GILBERTO (_disgustado_).--¿Siempre con el fin de aturdirte...?

TERPSY.--¡Ahí tiene usted a los hombres...! Se preocupan de nuestra

fidelidad aun después que ellos fueron los causantes de nuestra caída...

Un día, o, mejor dicho, una mañana, había venido conmigo un viejo

cómico, que tuvo antaño talento, un tal La Tharillière...

GILBERTO.--¡Sí...! ¡Lo recuerdo...!

TERPSY.--Como no tenía ganas de... reír, nos pusimos a charlar.

Escuchóme bonitamente y luego me dijo: «Tú, hija mía, no serás nunca mas

que una pobrecilla fracasada, una triste _horizontal_. De esta manera

no lograrás atrapar jamás al multimillonario. Sin embargo, hace poco te

veía bailar: tienes en las piernas una cosa que no es vulgar; estás muy

bien formada. ¡Y con esto ya se puede hacer algo...!» Me explicó su

plan: fundar un curso de danza para _snobs_. «¡Oh...! ¡Nada de

_fox-trot_ ni de matchichas argentinas...! ¡Esto está gastado y

archiconcluído! ¡No! ¡Ha de ser algo medicinal y neosimbolista a la

vez...!» ¡Entonces fundamos el curso de Belleza aplicada...! ¡La

Tharillière subvino a los primeros gastos, y hasta se casó conmigo...

¡Sí; yo soy la señora La Tharillière...! ¡Ah...! ¡Cómo recuerdo aquellos

principios en un cuartito pequeñín de Clignancourt! ¡Teníamos tres

discípulos y un ciego que tocaba el piano...! Poco a poco fué aumentando

la clientela: cubanas, chilenas y norteamericanas, que acudían por

casualidad y por... algo más... ¡No frunzas el ceño...! ¡Es necesario

comer...! ¡Ya estábamos lanzados...! Nos habíamos mudado aquí,

contratado una orquesta y hecho repartir prospectos... ¡En esto se le

ocurre a mi marido dejarme viuda...!

GILBERTO (_interesado_).--¡Ah...! ¿Eres viuda...?

TERPSY.--¡Desde hace cinco años...! ¡Apechugué yo sola con el

negocio...! Y te aseguro que, si tengo buenas piernas, tampoco tengo

mala cabeza... ¿Sabes cuánto gano ahora por año...? ¡Doscientos mil

francos...!

GILBERTO (_amargado_).--¡Menos gano yo y soy médico de los

hospitales...!

TERPSY (_riendo_).--¡Caramba! ¡Tú no puedes recibir a los enfermos mas

que de uno en uno, y yo los recibo a montones...! Tengo diez por la

mañana y veinticinco por la tarde. Voy a ampliar el negocio y a tomar un

hotel... ¡Y te aseguro que haré una propaganda monstruosa!

GILBERTO.--Y... ¿cómo aprendiste los preceptos de tu arte...?

TERPSY.--¿Yo...? ¡Yo no aprendí nada...! Entre La Tharillière y yo

inventamos todo esto. Compramos cuatro grabados antiguos, y ¡cuánto nos

divertimos confeccionando las danzas arcaicas...! ¡Pobre viejo...!

GILBERTO (_conmovido_).--¡Melania mía...! (_Le coge la mano._) Estoy

turbadísimo... Te encuentro más bella que nunca..., más mujer..., más...

TERPSY (_retirando su mano_).--¡Sí...! ¡Tus ojos se nublan...! ¡Ya sé lo

que significa esto...! ¡Nada..., nada...! ¡Aquello se acabó...!

GILBERTO.--Entonces, ¿me echas...?

TERPSY.--¡Quia...! Estoy encantada de tenerte y te guardo conmigo. ¡Te

hago un contrato...!

GILBERTO (_asombrado_).--¿Eh...?

TERPSY.--Precisamente estaba buscando un médico..., un médico de

fama..., para que figurara en mi establecimiento... ¡Necesito un nombre

conocido! ¡Tú no puedes negármelo...! Te daré un sueldo de cuatro mil

francos mensuales... ¡Esto te entretendrá una media hora por día...! Y

yo pongo en mis prospectos: «Dirección médica: Profesor Gilberto

Tassouin». ¡Esto es importante...! ¿Quieres...?

GILBERTO.--Acepto; pero por nada, ¿me entiendes? Por nada...

TERPSY (_resignada_).--¡Comprendido...! «Por nada» quiere decir «por

mí», ¿no es eso...? En fin, si ese es tu gusto... ¡Removeremos las

cenizas...!

GILBERTO.--¡Querida mía...! (_Va a ceñirle la cintura._)

TERPSY.--¡Un momento...! ¡Voy a avisar a la orquesta...! (_En el

acústico._) ¡Toquen ustedes el _Concerto de Schumann_...! (_Volviendo._)

Ahora..., ¡a tu disposición...!

IV

CURSO DE NATACION

_La señora Grelou entra en el establecimiento del doctor Sinclar; enseña

su tarjeta de abono y permanece algunos minutos en una cabina; esta

mujer es todavía deseable, aunque disimula sus cuarenta y cinco

primaveras. Las piernas de la señora Grelou son famosas por su contorno.

Unicamente el rostro acusa cierto cansancio, por haber estado expuesto

durante un cuarto de siglo a la admiración de los hombres y al

menosprecio de las mujeres. Los ojos, azules, muy tiernos, tienen lo que

llaman los poetas «pata de gallo». Sus cabellos, que eran naturalmente

rubios, siguen siendo rubios, aunque menos naturalmente. Su epidermis no

tiene ya el brillo de hace diez años y va adquiriendo un matiz harinoso.

En una palabra, la señora Grelou es una antigua rubia; sin embargo, su

línea es siempre elegante y su porte bastante juvenil. Esta dama ha

venido a la piscina Sinclar (baño mixto, para uso de los parisienses y

de las parisienses de la mejor sociedad) sin la menor intención de

bañarse. Sería imprudente para ella arriesgar una zambullida en público;

hase puesto como pretexto un traje de baño azul obscuro, un gorrito

lorenés de satén impermeabilizado y unas sandalias gris perla; un

peinador de baño, salpicado de dibujitos amarillos y azules, completa su

atavío de bañista jubilada. Llega hasta la piscina._

_Es un estanque cuadrado, bastante amplio, rodeado de una columnata

dórica. En el agua, cuatro o cinco personas de uno u otro sexo retozan

bajo la vigilancia de cuatro maestros nadadores, que están pensando en

otra cosa; al pie de la columnata hay una profusión de mesitas de te,

rodeadas de bañistas, con trajes de baño y con peinadores, que se han

guardado muy bien de remojarse. La señora Grelou es detenida, al pasar,

por cuatro náyades, entre los treinta y cinco y los cincuenta años, que

toman el te._

LA SEÑORA CELAMINA.--¡Hola, Simona...! ¡Ven aquí...!

LA SEÑORA GRELOU.--¡Dentro de un ratito, querida mía...! ¡Aun no he

tomado mi baño...!

LA SEÑORA GENTISEL.--¡Tiene usted tiempo...! ¡Una taza de te no la hará

daño...!

LA SEÑORA LABONNETTE.--¿Quiere usted un sorbito de oporto...?

EL VIZCONDE GEDEÓN (_levantándose_).--¡Siéntese usted aquí, señora...!

LA SEÑORA GRELOU (_pasando entre ellos_).--¡No...! ¡Resueltamente,

no...! ¡Tengo que mojarme un poco...! (_Se aleja._)

EL VIZCONDE GEDEÓN (_tornando a sentarse_).--¡No cabe duda...! ¡Esta

mujer está todavía bastante buena...!

LA SEÑORA GENTISEL.--¡Cierto...! ¡Nadie diría que tiene cuarenta y ocho

años...!

LA SEÑORA LABONNETTE.--¡No hay que ser mala lengua...! ¡No pasa de los

cuarenta...!

LA SEÑORA GENTISEL.--¿Lo dice usted de veras...? ¡Pero si tiene una hija

de veinticinco años...!

EL VIZCONDE.--Y un hijo, que está en el asilo de Ancianos del Vesinet.

Es el más pequeño.

LA SEÑORA CELAMINA.--¡Es usted absurdo, Gedeón...! ¡Para usted son

viejas todas las mujeres que no se le rindieron...!

EL VIZCONDE.--¡Evidente! Tengo veinticinco años. Me quedan, pues,

todavía diez años para no pasar de esa edad. Y me aprovecho de ello para

vengarme de las damas que no me quisieron...

LA SEÑORA GENTISEL.--¡Y Simona no le quiso...!

EL VIZCONDE.--Lo confieso. Me gustaba mucho y se lo insinué. Adoro a las

mujeres de esta edad, a las mujeres de las que se dice que «se

defienden»; pero a las que nadie ataca ya. Ella me contestó que era

honrada.

LA SEÑORA GENTISEL.--¡Lo era para usted...!

EL VIZCONDE.--Eso pensé yo. Y no tardé en descubrir que era honrada para

todo el mundo menos para Raúl de Saint-Crazy.

LA SEÑORA CELAMINA (_interesada_).--¡Caramba...! ¿Está usted seguro...?

EL VIZCONDE.--Voy a revelarle a usted un secreto, mi querida señora:

«¡Ha muerto Napoleón...!»

LA SEÑORA CELAMINA (_disgustada_).--¡Es un rumor que se hace correr por

ahí...!

EL VIZCONDE.--¿Que ha muerto Napoleón...?

LA SEÑORA CELAMINA.--¡No! Que la señora Grelou y el pequeño Crazy...

LA SEÑORA LABONNETTE.--¡Ah! Permítame usted que proteste... No se habla

de otra cosa desde hace mucho tiempo... Esta buena Simona no viene aquí

mas que para vigilar al hermoso Raúl.

LA SEÑORA GENTISEL.--¡El hermoso Raúl no se priva de nada...! Ayer me lo

encontré en el auto de la señorita Fraicherose, la bailarina. ¡Iba en él

como en su casa...!

LA SEÑORA CELAMINA.--¿De qué vive el pobre Raúl?

EL VIZCONDE.--No se sabe... Vive. ¡Ya es bastante para los tiempos que

corremos...!

LA SEÑORA LABONNETTE.--Su padre se arruinó por las mujeres.

EL VIZCONDE.--Y el hijo sigue aumentando las trampas del padre.

LA SEÑORA GENTISEL.--¡Usted, Gedeón, es peor que la peste...! Contamina

todas las reputaciones...

EL VIZCONDE.--¡No me defiendo...! ¡Me molesta el tal Raúl...! Parece una

de esas muñecas de escaparate que se visten de oficial para Año Nuevo.

Es dulce, insolente, feroz y, además, delicioso. Ha poseído a todas las

mujeres que yo deseaba.

LA SEÑORA LABONNETTE.--¿El qué...? ¿A la señorita Fraicherose

también...?

EL VIZCONDE.--¡A la señorita Fraicherose también...! Después de todo, la

señorita Fraicherose tampoco está ya en la flor de su juventud.

LA SEÑORA CELAMINA (_riendo_).--¡Claro...! ¡Se resistió a usted...!

EL VIZCONDE.--¡Desde luego...! Por eso la envejezco... ¡Además... es

una cualquier cosa! Vive a costa del hermoso Raúl y, de propina, le hace

pasar por un chulo indecente... ¡Es delicioso...!

LA SEÑORA GENTISEL.--¿Está aquí esa Fraicherose...?

EL VIZCONDE.--Sí. Al otro lado del abrevadero... Es aquella muchacha

alta, delgada y morena que acaba de salir del agua. ¡Porque ella se

baña...! Puede resistir la prueba del agua, que fortalece sus carnes, en

vez de poner de manifiesto, como en algunas, las injurias del tiempo.

LA SEÑORA GENTISEL (_furiosa_).--¡Yo también me baño...!

EL VIZCONDE.--¡Por Dios, señora...! ¡Yo no me refería a usted...! Sin

embargo, consiento en perder todos mis derechos a la corona de Portugal

si la señora Grelou desciende a la piscina... ¡Mírela...! Se detiene

junto a las mesas... Poco a poco se llega hasta Raúl, que charla con la

señorita Fraicherose y le paga el te... ¡Porque Raúl paga...! ¡Usted es

testigo de que paga...!

_En efecto; el señor de Saint-Crazy recibe a la señorita

Fraicherose a su salida de la piscina. Le ha alargado el peinador

recio para que se enjugue y la ha secado tiernamente. Luego le ha

puesto el peinador de gala, y los dos se han ido a tomar el te

debajo de la columnata._

RAÚL (_muy conmovido_).--¡Querida mía...! ¡Hermosa mía...! ¡Al fin te

tengo un instante...!

FRAICHEROSE.--¡Ay, amor mío...! ¡Qué cosa tan hermosa es ésta...! El

agua fría... como una serpiente.

RAÚL.--¿Y la reacción...?

FRAICHEROSE.--¡Excelente...! ¡La Reacción Francesa...! Siento calor por

dentro y frío por fuera... ¡Mira...! ¡Tienta...! (_Ella le alarga su

brazo desnudo._)

RAÚL (_palpando_).--Sí...! ¡Ten cuidado...! ¡Nos espían...!

FRAICHEROSE.--¿Qué dices...? Supongo que no te avergonzarás de mí...

RAÚL (_protestando_).--Pero ¿qué estás hablando ahí...? Soy prudente por

ti, a causa de Blucher...

FRAICHEROSE.--¿A causa de mi amante...? ¡Bah! ¡Ya sabe a qué

atenerse...! Todas las mañanas recibe varios anónimos. ¡Y figúrate si

estará enterado...! Además le he confesado que tú eras el amado de mi

corazón...

RAÚL.--¡Ah...! ¿Y qué te ha contestado...?

FRAICHEROSE.--Cosas muy bien dichas: «Podías haber elegido a alguno

peor, querida mía...» ¿Eh...? ¡Es muy _chic_...! ¡Es Luis XV puro...!

RAÚL.--¡Es muy mortificante para mí... y para ti...!

FRAICHEROSE.--¡Bah! ¡Qué bobo eres...! ¡Este hombre será tu amigo íntimo

antes de ocho días...!

RAÚL (_amargamente_).--¡Sí...! ¡Cuando nos hospedemos en la misma

posada, bajo la misma muestra...!

FRAICHEROSE.--¿Bajo qué muestra...?

RAÚL.--«¡A los cornudos complacientes...! ¡Se admiten huéspedes a pie y

a caballo...!»

FRAICHEROSE.--¡Bah! ¡Esas son frases...! ¡Todo el mundo es cornudo...!

¡Mi padre lo era y el Emperador también...! ¡Oh...! ¡El te con mandarina

es una delicia...! (_Bebe._)

RAÚL (_sin transición_).--¿Te acompaño...?

FRAICHEROSE (_indiferente_).--No, amor mío; esta noche, no. ¡Viene

Blucher...!

RAÚL (_devorado por los celos_).--¡Falso...! ¡Blucher no va...! ¡Está en

Versalles...!

FRAICHEROSE.--Yo, vida mía, no puedo evitar que sufras; no hago nada

para que padezcas... Eres el amado de mi corazón, ¿y no te basta...? En

tu oficio no se sufre, porque se _sufre_ todo...

RAÚL (_constreñido_).--¡Estás un poco fuerte...!

FRAICHEROSE.--Soy sincera, chico; al pan, pan, y al vino, vino. Yo no

siento una pasión loca por ti; pero tampoco me desagradas. Sin embargo,

no quiero que me tengas por muy tuya... Me habías prometido la sortija

que vimos el otro día en la calle de la Paz... ¿Te acuerdas...?

RAÚL (_inquieto_).--¿Cuál...? ¡Hemos visto tantas sortijas en la calle

de la Paz...!

FRAICHEROSE (_insistiendo_).--¡Ya lo creo...! Fué el día en que nos

amamos tanto, a primera hora de la tarde... Hacía mucho calor... Hasta

recalcaste esta frase: «¿Cómo podría yo saber por qué has suspirado,

querida mía...?»

RAÚL (_riendo_).--¡Acaso me referiría a nuestro futuro hijo...!

FRAICHEROSE.--¡Picaronazo...! ¡Cómo cambias de conversación...! Esto no

es obstáculo para que yo te recuerde que una hora después, en la calle

de la Paz, delante de la tienda de Saste, el joyero, te señalé una

sortija, diciéndote: «¡Si quieres saber por qué suspiraba,

regálamela...!»

RAÚL (_sobresaltado_).--¡Atiza...! ¡Diez mil francos...!

FRAICHEROSE (_tranquila_).--¡Caramba! ¡Cómo recobras la memoria...!

RAÚL (_descorazonado_).--¡Es que... Rosette... es que no tengo los diez

mil francos...!

FRAICHEROSE.--¡Bah! ¡Si te paras en detalles, no acabaremos nunca...! Si

tú no me das el brillante esta noche, otro me lo dará mañana. Seguiremos

siendo buenos amigos, y nada más. Y dejarás de ser el amado de mi

corazón.

RAÚL (_en el colmo de la desesperación_).--¡Quinientos luises...! ¿Dónde

encontraré yo una cantidad semejante...?

FRAICHEROSE (_digna_).--¡Déjalo...! ¡Te lo ruego...! ¡Me horrorizan las

cuestiones de dinero en el amor...! ¡Yo también tengo mi dignidad...! Te

espero hasta las ocho y luego saldré...

RAÚL.--¿Adonde irás...?

FRAICHEROSE.--A ver al Nuncio de Su Santidad, que me ha dado una cita

para confesarme. Después de esto, amor mío, me volveré a vestir y

regresaré a casa. Aviso a los aficionados.

_Se levanta y se marcha con la altivez de una reina._

RAÚL (_solo_).--¡Qué estúpido...! ¡Y decir que estoy chiflado por esta

potranca...!

_Se levanta y va hacia su cabina rumiando los más amargos

pensamientos. Tropieza con la señora Grelou, que lo detiene. Está

muy conmovida. El dolor la ha envejecido diez años._

LA SEÑORA GRELOU (_avanza con el semblante risueño; pero su voz está

velada por los sollozos_).--¡Hola, señor de Saint-Crazy...! ¡Qué

sorpresa...!

RAÚL (_aburrido_).--¡Encantado de haberla encontrado, señora...!

LA SEÑORA GRELOU.--Salgo del baño. ¿Quiere usted ayudarme a

reaccionar...?

RAÚL.--¡Con mucho gusto...!

LA SEÑORA GRELOU (_en voz baja_).--¿Por qué no fuiste ayer, Raúl...?

RAÚL.--¡Tuve que hacer...!

LA SEÑORA GRELOU.--Te esperé durante tres horas. ¡Oh...! ¡Qué malo

eres...! ¡Qué malo...!

RAÚL (_en voz baja_).--¡Por favor...! Ten cuidado... Nos están

mirando... ¡Sonríe, mujer, sonríe...!

LA SEÑORA GRELOU.--¡No puedo más...! ¡Te estuve acechando allí, a tu

lado, mientras flirteabas con aquella zorra...!

RAÚL.--¡Yo...! ¡Flirtear yo con Fraicherose...! ¡Con la amiga de mi

amigo Blucher...! ¿Por quién me tomas tú...?

LA SEÑORA GRELOU.--¡Te la comías con los ojos...! Y yo no quiero, ¿lo

oyes...? No quiero...

RAÚL.--Apretemos el paso, porque de lo contrario la gente verá que

estamos de cuestión...

LA SEÑORA GRELOU.--¡Es atroz...! ¡Cuánto me haces sufrir...! ¡Ya no me

amas...! ¡Confiésamelo...! ¡Es más leal...!

RAÚL (_cansado_).--¡Por lo que más quieras...! No. ¡Que llores en

público! Será un escándalo...

LA SEÑORA GRELOU (_con las mejillas chorreando_).--¡No...! ¡No...! ¡No

lloro...!

RAÚL.--¡Pero si tienes los ojos arrasados de agua...! ¡Tiene gracia...!

¡Vamos a ser la irrisión de Europa...!

LA SEÑORA GRELOU (_dominándose_).--¡Tranquilízate...! Seré razonable.

Mira cómo se borran mis lágrimas sin que nadie se dé cuenta... ¡Anda...!

¡Se luce la señora Gentisel, que nos acecha...!

LA SEÑORA GENTISEL (_al pasar_).--¡Hola, Simona...! ¡Te cojo con tu

flirteo...!

LA SEÑORA GRELOU (_riendo_).--¡Mi flirteo Saint-Crazy...! ¡Estoy

trabajando para casarlo...!

LA SEÑORA GENTISEL.--¡A buena hora...! ¿Te bañaste ya...?

LA SEÑORA GRELOU.--¡Sí...! El agua estaba deliciosa... ¡Hasta luego...!

_La señora Gentisel se aleja._

RAÚL.--Una más que va a chismorrear.

LA SEÑORA GRELOU.--Me da lo mismo. ¿Por qué no viniste ayer...?

RAÚL.--Tuve disgustos... disgustos de importancia.

LA SEÑORA GRELOU.--¿Y... qué disgustos...?

RAÚL.--¡Bah! No te interesa... ¡Disgustos de familia...!

LA SEÑORA GRELOU.--¿Tu hermano...?

RAÚL.--Sí. Mi hermano, que ha jugado y que ha contraído una deuda de

veinte mil francos. Necesito encontrarlos antes de esta noche o, de lo

contrario, está perdido.

LA SEÑORA GRELOU (_sorprendida_).--¡Dios mío...!

RAÚL (_mintiendo con aplomo_).--Ahora figúrate cómo habré removido el

cielo y la tierra desde ayer; logré reunir diez mil francos... ¡Es todo

lo que pude hacer...!

LA SEÑORA GRELOU (_con reproche_).--¿Y no te acordaste de mí...?

RAÚL (_altivo_).--¡Me estás ofendiendo, Simona...!

LA SEÑORA GRELOU (_ardiente_).--¡Amor mío...! ¡Ya sabes de sobra que, si

fuera preciso, robaría para evitarte un disgusto...! ¿Amas a tu

hermano...? ¿Deseas salvarlo...?

RAÚL (_avergonzado_).--¡Sí!

LA SEÑORA GRELOU.--¡Pues bien! ¡Tendrás tus diez mil francos...! ¡No te

preocupes...! ¡Los tendrás mañana por la mañana...!

RAÚL.--¡Es que los necesitaba... antes de esta noche...!

LA SEÑORA GRELOU.--Desde el momento en que respondes por tu hermano,

esperarán... ¡Los tendrás mañana sin falta...!

RAÚL (_digno_).--Te los devolveré en cuanto mi hermano haya cobrado sus

rentas.

LA SEÑORA GRELOU (_dichosa_).--¡Bueno...! Oye... Vamos a vestirnos...

Saldrás antes que yo, y yo iré a buscarte a nuestra casa... a nuestro

nidito...

RAÚL.--¡Vida mía...! Siento a la vez vergüenza y...

LA SEÑORA GRELOU.--¡Alivia...! ¡No perdamos el tiempo...!

_Ella corre hacia su cabina, en tanto que Raúl piensa que va a

empeñar su amor en el Monte de Piedad._

_Pasadas dos horas, mientras Raúl, algo sofocado, corre a casa de

la señorita Fraicherose para anunciarle que tendrá la sortija al

día siguiente por la mañana, debido sólo a que «las joyerías

estaban cerradas», la señora Grelou regresa a su domicilio. Esta

dama encuéntrase alegre y satisfecha: primeramente, porque ha

gozado de dos horas de pasión, las más hermosas de su vida; Raúl ha

estado a la altura de las circunstancias. Además, piensa que ha

salvado al hermano de su amante, el cual, por otra parte--¿es

necesario decirlo?--no tiene hermano alguno._

_La señora Grelou va corriendo en busca de su marido, que lee_ El

Tiempo _en el salón. El esposo--un hombrecillo

insignificante--levántase en cuanto la ve._

EL SEÑOR GRELOU.--¡Mujercita mía...! ¡Tú...! ¡Gracias a Dios...!

LA SEÑORA GRELOU (_cándida_).--¿Me he retrasado...?

EL SEÑOR GRELOU.--Acaban de dar las ocho y media. No puedes imaginarte

lo que sufro cuando vuelves después de las ocho. ¡Se me ocurren unas

ideas...!

LA SEÑORA GRELOU (_digna_).--¿Irías a sentir celos...?

EL SEÑOR GRELOU.--¡De ninguna manera...! Pero sufro, ¿sabes...? ¡Y es

atroz...!

LA SEÑORA GRELOU (_sincera_).--¡Todo el mundo sufre...!

EL SEÑOR GRELOU.--¿Tienes algún disgusto...?

LA SEÑORA GRELOU.--Sí... No quería confesártelo: tengo que pagar una

cuenta de doce mil francos...

EL SEÑOR GRELOU (_aterrorizado_).--¡Caramba...!

LA SEÑORA GRELOU (_vivamente_).--Sin embargo, por ahora tendré bastante

con diez mil francos...

EL SEÑOR GRELOU.--No te preocupes, encanto mío. Te los llevaré esta

noche a tu alcoba... ¿Vamos a comer...?

LA SEÑORA GRELOU.--¡Sí...! ¡Siento un hambre...! ¡Figúrate...! ¡He ido a

tomar un baño a la piscina Sinclar...! ¡El agua estaba deliciosa...!

_El resto de la charla se pierde en el comedor._

V

CURSO DE IDIOMAS

_El señor César Juque es un joven agradable, de veintidós años, muy

rubio para su edad; está vestido con una chaqueta de antes de la guerra;

él ha crecido desde hace cinco años, mientras que la chaqueta se

encogía. Adivínase lo que significa esto. El señor César Juque tiene

unos ojos de un azul agrisado; su semblante acicalado y velloso

tranquiliza a las familias. El señor César Juque, pequeñito y un tanto

afeminado, no es demasiado ridículo; un joven cándido no se presta jamás

a la risa. El señor César Juque va a casa de la señorita Givendolen

Lorys, llamada Chadd no se sabe por qué. Esta persona ocupa un hotel muy

pequeño, junto a las fortificaciones: una caricatura de casa de tres

pisos; diríase que es un telescopio amueblado por Martine; una vivienda

paradójica. César, que lleva una cartera de ministro, como si fuera un

pedicuro, llama a la puerta de esta casa. Una criada gruesa, con aspecto

de madre, o, si a ustedes les parece mejor, una madre con aspecto de

criada gruesa, sale a abrir._

LA MADRE-CRIADA (_insolente_).--Si viene usted a pedir limosna, puede

volverse. La señora socorre solamente a las Hermanitas... (_Pretende

cerrar la puerta._)

CÉSAR (_sonriendo_).--¡No soy un pobre...! Soy el profesor enviado por

la Casa Marvitz.

LA MADRE-CRIADA (_recelosa_).--¿De veras...? ¿No dice usted esto para

penetrar en la casa y sablear a la señora?

CÉSAR.--Aquí está la carta del Instituto Marvitz, que me acredita cerca

de la señora Lorys. (_Le entrega un sobre._)

LA MADRE-CRIADA (_leyendo la carta_).--¡Atiza...! ¡Chadd desea tomar

lecciones de inglés...! Pero ¿quiere usted decirme si esto es tener

sentido común...? ¡No me indicó nada...!

CÉSAR (_un poco seco_).--Hizo mal. Pero tengo los minutos contados. Si

la señora Lorys no recibe, me vuelvo. Las lecciones se pagan por

adelantado.

LA MADRE-CRIADA (_repentinamente fina_).--¡Entre, señor profesor,

entre...! (_Se deshace en cumplidos._) Siéntese en este cofre de madera.

¡Voy corriendo a avisar a mi hija...!

_Desaparece. César se encuentra en una antesala, muy alta de techo,

muy estrecha y amueblada con el mencionado cofre de madera y con

una percha. En el fondo se abre una escalera monumental; en esta

mansión inverosímil, las habitaciones son minúsculas, pero la

escalera es inmensa; capricho del arquitecto. Al cabo de un

minuto, una voz grita: «¡Señor profesor...! ¿Quiere usted subir

hasta el estudio...? Son tres pisos.» César sube los tres pisos, a

razón de treinta escalones cada uno. Ya en lo alto, es recibido por

una mujercita con kimono morado y sembrado de grandes ibis; es la

señorita Chadd, que, según se dice, danza en los_ music-halls,

_pero que principalmente desempeña otras profesiones menos

confesables; pertenece a la «gente alegre» y se gana la vida

desayunando, comiendo y bailando el tango en diversos

establecimientos de la capital. Figura también en los fumaderos de

opio, aunque no haya absorbido nunca una bocanada de este brebaje.

Es fea; tiene la boca demasiado grande, la nariz bastante

puntiaguda y los ojos grises y muy pequeños; pero no parece tonta,

y su carilla viciosa de pilluela, muy avispada, promete mucho. Para

los hombres, prometer vale más que cumplir lo prometido._

CHADD (_introduciendo al visitante en un estudio tan pequeño que no

podría pintar en él más que miniaturas_).--¡Entre usted en la sala de

estudio, señor profesor...!

CÉSAR (_al ver una mesita_).--Aquí está lo que necesitamos. (_Se

sienta._)

CHADD (_mirándole con estupefacción_).--¿De veras...? ¿Es usted profesor

de idiomas...?

CÉSAR (_molesto_).--¡Sí, señora...! ¿No le inspiro confianza...?

CHADD (_riendo_).--¡Ni pizca...! ¡Es usted un chiquillo...! Tiene usted

veinte años, ¿verdad...?

CÉSAR.--¡Cumpliré veintidós cuando maduren los albaricoques! Hablo cinco

idiomas: el inglés, el ruso, el español, el italiano y hasta el francés.

Los cursos · 第 2 / 10 段