Decidiose Don Joaquín Blake a admitir la capitulación. Por ella debían

los enemigos respetar la religión y proteger las propiedades y a los

habitantes, no permitir pesquisa alguna en cuanto a lo pasado, y

conceder tres meses de término a los que quisiesen abandonar la ciudad

con sus bienes y familia. Otorgábase al ejército salir con los honores

de la guerra por la puerta de Serranos, conservando los oficiales las

espadas, caballos y equipajes, y los soldados las mochilas. También se

convino en el canje propuesto.

Firmose la capitulación en 9 de enero, en cuyo día ocuparon los

enemigos la puerta del Mar y la ciudadela. Al siguiente salieron para

Francia los españoles prisioneros junto con D. Joaquín Blake. El número

de ellos inclusos los 2000 destinados para el canje que fueron camino

de Alcira, le hacen subir los franceses a 18.219 hombres: cuenta que

nos parece exagerada si no se comprenden en la suma paisanos armados.

De gente reglada pueden en verdad computarse unos 16.000. No se

verificó el canje ajustado, por no haber consentido en él la regencia

del reino.

[Marginal: Entra Suchet en Valencia.]

Hasta el 14 no hizo su entrada en Valencia el mariscal Suchet. Hízola

con gran pompa y acompañado de la mayor parte de sus tropas por la

puerta de San José, al mismo tiempo que con el resto de ellas penetró

por la de San Vicente el general Reille. Quedó nombrado gobernador el

general Robert.

[Marginal: Blake.]

Concluida que fue la capitulación, ansió por alejarse de Valencia Don

Joaquín Blake. Obraba en ello con prudente mesura. El estado a que

se hallaba reducido, aparecían harto deplorable para que no quisiera

apartarse cuanto antes del teatro infausto en donde acababan de tener

fatal desenlace sus casi continuas y lastimosas desventuras. Hombre

recto e ilustrado, propio para dirigir en tiempos tranquilos las tareas

de un estado mayor, carecía Blake de las prendas que componen la

esencia del verdadero general en jefe, las cuales, como decía Napoleón

a ciertos oficiales rusos, no se adquieren con la mera lectura de

autores militares. Aferrado Blake en su opinión, no sacaba fruto ni

de las lecciones que le suministraba su propia y larga experiencia.

Los muchos desastres que empañaron el brillo de su carrera descubren

también lo siniestra que le fue siempre la fortuna. Grave perjuicio en

un general, por la desconfianza que en los otros y en sí mismo infunde,

y que ha dado ocasión a que escritores de peso, y Cicerón[*] [Marginal:

(* Ap. n. 17-4.)] entre ellos, señalen como una de las cualidades

principales de un gran capitán la de la felicidad.

[Marginal: Parte que da.]

Luego que llegó a Francia Don Joaquín Blake, le encerraron en

Vincennes cerca de París, lo mismo que habían hecho con Palafox y

otros españoles distinguidos. ¡Injusto y bárbaro procedimiento! Allí

hubiera aquel general finado quizá sus días sin los sucesos de 1814.

Antevía lo que le aguardaba cuando, dando parte a la regencia del reino

de la capitulación de Valencia, decía: «Por lo que a mí toca... miro

como determinada la suerte de toda mi vida, y así en el momento de mi

expatriación, que es un equivalente a la muerte, ruego encarecidamente

a vuestra alteza, que si mis servicios pueden haber sido gratos a la

patria, y no hubiesen desmerecido hasta ahora, se digne tomar bajo

su protección a mi dilatada familia.» Palabras muy sentidas que aun

entonces produjeron favorable efecto, viniendo de un varón que, en

medio de sus errores e infortunios, había constantemente seguido

la buena causa; que dejaba pobre y como en desamparo a su tierna y

numerosa prole, y que resplandecía en muchas y privadas virtudes.

[Marginal: Recompensas de Napoleón a Suchet y a su ejército.]

Si por nuestro lado con la caída de Valencia abundaron solo las

lágrimas, se manifestaron por el de los franceses sumas las alegrías,

y se derramaron con largueza gracias y distinciones. Nombró Napoleón,

por decreto de 24 de enero, al mariscal Suchet duque de la Albufera,

concediéndole en propiedad y perpetuamente la laguna de aquel nombre,

con la caza, pesca y dependencias en premio de los recientes servicios

y para dotación de la nueva dignidad. Cuantioso don y de los más

fructíferos que se pueden otorgar en España. Por decreto también de la

misma fecha, queriendo Napoleón recompensar igualmente a los generales,

oficiales y soldados del ejército de Aragón, mandó que se reuniesen _a

su dominio extraordinario de España_, [son sus expresiones] bienes de

los situados en la provincia de Valencia, por el valor de 200 millones

de francos, no consultando primero si para ello eran bastantes los

llamados nacionales que allí pudiera haber, ni especificando en el

caso contrario de dónde debiera suplirse lo que faltase. De este modo

se despojaba también a José, sin consideración alguna, de los derechos

que le competían como a soberano, y se privaba a los interesados en

la deuda pública, que aquel había reconocido o contratado, de una de

las más pingües hipotecas. Napoleón sucesivamente con la prosperidad

desarrebozaba sus intentos respecto de España, y descubría del todo

la determinación en que estaba de arrancar a José hasta la sombra de

autoridad que este conservaba todavía.

[Marginal: Providencias nuevas de Suchet.]

Al día siguiente de la rendición de Valencia fueron desarmados los

vecinos, y muchos conducidos a Francia so pretexto de que eran

provocadores de motín. Lo mismo, por orden especial despachada de

París, todos los frailes que pudieron haberse, que ascendieron a 1500.

[Marginal: Frailes llevados a Francia y arcabuceados.] Hubo más:

a cinco de ellos, los padres Rubet, Lledó, Pichó, Igual y Jérica,

arcabuceáronlos junto a Murviedro, a otros dos en Castellón de la

Plana. Igual suerte cupo desde Segorbe a Teruel a 200 prisioneros que

se rezagaban de cansados. Así se cumplía la capitulación pactada.

Figurábanse ahora los franceses, como ya en un principio, ser los

frailes los fraguadores del levantamiento y de la resistencia nacional,

y de consiguiente se ensañaban en sus personas. Juicio, según hemos

advertido otras veces, hasta cierto punto errado. Hubo religiosos que

en efecto tomaron parte honrosa en la causa de la patria común, pero no

todos ni exclusivamente. Y en Valencia pensó el mayor número, más que

en la defensa, en sus particulares intereses, en vender ajuar y alhajas

y en repartirse el peculio, porte que excitó descontento y murmuración.

[Marginal: Conducta del clero y del arzobispo.] El clero secular

acogió bien a los invasores a imitación del prelado de la diócesis, el

arzobispo Company, franciscano escondido en Gandía durante el sitio, y

que tornó a Valencia después de conquistada la ciudad, esmerándose en

obsequios y lisonjas hacia Napoleón y sus huestes.

[Marginal: De los valencianos.]

Verdad sea que hasta de la población recibió Suchet mayores pruebas

de afición que en otras partes. Las causas, las mismas que las que

indicamos al tiempo de ser ocupada la Andalucía, o a lo menos muy

parecidas a las de entonces. Contribuyó también mucho a semejante

disposición de los ánimos el inconcebible proceder de Blake, y su

tibieza con los moradores. No obstante eso, y de procurar Suchet,

conforme veremos más adelante, introducir en la administración mejor

arreglo que otros generales compatriotas suyos, no tardaron largo

tiempo en levantarse por aquel reino varias partidas.

[Marginal: Avanza Montbrun a Alicante.]

Mientras ocurrían en Valencia los sucesos que acabamos de referir,

adelantábase por la Mancha el auxilio que enviaba a Suchet el mariscal

Marmont, desde las riberas de Tajo, en Extremadura. Consistía la

fuerza en tres divisiones, dos de infantes y una de caballos, bajo

las órdenes del general Montbrun. Llegó este el 9 de enero a Almansa,

y aunque con fecha del 11 recibió indicación de Suchet para que se

volviera, pues tomada Valencia excusado era el socorro, prosiguió sin

embargo su marcha y se adelantó a Alicante, cuya plaza pensó ganar por

sorpresa aprovechándose del decaimiento que había causado la pérdida

de la capital de la provincia. No era la empresa tan fácil como se

imaginaba.

[Marginal: Posición del general Mahy.]

Don Nicolás Mahy y las tropas que con él se retiraron después del 26

de diciembre a las riberas del Júcar, habían abandonado estas harto

de priesa, y evacuando apenas sin oposición el punto importante de

Alcira, habíanse venido a Alcoy y pasado en seguida, unas a Alicante,

otras a Elche. También Don Manuel Freire se había alejado de Requena y

acercádose a los mismos puntos.

[Marginal: Se aleja Montbrun.]

Aunque poco gloriosos los más de estos movimientos, resultó no

obstante de ellos que se agolpasen hacia Alicante tropas bastantes

para desbaratar los proyectos de los enemigos contra dicha plaza. Se

presentó delante de ella el general Montbrun, y habiendo intimado en

vano la rendición y arrojado dentro algunas granadas, se retiró de

allí muy pronto. Su presencia, si bien efímera, dejó en la comarca mal

rastro. Porque después de haber desalojado de Elche y pueblos cercanos

las tropas españolas, impuso de contribución a los habitantes sumas

enormes, y causoles extorsiones graves.

[Marginal: Suchet.]

Esto y otras atenciones impidieron a Suchet emprender cosa alguna

contra Alicante y Cartagena, cuyos boquetes, fomento de guerra, había

pensado cerrar el mariscal francés apoderándose en breve de aquellos

muros. La malograda tentativa de Montbrun sirviendo de despertador para

una defensa más cumplida, frustraba todo rebate.

[Marginal: Toma a Denia.]

Tuvo por tanto Suchet que limitar sus deseos, y contentarse con situar

más allá del Júcar al general Harispe y la brigada de Delort, poniendo

por la izquierda de estos, en Gandía, al general Habert. También se

enseñoreó de Denia, puerto de mar, plaza en el nombre, con un castillo

en lo alto. La abandonó sin hacer resistencia su gobernador Don Esteban

Echenique. Tuvo de ello culpa en parte Don Nicolás Mahy, que primero

envió 200 hombres de socorro y luego los retiró. Sin embargo, ya que se

hubiese evacuado la ciudad, convenido hubiera sacar, como no se hizo,

varios efectos e inutilizar la artillería.

[Marginal: Situación del segundo y tercer ejército.]

Después de tamañas desgracias, las tropas que restaban del 2.º

ejército, y se habían retirado con las del 3.º, mandadas por Don

Nicolás Mahy, y las que de este mismo se habían antes adelantado con

Don Manuel Freire hacia Requena, o quedádose en la frontera de Granada,

continuaron alojadas, ya en Alicante y sus alrededores, y ya en

Cartagena y pueblos del reino de Murcia. El número de ellas, incluyendo

las guarniciones de las citadas últimas dos plazas, al pie de 18.000

hombres. Tomó luego el mando interino de todas Don José O’Donnell, jefe

del estado mayor del tercer ejército. Las del general Villacampa, que

entraban en cuenta, se alejaron al fenecer enero y no tardaron mucho en

regolfar a Aragón, principal sitio de sus proezas.

No solo se vieron acosadas todas estas fuerzas por las de Suchet y por

las del general Montbrun, sino también por parte de las del ejército

francés del mediodía que acudieron al cebo de los despojos. Llegaron

las postreras a la vista de la ciudad de Murcia el 25 de enero,

[Marginal: El general Soult en Murcia.] y el 26 entró en ella con 600

caballos el general Soult, hermano del mariscal. La víspera le había

precedido un destacamento, y unos y otros impusieron al vecindario muy

pesadas contribuciones, imposibles de realizar. A estos gravámenes

quiso el general francés añadir otro nuevo con sus festines, y mandó se

le preparase para aquel día en el palacio episcopal donde se albergaba,

un espléndido y regalado banquete. [Marginal: Le ataca Don Martín de la

Carrera.] Gustaba ya deliciosos manjares, cuando vino a interrumpirle

en su ocupación sensual una voz que decía: «Las tropas españolas han

entrado, los enemigos son perdidos.»

En efecto, Don Martín de la Carrera, que se apostaba no lejos con gran

parte de la caballería del segundo y tercer ejército, después de reunir

un trozo de ella en Espinardo, a media legua de la ciudad, acababa de

penetrar por la puerta de Castilla a la cabeza de 100 jinetes. Tenían

otros la orden de acometer al mismo tiempo por los demás puntos. Era el

intento de Carrera sorprender a los enemigos que, a la verdad, no le

aguardaban, cogerlos o aventarlos, y libertar a la ciudad de huéspedes

en tal manera molestos.

Sobresaltado el general Soult, levantose de la mesa y, con la

precipitación, tropezó y bajó la escalera casi rodando. Aunque mal

parado, montó sin embargo a caballo: le siguieron todos los suyos. No

así, por desgracia, a Carrera los de su bando, quienes, excepto los

que él mismo capitaneaba, o no entraron en la ciudad o retrocedieron

luego por equivocación o desmayo. Tuvo de consiguiente el Don Martín

que hacer cara solo con sus cien hombres a las fuerzas del enemigo

tan superiores. No por eso se abatió, y antes de ser estrechado paseó

calles y plazas acuchillando y matando a cuantos contrarios topaba.

Duró tiempo la lid. Costó el terminarla sangre al francés; [Marginal:

Muerte gloriosa de este.] mas a lo último, cogidos, muertos o

destruidos los soldados de Carrera, quedó este solo y rodeado por seis

de los enemigos en la plaza nueva. Defendiose gran trecho, mató a dos,

y si bien herido de un pistoletazo y de varios sablazos, sostúvose aún,

no quiso rendirse, y peleó hasta que exánime y desangrado cayó tendido

en la calle de San Nicolás donde expiró. Ejemplo de hombres valerosos

era Carrera, mozo y membrudo, de estatura elevada, noble en el rostro,

de arrogante y gentil apostura.

Antes de finalizarse el combate ya habían los enemigos entregado al

saco la ciudad de Murcia. Robáronlo todo, y cometieron los mayores

excesos, particularmente en el barrio del Carmen. Despojaban en la

calle a las mismas mujeres de sus propias vestiduras, y no perdonaron

ni aun el ochavo que en el mugriento bolso escondía el mendigo.

Cargados de botín y temerosos de que tornasen los nuestros, se

retiraron por la noche, y en Alcantarilla y en casi todo el camino

hasta Lorca repitieron iguales o mayores demasías.

[Marginal: Honores que se le tributan.]

Como quiera que lacerados de dolor, tributaron los murcianos al día

siguiente honores fúnebres al cadáver del inmortal Don Martín de la

Carrera, y le sepultaron con la pompa que les permitía su triste

azar. Un mes después, celebró también en memoria del difunto solemnes

exequias el general en jefe Don José O’Donnell, y diose el nombre de la

Carrera a la calle de San Nicolás, en la cual terminó aquel caudillo

sus días, peleando como bueno. La junta provincial determinó igualmente

erigirle un cenotafio en el sitio mismo de su fallecimiento.

A los muchos desastres que de tropel sucedieron en esta parte de

España, agregose otro mancillado de afrenta. Dueño de Valencia el

mariscal Suchet, y enviadas a la derecha del Júcar las fuerzas que

hemos arriba expresado, púsose asimismo en relación, ocupando a Buñol,

con el ejército francés del centro, destacó a Cataluña la división

de Musnier, necesaria allí por lo que ocurría, y destinó al general

Severoli con los italianos a formalizar el sitio de Peñíscola.

[Marginal: Sitio de Peñíscola.]

Se eleva esta población sobre una empinada roca, mar adentro, a 120

toesas de la orilla con la cual no comunica sino por medio de una

lengua de tierra bastante angosta. Escarpados y buenas obras rodean

la plaza por todas partes; domínala interiormente un castillo, y se

asemeja en compendio por su natural fortaleza a Gibraltar. Fue largo

tiempo mansión de aquel papa Luna de condición tan obstinada, cuyo

nombre lleva todavía una torre en donde parece moraba. Cubren al istmo

en los temporales las oleadas, y estaba ahora reforzado el frente con

baterías de varios pisos. Más allá, y paralelo a unas montañas vecinas,

se extiende un marjal perenne, cuya inundación se había aumentado

artificialmente, e interrumpido con cortaduras la calzada que le

atraviesa y conduce a la citada lengua de tierra, único punto accesible

para los franceses, no señores de la mar. Tenía la plaza mil hombres

de guarnición y estaba abundantemente provista. Cruzaban por aquellas

aguas barcos cañoneros y buques de guerra nuestros y aliados. Era

gobernador Don Pedro García Navarro.

Acercose el general Severoli el 20 de enero a Peñíscola, y envió un

parlamentario con proposiciones que fueron desechadas. De resultas,

empezaron los enemigos a preparar el sitio, y se colocaron en las

colinas y playas inmediatas. El 28 arrojaron bombas desde una batería

de morteros distante 600 toesas. En la noche del 31 al 1.º de febrero

formaron la línea paralela de faginas y gaviones que se prolongaba

por detrás de la inundación, y torcía a su extremo meridional para

continuar lo largo de la costa. En el opuesto construyeron baterías

en las alturas. Las dificultades que tenían los sitiadores que vencer

antes de aproximarse al cuerpo de la plaza parecían insuperables. No

obstante prosiguieron los trabajos.

[Marginal: La toman los franceses.]

En el intermedio aconteció que viniese a parar a manos de los franceses

un pliego que el gobernador García Navarro escribía al general español

de Alicante: quejábase en su contenido del porte de los ingleses, y

hablaba como si intentasen estos apoderarse de Peñíscola; añadiendo

que preferiría en tal caso someterse a los enemigos. Barruntos tenía

Suchet de la propensión de ánimo del García Navarro, si ya no ocultas

relaciones; y en vista ahora del expresado pliego se apresuró a

establecer con él negociación directa, para lo cual despachó al oficial

de estado mayor Mr. Prunel. García Navarro inmediatamente se rindió

a partido, y se rindió bajo la sola condición de que se permitiera a

los suyos retirarse libremente adonde quisieren. En consecuencia se

posesionaron los franceses de Peñíscola el 4 de febrero. Escandalosa

entrega; pero aún más escandalosos y sin ejemplo los términos

siguientes con que se encabezó la capitulación:[*] [Marginal: (* Ap.

n. 17-5.)] «El gobernador y la junta militar... convencidos de que

los verdaderos españoles son los que unidos al rey Don José Napoleón

procuran hacer menos desgraciada su patria.» [Marginal: Conducta infame

del gobernador García Navarro.] Basta. ¡Qué gobernador! ¡Qué junta

militar! No paró aquí la desbocada conducta del primero. Entró después

a servir al intruso, y recibió en premio honores y condecoraciones,

escribiendo antes al mariscal Suchet entre otras cosas:[*] [Marginal:

(* Ap. n. 17-6.)] «V. E. debe estar bien seguro de mí: la entrega de

una plaza fuerte que tiene víveres y todo lo necesario para una larga

defensa... es un garante de mis promesas...» Memorial con relación de

méritos sacados de la propia infamia.

Tal baldón, tales infortunios compensáronlos en parte dos

acontecimientos felices y honrosos, que ocurrieron casi por el mismo

tiempo.

[Marginal: Serranía de Ronda y Tarifa.]

Fue el uno la defensa de Tarifa. Diose cuenta en su lugar de los

refuerzos anglo-españoles que habían en octubre entrado en aquella

plaza, como también de los movimientos concomitantes que hasta 1.º de

noviembre ejecutó en la serranía de Ronda Don Francisco Ballesteros.

[Marginal: Movimientos de Ballesteros.] El glorioso avance que hizo

dicho general sobre Bornos en 5 de aquel mes, y otro que en su apoyo

verificaron a la propia sazón, la vuelta de Vejer, el general Copons

y el coronel inglés Skerret, pararon ahincadamente la consideración

del mariscal Soult. Pero no hallándose este con suficientes fuerzas a

causa de las que le ocupaban las inmediatas atenciones, y de tropas que

había enviado a Extremadura por lo de Arroyomolinos, creyó necesario

echar mano en parte de las de Granada para contener a Ballesteros y

embestir a Tarifa. Así, ordenó que Leval se acercase a la serranía de

Ronda con 6800 combatientes infantes y caballos, y que se le juntase

en ella el general Barrois con 4200, debiendo también dirigirse un

trozo de 3000 hombres de los que sitiaban a Cádiz sobre Facinas y

otros puntos inmediatos. Tal avenida de fuerzas obligó a Ballesteros a

refugiarse otra vez bajo el cañón de Gibraltar, dejando no obstante en

las montañas una vanguardia a las órdenes de Don Antonio Solá, quien,

asistido además de los serranos, tenía encargo de cortar al enemigo la

comunicación e interceptarle las subsistencias. Cumplió debidamente

este jefe con lo que le habían encomendado, y estrechando de cerca el

6 de diciembre a los franceses de Estepona, los obligó a huir y les

cogió mochilas y equipajes. También Copons y Skerret evolucionaron para

distraer al enemigo por la parte de Algeciras; mas, sabedores de que

Tarifa era amenazada, tornaron de priesa a cubrir sus muros.

[Marginal: Sitian los franceses a Tarifa.]

El deseo de enseñorearse de ellos, y la escasez de vituallas que

las correrías de Solá y del paisanaje causaban en el campo francés,

decidieron a Leval a abandonar a San Roque y aproximarse cuanto antes

a la citada plaza de Tarifa. Se halla esta colocada en la punta más

meridional de España y en lo más angosto del estrecho; tiene de

población dos mil y cien vecinos, y le dio renombre la defensa que

contra moros hizo Don Alonso Pérez de Guzmán, llamado el Bueno por

hazaña tan ilustre, sin par en sus circunstancias. No guarnecían a

Tarifa sino un antiguo y frágil castillo, y débil muralla de poco

espesor, con torreones cuadrados y foso. Los reparos nuevos, no muchos

y poco robustos. A corta distancia y al sudoeste plántase una isla

circular y peñascosa, de media hora de bojeo, que se denomina como

la ciudad. Antes separaba a dicha isla del continente un canal de

corriente rápida, a manera de pequeño Euripo, que se acabó de cerrar en

1808 por el celo y personales sacrificios del intendente Don Antonio

González Salmón, quien formó allí un fondeadero acomodado. Habíanla

actualmente fortalecido y artillado con 12 cañones: punto de retirada

conveniente y que infundía aliento. Fueron habilitadas en su recinto

una cisterna y una antigua torre y se sirvieron los sitiados para

almacén de pólvora de una especie de subterráneo apellidado Cueva de

Moros, guarida en otro tiempo de corsarios berberiscos. Prevención

necesaria la última estando la isla dominada por las alturas vecinas.

De ellas, la más cercana al oeste, la de Santa Catalina, fortificola

Copons, ejecutando también al este, frontero de la Galeta, algunas

obras. Cortáronse además en la ciudad las calles, y se atajaron con

rejas arrancadas de las ventanas; atroneráronse muchas casas. Constaba

la guarnición, entre ingleses y españoles, de 2500 hombres. Los

tarifeños se señalaron de valientes y proporcionaron 300 marineros.

Era gobernador el coronel Don Manuel Daván, y jefes de ingenieros y

de artillería Don Eugenio Iraurgui y Don Pablo Sánchez. Mandaba las

fuerzas sutiles españolas Don Lorenzo Parra. Había también buques de

guerra ingleses. La defensa, sin embargo, dirigiola con especialidad

Don Francisco Copons y Navia ayudado de los consejos del coronel inglés

Skerret.

[Marginal: Gloriosa defensa.]

Presentáronse los franceses a la vista de la plaza el 19 de diciembre,

después de dejar fuerza en observación de Ballesteros, y también

del lado de Algeciras. Obligaron a Copons el 20 a meterse dentro, y

empezaron en seguida los trabajos de sitio; adelantáronlos el 28 hasta

50 toesas de los muros, y el 29 abrieron el fuego con 6 cañones de a

18 y 3 obuses de a 9 pulgadas. En la tarde del mismo día hallábase ya

practicable una brecha de 300 toesas por la parte contigua a la puerta

del Retiro, y destruido casi del todo el torreón de Jesús. Intimaron

luego los enemigos la rendición, y desechada la propuesta por Copons,

preparáronse al asalto.

[Marginal: Levantan los franceses el sitio.]

Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (4 de 5) · 第 20 / 26 段