Particular y larga correspondencia se siguió para apoderarse por

sorpresa de Barcelona, y creyendo Campoverde que estaba ya sazonado el

proyecto, se acercó a la plaza con lo principal de su fuerza, dividida

entonces en tres divisiones, al mando de los jefes Courten, Eroles y

Sarsfield. La vanguardia, en la noche del 19, llegó hasta el glacis de

Monjuich, y hubo soldados que saltaron dentro del camino cubierto y

bajaron al foso. Desgraciadamente, el gobernador de Barcelona, Maurice

Mathieu, vigilante y activo, había tenido soplo de lo que andaba, y en

vela, impidió el logro de la empresa. Los franceses castigaron a varios

habitantes como a cómplices, arcabuceando en el glacis de la plaza

el 10 de abril al comisario de guerra Don Miguel Alcina. En cuanto

a Campoverde, tornó a Tarragona sin haber padecido pérdida, y antes

bien Eroles escarmentó a los que quisieron incomodarle, obligándolos a

encerrarse dentro de la plaza.

[Marginal: Sorpresa y toma de Figueras por los españoles.]

Más feliz fue la tentativa de la misma clase ideada y llevada a cima

contra el castillo de San Fernando de Figueras. Por aquella comarca,

como en todo el Ampurdán y los lugares que le circundan, Fábregas,

Llovera, Miláns a veces, Clarós, otros varios, y sobre todo Rovira,

traían siempre a mal traer al enemigo e inquietaban la frontera misma

de Francia. En medio del estruendo de las armas, un capitán llamado

D. José Casas mantuvo inteligencia por el conducto de un estudiante,

Juan Floreta, con Juan Marqués, criado de Bouclier, guarda del almacén

de víveres del mencionado castillo o fortaleza, y principal autor

de aquella idea. Entraron otros en el proyecto, entre ellos y como

primeros confidentes Pedro y Ginés Pou o Pons, cuñados de Marqués.

Todos se avistaron y arreglaron en varios coloquios el modo de abrir a

los nuestros a favor de llave falsa, que de la poterna adquirieron por

molde vaciado en cera, la entrada de punto tan importante, cuya guarda

descuidaba el gobernador francés Guillot, confiado en lo inexpugnable

del castillo y en la falta de recursos que tenían los españoles para

atacarle. Convenidos pues el Casas y sus confidentes, enteraron de todo

a Don Francisco Rovira, y este a Campoverde, mereciendo el plan la

aprobación de ambos.

Inmediatamente ordenó el último a D. Juan Antonio Martínez, que

reclutaba gente y la organizaba en el cantón de Olot, que se

encargase, de acuerdo con Rovira, de la sorpresa proyectada,

disponiendo, al propio tiempo, que el barón de Eroles se acercase al

Ampurdán para apoyar la tentativa. El 6 de abril, sábado de Ramos,

Martínez y Rovira salieron de Esquirol, cerca de Olot, con 500

hombres y pasaron a Ridaura. Aquí se les incorporaron otros 500, y

el 7 llegaron todos a Oix, fingiendo que iban a penetrar en Francia.

Prosiguieron el 8 su camino, y por Sardenas se enderezaron a Llerona,

en donde permanecieron hasta el mediodía del 9. Lo próximos que estaban

a la frontera la alborotó, y alucinó a los franceses en la creencia

de que iban a invadirla. Diluviando y a aquella hora partieron los

nuestros, y torciendo la ruta fueron a Vilarig, pueblo distante tres

leguas de Figueras, y situado en una altura, término entre el Ampurdán

y el país montañoso. Ocultos en un bosque aguardaron la noche, y

entonces Rovira a fuer de catalán habló a los suyos y noticioles el

objeto de la marcha, dándoles en ello suma satisfacción.

A la una de la mañana del 10, se distribuyeron en trozos y pusiéronse

en movimiento. Casas, como más práctico, iba el primero. Dentro del

castillo había 600 franceses de guarnición, en la villa de Figueras

se contaban 700. Subió Casas con su tropa por la explanada frente del

hornabeque de San Zenón, metiose por el camino cubierto y descendió

al foso: sus soldados llevaban cubiertas las armas para que no

relumbrasen si acaso había alguna luz, y se adelantaron muy agachados.

Llegado que hubieron al foso, franquearon la entrada de la poterna

con la llave fabricada de antemano, y embocáronse todos sin ser

sentidos en los almacenes subterráneos, de donde pasaron a desarmar

la guardia de la puerta principal. Siguieron al de Casas los otros

trozos, y se desparramaron por la muralla, apoderándose de todos los

puntos principales. Dresaire sorprendió el cuartel principal, Bon el

de artillería, y Don Esteban Llovera cogió al gobernador en su mismo

aposento. Apenas encontraron resistencia, y todo estaba concluido en

menos de una hora, rindiéndose prisionera la guarnición.

[Marginal: Marcha a Figueras del barón de Eroles.]

Martínez y Rovira, que se habían mantenido en respeto fuera en los

arcos, o sea acueducto, se metieron también dentro, y con los que

llegaron en breve compusieron unos 2600 hombres para guardar el

castillo. Los franceses de la villa nada supieron hasta por la mañana,

y no pudiendo remediar el mal, quedoles solo el duelo. De Martorell

había el 9 partido Eroles para apoyar la sorpresa. [Marginal: Ocupa

a Olot y Castelfullit.] Diose el jefe español en su marcha tan

buena diligencia que el 12 se posesionó de los fuertes que ocupaban

los franceses en Olot y Castelfullit; les cogió 548 prisioneros, y

reforzado, se dirigió en seguida a Lladó y penetró el 16 en Figueras,

aniquilando al paso en la sierra de Puigventós un regimiento enemigo.

[Marginal: Estado crítico de los franceses.]

Con la toma repentina de aquel castillo estremeciose Cataluña de

alborozo y júbilo, figurándose que despuntaba ya la aurora de su

libertad. Crítica por cierto era la situación de los franceses; Rosas

mal provisto, Gerona y Hostalrich rodeados de bandas y somatenes,

notable la deserción y no poco el espanto del soldado enemigo con la

venganza del catalán, casi bravío después de la quema de Manresa.

Regía aquellas partes como antes el general francés Baraguey

d’Hilliers, y no sobrándole gente en tal aprieto, abandonó varios

puestos y algunos de consideración, así en lo interior como en la

costa, señaladamente Palamós y Bañolas; llamó a sí al general Quesnel,

próximo a sitiar la Seu de Urgel, y reconcentrando cuanto pudo sus

fuerzas, apellidó a guerra hasta la guardia nacional francesa de la

frontera, que esquivó entrar en España.

Grandes ventajas hubiera Campoverde podido sacar del entusiasmo de

los nuestros, y del azoramiento y momentáneo apuro de los contrarios.

Llegó la noticia de lo de Figueras a Macdonald, y conmoviole tanto que

escribió a Suchet en 16 de abril desde Barcelona: «Que el servicio

del emperador imperiosamente y sin dilación exigía los más prontos

socorros, pues de otro modo estaba perdida la Cataluña superior... y

que le enviase todas las tropas pertenecientes poco antes al 7.º cuerpo

francés, y que acababan de agregarse al de Aragón.»

[Marginal: Va también Campoverde a Figueras.]

Fuese descuido en Campoverde o carencia de recursos, no se aprovechó

cual pudiera de acontecimiento tan feliz, obrando con lentitud. Supo

el 12 de abril la toma de Figueras y no partió de Tarragona hasta el

20. Con mayor celeridad, probable era que hubiese impedido a Baraguey

d’Hilliers la reconcentración de parte de sus fuerzas, dado impulso y

mejor arreglo al levantamiento de los pueblos, y obligado a Suchet a

venir hacia allí y diferir el sitio de Tarragona.

[Marginal: No consigue sino en parte socorrer el castillo.]

Campoverde llegó el 27 a Vic. Le acompañaban 800 caballos y 2000

infantes que sacó de aquella plaza con 3000 hombres de la división de

Sarsfield. Más de 4000 hombres de tropa reglada y somatenes guarnecían

ya a Figueras, falta todavía de artilleros y de ciertos renglones de

primera necesidad. Estaba circunvalada la plaza por 9000 bayonetas y

600 caballos enemigos, número que competía con el de los españoles y

era superior en disciplina, si bien con la desventaja de dilatarse por

un amplio espacio en rededor de la fortaleza, cortado el terreno al

oeste con quebradas y estribos de montes.

En la noche del 2 al 3 de mayo se aproximó Campoverde, y al amanecer

del 3 atacó por el camino real para meter el socorro dentro de

Figueras. Sarsfield iba a la cabeza y rodeó la villa situada al pie

de la altura en donde se levanta la fortaleza, rechazando a los

jinetes enemigos que quisieron oponérsele. Al mismo tiempo Rovira,

que anteriormente había salido del castillo, unido con otro jefe de

nombre Amat, y mandando juntos unos 2000 hombres, llamaban la atención

del enemigo por Lladó y Llers. Eroles, todavía dentro, trataba por su

parte de ponerse en comunicación con Sarsfield haciendo pronta salida,

y ya se miraba como asegurada la entrada del socorro sin pérdida

ni descalabro alguno. Mas de repente los enemigos, que estaban muy

apurados en la villa, se dirigieron al coronel de Alcántara Pierrard,

emigrado francés, que desembocaba del castillo para ejecutar de aquel

lado, y conforme a las órdenes de Eroles, la operación concertada, y

le propusieron capitular. Engañado el coronel, anunció la propuesta a

Campoverde que también cayó en el lazo, y suspendiendo este el ataque

autorizó a dicho Pierrard para que concluyese el convenio pedido.

No era la demanda del enemigo sino un ardid de guerra. Cierto ahora

del punto por donde se le acometía, quería dar largas para traer de la

otra parte un refuerzo, como lo hizo, y seis cañones. El fuego de estos

desengañó a Campoverde, atacando Sarsfield inmediatamente la villa

de Figueras, lo mismo Eroles viniendo del castillo. Ya se hallaba el

primero en las calles cuando le flanquearon por la derecha 4000 hombres

que salieron de un olivar. Tuvo entonces que retirarse, y a dos de

seis batallones dispersáronlos los dragones franceses. Campoverde, sin

embargo, consiguió meter dentro de la fortaleza 1500 hombres escogidos

y algunos renglones, pero no todo lo que deseaba, y a costa de perder

varios efectos y 1100 hombres entre muertos, heridos y prisioneros.

Con menos confianza y más decisión hubiera evitado tal menoscabo, y

conseguido la completa introducción del socorro. A los franceses, que

perdieron 700 hombres, les era quizá permitida, según leyes de la

guerra, la treta que imaginaron: tocaba a Campoverde vivir sobre aviso.

La escuadra inglesa y algunos buques españoles recorrieron al propio

tiempo la costa; tomaron y destruyeron barcos, arruinaron muchas

baterías de la marina, malográndoseles una tentativa contra Rosas que

se lisonjearon de tomar por sorpresa.

[Marginal: Vacilación de Suchet.]

Faltaba ahora ver como Suchet obraría después de la pérdida tan grande

para ellos de Figueras, y si arreglaría su plan a los deseos arriba

indicados de Macdonald, o si se conformaría con las primeras órdenes

del emperador que no previendo el caso había determinado se sitiase a

Tarragona. Dudoso estuvo Suchet al principio; hasta que pesadas las

razones por ambos lados, resolvió no apartarse de lo que de París se

le tenía prevenido. Pensaba que Figueras acordonado se rendiría al

fin, y que urgía e importaba sobremanera posesionarse de Tarragona,

punto marítimo y base principal de las operaciones de los españoles

en Cataluña. Las resultas probaron no era falso el cálculo, y menos

descaminado: bien que para el acierto entró en cuenta el propio

interés. En recuperar a Figueras ganaba solo Macdonald: acrecíase la

gloria de Suchet con la toma de Tarragona. Así el primero tuvo que

limitarse a sus únicas y escatimadas fuerzas para acudir a recobrar

lo perdido, y el segundo se ocupó exclusivamente en adquirir, sin

participación de otro, nuevos triunfos y preeminencias.

[Marginal: Medidas de precaución que toma en Aragón.]

Antes de saber la sorpresa de Figueras, y luego que recibió la orden

de Napoleón, preparose Suchet para el sitio de Tarragona, cuidando

de dejar en Aragón y en las avenidas principales, tropa que en el

intermedio mantuviese tranquilo aquel reino. Más de 40.000 combatientes

juntaba Suchet con los 17.000 que se le agregaron de Macdonald.

Tres batallones, un cuerpo de dragones y la gendarmería ocupaban la

izquierda del Ebro; a Jaca y Benasque guardábanlos 1500 infantes,

y había puntos fortificados que asegurasen las comunicaciones con

Francia. El general Compère mandaba en Zaragoza, puesta en estado de

defensa y guarnecida por cerca de 2000 infantes y dos escuadrones,

extendiéndose la jurisdicción de este general a Borja, Tarazona

y Calatayud, en cuya postrera ciudad fortificaron los enemigos y

abastecieron el convento de la Merced, resguardados por dos batallones

que gobernaba el general Ferrier. Cubría a Daroca y parte del señorío

de Molina, fortalecido su castillo, el general Paris, teniendo a sus

órdenes 4 batallones, 300 húsares y alguna artillería. En Teruel se

alojaba el general Abbé con más de 3000 infantes, 300 coraceros y dos

piezas; y se colocaron en los castillos de Morella y Alcañiz, 1400

hombres, así como 1200 de los polacos en Batea, Caspe y Mequinenza,

favoreciendo estos últimos los transportes del Ebro. Excusamos repetir

lo ya dicho arriba de las tropas dejadas en Tortosa y su comarca hasta

la Rápita, embocadero de aquel río. Quedó además Chlopicki con 4

batallones y 200 húsares en el confín de Navarra, infundiendo siempre

gran recelo al enemigo las excursiones de Espoz y Mina. Detenémonos

a dar esta razón circunstanciada de las medidas preventivas que tomó

Suchet, para que de ella se colija cuál era el estado de Aragón al

cabo de tres años de guerra; de Aragón, de cuya quietud y sosiego

blasonaba el francés. No hubiera sido extraño que hubiesen permanecido

inmobles aquellos habitadores relazados así con castillos y puestos

fortificados. Sin embargo, a cada paso daban señales de no estar

apagada en sus pechos la llama sagrada que tan pura y brillante había

por dos veces relumbrado en la inmortal Zaragoza.

[Marginal: Resuélvese a sitiar a Tarragona.]

En fin, Suchet, tomadas estas y otras precauciones, y aseguradas

las espaldas del lado de Aragón y Lérida, adelantose el 2 de mayo

a formalizar el sitio de que estaba encargado, almacenando en Reus

provisiones de boca y guerra en abundancia, y acompañado de unos 20.000

hombres.

[Marginal: Principia el cerco.]

Forma Tarragona en su conjunto un paralelogramo rectángulo, situada

la ciudad principal en un collado alto, cuyas raíces por oriente y

mediodía baña el Mediterráneo. A poniente y en lo bajo está el arrabal,

adonde lleva una cuesta nada agria, corriendo por allí el río Francolí,

que fenece en la mar y se cruza por una puente de seis ojos sobrado

angosta. Cabecera de la España citerior y célebre colonia romana,

conserva aún Tarragona muchas antigüedades y reliquias de su pasada

grandeza. No la pueblan sino 11.000 habitantes. La circuye un muro del

tiempo ya de los romanos, cuyo lado occidental, destruido en la guerra

de sucesión, se reemplazó después con un terraplén de 8 a 10 pies de

ancho y cuatro baluartes, que se llaman, empezando a contar por el mar,

de Cervantes, Jesús, San Juan y San Pablo. Por esta parte, que es la

de más fácil acceso, y para cercar el arrabal, habíase construido otra

línea de fortificaciones que partía del último de los cuatro citados

baluartes, y se terminaba en las inmediaciones del fuerte de Francolí,

sito al desaguadero de este río: varios otros baluartes cubrían dicha

línea, y dos lunetas, de las que una nombrada del Príncipe, como

también la batería de San José y dos cortaduras, amparaban la marina

y la comunicación con el ya mencionado castillo de Francolí. En lo

interior de este segundo recinto y detrás del baluarte de Orleans,

colocado en el ángulo hacia la campiña, se hallaba el fuerte Real,

cuadro abaluartado. Había otras obras en los demás puntos, si bien por

aquí defienden principalmente la ciudad las escarpaduras de su propio

asiento. Eran también de notar el fuerte de Lorito o Loreto, y en

especial el del Olivo al norte, distante 400 toesas de la plaza sobre

una eminencia. Tenía el último hechura de un hornabeque irregular con

fosos por su frente y camino cubierto, aunque no acabado; en la parte

interna y superior había un reducto con un caballero en medio y dos

puertas o rastrillos del lado de la gola, la cual, escasa de defensas,

protegían la aspereza del terreno y los fuegos de la plaza.

Necesitaba Tarragona, para ser bien defendida, que la guarneciesen

14.000 hombres, y solo tenía al principio del sitio 6000 infantes y

1200 milicianos, en cuyo tiempo la gobernaba Don Juan Caro, sucediendo

a este, en fines de mayo, Don Juan Senén de Contreras. Era comandante

general de ingenieros Don Carlos Cabrer, y de artillería Don Cayetano

Saqueti.

Trataron los enemigos el 4 de mayo de embestir del todo la plaza.

El general Harispe, acompañado del de ingenieros Rogniat, pasó el

Francolí y caminó hacia el Olivo. Ofreciéronle los puestos españoles

gran resistencia, y perdió la brigada del general Salme cerca de 200

hombres. Al mismo tiempo la de Palombini, que con la otra componía la

división de Harispe, se prolongó por la izquierda y se apoderó del

Lorito y del reducto vecino llamado del Ermitaño, abandonados ambos

antes por los españoles como embarazosos. Colocó Harispe, además,

tropas de respeto en el camino de Barcelona, próximo a la costa. Del

lado opuesto y a la derecha de este general, se colocó Frère y su

división, y en seguida Habert con la suya, frontero al puente del

Francolí y apoyado en la mar, completándose así el acordonamiento.

El 5 hicieron los españoles cuatro salidas en que incomodaron al

enemigo, y empezó la escuadra inglesa a tomar parte en la defensa.

Constaba aquella de tres navíos y dos fragatas, a las órdenes del

comodoro Codrington, que montaba el Blake, de 74 cañones.

Precaviéronse los franceses como para sitio largo, y en Reus, su

principal almacenamiento, atrincheraron varios puestos y fortalecieron

algunos conventos y grandes edificios, temerosos de los miqueletes y

somatenes que no cesaban de amagarlos e incomodar sus convoyes.

Así fue que, el 6 de mayo, un cuerpo de aquellos acometió a Montblanch,

punto tan importante para la comunicación entre Tarragona y Lérida,

e intentó prender fuego al convento de la Virgen de la Sierra, que

guardaba un destacamento francés. Emplearon los miqueletes al efecto,

aunque sin fruto, la estratagema de cubrirse con unas tablas acolchadas

para poder arrimarse a las puertas, imitando en ello el _testudo_ de

los antiguos. Los franceses de resultas reforzaron aquel punto.

Continuando los enemigos sus preparativos de ataque contra Tarragona,

cortaron el acueducto moderno que surtía de agua a la ciudad, y que

empezó a restablecer en 1782, aprovechándose de los restos del famoso

y antiguo de los romanos, el digno arzobispo Don Joaquín de Santiyán

y Valdivieso. No causó a Tarragona aquel corte privación notable,

provista de aljibes y de un profundísimo pozo de agua no muy buena,

pero potable y manantial. Más dañó al francés: los somatenes, sabiendo

lo acaecido, hicieron cortaduras más arriba, y como aquellas aguas,

necesarias por el abasto del sitiador, venían de Pont de Armentera

junto al monasterio de Santas Cruces seis leguas distante, tuvo Suchet

que emplear tropas para reparar el estrago, y vigilar de continuo el

terreno.

Decidieron los franceses acometer a Tarragona por el Francolí, del

lado del arrabal, ofreciéndoles los otros frentes mayores obstáculos

naturales. Requeríase, sin embargo, en el que escogieron, comenzar por

despejar la costa de las fuerzas de mar, con cuya mira trazaron allí el

8 y al cabo remataron, a pesar del fuego vivo de la escuadra inglesa,

un reducto, sostenido después por nuevas baterías construidas cerca del

embocadero del Francolí.

[Marginal: Llega Campoverde a Tarragona.]

En lo interior de la plaza reinaba ánimo ensalzado, que se afirmó

con la llegada el 10 del marqués de Campoverde, quien, noticioso de

los intentos del enemigo, se había dado priesa a correr en auxilio

de Tarragona. Vino por mar, procedente de Mataró, con 2000 hombres,

habiendo dejado fuera la tropa restante bajo Don Pedro Sarsfield, con

orden de incomodar a Suchet en sus comunicaciones.

Tenía el enemigo para asegurar su ataque contra el recinto que tomar

primero el fuerte del Olivo, empresa no fácil. Le incomodaban mucho de

este lado las incesantes acometidas de los españoles; por lo que, para

reprimirlas y adelantar en el cerco, embistió en la noche del 13 al 14

unos parapetos avanzados que amparaban dicho fuerte. Los defendió largo

tiempo Don Tadeo Aldea, y solo se replegó oprimido del número. En el

Olivo, muy animosos los que le custodiaban, respondieron a cañonazos a

la proposición que de rendirse les hizo el francés; y pensando Aldea

en recobrar los parapetos perdidos, avanzó de nuevo y poco después en

tres columnas. Los contrarios, que conocían la importancia de aquellas

obras, habíanlas sin dilación acomodado en provecho suyo, y en términos

de frustrar cualquiera tentativa. Acometieron sin embargo los nuestros

con el mayor arrojo, y hubo oficiales que perecieron plantando sus

banderas dentro de los mismos parapetos.

Por de fuera molestaban los somatenes el campo enemigo, y también se

verificó el 14 un reconocimiento orilla de la mar, a las órdenes de Don

José San Juan, protegido por la escuadra. Se encerraron los franceses

en el reducto que habían construido, y apresurose a auxiliarlos el

general Habert.

El mismo Don José San Juan destruyó el 18 parte de las obras que

construía el sitiador a la derecha del Francolí, poniéndole en

vergonzosa fuga y causándole una pérdida de más de 200 hombres.

Señalose este día una mujer de la plebe conocida bajo el nombre de _la

Calesera de la Rambla_. Multiplicáronse las salidas con más o menos

fruto, pero con daño siempre del sitiador.

No descuidó Don Pedro Sarsfield desempeñar el encargo que se le había

encomendado de llamar a sí y atraer lejos de la plaza al enemigo.

El 20 se colocó en Alcover, y tuvieron los franceses que acudir con

bastante fuerza para alejarle, costándoles gente su propósito. Tres

días después, incansable Sarsfield se enderezó a Montblanch y puso en

aprieto al jefe de batallón Année, que allí mandaba; y si bien se libró

este, socorrido a tiempo, viose Suchet en la necesidad de abandonar

aquel punto, a cada paso acometido.

[Marginal: Atacan y toman los franceses con dificultad el fuerte del

Olivo.]

Ahora fijose el francés en tomar el fuerte del Olivo, y con tal intento

abrió la trinchera a la izquierda de los parapetos que poco antes había

ganado, dirigiéndose a un terromontero distante 60 toesas de aquel

castillo. Adelantó en su trabajo dificultosamente por encontrar con

peña viva. Al fin terminó el 27 cuatro baterías, que no pudo armar

hasta el 28, teniendo los soldados que tirar de los cañones a causa de

lo escabroso de la subida. Cada paso costaba al sitiador mucha sangre;

y en aquella mañana la guarnición del fuerte, haciendo una salida de

las más esforzadas, atropelló a sus contrarios y los desbarató. Para

infundir aliento en los que cejaban, tuvo el general francés Salme que

ponerse a la cabeza, y víctima de su valerosa arrogancia, al decir

_adelante_, cayó muerto de un metrallazo en la sien.

Vueltos en sí los franceses a favor de auxilios que recibieron,

comenzaron el fuego contra el Olivo el mismo día 28. Aniquilábalos la

metralla española hasta que se disminuyó su estrago con el desmontar

de algunas piezas, y la destrucción de los parapetos. En el ángulo de

la derecha del fuerte aportillaron los enemigos brecha sin que por eso

arriesgasen ir al asalto. Los contenía la impetuosidad y el coraje que

desplegaba la guarnición.

A lo último, desencabalgadas el 29 todas las piezas y arruinadas

nuestras baterías, determinaron los sitiadores apoderarse del fuerte,

amagando al mismo tiempo los demás puntos. La plaza y las obras

exteriores respondieron con tremendo cañoneo al del campo contrario,

apareciendo el asiento en que a manera de anfiteatro descansa Tarragona

como inflamado con las bombas y granadas, con las balas y los frascos

de fuego. Tampoco la escuadra se mantuvo ociosa, y arrojando cohetes

y mortíferas luminarias, añadió horrores y grandeza al nocturnal

estrepitoso combate.

Precedido el enemigo de tiradores, acorrió por la noche al asalto

distribuido en dos columnas: una destinada a la brecha, otra a rodear

el fuerte y a entrarle por la gola.

Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (4 de 5) · 第 8 / 26 段