Napoleón, que deseaba dar un golpe y ganar terreno en España para
imponer respeto en el norte de Europa, ya conmovido, determinó
que no solo la división de Severoli, sino también la de Reille
acudiesen a Valencia y se pusiesen bajo el mando de Suchet, la última
momentáneamente, debiendo en el intermedio ser reemplazada en Navarra
y frontera de Aragón con tropas de la división de Caffarelli, si bien
este harto afanado en Vizcaya. Severoli y Reille trajeron consigo
cerca de 14.000 hombres. Llegaron a Segorbe el 24 de diciembre, y en
la noche del 25 empezaron a incorporarse al ejército de Suchet, quien
juntó entonces unos 34.000 combatientes; 2644 de caballería: excelentes
tropas, muy aguerridas.
No se limitó Napoleón al envío de las citadas divisiones; insistió
también en que D’Armagnac, del ejército del centro, continuase en
amagar por Cuenca, y mandó además que Marmont destacase del de Portugal
una fuerte columna que, atravesando la Mancha, cayese a Murcia.
[Marginal: Pasa Suchet el Guadalaviar el 26 de diciembre.]
Tan reforzado ya el mariscal Suchet y sostenido, decidió poner
en práctica su primer plan de atacar la posición española por la
izquierda. Verificolo en efecto el 26 de diciembre, pasando por
Ribarroja el Guadalaviar. Había preferido este punto con la mira
de cruzar el río agua arriba de Manises, de no enmarañarse por
el laberinto de las acequias, y de evitar cualquiera inundación
apoderándose de las compuertas.
Durante la noche los enemigos echaron tres puentes: protegieron a los
trabajadores 200 húsares que, llevando en las ancas a unos cuantos
soldados de tropas ligeras, vadearon el río y ahuyentaron los puestos
españoles. Por la mañana, el primero que atacó en lo más extremo de
nuestra izquierda fue el general Harispe. Precedíale caballería que
tropezó con la de Don Martín de la Carrera hacia Aldaya, entre la
acequia de Manises y el barranco de Torrente, en medio de garroferos y
olivos. Nuestros jinetes rechazaron a los contrarios, y el soldado del
regimiento de Fernando VII Antonio Frondoso, hombre esforzado, hirió
y dejó en el campo por muerto al general Boussart, en cuyo derredor
perecieron defendiéndole un ayudante suyo y varios húsares. Mas
rehechos los enemigos, arremetieron de nuevo con superiores fuerzas y
recobraron a Boussart. Viose entonces obligado Don Martín de la Carrera
a retirarse, tomando la dirección de Alcira. Casi al mismo tiempo
embistió el general Musnier a Manises y San Onofre, de donde se alejó
Don Nicolás Mahy, después de corta defensa, en busca también del Júcar
por Chirivella.
Advertido Blake del ataque, salió de Valencia, y a las diez de la
mañana, estando a medio camino de Mislata, recibió noticia de Mahy,
pintándole su apuro y pidiendo instrucciones. La línea en aquella sazón
estaba ya por todas partes acometida o amenazada. Zayas en Mislata
andaba a las manos con la división de Palombini. Acudió por orden de
Mahy a socorrerle desde Cuarte Creagh con alguna gente; mas Zayas no
necesitando de aquel auxilio, mayormente por esperar de Valencia dos
batallones, le despidió, y guardó solo dos obuses, defendiendo con brío
su posición. Nuestro fuego aquí fue tan vivo y acertado que desordenó
la brigada enemiga de Saint Paul y la arrojó contra el Guadalaviar. En
vano Palombini quiso rehacerla, amenazando igual suerte a la otra suya
de Balathier. Asegurada, pues, parecía de este lado la victoria, si no
la inutilizaran el descuido y flojedad de que se adoleció en las otras
partes.
Porque adelantando Harispe sobre Catarroja, y posesionado Musnier de
Manises y San Onofre, vinieron algunos cuerpos enemigos sobre Cuarte,
y venciendo los primeros atrincheramientos, obligaron a las tropas
que guarnecían el pueblo a evacuarle. Volvía Creagh entonces de su
excursión a Mislata, y a pesar de sus esfuerzos y de los de Don José
Pérez al frente del batallón de la Corona, no se pudo contener el
progreso de los franceses, teniendo al cabo los nuestros que retirarse.
Se distinguieron aquí el cuerpo que acabamos de citar, el de tiradores
de Cádiz, de Burgos, Princesa y Alcázar de San Juan con sus respectivos
jefes. Los enemigos cada vez más impetuosamente cargaban, pues llegando
a la sazón el general Reille, marchó en la dirección de Chirivella
y favoreció las operaciones de Harispe y de Musnier. Inútilmente
quisieron los españoles hacer rostro en dicho pueblo, y defender la
posición cubierta con unas flechas. Los enemigos los arrollaron y con
eso salió de ahogo Palombini, viéndose Zayas obligado a desamparar su
estancia.
Anhelaba Suchet envolver todo el ejército español, y acorralarle
en Valencia, por lo que puso todo su conato en que la división de
Harispe llegara pronto a Catarroja. Entonces, yendo ya los nuestros de
retirada, corrió el mariscal francés a Chirivella con riesgo de ser
cogido prisionero. Habíase allí apeado y subido al campanario. Solo
le acompañaban sus ayudantes con pequeña escolta. Y cuando, atento,
atalayaba aquel una y otra orilla del Turia, acercose al pueblo un
batallón español, dando indicio de querer penetrar por las calles.
Al instante, los pocos franceses que había se pusieron en ademán de
defender a su jefe, y aparentando ser muchos engañaron a los nuestros,
que pronto se alejaron.
Por su parte Don Joaquín Blake anduvo lento y escaso en tomar medidas.
Los batallones que de Valencia debían reforzar a Zayas llegaron tarde,
y tampoco hubo providencia notable que enmendase en algo el precipitado
repliegue de Mahy, o que contribuyese a prolongarla resistencia en
Chirivella.
[Marginal: Mahy con parte de las tropas se retira al Júcar.]
Los generales españoles, al retirarse, tomaron cada uno el rumbo
que les permitió su respectiva situación. Dicha fue que Suchet no
lograse estrecharlos a todos en Valencia. Don Nicolás Mahy con Creagh,
Carrera, Villacampa y Obispo se separaron del grueso del ejército, y
se encaminaron a las riberas de Júcar. [Marginal: Blake con las otras
a Valencia.] Blake con Zayas, Lardizábal y Miranda encerrose en los
atrincheramientos exteriores de la ciudad, que se dilataban desde
enfrente de Santa Catalina hasta Monteolivete.
[Marginal: Acordonan los franceses la ciudad.]
En este punto Habert, encargado de pasar por allí el río cerca del
desaguadero, lo había conseguido dificultosamente, costándole afán y
horas alejar por medio de sus baterías en el Grao los barcos cañoneros
españoles y los buques de guerra aliados. Solo a las doce del día
cruzó el Guadalaviar por un puente que echó casi a la boca. Apoderose
después del Lazareto y arrolló con facilidad al paisanaje. Miranda,
situado en Monteolivete, apenas tomó parte en la pelea. Pisado que hubo
el general Habert la orilla derecha, anduvo solícito en extenderse y
darse la mano con las otras tropas de su nación que habían forzado la
izquierda de los españoles. Ponían en ello los franceses grande ahínco,
queriendo que no se les escapase el general Blake, ya que Mahy lo había
conseguido. Por la noche completaron el acordonamiento de Valencia, y
cortaron la comunicación con el camino real de Madrid y el que corre
por el istmo entre la Albufera y el mar, desconocido antes al enemigo.
Perecieron en aquel día de cada parte 500 a 600 hombres. Además
cogieron los franceses algunos prisioneros y cañones. Recibieron los
enemigos el principal daño en su acometida contra Zayas y Creagh, en
donde perdieron 40 oficiales.
[Marginal: Reflexiones.]
Esta jornada provocó severa crítica contra la conducta de Don Joaquín
Blake: defendiéronle sus apasionados, imputando la culpa de la
desgracia a Don Nicolás Mahy. Ambos generales tuvieron en ella parte;
pero mayor fue la del primero. Faltó el último en no haber sostenido
con más empeño su posición, y en haber algún tanto desguarnecido a
Cuarte, queriendo, sin necesidad, auxiliar a Zayas. Pecó, y mucho,
Don Joaquín Blake en no poner mejores tropas en su izquierda, punto
el más flaco, y sobre todo en no haber construido allí obras cerradas
que no pudieran ser embestidas de revés por el enemigo, para lo cual
tuvo sobrado tiempo en los dos meses que el ejército casi permaneció
inactivo. Consistió este descuido en no pensar Blake sino en el frente,
imaginándose que los franceses le atacarían solo de aquel lado. Error
grave, y apenas creíble, si no se mostrara a las claras por el género
de obras que construyó, abiertas todas.
También vituperaron en Mahy sus censores que se hubiese retirado
hacia el Júcar, y no recogídose en Valencia. Difícil era conseguir lo
postrero interpuesto el enemigo entre Mislata y Cuarte, y derramado
hasta Catarroja. Mas aunque así no fuese, ¿qué suerte hubiera cabido a
aquellas tropas metidas una vez en la ciudad? La misma que cupo a las
de Blake, en verdad harto lastimosa.
Este general, tan poco diligente y atinado el 26, mostrose después
[menester se hace el confesarlo] aún más desatentado y flojo.
Acordonada la ciudad, no le quedaba ya más arbitrio para salir con
honra y airoso sino salvar a todo trance su ejército, o convertir a
Valencia en otra Zaragoza. Veamos si empleó convenientes medios para
alcanzar uno u otro de ambos extremos.
Hubiérale sido todavía el 26 muy asequible libertar a su ejército y
sacarle de Valencia. Primero a la hora de mediodía, antes que Habert
comunicase con Harispe, dirigiéndose al istmo entre la Albufera y el
mar: después por la noche, no preparado bastantemente el enemigo para
detener una súbita irrupción y salida de nuestras tropas. Así opinaron
los generales que juntó Blake, quien no obstante decidió lo contrario,
fundado en que, siendo preciso distribuir de antemano víveres, hacíase
imposible verificarlo en tan breve espacio. Dejose pues la partida
para el día siguiente. Renovó entonces Blake al anochecer el consejo
de guerra, cuyos individuos insistieron en el dictamen dado la víspera
de poner al ejército cuanto antes en salvo. Mas ocurriole al general
en jefe otra dificultad. La artillería de batalla permanecía en los
atrincheramientos, y removerla a deshora, como era indispensable para
ejecutar de noche la salida, parecíale imprudente y motivo de espanto
al pueblo. Así difiriose la operación por segunda vez. En vista de
lo cual, ¿a quién no admirará tal negligencia después de dos meses
que hubo para precaver todos los casos? ¿A quién no tanta lentitud e
incertidumbre delante de un enemigo tan activo como el francés?
[Marginal: Vana tentativa de Blake el 28 para salvar su ejército.]
Por último fijose la noche del 28 al 29 para efectuar la salida.
Encargose antes a Don Carlos O’Donnell el cuidado de la plaza, asistido
de pocas tropas, con orden de capitular a su debido tiempo, consultando
los intereses del vecindario. El resto del ejército, bajo Don Joaquín
Blake, debía dirigirse por la puerta de San José y puente inmediato,
y salvarse penetrando por las líneas enemigas vía de Burjasot, punto
menos guarnecido de franceses y terreno ya a las cuatro leguas
quebrado. Era el orden de la marcha el siguiente. A la cabeza la
división de Don José de Lardizábal, formando en ella vanguardia con un
corto trozo el coronel Michelena; luego Don Joaquín Blake, la gente de
Zayas, bagajes y varias familias; detrás Don José Miranda y su tropa.
[Marginal: Briosa conducta del coronel Michelena.]
Abrió, pues, Michelena la marcha, y pasó entre Tendetes y Campanar;
imitole Lardizábal, no encontrando al principio ningún estorbo. El
enemigo se mantenía tranquilo, si bien algo cuidadoso por haber los
nuestros explorado en la tarde aquel sitio. Yendo adelante, cruzaron
ambos jefes una acequia que había primero, y llegaron a la de Mestalla,
en donde les escasearon tablones que facilitasen el paso. Diligente
Michelena, no por eso se arredró, y descubriendo un molino o casa con
comunicación que daba a entrambas orillas, trató de atravesar por allí.
Tenían los enemigos apostado cerca un piquete, y preguntando: «¿quién
vive?», respondieron los españoles en lengua francesa: «húsares del
4.º regimiento»; y prosiguieron su camino con brío. Por desgracia,
solo Michelena y su corta vanguardia tuvieron tan laudable y valerosa
resolución. Lardizábal titubeó y, parándose, detuvo el movimiento
de lo restante del ejército. Hallábase todavía Blake en el puente
inmediato a la puerta de San José y no tomó partido alguno, aunque
vio el entorpecimiento que experimentaban sus columnas. Impaciente
Zayas, propúsole continuar y dirigirse, tomando río arriba, al pueblo
de Campanar distante menos de media legua. Nada determinó el general en
jefe.
Entre tanto Michelena, caminando sin interrupción, tropezó cerca de
Beniferri con una patrulla enemiga, y para que esta no diese aviso a
los suyos, se la llevó consigo prisionera. Al atravesar los nuestros
la mencionada población, acaeció que algunos soldados de la artillería
italiana que estaban en las calles, notando lo silencioso y apresurado
del caminar de aquella tropa, tuvieron sospecha de que eran españoles,
y encerrándose dentro de las casas, empezaron a hacer fuego desde las
ventanas, poniendo así en arma el campo francés. No impidió eso a
Michelena proseguir su ruta, con la dicha de llegar salvo por la mañana
a Liria.
Mas Blake, fijo en el puente e irresoluto, sin escuchar en su atamiento
consejo alguno, después de permanecer inmoble por un rato, temiendo al
fin un ataque del enemigo por las demás partes, ordenó la retirada a
la ciudad, y que cada uno volviese a ocupar su anterior y respectivo
puesto: término infeliz del intentado movimiento. Erró Blake en haberle
emprendido por solo un paraje, exponiendo así todo el ejército a una
misma y precaria suerte. Merece también poca disculpa no haberse
provisto de las herramientas y útiles necesarios para el paso de
las acequias, y no haber en el aprieto tomado una atrevida y pronta
determinación. Tampoco Lardizábal correspondió aquella noche a su fama
de hombre intrépido y arrestado. Al revés el coronel Michelena, que se
portó con inteligencia y esforzadamente.
Malograda la salida, redoblaron los franceses su cuidado, y crecieron
más y más los obstáculos para los españoles. Con todo, pensaba Blake
en repetir la tentativa dos o tres días después, como si fuera ya
entonces fácil burlar la vigilancia de los enemigos y romper por medio
de sus líneas. [Marginal: Desasosiego en Valencia, y reflexiones.]
Detuviéronle, según dijo, señales tumultuarias del pueblo de Valencia,
que aquel general calificó de inconsideradas, y no así nosotros.
Porque si bien somos opuestos a tal linaje de intervención en los
asuntos públicos, graduándole de medio solo oportuno de favorecer las
maquinaciones de los malévolos, nos parece que en el caso actual la
paciencia de aquella ciudad había excedido los límites del sufrimiento
más resignado. Durante dos meses dejaron sus habitadores a Don Joaquín
Blake en entera libertad de obrar. Facilitáronle cuanto deseaba, no
le ofrecieron resistencia alguna, ni siquiera levantaron un quejido.
Y ¿qué resultó? Ya lo hemos visto. Y ¿será dado callar a los vecinos
cuando se trata de la vida, de la hacienda, y de que no se despeñe en
su perdición la ciudad en que nacieron? No, mayor silencio tachárase de
servidumbre humilde.
[Marginal: Convocación de una junta.]
Pero lo que aún es más, el mismo Don Joaquín Blake fue quien dio
impulso a los primeros mormullos del paisanaje. Empezaron estos el
29. Antes, el 28, había aquel general comunicado al ayuntamiento y
a la comisión de partido su resolución de salir por la noche con el
ejército, y prevenídoles al mismo tiempo haber dispuesto que el
gobernador Don Carlos O’Donnell convocase una junta extraordinaria
compuesta de las principales clases y autoridades, la cual atendería
en circunstancias tan críticas a todo cuanto juzgase útil respecto de
los intereses del vecindario. Los preparativos para este llamamiento y
las reuniones que provocó despertaron la atención de los ciudadanos,
y descubrieron el disgusto común, que se aumentó con la tentativa de
evasión del mismo día 28 y su mal éxito. Congregose la nueva junta en
la noche del 30 al 31, no advirtiéndose sin embargo hasta entonces
otra cosa que fermentación y suma desconfianza. [Marginal: Reuniones
tumultuarias.] Mas luego de instalada aquella corporación, se encrespó
la furia popular, y menester fue nombrar comisionados que pasasen
a examinar el estado de la línea. Entre ellos había individuos de
diversas clases y algunos frailes.
Prendiéronlos a todos al salir por la puerta de Cuarte, y los enviaron
a Blake que se hallaba en el arrabal de Ruzafa. Era la una de la
madrugada, y desazonole mucho al general en jefe el aparecimiento de
los tales comisionados, por lo que no solo no consintió en que fuesen
a visitar la línea, sino que guardando en rehenes a algunos de ellos,
despachó a los otros con escolta a Zayas para que este les hiciese
desfogar los ímpetus del patriotismo en las baterías. [Marginal:
Las contiene Blake y disuelve la junta.] Igualmente ordenó a la
junta disolverse, no permitiendo hubiese más autoridad popular que
la comisión de partido aumentada con cuatro o cinco individuos para
facilitar el despacho de los negocios. De este modo quebró su enojo
Blake, deshaciendo lo mismo que antes había decidido, y mostrándose
severo y resuelto en ocasiones en que quizá no era muy necesario.
Obedecieron todos las determinaciones del general, y se notó a las
claras cuán dueño era de llevar a cabo cualquiera plan sin que
pudiesen los vecinos ponerle impedimento alguno, manteniéndose siempre
el ejército obediente y subordinado. No obstante, ya hemos visto
como alegó Blake, para no intentar nueva salida, el desasosiego del
pueblo, añadiendo después que no quería con su ausencia dar ocasión a
desórdenes y contratiempos. Razón singular, si no le asistía otra, para
comprometer la suerte de un ejército entero.
[Marginal: Adelanta Suchet los trabajos de sitios.]
Aprovechaban semejantes disturbios y desaciertos al mariscal Suchet,
quien, estrechando el sitio, reforzó más la orilla izquierda del
Guadalaviar, construyó reductos, fortificó conventos y rodeó a Valencia
de manera que se inutilizasen cuantas tentativas por escaparse hiciesen
los nuestros. Comenzó también el ataque contra la ciudad, dirigiendo el
principal por la derecha del río y arrabal de San Vicente, y otro por
Monteolivete. En ambos frentes abrieron los ingenieros enemigos en la
noche del 1.º al 2 de enero las primeras paralelas a 60 y 80 toesas de
distancia. Experimentaron alguna pérdida, contando entre los muertos al
coronel Henri, oficial inteligente y bizarro. Sus artilleros plantaron
en breve siete baterías y empezaron a batir nuestras obras.
[Marginal: Se retira Blake al recinto interior de la ciudad.]
Viendo entonces Don Joaquín Blake la dificultad de sostener la línea
exterior desde Monteolivete hasta Santa Catalina, metiose dentro de
la ciudad con todo el ejército en la noche del 4 al 5: solo dejó fuera
las tropas que guarnecían el arrabal del Remedio y las cabezas de
puente. También conservó un camino cubierto tirado desde la puerta del
Mar hasta el baluarte de Ruzafa. Retiró la artillería de batalla y la
gruesa de bronce; mandó clavar la que había de hierro.
[Marginal: Empieza el 5 de enero el bombardeo.]
No advirtieron los enemigos la retirada de Blake hasta por la mañana.
Creyeron al principio que era un ardid, mas cerciorados luego de que
no, ocuparon el recinto abandonado, y empezaron el 5 el bombardeo entre
una y dos de la tarde desde tres reductos levantados a la izquierda
del río. Mil bombas y granadas cayeron en el espacio de 24 horas.
Considérese el estrago, [Marginal: Pocas precauciones tomadas.] mayor
cuanto no se había tomado medida alguna para disminuirle, ni blindajes,
ni almacenes a prueba de bomba; la pólvora esparcida y al desabrigo; el
ejército allí amontonado, y la población aumentada con la mucha gente
que de la huerta había acudido; las calles, además, angostas, altas
las casas y endebles, pocos los sótanos. No cesó después el bombardeo:
[Marginal: Destrozos.] en los días 7 y 8 fueron los destrozos muy
grandes. Depósito aquella ciudad de muchas preciosidades y rica sobre
todo en letras y bellas artes, pereció la biblioteca arzobispal y la
de la universidad, y con esta manuscritos de gran estima recogidos por
el docto Don Francisco Pérez Bayer, su principal fundador. Así, en un
instante, arrasa la guerra y convierte en polvo lo que ha producido en
siglos el ingenio, el talento, o la asidua laboriosidad.
Consoláranse a lo menos hasta cierto punto de tamaña ruina el
político, el guerrero y aun el literato, con tal que en cambio se
hubiesen podido sacar de la defensa ejemplos vivos que instruyesen a
la mocedad y realzasen las glorias de la nación. [Marginal: Tibieza de
Blake para animar a los habitantes.] Mas Blake, si había andado perdido
en las operaciones meramente militares, no era de esperar se mostrase
más bien encaminado en las luchas populares, en las de calles y casas,
a semejanza de la inmortal Zaragoza. Iba con su anterior carrera la
primera clase de peleas, oponíase la segunda. Para esta, además,
necesítase fuego y ardiente inspiración, que solo da naturaleza y no
suplen el saber adquirido ni el mas acendrado honor.
En nada había Don Joaquín Blake levantado el ánimo de los habitantes,
habíale más bien amortiguado. En nada tampoco había dado indicio de
querer defender lo interior de la ciudad, pues no solo, según poco
ha hemos visto, escaseaban abrigos contra la caída y explosión de
los proyectiles, sino que tampoco se habían cortado las calles ni
atronerado las casas, ni adoptado ninguno de los muchos medios que el
arte y la práctica enseñan en tales casos.
[Marginal: Desecha Blake la propuesta de rendirse.]
No obstante Don Joaquín Blake desechó el 6 la propuesta que de rendirse
le hizo el mariscal Suchet. Entre tanto, el estrago y lástimas crecían,
y se presentaron al general en jefe dos diputaciones, una de la
comisión de partido, y otra a nombre del pueblo, para que capitulase.
[Marginal: División en el modo de sentir de los habitantes.] Respetó
Blake a estos emisarios. No así a otros que de tropel acudieron a su
casa, pidiendo que continuase la defensa. De ellos retuvo el general
presos a algunos que subieron a su habitación, y capitaneaban la
multitud. El disenso por tanto era grande: tuvo Blake que llamar tropa
para apaciguar a los alborotados y dispersarlos. Con esto acabó toda
oposición y pudo el general disponer a su arbitrio de la suerte de
Valencia.
[Marginal: Estado crítico de la plazas.]
Era cada vez más crítica la situación de la plaza. Los enemigos,
al favor de las cercas y las casas, construían sus baterías muy
inmediatas. Habíanse establecido en los arrabales de Ruzafa, San
Vicente y Cuarte; la toma de este y la del convento de Santa Úrsula
costoles sangre. En ciertos parajes distaban los sitiadores de 15 a 20
varas del muro, cuyo espesor era de solos 10 pies, con endeble parapeto
y almenas, el foso angosto, la artillería colocada sobre tablados
sostenidos por fuertes pies derechos. Sin embargo, Zayas prosiguió
defendiendo con vigor la puerta de San Vicente, siendo aquel general el
único que hacia aquella entrada preparó para la resistencia interior
las calles vecinas. Inutilizó también una mina de los enemigos, quienes
entonces dirigieron sus trabajos contra una convexidad más desamparada
que forma la muralla entre la puerta de Cuarte y la mencionada de San
Vicente.
Cinco baterías nuevas habían los sitiadores construido y armado sin
que los nuestros pudiesen contraponer cosa de importancia a tantos
fuegos. Amenazaban ya estos abrir brecha, cuando en la tarde del 8
envió Blake al campo enemigo oficiales que prometiesen de su parte
capitular, bajo la condición de que se le dejaría evacuar la ciudad con
todo su ejército, armas y bagajes, y retirarse a Alicante y Cartagena.
Desechó Suchet la propuesta, y en su lugar fijó los artículos de
una capitulación pura y sencilla, con el aditamento de canjear 2000
hombres por otros tantos de los prisioneros que hubiese en la isla de
la Cabrera, u otras partes. [Marginal: Disienten los jefes acerca de
tratar con el enemigo.] Reunió entonces Blake un consejo de guerra a
que asistieron 12 jefes. Los pareceres fueron discordes, queriendo unos
aceptar las proposiciones de Suchet, y otros no. En realidad era ya
infructuosa toda resistencia, fuese militar, fuese de pueblo; la una no
la consentía la naturaleza de la plaza, no estaba preparada la otra.
[Marginal: Capitula Blake el 9.]