Acabaron aquellas de engrosarse después de promediar diciembre.

Napoleón, que deseaba dar un golpe y ganar terreno en España para

imponer respeto en el norte de Europa, ya conmovido, determinó

que no solo la división de Severoli, sino también la de Reille

acudiesen a Valencia y se pusiesen bajo el mando de Suchet, la última

momentáneamente, debiendo en el intermedio ser reemplazada en Navarra

y frontera de Aragón con tropas de la división de Caffarelli, si bien

este harto afanado en Vizcaya. Severoli y Reille trajeron consigo

cerca de 14.000 hombres. Llegaron a Segorbe el 24 de diciembre, y en

la noche del 25 empezaron a incorporarse al ejército de Suchet, quien

juntó entonces unos 34.000 combatientes; 2644 de caballería: excelentes

tropas, muy aguerridas.

No se limitó Napoleón al envío de las citadas divisiones; insistió

también en que D’Armagnac, del ejército del centro, continuase en

amagar por Cuenca, y mandó además que Marmont destacase del de Portugal

una fuerte columna que, atravesando la Mancha, cayese a Murcia.

[Marginal: Pasa Suchet el Guadalaviar el 26 de diciembre.]

Tan reforzado ya el mariscal Suchet y sostenido, decidió poner

en práctica su primer plan de atacar la posición española por la

izquierda. Verificolo en efecto el 26 de diciembre, pasando por

Ribarroja el Guadalaviar. Había preferido este punto con la mira

de cruzar el río agua arriba de Manises, de no enmarañarse por

el laberinto de las acequias, y de evitar cualquiera inundación

apoderándose de las compuertas.

Durante la noche los enemigos echaron tres puentes: protegieron a los

trabajadores 200 húsares que, llevando en las ancas a unos cuantos

soldados de tropas ligeras, vadearon el río y ahuyentaron los puestos

españoles. Por la mañana, el primero que atacó en lo más extremo de

nuestra izquierda fue el general Harispe. Precedíale caballería que

tropezó con la de Don Martín de la Carrera hacia Aldaya, entre la

acequia de Manises y el barranco de Torrente, en medio de garroferos y

olivos. Nuestros jinetes rechazaron a los contrarios, y el soldado del

regimiento de Fernando VII Antonio Frondoso, hombre esforzado, hirió

y dejó en el campo por muerto al general Boussart, en cuyo derredor

perecieron defendiéndole un ayudante suyo y varios húsares. Mas

rehechos los enemigos, arremetieron de nuevo con superiores fuerzas y

recobraron a Boussart. Viose entonces obligado Don Martín de la Carrera

a retirarse, tomando la dirección de Alcira. Casi al mismo tiempo

embistió el general Musnier a Manises y San Onofre, de donde se alejó

Don Nicolás Mahy, después de corta defensa, en busca también del Júcar

por Chirivella.

Advertido Blake del ataque, salió de Valencia, y a las diez de la

mañana, estando a medio camino de Mislata, recibió noticia de Mahy,

pintándole su apuro y pidiendo instrucciones. La línea en aquella sazón

estaba ya por todas partes acometida o amenazada. Zayas en Mislata

andaba a las manos con la división de Palombini. Acudió por orden de

Mahy a socorrerle desde Cuarte Creagh con alguna gente; mas Zayas no

necesitando de aquel auxilio, mayormente por esperar de Valencia dos

batallones, le despidió, y guardó solo dos obuses, defendiendo con brío

su posición. Nuestro fuego aquí fue tan vivo y acertado que desordenó

la brigada enemiga de Saint Paul y la arrojó contra el Guadalaviar. En

vano Palombini quiso rehacerla, amenazando igual suerte a la otra suya

de Balathier. Asegurada, pues, parecía de este lado la victoria, si no

la inutilizaran el descuido y flojedad de que se adoleció en las otras

partes.

Porque adelantando Harispe sobre Catarroja, y posesionado Musnier de

Manises y San Onofre, vinieron algunos cuerpos enemigos sobre Cuarte,

y venciendo los primeros atrincheramientos, obligaron a las tropas

que guarnecían el pueblo a evacuarle. Volvía Creagh entonces de su

excursión a Mislata, y a pesar de sus esfuerzos y de los de Don José

Pérez al frente del batallón de la Corona, no se pudo contener el

progreso de los franceses, teniendo al cabo los nuestros que retirarse.

Se distinguieron aquí el cuerpo que acabamos de citar, el de tiradores

de Cádiz, de Burgos, Princesa y Alcázar de San Juan con sus respectivos

jefes. Los enemigos cada vez más impetuosamente cargaban, pues llegando

a la sazón el general Reille, marchó en la dirección de Chirivella

y favoreció las operaciones de Harispe y de Musnier. Inútilmente

quisieron los españoles hacer rostro en dicho pueblo, y defender la

posición cubierta con unas flechas. Los enemigos los arrollaron y con

eso salió de ahogo Palombini, viéndose Zayas obligado a desamparar su

estancia.

Anhelaba Suchet envolver todo el ejército español, y acorralarle

en Valencia, por lo que puso todo su conato en que la división de

Harispe llegara pronto a Catarroja. Entonces, yendo ya los nuestros de

retirada, corrió el mariscal francés a Chirivella con riesgo de ser

cogido prisionero. Habíase allí apeado y subido al campanario. Solo

le acompañaban sus ayudantes con pequeña escolta. Y cuando, atento,

atalayaba aquel una y otra orilla del Turia, acercose al pueblo un

batallón español, dando indicio de querer penetrar por las calles.

Al instante, los pocos franceses que había se pusieron en ademán de

defender a su jefe, y aparentando ser muchos engañaron a los nuestros,

que pronto se alejaron.

Por su parte Don Joaquín Blake anduvo lento y escaso en tomar medidas.

Los batallones que de Valencia debían reforzar a Zayas llegaron tarde,

y tampoco hubo providencia notable que enmendase en algo el precipitado

repliegue de Mahy, o que contribuyese a prolongarla resistencia en

Chirivella.

[Marginal: Mahy con parte de las tropas se retira al Júcar.]

Los generales españoles, al retirarse, tomaron cada uno el rumbo

que les permitió su respectiva situación. Dicha fue que Suchet no

lograse estrecharlos a todos en Valencia. Don Nicolás Mahy con Creagh,

Carrera, Villacampa y Obispo se separaron del grueso del ejército, y

se encaminaron a las riberas de Júcar. [Marginal: Blake con las otras

a Valencia.] Blake con Zayas, Lardizábal y Miranda encerrose en los

atrincheramientos exteriores de la ciudad, que se dilataban desde

enfrente de Santa Catalina hasta Monteolivete.

[Marginal: Acordonan los franceses la ciudad.]

En este punto Habert, encargado de pasar por allí el río cerca del

desaguadero, lo había conseguido dificultosamente, costándole afán y

horas alejar por medio de sus baterías en el Grao los barcos cañoneros

españoles y los buques de guerra aliados. Solo a las doce del día

cruzó el Guadalaviar por un puente que echó casi a la boca. Apoderose

después del Lazareto y arrolló con facilidad al paisanaje. Miranda,

situado en Monteolivete, apenas tomó parte en la pelea. Pisado que hubo

el general Habert la orilla derecha, anduvo solícito en extenderse y

darse la mano con las otras tropas de su nación que habían forzado la

izquierda de los españoles. Ponían en ello los franceses grande ahínco,

queriendo que no se les escapase el general Blake, ya que Mahy lo había

conseguido. Por la noche completaron el acordonamiento de Valencia, y

cortaron la comunicación con el camino real de Madrid y el que corre

por el istmo entre la Albufera y el mar, desconocido antes al enemigo.

Perecieron en aquel día de cada parte 500 a 600 hombres. Además

cogieron los franceses algunos prisioneros y cañones. Recibieron los

enemigos el principal daño en su acometida contra Zayas y Creagh, en

donde perdieron 40 oficiales.

[Marginal: Reflexiones.]

Esta jornada provocó severa crítica contra la conducta de Don Joaquín

Blake: defendiéronle sus apasionados, imputando la culpa de la

desgracia a Don Nicolás Mahy. Ambos generales tuvieron en ella parte;

pero mayor fue la del primero. Faltó el último en no haber sostenido

con más empeño su posición, y en haber algún tanto desguarnecido a

Cuarte, queriendo, sin necesidad, auxiliar a Zayas. Pecó, y mucho,

Don Joaquín Blake en no poner mejores tropas en su izquierda, punto

el más flaco, y sobre todo en no haber construido allí obras cerradas

que no pudieran ser embestidas de revés por el enemigo, para lo cual

tuvo sobrado tiempo en los dos meses que el ejército casi permaneció

inactivo. Consistió este descuido en no pensar Blake sino en el frente,

imaginándose que los franceses le atacarían solo de aquel lado. Error

grave, y apenas creíble, si no se mostrara a las claras por el género

de obras que construyó, abiertas todas.

También vituperaron en Mahy sus censores que se hubiese retirado

hacia el Júcar, y no recogídose en Valencia. Difícil era conseguir lo

postrero interpuesto el enemigo entre Mislata y Cuarte, y derramado

hasta Catarroja. Mas aunque así no fuese, ¿qué suerte hubiera cabido a

aquellas tropas metidas una vez en la ciudad? La misma que cupo a las

de Blake, en verdad harto lastimosa.

Este general, tan poco diligente y atinado el 26, mostrose después

[menester se hace el confesarlo] aún más desatentado y flojo.

Acordonada la ciudad, no le quedaba ya más arbitrio para salir con

honra y airoso sino salvar a todo trance su ejército, o convertir a

Valencia en otra Zaragoza. Veamos si empleó convenientes medios para

alcanzar uno u otro de ambos extremos.

Hubiérale sido todavía el 26 muy asequible libertar a su ejército y

sacarle de Valencia. Primero a la hora de mediodía, antes que Habert

comunicase con Harispe, dirigiéndose al istmo entre la Albufera y el

mar: después por la noche, no preparado bastantemente el enemigo para

detener una súbita irrupción y salida de nuestras tropas. Así opinaron

los generales que juntó Blake, quien no obstante decidió lo contrario,

fundado en que, siendo preciso distribuir de antemano víveres, hacíase

imposible verificarlo en tan breve espacio. Dejose pues la partida

para el día siguiente. Renovó entonces Blake al anochecer el consejo

de guerra, cuyos individuos insistieron en el dictamen dado la víspera

de poner al ejército cuanto antes en salvo. Mas ocurriole al general

en jefe otra dificultad. La artillería de batalla permanecía en los

atrincheramientos, y removerla a deshora, como era indispensable para

ejecutar de noche la salida, parecíale imprudente y motivo de espanto

al pueblo. Así difiriose la operación por segunda vez. En vista de

lo cual, ¿a quién no admirará tal negligencia después de dos meses

que hubo para precaver todos los casos? ¿A quién no tanta lentitud e

incertidumbre delante de un enemigo tan activo como el francés?

[Marginal: Vana tentativa de Blake el 28 para salvar su ejército.]

Por último fijose la noche del 28 al 29 para efectuar la salida.

Encargose antes a Don Carlos O’Donnell el cuidado de la plaza, asistido

de pocas tropas, con orden de capitular a su debido tiempo, consultando

los intereses del vecindario. El resto del ejército, bajo Don Joaquín

Blake, debía dirigirse por la puerta de San José y puente inmediato,

y salvarse penetrando por las líneas enemigas vía de Burjasot, punto

menos guarnecido de franceses y terreno ya a las cuatro leguas

quebrado. Era el orden de la marcha el siguiente. A la cabeza la

división de Don José de Lardizábal, formando en ella vanguardia con un

corto trozo el coronel Michelena; luego Don Joaquín Blake, la gente de

Zayas, bagajes y varias familias; detrás Don José Miranda y su tropa.

[Marginal: Briosa conducta del coronel Michelena.]

Abrió, pues, Michelena la marcha, y pasó entre Tendetes y Campanar;

imitole Lardizábal, no encontrando al principio ningún estorbo. El

enemigo se mantenía tranquilo, si bien algo cuidadoso por haber los

nuestros explorado en la tarde aquel sitio. Yendo adelante, cruzaron

ambos jefes una acequia que había primero, y llegaron a la de Mestalla,

en donde les escasearon tablones que facilitasen el paso. Diligente

Michelena, no por eso se arredró, y descubriendo un molino o casa con

comunicación que daba a entrambas orillas, trató de atravesar por allí.

Tenían los enemigos apostado cerca un piquete, y preguntando: «¿quién

vive?», respondieron los españoles en lengua francesa: «húsares del

4.º regimiento»; y prosiguieron su camino con brío. Por desgracia,

solo Michelena y su corta vanguardia tuvieron tan laudable y valerosa

resolución. Lardizábal titubeó y, parándose, detuvo el movimiento

de lo restante del ejército. Hallábase todavía Blake en el puente

inmediato a la puerta de San José y no tomó partido alguno, aunque

vio el entorpecimiento que experimentaban sus columnas. Impaciente

Zayas, propúsole continuar y dirigirse, tomando río arriba, al pueblo

de Campanar distante menos de media legua. Nada determinó el general en

jefe.

Entre tanto Michelena, caminando sin interrupción, tropezó cerca de

Beniferri con una patrulla enemiga, y para que esta no diese aviso a

los suyos, se la llevó consigo prisionera. Al atravesar los nuestros

la mencionada población, acaeció que algunos soldados de la artillería

italiana que estaban en las calles, notando lo silencioso y apresurado

del caminar de aquella tropa, tuvieron sospecha de que eran españoles,

y encerrándose dentro de las casas, empezaron a hacer fuego desde las

ventanas, poniendo así en arma el campo francés. No impidió eso a

Michelena proseguir su ruta, con la dicha de llegar salvo por la mañana

a Liria.

Mas Blake, fijo en el puente e irresoluto, sin escuchar en su atamiento

consejo alguno, después de permanecer inmoble por un rato, temiendo al

fin un ataque del enemigo por las demás partes, ordenó la retirada a

la ciudad, y que cada uno volviese a ocupar su anterior y respectivo

puesto: término infeliz del intentado movimiento. Erró Blake en haberle

emprendido por solo un paraje, exponiendo así todo el ejército a una

misma y precaria suerte. Merece también poca disculpa no haberse

provisto de las herramientas y útiles necesarios para el paso de

las acequias, y no haber en el aprieto tomado una atrevida y pronta

determinación. Tampoco Lardizábal correspondió aquella noche a su fama

de hombre intrépido y arrestado. Al revés el coronel Michelena, que se

portó con inteligencia y esforzadamente.

Malograda la salida, redoblaron los franceses su cuidado, y crecieron

más y más los obstáculos para los españoles. Con todo, pensaba Blake

en repetir la tentativa dos o tres días después, como si fuera ya

entonces fácil burlar la vigilancia de los enemigos y romper por medio

de sus líneas. [Marginal: Desasosiego en Valencia, y reflexiones.]

Detuviéronle, según dijo, señales tumultuarias del pueblo de Valencia,

que aquel general calificó de inconsideradas, y no así nosotros.

Porque si bien somos opuestos a tal linaje de intervención en los

asuntos públicos, graduándole de medio solo oportuno de favorecer las

maquinaciones de los malévolos, nos parece que en el caso actual la

paciencia de aquella ciudad había excedido los límites del sufrimiento

más resignado. Durante dos meses dejaron sus habitadores a Don Joaquín

Blake en entera libertad de obrar. Facilitáronle cuanto deseaba, no

le ofrecieron resistencia alguna, ni siquiera levantaron un quejido.

Y ¿qué resultó? Ya lo hemos visto. Y ¿será dado callar a los vecinos

cuando se trata de la vida, de la hacienda, y de que no se despeñe en

su perdición la ciudad en que nacieron? No, mayor silencio tachárase de

servidumbre humilde.

[Marginal: Convocación de una junta.]

Pero lo que aún es más, el mismo Don Joaquín Blake fue quien dio

impulso a los primeros mormullos del paisanaje. Empezaron estos el

29. Antes, el 28, había aquel general comunicado al ayuntamiento y

a la comisión de partido su resolución de salir por la noche con el

ejército, y prevenídoles al mismo tiempo haber dispuesto que el

gobernador Don Carlos O’Donnell convocase una junta extraordinaria

compuesta de las principales clases y autoridades, la cual atendería

en circunstancias tan críticas a todo cuanto juzgase útil respecto de

los intereses del vecindario. Los preparativos para este llamamiento y

las reuniones que provocó despertaron la atención de los ciudadanos,

y descubrieron el disgusto común, que se aumentó con la tentativa de

evasión del mismo día 28 y su mal éxito. Congregose la nueva junta en

la noche del 30 al 31, no advirtiéndose sin embargo hasta entonces

otra cosa que fermentación y suma desconfianza. [Marginal: Reuniones

tumultuarias.] Mas luego de instalada aquella corporación, se encrespó

la furia popular, y menester fue nombrar comisionados que pasasen

a examinar el estado de la línea. Entre ellos había individuos de

diversas clases y algunos frailes.

Prendiéronlos a todos al salir por la puerta de Cuarte, y los enviaron

a Blake que se hallaba en el arrabal de Ruzafa. Era la una de la

madrugada, y desazonole mucho al general en jefe el aparecimiento de

los tales comisionados, por lo que no solo no consintió en que fuesen

a visitar la línea, sino que guardando en rehenes a algunos de ellos,

despachó a los otros con escolta a Zayas para que este les hiciese

desfogar los ímpetus del patriotismo en las baterías. [Marginal:

Las contiene Blake y disuelve la junta.] Igualmente ordenó a la

junta disolverse, no permitiendo hubiese más autoridad popular que

la comisión de partido aumentada con cuatro o cinco individuos para

facilitar el despacho de los negocios. De este modo quebró su enojo

Blake, deshaciendo lo mismo que antes había decidido, y mostrándose

severo y resuelto en ocasiones en que quizá no era muy necesario.

Obedecieron todos las determinaciones del general, y se notó a las

claras cuán dueño era de llevar a cabo cualquiera plan sin que

pudiesen los vecinos ponerle impedimento alguno, manteniéndose siempre

el ejército obediente y subordinado. No obstante, ya hemos visto

como alegó Blake, para no intentar nueva salida, el desasosiego del

pueblo, añadiendo después que no quería con su ausencia dar ocasión a

desórdenes y contratiempos. Razón singular, si no le asistía otra, para

comprometer la suerte de un ejército entero.

[Marginal: Adelanta Suchet los trabajos de sitios.]

Aprovechaban semejantes disturbios y desaciertos al mariscal Suchet,

quien, estrechando el sitio, reforzó más la orilla izquierda del

Guadalaviar, construyó reductos, fortificó conventos y rodeó a Valencia

de manera que se inutilizasen cuantas tentativas por escaparse hiciesen

los nuestros. Comenzó también el ataque contra la ciudad, dirigiendo el

principal por la derecha del río y arrabal de San Vicente, y otro por

Monteolivete. En ambos frentes abrieron los ingenieros enemigos en la

noche del 1.º al 2 de enero las primeras paralelas a 60 y 80 toesas de

distancia. Experimentaron alguna pérdida, contando entre los muertos al

coronel Henri, oficial inteligente y bizarro. Sus artilleros plantaron

en breve siete baterías y empezaron a batir nuestras obras.

[Marginal: Se retira Blake al recinto interior de la ciudad.]

Viendo entonces Don Joaquín Blake la dificultad de sostener la línea

exterior desde Monteolivete hasta Santa Catalina, metiose dentro de

la ciudad con todo el ejército en la noche del 4 al 5: solo dejó fuera

las tropas que guarnecían el arrabal del Remedio y las cabezas de

puente. También conservó un camino cubierto tirado desde la puerta del

Mar hasta el baluarte de Ruzafa. Retiró la artillería de batalla y la

gruesa de bronce; mandó clavar la que había de hierro.

[Marginal: Empieza el 5 de enero el bombardeo.]

No advirtieron los enemigos la retirada de Blake hasta por la mañana.

Creyeron al principio que era un ardid, mas cerciorados luego de que

no, ocuparon el recinto abandonado, y empezaron el 5 el bombardeo entre

una y dos de la tarde desde tres reductos levantados a la izquierda

del río. Mil bombas y granadas cayeron en el espacio de 24 horas.

Considérese el estrago, [Marginal: Pocas precauciones tomadas.] mayor

cuanto no se había tomado medida alguna para disminuirle, ni blindajes,

ni almacenes a prueba de bomba; la pólvora esparcida y al desabrigo; el

ejército allí amontonado, y la población aumentada con la mucha gente

que de la huerta había acudido; las calles, además, angostas, altas

las casas y endebles, pocos los sótanos. No cesó después el bombardeo:

[Marginal: Destrozos.] en los días 7 y 8 fueron los destrozos muy

grandes. Depósito aquella ciudad de muchas preciosidades y rica sobre

todo en letras y bellas artes, pereció la biblioteca arzobispal y la

de la universidad, y con esta manuscritos de gran estima recogidos por

el docto Don Francisco Pérez Bayer, su principal fundador. Así, en un

instante, arrasa la guerra y convierte en polvo lo que ha producido en

siglos el ingenio, el talento, o la asidua laboriosidad.

Consoláranse a lo menos hasta cierto punto de tamaña ruina el

político, el guerrero y aun el literato, con tal que en cambio se

hubiesen podido sacar de la defensa ejemplos vivos que instruyesen a

la mocedad y realzasen las glorias de la nación. [Marginal: Tibieza de

Blake para animar a los habitantes.] Mas Blake, si había andado perdido

en las operaciones meramente militares, no era de esperar se mostrase

más bien encaminado en las luchas populares, en las de calles y casas,

a semejanza de la inmortal Zaragoza. Iba con su anterior carrera la

primera clase de peleas, oponíase la segunda. Para esta, además,

necesítase fuego y ardiente inspiración, que solo da naturaleza y no

suplen el saber adquirido ni el mas acendrado honor.

En nada había Don Joaquín Blake levantado el ánimo de los habitantes,

habíale más bien amortiguado. En nada tampoco había dado indicio de

querer defender lo interior de la ciudad, pues no solo, según poco

ha hemos visto, escaseaban abrigos contra la caída y explosión de

los proyectiles, sino que tampoco se habían cortado las calles ni

atronerado las casas, ni adoptado ninguno de los muchos medios que el

arte y la práctica enseñan en tales casos.

[Marginal: Desecha Blake la propuesta de rendirse.]

No obstante Don Joaquín Blake desechó el 6 la propuesta que de rendirse

le hizo el mariscal Suchet. Entre tanto, el estrago y lástimas crecían,

y se presentaron al general en jefe dos diputaciones, una de la

comisión de partido, y otra a nombre del pueblo, para que capitulase.

[Marginal: División en el modo de sentir de los habitantes.] Respetó

Blake a estos emisarios. No así a otros que de tropel acudieron a su

casa, pidiendo que continuase la defensa. De ellos retuvo el general

presos a algunos que subieron a su habitación, y capitaneaban la

multitud. El disenso por tanto era grande: tuvo Blake que llamar tropa

para apaciguar a los alborotados y dispersarlos. Con esto acabó toda

oposición y pudo el general disponer a su arbitrio de la suerte de

Valencia.

[Marginal: Estado crítico de la plazas.]

Era cada vez más crítica la situación de la plaza. Los enemigos,

al favor de las cercas y las casas, construían sus baterías muy

inmediatas. Habíanse establecido en los arrabales de Ruzafa, San

Vicente y Cuarte; la toma de este y la del convento de Santa Úrsula

costoles sangre. En ciertos parajes distaban los sitiadores de 15 a 20

varas del muro, cuyo espesor era de solos 10 pies, con endeble parapeto

y almenas, el foso angosto, la artillería colocada sobre tablados

sostenidos por fuertes pies derechos. Sin embargo, Zayas prosiguió

defendiendo con vigor la puerta de San Vicente, siendo aquel general el

único que hacia aquella entrada preparó para la resistencia interior

las calles vecinas. Inutilizó también una mina de los enemigos, quienes

entonces dirigieron sus trabajos contra una convexidad más desamparada

que forma la muralla entre la puerta de Cuarte y la mencionada de San

Vicente.

Cinco baterías nuevas habían los sitiadores construido y armado sin

que los nuestros pudiesen contraponer cosa de importancia a tantos

fuegos. Amenazaban ya estos abrir brecha, cuando en la tarde del 8

envió Blake al campo enemigo oficiales que prometiesen de su parte

capitular, bajo la condición de que se le dejaría evacuar la ciudad con

todo su ejército, armas y bagajes, y retirarse a Alicante y Cartagena.

Desechó Suchet la propuesta, y en su lugar fijó los artículos de

una capitulación pura y sencilla, con el aditamento de canjear 2000

hombres por otros tantos de los prisioneros que hubiese en la isla de

la Cabrera, u otras partes. [Marginal: Disienten los jefes acerca de

tratar con el enemigo.] Reunió entonces Blake un consejo de guerra a

que asistieron 12 jefes. Los pareceres fueron discordes, queriendo unos

aceptar las proposiciones de Suchet, y otros no. En realidad era ya

infructuosa toda resistencia, fuese militar, fuese de pueblo; la una no

la consentía la naturaleza de la plaza, no estaba preparada la otra.

[Marginal: Capitula Blake el 9.]

Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (4 de 5) · 第 19 / 26 段