Delante de Freire alojábase el general Leval, que regía el 4.º cuerpo

francés, bastante apurado por el brío que en su derredor había cobrado

el ejército español y los partidarios. Esto y el temor que inspiraba

el movimiento de las fuerzas expedicionarias impelió al mariscal Soult

a marchar en auxilio de Granada, maniobrando de modo que pudiese

envolver y aniquilar al ejército español. [Marginal: Medidas que toma

Soult.] Con este propósito ordenó al general Godinot que, en la noche

del 6 al 7 de agosto, cayese con su división, compuesta de unos 4000

hombres y 600 caballos, sobre Baeza, y ciñese y abrazase la derecha de

los españoles que, al cargo de Don Ambrosio de la Cuadra, permanecía

apostada en Pozo Alcón: al propio tiempo determinó que se pusiese el

7 en movimiento el general Leval, dirigiéndose sobre el centro de los

españoles, adonde el 8 acudió también en persona el mismo mariscal.

Quedaron en la ciudad de Granada algunas fuerzas, así para atender a la

conservación de la tranquilidad como para evolucionar del lado de las

Alpujarras contra la gente que mandaba el conde del Montijo.

[Marginal: Acción de Zújar y sus consecuencias.]

Aunque Don Manuel Freire sospechó desde luego los intentos del enemigo,

no juzgó oportuno abandonar la posición de la Venta del Baúl que

consideraba fuerte, y pensó solo en reforzar su derecha, enviando

al efecto la división expedicionaria del mando de Don José Zayas,

compuesta de 5000 hombres y la caballería que gobernaba Don Casimiro

Loy. Ausente momentáneamente el citado Zayas, tomó la dirección de esta

fuerza Don José O’Donnell, jefe de estado mayor del tercer ejército,

quien se encaminó a los vados del Manzano en Guadiana menor, para obrar

en unión con Don Ambrosio de la Cuadra, contener a los franceses y aun

atacarlos. Mas como hubiese ya el último echado pie atrás, receloso de

la cercanía del enemigo, no recibió las órdenes del general en jefe

sino en Castril, a cuyo punto había llegado el 9.

Entre tanto Don José O’Donnell se colocó junto a Zújar, en las

alturas de la derecha del río Barbate, que otros llaman Guardal, y

Godinot, adelantándose sin tropiezo, le atacó en sus puestos. Cruzaron

los franceses el Barbate, vadeable por todos lados, a las once de

la mañana del 9, protegiéndoles su artillería de que carecían los

nuestros. Envió Godinot contra la izquierda española gran número

de tiradores, al paso que trabó recio combate por la derecha. Ció

aquí el regimiento de Toledo, escaso de gente, y le siguieron otros,

retirándose al principio con buen orden, que se descompuso en breve a

gran desdicha. La caballería del mando de Loy, que vino de Benamaurel,

fue igualmente rechazada y se retiró a Cúllar, adonde se le juntó la

infantería. Perdiéronse en esta ocasión 433 muertos y heridos, y unos

1100 prisioneros y extraviados, recibiendo tan desventurado golpe a

las órdenes de Don José O’Donnell una división que bajo Zayas había

sobresalido poco antes en los campos de la Albuera.

Felizmente no se aprovechó Godinot, cual pudiera, de la victoria,

temiendo le atacase por la espalda Don Ambrosio de la Cuadra, por lo

cual dirigió contra este toda la caballería y la brigada del general

Rignoux, limitándose a enviar la vuelta de Cúllar y Baza algunas tropas

de la vanguardia.

A semejante acaso debió Don Manuel Freire poder retirarse, sin que

se le interpusiese a su espalda el enemigo. Sostúvose aquel general

firme en la posición del Baúl todo el día 9, repeliendo acertadamente

el ataque de los franceses. Mas sabedor, a las cinco de la tarde, de

lo acaecido en Zújar, resolvió abandonar por la noche el campo, y

replegarse al reino de Murcia. Consiguió atravesar sin tropiezo la

ciudad de Baza, y entrar en Cúllar, adonde había llegado antes Don José

O’Donnell. De allí marchando todo el ejército a las Vertientes, dispuso

Freire que la caballería del tercer ejército, mandada por el brigadier

Osorio, y la expedicionaria, a las órdenes de Don Casimiro Loy,

cubriesen el movimiento. Acosaba a nuestros jinetes el general Soult,

hermano del mariscal, y el 10 dioles tan violenta acometida que los

obligó a cejar y a ponerse al abrigo de los infantes. Freire entonces

determinó proseguir la retirada a pesar del cansancio de la tropa,

distribuyendo la fuerza hacia las montañas de ambos lados del camino.

Por las de la derecha yendo a Murcia tiró Don José Antonio de Sanz

con la 3.ª división, propia de su mando, y con la 2.ª que también

debía obedecerle. Por las de la izquierda y en la dirección de la

ciudad maniobraba Don Manuel Freire. Sanz, al comenzar su retirada,

se vio rodeado él y la 3.ª división en el peñón de Vertientes, mas

impuso respeto al enemigo por medio de una diestra maniobra de

amago y, enderezándose a Oria, se unió el 11 en Alboa con la 2.ª

división. Juntas ambas marcharon por Huércal, Oria y Aguilar, en donde

encontrándose con 300 dragones enemigos, los arrollaron y les cogieron

caballos y efectos. Después, hecho alto y tomado algún descanso,

llegaron el 15 sin otra desventura a Palmar de Don Juan, habiendo

andado 37 leguas en 6 días, y comido solo tres ranchos. Penuria que

nadie soporta con tanta resignación como el soldado español. Mereció

Sanz en aquel lance justas alabanzas por el arrojo y tino con que guió

su tropa.

[Marginal: Nuevos cuarteles del tercer ejército y reparación de las

fuerzas expedicionarias.]

Acosado de peor estrella, se vio casi perdido Don Manuel Freire,

teniendo su gente, desarrancada de las banderas, que encaramarse por

lugares ásperos y pasar el puerto del Chiribel con dirección a Murcia.

Al cabo de mil afanes y de haber marchado a veces sin respiro 13 y más

leguas, reunió aquel general sus soldados el 11 en Caravaca, en donde

permaneció el 12, y se le incorporó Don Ambrosio de la Cuadra, que se

había retirado por su cuenta y hacia aquella parte con la 1.ª división.

Sentó luego Freire sus cuarteles en Alcantarilla, y colocó debidamente

sus fuerzas, reducidas ahora a la caballería del brigadier Osorio y a

tres divisiones propias del tercer ejército, por haberse a la sazón

separado vía de Valencia las expedicionarias.

El general Leval llegó el 14 a Vélez el Rubio, y se extendieron

al desfiladero de Lumbreras, a tres leguas de Lorca, los generales

Latour-Maubourg y Soult con los jinetes. Hicieron todos ellos en otras

excursiones muchos daños, y hubo paraje en que abrasaron hasta 22

alquerías.

[Marginal: Únese Montijo al ejército.]

Al mismo tiempo no dejaron al del Montijo tranquilo las fuerzas que

el mariscal Soult había enviado sobre las Alpujarras y la costa, y

que ascendían a 1800 peones y 1000 caballos. Llegaron estas a Almería

a tiempo que todavía desembarcaba un batallón de la expedición de

Blake, que pudo librarse. Lo mismo aconteció a Montijo, que no dejó

de molestar al enemigo y aun de sorprender la guarnición de Motril,

con cuyo trofeo y otros prisioneros se reunió al cuerpo principal

del ejército. Otros partidarios desasosegaban también no poco a los

franceses, recobrando a menudo el botín que recogían estos por las

montañas y tierra de Murcia. Se distinguieron especialmente Villalobos,

Marqués, y sobre todo Don Juan Fernández, alcalde de Otívar.

[Marginal: Sucede en el mando a Freire el general Mahy.]

Entregó el mando Don Manuel Freire en Mula, el 7 de septiembre, a Don

Nicolás Mahy, que vimos en Galicia y Asturias. Provino la desgracia

de aquel, aunque solo temporal, de la aciaga jornada de Zújar y sus

consecuencias, acerca de la cual se hizo una sumaria información

a instancia de las cortes. Los comprometidos salieron salvos: con

justicia Freire, no teniendo culpa de lo sucedido en el Barbate, pues

sus órdenes fueron bastante acertadas. No juzgaron lo mismo muchos en

cuanto a Don José O’Donnell y a Don Ambrosio de la Cuadra, habiendo

el primero empeñado y sostenido malamente una acción, y no cumplido

el segundo, como quizá pudiera, con lo que el general en jefe le había

prevenido.

[Marginal: Los franceses no prosiguen a Murcia.]

No insistieron por entonces los franceses en proseguir hasta Murcia.

Daban cuidado al mariscal Soult nuevas que le venían de Extremadura,

el aparecimiento en la serranía de Ronda del general Ballesteros:

hablaremos de esto más adelante.

[Marginal: Valencia. Estado de aquel reino. Llegada de Blake.]

Ahora pondremos los ojos en el reino de Valencia, adonde había llegado

D. Joaquín Blake. Mandaba antes, según ya apuntamos, el marqués del

Palacio, cuyas providencias eran por lo común más propias de la

profesión religiosa que de la de un general entendido y diligente.

Pensaba mucho en procesiones, poco en las armas, pregonando

inexpugnables los muros valencianos después que había en su derredor

paseado a la Virgen de los Desamparados, imagen muy venerada de los

habitadores. A este son caminaba en lo demás. No era culpa de Palacio

mas sí de la regencia de Cádiz, que en sus elecciones anduvo a veces

sobrado desatentada.

[Marginal: Providencias de este general.]

Jefe Don Joaquín Blake de otra capacidad, puso término a las

singularidades y desbarros del mencionado marqués. Activó las medidas

de defensa, reforzó los regimientos, ejercitó los reclutas, perfeccionó

las obras del castillo de Murviedro, y fortificó el antiguo de Oropesa,

que dominaba el camino real de Cataluña. Urgía tomar tales medidas,

amenazando Suchet invadir aquel reino.

[Marginal: Se dispone Suchet a invadir aquel reino.]

Habíale ya para ello dado Napoleón la orden en 25 de agosto, con

prevención de que el 15 de septiembre estuviese el ejército lo más

cerca que ser pudiera de la ciudad de Valencia. Para cumplir Suchet con

lo que se le mandaba trató primero de asegurar las espaldas; dejó 7000

hombres bajo el general Frère en Lérida, Monserrat y Tarragona, con

destino a cubrir estos puntos y la navegación del Ebro. Igual número

en Aragón al cargo del general Musnier. El ejército francés del norte

de la Cataluña y un cuerpo de reserva que se formaba en Navarra debían

también apoyar en cuanto les fuera dado las operaciones. Lo mismo por

la parte de Cuenca el ejército del centro, y por la de Murcia el del

mediodía.

[Marginal: Pisa su territorio. Su marcha y fuerza que lleva.]

Tomados estos acuerdos, púsose Suchet en movimiento el 15 de septiembre

la vuelta de Valencia: ascendía la fuerza que consigo llevaba a 22.000

hombres. Distribuyola en tres columnas de marcha. Partió una de Teruel

a las órdenes del general Harispe, la cual en vez de seguir el camino

de Segorbe, torció a su izquierda para juntarse más pronto con las

otras. Formaba la segunda la división italiana, del cargo de Palombini,

en la que iban los napolitanos, y tiró por Morella y San Mateo. Salió

Suchet con la tercera de Tortosa, compuesta de la división del general

Habert, de una reserva que capitaneaba Robert, de la caballería y de la

artillería de campaña. Yendo sobre Benicarló tomó el mariscal francés

la ruta principal que de Cataluña se dirige a Valencia. Al paso dejó

en observación de Peñíscola un batallón y 25 caballos, y llegando a

Torreblanca el 19, aventó de Oropesa algunos soldados españoles,

encerrándose en el castillo los que de estos debían guarnecerle.

Entraron los franceses aquella villa de corto vecindario, y habiendo

intimado inútilmente la rendición al castillo, barriendo este con sus

fuegos, colocado en lo alto, el camino real, tuvo Suchet que desviarse

y caer hacia Cabanes. Uniose en aquellos alrededores con las columnas

de Harispe y Palombini, y marchó adelante junto ya todo su ejército.

Ocupó el 21 a Villarreal, y cruzó el Mijares, vadeable en la estación

de verano, además de un magnífico puente de trece ojos que facilita

el paso. La vanguardia de la caballería española estaba a la margen

derecha y se vio obligada a retirarse: con lo que sin otro tropiezo

asomó Suchet a la villa y fuerte de Murviedro.

[Marginal: Las que reúne Blake y otras providencias.]

La llegada fue más pronto de lo que hubiera querido Don Joaquín Blake,

quien necesitaba de más espacio para uniformar y disciplinar su gente,

y también para agrupar cerca de sí todas las fuerzas que habían de

intervenir en la campaña. Eran estas las del reino de Valencia, o sea

segundo ejército, las que dependían de él y guerreaban en Aragón bajo

los jefes Don José Obispo y Don Pedro Villacampa, parte de las del

tercer ejército, y las expedicionarias. Las últimas se habían detenido

por causa de la fiebre amarilla, que picó reciamente durante el estío y

otoño en Cartagena, Alicante, Murcia y varios pueblos de los contornos.

Retardáronse las otras con motivo de marchas u operaciones que hubieron

de ejecutar antes de unirse al cuerpo principal. Blake, no obstante,

guarneció a Murviedro, fortaleció más y más los atrincheramientos

de Valencia y las orillas del Guadalaviar, e hizo que el marqués del

Palacio y la junta se trasladasen a la villa de Alcira, situada a cinco

leguas de la capital en una isla que forma el Júcar, cuyas riberas

debían servir de segunda línea de defensa. El del Palacio conservaba

el mando particular del distrito, y por eso, y quizá también para

desembarazarse de persona tan engorrosa, le alejó Blake de Valencia

so pretexto de poner al abrigo de las contingencias de la guerra las

autoridades supremas de la provincia.

[Marginal: Sitio del castillo de Murviedro o Sagunto. Su descripción.]

Era la toma de Murviedro el primer blanco de la expedición de Suchet.

Allí tuvo su asiento la inmortal Sagunto. Con el transcurso del tiempo

cambió de nombre, derivándose el actual del latin _muri veteres_, o,

según otros, del limosino _murt vert_. Yacía la antigua Sagunto en

derredor de un monte, a cuyo pie por la parte septentrional se extiende

hoy la población que apenas pasa de 6000 almas. Lame sus muros el

Palancia, que corre a la mar apartado ahora dos leguas; antes, según

Polibio, siete estadios, unos mil pasos: lo cual prueba lo mucho

que se han retirado las aguas, a no ser que se dilatase por allí la

antigua ciudad. Opulentísima la llama Tito Livio,[*] [Marginal: (*

Ap. n. 16-23.)] y, en efecto, grande hubo de ser su riqueza cuando

después de haber los moradores quemado en la plaza pública personas y

efectos, quedaron tantos despojos que pudo el vencedor repartir entre

su gente mucho botín, enviar no poco a Cartago, y reservar todavía

bastante para emprender la campaña que meditaba contra Roma. Vestigios

notables declararon su pasada grandeza, que celebraron muchos poetas,

en particular Bartolomé Leonardo de Argensola, que se duele del empleo

humilde que en su tiempo se hacía de aquellos mármoles y de sus nobles

inscripciones. La resistencia de Sagunto fue tan empeñada que, según

cuenta el ya citado Polibio,[*] [Marginal: (* Ap n. 16-24.)] tuvo

Aníbal, herido en un muslo, que animar con su ejemplo al abatido

soldado, sin perdonar cuidado ni fatiga alguna, y aun así no entró

la ciudad sino al cabo de ocho meses de sitio y en medio de llamas y

ruinas. Muy atrás quedó de la antigua defensa la que ahora vamos a

trazar. Verdad es que no era ni con mucho parecido el caso.

La población moderna, ya tan reducida, no se hallaba murada a punto

de impedir una embestida seria del enemigo. Fundábase la resistencia

en una nueva fortaleza elevada en el monte vecino, el cual al invadir

la primera vez Suchet el reino de Valencia, vimos que no estaba

fortificado. Notose la falta y tratose en seguida de remediarla:

tuvo para ello que destruirse en parte un teatro antiguo, preciosa

reliquia conservada en los últimos tiempos con mucho esmero. La actual

fortaleza, a que pusieron nombre de San Fernando de Sagunto, abrazaba

toda la cima del cerro, habiendo aprovechado para la construcción

paredones de un castillo de moros y otros derribos. Formaba el recinto

como cuatro porciones o reductos distintos bajo el nombre de Dos

de mayo, San Fernando, Torreón y Agarenos, susceptible cada uno de

separada defensa. Había dentro 17 piezas, dos de a doce. Impidió el

envío de otras de mayor calibre la repentina llegada de Suchet. Era

la fortaleza atacable solo por el lado de poniente, inaccesible por

los demás, de subida muy pina y de peña tajada. Había delineado las

obras modernas el comandante de ingenieros Don Juan Sánchez Cisneros.

Encargose del gobierno, en 16 de septiembre, el coronel ayudante

general de estado mayor Don Luis María Andriani. Ascendía la guarnición

a unos 3000 hombres.

Cercanos los franceses, cruzó el general Habert el 23 de septiembre el

Palancia, y rodeando el cerro por oriente, dispuso al mismo tiempo que

parte de su tropa se metiese en la villa cuyas calles barrearon los

enemigos, atronerando también las casas, ahora solitarias y sin dueño.

Tiró a occidente la división de Harispe, y extendiéndose al sur se dio

la mano con el general Habert. Situáronse los italianos en Petrés y

Gilet, camino de Segorbe, quedando de este modo acordonado el cerro en

que se asentaban los fuertes. Destacó reservas Suchet hacia Almenara,

vía de Cataluña; exploró la tierra del lado de Valencia.

[Marginal: Vana tentativa de escalada.]

Entonces, impaciente y ensoberbecido con su buena fortuna, determinó

tomar por sorpresa la fortaleza de Sagunto. Registró con este objeto

el circuito del monte, y oídos los ingenieros, creyó poder tentar

una escalada por la falda inmediata a la villa, en donde le pareció

vislumbrar restos de antiguas brechas mal reparadas.

Fijó Suchet las tres de la mañana del 28 de septiembre para dar la

embestida. El mayor de ingenieros Chulliot mandaba la primera columna

francesa. Debía seguirle el coronel Gudin, y adelantar a todos y

apoyarlos el general Habert. También trataron los enemigos de distraer

a los nuestros por los demás parajes.

Reuniéronse aquellos para efectuar la escalada a media subida en una

cisterna distante 40 toesas de la cima. Vigilante Andriani descubrió

por medio de una salida los proyectos del enemigo, y alerta con los

suyos cerró los accesos que establecían comunicación entre los diversos

fuertes. Un tiro o arma falsa de los acometedores abrevió una hora

el ataque, respondiendo los nuestros al fusilazo con descargas y

grandes alaridos. Andriani arengó a los soldados, recordoles memorias

del suelo que pisaban: ¡Sagunto! Y embistiendo a la sazón Chulliot,

enardecidos los españoles, le rechazaron completamente, y a Gudin,

que cayó herido de una granada en la cabeza, y Habert, cuyos soldados

espantados huyeron y dejaron sembradas de cadáveres las faldas del

monte cuan largamente se extendían entre un baluarte que llevaba el

apellido ilustre de Daoiz y el fuerte de Dos de mayo. Así, en presencia

de venerables restos, se confundían antiguos y nuevos trofeos,

apoderándose los cercados de varios fusiles, de más de 50 escalas y de

otras herramientas. Perdieron los franceses 400 hombres. Escarmentado

Suchet, aprendió a obrar con mayor cordura, y preciso le fue sitiar en

forma más arreglada, fortaleza tan bien defendida.

[Marginal: Reencuentro en Soneja y Segorbe.]

Íbansele entre tanto aproximando a Don Joaquín Blake las fuerzas que

aguardaba, y dispuso que Don José Obispo, con cerca de 3000 hombres,

se quedase del lado de Segorbe para incomodar al enemigo mientras

permaneciese este en Murviedro. También colocó por su izquierda

en Bétera, con el mismo fin, a Don Carlos O’Donnell, asistido de

una columna de igual fuerza compuesta de la división de Don Pedro

Villacampa, procedente de Aragón, y de la caballería del ejército de

Valencia, mandada por D. José San Juan. Quiso Suchet alejar de sí

vecinos tan molestos, y al propósito ordenó a Palombini que ahuyentase

al general Obispo, quien, habiéndose adelantado hasta Torres Torres,

dos leguas de Murviedro, se había replegado después dejando en Soneja

una corta vanguardia bajo D. Mariano Moreno. Atacó a esta Palombini

el 30 de septiembre, que, si bien reforzada, tuvo que echar pie atrás

para unirse con lo restante de la división. Entonces situó Obispo por

escalones delante de Segorbe en el camino real la caballería y en

las alturas inmediatas los infantes. Mas el enemigo acometiendo con

impetuosidad y fuerza lo arrolló todo, y tuvo Obispo que retirarse a

Alcublas.

[Marginal: En Bétera y Benaguacil.]

En seguida pasó Suchet a atacar en persona el 2 de octubre a Don Carlos

O’Donnell, cuyas tropas con destacamentos en Bétera se alojaban en

los collados de Benaguacil, a la salida de la huerta en que se halla

situada la Puebla de Valbona. Resistieron los nuestros bastante tiempo

hasta que O’Donnell juzgó prudente repasar el Guadalaviar, como lo

verificó por Villamarchante, imponiendo aquí respeto a los enemigos

con la ocupación de dos alturas escarpadas que dominan el camino.

Dirigiose después sin ser incomodado a Ribarroja. Perdimos en estos

reencuentros alguna gente, sobre todo en el primero en que perecieron

oficiales de mérito. Motejose en Blake no haber hecho el menor amago

para sostener ni a uno ni a otro de ambos generales, mirándose además

como muy expuesta la estancia que había señalado a Don José Obispo.

Influían también malamente en el buen ánimo del soldado tales retiradas

y descalabros parciales, siendo reprensible en un jefe no precaverlos

al abrir de una campaña.

[Marginal: Buena defensa y toma del castillo de Oropesa.]

Para no desperdiciar tiempo, y alejadas ya las tropas vecinas, pensó el

mariscal Suchet apoderarse del castillo de Oropesa, que cerraba el paso

del camino real de Cataluña. Ofreciole buena ocasión el atravesar por

allí cañones de grueso calibre que traían de Tortosa contra Sagunto,

de los que mandó detener algunos para batir los muros. Se componía

el castillo de un gran torreón cuadrado, circuido por tres partes de

otro recinto, sin foso pero amparado del escarpe del terreno. Tenía de

guarnición unos 250 hombres, y solo le artillaban cuatro cañones de

hierro. Mandaba Don Pedro Gotti, capitán del regimiento de América. A

cuatrocientas toesas y orilla de la mar había otra torre llamada del

Rey, muy al caso para favorecer un embarque, en la cual capitaneaba 170

hombres el teniente Don Juan José Campillo.

Después que los franceses habían penetrado en el reino de Valencia,

habían en vano tentado tomar de rebate el castillo de Oropesa. Unieron

ahora para conseguirlo sus esfuerzos, y fácil era apoderarse de un

recinto tan corto y con flacos muros. Empezó el 8 de octubre a batirlos

el enemigo, dueño ya antes de la villa. Dirigía el general Compère

a los sitiadores. El 10 llegó Suchet, y derribado un lienzo de la

muralla, prontos los franceses a dar el asalto, capituló el gobernador

honrosamente. [Marginal: Resistencia honrosa y evacuación de la torre

del Rey.] No por eso se rindió el de la torre del Rey, Campillo, que

desechó con brío toda propuesta. Constante en su resolución hasta el

12, y defendiéndose valerosamente, tuvo la dicha de que acudiesen

entonces para protegerle el navío inglés Magnífico, comandante Eyre,

y una división de faluchos a las órdenes de Don José Colmenares. No

siendo dado sostener por más tiempo la torre, pusiéronse unos y otros

de acuerdo, y se trató de salvar y llevar a bordo la guarnición.

Presentaba dificultades el ejecutarlo, pero tal fue la presteza de

los marinos británicos, tal la de los españoles, entre los que se

distinguió el piloto Don Bruno de Egea, tal en fin la serenidad y

diligencia del gobernador, que se consiguió felizmente el objeto.

Campillo se embarcó el último y mereció loores por su proceder: muchos

le dispensó la justa imparcialidad del comandante inglés.

[Marginal: Activa el enemigo los trabajos contra Sagunto.]

Libre Suchet cada vez más de obstáculos que le detuviesen, paró su

consideración exclusivamente en el cerco de Murviedro. Volvieron

también de Francia, ausentes con licencia después de lo de Tarragona,

los generales de artillería Valée y Rogniat, con cuya llegada se

activaron los trabajos del sitio.

Empezolos el enemigo contra la parte occidental de la fortaleza,

en donde estaba el reducto dicho del Dos de mayo, y plantó a ciento

cincuenta toesas una batería de brecha. Ofrecíansele para continuar en

su intento muchos estorbos nacidos del terreno, y, si los españoles

hubiesen tenido artillería de a 24, siendo imposible en tal caso los

aproches, quizá se hubiera limitado el cerco a mero bloqueo.

Pudieron al fin los franceses después de penosa faena romper sus

fuegos el 17, mas hasta el 18 en la tarde no juzgaron los ingenieros

practicable la brecha abierta en el reducto del Dos de mayo, en cuya

hora resolvió Suchet dar el asalto.

[Marginal: Asalto intentado infructuosamente.]

Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (4 de 5) · 第 14 / 26 段