Los franceses, sin omitir las malas artes, continuaron con ahínco en

sus trabajos para asegurar de todos modos su triunfo, y establecieron

en la noche del 1 al 2 de enero una nueva batería, distante solo 10

toesas de una de las caras del baluarte de San Pedro. En 7 horas de

tiempo abrieron con los nuevos fuegos dos brechas, sin contar la

aportillada primeramente en la cortina; y por último, todo se apercibía

para dar el asalto.

Uriarte, en aquel aprieto, y no tomadas de antemano medidas que

bastasen a repeler al enemigo, quiso que la ciudad capitulase y

que guardasen los españoles los principales fuertes. Propuesta que

parecería singular si no la explicase hasta cierto punto el deseo que

por una parte tenían los soldados de defenderse, y el descaecimiento

que por la otra se había apoderado de los más de los vecinos.

No era tampoco menor el de Alacha, que sordo ya a toda advertencia,

participó a Uriarte su final resolución de capitular así por los

fuertes como por la plaza.

Aparecieron tremoladas en consecuencia 3 banderas blancas, que

despreció el enemigo continuando en su fuego. Provenía tal conducta

de no querer tratar el francés antes de que se le entregase en prenda

el fuerte llamado Bonete, temiendo algún inesperado arranque de la

irritación del soldado español.

A todo se avenía Alacha, y creciendo en él la zozobra, avisó al general

enemigo que relajados los vínculos de la disciplina, le era imposible

concluir estipulación alguna si no le socorría. ¡Oh mengua! Aguijado

Suchet con la noticia, y cada vez más receloso de que se prolongase la

defensa por algún súbito acontecimiento, resolvió poner cuanto antes

término al negocio. Y para ello, corriendo en persona a la ciudad,

acompañado solo de oficiales y generales del estado mayor, y de una

compañía de granaderos, avanzó al castillo, y anunciando a los primeros

puestos la conclusión de las hostilidades, se presentó al gobernador.

Paso que se pudiera creer temerario, si no hubiera asegurado su éxito

anterior inteligencia. Trémulo Alacha, serenose con la presencia del

general enemigo que miraba como a su libertador. Eterno baldón que

disculparon algunos con la edad y los achaques del conde, condenando

todos a varios de los que le rodeaban, en cuyos pechos parecía

abrigarse bastardía alevosa.

[Marginal: La toman los franceses.]

Urgía sin embargo a los franceses ajustar la capitulación. Los soldados

españoles, aun los del castillo, intentaban defenderse, y necesitó

emplear tono muy firme el general enemigo y abreviar la llegada de sus

tropas para huir de un contratiempo. Hizo en seguida también él mismo

escribir aceleradamente un convenio que se firmó sirviendo de mesa

una cureña. No apresuró menos el que desfilase la guarnición con los

honores correspondientes y entregase las armas, debiendo conforme a lo

estipulado quedar prisionera de guerra. Ascendía todavía el número de

soldados españoles a 3974 hombres: los demás habían perecido durante el

sitio; de los franceses solo resultaron fuera de combate unos 500.

[Marginal: Sensación que causa en Cataluña.]

Embraveciose la opinión en Cataluña con la rendición de Tortosa, y con

lo descaminado y flojo de su defensa. Un consejo de guerra condenó

[Marginal: Sentencia contra el gobernador Alacha.] en Tarragona al

conde de Alacha a ser degollado, y el 24 de enero, ausente el reo, se

ejecutó la sentencia en estatua. A la vuelta a España en 1814 del rey

Fernando, se abrió otra vez la causa, dio el conde sus descargos, y le

absolvió el nuevo tribunal, no la fama.

En este ejemplo se nota cuánto daña al hombre público carecer de

voluntad propia y firme. Alacha, en la retirada de Tudela, había

recogido gloriosos laureles que ahora se marchitaron. Pero entonces

escuchó la voz de oficiales expertos y honrados, y no tuvo en la

actualidad igual dicha. Y si es cierto que los franceses en Tortosa

dirigieron el sitio con vigor y maestría, y acertaron en atacar por el

llano, lo que no habían hecho en Gerona, facilitoles para ello medios

el descuido de Alacha, abandonando los trabajos emprendidos en las

alturas inmediatas al fuerte de Orleans, y no pensando desde julio, en

que empezó su mando, en plantear otros, a cuyo progreso no obstaba el

semibloqueo del enemigo.

[Marginal: Toman los franceses el castillo del Coll de Balaguer.]

No queriendo Suchet desaprovechar tan feliz coyuntura como le ofrecía

la toma de Tortosa, previno al general Habert, adelantado ya a

Perelló, que tantease conquistar el fuerte de San Felipe en el Coll

de Balaguer, angostura entre un monte de la marina y una cordillera

a la mano opuesta, pelada casi toda ella de plantas mayores, a la

manera de tantas otras de España, pero odorífera con los muchos

romerales y tomillares que llenan de fragancia el aire. Dicho

castillo, construido en el siglo XVIII para ahuyentar a los forajidos

que allí se guarecían, y a los piratas berberiscos que acechaban su

presa ocultos en las inmediatas ensenadas, era importante para los

franceses, interceptándoles y dominando aquella posición el camino

de Tarragona a Tortosa. Habert rodeó el 8 de enero el fuerte de San

Felipe, e intimó la rendición. El gobernador, capitán anciano, de

nombre Serrá, en vez de mantenerse tieso se limitó a pedir 4 días de

término para dar una respuesta definitiva. Negósele tal demanda, y

desde luego comenzaron los franceses su ataque. Los españoles, sin

gran resistencia, abandonaron los puestos exteriores. Volose en breve

dentro del fuerte un almacén de pólvora, y fluctuando con la desgracia

el ánimo de la tropa, ya no muy seguro por lo de Tortosa, escalaron los

franceses la muralla, huyendo parte de la guarnición vía de Tarragona y

salvándose la otra en un reducto, donde capituló, y cayeron prisioneros

el gobernador, 13 oficiales y unos 100 soldados. Tanto cunde el miedo,

tanto contagia.

[Marginal: Providencias de Suchet. Vuelve a Aragón.]

Para asegurar Suchet aún más las ventajas conseguidas y el embocadero

del Ebro, fortificó el puerto de la Rápita y tomó otras disposiciones.

Encargó a Musnier que con su división vigilase las comarcas de Tortosa,

Albarracín, Teruel, Morella y Alcañiz; y dejó a Palombini y sus

napolitanos en Mora y sobre el Ebro, en resguardo de la navegación

del río, cuya izquierda ocupó el general Habert y su división para

favorecer los movimientos que el mariscal Macdonald trataba de hacer

contra Tarragona. Reservó consigo Suchet lo restante de su fuerza, y

partió a Zaragoza a entender en arreglos interiores, y atajar de nuevo

las excursiones de los guerrilleros y cuerpos francos que, con la

lejanía de las principales tropas francesas, andaban más sueltos.

[Marginal: Alborotos en Tarragona.]

En tanto, acaecían en Tarragona, de resultas de la entrega de Tortosa,

conmociones y desasosiegos. Los catalanes ya no veían por todas partes

sino traidores. Desconfiaban del general en jefe Iranzo y de los demás,

poniendo solo su esperanza en el marqués de Campoverde, quien gozaba de

aura popular, ya por su buen porte como general de división, ya por los

muchos amigos que tenía, y ya también por las fuerzas que habían ido

de Granada, cuyo núcleo quedaba aún, y a las cuales pertenecía aquel

caudillo. En la ciudad querían proclamarle por capitán general de la

provincia, adhiriendo a ello los pueblos circunvecinos que, llevados de

igual deseo, se agolparon un día de los primeros de enero al hostal de

Serafina, inmediato a Tarragona.

[Marginal: El marqués de Campoverde nombrado general de Cataluña.]

Muchos pensaron que el marqués no ignoraba el origen de los alborotos,

y que no los desaprobaba en el fondo, aunque, aparentando lo contrario,

quería alejarse del principado. No sabemos si en secreto tomó parte,

pero sí hubo allegados suyos y personas respetables que sostuvieron y

fomentaron la idea del pueblo por amistad a Campoverde, y por creer

que su nombramiento era el único medio de libertar a Cataluña de la

anarquía y del entero sometimiento al enemigo. Por fin, y al cabo de

idas y venidas, de peticiones y altercados, juntos todos los generales,

hizo Iranzo dejación del mando, y no admitiéndole otros a quienes

correspondía por antigüedad, recayó en Campoverde, el cual le aceptó

interinamente bajo la condición de que se atendrían todos a lo que en

último caso dispusiese el gobierno supremo de la nación.

Tranquilizó los ánimos este nombramiento, y evitó que el ejército

se desbandase, frustrándose también de este modo los intentos del

mariscal Macdonald que se había acercado a Tarragona con esperanzas de

enseñorearla, cimentadas en el acobardamiento que se había apoderado de

muchos, y en secretas correspondencias.

[Marginal: Asoma Macdonald a Tarragona.]

El 5 de enero había vuelto Macdonald a reunir al grueso de su ejército

la división de Frère, cedida temporalmente a Suchet; y yendo por Reus,

dio vista a los muros tarraconenses el 10 del mismo mes. La quietud,

restablecida dentro, desconcertó los planes de los franceses, que no

pudiendo detenerse largo tiempo en las cercanías por la escasez de

víveres y el hostigamiento de los somatenes, [Marginal: Se retira.]

determinaron pasar a Lérida con propósito de prepararse en debida forma

al sitio de Tarragona.

[Marginal: Reencuentro con Sarsfield en Figuerola.]

No realizó Macdonald su marcha reposadamente. Don Pedro Sarsfield,

situado con una división en Santa Coloma de Queralt, recibió orden de

Campoverde para caer sobre Valls, y cerrar el paso a la vanguardia

enemiga, al propio tiempo que las tropas de Tarragona debían picar

y aún embestir la retaguardia. Abría la marcha de los franceses

la división italiana al mando del general Eugeni [diversa de los

napolitanos de Palombini], y encontrose el 15 entre Valls y Plá con

Sarsfield. Los españoles acometieron el pueblo de Figuerola, adonde se

había dirigido el enemigo para atacar nuestra derecha, y le ocuparon,

arrollando a los contrarios y acuchillándolos los regimientos de

húsares de Granada y maestranza de Valencia que, a las órdenes de sus

coroneles Don Ambrosio Foraster y Don Eugenio María Yebra, se señalaron

en este día. El perseguimiento continuó hasta cerca de Valls; allí,

reforzada la vanguardia enemiga, paráronse los nuestros, y se libertó

la división italiana de un completo destrozo. Campoverde no tuvo por su

parte tanta dicha como Sarsfield; pues si bien salió de Tarragona para

incomodar la retaguardia francesa, tropezando con fuerzas superiores,

no se empeñó en acción notable, y Macdonald, de noche y de prisa,

atravesó los desfiladeros y se metió en Lérida. Costole el choque de

Figuerola, glorioso para Sarsfield, 800 hombres. Murió de sus heridas

el general Eugeni.

[Marginal: Nuevos alborotos de Tarragona.]

Érale imposible al marqués de Campoverde tomar desde luego parte

más activa en la campaña. Tenía que acudir al remedio de los males

dimanados de la reciente pérdida de Tortosa y del Coll de Balaguer, no

menos que a mejorar las defensas de Tarragona. Quizá requería también

su presencia en esta plaza la necesidad de afirmar su mando caedizo

en tales circunstancias. El fermento popular, aún vivo, servíale de

instrumento. Sustentaba la agitación el saberse que había la regencia

nombrado capitán general de Cataluña a Don Carlos O’Donnell, hermano

del Don Enrique, habiendo motín o síntomas cada vez que se sonrugía

la llegada. Campoverde no reprimía los bullicios bastantemente,

escaseándole para ello la fortaleza, y siendo patrocinadores, según

fama, personas que le eran adictas.

Encrespose la furia popular estando a la vista de Tarragona el navío

América, en la persuasión de que venía a bordo el sucesor, mas se

abonanzó aquella cuando se supo lo contrario. Renováronse, sin embargo,

los alborotos el 17 de febrero, y a ruegos de la junta, de los gremios

y de otras personas se posesionó Campoverde del mando en propiedad en

lugar de proseguir ejerciéndolo como interino.

Para distraer el enojo del pueblo, apaciguar a este del todo, y ganar

la opinión de la provincia entera, convocó Campoverde un congreso

catalán, destinado principalmente a proporcionar medios bajo la

aprobación de la superioridad. En rigor, no prohibía la ley tales

reuniones extraordinarias, no habiendo todavía las cortes adoptado

para las juntas una nueva regla, conforme hicieron poco después.

[Marginal: Nuevo congreso catalán.]

Se instaló aquel congreso el 2 de marzo, y de él nacieron conflictos

y disputas con la junta de la provincia, teniendo Campoverde que

intervenir y hasta que atropellar a varias personas, si bien al gusto

del partido popular. Modo impropio e ilícito de arraigar la autoridad

suprema. [Marginal: Disuélvese luego.] El congreso se disolvió a poco y

nombró una junta que quedó encargada, como lo había estado la anterior,

del gobierno económico del principado.

Nuevos sucesos militares, tristes unos, y otros momentáneamente

favorables para los españoles, sobrevinieron luego en esta misma

provincia. Interesaba a Napoleón no perder nada de lo mucho que habían

últimamente ganado allí sus tropas, y cifrando toda confianza en

Suchet, principal adquiridor de tales ventajas, resolvió encomendar

al cuidado de este las empresas importantes que hacia aquella parte

meditaba.

[Marginal: Providencias de Suchet en Aragón contra las partidas.]

De vuelta Suchet a Zaragoza, y antes de recibir nuevas instrucciones

y facultades, trató de destruir las partidas que habían renacido en

Aragón, alentadas con la ausencia de parte de aquellas tropas, y

con el malogro que ya se susurraba de la expedición de Massena en

Portugal. Don Pedro Villacampa andaba en diciembre en el término de

Ojos Negros, famoso por su mina de hierro y por sus salinas, en el

partido de Daroca, de cuya ciudad, saliendo al encuentro del español

el coronel Klicki, púsole en la necesidad de alejarse. Pero en enero

el general de Valencia Bassecourt, queriendo divertir al enemigo que

se presumía intentaba el sitio de Tarragona, dispuso que Villacampa y

Don Juan Martín el Empecinado, dependientes ahora, por el nuevo arreglo

de ejércitos, del 2.º o sea de Valencia, hiciesen diversas maniobras

uniéndosele o moviéndose sobre Aragón. Barruntolo Suchet y envió de

Zaragoza con una columna al general Paris, y orden a Abbé para que

partiese de Teruel, debiendo ambos salir de los lindes aragoneses y

extenderse al pueblo de Checa, provincia de Guadalajara, en donde se

creía estuviese Villacampa. En su ruta encontrose Paris el 30 de enero

con el Empecinado en la vega de Pradorredondo, y al día inmediato,

contramarchando Villacampa que se había antes retirado, trabose en

Checa acción, cooperando a ella el Empecinado, que combatió ya la

víspera con el enemigo: el choque fue violento, hasta que los jefes

españoles, cediendo al número, acabaron por retirarse.

Andando más tardo el general Abbé, no se juntó con Paris hasta el

4 de febrero, en cuyo día, combinando uno y otro sus movimientos,

se dirigieron el último contra Villacampa, el primero contra el

Empecinado, separados ya nuestros caudillos. No pudo Paris sorprender

en la noche del 7 al 8, como esperaba, a Villacampa, y se limitó a

destruir una armería establecida en Peralejos, replegándose el jefe

español hacia la hoya del Infantado.

Fue Abbé hasta la provincia de Cuenca tras del Empecinado, que tiró a

Sacedón, espantando el francés, al paso, en Moya, a la junta de Aragón

y al general Carvajal, su presidente, quien luego pasó a Cádiz, sin

que se hubiese granjeado, mientras mandó en aquella provincia, las

voluntades, ni adquirido militar nombre. Los generales Paris y Abbé,

habiendo permanecido en Castilla algunos días, y no conseguido en

su correría más que alejar del confín de Aragón al Empecinado y a

Villacampa, tornaron a los antiguos puestos.

Otros combates sostuvieron también en aquel tiempo las tropas de Suchet

contra partidas de jefes menos conocidos en ambas orillas del Ebro y

otros puntos. El capitán español Benedicto sorprendió y destruyó en

Azuara, cerca de Belchite, un grueso destacamento a las órdenes del

oficial Milawski; y Don Francisco Espoz y Mina, apareciendo en los

primeros días de abril en las Cinco Villas, atacó en Castiliscar a los

gendarmes y cogió 150 de ellos, llegando tarde en su socorro el general

Chlopicki.

[Marginal: Facultades nuevas y más amplias que Napoleón da a Suchet.]

Entre tanto, autorizó Napoleón a Suchet con las facultades que tenía

pensado y más arriba indicamos. Fecha la resolución en 10 de marzo,

encargábase por ella a dicho general el sitio de Tarragona, y se le

daba el mando de la Cataluña meridional, agregándosele además la fuerza

activa del cuerpo que regía Macdonald, desaire muy sensible para este,

revestido con la elevada dignidad de mariscal de Francia que todavía no

condecoraba a Suchet.

[Marginal: Vistas con este motivo de Suchet y Macdonald.]

Inmediatamente, y para tratar de poner en ejecución las órdenes

del emperador, se avistaron en Lérida ambos jefes. Quedábale de

consiguiente solo a Macdonald la incumbencia de conservar a Barcelona y

la parte septentrional de Cataluña, así como la de apoderarse de las

plazas y puntos fuertes de la Seu de Urgel, Berga, Monserrat y Cardona.

Retirado aquel mariscal a Lérida después del reencuentro de Figuerola,

había disfrutado poco sosiego, no abatiendo a los intrépidos catalanes

reveses ni desgracias. Obligábanle los somatenes a no dejar salir lejos

de la plaza cuerpos sueltos, y Sarsfield, apostado en Cervera, le

impedía excursiones más considerables.

De acuerdo ahora en sus vistas Suchet y Macdonald, pasaron sin dilación

a cumplir ambos la voluntad de su amo. Encargose el primero de la

nueva fuerza activa que se agregaba a su ejército y constaba de unos

17.000 hombres, como también del mando de la parte que se desmembraba

al general de Cataluña. [Marginal: Pasa Macdonald a Barcelona.] Partió

Macdonald de Lérida el 26 de marzo camino de Barcelona, en cuya ciudad

debía principalmente morar en adelante para dirigir de cerca las

operaciones y el gobierno del país que aún quedaba bajo su inmediata

dirección. Mas para realizar el viaje de un modo resguardado, ya que

no del todo seguro, facilitole Suchet 9000 infantes y 700 caballos a

las órdenes del general Harispe, los cuales, a lo menos en su mayor

número, pertenecían ahora al cuerpo de Aragón, y tenían que reunírsele,

desempeñado que hubieran la comisión de escoltar a Macdonald.

[Marginal: Quema de Manresa.]

Tomó este mariscal su rumbo vía de Manresa y acampó el 30 de marzo

con su gente en los alrededores de la ciudad. Seguía el rastro Don

Pedro Sarsfield, con quien se juntó el barón de Eroles en Casamasana,

acompañado de parte de las tropas que se apostaban en los márgenes del

Llobregat: ya unidos, marcharon ambos jefes en la noche del mismo 30,

y llegaron al hostal de Calvet, a una legua de Manresa. La junta de

esta ciudad había convocado a somatén, y los vecinos, acordándose de

anteriores saqueos de los franceses, habían casi todos abandonado sus

hogares. A la vista de ellos todavía estaban, cuando descubrieron las

llamas que salían por todos los ángulos del pueblo.

Habíale puesto fuego el enemigo incomodado por el somatén, o más

bien deseoso del pillaje que disculpaba la ausencia de los vecinos.

Macdonald, situado en las alturas de la Agulla a un cuarto de legua,

presenció el desastre y dejó que ardiese la rica y antes fortunada

Manresa sin poner remedio. 700 a 800 casas redujéronse a pavesas o

poco menos, incluso el edificio de las huérfanas, varios templos, dos

fábricas de hilados de algodón, e infinitos talleres de galonería,

velería y otros artefactos. Tampoco respetó el enemigo los hospitales,

llevando el furor hasta arrancar de las camas a muchos enfermos y

arrastrarlos al campamento. Solo se salvaron algunos en virtud de

las sentidas plegarias que hizo el médico Don José Soler al general

Salme, comandante de una de las brigadas de Harispe, recordándole el

convenio estipulado entre los generales Saint-Cyr y Reding, convenio

muy humano, y por el que los enfermos y heridos de ambos ejércitos

debían mutuamente ser respetados y remitidos, después de la cura, a sus

respectivos cuerpos. Los nuestros habían cumplido en todas ocasiones

tan puntualmente con lo pactado que el general Suchet no puede menos

de atestiguarlo en sus memorias,[*] [Marginal: (* Ap. n. 15-1.)]

diciendo: «Vimos en Valls muchos militares franceses e italianos

heridos, y nos convencimos de la fidelidad con que los españoles

ejecutaban el convenio.»

Véase, sin embargo, como eran remunerados. Los manresanos clamaron

por venganza, y pidieron a Sarsfield y a Eroles que atacasen y

destruyesen sin misericordia a los transgresores de toda ley, a

hombres desproveídos de toda humanidad. Cerraron los nuestros contra

la retaguardia enemiga, en donde iban los napolitanos bajo Palombini.

Desordenados estos, rehiciéronse, mas Eroles cargando de firme los

arrolló y vengó algún tanto los ultrajes de Manresa. Distinguiose aquí

el después malaventurado D. José María Torrijos, entonces coronel y

libre ya de las manos de los franceses, entre las que, según dijimos,

había caído prisionero meses atrás.

Macdonald, con tropiezos y molestado siempre, prosiguió su ruta,

padeciendo de nuevo bastante en un ataque que le dio, en el Coll de

David, Don Manuel Fernández Villamil, comandante de Monserrat. A duras

penas metiose en Barcelona el mariscal francés con 600 heridos, y una

pérdida en todo de más de 1000 hombres. Harispe el 5 de abril volvió

a Lérida yendo por Villafranca y Montblanch, no dejándole tampoco

de inquietar por aquel lado Don José Manso, que de humilde estado

ilustrábase ahora por sus hechos militares.

No solo a los manresanos, mas a toda Cataluña enfureció el proceder

de los franceses en aquella marcha, y sobre todo la quema de una

ciudad que en semejante ocasión no les había ofendido en nada.

Encrueleciose de resultas la guerra, tuvo crecimientos la saña.

[Marginal: Proclama de Campoverde.] El marqués de Campoverde expidió

una circular en que decía: «La conducta de los soldados franceses se

halla muy en contradicción con el trato que han recibido y reciben de

los nuestros... y la del mariscal Macdonald no se ajusta en nada con

las circunstancias de su carácter de mariscal, de duque, ni de general

que ha hecho la guerra a naciones cultas, que conoce el derecho de

gentes, los sentimientos de la humanidad. No ha limitado su atrocidad

este general a reducir a cenizas una ciudad inerme y que ninguna

resistencia le ha opuesto, sino que, pasando de bárbaro a perjuro, no

ha respetado el asilo de nuestros militares enfermos, transgrediendo la

inviolabilidad del contrato formado desde el principio de la guerra.»

Y después concluía Campoverde: «Doy... orden... a las divisiones y

partidas de gente armada... mandándoles que no den cuartel a ningún

individuo, de cualquiera clase que sea, del ejército francés que

aprehendan dentro o a la inmediación de un pueblo que haya sufrido

el saqueo, el incendio o asesinato de sus vecinos... y adoptaré y

estableceré por sistema en mi ejército el justo derecho de represalia

en toda su extensión.» Las obras siguieron a las palabras, y a veces

con demasiado furor.

[Marginal: Movimientos de este general.]

Antes desde Tarragona había dispuesto Campoverde realizar algunos

movimientos. Tal fue el que en 3 de marzo mandó ejecutar a D. Juan

Courten con intento de recobrar el castillo del Coll de Balaguer, lo

cual no se consiguió, aunque sí el rechazar al enemigo de Cambrils

hasta la Ampolla, con pérdida de más de 400 hombres. De mayor

consecuencia hubiera sido a tener buen éxito otra empresa que el mismo

general dirigió en persona, y cuyo objeto era la toma de Barcelona o a

lo menos la de Monjuich. Intentose el 19 de marzo, y con antelación,

por tanto, a la entrada de Macdonald en aquella plaza.

La comunicación de nuestros generales con lo interior del recinto

era frecuente, facilitándola la línea que casi siempre ocupaban los

españoles en el Llobregat, y la imposibilidad en que el enemigo estaba

de tener ni siquiera un puesto avanzado sin exponerle a incesante

tiroteo y pelea.

[Marginal: Tentativa malograda contra Barcelona.]

Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (4 de 5) · 第 7 / 26 段