TALMA.--¡Sí! ¡Total, veintiocho...! Si usted se presenta en

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En esta edición se han mantenido las convenciones ortográficas del

original, incluyendo las variadas normas de acentuación presentes en el

texto. (nota del transcriptor)

CALPE

LOS HUMORISTAS

Volúmenes publicados.

JORGE COURTELINE.--_Boubouroche._ Traducida del francés por N.

González Ruiz.

_Los señores chupatintas._ Tr. por N. González Ruiz.

ARNOLD BENNET.--_Enterrado en vida._ Traducida del inglés por

Vicente Vera.

_El "matador" de Cinco-Villas._ Tr. por C. Rivas Cherif.

_La viuda del balcón._ Tr. por C. Rivas Cherif.

JULIO CAMBA.--_La rana viajera._

HENRY SIDNOR HARRISON.--_Queed, el doctorcillo._ Tr. del inglés por

Juan de Castro.

EUGENIO HELTAI.--_"Family Hotel" y Mi segunda mujer._ Tr. del

húngaro por A. Révész.

_Manuel VII y su época._ (Continuación de "_Family Hotel_".) Tr.

por A. Révész.

A. CHEJOV.--_Historia de una anguila, y otras historias._ Tr. del

ruso por Saturnino Ximénez.

RAMON GOMEZ DE LA SERNA.--_Disparates._

ESTEBAN SZOMACHAZY.--_El dramaturgo misterioso._ Tr. del húngaro

por A. Révész.

RENE BENJAMÍN.--_Gaspar._ Tr. del francés por Manuel Azaña.

P. VEBER.--_Los cursos._ Tr. del francés por M. Luengo.

En prensa.

ARNOLD BENNET.--_Hilda Lesways._ Tr. del inglés por Eugenio Xammar.

RENE BENJAMIN.--_El mayor Pipe y su padre._ Traducida del francés

por N. González Ruiz.

PAWLOWSKY.--_Viaje al pais de la cuarta dimensión._ Tr. del francés

por R. Sánchez Ocaña.

ANDRÉS MAUROIS.--_Los silencios del coronel Bramble._ Tr. del

francés por J. J. Llovet.

COLECCIÓN CONTEMPORANEA

Primeras obras que aparecen en esta serie.

CHARLES MAURRAS.--_Anthinea._ Traducida del francés por Enrique de

Mesa.

MAURICIO BARRES.--_La colina inspirada._ Traducida del francés por

Fernando García Vela.

_Amori et dolori sacrum._ Traducida por Luis Bello.

_El viaje de Esparta._ Tr. por J. Ortega y Gasset.

_Los desarraigados._ Tr. por B. G. de Candamo.

TOMAS HARDY.--_Lejos de la loca multitud._ Tr. del inglés por F.

Climent Terrer.

_La mano de Ethelberta._ Tr. por F. Villaverde.

_La Bien Amada._ Traducida por F. Climent Terrer.

LOS CURSOS

ES PROPIEDAD

COPYRIGHT BY CALPE, MADRID, 1921

Papel expresamente fabricado por LA PAPELERA ESPAÑOLA

PEDRO VEBER

LOS CURSOS

_LA TRADUCCION DEL FRANCES_

_HA SIDO HECHA POR_

_JOSE A. LUENGO_

LOS HUMORISTAS

CALPE

"Tipográfica Renovación" (C. A.), Larra, 6 y 8.--MADRID

I

CURSO DE LITERATURA

_En el Liceo Montespan, el despacho de la directora no es severo de

aspecto. El limonero del mobiliario, las colgaduras azul de Francia, la

luz que cae de una vidriera un poco alta, todo da al decorado la

apariencia de un salón de lujo en un paquebote. La directora--la señora

Jozielle--bordea los treinta y cinco años. Aunque famosa por su virtud,

que atacaron en vano diez ministros de Instrucción pública, veinte

diputados, treinta consejeros municipales y un número incalculable de

funcionarios, la señora Jozielle puede pasar por una belleza

provocativa; no tiene lentes; luce un vestido azul miosotis; este

vestido representa un programa completo, porque es suelto y, por

consiguiente, permite adivinarlo todo y no olvidar nada. La directora lo

toma todo en serio, hasta las cosas serias; en este momento repasa una

carta, cuyos términos no son muy de su agrado. El timbre del teléfono,

instalado junto al tintero, tintinea. La directora coge el auricular y,

como se hace cuando se telefona, mira vagamente al plinto que hay frente

a ella._

LA SEÑORA JOZIELLE.--¡Al habla! ¡Sí...! ¿La señora Labron? ¿Quién es...?

¡Ah..., sí...! ¿La señora que me ha escrito? No pude leer la firma de la

carta. ¡Acompáñela hasta aquí...! ¡Sí! Tiene solicitada una visita...

_Un silencio. La señora directora cuelga de nuevo; levántase a

medias para examinar su fisonomía en el lejano espejo que forma

parte del plinto. Da unos toquecitos a sus hermosos cabellos

rojizos y torna a sentarse; toma un libro de cuentas, que aparenta

estudiar con un cuidado afanoso. Llaman; un tiempo, y luego la

señora Jozielle dice con acento de fastidio_:

--¡Adelante...!

_Una criada sin edad abre la puerta y anuncia_:

--¡La señora Labron!

_Antes de que la señora directora haya tenido tiempo de manifestar

su opinión, otra señora de cierta edad se precipita en la estancia

como un tanque; es la señora Labron, que anuncia la cuarentena tan

verídicamente como si tuviera la fiebre amarilla a su lado. Es

también roja, pero la alheña tiene alguna culpa de ello; está

vestida con un traje de color de ciruela y tocada con un sombrero

verde obscuro; comprende confusamente que esto no se armoniza con

las colgaduras de la estancia. Por esta causa adopta el partido de

mostrarse agresiva._

LA SEÑORA LABRON.--Señora directora: soy una madre indignada, que

acude...

LA SEÑORA JOZIELLE (_tranquila, levantándose e indicándole una silla

junto a su mesa_).--¿Quiere usted hacerme el favor de sentarse, señora?

LA SEÑORA LABRON.--¡Muchas gracias! (_Se sienta._) Señora: soy una madre

indignada, que...

LA SEÑORA JOZIELLE (_muy afable_).--¡Usted dispense...! Es usted la

señora Labron, ¿verdad?...

LA SEÑORA LABRON (_ya menos dueña de sí misma_).--¡Sí, señora! Soy una

madre, que...

LA SEÑORA JOZIELLE (_completamente amable_).--Usted es la mamá de Pepita

Labron, que está, con las mayores, en primera. Aun sin saber quién es

usted la hubiese reconocido, porque su encantadora niña es un vivo

retrato de usted. Parecen ustedes dos hermanas...

LA SEÑORA LABRON (_casi sosegada_).--¡Es usted muy amable! Señora

directora: es una mamá inquieta, que espera de usted...

LA SEÑORA JOZIELLE.--Señora: en mí encontrará usted una amiga, más

vieja, ¡ay!, que usted; una amiga que sabrá seguramente calmar su

inquietud. En su carta, que recibí hace un instante, se queja usted de

nuestro eminente profesor de Historia literaria, señor Chabregy...

LA SEÑORA LABRON (_nuevamente encolerizada_).--¡Es un miserable...! ¡Ha

abusado indignamente de mi pobre hija...!

LA SEÑORA JOZIELLE.--¡Me pasma usted! El señor Chabregy es un sabio

austero...

LA SEÑORA LABRON (_furiosa_).--¡Hay que decirlo! ¡Ha besado a mi

hija...!

LA SEÑORA JOZIELLE (_estupefacta_).--¡Oh...! ¿Y dónde...?

LA SEÑORA LABRON.--¡En la boca, señora, en la boca...!

LA SEÑORA JOZIELLE.--¡Usted perdone! Quiero decirle que en qué lugar ha

sido ello.

LA SEÑORA LABRON.--¡La ha besado en el locutorio, señora...! ¡Y en la

boca, señora...!

LA SEÑORA JOZIELLE.--Estoy llena de confusión. Es la primera vez que

ocurre una cosa parecida en el Liceo Montespan... ¡Y el señor

Chabregy...! ¡Oh! ¿Quién le contó este incidente...?

LA SEÑORA LABRON.--¡La misma Pepita! Entró en casa, me cogió aparte y me

dijo: «Madre mía: amo al señor Chabregy. Me ha besado en la boca.

¡Quiero casarme con él...!» ¿Se convence usted ahora?

LA SEÑORA JOZIELLE (_muy disgustada_).--¡Evidentemente, puesto que la

víctima ha denunciado a su seductor...! Además, he hecho interrogar a

Pepita por la señora Rouvert, mi subdirectora, y ella ha confesado,

ruborizándose, lo que usted acaba de decirme...

LA SEÑORA LABRON.--¡Ah! ¿Lo ve usted...? ¡Qué sátiro...!

LA SEÑORA JOZIELLE.--¡No nos precipitemos...! Primeramente hay que

instruir el proceso, saber cómo ha ocurrido la cosa, las circunstancias

que concurrieron...

LA SEÑORA LABRON.--¡Las circunstancias...! Ha besado a mi hija en la

boca... ¡Eso es todo...!

LA SEÑORA JOZIELLE (_irritada_).--¡Ya lo sé...! En fin, puede que se

trate de un movimiento involuntario...

LA SEÑORA LABRON.--¿Involuntario...? ¡Por Dios, señora...! ¿La besaron a

usted alguna vez de este modo...?

LA SEÑORA JOZIELLE (_digna_).--¿Qué duda cabe...? ¡Estoy divorciada,

señora...!

LA SEÑORA LABRON.--¡Ah! ¡Enhorabuena...! Pues bien; usted no ignora cómo

se conduce un hombre cuando se entrega a estas demostraciones...

¡Principia por la boca...!

LA SEÑORA JOZIELLE (_soñadora_).--¡Es lo general...!

LA SEÑORA LABRON.--¿Y adónde va a parar...?

LA SEÑORA JOZIELLE.--_Quo non descendam?_, habría dicho Foucquet. Pero

nos alejamos del asunto... Usted tiene derecho a una reparación, señora.

¿Qué exige usted...? Yo puedo despedir al señor Chabregy... Piense usted

en las consecuencias; el Consejo de disciplina se enterará del asunto.

Este excelente profesor veráse obligado a abandonar la Universidad. ¡Es

destrozar su porvenir! ¡Piense, señora, que apagará usted una lumbrera

de la Ciencia...!

LA SEÑORA LABRON.--¿De veras...?

LA SEÑORA JOZIELLE.--Además, no podremos ahogar el escándalo. Su querida

Pepita resultará comprometida. ¿Y tiene usted derecho a estropear el

porvenir de su hija...?

LA SEÑORA LABRON (_perpleja_).--¡Es verdad...! Entonces no veo mas que

una solución... Puesto que ese monstruo con rostro humano se ha hecho

amar por mi hija..., ¡que se case con ella...!

LA SEÑORA JOZIELLE (_estupefacta_).--¡Cómo...! ¿Consentiría usted en

entregar su hija a...?

LA SEÑORA LABRON.--¡No hay más remedio! Siga usted mi razonamiento: una

rapaza que ha sido besada de esta manera se transforma y ya no tiene

ideas normales acerca de la existencia... Mire: cuando yo era una

jovencita, el señor Labron me besó la boca en un baile blanco...

¡Recuerdo el efecto que esto me causó...! ¡Hubo que casarme a escape...!

Mi hija es mi hija... ¿Me entiende usted...?

LA SEÑORA JOZIELLE.--¡La entiendo...! ¡Pero hay un obstáculo...!

(_Vacilando._) ¡Creo que el señor Chabregy es casado...!

LA SEÑORA LABRON (_dando un brinco_).--¡Casado...! ¡Y se atreve a besar

a las jóvenes...! ¿Está usted segura de que es casado...?

LA SEÑORA JOZIELLE.--¡Claro! El me ha presentado a una señora bastante

fea como si fuera la señora Chabregy...

LA SEÑORA LABRON.--¡Quia, señora, quia...! Mi hija me ha dicho que era

soltero... ¡Y ella ha debido tomar sus informes...! ¡El le ha presentado

a usted a su querida...! ¡Yo pagaré lo que haga falta...! ¡O se casa, o

daré el escándalo...! ¡Es mi resolución definitiva...!

LA SEÑORA JOZIELLE.--¡Está bien, señora...! Voy a interrogar al señor

Chabregy y a darle a conocer las condiciones de usted. Haga el favor de

retirarse y vuelva dentro de una hora.

_La señora Labron se marcha. A los pocos segundos entra en el

despacho directorial el profesor literario: es un hombrón rubiazo,

miope, rasurado, inverosímilmente flaco y ya un poco calvo; no sabe

dónde poner las manos ni los pies; flota como una deuda en una

chaqueta lamentable; diríase que fué criado en un telescopio.

Parece aburrido más de cuanto pudiera expresarse._

CHABREGY.--¿Me ha mandado usted llamar, señora directora...?

_La señora Jozielle contempla al seductor con una estupefacción

poco aduladora, con aire de decirse que las jóvenes tienen un gusto

deplorable. Luego indica una banqueta, donde Chabregy se sienta

tímidamente; ruido de rótulas mal engrasadas._

LA SEÑORA JOZIELLE (_muy en directora_).--Tenemos que hablar, señor

profesor...

CHABREGY (_suplicante_).--¡No siga usted, señora directora...! ¿Va usted

a hablarme del «asunto Pepita»...?

LA SEÑORA JOZIELLE.--¡Ah...! ¿Confiesa usted...?

CHABREGY (_enérgico_).--¡Yo no confieso nada...! ¡Soy víctima de una

maquinación horrible...! ¡Le juro, señora, que soy un hombre amigo de

cumplir con mi deber..., que soy un profesor irreprochable...! Y

permítame que se lo confiese con orgullo: a pesar de tener treinta y

cinco años, me he conservado virgen...

LA SEÑORA JOZIELLE (_incrédula_).--¿De veras...?

CHABREGY.--No hay en ello mérito alguno; el estudio me absorbe y no me

deja tiempo para dedicarme a la francachela. Además, y esto ya lo debió

notar usted, ¡no soy hermoso...!

LA SEÑORA JOZIELLE (_vaga_).--¡Dios mío...! ¡Los hay más feos que

usted...!

CHABREGY (_firme_).--¡No, señora...! ¡Yo tengo la fealdad profesional, y

por eso me eligió usted...! Usted se dijo: «¡Con este, por lo menos,

puedo estar bien tranquila...! ¡No inspirará malas ideas a sus

discípulas...!» ¡Confieso que esta opinión me ufanó...!

LA SEÑORA JOZIELLE (_ya interesada_).--¡Le aseguro, señor Chabregy, que

usted exagera su fealdad...!

CHABREGY.--¡No...! ¡Soy tan feo como Littré...! ¡Y juzgábame al abrigo

de las vanas pasiones humanas...! ¡Me engañaba...!

LA SEÑORA JOZIELLE.--¡Caramba...! ¿Es verdad que ha besado usted a una

joven en la boca...? ¿Sí o no...?

CHABREGY (_confuso_).--¡Sí, señora directora...! ¡Y puedo añadir que no

me ha causado placer alguno...!

LA SEÑORA JOZIELLE.--¿De veras...? ¡Tiene usted el gusto muy difícil,

amigo mío...! La señorita Labron es una muchacha muy linda. ¡Es hasta

bella...!

CHABREGY.--¡Oh! ¡No exagera usted...! Es una diosa joven, conformes; es

tan alta como yo, aunque mejor proporcionada y de buenas carnes. Su

rostro tiene la nobleza de las medallas antiguas. ¡Me inspiran horror

estas mujeres...!

LA SEÑORA JOZIELLE (_aturdida_).--¡Entonces no me explico lo

sucedido...!

CHABREGY.--Va usted a verlo; es sencillísimo: me rogó usted que diera a

las discípulas mayorcitas un curso de historia literaria; dispusimos de

común acuerdo el tema de mis lecciones: «La influencia de la mujer en la

literatura y en las costumbres del siglo XVII».

LA SEÑORA JOZIELLE.--¡Confieso mi imprudencia...! ¡No conviene hablar de

las mujeres a las jóvenes...!

CHABREGY.--¿Y de qué quiere usted que se les hable...? ¿De los

hombres...? ¡Eso sería todavía peor...!

LA SEÑORA JOZIELLE (_melancólica_).--¡Tiene usted razón...!

¡Continúe...!

CHABREGY.--Hasta entonces yo no había dado clase mas que a las medianas,

a las _back fish_, que aun no tienen sexo, si me atrevo a expresarme

así. Estas apenas me intimidaban; pero al entrar en la clase de las

mayores sentíme súbitamente desorientado, como si penetrara en un país

desconocido, habitado por seres inquietantes; había allí, en esta clase,

un extraño perfume, formado por mil perfumes; un aroma que se me subía a

la cabeza. Yo perdía la conciencia de mi personalidad y me convertía en

un individuo distinto; yo, que soy modesto y más bien insignificante,

experimentaba un deseo de brillar, de decir cosas espirituales y

sutiles, ¡de hacerme valer, en fin...! ¡Qué vergüenza...!

LA SEÑORA JOZIELLE (_protestando_).--¡No hay por qué avergonzarse de

esto...! Sus cursos han sido muy estimados.

CHABREGY (_severo_).--¡No lo fueron tanto como debieran...! A pesar

mío, me había convertido en un comicucho. ¡Buscaba los efectos...! ¡Yo

no era ya un profesor, sino un conferenciante...! Las muchachas sentían

tentaciones de aplaudirme, y yo--¡no se lo ocultaré,

señora!--experimentaba un placer infame ante este solo pensamiento.

Cuando salía de mi clase estaba como embriagado con una deliciosa

embriaguez. ¡Cómo me despreciaba en seguida, Dios mío...! Muchas veces

estuve a punto de correr aquí para rogarle que me librara de esta tarea,

de la que era indigno. Fuí cobarde y continué. Soy el mal sacerdote de

la religión académica. ¡Eso es, señora...!

LA SEÑORA JOZIELLE.--¿Y cómo concibió usted el proyecto de seducir a la

joven Pepita?

CHABREGY (_cambiando de tono_).--¡Cómo...! ¡Ni por pienso...! ¡Es un

absurdo...! ¿Seducir a alguien...? ¿Yo...? ¡Usted no me ha visto

bien...! ¡No...! ¡El castigo cayó sobre mí cuando menos lo esperaba...!

Por culpable que fuese, yo había conservado cierta conciencia

profesional. Quería que mis lecciones fuesen, no solamente agradables,

sino también útiles. Para estar seguro de que me comprendían bien, yo,

como todos los pedagogos, había escogido a la más estúpida de la clase,

es decir, a la señorita Labron. Yo me decía: «¡Si esta lo entiende, las

demás lo entenderán mejor!», y, mientras hablaba, mirábala para seguir

en su semblante el trabajo de su lenta inteligencia. ¡Y si su semblante

se iluminaba, me sentía satisfecho...! ¡Puesto que esta simplota se

enteraba, las demás debían de haberse enterado también...!

LA SEÑORA JOZIELLE.--¡Desgraciado...! ¡La pobre muchacha creyó que usted

le dedicaba una atención particular...! Al principio sintióse adulada,

y luego, agradecida. La señorita Labron se dijo: «¡Habla por mí...!»

Interpretó esto como una discreta declaración, y como esta niña es

novelesca, enamoróse de usted... ¿Y usted no comprendió nada...?

CHABREGY.--Sí, señora; pero ¡demasiado tarde...! Figúrese usted que

después de la última lección la señorita me dijo en voz baja:

«¡Caballero! Tengo que preguntarle una cosa a solas. Le espero en el

locutorio...» ¡Yo no desconfiaba ni pizca...! Ocurre con mucha

frecuencia que una discípula le pida a uno aclaraciones; no puede

rehusarse este benévolo repaso. Me presento, pues, en el locutorio;

apenas hube entrado en él, la señorita Pepita se precipita contra la

puerta, la cierra, se vuelve hacia mí y me dice: «¡Lo sé todo,

caballero...!» «¿Qué sabe usted, señorita...?» «Sé que usted me ama y no

se atreve a decírmelo...» «¡Qué...!», exclamé yo. «Pues bien; ¡yo

también le amo...!» Señora: si un rayo hubiera caído a mis pies, no me

hubiese quedado más aterrorizado...

LA SEÑORA JOZIELLE.--¡Bah! ¡Ya se hubiera usted aterrorizado algo

más...! ¡Pero continúe...!

CHABREGY.--No había tenido tiempo de salir de mi asombro, cuando esta

joven me saltó al cuello y me besó en la boca... Luego huyó después de

haberme encerrado en el locutorio... ¡Tuve que salir por la ventana...!

¡A esto se reduce toda mi novela de amor...! Juro que he dicho la

verdad. ¡Júzgueme usted...!

LA SEÑORA JOZIELLE (_soñadora_).--¡Es usted sincero...! ¡Estas

chiquillas tienen a veces unas ocurrencias locas...! Pero me asombra que

usted..., un hombre casado...

CHABREGY.--¡Yo...! ¡Yo no soy casado...!

LA SEÑORA JOZIELLE (_severa_).--¿De modo, caballero, que la señora

Chabregy que usted me presentó era su querida...?

CHABREGY.--¡No...! ¡Es mi madre...!

LA SEÑORA JOZIELLE (_alegre_).--¡Oh! ¡Entonces es otra cosa...! ¡Usted

puede casarse con su víctima...!

CHABREGY (_estupefacto_).--¿Quiere usted que me case...?

LA SEÑORA JOZIELLE (_sin rodeos_).--¡No discuta usted...! Se trata de

una joven exquisita, que le ama y que tiene doscientos mil francos de

dote... ¡Los padres exigen que usted repare su falta...!

CHABREGY (_afligido_).--¡Pero si yo no quiero casarme...! ¡Yo no quiero

casarme...!

LA SEÑORA JOZIELLE.--¡Oh! ¡No discuta usted...! ¡No tiene derecho a

elegir...! ¡O se casa o, de lo contrario, vendrá el Consejo de

disciplina y la expulsión...!

CHABREGY.--¡Es usted cruel...! ¡Yo no amo a esa chiquilla...!

LA SEÑORA JOZIELLE.--¡Peor para usted...! ¡No quiero que haya escándalos

en mi Liceo...! ¡Se casará usted...! ¡Se lo exijo...!

CHABREGY (_lamentable_).--¡Puesto que no queda otro remedio...! ¡Haré lo

que usted quiera...!

LA SEÑORA JOZIELLE.--¡Gracias a Dios...! Voy a dar una buena respuesta a

esa joven madre...

CHABREGY.--¡Désela usted...! Pero, si quiere conocer mi opinión, he aquí

un matrimonio que no será dichoso... (_Saluda y se va._)

II

CURSO DE DECLAMACION

_La señorita Jessy Loudon se ha metido en la avenida Frochot; busca un

pabellón, que le ha indicado la portera; llega ante uno de hermoso

aspecto cuya puerta de entrada adórnase con una placa de cobre que tiene

estas palabras_: ANTHIME TALMA, CURSO DE DICCIÓN. _Llama; una criadita

de repertorio abre la puerta e introduce a la visitante en un amplio

estudio adornado con grabados antiguos. En el fondo, una especie de

escenario; a la derecha, un diván, tumba de la virtud de las mujeres; a

la izquierda, una mesita de te, sin te, y unas sillas_. (Mise en scène

_de la Comedia Francesa_.) _La señorita Jessy se sienta junto a la

mesita de te. Es una joven morena, estilo Otero, de buenas carnes y

bellamente ataviada con un vestido que, bastante corto según nuestro

gusto, muestra un arranque de piernas espléndidas y descubre un

nacimiento de pecho impresionante. ¡Un nacimiento es siempre bendito!

Mientras la criadita se retira, Jessy contempla los grabados antiguos,

que recuerdan a los grandes artistas, orgullo de nuestro Teatro: Lekain,

Potier, los Lepeintre--el joven y el mayor--, Beauvallet, la señorita

Mars, la señorita George--esta cocinera heroica--, Rachel, Desclée, el

famoso Grassot--inventor de un ponche--, Arnal y Vernet, en sus papeles

más célebres. Las obras desaparecieron; pero la efigie de los actores

permanece. Jessy contempla a estos antepasados, mientras pasa su mano,

distraída, por una banda de perlas, que vale cien mil francos. ¡Hermoso

número...! Entra el maestro; es Anthime Talma, el comediante más notable

de nuestra tercera República. Pertenece a esa fuerte raza de cómicos

que, no habiendo podido triunfar en escena, abrazaron el estado de

profesor y prosperaron en él enseñando las reglas de un arte que ellos

no supieron aplicar nunca. Talma es un eterno galán joven, que tiene

cuarenta y cinco años y representa cincuenta. Cabeza pelada, con las

arrugas de la vejez a lo largo de la nariz; frente genial de imbécil y

ojos apagados; porte exquisitamente correcto._

TALMA (_saludando_).--¡Señorita! ¿A quién tengo el gusto...?

JESSY (_levantándose_).--Soy la señorita Jessy Loudon; me envía a usted

la señorita Marjorie Daw, su discípula...

TALMA.--¡La señorita Daw es más que una discípula...! ¡Es una emanación

de mi genio...! ¡Hágame el favor de sentarse, señorita Loudon...! ¡Y

explíqueme lo que la trae por aquí...! ¡Estoy a su disposición...!

_Juega con un monóculo que le servía antiguamente en sus papeles de

galán joven._

JESSY.--Se trata, maestro, de pedir a usted unas lecciones y...

TALMA (_interrumpiéndola con un noble ademán_).--¡Un instante...! ¿Tiene

usted vocación, hija mía...?

JESSY (_turbada_).--¡No lo sé...! ¡A usted le toca decírmelo...!

TALMA.--Somete usted mi conciencia a una dura prueba. ¡Sepa usted que yo

tengo el respeto de mi arte...! Antes de alcanzar la celebridad conocí

horas dolorosas. ¡Llegué hasta a dudar de mi porvenir...! ¡Pasé por

pruebas de incertidumbre, donde otros hubieran zozobrado...!

Preguntábame yo mismo si poseía lo que hace al artista, si tenía derecho

a imponerme a la admiración de las multitudes... ¿Ha sentido usted,

señorita, estas angustias...?

JESSY (_sincera_).--¡No, maestro...!

TALMA.--¡Pues la envidio...! Usted ignora los atroces dolores que

templan al artista. Yo, aquí donde usted me ve, estuve a punto de

sucumbir a ellos. ¡Un poco más, y hubiera renunciado al teatro para

entrar en la Compañía de Suez...! ¡La suerte quiso que fracasara en el

examen! ¡Torné al arte sublime del comediante! Dios me había indicado mi

camino y lo escuché. Entré en el Conservatorio.

JESSY.--¡Qué suerte tuvo usted...!

TALMA (_ofendido_).--No fué suerte, como usted dice. Me había impuesto

al Jurado. Ellos no me habían comprendido, sino soportado; yo llevaba a

esa vieja casona un espíritu nuevo, una ardiente sensibilidad, que

maravillaron a mis profesores. Obtuve el primer premio de Comedia y de

Tragedia; los subvencionados se asustaron; no se atrevieron a soltarme

en el repertorio. Yo dominaba el teatro desde muy alto; por esta causa

me consagré al sacerdocio. Yo, señorita, no soy un simple profesor,

sino un sacerdote... Llevo cincuenta francos por lección; pero enseño,

con los preceptos del arte, el respeto al arte. Mi divisa es «Todo por

el arte puro». Añado que se me pagan por adelantado cuatro lecciones;

pero esto es a título de señal. ¡Si usted no tiene condiciones,

rechazaré con horror sus doscientos francos...!

JESSY (_tímida_).--¡No se trata de dinero, maestro...! ¡Estoy dispuesta

a pagar cien francos por lección...!

TALMA (_suavizado_).--Estos sentimientos la honran, señora. No tendrá

usted por qué arrepentirse. Permítame que la mire...! Tiene usted un

buen físico. ¿Qué edad...?

JESSY (_moneando_).--¡Dios mío...! Podría mentir a usted y decirle la

edad que aparento: veintiún años. En realidad, tengo veinticuatro.

TALMA.--¡Sí! ¡Total, veintiocho...! Si usted se presenta en el

Conservatorio, pondremos en la hoja de admisión diez y nueve años. No

proteste; se trata de una antigua costumbre administrativa.

JESSY.--¡Pero protestará mi partida de nacimiento...!

TALMA.--¡Qué cosas tiene usted...! ¡Si todas las partidas de nacimiento

de las actrices protestaran, no sería posible entenderse...! Están

pintadas, por espíritu de cuerpo. Y para una cómica constituye hasta una

ventaja el pasar por el Conservatorio, porque se rejuvenece en él cinco,

ocho y aun diez años.

JESSY (_alegre_).--¡Caramba...! ¡No había pensado en esto...!

TALMA.--No es posible pensar en todo. La comedia es una fuente de

juventud. ¿Se llama usted Jessy Loudon?

JESSY (_ingenua_).--Ese es mi nombre de guerra... de guerra contra los

hombres... Yo me llamo verdaderamente Josefina Branchu.

TALMA.--En lo sucesivo, hija mía, se llamará usted Rachel Mars.

JESSY (_confusa_).--El nombre no es, por lo visto, moco de pavo.

TALMA.--Para una artista, el nombre es la cuarta parte del éxito. Ya

sabe que me intereso mucho por usted. Adivino que posee usted dotes

naturales. Usted ha sido arrastrada al teatro por una de esas vocaciones

irresistibles...

JESSY.--¡Quia! ¡No! ¡De ninguna manera...! A mí no me gusta el teatro...

¡No me agrada mas que el cinematógrafo...!

TALMA (_sofocado_).--¡Qué blasfemia...!

JESSY.--Hasta puedo confesarle a usted que el teatro me disgustaba

cuando era muchacha honrada... ¡Hace ya mucho tiempo...!

TALMA (_curioso_).--¡Ah! ¿De manera que usted no es ya...? (_Se

acerca._)

JESSY.--¡Claro que no lo soy...! ¡Comprenderá usted que salgo ya sin mi

nodriza...! ¡Y que no he ganado estas perlas cosiendo a máquina...!

TALMA.--¡Lo adivino! Usted es hija de un consejero de Estado arruinado

por las especulaciones.

JESSY.--Yo soy hija de mis obras, de mis obras vivas. Mamá tiene un

cuarto amueblado en Montparnasse...

TALMA (_molesto_).--¡Chist...! ¡Chist...! ¡Nada de escándalos...! ¿Eh?

JESSY.--¡Oh! ¡Mamá es muy correcta...! ¡Nunca se llevó mal con las

buenas costumbres...! Yo también era correctísima. Poseo todos mis

certificados y hubiera podido ser institutriz, como Blanquita... ¿Sabe

usted a qué Blanquita me refiero...?

TALMA.--A la heroína del señor Brieux. Le aconsejo a usted la escena del

acto tercero.

JESSY.--Ya es demasiado tarde. Entré en las Galerías Wilson, donde

alcancé un gran éxito como maniquí. Exhibía durante el día hermosos

vestidos. Y le advierto que soy una plástica estupenda. ¡Puede usted

creerlo...!

TALMA.--¡Lo creo...! (_Se sigue acercando._)

JESSY.--Era muy dichosa; pero no lo sabía, y por eso me juzgaba muy

desdichada. Presentóse un buen negocio: el señor Sautriot, el

confeccionador al por mayor, un hombre por el estilo de usted, un poco

gastado, pero muy cortés. Ofrecióme una buena posición.

TALMA (_descorazonado_).--¡Ah, miserable...!

JESSY.--¿El...? ¡Es la flor y nata de los hombres...! Me dió a escape

todo lo que quería, y además me daba de propina lo que no quería. Me

entrega dinero en forma de renta vitalicia.

TALMA (_sin comprenderla_).--Procura hacerse perdonar su edad...

JESSY (_impaciente_).--¡No me entiende usted...! Al hablar así quiero

decir que me asegura mi porvenir. No es viejo. Apenas tiene cuarenta

años. ¡Es más joven que usted...!

TALMA (_vejado_).--¡Usted dispense! ¡Yo tengo...!

JESSY.--Usted tiene cuarenta y cinco años. He comprobado su edad en la

lista de los premiados del Conservatorio. Ahora bien; con arreglo a su

teoría, esto equivale a...

TALMA (_evasivo_).--¡Dejemos eso a un lado...!

JESSY.--¡Como usted guste...! Entonces se produjo en mi vida un fenómeno

inverso: creíame dichosa, puesto que lo tenía todo, y en realidad era

muy desdichada. ¡Me aburría con un aburrimiento de más de cien francos

por hora...! Siguióse a esto que el señor Sautriot se aburrió viendo que

yo me aburría. Me compró un aparato fotográfico perfeccionado, útiles de

pirograbado, una caja de colores, las últimas novelas y los juegos de

sociedad. ¡Todo en vano...! Me pagó vestidos para distraerme. Me ofreció

lecciones de piano. ¡Todo me fastidiaba...! Una noche, al desnudarme

delante de él, exclamó: «¡Qué piernas tan bonitas tienes, querida

mía...!»

TALMA (_ofuscado_).--¡Por Dios, señorita...!

JESSY.--¡Dispénseme usted, maestro...! El exclamó: «¡Qué piernas tan

bonitas tienes...! Con unas piernas semejantes, ¿no se te ocurrió nunca

hacerte del teatro...?»

TALMA.--¿Y usted se negó...?

JESSY.--¡Ni soñarlo...! Sentí que la vocación se adueñaba de mí, que iba

a tener al fin algo que me interesara en la vida, que Dios me señalaba

el camino que había de seguir... ¡Dios me había concedido unas piernas

lindas...! Era para que se las enseñara a todos los amigos del señor

Sautriot y para que el señor Sautriot se enorgulleciera de ello. De esta

manera satisfacía mi deseo de actividad y la vanagloria del señor

Sautriot. Mi amigo se hubiera desconsolado si yo lo hubiese engañado con

un aviador, o con cualquier otro objeto de primera necesidad. Pero

sentíase ufano de que lo engañase con el público.

TALMA.--¡Exactísimo...! Ha definido usted la seducción que las mujeres

de teatro ejercen sobre sus amantes ricos.

JESSY.--Sautriot mostróse encantado. Fué a recomendarme a la señora

Grattemimi, directora de las Locuras Medianas. ¡Esto debió costarle

mucho...!

TALMA.--¿Supone usted que esa dama le pediría dinero...?

JESSY.--¡Déjeme continuar...! Esto debió costarle mucho trabajo, porque

a él no le gustaba relacionarse con la gente de teatro. Es un negociante

apacible y un hombre casado, que no tiene gran interés en

encanallarse... Hizo que me contrataran; fuí a ver con él a la

directora, una verdadera mujer de mundo, en toda la extensión de la

palabra. Nos recibió muy amablemente y me dijo: «Usted, amiguita, hará

una Gran Coqueta. ¡Lo veo desde la primera ojeada...!» En seguida me

rogó muy discretamente que le enseñara mis piernas y me firmó un

contrato; en la primera revista, que está en ensayo, debo representar a

la hija de Jefté, al Pudor y a la Verdad. He visto los trajes, que son

preciosos. Si los reuniera usted pedazo por pedazo, no conseguiría hacer

con ellos un vestido de mujer honrada.

TALMA.--¿Y acepta usted esto...?

JESSY.--¡No se disguste usted...! Tendré que aceptar cosas peores.

Después de todo, las mujeres honradas se desnudan de día y yo me

desnudaré de noche. Unicamente nos diferenciará la diversidad de

público. Yo no amo a nadie; por esta causa estoy resuelta a acostarme

con todo el mundo. No aportaré vicio alguno con la ejecución de este

programa. Me acostaré con los autores, con los principales intérpretes,

con el administrador, con el apuntador, con los tramoyistas y hasta con

el amante de la señora directora; me acostaré con el comanditario, con

el vendedor de programas, con el consejero municipal del barrio, con el

diputado del distrito y, si es preciso, con el ministro. Me acostaré, en

fin, con el más alto magistrado del Estado, si éste tiene tiempo y

deseos de hacerlo. Cuando una mujer abraza una carrera, conviene que

abrace también a todos los que pueden facilitarle el acceso a la misma.

Esto no me impedirá que entre en la Comedia Francesa, si se me antoja.

¡Por el contrario...! ¡Me ayudará a conseguirlo...!

TALMA (_indignado_).--¡Está usted hiriendo mis convicciones, señora...!

JESSY.--¡Sus convicciones...! ¡Se las compro...! Mire: tome cien sueldos

y devuélvame cinco francos... ¿Cree todavía en la nobleza del arte,

usted que nunca tuvo mas que sinsabores? ¿Cree usted en el talento y en

el genio? Si yo tuviera la nariz ladeada o la pierna torcida, cambiaría

la faz del mundo, al menos para el señor Sautriot, y yo no figuraría en

la compañía de la señora Grattemimi.

TALMA.--Está usted pisoteando mis ideas más queridas. Sin embargo,

siento en usted una personalidad rebelde. Quiero convertirla a la

religión del arte puro. (_Se acerca._)

JESSY.--¡Demasiado veo adónde va usted a parar...! Cuando un hombre me

habla de arte, acaba siempre por...

TALMA.--¿Qué se figura usted...? Quiero que usted se eleve hasta estas

cumbres desde las que se contemplan las ideas generales y donde no se

experimenta ningún sentimiento ruin. Para interpretar a los genios, a

Corneille, a Molière, a Racine, hay que hacerse un alma semejante a la

suya; hay que pasar su corazón por el autoclave del sufrimiento; hay que

caminar con pies desnudos por los senderos cubiertos con las espinas de

la envidia y con las ortigas de la maledicencia.

JESSY.--¡Qué ocurrencias tan graciosas las suyas...! ¡No tengo los pies

hechos a eso...!

TALMA (_cogiéndole una mano_).--¡Yo la ayudaré, hija mía...!

JESSY.--Pero ¿está usted muy seguro de que hay que comprender a

Corneille para interpretar el papel del Pudor en las Locuras Medianas?

TALMA.--¡Sí...!

_Este principia distraídamente a entretenerse._

JESSY.--¿Acaso Gandouille tutea a Racine...?

TALMA.--¿Quién es ese Gandouille...?

JESSY.--El cómico que ha perpetrado la revista en que yo trabajo y que

hace todas las porquerías que estrena la señora Grattemimi.

TALMA (_ajeno a todo esto_).--¡No lo sé...! ¡Es posible...! ¡Todo es

posible...!

JESSY.--Y usted, que se codea con Molière, ¿qué está buscando en este

momento por los alrededores de mis ligas...? Sin duda, esto es lo que

usted llama un sendero de espinas...

TALMA.--¡Le suplico, querida mía...!

JESSY.--¡Comprendido...! Es el oficio que entra, como suele decirse...

¡Bah...! ¡Yo soy una buena muchacha...!

_Se dirige hacia el diván y se quita el corsé._

--¡Ea...! Vamos a elevar nuestra alma...

_Talma no se lo hace repetir. Adivínase la continuación. Al cabo de

unos cuantos minutos, Jessy se levanta tan tranquila como si

acabara de cumplir una pequeña formalidad administrativa. Se pone

su capa y se da unos pocos polvos en la nariz y en las mejillas, en

tanto que el querido maestro restablece la buena disposición de su

peinado. Breve silencio. Jessy se toca nuevamente con su sombrero;

luego, algo turbada, registra en su bolso y saca dos billetes de

cien francos, que alarga a su profesor._

TALMA (_rechazando los billetes_).--¿Por qué me ofrece usted este

dinero...?

JESSY.--¡Caramba...! ¡Es el precio del abono... para la lección...!

TALMA (_digno_).--¿Por quién me toma usted...? ¡Soy un caballero,

señora...! Después de lo ocurrido entre nosotros yo no puedo recibir la

menor cantidad de usted...

JESSY (_asombrada y encantada_).--¡Bueno...!

TALMA.--¡Por lo menos, hoy...! ¡Ya me pagará a fin de mes...! ¡La señora

Talma le pasará el recibo...!

III

CURSO DE EURITMIA

_La señora Bouzine ha llevado a su hija única, Lea, al curso de Euritmia

dirigido por la célebre Terpsy, profesora de bellas actitudes. El curso

Terpsy está situado en esa región montañosa que ya no es precisamente

París y que tampoco es todavía Montmartre; calle Blanca; un amplio

estudio, situado en el séptimo piso; no hay ascensor. La señora Bouzine,

que es morena, bastante gruesa, de rasgos acentuados y de aspecto

imponente, jadea al subir la escalera. Lea la sigue más alegremente; es

una muchachita de diez y ocho años, morena, como su madre; anuncia

predisposición para la obesidad. Por ahora no es más que rechoncha,

pequeñita, de buenas carnes y con unas pantorrillas que los señores se

vuelven a contemplar cuando va por la calle. Lea se parece

desagradablemente a su madre. Llegan por fin al último piso, ante una

puerta detrás de la cual déjase oír una vaga música; la señora Bouzine

recobra el aliento, y luego llama. Una criada, bastante sucia, introduce

a las visitantes en un saloncito poco amueblado y cuyo moderno estilo

disimula mal la pobreza._

LA CRIADA.--¡Tengan la bondad de esperar, señoras...! Pronto llegará el

entreacto. ¡La señorita Terpsy no tardará...! (_Vase._)

LEA.--Oye, mamá... ¿Por qué no nos marchamos...? ¡Volveríamos otro

día...!

LA SEÑORA BOUZINE.--¿Tienes ganas de broma...? ¡Yo no he subido siete

pisos para nada...! Además, hay que obedecer los consejos de tu tío.

«Esta pequeña engorda demasiado... ¡Necesita hacer ejercicio...!»

¿Quieres engordar...? ¿Sí o no...?

LEA.--¡Me da lo mismo...!

LA SEÑORA BOUZINE.--¿Estás en tu juicio...? ¿Y cuando no puedas

casarte...? ¡Buena la habrás hecho!

LEA.--¡Bah! ¡Es que todavía puedo...!

LA SEÑORA BOUZINE.--Yo también decía eso... ¡Y ya ves a lo que he venido

a parar...!

LEA (_riendo_).--¡Ay, mamá...! ¿Es que vas a seguir también el curso

Terpsy...?

LA SEÑORA BOUZINE.--¿Por qué no...? Algunas más gruesas que yo lo

siguen. ¡Ahí tienes a la señora Gimblon...! ¡Era más recia que yo, y ha

adelgazado diez kilos...!

LEA (_riendo_).--¡Y a consecuencia de esto, hasta se le ha desviado un

riñón...! ¡Yo no quiero tener un riñón fuera de su lugar...!

LA SEÑORA BOUZINE (_severa_).--¡Lo que está fuera de lugar, hija mía,

son tus observaciones...!

_Detiénese la música entre bastidores. Aparece la señorita Terpsy.

Es una mujer alta, de cuarenta años, con rasgos un poco cansados,

pero muy regulares. Está vestida con una especie de peplo

grisáceo, que cubre un traje de malla de color de carne; piernas y

brazos desnudos, pies calzados con sandalias entrelazadas; el

peinado rojo de la señorita Terpsy está sujeto con bandeletas de

oro. Adivínase un cuerpo espléndido, sobre el cual el peplo forma

pliegues de una perfecta armonía._

TERPSY (_indicando unas sillas_).--¡Tengan la bondad de sentarse,

señoras...!

_Ella se adjudica un sillón de forma griega; actitud de Tanagra.

Las visitantes están maravilladas._

LA SEÑORA BOUZINE.--¿Es usted la señora Terpsy? Yo soy amiga de la

señora Gimblon.

TERPSY (_inmóvil_).--¡Ah...! ¡Ya...! ¡De mi Diez-kilos...!

LA SEÑORA BOUZINE.--¿Qué dice usted...?

TERPSY.--¡Le quité diez kilos en un mes...!

LA SEÑORA BOUZINE.--¡Ya me lo contó...! ¡Ahora ya puede agacharse!

TERPSY.--¡Esto no es mas que el principio...! La estoy retrasando un

poco a causa de los senos...[1].

LA SEÑORA BOUZINE.--¿Qué designios...?

TERPSY.--¡Hablo del pecho...! Cuando se adelgaza demasiado de prisa, el

pecho cae... ¡Y no conviene...!

LEA (_curiosa_).--¿De manera que los senos de la señora Gimblon...?

TERPSY.--¡Marchan muy bien, gracias a Dios...! Pero... ¿cómo decirlo...?

¡Sentían vértigos...! ¡Dejábanse caer en... la tentación...! Yo dije a

la señora Gimblon: «Hay que someterse al masaje, y cuando ellos no

tengan ya vacilaciones volverá usted y la dedicaré a la pírrica...»

LA SEÑORA BOUZINE.--¿Y qué es eso...?

TERPSY.--La danza guerrera... Usted desconoce todavía mi enseñanza: la

danza clásica en todas sus manifestaciones. ¡No hay ejercicio mejor...!

¡Desde luego aquí no aprenderá usted el tango...!

LEA (_vivamente_).--¡Oh...! ¿El tango...? ¡Ya lo sé...!

TERPSY.--¡Peor para usted...! Es la única danza que hace engordar.

¡Principalmente las piernas y el bajo-vientre!

LA SEÑORA BOUZINE (_severa_).--¡No bailarás más el tango, Lea...!

TERPSY (_interesada_).--¡Ah...! ¿Es esta joven la que necesita mis

consejos...?

LA SEÑORA BOUZINE.--¡Claro...! ¿Qué pensaba usted...?

TERPSY (_contemplándola_).--¡Oh...! ¡Gentil...! ¡Bien proporcionada...!

¡Rostro interesante...! Sin embargo, ¡ya era tiempo...!

LA SEÑORA BOUZINE.--¡Lo mismo pensó su tío...! ¡Su tío es médico...!

TERPSY.--¡Estos señores nos envían muchas clientes...!

LA SEÑORA BOUZINE.--Además, mi cuñado se pasará por aquí al caer la

tarde... ¡Siente curiosidad por conocer el método de usted...!

TERPSY.--¡Yo no tengo nada oculto para los señores de la Facultad...!

¡Ah...! ¡Le recuerdo el precio de la lección...! ¡Es de tres mil francos

mensuales, a lección por día...!

LA SEÑORA BOUZINE (_inclinando la cabeza_).--¡Ya me lo habían

indicado...!

TERPSY.--Yo les facilito el traje y el peplo: son cuarenta luises.

LEA (_irónica_).--¡Habría que ser verdugo de su cuerpo para privarse de

ello...!

TERPSY (_muy amable_).--Pero si su señor cuerpo no quiere nada de esto,

no hay por qué disgustar a los demás... ¡Yo no corro detrás de las

lecciones...!

LA SEÑORA BOUZINE (_alargándole discretamente un sobre_).--¡Dispense a

mi hija...! ¡Es un poco burlona...! Ahí van los dos primeros meses.

TERPSY (_arrojando el sobre al fondo de un cajón_).--¡Gracias...!

(_Firma un recibo en pergamino, que parece un diploma._) Voy a exponerle

mi sistema a grandes rasgos. ¡Aquí tenemos, por ejemplo, a su hija, que

es bastante linda...! Sin embargo, se sostiene mal, es de aspecto vulgar

y se mueve con dificultad. ¡No tiene un solo ademán que sea gracioso...!

LEA (_sonriente_).--¡Encantador...! ¡Siga usted echándome flores,

mientras las haya en su jardín...!

TERPSY.--Yo, hija mía, le digo a usted la verdad... Usted no sabe

sentarse ni levantarse; usted no sabe acostarse... ¡Usted no sabe

andar...! ¡Usted no sabe inclinarse...! Procure usted designar un

objeto; este jarrón... Y diga: «¡He aquí un jarrón...!»

LEA (_obedeciendo_).--¡He aquí un jarrón... que no me gusta...!

TERPSY.--¿Lo está usted viendo...? ¡Es lo que yo decía...! ¡Hace usted

un ademán torpe, un ademán vulgar...! Parece que está usted disparando

una pistola con su índice... ¡Eso carece de gracia...!

LEA.--¡Yo me sirvo de mi índice como puedo...!

TERPSY.--¡Qué error...! ¡Es una cosa muy villana enseñar un dedo...!

¡Míreme...! ¡Yo contemplo el jarrón...! Luego curvo mi brazo, como para

la ofrenda de mi deseo, y tiendo mis manos como si fueran una flor...

(_Actitud._)

LA SEÑORA BOUZINE (_entusiasmada_).--¡Bravo...!

LEA (_vejada_).--¡Evidentemente, es bonito...! Pero ¡si hay que ir de

ofrenda siempre que se quiera un vaso...!

TERPSY (_severa_).--¡Es necesario...! ¡Atienda...! ¡Apuesto a que usted

no sabe coger un paraguas caído...! (_Toma el paraguas de la señora

Bouzine y lo tira al suelo._) ¡Hala...! (_Deteniendo a la señora

Bouzine, que va a agacharse._) ¡Deje usted a su hija...! ¡Haga usted el

favor de cogerlo, señorita Lea...!

LEA (_doblándose en dos y cogiendo el paraguas_).--¡No es nada

difícil...!

TERPSY (_indignada_).--¡Quieta...! ¡Suéltelo usted, desventurada...! Y

míreme; me acerco; voy, no «sobre» el objeto, sino «al lado» del objeto;

doblo la rodilla derecha y pliego la izquierda; inclino mi cuerpo a la

derecha y, con brazo alado, cojo el objeto como la lanza de un héroe

difunto...

LA SEÑORA BOUZINE (_en el colmo de la dicha_).--¡Ah, qué hermoso...!

¡Bravo, señora Terpsy...! ¡Bravo...! (_A su hija._) ¿Te acordarás...?

(_Lea hace una mueca._)

TERPSY.--Se enfada usted conmigo, señorita... Sin embargo, usted

adquirirá poco a poco la costumbre de poner cierta armonía en sus

menores ademanes... ¡Bajará usted del coche como una princesa baja de

una carroza...! ¡Comerá usted tan noblemente, que su yantar no será la

satisfacción, sino la idealización de una necesidad...! ¡Hasta sus más

bajas funciones se revestirán de belleza...!

LEA (_interesada_).--¿Tiene usted también una actitud para esto...?

TERPSY.--¡Para todo, señorita...! Mi enseñanza no hace mas que expresar

con ademanes los sentimientos sugeridos por la música: de esta suerte,

yo la acostumbro a usted a guardar en el oído ciertas frases líricas;

éstas acompañarán su vida en lo sucesivo. Principio por los sentimientos

sencillos: _la alegría_ (danza báquica), _la tristeza_ (el treno), _el

ensueño_ (Beethoven), _la voluptuosidad_ (erótica), _la cólera_

(pírrica), etcétera. Una orquesta, oculta detrás de un biombo, toca los

trozos de los mejores maestros, mientras que usted realiza cortejos

tomados de jarrones etruscos, de bajorrelieves, de medallones y de

reconstituciones cuidadosamente clasificadas. Así preparamos una

juventud digna de este país...

LEA.--¿Una juventud...? ¿Con la señora Gimblon, que tiene ya la

cuarentena...? ¡Hasta le llaman «la Fiebre amarilla»...!

TERPSY (_digna_).--¡La señora Gimblon torna a sus treinta años,

demasiado mal cuidados...! ¡Es ya «canéfora», que quiere decir portadora

de canastillo...! Dentro de poco será promovida a «hierofante»... Vamos

a pasar a la sala de los oficios; antes ¿quiere usted decirme el nombre

del doctor amigo de la familia que debe venir a buscarlas...?

LA SEÑORA BOUZINE.--Es mi hermano, el profesor Tassouin.

TERPSY (_sobrecogida_).--¿Gilberto Tassouin...?

LA SEÑORA BOUZINE.--¡El mismo! ¿Le conoce usted...?

TERPSY.--¡De nombre...! Por aquí, señoras...

_Dice algunas palabras en voz baja a la criada; luego entran en el

estudio: las damas, en peplo y traje de mallas, toman el te con

unas amigas más vestidas. A la entrada de Terpsy se levantan._

TERPSY.--¡Señoras...! ¡Al altar...!

_Todas suben a un pequeño tablado._

TERPSY (_manda_).--¡Los tirsos...! ¡Interpretemos las Bacantes...!

¡Según el dibujo número 315, copa del museo de Pompeya...! (_A la

orquesta._) ¡El _agitato_ de la _suite_ en mi...!

_Y de súbito, golpeando a un Baco imaginario, las jóvenes se

precipitan. Terpsy, con los crótalos en las manos, rima la danza,

cuyos pasos son cada vez más rápidos; todo esto acaba en un furioso

torbellino. La señora Bouzine y su hija están estupefactas y

piensan_:

--«¡Imposible...! ¡Nos encontramos entre los dingos...!»

TERPSY (_a Lea_).--¿Qué le parece a usted, hija mía...?

LEA.--¡Oh! ¡Cuando yo refiera esto a mis compañeras de pensión van a

sudar de firme...! ¡Me explico que se pierda grasa con este

ejercicio...!

TERPSY.--¡Espere...! Tenemos el treno para descansar. (_A sus

discípulas._) ¡Señoras...! ¡El peplo..., los velos negros..., las

palmas...! ¡Usted llevará la urna, señorita Punas...! Dibujo 215, según

el vaso fúnebre del Louvre... (_A la orquesta._) ¡La marcha _Sulla morte

d'un héroe_...!

_Las damas forman una procesión detrás de la señorita Punas;

avanzan con lento paso, dando muestras del más profundo dolor._

LA SEÑORA BOUZINE (_encantada_).--¡Mira, Lea...! ¡Qué hermoso...!

LEA (_burlona_).--¡Sí...! ¡Aquí estamos más contentas que ahí

enfrente...!

_Y la jornada continúa de esta manera. A cosa de las seis, el

profesor Gilberto Tassouin, antiguo buen mozo, muy grave, se

presenta; asiste al final de la sesión sin decir una palabra. La

señora Bouzine está inquieta._

LA SEÑORA BOUZINE.--¿Qué te parece, Gilberto...?

LEA.--¿Verdad, tío, que no se trata de una cosa ordinaria...?

GILBERTO (_grave_).--¡Tú no comprendes nada de esto, hija mía...! ¡Es

muy notable...!

LEA (_asombrada_).--¿Qué dices...? ¿Tú también, maestro, te prendas de

esto...?

GILBERTO.--Hay en ello una revelación: la Kineterapia aplicada a la

Estética. Nunca podría aconsejarte bastante cuán necesario es para ti

que sigas este curso... Por otra parte, voy a quedarme un instante con

la señora Terpsy; deseo interrogarla acerca de los resultados obtenidos.

(_A la señora Bouzine._) Iré a buscaros esta noche.

_Las dos mujeres se marchan. El profesor entra en el saloncito,

donde Terpsy se le une, apenas ida su última discípula._

GILBERTO (_ceremonioso_).--Señora: ¡dispense usted mi curiosidad...!

TERPSY (_saltándole al cuello_).--¡Quita de ahí...! ¿A qué viene eso de

señora...? ¿No me besas ya, Gilberto mío...?

GILBERTO (_turbado por este beso_).--Ignoraba si debía...

TERPSY.--¡Es cierto...! ¡Me abandonaste cochinamente hace veinte

años...! ¡Pero tuve tiempo de perdonarte...! ¡Te di los mejores años de

mi juventud, bandido...! ¡Y no lo siento...! ¡Quia...! ¡Cuánto me

alegra que hayas venido...!

GILBERTO.--¡Oh! ¡Me sentía atraído por la curiosidad! ¡Que me lleve el

diantre si sospechaba que la célebre Terpsy era Melania Boujotte, a la

que yo había dejado de modista en Montmartre...!

TERPSY.--Pues, querido mío, algo de culpa tienes tú de que yo me haya

convertido en Terpsy... Es una cosa que te debo, además de la pérdida de

mis ilusiones.

GILBERTO.--¡Imposible...!

TERPSY.--Vas a ver cómo se encadena todo. Cuando me dejaste plantada con

el pretexto de que te impedía estudiar, estuve a punto de matarme...

¡Sí, alma mía...! Yo, tu «alegría de vivir», como tú me llamabas, quise

envenenarme; claro está que no pude hacerlo. No tenía ganas de trabajar,

y entonces me lancé a la vida alegre... Todas las noches iba al baile

Vestris y allí danzaba para aturdirme... ¡Y nunca regresaba sola...!

Los cursos · 第 1 / 10 段