brecha muy practicable, y resultando cortas las escalas que se
aplicaron, necesario fue para alcanzar a lo alto que trepasen los
soldados enemigos por encima de los hombros de un camarada suyo que
atrevidamente y de voluntad se ofreció a tan peligroso servicio.
Burláronse los españoles de la invención, y repeliendo a unos, matando
a otros y rompiendo las escalas, escarmentaron tamaña osadía. En aquel
apuro favorecieron al francés dos incidentes. Fue uno haber descubierto
de antemano el italiano Vacani, ingeniero y autor diligente de estas
campañas, que por los caños del acueducto que antes surtían de agua al
fuerte y conservaron malamente los españoles, era fácil encaramarse y
penetrar dentro. Ejecutáronlo así los enemigos, y se extendieron lo
largo de la muralla antes que los nuestros pudiesen caer en ello.
No aprovechó menos a los contrarios el otro incidente, aún más casual.
Mudábase cada ocho días la guarnición del Olivo; y pasando aquella
noche el regimiento de Almería a relevar al de Iliberia, tropezó con
la columna francesa que se dirigía a embestir la gola. Sobresaltados
los nuestros y aturdidos del impensado encuentro, pudieron varios
soldados enemigos meterse en el fuerte revueltos con los españoles;
y favorecidos de semejante acaso, de la confusión y tinieblas de la
noche, rompieron luego a hachazos junto con los de afuera una de las
dos puertas arriba mencionadas, y unidos unos y otros, dentro ya todos,
apretaron de cerca a los españoles y los dejaron, por decirlo así,
sin respiro, mayormente acudiendo a la propia sazón los que habían
subido por el acueducto, y estrechaban por su parte y acorralaban
a los sitiados. Sin embargo, estos se sostuvieron con firmeza, en
especial a la izquierda del fuerte y en el caballero, y vendieron cara
la victoria disputando a palmos el terreno y lidiando como leones,
según la expresión del mismo Suchet.[*] [Marginal: (* Ap. n. 15-2.)]
Cedieron solo a la sorpresa y a la muchedumbre, llegando de golpe con
gente el general Harispe, el cual estuvo a pique de ser aplastado por
una bomba que cayó casi a sus pies. Perecieron de los franceses 500,
entre ellos muchos oficiales distinguidos. Perdimos nosotros 1100
hombres: los demás se descolgaron por el muro y entraron en Tarragona.
Rindiose Don José María Gámez, gobernador del fuerte; pero traspasado
de diez heridas, como soldado de pecho. Infiérase de aquí cuál hubiera
sido la resistencia sin el descuido de los caños, y el fatal encuentro
del relevo. Ciega iracundia, no valor verdadero, guiaba en la lucha a
los militares de ambos bandos. Dícese que el enemigo escribió en el
muro con sangre española: «vengada queda la muerte del general Salme»,
inscripción de atroz tinta, no disculpable ni con el ardor que aún
vibra tras sañuda pelea.
En la misma noche providenciaron los franceses lo necesario a la
seguridad de su conquista, y por tanto inútil fue la tentativa que
para recobrarle practicó al día siguiente Don Edmundo O’Ronani en cuya
empresa se señaló de un modo honroso el sargento Domingo López.
Mucho desalentó la pérdida del Olivo, sin que bastasen a dar consuelo
1600 infantes y 100 artilleros poco antes llegados de Valencia, y unos
400 hombres que por entonces vinieron también de Mallorca. Habíase
pregonado como inexpugnable aquel fuerte, y su toma por el enemigo
frustró esperanzas sobrado halagüeñas.
[Marginal: Sale Campoverde de la plaza. Se encarga el mando de ella a
D. Juan Senén de Contreras.]
Juntó en su apuro el marqués de Campoverde un consejo de guerra, en
cuyo seno se decidió que dicho general saliese de Tarragona, como
lo verificó el 31 de mayo. Antes de su partida encargó la plaza a
Don Juan Senén de Contreras, enviando en comisión a Valencia en
busca de auxilios a Don Juan Caro. Contreras acababa de llegar de
Cádiz, y siendo el general más antiguo no pudo eximirse de carga tan
pesada. Parécenos injusto que, perdido el Olivo y a mitad del sitio,
se impusiese a un nuevo jefe responsabilidad que más bien tocaba al
que desde un principio había gobernado la plaza. Hasta el mismo Caro
debiera en ello haberse mirado como ofendido. No obstante nadie se
opuso, y todos se mostraron conformes. Incumbió a Don Pedro Sarsfield
la defensa del arrabal de Tarragona y de su marina, encargándose el
barón de Eroles, que había salido de Figueras, de la dirección de las
tropas que antes capitaneaba aquel del lado de Montblanch. Campoverde,
fuera ya de la plaza, situó en Igualada sus reales el 3 de junio.
Salieron también de la ciudad muchos de los habitantes principales
huyendo de las bombas y de las angustias del sitio. Habíalo antes
verificado la junta y trasladádose a Monserrat, pues, como autoridad
de todo el principado, justo era quedase expedita para atender a los
demás lugares.
Dueños los franceses del Olivo, empezaron su ataque contra el cuerpo
de la plaza, abrazando el frente del recinto que cubría el arrabal, y
se terminaba de un lado por el fuerte de Francolí y baluarte de San
Carlos, y del otro por el de Orleans, que llamaron de los Canónigos los
sitiadores.
Abrieron estos la primera paralela a 130 toesas del baluarte de
Orleans y del fuerte de Francolí, la cual apoyaba su derecha en los
primeros trabajos concluidos por el francés en la orilla opuesta del
río, amparando la izquierda un reducto: establecieron también por
detrás una comunicación con el puente del Francolí y con otros dos que
construyeron de caballetes, validos de lo acanalado de la corriente.
En la noche del 1.º al 2 de junio habían los sitiadores comenzado los
trabajos de trinchera, y los continuaron en los días siguientes sin que
los detuviesen las salidas y fuego de los españoles. Zanjaron el 6 la
segunda paralela, que llegó a estar a 30 toesas del fuerte de Francolí,
batiendo en brecha sus muros al amanecer del 7. Lo mandaba Don Antonio
Roten, quien se mantuvo firme y con gran denuedo. Al caer de la tarde
apareció practicable la brecha, y los enemigos se dispusieron a dar el
asalto a las diez de la noche. Juzgó prudente el gobernador de la plaza
Senén de Contreras que no se aguardase tal embestida, y por eso Roten,
conformándose con la orden de su jefe, evacuó el fuerte y retiró la
artillería.
Prosiguiendo también los franceses en adelantar por el centro la
segunda paralela, se arrimaron a 35 toesas del ángulo saliente del
camino cubierto del baluarte de Orleans. Incomodábalos sobremanera el
fuego de la plaza, y a punto de acobardar a veces a los trabajadores
o de entibiar su ardor. Así fue que en la noche del 8 al 9 yacían
rendidos de cansancio y del mucho afán, a la sazón que 300 granaderos
españoles hicieron una salida y pasaron a degüello a los más
desprevenidos. No menos dichosa resultó otra que del 11 al 12 dirigió
en persona con 3000 hombres Don Pedro Sarsfield, comandante, según
queda dicho, del arrabal y frente atacado. Ahuyentó a los trabajadores,
destruyó muchas obras, y llevolo todo a sangre y fuego. En este trance,
como en otros anteriores y sucesivos, distinguiéronse varios vecinos
y hasta las mujeres, que no cesaron de llevar a los combatientes
refrigerantes y auxilios en medio de las balas y las bombas.
Reparado el mal que se le había causado, tuvo el francés ya el 15
trazados tres ramales delante de la segunda paralela; uno dirigido al
baluarte de Orleans, otro a una media luna inmediata llamada del Rey,
y el tercero al baluarte de San Carlos, logrando coronar la cresta del
glacis. Comprendían los sitiadores en el ataque la luneta del Príncipe,
al siniestro costado del postrer baluarte, la cual acometieron en la
noche del 16. Mandaba por parte de los españoles Don Miguel Subirachs.
Se formaron los franceses para asaltar dicha luneta en dos columnas;
una de ellas debía embestir por un punto débil a la izquierda, en
donde el foso no se prolongaba hasta el mar, y la otra por el frente.
Inútiles resultaron los esfuerzos de la última, estrellándose contra
el valor de los españoles, a manos de los cuales pereció el francés
Javersac, que la comandaba, y otros muchos. Al revés la primera, pues
favorecida de lo flaco del sitio entró en la luneta, pereciendo 100
de nuestros soldados, quedando varios prisioneros, y refugiándose los
demás en la plaza. A estos los siguieron los enemigos, quienes, con el
ímpetu, se metieron por la batería de San José y cortaron las cuerdas
del puente levadizo. En poco estuvo no penetrasen en el arrabal:
impidiolo un socorro llegado a tiempo que los repelió.
[Marginal: Encarnizada defensa de los españoles.]
Con la posesión de la luneta del Príncipe cerró el sitiador cada vez
más el frente atacado. Por ambas partes se encarnizaba la lucha,
brillando el denuedo de los nuestros, ya que no siempre el acierto
en la defensa. Tan enconados andaban los ánimos de unos y otros que
acompañaban a la pelea palabras injuriosas y desaforados baldones. La
matanza crecía en grado sumo, y por confesión misma de los franceses,
nada ponderativos en sus propias pérdidas, contaban ya en el estado
actual del sitio [el 16 de junio] entre muertos y heridos un general,
2 coroneles, 15 jefes de batallón, 19 oficiales de ingenieros, 13
de artillería, 140 de las demás armas, en fin con los soldados 2500
hombres. Y todavía tenían que apoderarse del arrabal, y empezar después
el acometimiento contra la ciudad.
[Marginal: Tropas que llegan de Valencia.]
Dos días antes, el 14 de junio, había llegado a Tarragona Don José
Miranda con una división de Valencia, compuesta de más de 4000 hombres
armados y de unos 400 desarmados. Los últimos se equiparon y quedaron
en la plaza. Los otros, con su jefe, siguieron y tomaron tierra en
Villanueva de Sitges, juntándose el 16 en Igualada con el marqués de
Campoverde. Reunía este, asistido de tan buen refuerzo, 9456 infantes y
1183 caballos, y, en consecuencia, se determinó a maniobrar en favor de
la ciudad sitiada.
[Marginal: Diversión de Eroles y otros fuera de la plaza.]
Por aquellos días el barón de Eroles, que obraba unido a Campoverde,
atacó cerca de Falset un gran convoy enemigo, y cogiole 500 acémilas.
Poco antes, hacia Mora de Ebro, en Gratallops, Don Manuel Fernández
Villamil rodeó igualmente un grueso destacamento a las órdenes del
polaco Mrozinski, y acabó con 300 de sus soldados entre muertos,
heridos y prisioneros, obligando al resto de ellos a encerrarse en la
ermita de la Consolación, de donde vinieron a sacarlos dificultosamente
tropas suyas de Mora.
Pérdidas diarias de esta clase fueron parte para que Suchet llamase la
brigada de Abbé y un regimiento que había enviado a observar a Eroles,
a Villamil y otros jefes la vuelta de Mora y Falset, y también para que
procurase acelerar la conquista de Tarragona, alterándole pensamientos
varios en vista de la enérgica bizarría de la guarnición y del aumento
de las fuerzas de Campoverde, y muestras que daba este de moverse.
El 18 de junio tenía el sitiador concluida la tercera paralela,
y emprendió la bajada al foso enfrente del baluarte de Orleans,
perfeccionando las obras de ataque por los demás puntos. En la mañana
del 21 empezó a batir el muro; y a las cuatro de la tarde aparecieron
abiertas tres brechas; dos en los baluartes de Orleans y San Carlos,
la otra en el fuerte Real, aunque colocado detrás: lo mal parado del
terraplén facilitó al enemigo su progreso.
Hasta ahora había defendido el arrabal, desde los primeros días de
junio, Don Pedro Sarsfield, portándose con valor e inteligencia.
Pero el 21, día mismo del ataque, como hubiese Campoverde pedido al
gobernador que le enviase para mandar una división a Roten o al citado
Sarsfield, escogió Contreras al último, y le hizo salir de la plaza en
el momento en que ya el enemigo había dado principio a su acometida.
Inexplicable proceder y de consecuencias inmediatas y desastradas.
Porque, si bien se puso a la cabeza del punto atacado Don Manuel
Velasco, oficial intrépido y entendido, sábese cuánto perjudica al buen
éxito de todo combate la mudanza repentina de jefe.
[Marginal: Toman los franceses el arrabal.]
A las siete de la tarde caminó el enemigo al asalto en tres trozos:
contra el baluarte de Orleans, el de San Carlos, y el lado de la
marina; llevaba todas sus reservas.
No obstante una vigorosa resistencia, se metieron los franceses en el
baluarte de Orleans, deteniéndolos buen rato en la gola los españoles,
de los que muchos fueron allí pasados por la espada. Y sin vengarse
cual pudieran, no habiendo encendido a tiempo dos hornillos ya
cargados. Se apoderaron también los enemigos de los demás puntos, hasta
del fuerte Real, por escalada, estando aún la brecha poco practicable.
Hacia la marina rechazó Velasco los primeros ataques, sostúvose con
notable esfuerzo, y no se retiró sino cuando avanzaron por el flanco
los franceses que venían de los baluartes de San Carlos y de Orleans.
Contreras, puesto en lo alto del muro de la ciudad, tomó precauciones
para evitar cualquiera sorpresa de aquel segundo recinto, y logró que
Velasco y los suyos se salvasen entrando por la puerta de San Juan.
Dispararon los ingleses andanadas de todos sus buques, que no hicieron
gran mella en el enemigo. Nosotros perdimos 500 hombres, no pocos se
ocultaron, y a la deshilada se guarecieron sucesivamente en la ciudad.
Mataron los acometedores a muchos vecinos del arrabal, sin distinción
de sexo. Quemaron almacenes en el puerto y, dueños del muelle,
incomodaron en breve el embarcadero del Milagro que ahora servía para
las comunicaciones de mar. Ufanos los franceses con el buen suceso de
su ataque, hicieron señales a la plaza por ver si el gobernador quería
entrar en capitulación; pero este las desdeñó con altanero silencio.
Ofendiose Suchet, y la misma noche del 21 al 22 dispuso que se abriese
la primera paralela contra la ciudad, apoyando la izquierda en el
baluarte llamado Santo Domingo, y la derecha en el mar. No le restaba
ya al enemigo que vencer sino este último recinto, sencillo y débil.
[Marginal: Quejas contra Campoverde.]
Los habitadores de Tarragona, Senén de Contreras, la junta de Cataluña,
en una palabra todos murmuraban y quejábanse amargamente del marqués de
Campoverde, cuya inacción la echaban algunos a mala parte. Se figuraban
ser superiores a lo que lo eran en realidad las tropas que aquel
mandaba, y por el contrario disminuían en su imaginación sobradamente
las de los franceses. Contribuyó al común error el mismo Campoverde por
sus ofertas y encarecimientos: también Contreras, que en vez de obrar,
consumía a veces el tiempo propalando indiscretamente que la plaza
tendría luego que rendirse si en breve no era socorrida.
[Marginal: Tentativa infructuosa de este para socorrer la plaza.]
Cediendo, en fin, Campoverde al clamor universal y al propio impulso,
resolvió hacer el 25 de junio una tentativa contra los sitiadores.
En su virtud Don José Miranda, al frente de la división valenciana y
de 1000 infantes de la de Eroles, con 700 caballos, fue destinado a
atacar los campamentos franceses de Hostalnou y Pallaresos, al paso que
Campoverde debía situarse a la izquierda en el Callas para sostener
la columna de ataque, y favorecerla además por medio de un falso
movimiento al cargo de Don José María Torrijos.
En espera de los nuestros, reunió Suchet sin alejarse sus principales
fuerzas, contando con que se le atacaría del lado de Villalonga.
Excusada era tanta prevención. Miranda no desempeñó su encargo so
pretexto de que no conocía el terreno, y alegando dudas y temores que
no le ocurrieron la víspera, y para las que no había nueva razón. Un
escarmiento ejecutivo y severo hubiera servido en este caso de lección
provechosa, y estorbado la repetición de actos tan indignos del nombre
español. Lavó hasta cierto punto la mancha Don Juan Caro, de vuelta
de Valencia, sorprendiendo y acuchillando en Torredenbarra a unos
200 franceses. Mas se perdió la ocasión de aliviar a Tarragona, y
Campoverde, aunque mal de su grado, tiró la vuelta del Vendrell.
[Marginal: Tropas inglesas que se presentan delante del puerto.]
Parecía, sin embargo, no estar todo aún perdido. El 26 llegaron delante
de Tarragona, procedentes de Cádiz, 1200 ingleses al mando del coronel
Skerret. Estas tropas, ya uniéndose a Campoverde, o ya reforzando la
plaza, hubieran sido de gran provecho, no tanto por su número, cuanto
por los alientos que infundiesen con su presencia. Mas cuando la suerte
va de caída, esperada ventura cámbiase en aguda desdicha, Skerret y
otros jefes británicos tomaron tierra, y después de examinar el estado
de la plaza mostráronse muy abatidos. Contreras viendo esto, si bien
le dijeron aquellos que se hallaban prontos a obedecerle, no quiso
forzarles la voluntad, y dejó a su arbitrio desembarcar o no su gente.
[Marginal: No desembarcan.] Entonces los jefes ingleses se decidieron
por mantenerla a bordo, y de consiguiente en mala hora aparecieron
en las playas de Tarragona, trastornando del todo con semejante
determinación ánimos ya muy inquietos después de las precedentes
desgracias.
[Marginal: Otras ocurrencias desgraciadas.]
Otra ocurrencia había aumentado antes dentro de la plaza la desunión
y discordia. Mal avenido Campoverde con Senén de Contreras a causa
de continuos e indiscretos razonamientos de este, le escribió para
que si no estaba contento se desistiese del mando, previniendo al
propio tiempo a Don Manuel Velasco le tomase en caso de la dejación de
Contreras, o en cualquiera otro en que el último tratara de rendirse.
Comunicó igual orden a los demás jefes, autorizándolos a nombrar
gobernador si Velasco no aceptase el cargo. Conformábase la resolución
de Campoverde con una circular de la regencia de principios de abril,
aprobada por las cortes, según la cual se mandaba que en tanto que
hubiese en una plaza un oficial que opinase por la defensa, aunque
fuese el más subalterno de la guarnición, no se capitularía, y que por
el mismo hecho se encargase dicho oficial del mando. Habíase originado
esta providencia de lo que pasó con Imaz en Badajoz. Pero en Tarragona
no se estaba en el mismo caso. Contreras no pensaba en rendirse, y
justo es decir que sobrábanle bríos y honra para cometer villanía
alguna. Era solo hombre de mal contentar, presuntuoso, y que usaba
con poco recato de la palabra y de la pluma. En este lance, altamente
ofendido, lejos de despojarse del gobierno dio a Velasco pasaporte para
que saliese de Tarragona y se incorporase al cuartel general. Privábase
así a la plaza de buenos oficiales, nacían partidos, y desmayaban hasta
los más firmes.
[Marginal: Baten los franceses la ciudad.]
Provechoso lucro para el francés. Avivaba este sus obras, y
estableciendo la 2.ª paralela a 60 toesas de la plaza, o sea del último
recinto que era el atacado, tuvo prontas y armadas en la noche del
27 al 28 las baterías de brecha. Sabedor Suchet de la llegada de los
ingleses, apremiábale posesionarse de Tarragona. Estaba distante de
imaginar que la presencia de aquellas tropas fuese nuevo agasajo que
le hacía la fortuna. Abrieron los sitiadores temprano el fuego en la
mañana del 28, intentando principalmente aportillar el muro en la
cortina del frente de San Juan por el ángulo que forma con el flanco
izquierdo del baluarte de San Pablo. El terreno es de piedra sin foso
ni camino cubierto.
Correspondieron los nuestros a los fuegos enemigos de un modo terrible
y acertado, y destruyéndoles los espaldones de las baterías, dejaron en
descubierto a sus artilleros y mataron a muchos. Por nuestra parte hubo
la desgracia de volarse un repuesto de pólvora en el estrecho baluarte
de Cervantes, y de que se apagasen sus fuegos. Mortíferos continuaban
en los otros puntos, mas, recio el enemigo en asestar furibundos tiros
contra el lienzo de la muralla que quería rasgar, empezó a conseguirlo
y franqueó al fin anchuroso boquerón.
[Marginal: La asaltan.]
A las cinco de la tarde conceptuaron los sitiadores practicable la
brecha, y dispuso Suchet el asalto bajo las órdenes de los generales
Habert, Ficatier y Montmarie. También Senén de Contreras se preparó
a recibir y rechazar a los franceses en la misma brecha, y aun a
defenderse dentro de las calles, cortadas varias y señaladamente la
rambla. 8000 hombres de buenas tropas le quedaban, y con ellas y alguna
ayuda del vecindario podría Tarragona durante muchos días repetir el
ejemplo de Gerona y Zaragoza. La suerte adversa determinó lo contrario.
El gobernador español formó en frente de la brecha dos batallones de
granaderos provinciales y el regimiento de Almería, y dio a sus jefes
acertadas órdenes. Quizá hubiera debido Contreras agolpar allí más
gente, y no esparcirla como lo hizo por otros puntos que no estaban
amagados.
[Marginal: La entran.]
Abalanzose pues el enemigo desde la trinchera contra la brecha. A los
primeros acometedores derríbalos la metralla que vomitan nuestras
piezas, los reemplazan otros y caen también o vacilan; acude la
reserva, los ayudantes mismos de Suchet y hasta se forma para dar
ejemplo un batallón de oficiales, que todo se necesitaba, arredrado el
soldado francés con el arrojo y serenidad que muestran los españoles.
Una y más veces se rompen las columnas enemigas, y una y más veces se
rehacen y quedan desbaratadas. A cabo de dura porfía y a favor del
número, suben los franceses a la brecha y penetran en la cortina y
baluarte de San Pablo, procurando extenderse a manera de relámpago por
lo largo del adarve.
[Marginal: Gloriosa resistencia de los sitiados.]
Así lo tenía proyectado el general enemigo con mucha prudencia,
pues dueños los suyos de todo el circuito del muro, sobrecogían a
los sitiados e imposibilitaban probablemente la defensa interior
de la ciudad. Sin embargo en las cortaduras de la rambla resistió
valerosamente el regimiento de Almansa los ímpetus de los contrarios,
y solo cedió al verse flanqueado y acometido por la espalda. Furibundo
el francés penetró a lo último por todas partes, pilló, quemó, mató,
violó, arreboló con sangre las calles y edificios de Tarragona.
[Marginal: Muerte de D. José González.]
En las gradas de la catedral murió defendiéndose, con otros hombres
esforzados, D. José González, hermano del marqués de Campoverde. Senén
de Contreras herido en el vientre de un bayonetazo cayó prisionero en
la puerta de San Magín. [Marginal: Horrible matanza.] Perecieron más
de 4000 personas del vecindario, ancianos, religiosos, mujeres y hasta
los más tiernos párvulos, porque si bien muchos de los principales
moradores habían desamparado la plaza antes del asalto, la masa de la
población habíase quedado a guardar sus hogares. Entre varios objetos
de curiosidad e importancia que se destruyeron, contose el archivo
de la catedral. De los soldados quedaron prisioneros, incluyendo los
heridos de los hospitales, 7800: los generales Courten, Cabrery y otros
oficiales superiores fueron de este número. Hubo tropas que intentaron
escaparse por la puerta de San Antonio camino de Barcelona, pero el
general Harispe, apostado hacia aquella parte, los envolvió o acosó
contra la plaza.
[Marginal: Reflexiones.]
Cometieron los españoles en la defensa diversas faltas. Fueron las
de Campoverde no perfeccionar de antemano las fortificaciones, mudar
de gobernador a mitad del sitio, y ofrecer confiadamente socorro
para después no proporcionarle. Reprenderse deben en Contreras sus
piques y quisquillas, sus manejos para malquistar al pueblo contra
los demás jefes, lastimosas ocupaciones en que perdía el tiempo con
desdoro suyo y en perjuicio de la causa que sostenía. Descansó también
sobradamente en los auxilios que esperaba de fuera, y aunque oficial
de saber y práctico, anduvo a veces desatentado en el modo de repeler
las acometidas del enemigo o de preverlas. Una voluntad única y sola
de inflexible entereza, y superior a celosas y míseras competencias,
retardado hubiera los ataques del sitiador, y aun inutilizado varias
de sus tentativas.
Con todo eso, la defensa de Tarragona, plaza de suyo irregular y
defectuosísima, honró a nuestras armas y afianzará por siempre a
Contreras un puesto glorioso en los fastos militares de España. El
enemigo, para apoderarse de aquel recinto, tuvo que abrir nueve
brechas, dar cinco asaltos, y perder según su propia cuenta 4293
hombres, pues según la de otros pasaron de 7000.
[Marginal: Suerte de Contreras y noble respuesta.]