eso...? ¡Usted ganaría una fortuna como portero de hotel...!
CÉSAR (_cortés_).--¡Desde luego...! Pero prefiero ser profesor; me pagan
menos, pero me consideran más. ¡Aunque su señora criada me haya tomado
por un sablista...!
CHADD.--¡A mamá le pasa siempre lo mismo...! ¡Quiero que le presente sus
excusas...! ¡Voy a llamarla...!
CÉSAR (_vivamente_).--Es inútil. Tengo alguna prisa. La lección que le
he de dar será de una hora. ¿Conoce usted el método Marvitz?
CHADD.--¡No! ¡Yo quiero aprender inglés y nada más...!
CÉSAR.--Pues bien; el método consiste en hablar inmediatamente la
lengua. A partir de este instante, no le hablaré ya mas que en inglés,
indicándole los objetos. Usted repetirá las palabras a medida que yo las
vaya diciendo.
CHADD.--¡Como usted quiera! ¡Tiene gracia...!
CÉSAR (_indicándole una silla_).--«¡Chair...!»
CHADD (_repitiendo_).--«¡Chair!» ¡En francés, esto quiere decir otra
cosa muy distinta y resulta más bonito...! ¡En fin!...
CÉSAR (_indicándole la mesa_).--«¡Table!»[2]
CHADD (_riendo_).--¡Eres bonita...! ¡Y hueles bien...! ¡Y esto significa
una mesa...! ¡Qué lengua tan hermosa es la lengua inglesa...!
CÉSAR (_oliendo una rosa_).--«¡Good smell...!»
CHADD (_furiosa_).--¿Cómo...? ¿Que esto tiene gusto a suela? ¿Una
rosa...? ¡Eso es demasiado fuerte...! ¡Usted está de buen humor!
CÉSAR (_interrumpiéndose_).--«Good smell» significa «buen olor». ¡Si
usted me ataja a cada paso, no acabaremos nunca...!
CHADD.--Tiene usted razón; pero me parece que estamos perdiendo el
tiempo. Yo, amigo mío, no tengo empeño en aprender la lengua inglesa,
sino solamente en conocer unas treinta frases de inglés que me son
necesarias. Por esta causa no gaste usted su tiempo hablándome de la
silla, de la mesa, de la suela y de un montón de cosas sin importancia.
CÉSAR (_resignado_).--¡Como usted guste, señora...! ¿Qué es lo que
desea...?
CHADD.--Va usted a explicárselo todo. Mi profesión es la de artista, la
de bailarina; pero esto no es mas que la fachada. En realidad, yo soy
una... «mujer alegre». ¿Hay algún mal en ello...?
CÉSAR.--¡Santo Dios...! ¡Yo, personalmente, no veo que haya ningún
inconveniente...!
CHADD.--Tengo una buena clientela en el ejército inglés y entre los
norteamericanos. Pero estos tipos no hablan francés. ¡Esto es muy
molesto...! Para entrar en materia, es muy sencillo: basta una
pantomima; pero cuando se trata de fijar las condiciones, ya es muy
distinto. Por ejemplo: yo no sé cómo se dice «un regalito»...
CÉSAR.--«A little gift».
CHADD.--¡Bueno! Póngame eso por escrito, con la pronunciación...
CÉSAR (_abre su cartera, saca una hoja de papel y escribe_).--¡Ahí lo
tiene...!
CHADD (_que ha leído por encima del hombro_).--¡Muy bien! Siga usted
escribiendo: «Me gustas mucho», «Necesito veinticinco luises para mi
costurera», «Tengo gana de ese sombrero tan bonito», «Querría un hermoso
diamante para el día de mi santo», «Tengo sentimientos religiosos»...
¡Esto es muy importante...! «Soy de buena familia», «No sea usted
brutal», «Hoy es imposible; pero dentro de tres días seré suya», «Esta
noche tengo mucho apetito»... Y luego: «Siento mucha sed»... Y después:
«Págueme el coche»... A continuación: «¡Qué bien sabes besar...!»
«¡Cochinillo mío...!» «¡Nunca me quisieron así...!»
CÉSAR (_escribiendo_).--¿Podrá usted acordarse de todo esto...?
CHADD.--¡Ya lo verá usted...! ¡Cuando yo me propongo alguna cosa...!
Además, me ensayaré con usted... ¡Nos veremos muchas veces...!
CÉSAR.--Tiene usted pagadas por adelantado veinte lecciones.
CHADD.--¿Ha ido usted con frecuencia a casa de señoras solas...?
CÉSAR.--¡Muy a menudo...! ¡Por lo general, suelen hacerme las mismas
preguntas que usted!
CHADD.--¡Claro! ¡Hay que comprenderlo...! Una mujer que habla inglés se
hace en seguida con un grupito de amigos, que se la recomiendan unos a
otros... ¡Ah! ¡Se me olvidaba...! «¡Ponte a tu gusto!»...
CÉSAR (_asombrado_).--¿Qué dice usted...?
CHADD.--¡Es una frase esencial...!
CÉSAR.--¡Ah...! ¡Bueno...! (_Torna a escribir._)
CHADD.--«¡Acuérdate de la criada!»... Y además: «Vuelve a verme»... Y
póngame también los días de la semana y las horas....
CÉSAR.--¡Aguarde un momento...! (_Silencio. Trabaja._) Tome usted...
CHADD.--¡Oh! ¡Ya está...! ¡Va a ser un exitazo...! ¡Me da lo mismo!
¡Cómo van a rabiar mis compañeras cuando me oigan hablar inglés...! ¿Va
usted muchas veces al «Rey Dagoberto»?
CÉSAR.--¿Al establecimiento de baile? ¡No...!
CHADD.--Si quiere usted ir, le regalaré las entradas.
CÉSAR.--¡Es usted muy amable...! Pero no estoy libre por las noches.
CHADD.--¿Trabaja usted?
CÉSAR.--En efecto, trabajo para mí...
CHADD.--¿Tiene usted quizá una amiguita...! Le regalaré las entradas
para ella.
CÉSAR.--¡Muchas gracias! ¡No tengo amiguita...!
CHADD (_interesada_).--¡Qué muchacho tan arreglado...!
CÉSAR (_riendo_).--Voy a parecerle algo ridículo... ¡No tengo amiguita
porque no pensé nunca en ello...!
CHADD.--¡Apuesto a que es usted novio...!
CÉSAR.--¡Tampoco...!
CHADD.--¡Bah! ¡Aunque lo fuera usted, no había de confesármelo...!
CÉSAR.--¿Por qué...? Un novio no es ridículo. Lo ridículo es un marido,
o un amante engañado...
CHADD.--¡Yo he conocido a muchos novios y nunca se atrevían a
decírmelo...!
CÉSAR.--Le aseguro que carezco de medios para casarme o para tener una
amiguita.
CHADD.--Entonces... ¿qué hace usted...?
CÉSAR (_avergonzado_).--Trabajo.
CHADD (_insistiendo_).--¡Bueno...! ¡El trabajo es muy bonito; pero hay
momentos en que no reemplaza a una linda epidermis fresca, a unos
labios, a... ¡Bueno! Va usted a ser la causa de que diga más de cuatro
tonterías... Cuenta usted veintidós años... Sabe usted decir «te amo» en
cinco idiomas. ¡Y no se lo dice usted a nadie...!
CÉSAR.--No tengo a nadie que me escuche.
CHADD.--¿Buscó usted...?
CÉSAR.--No he tenido tiempo... Además, yo no me contentaría con la
primera que se presentara...
CHADD (_burlona_).--¿Tiene usted el gusto difícil?
CÉSAR.--Sé de sobra que no tengo derecho a ser así. Soy un jovenzuelo
sin importancia. Como hermoso, dejo bastante que desear.
CHADD.--Verdad que no es usted bonito. Pero tampoco es usted feo. Es
usted pasadero.
CÉSAR (_ingenuo_).--¿De veras...?
CHADD.--Hay hombres mucho más desagradables que usted y que causan
grandes pasiones.
CÉSAR.--¡Tienen suerte...!
CHADD.--¡Vamos a ver...! ¡Usted me interesa...! ¡Es preciso que le
encuentre una mujer...!
CÉSAR.--Nos alejamos un poco de la lección.
CHADD.--¡Bah! ¡La lección...! ¡Nos quedan todavía diez y nueve...!
CÉSAR.--En este momento yo soy el discípulo y no el profesor.
CHADD.--¡Nunca me he divertido tanto...! ¡Un mocoso que despabilar! ¡Si
lo llego a saber, pago cuarenta lecciones...!
CÉSAR (_molesto_).--¡Usted dispense, señora...! Yo no he dado derecho a
suponer...
CHADD.--¡Siéntese otra vez...! ¡Tengo todavía derecho a treinta minutos
de su presencia...! Ya le miro...
CÉSAR (_hablando en inglés_).--«Table»... «Chair»... (_Indica estos
objetos._)
CHADD (_preocupada_).--¡Sí... sí...! ¡Déjelo para después...!
CÉSAR.--«What a fair foot»... (_Indica el pie de Chadd._)
CHADD (_furiosa_).--¿Qué...?
CÉSAR.--Esto quiere decir en inglés: «¡Qué pie tan encantador...!»
CHADD.--¡No había caído...! ¡Tiene gracia esta lengua...! Todos los
piropos parecen insultos... Yo había comprendido «¡Vete a hacer...!»
CÉSAR (_confuso_).--¡Jamás, señora, me hubiera permitido tal cosa...!
CHADD.--No me escriba usted esta frase... Y, además, dejemos ya el
inglés... He reflexionado. El número que a usted le conviene es Juanita
Pris, una rubia alta y lánguida, que baila conmigo en el «Rey
Dagoberto».
CÉSAR.--Querría conocer más detalles.
CHADD (_levantándose y yendo en busca de unas fotografías_).--¡Aquí
está...! Mírela vestida de incroyable, de rata de hotel y de Thais...
¿Verdad que está muy bien formada...?
CÉSAR (_frío_).--Si quiere que le dé mi opinión, me parece algo
imbécil...
CHADD (_riendo_).--¡Y lo es...! Entre nosotras se le llama «la Crema».
Sin embargo, no le gusta el dinero...
CÉSAR.--¡Y a mí tampoco...! Pero no me gusta la imbecilidad...
CHADD.--Yo creo que a ella no le gusta la inteligencia. Pasemos a otra
cosa. (_Sacando otra fotografía._) ¡Mire...! Es Julia Tubal... Esta no
es imbécil... Aquí está completamente desnuda. Trabaja de modelo con los
artistas.
CÉSAR.--¡En efecto, no parece mala...! Los senos son un poco grandes...
las manos demasiado fuertes... y el rostro vulgar...
CHADD.--¡Tiene usted un golpe de vista...! Julia carece de educación y
habla como una rabanera. ¡Se hartaría usted de ella en seguida...!
(_Tomando otra fotografía._) Esta es mi mejor amiga: Gladys Leal. Tiene
un corazón de oro; unos ojos como no los hay de hermosos en la tierra;
casi ningún pecho, y ¡unas pantorrillas tan espirituales...!
CÉSAR.--¡Es muy delgada...!
CHADD.--Tiene usted razón. Es delgada... bastante delgada... ¡Y, además,
es muy exigente...! ¡Ya lo demostró con bastantes hombres...! Y, al
tratarse de un jovencito como usted, en seguida iba usted a
enfurruñarse...!
CÉSAR.--¿No tiene usted otra cosa...?
_Un largo silencio; Chadd mira a César y éste mira a Chadd con aire
de ruego admirativo. Chadd baja los ojos, suspira y luego se
decide._
CHADD (_tierna_).--¡Sí! ¡Qué tonta soy...! ¡Aquí estoy yo...!
_César se precipita sobre Chadd y le da una lección que la Casa
Marvitz no había previsto. Pasada una hora, Chadd despierta:_
--Oye, amor mío... ¡Para la próxima lección vendrás más tempranito!
_Por la noche, en el Colbert's Bar, el joven barón Latripe charla
con su parásito Gemblin, saboreando un_ cock-tail _rosa_.
LATRIPE.--Sí, amigo mío. He conquistado a la pequeña Chadd, y de balde.
GEMBLIN.--¡Tú bromeas...!
LATRIPE.--Se trata de un truco digno de mí... Me encontré a un bohemio
al que había conocido en el barrio Latino, un tipo asombroso y
sabihondo, que se había visto reducido a contratarse en la Casa Marvitz
para vivir. Me refirió que iba a dar lecciones de inglés a la pequeña
Chadd. Yo le solté doscientos francos por ocupar su puesto... Representé
mi papel a la perfección... ¡Y Chadd se dejó coger en la trampa...! ¡Qué
hora pasé, amigo mío...! Ella no la tuvo igual para nadie. ¡Y pensar que
yo le había hecho ofrecer, por mediación de la tía Cognal, cincuenta
luises...! ¡Y que Chadd los había rechazado...! Ahora me falta todavía
dar a Chadd, ¡tan tierna y tan enamorada!, diez y nueve lecciones.
GEMBLIN.--Supongo que las aprovecharás todas...
LATRIPE.--¡Jamás...! No volverá a verme. He avisado a César. ¡Figúrate
cómo lo van a recibir...! ¡Ya ves! Se trata de un individuo que no sale
de la cervecería, calvo prematuro y bastante puerco... ¡Imagínate la
escena...!
GEMBLIN (_soñador_).--¡Sí...! Sin embargo, para ser chic, deberías
continuar desempeñando tu oficio...
LATRIPE.--Diez y nueve lecciones como la de hace poco...! ¡Quia! ¡No,
amigo mío...! ¡Me dejaría allí los huesos...! ¡No volveré a las
andadas...! Compréndeme: he logrado de esta criatura lo que jamás
concedió a nadie. La he poseído por sorpresa. ¡Conformes! Si yo
insistiera, no tendría delicadeza. Además, Chadd comprendería quizá mi
treta, y esto lo echaría todo a perder.
Pasemos a otro orden de ejercicios...
VI
CURSO DE «BRIDGE»
_El señor Ernesto Lucien sale de su alcoba y entra en su despacho. Como
vive de una renta vitalicia de cincuenta mil francos, legados por un
padre que ha reconocido así las bondades de la madre sin reconocer al
hijo, el señor Ernesto Lucien no necesita trabajar en su despacho. Se
acerca a los veinticuatro años y, aunque haya tenido muy pocos
principios, siente la necesidad de aspirar a un fin. Es un mozo
arreglado, muy elegante, y bastante agradable de aspecto; parece un
joven diplomático, y, en efecto, es no sé qué cosa en el ministerio de
Negocios extranjeros. Esto no le ocupa mucho tiempo. Apenas entrado en
su despacho, comprueba que un servido de café de antiguo Rouen ha
desaparecido. Se encoleriza y llama. Al cabo de algunos minutos aparece
un ayuda de cámara, con tipo de viejo golfo, cano, delgado, calvo, con
la nariz demasiado larga, con la boca desdentada y con pinta de borracho
empedernido._
ERNESTO (_severo_).--¡Chupin...! ¿Dónde está mi antiguo Rouen...?
CHUPIN (_que se ha esforzado por quedarse junto a la puerta_).--¿Qué
estás diciendo...?
ERNESTO.--En primer lugar, te prohibo que me tutees...
CHUPIN (_pronto a llorar_).--... ¡Soy tu hermano de leche...! ¡Yo te
eduqué... cuando murió tu pobre padre...!
ERNESTO (_excitado_).--¡Sí..., sí...! ¡Ya conozco tu historia...!
CHUPIN (_vertiendo lágrimas_).--El pobre hombre me dijo: «Chupin: eres
hermano de leche de mi hijo. ¡No puedo reconocerlo...! ¡No tiene
padre...! ¡Tú no lo abandonarás nunca...! ¡Júramelo...!» ¡Y se lo
juré...!
ERNESTO (_furioso_).--¡Basta...! ¡Hace veinte años que te soporto...!
¿Dónde está mi antiguo Rouen...?
CHUPIN (_enjugándose las lágrimas con la manga_).--¡No lo sé...!
ERNESTO.--¿Lo has roto...?
CHUPIN.--¡Se cayó él solo! (_Cándido._) Anoche debiste venir borracho...
ERNESTO (_en el colmo de la cólera_).--¡Desdichado...! ¡Tú eres quien
debió volver borracho esta mañana...!
CHUPIN.--¡Se necesita valor para decir tal cosa...! ¡Yo, que no bebo más
que agua...! ¡Son calumnias que se propalan por ahí...!
ERNESTO.--¡Tú has roto mi antiguo Rouen...! ¡Borrachón! ¡Pellejo de
vino! ¡Un servicio de café que había heredado de mi pobre padre...!
CHUPIN.--¡A mí también me heredaste de tu pobre padre...!
ERNESTO.--¡Un rico regalo que me hizo...! ¡Hala...! ¡Has colmado ya mi
paciencia...! ¡Vete...!
CHUPIN.--¡Está bien...! ¡Volveré cuando estés de mejor humor...!
ERNESTO.--¡No...! ¡No volverás más...! ¡Te echo...!
CHUPIN (_sonriendo_).--¡Me parece que he oído mal...! ¿Me plantas en la
calle...?
ERNESTO.--¡Sí...! Ve a recoger todo lo tuyo... Te ajustaré la cuenta en
seguida y no te veré más.
CHUPIN (_digno y vacilante_).--¡Ernesto...! ¡Oye una cosa...!
ERNESTO.--¡No oigo nada...! ¡Déjame en paz...!
CHUPIN (_furioso_).--¡Está bien...! ¡Te pesará...! (_Sale dando
traspiés._)
ERNESTO (_súbitamente tranquilo en cuanto se ve solo_).--¡Uf...! Ya
estoy libre de ese viejo borracho... ¡Mi hermano de leche...! ¡Y su
madre me crió con biberón...! (_Llaman a lo lejos._) ¡Ah! Es el señor
Froment, mi profesor de _bridge_. (_A la puerta._) ¡Entre, señor
Froment...!
_Aparece el señor Froment, un viejecillo seco como un esparto, con
cabeza de gorrión disecado y con cabellos de un blanco amarillento
sobre una calvicie excesiva. El profesor de_ bridge _está afeitado;
pero tiene_ chic _natural, que revela al antiguo hombre de mundo
caído en la miseria_.
EL SEÑOR FROMENT (_muy cortés_).--¿Goza usted de buena salud, mi querido
discípulo?
ERNESTO (_yendo a buscar una mesita de juego y un_ necessaire _de_
bridge).--¡Vamos marchando...! ¿Y usted, querido maestro?
EL SEÑOR FROMENT (_sentándose_).--¡Se lucha...! ¡Es tan dura la vida!
ERNESTO (_colocándose al otro lado de la mesa_).--Sin embargo, el oficio
de usted es bastante agradable...
EL SEÑOR FROMENT.--¡Desde luego! Además, era el único para el cual podía
servir yo... Y, después de todo, esto me recuerda el tiempo en que yo
cartoneaba para satisfacción mía.
ERNESTO.--¿Ha sido usted jugador...?
EL SEÑOR FROMENT.--¡Ay! He perdido tres fortunas: he devorado en el
Círculo, además de mis bienes, la herencia de dos tíos...
ERNESTO.--¡Caramba...! ¡No está mal...! ¿Y de qué Círculo era usted?
EL SEÑOR FROMENT (_sencillo_).--¡Del _Jockey_!
ERNESTO (_asombrado_).--¿Eh? ¡De manera que usted, señor Froment, era
del _Jockey_...?
EL SEÑOR FROMENT (_vacilante_).--¡Es que... Froment no es mi nombre
patronímico...!
ERNESTO.--¿Qué me cuenta usted...?
EL SEÑOR FROMENT (_solemne_).--¡Yo me llamo Melchor de Honnemoy de
Esketua, último duque de este nombre...!
ERNESTO (_estupefacto_).--¿Usted era duque...?
EL SEÑOR FROMENT.--¡Y lo sigo siendo! Los de Esketua son los
representantes más antiguos de la magnífica nobleza vasca, que se cubrió
de gloria al lado de los bearneses, a los que, por otra parte,
detestaba. Sin embargo, comprenderá usted que para dar lecciones de
_bridge_ y de _poker_ tuve que mandar a paseo el ducado.
ERNESTO.--¿De manera que usted se arruinó en el juego?
EL SEÑOR FROMENT.--¡Ay, mi querido discípulo...! ¡Las mujeres ayudaron
al azar...! Puedo decirlo con orgullo: jamás di un beso sin haberlo
pagado antes. Sin embargo, el amor me resultó menos costoso que el
juego. Un jugador no es sensual ni enamoradizo. Dejaría a la mujer más
amada por una partida de _baccarat_. Conocí a las criaturas más hermosas
de mi tiempo y no me dejaron ningún recuerdo tierno o cruel. Por el
contrario, repaso todavía en mi debilitada memoria los gloriosos
episodios de las partidas en que me arruiné, y encuentro en ello un
deleite que no acertaría a expresarle... En mil novecientos uno, al
principio del _bridge_, jugamos en el _Jockey_ la célebre partida que
hizo época: mil francos por punto. Tenía por compañeros al vizconde
Goutte, al marqués Fridolin y a Toumeh-Bajá. Este heroico combate duró
tres días con tres noches, durante los cuales nos sostuvimos con
_sandwiches_ y con champaña. Yo me hubiera sostenido cuatro días; el
vizconde Goutte fué el primero en caer rendido por el sueño. El y yo
perdíamos cerca de un millón. Creo que es la partida más fuerte que se
ha jugado al _bridge_; todavía no teníamos la _aucción_ ni el _pirata_.
Comprenderá usted que yo había quemado mis naves; liquidé mi cuadra de
carreras.
ERNESTO.--¡Ah! ¿Luego usted era propietario...?
EL SEÑOR FROMENT.--¡Sí! Y, cosa curiosa, ganaba en las carreras. Sin
embargo, me empeñaba en forzar la suerte con los naipes... ¡Pretendía
violentarla...! ¡Mal medio...! Caí, poco a poco, en el subsuelo de la
necesidad, en lo más hondo de la pobreza. Había vendido granjas y
castillos, villas, palacios, mis cuadros, mi despacho de grabados, mis
Tanagras del siglo XVIII--la mejor época para las Tanagras falsas--y mis
medallas; toda la paciente herencia de mis antepasados, que eran
peritísimos y que tenían almas de chamarileros, desapareció en algunos
meses. Encontréme en mitad del arroyo, sin un céntimo. Tenía cincuenta y
cuatro años; solamente me quedaba ya por vender mi nombre.
ERNESTO.--¡Y usted era demasiado altivo para consentir semejante
cosa...!
EL SEÑOR FROMENT.--¡No!... En el extremo en que me encontraba, ya no se
tiene altivez. Lo que pasaba era que yo tenía una reputación de jugador
empedernido. Las damas, que me hubieran comprado mi título en otras
circunstancias, apartábanse horrorizadas del jugador perdidoso e
impenitente que yo era. Ofrecíanseme pensiones vitalicias a condición de
que, una vez efectuado el matrimonio, me fuera a enterrar en provincias.
¡Esto equivalía a morir sin gloria...! Perdí muy buenas ocasiones, y no
lo deploro. No tengo nada; pero sigo siendo dueño de mí mismo. Y manejo
los naipes como antaño; pero ganando con ello, en vez de perder.
(_Tornando a su lección._) Dispénseme, mi querido discípulo, esta
digresión; olvídese de mi cháchara y trabajemos. Quedamos la última vez
en el «sintriunfos». Es una declaración que se impone en dos casos:
cuando se tiene mucho juego o cuando no se tiene ninguno.
ERNESTO (_parándose_).--¡No me entero ya del juego, señor duque...!
Estoy pensando en otra cosa... Lo que usted me ha referido me ha causado
una gran turbación...
EL SEÑOR FROMENT.--¡Sin embargo, caballero, mi biografía no puede ser
más banal...!
ERNESTO.--Usted me ha hecho sus confidencias. ¡Váyase una cortesía por
otra...! Yo también voy a franquearme con usted. Hoy no jugaremos más.
Me dirijo al hombre de mundo.
EL SEÑOR FROMENT (_recogiendo los naipes_).--Le escucho.
ERNESTO.--Caballero: si yo quiero aprender el _bridge_ no es por afición
a los naipes. Los aborrezco. Pero he observado que un joven de mi edad,
dotado de cierta ambición, debe saber el _bridge_, si quiere hacer buen
papel en el mundo. Las gentes más dispares guardan tesoros de amabilidad
para un buen «cuarto en el _bridge_». De esta manera conocí al señor
Leplu-Raboin.
EL SEÑOR FROMENT.--¿Al gran almacenista de hierros?
ERNESTO.--¡Al mismo! Me lo encontré en Vichy. Nos hospedábamos en el
mismo hotel. El estaba allí con su hija, la señorita Lysiane.
EL SEÑOR FROMENT.--¡Una muchacha encantadora!
ERNESTO.--¡No! Es bonita y fea al mismo tiempo. ¡Eso es...! Me gusta por
esto. El señor Leplu no me había prestado ninguna atención hasta la
noche en que se encontró a dos amigos. Estos caballeros pensaron
establecer un _bridge_ diario. ¡Les hacía falta un cuarto compañero...!
Entonces el señor Leplu se mostró muy amable y me dirigió la palabra; al
cabo de cinco minutos ya éramos amigos; me preguntó: «¿Sabe usted jugar
al _bridge_?» Contesté afirmativamente. Nos sentamos a la mesa. Cometí
falta tras falta y perdí cinco luises. ¡Espérese...! Al día siguiente
jugué también. Cometí falta tras falta; pero gané doscientos francos.
EL SEÑOR FROMENT.--¡Dios protege la inocencia...!
ERNESTO.--¡Me da lo mismo! Yo había podido trabar conocimiento con la
señorita Lysiane; durante el día permanecía al lado de la hija y pagaba
este gusto acompañando al padre en el juego por la noche. Yo jugaba
siempre muy mal; lo cual le disgustaba cuando era mi compañero y le
colmaba de alegría cuando era mi adversario. A pesar de todo, sin duda
mirando por la belleza del deporte, me dió la dirección de usted y me
aconsejó que tomara lecciones.
EL SEÑOR FROMENT.--¡El señor Leplu ha sido discípulo mío...!
ERNESTO.--¡Se ve a cien leguas! Me ganó cinco mil francos durante el
veraneo. Pero yo le había ganado la hija. En cuanto él estuvo aquí de
vuelta, fuí a pedirle la mano de la señorita Lysiane.
EL SEÑOR FROMENT.--¿Y se la concedería...?
ERNESTO.--Al principio mostróse encantado: su hija lo había presentido;
tengo una fortuna muy saneada; no soy tonto, ni muy villano; no tengo
pasiones; no bebo, y he procurado cuidadosamente evitar los amoríos
duraderos.
EL SEÑOR FROMENT.--¡Vaya! ¡El yerno soñado...! ¡Si yo tuviera una hija,
se la concedería...!
ERNESTO.--¡Es usted muy amable!... Tocaba ya al logro de mis deseos,
cuando el señor Leplu quiso enterarse de mi situación social. Yo tuve
que confesarle que era hijo natural, no reconocido.
EL SEÑOR FROMENT.--¡Ah..., ah...!
ERNESTO.--¡Usted también dice «¡Ah..., ah...!» Lysiane estaba al
corriente de este detalle y me había manifestado que carecía de
importancia. Mi futuro suegro no tenía la manga tan ancha; cuando ayer
tuve que confesarle la irregularidad de mi nacimiento, se contristó.
«¡Qué gran contrariedad, amigo mío...! Nosotros pertenecemos a una
familia burguesa último refugio de los más arcaicos principios. Aunque
hubiera sido usted el hijo de un Durand o de un Dupont cualquiera, le
habríamos aceptado. Pero no puedo dar mi hija única al hijo no
reconocido de un desconocido. Lo lamento, porque me agradaba usted.
¡Caramba...! ¿No podría usted dar por ahí con un padre legítimo? No debe
ser difícil de encontrar, si se busca bien.» En esto estaba esta mañana,
planeando múltiples combinaciones, cuando vino usted y me refirió su
historia.
EL SEÑOR FROMENT.--¡No veo la relación...!
ERNESTO.--¡Sí...! ¡Va usted a verla...! Usted, señor duque, no tiene un
céntimo; usted vive vegetando. ¡Yo me brindo a salvarle, por lo menos
provisionalmente...! ¡Su nombre es soberbio...! ¡Véndamelo...!
EL SEÑOR FROMENT.--¡Usted tiene ganas de broma!
ERNESTO.--¿Por qué...? ¡Si yo no tengo padre, usted está sin hijo! No le
propongo un negocio deshonroso; le pido solamente que me reconozca como
hijo suyo. Y yo le ofrezco cien mil francos en dinero contante y
sonante, además de una renta vitalicia de seis mil francos.
¡Piénselo...!
EL SEÑOR FROMENT.--¡No! ¡No quiero pensarlo...!
ERNESTO.--¿No quiere usted...?