Una columna escogida, al mando del coronel Matis, debía acometer la

primera. Notaron los españoles desde temprano los preparativos del

enemigo, y apercibiéronse para rechazarle. Hombres esforzados coronaban

la brecha, y con voces y alaridos desafiaban a los contrarios sin que

los atemorizase el fuego terrible y vivo del cañón francés.

Comenzose la embestida, y los más ágiles de los sitiadores llegaron

hasta dos tercios de la subida, cuya aspereza y angostura les impidió

ir más arriba, destrozados por el fuego a quemarropa de los nuestros,

por las granadas y las piedras. Cuantas veces repitió el enemigo la

tentativa, otras tantas cayeron sus soldados del derrumbadero abajo.

Entroles desmayo, y a lo último, como anonadados, desistieron de la

empresa con pérdida de 500 hombres, de ellos muchos oficiales y jefes.

Por medio de señales entendíase la guarnición del fuerte con la ciudad

de Valencia, y Blake ofreció al gobernador y a la tropa merecidas

recompensas.

Embarazábale mucho a Suchet el malogro de su empresa y, aunque procuró

adelantar los trabajos y aumentar las baterías, temía fuese infructuoso

su afán, atendiendo a lo escabroso y dominante del peñón de Sagunto.

Confiaba solo en que Blake, deseoso de socorrer la plaza viniese, con

él a las manos, y entonces parecíale seguro el triunfo.

[Marginal: Prepárase Blake a socorrer a Sagunto.]

Así sucedió. Aquel general tan afecto desgraciadamente a batallar, e

instado por el gobernador Andriani, trató de ir en ayuda del fuerte.

Convidábale también a ello tener ya reunidas todas sus fuerzas que

juntas ascendían a 25.300 hombres, de los que 2550 de caballería,

poco más o menos. Llegaron a lo último las que pertenecían al tercer

ejército, bajo las órdenes de Don Nicolás Mahy. Pendió la tardanza de

haberse antes dirigido sobre Cuenca para alejar de allí al general

D’Armagnac, que amagaba por aquella parte el reino de Valencia.

Consiguió Mahy su objeto sin oposición, y caminó después a engrosar las

filas alojadas en el Guadalaviar.

Pronto a moverse Don Joaquín Blake, encargó la custodia de la ciudad

de Valencia a la milicia honrada, y dio a su ejército una proclama

sencilla concebida en términos acomodados al caso. Abrió la marcha en

la tarde del 24, y colocó su gente en la misma noche no lejos de los

enemigos. La derecha, compuesta de 3000 infantes y algunos caballos a

las órdenes de Don José Zayas, y de una reserva de 2000 hombres a las

del brigadier Velasco, en las alturas del Puig. Allí se apostó también

el general en jefe con todo su estado mayor. Constaba el centro,

situado en la Cartuja de Ara Christi, de 3000 infantes que regía Don

José Lardizábal, y de 1000 caballos, que eran los expedicionarios del

cargo de Loy y algunos de Valencia, todos bajo la dirección de Don

Juan Caro; había además aquí una reserva de 2000 hombres que mandaba

el coronel Liori. Extendíase la izquierda hacia el camino real llamado

de la Calderona. Cubría esta parte Don Carlos O’Donnell, teniendo a

sus órdenes la división de Don Pedro Villacampa, de 2500 hombres, y

la de Don José Miranda, de 4000 con 600 caballos que guiaba Don José

San Juan. El general Obispo, bajo la dependencia también de O’Donnell,

estaba con 2500 hombres en el punto más extremo, hacia Náquera.

Amenazaba embestir por la parte del desfiladero de Sancti Espíritus

todo nuestro costado izquierdo, debiendo servirle de reserva Don

Nicolás Mahy al frente de más 4000 infantes y 800 jinetes. Tenía orden

este general de colocarse en dos ribazos llamados los Germanells.

Cruzaban al propio tiempo por la costa unos cuantos cañoneros españoles

y un navío inglés.

Concurrieron aquella noche al cuartel general de Don Joaquín Blake

oficiales enviados por los respectivos jefes, y con presencia de un

diseño del terreno trazado antes por Don Ramón Pírez, jefe de estado

mayor, recibió cada cual sus instrucciones con la orden de la hora en

que se debía romper el ataque.

Hasta las once de la misma noche ignoró Suchet el movimiento de los

españoles, y entonces informole de ello un confidente suyo vecino del

Puig. No pudiendo el mariscal ya tan tarde retirarse sin levantar el

sitio de Sagunto con pérdida de la artillería, tomó el partido, aunque

más arriesgado, de aguardar a los españoles y admitir la batalla que

iban a presentarle. Resolvió a ese propósito situarse entre el mar y

las alturas de Vall de Jesús y Sancti Espíritus, por donde se angosta

el terreno. Puso en consecuencia a su izquierda del lado de la costa

la división del general Habert, a la derecha hacia las montañas la de

Harispe. En segunda línea a Palombini y una reserva de dos regimientos

de caballería a las órdenes del general Boussart. Por el extremo de

la misma derecha reforzada por Chlopicki, al general Robert con su

brigada y un cuerpo de caballería, teniendo expresa orden de defender a

todo trance el desfiladero de Sancti Espíritus que consideraba Suchet

como de la mayor importancia. Quedaron en Petrés y Gilet Compère y los

napolitanos, además de algunos batallones que permanecieron delante

de la fortaleza de Sagunto, contra la cual las baterías de brecha no

cesaron de hacer fuego. Contaba en línea Suchet cerca de 20.000 hombres.

[Marginal: Batalla de Sagunto.]

A las ocho de la mañana del 25, marchando adelante de su posición,

rompieron a un tiempo el ataque las columnas españolas, y rechazaron

las tropas ligeras del enemigo. Trabose la pelea por nuestra parte

con visos de buena ventura. Las acequias, garrofales y moreras, los

vallados y las cercas no consentían maniobrase el ejército en línea

contigua, ni tampoco que el general en jefe, situado como antes en

las alturas del Puig, pudiese descubrir los diversos movimientos.

Sin embargo, las columnas españolas, según confesión propia de los

enemigos, avanzaban en tal ordenanza, cual nunca ellos las habían visto

marchar en campo raso. La de Lardizábal se adelantaba repartida en dos

trozos, uno por el camino real hacia Hostalets, otro dirigiéndose a un

altozano, vía del convento de Vall de Jesús. Por Puzol, la de Zayas,

tratando de ceñir al enemigo del lado de la costa. También nuestra

izquierda comenzó, por su parte, un amago general bien concertado.

Acometiendo Lardizábal con intrepidez, el trozo suyo que iba hacia Vall

de Jesús apoderose, a las órdenes de Don Wenceslao Prieto, del altozano

inmediato, en donde se plantó luego artillería. Causó tan acertada

maniobra impresión favorable, y los cercados de Sagunto, creyendo

ya próximo el momento de su libertad, prorrumpieron en clamores y

demostraciones de alegría. Bien conoció Suchet la importancia de

aquel punto, y para tomarlo trató de hacer el mayor esfuerzo. Sus

generales, puestos a la cabeza de las columnas, arremetieron a subir

con su acostumbrado arrojo. Encontraron vivísima resistencia. Paris

fue herido; lo mismo varios oficiales superiores; muerto el caballo

de Harispe; arrollados una y varias veces los acometedores, que solo

cerrando de cerca a los nuestros con dobles fuerzas se enseñorearon al

cabo de la altura.

Mas los españoles, bajando al llano y unidos a otros de los suyos, se

mantuvieron firmes e impidieron que el enemigo penetrase y rompiese

el centro. Era instante aquel muy crítico para los contrarios, aunque

fuesen ya dueños del altozano; pues Zayas, maniobrando diestramente,

comenzaba a abrazar el siniestro costado de los franceses acercándose

a Murviedro, y por la izquierda Don Pedro Villacampa también adquiría

ventajas.

Urgíale a Suchet no desaprovechar el triunfo que había conseguido en

la altura, tanto más cuanto los españoles de Lardizábal, no solo se

conservaban tenaces en el llano, sino que, sostenidos por la caballería

de Don Juan Caro, contramarchaban ya a recuperar el punto perdido,

después de haber atropellado y destrozado a los húsares enemigos,

apoderándose también el coronel Ric de algunas piezas. En tal aprieto

movió el mariscal francés la división de Palombini que estaba en

segunda línea, y se adelantó en persona a exhortar a los coraceros

que iban a contener el ímpetu de la caballería española. Se empeñó

entonces una refriega brava, y Suchet fue herido de un balazo en un

hombro; mas siéndolo igualmente los generales españoles Don Juan Caro

y Don Casimiro Loy, que cayeron prisioneros, desmayaron los nuestros,

arrollolos el enemigo, y hasta recobró los cañones que poco antes le

habían cogido. Don Joaquín Blake envió, para reparar el mal, a Don

Antonio Burriel, jefe del estado mayor expedicionario, y al oficial del

mismo cuerpo Zarco del Valle. Nada lograron estos sujetos, que gozaban

en el ejército de distinguido concepto. Los dragones de Numancia los

arrastraron en la fuga.

También por la izquierda, la suerte, favorable al principio, volvía

ahora la espalda. Don Carlos O’Donnell, con objeto de reforzar a

Obispo, que tenía delante a Robert, dispuso que avanzara Don Pedro

Villacampa, quien, ganando terreno, obligó a los enemigos a ciar algún

tanto. Pero en ademán Chlopicki de amenazar al general español por el

costado, mandó O’Donnell a Don José Miranda que saliese al encuentro.

Tuvo este general el desacuerdo de marchar en una dirección casi

paralela a la del enemigo y con distancias cerradas, exponiéndose

a que resultara confusión en sus líneas si los franceses, como se

verificó, le acometían de flanco. Comenzó luego el desorden, y siguiose

mucha dispersión. No pudieron los esfuerzos de Villacampa y O’Donnell

reparar tamaño contratiempo. Unas y otras tropas vinieron sobre las

de Mahy, atacadas no solo ya por Chlopicki, sino también por parte

de la división de Harispe, que venía del centro. Hubiera quizá sido

completa la dispersión sin los regimientos de Molina, Ávila y Cuenca,

que se portaron con arrojo y serenidad. Por desgracia, se había Mahy

retardado en su marcha, y no llegó bastante a tiempo para apoyar la

primera arremetida, ni para contener el primer desorden. Los franceses

victoriosos cogieron muchos prisioneros, y obligaron a Mahy y a

las otras tropas de la izquierda a que se refugiasen por Bétera en

Ribarroja.

Don José Zayas en la derecha tuvo mayor fortuna, y no se retiró sino

cuando ya vio roto el centro y en completa retirada y confusión la

izquierda. Hízolo en el mayor orden hasta las alturas del Puig, y

antes, en Puzol, se defendió con el mayor valor un batallón suyo de

guardias valonas, que por equivocación se había metido dentro del

pueblo.

Se abrigaron sucesivamente del Guadalaviar todas las divisiones

españolas, parándose el ejército francés en Bétera, Albalat y el Puig.

Nuestra pérdida: 12 piezas y 900 hombres entre muertos y heridos;

prisioneros o extraviados, 3922. Suchet en todo unos 800. A pesar de la

derrota, aumentaron por su buen porte la anterior fama las divisiones

expedicionarias y la de Don Pedro Villacampa; ganáronla algunos

cuerpos de las otras. No Don Joaquín Blake, que, indeciso, apenas tomó

providencia alguna. Hábil general la víspera de la batalla, embarazose,

según costumbre, al tiempo de la ejecución, y le faltó presteza para

acudir adonde convenía, y para variar o modificar en el campo lo que

había de antemano dispuesto o trazado. También le desfavorecía la

tibieza de su condición. Aficiónase el soldado al jefe que, al paso

que es severo, goza de virtud comunicable. Blake de ordinario vivía

separadamente, y como alejado de los suyos.

[Marginal: Rendición del castillo.]

Siguiose a la derrota la rendición del castillo de Sagunto. Quería

prevenirla el general español, volviendo a hacer otro esfuerzo, de cuyo

intento trató de avisar al gobernador Andriani por medio de señales.

Mas impidió el que aquel las advirtiese la cerrazón y el viento fresco

que soplaba norte-sur, y hacía que encubriese el asta a los defensores

del castillo la bandera y gallardete que se empleaban al efecto en

el Miquelet o torre de la catedral de Valencia. Aunque no hubiese

ocurrido tal incidente, dudamos pudiera Blake haber vuelto tan pronto a

dar batalla, a no exponerse imprudentemente a otro desastre como el de

Belchite.

Ganado que hubo la de Sagunto el mariscal Suchet, propuso al gobernador

del castillo Don Luis María Andriani honrosa capitulación, convidándole

a que enviase persona de su confianza que viese con sus propios ojos

todo lo ocurrido, y se desengañase de cuán inútil era ya aguardar

socorro. Convino Andriani, y pasó de su orden al campo francés el

oficial de artillería Don Joaquín de Miguel. De vuelta este al

castillo, y conforme a su relación, capituló el gobernador en la noche

del 26; y a poco en la misma, sin aguardar al día, salieron por la

brecha con los honores de la guerra él y la guarnición, compuesta de

2572 hombres. Tanto instaba a Suchet terminar aquel sitio.

Por mucho desaliento en que hubiese caído el soldado después de la

pérdida de la batalla, se reprendió en Andriani la precipitación que

puso en venir a partido. «La brecha,[*] [Marginal: (* Ap. n. 16-25.)]

dice Suchet, era de acceso tan difícil que los zapadores tuvieron que

practicar una bajada para que pudiesen descender los españoles.» Y más

adelante añade que, aun tomado el Dos de mayo, se presentaban muchos

obstáculos para enseñorearse de los demás reductos, por manera [son

sus palabras] «que el arte de atacar y el valor de las tropas podían

estrellarse todavía contra aquellos muros.» Habíase Andriani conducido

hasta entonces con inteligencia y brío. Atolondrole la batalla

perdida, y juzgó quedar bien puesto el honor de las armas rindiéndose

abierta brecha. Zaragoza y Gerona nos habían acostumbrado a esperar

otros esfuerzos, y no era la hacha ni la pala oficiosa del gastador

enemigo la que debiera haber allanado la salida a los defensores de

Sagunto.

La toma de este castillo miráronla con razón los franceses como de

mucha entidad por el nombre, y por el desembarazo que ella les daba.

Sin embargo no se atrevieron a acometer inmediatamente la ciudad de

Valencia. Era todavía numeroso el ejército de Blake, amparábanle

fuertes atrincheramientos, y no estaba olvidado el escarmiento que

delante de aquellos muros recibiera Moncey en 1808, como tampoco

la inútil y malhadada expedición de Suchet en 1810. Por lo mismo,

pareciole prudente al mariscal francés aguardar refuerzos, y se

contentó en el intermedio con situarse, al comenzar noviembre, en

Paterna, frente de Cuarte, prolongándose hacia la marina, izquierda del

Guadalaviar. En la derecha se alojaron los españoles: el ejército desde

Manises hasta Monteolivete, y de allí hasta el embocadero del río los

paisanos armados de la provincia.

[Marginal: Diversiones en favor de Valencia. Cataluña.]

Trabajaba en Cataluña Don Luis Lacy, y entretenía a los franceses de

aquel principado, ya que no pudiese activa y directamente coadyuvar

al alivio de Valencia. Severo y equitativo, ayudado de la junta

provincial, levantó el espíritu de los catalanes, quienes, a fuer de

hombres industriosos, vieron también en las reformas de las cortes, y

sobre todo en el decreto de señoríos, nueva aurora de prosperidad.

Reforzó Lacy a Cardona, fortificó ciertos puntos que se daban la mano,

y formaban cadena hasta el fuerte de la Seu de Urgel; no descuidó a

Solsona, y atrincheró la fragosa y elevada montaña de Abusa, a cierta

distancia de Berga, en donde ejercitaba los reclutas. ¡Y todo eso

rodeado de enemigos y vecino a la frontera de Francia! Pero ¿qué no

podía hacerse con gente tan belicosa y pertinaz como la catalana?

Dueños los invasores de casi todas las fortalezas, no les era dado,

menos aún aquí que en otras partes, extender su dominación más allá

del recinto de las fortificaciones, y aun dentro de ellas, según la

expresión de un testigo de vista imparcial,[*] [Marginal: (* Ap. n.

16-26.)] «no bastaba ni mucha tropa atrincherada para mantener siquiera

en orden a los habitantes.» Más de una vez hemos tenido ocasión de

hablar de semejante tenacidad, a la verdad heroica, y en rigor no

hay en ello repetición. Porque creciendo las dificultades de la

resistencia, y esta con aquellas, tomaba la lucha semblantes diversos y

colores más vivos, desplegándose la ojeriza y despechado encono de los

catalanes, al compás del hostigamiento y feroz conducta de los enemigos.

[Marginal: Toma de las islas Medas.]

Apoderados estos de todos los puntos marítimos principales, determinó

Lacy posesionarse de las islas Medas, al embocadero del Ter, de que ya

hubo ocasión de hablar. Dos de ellas bastante grandes, con resguardado

surgidero al sudeste. Los franceses, aunque las tenían descuidadas,

conservaban dentro una guarnición. Pareciole a Lacy lugar aquel

acomodado para un depósito, y buena vía para recibir por ella auxilios

y dar mayor despacho a los productos catalanes. Tuvo encargo de

conquistarlas el coronel inglés Green, yendo a bordo de la fragata de

su nación, Indomable, con 150 españoles que mandaba el barón de Eroles.

Verificose el desembarco el 29 de agosto, y el 3 de septiembre abierta

brecha se apoderaron los nuestros del fuerte. Acudieron los franceses

en mucho número a la costa vecina, y empezaron a molestar bastante con

sus fuegos a los que ahora ocupaban las islas. Opinaron entonces los

marinos británicos que se debían estas abandonar, lo cual se ejecutó, a

pesar de la resistencia de Eroles y de Green mismo. Volaron los aliados

antes de la evacuación el fuerte o castillo.

No era hombre Don Luis Lacy de ceder en su empresa, e insistiendo

en recuperar las islas persuadió a los ingleses a que de nuevo le

ayudasen. En consecuencia se embarcó el 11 en persona con 200 hombres

en Arenys de Mar a bordo de la mencionada fragata, comandante Thomas:

fondeó el 12 a la inmediación de las Medas, y dividiendo la fuerza

desembarcó parte en el continente para sorprender a los franceses

y destruir las obras que allí tenían, y parte en la isla grande.

Cumpliose todo según los deseos de Lacy, quien, ahuyentados los

enemigos y dejando al teniente coronel Don José Masanes por gobernador

del fuerte y director de las fortificaciones que iban a levantarse,

tornó felizmente al puerto de donde había salido. Restableciose el

castillo, y se fortalecieron las escarpadas orillas que dominan la

costa. En breve pudieron las Medas arrostrar las tentativas del

enemigo que, acampado enfrente, se esforzaba por impedir los trabajos

y arruinarlos. Puso el comandante español toda diligencia en frustrar

tales intentos, y cuando momentánea ausencia u otra ocupación le

alejaban de los puntos más expuestos, manteníase firme allí su esposa,

Doña María Armengual, a semejanza de aquella otra Doña María de

Acuña,[*] [Marginal: (* Ap. n. 16-27.)] que en el siglo XVI defendió a

Mondéjar, ausente el alcaide su marido. Sacose provecho de la posesión

de las Medas militar y mercantilmente, habiendo las cortes habilitado

el puerto.

[Marginal: Muerte de Montardit.]

Apellidolas el general en jefe islas de la _Restauración_, como

indicando que de allí renacería la de Cataluña, y a un baluarte a que

querían dar el nombre de _Lacy_ púsole el de _Montardit_: «honor,

dijo, que corresponde a un mártir de la patria.» Tal suerte, en

efecto, había poco antes cabido a un Don Francisco de Montardit,

comandante de batallón, muy bien quisto, hecho prisionero por los

franceses en un ataque sobre la ciudad de Balaguer, y arcabuceado por

ellos inhumanamente. Dirigió Lacy con este motivo en 12 de octubre

al mariscal Macdonald una reclamación vigorosa, concluyendo por

decirle: «Amo, como es debido, la moderación; mas no seré espectador

indiferente de las atrocidades que se ejecuten con mis subalternos:

haré responsables de ellas a los prisioneros franceses que tengo en mi

poder, y pueda tener en lo sucesivo.»

[Marginal: Empresas de Lacy y Eroles en el centro de Cataluña.]

Incansable Don Luis, trató en seguida de romper la línea de puestos

fortificados que desde Barcelona a Lérida tenían establecidos los

franceses. Empezó su movimiento, y el 4 de octubre acometió ya la

villa de Igualada con 1500 infantes y 300 caballos. [Marginal: Ataque

de Igualada.] Le acompañaba el barón de Eroles, segundo comandante

general de Cataluña, cuyo valor y pericia se mostraron más y más

cada día. Los franceses perdieron en el citado pueblo 200 hombres,

refugiándose los restantes en el convento fortificado de Capuchinos,

que no pudo Lacy batir, falto de artillería. Pasaron después ambos

caudillos a sorprender un convoy que iba de Cervera, para lo cual

repartieron sus fuerzas en dos porciones. Dio primero con él, según lo

concertado, el barón de Eroles, y sorprendiole el 7 del mismo octubre,

perdiendo los enemigos 200 hombres, sin que dejase aquel general nada

que hacer a Don Luis Lacy.

Aterráronse los franceses con la súbita irrupción de los nuestros y

con las ventajas adquiridas, y juzgando imprudente mantener tropas

desparramadas por lugares abiertos o poco fortificados, abandonaron

al fin, metiéndose depriesa en Barcelona, el convento de Igualada,

la villa de Casamasana, y aun Monserrat. Quemaron a la retirada este

monasterio, y lo destrozaron todo, sagrado y profano.

Requiriendo los asuntos generales del principado la presencia de Lacy

cerca de la junta, tornó este a Berga, y dejó al cuidado del barón de

Eroles la conclusión de la empresa tan bien comenzada, y proseguida con

no menor dicha.

[Marginal: Rendición de la guarnición de Cervera.]

Atacó el barón a los franceses de Cervera, y el 11 los obligó a

rendirse: ascendió el número de los prisioneros a 643 hombres. Estaban

atrincherados los enemigos en la universidad, edificio suntuoso, no

por la belleza de su arquitectura sino por su extensión y solidez,

propias para la defensa. Había fundado aquella Felipe V cuando suprimió

las otras universidades del principado en castigo de la resistencia que

a su advenimiento al trono le hicieron los catalanes. Cogió también

Eroles a Don Isidoro Pérez Camino, corregidor de Cervera nombrado por

los franceses, hombre feroz que a los que no pagaban puntualmente

las contribuciones o no se sujetaban a sus caprichos, metía en una

jaula de su invención, la cabeza solo fuera, y pringado el rostro

con miel para que atormentasen a sus víctimas en aquel potro hasta

las moscas. A la manera del cardenal de la Balue en Francia, llegole

también al corregidor su vez, con la diferencia de que la plebe

catalana no conservó años en la jaula al magistrado intruso, como hizo

Luis XI con su ministro. Son más ardorosas y, por tanto, caminan más

precipitadamente las pasiones populares. El corregidor pereció a manos

del furor ciego de tantos como había él martirizado antes, y si la ley

del talión fuese lícita, y más al vulgo, hubiéralo sido en esta ocasión

contra hombre tan inhumano y fiero.

[Marginal: De Bellpuig.]

Se rindió en seguida en 14 del mismo octubre al barón de Eroles

la guarnición de Bellpuig, atrincherada en la antigua casa de los

duques de Sesa. Muchos de los enemigos perecieron defendiéndose, y se

entregaron unos 150.

[Marginal: Revuelve Eroles sobre la frontera de Francia.]

Escarmentado que hubo el de Eroles a los franceses del centro de la

Cataluña, y cortada la línea de comunicación entre Lérida y Barcelona,

revolvió al norte con propósito hasta de penetrar en Francia. Obró

entonces mancomunadamente con Don Manuel Fernández Villamil, gobernador

a la sazón de la Seu de Urgel, y sirviole este de comandante de

vanguardia. Rechazó ya al enemigo en Puigcerdá el barón, el 26 de

octubre, y le combatió bravamente el 27 en un ataque que el último

intentara. Al propio tiempo Villamil se dirigió a Francia por el valle

de Querol, desbarató el 29 en Marens a las tropas que se le pusieron

por delante, saqueó aquel pueblo que sus soldados abrasaron, y entró

el 30 en Ax. Exigió allí contribuciones, e inquietó toda la tierra,

repasando después tranquilamente la frontera. Sostenía Eroles estos

movimientos.

[Marginal: Acertada conducta de Lacy.]

Pero el centro de todos ellos era Don Luis Lacy, quien cautivó con su

conducta la voluntad de los catalanes, pues al paso que procuraba en

lo posible introducir la disciplina y buenas reglas de la milicia,

lisonjeábalos prefiriendo en general por jefes a naturales acreditados

del país, y fomentando el somatén y los cuerpos francos a que son tan

aficionados. La situación entonces de la Cataluña indicaba además como

mejor y casi único este modo de guerrear.

Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (4 de 5) · 第 15 / 26 段