de mí...?
LA DAMA (_quitándose el velo_).--En primer lugar, he aquí mi rostro...
LA CHOUTE (_admirativa_).--¡Qué hermosa ha debido usted de ser,
señora...!
LA DAMA (_amargamente_).--¡Sí! Fuí muy bella, y entonces me daba lo
mismo. ¡No conocía mi riqueza...! Ser bella para su marido es como si
una no lo fuera... Cierto que yo me enorgullecía con mi línea y con mi
rostro; durante mucho tiempo gusté la envidia de las mujeres. Este
placer harta pronto. Pasaron los años y me engañó mi marido. Esto me
puso en guardia; pero, en fin de cuentas, no me importaba tres cominos.
Hace algunos meses me aficioné de nuevo a la coquetería; amábame uno, y
yo también le amaba. Entonces fué cuando descubrí la verdad: no era ya
tan bella. Evidentemente, con los trampantojos ordinarios de la toaleta
todavía causaba cierto efecto a la luz artificial. De regreso en mi
casa, hallábame cara a cara con la verdad. Esto es, por otra parte, lo
que me ha impedido hasta ahora engañar a mi marido, porque en amor hay
que pagar al contado. ¿Qué pensaría el que me adora si me viera tal como
soy...? ¡Huiría de mí, después de una hora de embriaguez, y no le vería
más...! ¡Me causa horror pensarlo...! ¡Deme usted un año de juventud...!
Mire... ¡Deme usted solamente seis meses...! ¡Tenga yo durante seis
meses el rostro y el cuerpo que tuve antiguamente...! ¿Y después, Dios
mío...? ¡Después... me resignaré...!
LA CHOUTE.--¡No, señora! No se resignará usted. ¡Y hará bien...! Yo no
le concederé un año de juventud, sino diez... ¡Pero le advierto que esto
resulta caro...!
LA DAMA.--¡No reparo en dinero!
LA CHOUTE.--Y sepa que ciertos métodos son bastante dolorosos...
LA DAMA.--¡Ah!
LA CHOUTE.--Mire... Para poner tersa la piel, tenemos el tratamiento del
doctor Sabio. Consiste en una aplicación de líquido corrosivo, a base
de iodo, que consume los tejidos superficiales hasta dejar al
descubierto la primitiva piel. Son tres semanas de torturas; pero en
seguida encuéntrase usted con una piel de jovencita.
LA DAMA.--¡Está bien! ¡Conformes...! ¿Y para el rostro...?
LA CHOUTE.--¡Déjeme que la mire...! ¡Ah, sí...! Tenemos tres
tratamientos. Primeramente, el masaje; éste es bueno, pero no resulta
eficaz mas que para un día. Al menor cansancio, las arrugas reaparecen
al instante. Tenemos después la pasta de los Nabis; ésta se la aplica
usted por la noche con la careta especial. Es una pasta a base de
plantas astringentes, que estiran y ponen tersa la piel. Pero hay que
aplicársela todos los días. Tenemos, por último, las inyecciones de
parafina, que hinchan el rostro; es bastante doloroso: debe usted
permanecer durante un mes en un lugar apartado, mientras es absorbida la
parafina.
LA DAMA.--¡Pero lo que usted me propone son suplicios chinos...!
LA CHOUTE.--Para estar hermosa hay que sufrir. Además, todo lo que le
ofrezco no tiene sino una eficacia pasajera. ¡Sólo hay un tratamiento
duradero...! ¡Y éste es... el tratamiento quirúrgico...!
LA DAMA (_espantada_).--¿Qué...? ¿Quiere usted que recurra al
cirujano...?
LA CHOUTE.--¡Es preciso...! Para las arrugas de la frente, el cirujano
le hará a usted ahí, bajo los cabellos, a derecha e izquierda, dos
incisiones, cortará dos pedazos de piel y coserá; para las arrugas del
cuello, le hará otras incisiones detrás de las orejas.
LA DAMA (_aterrorizada_).--¡Calle..., calle...!
LA CHOUTE.--¿Quiere usted ser amada, señora...? ¡Entonces, sométase a lo
inevitable...! ¡De lo contrario, déjese dominar por la vejez...!
LA DAMA.--¡No..., no...! ¡No me abandone usted, señora...! Lo que me
inquieta no es solamente el rostro, sino el cuerpo. Quise adelgazar, y
mi pecho, demasiado voluminoso, se convirtió...
_El resto de la confesión se pierde en el oído complaciente de La
Choute; la dama, orgullosa, se muestra desde los pies a la cabeza.
No es solamente el pecho el que se le cae. Es el vientre en forma
de persiana, son los muslos descarnados, las manos que se manchan
de herrumbre y los pies que se deforman. La Choute toma notas, y,
cuando ha concluído, manifiesta que todo esto puede repararse._
LA DAMA (_despidiéndose, llena de esperanza_).--Me enviará usted
discretamente todos sus productos, ¿verdad...?
LA CHOUTE.--¡Descuide usted...! ¡Se los llevaré yo misma y le indicaré
la manera de usarlos...! La acompañaré también a casa del doctor
Bálsamo, nuestro cirujano. ¡Y no tema usted nada...! ¡Fuera de mí, nadie
conocerá su secreto...!
_La dama torna a ponerse su tupido velo, y se marcha._
LA CHOUTE (_soltando a Beauvallon_).--¿Qué, amigo mío...? ¿Oíste...?
BEAUVALLON (_pálido_).--¡Todo...! ¡Es horrible...!
LA CHOUTE (_riendo_).--¡Bah...! ¿Y a ti qué te importa...?
BEAUVALLON.--¡Desgraciada...! ¡El enamorado de esa dama, el enamorado
para quien ella quiere rejuvenecer... soy yo...!
LA CHOUTE.--¡Imposible...!
BEAUVALLON.--¡Y yo estaba loco por esa mujer...! ¡Después de lo que sé,
no la veré más...!
LA CHOUTE.--¡Quia, amigo mío...! ¡Déjate de historias...! ¡No vas a
quitarme una cliente de treinta mil francos...!
VIII
CURSO DE COCINA
_El joven Lionel Musot vive en un piso bajo del número 152 de la calle
de Copenhague. Es uno de esos reducidos departamentos llamados «cuartos
de soltero» porque en ellos no se recibe más que a muchachas. Este
joven, descolorido, imberbe y peinado untuosamente, posee la gentileza
usual en cualquier otro de su especie; es deplorablemente rubio y
delgado; sus ojos, de un azul de porcelana, tienen una expresión
desabrida, que equivale a falta de expresión. Muéstrase muy agitado; va
desde la alcoba al salón, desde el salón a la cocina, donde todo está
preparado para el te, y desde la cocina al recibimiento. Está
soberbiamente vestido con un pijama de seda azul, que pondría en peligro
las mejores digestiones. Habla consigo mismo, como suele hacerse en las
obras del antiguo repertorio._
LIONEL (_furioso, en la cocina_).--¡El agua hierve...! ¿Haré el te...?
Pero si lo hago antes de tiempo resultará muy fuerte y me veré precisado
a bebérmelo, en el caso de que ella no viniera... ¡Aborrezco el te
fuerte...! Me queda el recurso de no beberlo y de tirarlo sobre la
piedra del fregadero. Sí; pero tendré que comerme las pastas. ¡O
regalárselas a la portera, a la que odio...! (_Dirigiéndose a un público
imaginario._) ¡Señoras y caballeros...! Hace dos meses que dedico a una
mujer casada de la alta sociedad, a la señora Line Bisou, un culto
apasionado; supe ser tan tierno, tan respetuoso y, al mismo tiempo, tan
atrevido, que esta Line cedió a mis súplicas, subrayadas con gestos
decisivos. ¡Hace un mes que se me entregó en este pisito bajo...! Line
no tuvo motivos para quedar descontenta del ensayo, porque me otorgó una
cita en este modesto palacio para la semana siguiente. Line no acudió,
señoras y caballeros; en honor suyo había perdido una clase de
Trigonometría. (_Cantando._) «¡No! ¡Esto no es un sacrificio...!», como
dicen en el _Alcestes_, de Gluck. No es un sacrificio, porque sé que en
el examen de fin de año me calabacearán y, por tanto, juzgo inútil
estropearme las meninges estudiando Trigonometría, en la que no
sobresaldré nunca. A la semana siguiente, Line me juró con todas las
veras de su alma que sería puntual a la nueva cita. Perdí una clase más;
compré pastas; hice un te mediano, ¡lo confieso!, y ella no vino...
Tampoco vino a la otra semana. Estamos en el cuarto lunes, y ya verán
ustedes cómo brillará siempre por su ausencia. Hace un momento llamaron
a la puerta de entrada; corrí, con el corazón trémulo de alegría, y
estuve a punto de abrazar al hombre que venía para ver el contador del
gas... Dentro de una hora volverán a llamar y recibiré a un chico de
telégrafos, que me entregará un despacho, siempre igual: «Imposible
acudir tan pronto. Descorazonada. Ven a comer el jueves. Ternezas.
_Line._» (_Campanillazo._) ¡Ah! Llaman a la verja del parque...
Probablemente es el chico de telégrafos, que avisa desde fuera...
_Se decide por fin a abrir; una dama, con un velo muy tupido,
penetra vivamente en el recibimiento._
LINE (_porque es ella_).--¡Hay que ver, amor mío...! ¡Cuánto tardas en
abrir...!
LIONEL (_avergonzado_).--¡Creí que era el chico de telégrafos...!
(_Estrechándola contra sus brazos._) ¡Ay, amada mía...! ¡Ay, amada
mía...!
LINE.--¡Espera...! ¡En primer lugar, me ahogas...! ¡Y, además, me metes
el velo en la boca...! ¡Deja que me quite el sombrero...!
LIONEL.--¡Alivia..., alivia...!
LINE.--¿Lo sabes...? No me quito mas que esto... ¡Tengo mucha prisa...!
¡No puedo dedicarte mas que media hora...!
LIONEL.--¡Eso se dice...!
LINE.--¿Cómo «eso se dice»...? No sueltes tonterías, querido mío. Tengo
que estar de regreso en mi casa a las siete y media, y son las cinco. ¡Y
debo pasar por casa de mi cuñada para preparar la coartada...!
LIONEL (_furioso_).--¡Quisiera que tu cuñada estuviera casada con un
mono y maldigo su posteridad hasta la sexta generación!
LINE (_que se ha quitado el sombrero y la capa_).--Mi cuñada no tiene
hijos. Dime... ¿Qué te parece mi vestido...?
LIONEL.--¡Es muy bonito...! ¡Y me parecerá todavía más bonito cuando te
lo hayas quitado...! (_Se lanza sobre el corpiño y lo desabrocha._)
LINE.--¡No...! ¡No...! ¡Nada de tonterías...! Se abrocha por detrás, y
luego cuesta mucho tiempo ponérselo otra vez... (_Lionel no escucha nada
y le quita el corpiño como quien despelleja una anguila._) ¡Oh...! ¡Qué
bobo eres...! ¡Ahora tengo que quitarme el vestido...! ¡Aguarda un
momentito...! ¡Dame primero el te...!
LIONEL.--¿Tienes mucho interés en tomarlo...?
LINE.--No puedo pasarme sin el te. ¡Ni siquiera durante la guerra carecí
nunca de te!
LIONEL (_desapareciendo en la cocina_).--¡Eres una mujer muy metódica!
LINE (_dirigiéndose a los bastidores_).--Hazlo bien, ¿eh...? Una
cucharada para la tetera y una cucharada para cada persona.
LIONEL (_en lo hondo de la cocina_).--¡Ya lo sé...! ¡Atiza...! ¡Se ha
salido el agua y se ha apagado el gas...!
LINE.--¡Alivia...! ¡Me muero de sed...!
LIONEL.--¡Ya está...! (_Reapareciendo con una bandeja._) ¡La señora está
servida...!
LINE (_sentándose_).--¡Dios mío! ¡Cómo me divierte tomar el te así...
desnuda...! ¡Son las alegrías del adulterio...! ¡Un terrón de azúcar
nada más...! ¡A ver las pastas...! ¡Ah! ¡Hay golosinas de las que a mí
me gustan...! ¡Y tartas alsacianas...! ¡Eres una delicia...! No me
despeines...!
LIONEL.--¡Bebe ligera...! ¡Si tú tienes sed, yo tengo hambre!
LINE.--Espera un minuto, ¡qué diablo...! ¡Cada cosa en su tiempo...! ¿No
me preguntas por qué estoy este día en tu casa...?
LIONEL.--¡No...! Lo importante es que estés en ella...! ¡Haz el favor de
beber...!