Llevado Don Juan Senén de Contreras en unas angarillas delante de

Suchet, reprochole este lo pertinaz de la resistencia y díjole: «que

merecía la muerte por haber prolongado aquella más allá de lo que

permiten las leyes de la guerra, y por no haber capitulado abierta la

brecha.» Con dignidad le replicó Don Juan: «Ignoro qué ley de guerra

prohíba resistir al asalto, además esperaba socorros: mi persona debe

ser inviolable como la de los demás prisioneros. La respetará el

general francés; donde no, el oprobio será suyo, mía la gloria.» Suchet

tratole después con atenta cortesanía, agasajole y le hizo muchos

ofrecimientos para que pasase al servicio del rey intruso. Desecholos

Contreras, y de resultas le condujeron al castillo de Bouillon en los

Países Bajos, de cuyo encierro logró escaparse, no habiendo nunca

empañado su palabra de honor.

[Marginal: Ceremonia religiosa a la que asiste Suchet.]

Suchet bajo palio y a pie fue en Reus a la iglesia a dar gracias al

Todopoderoso por el triunfo que le había concedido con la toma de

Tarragona. En vez los invasores de granjearse con eso las voluntades,

las enajenaban más y muy mucho, pues el religioso pueblo, aquí como en

otras partes que ya hemos visto, calificaba tales actos de sacrílego

fingimiento y mera juglería. Y a la verdad, ¿cómo pudiera graduarlos

de otro modo, recordando que días antes, en Tarragona, los mismos que

ahora se mostraban tan píos y devotos, habían prostituido los templos,

profanado los sagrarios, quemado los óleos, pisoteado las formas? No

cuadran con la gravedad y pausa española tránsitos tan repentinos y

contradictorios, ni engaños tan mal solapados.

Difundida en Cataluña la nueva de la pérdida de Tarragona, se apoderó

de los ánimos exasperación y desmayo. Cundió el mal al ejército y

notose mucha deserción, porque los catalanes que en él había preferían

la guerra de somatenes a la de tropa reglada, poniendo además en

sus propios jefes mayor confianza que en los forasteros, y los que

eran valencianos, ansiando por volver a defender su propio suelo que

creían amenazado, reclamaban la promesa que les habían hecho de un

pronto retorno. Acrecentaban tal inclinación las mismas medidas de

Campoverde, fuera de sí y apesarado con los infortunios. [Marginal:

Resuelve Campoverde evacuar el principado.] Yendo el 1.º de julio de

Igualada a Cerveram congregó un consejo de guerra en el que por cuatro

votos de siete se decidió la evacuación del principado, dejando solo en

la tierra guerrillas de catalanes. Inconcebible resolución cuando se

conservaba aún Figueras, e intactas las plazas de Berga, Cardona y Seo

de Urgel.

[Marginal: Deserción.]

Con ella se aumentó la deserción, insistiendo ahincadamente el general

Miranda en su embarco y vuelta a Valencia, temeroso de que se alejase

el ejército de los confines de este reino al retirarse de Cataluña. No

se oponían Campoverde ni los otros jefes a tan justo deseo, en todo

conforme a lo que se había ofrecido al capitán general de Valencia,

pero dificultades casi insuperables estorbaron en un principio darle

cumplimiento, habiendo Suchet extendido sus tropas lo largo de la costa

hasta Barcelona.

[Marginal: Suchet pasa a Barcelona.]

En efecto, el general francés, con el propósito de impedir el embarco

de los valencianos, y aun con el de disipar si podía el ejército de

Campoverde, después de haber ordenado en Tarragona lo más urgente,

destacó en la noche del 29 al 30 dos divisiones camino de la capital

del principado, y marchó también él en la misma dirección con una

brigada y la caballería. Cañoneole la escuadra inglesa en la ruta, mas

no evitó que en Villanova de Sitges cogiese el francés algunos barcos,

bastantes heridos y partidas sueltas. Señaló el general Suchet su

viaje con reprehensibles actos. [Marginal: Actos suyos crueles.] Cogió

en Molins de Rey algunos prisioneros, soldados todos y entre ellos a

uno de 25 años de servicio, y mandolos ahorcar. Hincados de rodillas

pidiéronle aquellos desgraciados que tuviese consideración al uniforme

que vestían, mas Suchet implacable mandó ejecutar su fallo, y la misma

suerte cupo a varios paisanos y mujeres. En vano creía abatir con el

rigor al indómito catalán. Don José Manso, a cuyo cuerpo pertenecían

aquellos soldados, hizo en consecuencia una enérgica declaración, y

ahorcó a seis de los enemigos que había cogido prisioneros. Embaza

tanta sangre.

[Marginal: Toma Suchet a Tarragona.]

Noticioso Suchet de que Campoverde se internaba, no dando ya indicio

de querer embarcar a los valencianos, limitose a visitar la ciudad de

Barcelona y a tomar ciertas medidas para la prosecución de la campaña

de acuerdo con el gobernador Maurice Mathieu, y tornó en seguida a

Tarragona. Aquí puso la plaza y su campo bajo las órdenes del general

Musnier, y aseguró aún más las riberas del Ebro y la ciudad de Tortosa

con la división del general Habert, en tanto que él se preparaba a

nuevas empresas.

[Marginal: Desiste Campoverde de evacuar el principado.]

Por su lado Campoverde, adelante en el propósito de evacuar la

Cataluña, encaminábase a Agramunt para salvarse por las raíces del

Pirineo. La deserción de su gente y los clamores del principado le

detuvieron. A dicha ocurrió en el intermedio que Suchet se replegase

sobre Tarragona, y dejase libre y despejada la costa. Campoverde,

aprovechándose de tan oportuna clara, se dirigió a la marina [Marginal:

Se embarcan los valencianos.] y sin tropiezo consiguió embarcar el 8

de julio en Arenys de Mar la división valenciana. Púsose a bordo toda

ella excepto unos 500 hombres que, disgustados de no tornar a su país

nativo, se habían derramado por Aragón y juntádose a Mina y otras

partidas. Advertido Suchet del movimiento de Campoverde, revolvió

apriesa sobre Barcelona, en donde entró el 9, partiendo inmediatamente

Maurice Mathieu para oponerse a los intentos que mostraba el general

español. Llegó tarde el francés, pues los valencianos habían ya dado la

vela.

[Marginal: Sucede a Campoverde en el mando D. Luis Lacy.]

Habíase al propio tiempo alejado Campoverde, tomando el camino de Vic;

en esta ciudad se encontró con un sucesor que le enviaba de Cádiz la

regencia, con Don Luis Lacy, a quien entregó el mando en 9 de julio.

Perdido ya aquel general en la opinión y desestimado, menester le era

ceder el puesto a un nuevo jefe. En tiempos ásperos y de revuelta

aceleradamente se gasta el crédito, que a duras penas mantiene propicia

y constante fortuna.

[Marginal: Lacy y la junta del principado en Solsona. Su buen ánimo.]

Viendo Lacy que el general Suchet daba traza de perseguirle, salió

de Vic y pasó a Solsona, adonde le siguió la junta del principado,

la cual, después de la pérdida de Tarragona, había desamparado a

Monserrat. En los nuevos cuarteles, y favorecido de las plazas de

Cardona y Seu de Urgel [destruyó la de Berga], no menos que de lo agrio

de la tierra, empezó Lacy a rehacer su ejército y a reunir gente;

fomentó también las guerrillas y encomendó al barón de Eroles la guarda

de Monserrat, punto importante que amagaba el enemigo.

[Marginal: Marcha admirable del brigadier Gasca.]

Igualmente, no sirviéndole sino de inútil y pesada carga un gran

número de oficiales y caballos, despidió a muchos de aquellos y a

500 de estos, con otros soldados desmontados, permitiéndoles ir a

plantar bandera de ventura, o a unirse a otros ejércitos en que

pudieran ser empleados con utilidad y mantenerse más fácilmente. De

contar es, por cierto, el rumbo que tomaron. Partieron todos el 25 de

julio a las órdenes del brigadier Don Gervasio Gasca, faldearon los

Pirineos, vadearon ríos, y aunque perseguidos por las guarniciones

francesas llegaron felizmente a Luesia el 5 de agosto. Allí les causó

Chlopicki alguna dispersión, pero juntándose de nuevo en Éibar, en

Navarra, dioles Mina guías, y cruzaron el Ebro el 12 de agosto. Gasca,

prosiguiendo su marcha, se incorporó al ejército de Valencia, sin que

le fuese posible al enemigo el estorbarlo. Los más de los soldados

y oficiales acompañaron a aquel jefe hasta su destino, excepto unos

cuantos que perecieron en el viaje y las peleas, y otros que tomaron

sabor a la vida de los partidarios; de hambre y fatiga murieron

bastantes caballos. Rodeo fue este y marcha de 186 leguas; prodigiosa,

imposible de realizarse en otra clase de guerra.

[Marginal: Suchet trata de atacar la montaña de Monserrat.]

Cebado Suchet con los favores que le dispensaba la suerte, quiso

proseguir la carrera de sus triunfos. En la distribución que Napoleón

había hecho de las operaciones de Cataluña, al paso que encargó a dicho

Suchet el sitio de Tarragona, dejó a la incumbencia de Macdonald,

conforme en su lugar apuntamos, la reconquista de Figueras y la

toma de Monserrat y plazas al norte. Pero absorbida la atención de

este mariscal en recuperar aquella primera e importante fortaleza,

circunvalábala asistido de la flor de sus tropas, y no le quedaba

fuerza suficiente con que atender a otros objetos. Suchet, ahora más

libre, se encargó de la toma de Monserrat. Para ello, después de

perseguir a Campoverde hasta Vic, no habiendo podido impedir el embarco

de los valencianos, dejó allí en observación de las reliquias del

ejército español bastantes fuerzas, y regresó a Reus el 20 de julio

decidido a verificar su intento. [Marginal: Es elevado a mariscal de

Francia.] En este pueblo se halló con pliegos en que se le noticiaba

haberle elevado el emperador a la dignidad de mariscal de Francia, y

en que también se le daba la orden de demoler las fortificaciones de

Tarragona, excepto un reducto, y la de tomar a Monserrat, debiendo en

seguida marchar sobre Valencia. Cumplíanse así con sobras los deseos de

Suchet: se veía altamente honrado, y encargábasele concluir la empresa

que él mismo meditaba.

Mercedes tales servían de espuela al celo ya fervoroso del nuevo

mariscal. Derribó en breve, según se le prevenía, las obras exteriores

de Tarragona, mas no el recinto de la ciudad ni el fuerte Real,

disposición que aprobaron en París. Dejó dentro al general Bertoletti,

con 2000 hombres, y tuvo el 24 de julio reunidas ya en las cercanías de

Monserrat sus principales fuerzas, [Marginal: Eroles en Monserrat.] así

como una columna procedente de Barcelona. Eroles mandaba allí y tenía a

sus órdenes 2500 a 3000 hombres, los más de ellos somatenes.

[Marginal: Descripción de este punto.]

Es Monserrat encumbrada montaña que, por su naturaleza singular y

religiosas fundaciones, se presenta como una de las curiosidades más

notables de España. A siete leguas de Barcelona, domina los caminos

y principales eminencias del riñón de Cataluña. Tiene 8 leguas de

circunferencia por la base, compuesta de rocas altísimas y escarpadas,

de ramblas y torrenteras que no dejan sino pocas y angostas entradas.

A la mitad de la subida y algo más arriba está asentado en un plano

estrecho un monasterio de benedictinos, vasto y sólido, bajo la

advocación de la Virgen. A partir de allí, pelada del todo la montaña,

forma en varios parajes hasta la cima picachos y peñoles, a manera

de las torrecillas de un edificio gótico, que algunos han comparado

a un juego de bolos. Para llegar desde el monasterio a lo alto se

camina obra de dos horas, y en aquel trecho se hallan trece ermitas

con sus oratorios, pegadas unas contra los lados de la peña viva,

puestas otras en las mismas puntas. Llegando a la última, que nombran

de San Jerónimo, se descubren las campiñas, los pueblos y los ríos,

las islas y la mar: vista que se espacia deleitosamente por el claro y

azulado cielo del Mediterráneo. En moradas tan nuevas, en otro tiempo

tranquilas, residían de ordinario solitarios desengañados del mundo y

únicamente entregados a la oración y vida contemplativa. De muy antiguo

siendo este uno de los lugares más afamados por la devoción de los

fieles, constantemente ardían en la iglesia del monasterio 80 lámparas

de muchos mecheros cada una, y en lo que llamaban tesoro de la Virgen

veíanse acumuladas ofrendas de siglos, a punto de ser innumerables

las alhajas de oro y plata y las piedras preciosas. Un solo vestido

de la imagen, dádiva de una duquesa de Cardona, tenía sobre exquisito

recamado más de 1200 diamantes, montados en forma de 12 estrellas. Bien

vino, para que no fuesen presa del invasor, que los prevenidos monjes

hubiesen transferido con oportunidad a Mallorca lo más escogido de

aquellas joyas.

Tan venerable albergue habíanle convertido los españoles en militar

estancia durante la actual guerra, fortificando las avenidas. Está al

cierzo la más importante de ellas, que desciende culebreando por medio

de tajos y precipicios y va a dar a Casamasana. Dos baterías con

cortaduras en la roca cubrían este lado, habiéndose además establecido

un atrincheramiento a la entrada del monasterio, cuyas paredes se

hallaban igualmente preparadas para la defensa. Por el mediodía corre

un sendero que lleva a Collbató, y en él se había plantado otra

batería. Cuidose no menos de los otros puntos, si bien los amparaba lo

fragoso del terreno, en especial a levante, de caídas muy empinadas.

Preparose el barón de Eroles a sostener la estancia, y con tanta

confianza que proveyó de mantenimientos para ocho días las baterías

avanzadas. Al alborear del 25 de julio comenzaron los enemigos la

embestida, mandándolos Suchet en persona. Dirigiose el general Abbé

hacia la subida principal apoyado por Maurice Mathieu. Los otros

caminos fueron igualmente amagados soltando además tiradores que

procurasen trepar por las quiebras y vericuetos de la montaña con el

objeto de flanquear nuestros fuegos.

[Marginal: Le ataca y toma Suchet.]

Empeñose el ataque por el frente, y los contrarios no adelantaban ni

un paso, firmes los españoles y acompañando sus fuegos de todo género

de instrumentos mortíferos, y de piedras y galgas. Mas a cabo de largo

rato encaramándose por la montaña arriba las ya mencionadas tropas

ligeras, lograron dominar a nuestros artilleros y acribillarlos por la

espalda. Ni aun así cedieron los atacados, pereciendo casi todos sobre

las piezas antes que Abbé se posesionase de ellas.

Vencida por este término la mayor de las dificultades, prosiguió aquel

general vía del monasterio. Le habían precedido como para el ataque

anterior muchos tiradores que hicieron esfuerzos por adelantarse y

molestar desde los picachos y ermitas a los que defendían el edificio.

Consiguieron los enemigos su objeto y aun se metieron dentro por una

puerta trasera. Mas aquí, como el combate era singular, o sea de hombre

a hombre, escarmentáronlos los somatenes; y cierta era la derrota de

los contrarios, si Abbé no hubiese llegado al mismo tiempo y terminado

en favor suyo la pelea. Evacuaron los españoles el convento, y los más,

junto con su jefe Eroles, pudieron salvarse conocedores y prácticos

de la tierra. Tres monjes ancianos y alguno que otro ermitaño fueron

víctimas de la braveza del soldado francés. A dicha llegó a tiempo

Suchet para poder salvar a dos de ellos que todavía quedaban vivos.

Colígese de lo sucedido en Monserrat cuán dificultoso sea sostener

tales puestos, por inexpugnables que parezcan, pues o menester es

emplear fuerzas considerables que los defiendan, y entonces desaparece

la utilidad de su conservación, o no es posible tapar las avenidas de

modo que no columbre el acometedor resquicio por donde introducirse e

inutilizar las precauciones más bien concertadas.

A pocos días de haber tomado a Monserrat, dejó allí de guarnición el

Mariscal Suchet al general Palombini, asistido de su brigada y alguna

artillería, poniendo en Igualada al general Frère, cuyas comunicaciones

con Lérida por Cervera estaban asimismo aseguradas. Palombini no gozó

de gran sosiego, molestado siempre, y el 5 y 9 de agosto Don Ramón Mas,

al frente de los somatenes, atacole y le causó una pérdida de más de

200 hombres.

En el perseverar de los catalanes conoció Suchet no podía desamparar

aquel principado hasta que los suyos recobrasen a Figueras, y pudieran

las tropas que bloqueaban esta fortaleza enfrenar los desmanes del

somatén y las empresas de Don Luis Lacy. Aproximábase por desgracia tan

fatal momento.

[Marginal: Macdonald estrecha a Figueras.]

Tenía el enemigo estrechamente cercado aquel castillo con línea doble

de circunvalación. El mariscal Macdonald había en vano intimado varias

veces la rendición al gobernador Don Juan Antonio Martínez, a quien

no abatían los infortunios. Púsose el soldado a media ración, mermada

esta aún más, y consumidos sucesivamente los víveres, los caballos, los

animales inmundos: en fin, hambreada del todo la gente, y sin esperanza

de socorro, trató Martínez el 10 de agosto de salvarla arrostrando

peligros y abriéndose paso con la espada. Mas, muy en vela el enemigo,

[Marginal: Se rinde el castillo.] y casi exánimes los nuestros,

frustrose la tentativa, teniendo Martínez que rendirse el 19 del mismo

agosto. Cayeron con él prisioneros 2000 hombres, sin que entren en

cuenta los heridos y enfermos: entre los primeros hallaron a Floreta,

Marqués y otros confidentes en la sorpresa, que fueron ahorcados en un

patíbulo que el francés colocó en un revellín del castillo. Los Pous,

con mejor estrella, se salvaron, habiendo salido cuando Eroles, y en

premio de su servicio se les nombró capitanes de caballería.

[Marginal: No por eso cesa la guerra en Cataluña.]

Ni por eso cesó la guerra en Cataluña, antes bien renacía como de sus

propias cenizas. Lacy, activo y bravo, formaba batallones, sostenía

a los débiles, enardecía a los más valerosos, y metiéndose por

aquellos días en la Cerdaña francesa, repelió a 1200 hombres, exigió

contribuciones y sembró el espanto en el territorio enemigo. Por todas

partes rebullían los somatenes: Clarós apareció cerca de Gerona, en

Besós Miláns, otros en diversos lugares, y no les era lícito a los

invasores caminar sino como primero con fuertes escoltas. La junta del

principado y Lacy decían en sus proclamas. «¿No hemos jurado ser libres

o envolvernos en las ruinas de nuestra patria? Pues a cumplirlo.»

Podíase exterminar tal gente, no conquistarla.

[Marginal: Suchet pasa a Aragón, inquieto siempre este reino.]

Sin embargo el mariscal Suchet, codicioso de tomar a Valencia, dejando

por algún tiempo parte de su ejército en Cataluña, pasó a Zaragoza para

hacer los preparativos convenientes a la empresa que meditaba y se

le había ya encomendado en Francia. También urgía diese orden en las

cosas de Aragón, en donde con su ausencia comenzaba la tierra a andar

revuelta. En la ribera izquierda del Ebro los valencianos y el general

Gasca, de que hemos hecho mención, con otros varios habían meneado

aquellas comarcas y metido gran bulla. En la derecha, los generales

Villacampa, Obispo, enviado de Valencia, y Durán, acudiendo de Soria,

incomodaban a los destacamentos y guarniciones enemigas, de las que

la de Teruel se vio muy apurada. Suchet procuró despejar el país y

tranquilizarle algún tanto, estorbándole con todo para conseguirlo los

partidarios de las otras provincias, y en especial los temores que le

inspiraba la vecindad de Valencia.

[Marginal: Valencia. Convoca Bassecourt un congreso.]

En este reino había continuado mandando algún tiempo Don Luis Alejandro

de Bassecourt, no muy atinado ni en lo político ni en lo militar, y

que con deseos de granjearse el aura popular y de imitar a Cataluña,

había convocado para 1.º de enero de 1811 un congreso compuesto de

la junta y de diputados de la ciudad y la provincia. Las discusiones

de esta corporación extemporánea fueron públicas, y en un principio

se limitaron a proporcionar auxilios, y a las cuestiones puramente

económicas; mas, tomando los nuevos diputados gusto a su magistratura,

quisiéronle dar ensanches y empezaron a examinar la conducta del

general. Escociole a este la idea, llevando muy a mal que hechuras

que consideraba como suyas se tomasen tal licencia, [Marginal: Se

disuelve.] por lo que el 27 de febrero puso término a los debates y

prendió a Don Nicolás Gareli y a otros de los más fogosos. Las cortes,

a cuyo superior conocimiento subió la decisión de todo el negocio,

mandaron soltar a los presos, cerrando al propio tiempo la puerta a

los ambiciosos e inquietos de las provincias con el reglamento que por

entonces dieron a las juntas, [Marginal: Don Carlos O’Donnell sucede

a Bassecourt.] del que luego haremos mención, y al cual se sometieron

todas. La regencia nombró interinamente a Don Carlos O’Donnell por

sucesor de Bassecourt, cuyos procedimientos se miraron como nada

cuerdos.

[Marginal: Operaciones militares del segundo ejército o sea de

Valencia.]

Tampoco en lo militar se había el Don Luis mostrado muy atentado.

Vimos en el año último sus desaciertos en esta parte. Ahora había,

sí, fortificado a Murviedro; pero no coadyuvado cual pudiera al alivio

de Cataluña. Hasta el 22 de abril, que entregó el mando a O’Donnell,

tornando a Cuenca, apenas hizo en estos meses movimiento alguno de

importancia, no siéndolo uno que intentó sobre Ulldecona el 12 del

mismo abril.

O’Donnell, ayudado de la marina inglesa, ordenó al principiar mayo

una maniobra hacia el embocadero del Ebro. El comodoro Adams, a bordo

del Invencible, con dos fragatas y dos jabeques españoles, cañoneó la

torre de Codoñol, a 800 toesas de la Rápita, y el 9 obligó al enemigo

a que la evacuase. Al mismo tiempo, el conde de Romré, con unos 2000

españoles, avanzó por tierra, y Pinot, comandante francés de la Rápita,

acometido de ingleses y amenazado por españoles se replegó sobre

Amposta, punto que inmediatamente rodearon los nuestros. Mas acudiendo

sin tardanza los franceses de Tortosa y de los alrededores con fuerza

superior, libraron a los suyos, no ocupando sin embargo la Rápita hasta

después de la toma de Tarragona, y limitándose por esta vez a recobrar

la torre de Codoñol.

[Marginal: Sucede el marqués del Palacio a O’Donnell.]

En lo demás, no tentó O’Donnell operación alguna notable sino la de

enviar a Cataluña la división de Miranda, de que ya se habló, y hacer

amagos vía de Aragón, los cuales no dieron motivo a empresa alguna

señalada. El mando interino de Don Carlos O’Donnell cesó al fenecer

junio, empuñando el bastón en su lugar el marqués del Palacio. Fueron

de allí en adelante preparándose en Valencia acontecimientos de

funesto remate, que reservamos para otro libro.

[Marginal: Castilla la Nueva.]

Réstanos en este contar lo que pasó en Castilla la Nueva en la mitad

del año de 1811, tiempo que ahora nos ocupa: seremos breves. Tenían los

franceses encomendada la defensa de aquel territorio al ejército que

llamaban del centro, puesto a las inmediatas órdenes de José, y casi el

único de que podía disponer el intruso con libertad bastante amplia. En

ayuda de este ejército acudían a veces tropas de otras partes. Y como

no fuesen de ordinario suficientes las suyas propias para cubrir los

distritos de su incumbencia, que eran Ávila, Segovia, Madrid, Toledo,

Guadalajara, Cuenca y Mancha, apostábase en el último una división del

4.º cuerpo, o sea de Sebastiani, bajo el mando del general Lorge, con

especial encargo de conservar libre el tránsito entre las Andalucías y

la capital del reino. Cada distrito tenía un jefe militar, y sumaban

las fuerzas de todos ellos de 25 a 30.000 hombres.

[Marginal: Juntas y guerrilleros.]

Las contrarrestaban los guerrilleros, rara vez tropas regladas,

manteniéndose siempre en pie las juntas de Guadalajara y Cuenca:

inducidora algún tanto la primera de desavenencias y discordias. Otra

se formó en la Mancha, tampoco muy pacífica, la cual se albergaba

en los montes de Alcaraz y, por lo común, en Elche de la Sierra,

conservando como abrigo y apoyo de operaciones el castillo de las

Peñas de San Pedro, fábrica de romanos, sito en un peñol empinado.

Mandaba el cantón Don Luis de Ulloa. Imprimía esta junta una gaceta de

composición no muy culta, pero en idioma propio a divertir y embelesar

a la muchedumbre.

Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (4 de 5) · 第 10 / 26 段