A poco pensó igualmente Freire en distraer por su izquierda al

enemigo, y a este propósito envió la vuelta de las Alpujarras, con dos

regimientos, al conde del Montijo. En tan fragosos montes causó este

algún desasosiego a la guarnición de Granada, y aproximándose a la

ciudad, llegó hasta el sitio conocido bajo el nombre del _Suspiro del

Moro_.

Estrechado Sebastiani, hubo ocasión en que pensó abandonar a Granada,

cuyas avenidas fortificó, no menos que el célebre palacio morisco de la

Alhambra. Aliviole en situación tan penosa la llegada de Drouet a las

Andalucías, habiendo entonces sido reforzado el 4.º cuerpo; socorro con

el que pudo este respirar más desahogadamente.

[Marginal: Pasa Sebastiani a Francia.]

Pero Sebastiani, al finar junio, pasó a Francia, ya por lo quebrantado

de su salud, o ya más bien por las quejas del mariscal Soult, ansioso

de regir sin obstáculo ni embarazo las Andalucías. El primero, durante

su mando, no dejó de esmerarse en conservar las antigüedades arábigas

de Granada, y en hermosear algo la ciudad; mas no compensaron, ni

con mucho, tales bienes los otros daños que causó, las derramas

exorbitantes que impuso, los actos crueles que cometió. Tuvo Sebastiani

por sucesor al general Leval.

[Marginal: Galicia y Asturias.]

En Galicia y Asturias, el otro punto extremo de los dos en que ahora

nos ocupamos, no anduvo en un principio la guerra mejor concertada que

en Granada y Murcia. Don Nicolás Mahy conservó el mando hasta entrado

el año de 1811, y ocupose, más que en la organización de su ejército,

en disputas y reyertas provinciales. El bondadoso y recto natural de

aquel jefe le inclinaba a la suavidad y justicia; pero desviábanle a

veces malos consejos o particulares afectos puestos en quien no los

merecía.

El ejército gallego permanecía casi siempre sobre el Bierzo y otros

puntos del reino de León, y fue de alguna importancia la sorpresa que,

en 22 de enero, hizo Don Ramón Romay acometiendo a la Bañeza, en donde

cogió a los enemigos varios prisioneros, efectos y caudales. De este

modo prosiguió por aquí la guerra durante los primeros meses del año.

En Asturias mandaba Don Francisco Javier Losada; pero subordinado

siempre a Mahy, general en jefe de las fuerzas del principado, como lo

era de las de Galicia. Tan pronto en aquella provincia se adelantaban

los nuestros, tan pronto se retiraban, ocupando las orillas del Nalón,

del Narcea o del Navia, según los movimientos del enemigo. Los choques

eran diarios, ya con el ejército, ya con partidas que revoloteaban por

los diversos puntos del principado. El más notable acaeció el 19 de

marzo de este año de 1811 en el Puelo, distante una legua de Cangas de

Tineo yendo camino de Oviedo, lugar situado en la cima de unos montes

cuyas faldas, por ambos lados, lamen dos diferentes ríos. Losada se

colocó en lo alto, que forma como una especie de cuña, y aguardó a los

contrarios que le atacaron a las órdenes del general Valletaux. Nuestra

fuerza consistía en unos 5000 hombres, inferior la de los franceses.

Estaban con el general Losada Don Pedro de la Bárcena y Don Juan Díaz

Porlier, sirviendo este de reserva con la caballería, y aquel con los

asturianos de vanguardia. Tiroteose algún tiempo, hasta que, herido

Bárcena en el talón, entró en los nuestros un terror pánico que causó

completa dispersión. Losada y el mismo Bárcena, aunque desfallecido,

hicieron inútiles esfuerzos para contener al soldado, y solo salvó a

los fugitivos y a los generales la serenidad de Porlier y sus jinetes,

que hicieron frente y reprimieron a los enemigos.

Tal contratiempo probaba más y más la necesidad en que se estaba

de refundir todas aquellas fuerzas y darles otra organización,

introduciendo la disciplina, que andaba muy decaída. En la primavera

de este año empezose a poner en obra tan urgente providencia. El

mando del 6.º ejército se había confiado a Castaños, al mismo tiempo

que conservaba el del 5.º; acumulación de cargos más aparente que

verdadera, y que solo tenía por objeto la unidad en los planes, caso de

una campaña general y combinada con los anglo-portugueses. Y así, quien

en realidad gobernó, aunque con el título de segundo de Castaños, fue

Don José María de Santocildes, sucesor de Mahy, teniendo por jefe de

estado mayor a Don Juan Moscoso. Ambas elecciones parecieron con razón

muy acertadas: Santocildes habíase acreditado en el sitio de Astorga,

logrando después escaparse de manos de los enemigos, y a Moscoso ya le

hemos visto brillar entre los oficiales distinguidos del ejército de la

izquierda. Se notaron luego los buenos efectos de estos nombramientos.

En el país agradaron a punto de que se esmeraron todos en favorecer

los intentos de dichos jefes, y hubo quien ofreció donativos de

consideración.

Distribuyose el ejército en nuevas divisiones y brigadas, y se mejoró

su estado visiblemente, siguiéndose en el arreglo mejor orden y severa

disciplina. La 1.ª división, al mando del general Losada, quedó en

Asturias, la 2.ª, al de Taboada, se apostó en las gargantas de Galicia

camino del Bierzo, y la 3.ª, bajo Don Francisco Cabrera, en la Puebla

de Sanabria. Permaneció una reserva en Lugo, punto céntrico de las

otras posiciones. En principios de junio marchó a Castilla todo el

ejército, excepto la división de Losada que se enderezó a Oviedo. Esta

maniobra, ejecutada a tiempo que el mariscal Marmont había partido

para Extremadura, produjo excelentes resultas. [Marginal: Evacuación

de Asturias.] Los enemigos, por un lado, evacuaron el principado

de Asturias, saliendo de su capital el 14 de junio, en donde se

restablecieron inmediatamente las autoridades legítimas. Por el otro,

destruyeron el 19 las fortificaciones de Astorga y se retiraron a

Benavente, entrando el 22 en aquella ciudad el general Santocildes

en medio de los mayores aplausos, como teatro que había sido de sus

primeras glorias.

[Marginal: Acción de Cogorderos.]

Colocose el ejército español a la derecha del Órbigo, en donde se le

juntó una de las brigadas de la división que se alojaba en Asturias.

Bonnet, después que abandonó esta provincia, quedose en León,

vigilándole en sus movimientos los españoles. Limitáronse al principio

unas y otras tropas a tiroteos, hasta que en la mañana del 23 el

general Valletaux, partiendo del Órbigo, atacó a la una del día a D.

Francisco Taboada, situado hacia Cogorderos, en unas lomas a la derecha

del río Tuerto. Sostúvose el general español no menos que cuatro

horas, en cuyo tiempo acudiendo en su socorro la brigada asturiana

a las órdenes de Don Federico Castañón, tomó este a los enemigos por

el flanco y los deshizo completamente. Pereció el general Valletaux y

considerable gente suya; cogimos bastantes prisioneros, entre ellos 11

oficiales, y se vio lo mucho que en poco tiempo se había adelantado en

la formación y arreglo de las tropas.

Tampoco se descuidó el de las guerrillas del distrito, habiéndose

facultado al coronel Don Pablo Mier para que compusiese con ellas una

legión, llamada de Castilla. Muchas se unieron, y otras por lo menos

obraron de acuerdo y más concertadamente.

Al entrar julio, hizo Santocildes un reconocimiento general sobre

el Órbigo; y rechazando al enemigo, mostraron cada vez más los

soldados del 6.º ejército su progreso en el uso de las armas y en las

evoluciones. Así se fue reuniendo una fuerza que con la de Asturias

rayaba en 16.000 hombres, llevando visos de aumentarse si los mismos

caudillos proseguían a la cabeza.

[Marginal: 7.º ejército. Porlier a su frente.]

Íbase a dar la mano con este ejército el 7.º, que comenzaba a formarse

en la Liébana, habiendo sentado en Potes su cuartel general Don Juan

Díaz Porlier, 2.º en el mando. Estaba elegido primer jefe Don Gabriel

de Mendizábal, quien retardó su viaje con lo acaecido en el Gévora

el 19 de febrero: desventura que le obligó, para rehabilitarse en el

concepto público, a pelear en la Albuera voluntariamente como soldado

raso en los puestos más arriesgados. Porlier, en consecuencia, se

halló solo al frente del nuevo ejército, cuyo núcleo lo componían el

cuerpo franco de dicho caudillo y las fuerzas de Cantabria, engrosadas

con quintos y partidas que sucesivamente se agregaban. Renovales

fue enviado hacia Bilbao para animar a las partidas y enregimentar

batallones sueltos: tocó hasta en la Rioja, y contribuyó a sembrar

zozobra e inquietud entre los enemigos.

Quisieron estos apoderarse del principal depósito del 7.º ejército, y

acometieron a Potes en fines de mayo. Los nuestros habían, por fortuna,

puesto al abrigo de una sorpresa sus acopios, y con eso desvanecieron

las esperanzas del general Roguet que, asistido de 2000 hombres, entró

en aquella villa, teniéndola en breve que desamparar a causa de la

vuelta repentina de Don Juan Díaz Porlier, que había reunido toda su

tropa, antes segregada.

[Marginal: Partidas de este distrito.]

Los invasores, por tanto, no disfrutaban aquí de mayor respiro que en

las demás partes; causándoles el 7.º naciente ejército y las guerrillas

que en el distrito lidiaban irreparables daños. Comprendíanse en este

las de Campillo, Longa, el Pastor, Tapia, Merino y la del mismo Mina,

aunque con especial permiso el último de obrar con independencia.

Comprendíanse también las otras de menos nombre que recorrían las

montañas de Santander, ambas márgenes del Ebro, hasta los confines

de Navarra, y carretera real de Burgos. No entraba en cuenta la de

Don José Durán, si bien en Soria; pues por su proximidad a Aragón se

agregó con la de Amor, como las demás de aquel reino, al 2.º ejército,

o sea de Valencia. No pudiendo el francés exterminar contrarios tan

porfiados y molestos, trató de espantarlos haciendo la guerra, al

comenzar este año de 1811, con mayor ferocidad que antes, y ahorcando y

fusilando a cuantos partidarios cogía.

[Marginal: Sorpresa de un convoy en Arlabán por Mina.]

Y estos, no hallando ya para ellos puerto alguno de salvación, en vez

de ceder, redoblaron sus esfuerzos, anegando, por decirlo así, con su

gente todos los caminos. Los mariscales, generales, y casi todos los

pasajeros, siendo enemigos, veíanse a cada paso asaltados con gran

menoscabo de sus intereses y riesgo de sus personas. Entre los casos

de esta clase más señalados entonces [todos no es posible relatarlos]

sobresale el de Arlabán; que así llaman a un puerto situado entre los

lindes de Álava y Guipúzcoa, por donde corre la calzada que va a Irún.

Don Francisco Espoz y Mina, sabedor de que el mariscal Massena caminaba

a Francia juntamente con un convoy, ideó sorprenderle; y marchando

a las calladas y de noche por desfiladeros y sendas extraviadas,

remaneció el 25 de mayo sobre el mencionado puerto. Casualmente

Massena, a gran dicha suya, retardó salir de Vitoria; mas no el convoy,

que prosiguió sin detención su ruta. Las 6 de la mañana serían cuando

Mina, emboscado con su gente, se puso en cuidadoso acecho. Constaba

el convoy de 150 coches y carros, y le escoltaban 1200 infantes y

caballos, encargados también de la custodia de 1042 prisioneros

ingleses y españoles. Dejó Mina pasar la tropa que hacía de vanguardia;

y atacando a los que venían detrás, trabose la refriega, y duró hasta

las 3, hora en que cesó, cayendo en poder de los españoles personas

y efectos. Más de 800 hombres perdieron los franceses, 40 oficiales,

cogiendo el mismo Mina al coronel Laffite. Parte del caudal y las

joyas se reservaron para la caja militar; lo demás lo repartieron los

vencedores entre sí. Se permitió a las mujeres continuar su camino a

Francia; y trató bien Mina a los prisioneros, a pesar de recientes

crueldades ejercidas contra los suyos por el enemigo. Se calculó el

botín en unos 4.000.000 de reales, ¡poderoso incentivo para acrecentar

las partidas!

[Marginal: Ejército francés del norte de España.]

Conociendo Napoleón cuanto retardaba tal linaje de pelea la sumisión de

España, había ya pensado desde principios de 1811 en dar nuevo impulso

a la persecución de los guerrilleros, poniendo en una sola mano la

dirección suprema de muchos de los gobiernos en que había dividido la

costa cantábrica, y las orillas del Ebro y Duero. Así por decreto de

15 de enero formó el ejército llamado del norte, de que ya hemos hecho

mención, y cuyo mando encomendó al mariscal Bessières, duque de Istria.

Extendíase a la Navarra, las tres provincias vascongadas, parte de

las de Castilla la Vieja, Asturias y reino de León; y llegó a constar

dicho ejército de más de 70.000 hombres. Nada sin embargo consiguió el

Emperador francés, pues Bessières no disipó en manera alguna el caos

que producía guerra tan aturbonada, y para los enemigos tan afanosa;

volviéndose a Francia en julio, con deseo de lidiar en campos de más

gloria, ya que no de menos peligros. Tuvo por sucesor en el mando al

conde Dorsenne.

[Marginal: Cataluña, Aragón y Valencia.]

Muy atrás nos queda Cataluña, y con ella Aragón y Valencia, provincias

cuyos acontecimientos caminaban hasta cierto punto unidos, y a las que

hacían guerra los cuerpos de Suchet y Macdonald, obrando de concierto

para sujetarlas. Cuando en esta parte suspendimos nuestra narración,

formalizaba Suchet el sitio de Tortosa y se cautelaba para que no

le inquietasen las tropas y guerrillas de las provincias aledañas,

ayudándole Macdonald, colocado en paraje propio a reprimir los

movimientos hostiles del ejército de Cataluña, que a la sazón regía

Don Miguel Iranzo. Reduplicó Suchet sus conatos al fenecer del año de

1810; y el bloqueo de aquella plaza, comenzado en julio y todavía no

completado, convirtiose el 15 de diciembre en perfecto acordonamiento.

[Marginal: Sitio de Tortosa.]

Asiéntase Tortosa a la izquierda del Ebro en el recuesto de un elevado

monte, a cuatro leguas del Mediterráneo. Su población, de 11 a 12.000

habitantes. Las fortificaciones irregulares, de orden inferior,

construidas en diversos tiempos, siguen en el torno que toman los altos

y caídas la desigualdad del terreno. Al sudeste e izquierda siempre del

río, se levantan los baluartes de San Pedro y San Juan, con una cortina

no terraplenada, que cubre la media luna del Temple. El recinto se

eleva después en paraje roqueño, amparado de otros tres baluartes, por

donde embistió la plaza el duque de Orleans en la guerra de sucesión,

y desde cuyo tiempo, considerado este punto como el más débil, se le

enrobusteció con un fuerte avanzado, que todavía llevaba el nombre

de aquel príncipe. Pasados dichos tres baluartes, precipítase la

muralla antigua por una barranquera abajo, aproximándose en seguida al

castillo, situado en un peñasco escarpado y unido con el Ebro por medio

de un frente sencillo. Otro recinto, que parte del último de los tres

indicados baluartes, se extiende por de fuera y, abrazando dentro de

sí al castillo, júntase luego cerca del río con el muro más interno.

Defienden los aproches de todo este frente tres obras exteriores;

llaman a la más lejana las Tenazas, sita en un alto enseñoreador de la

campiña. Comunica la ciudad con la derecha del Ebro, aquí muy profundo,

por un puente de barcas, cubierto a su cabeza con buena y acomodada

fortificación. Entre el río y una cordillera que se divisa a poniente,

dilátase vasta y deliciosa vega, poblada antes del sitio de muchas

caserías, y arbolada de olivares, moreras y algarrobos que regaban más

de 600 norias. Parte de tanta frondosidad y riqueza talose y se perdió

para despejar los alrededores de la plaza en favor de su mejor defensa.

Se hallan por el mismo lado el arrabal de Jesús y las Roquetas. Desde

mediados de julio gobernaba a Tortosa el conde de Alacha, que se señaló

el año de 1808 en la retirada de Tudela. Era su 2.º Don Isidoro de

Uriarte, coronel de Soria. Constaba la guarnición de 7179 hombres, y

el vecindario, en su conducta, no desmereció al principio de la que

mostraron otras ciudades de España en sus respectivos sitios.

Para cercar del todo la antes solo semibloqueada plaza, había Suchet

ordenado el 14 de diciembre que el general Abbé quedase en las

Roquetas, derecha del río; y que Habert, que antes mandaba en este

paraje, pasase a la izquierda y ocupase las alturas inmediatas a la

plaza, arrojando de allí a los españoles, lo cual acaeció el 15,

después de haber los nuestros defendido la posición con tenacidad. Los

enemigos echaron puentes volantes río arriba y río abajo de Tortosa,

con objeto de facilitar la comunicación de ambas orillas.

Resolvieron también los mismos verificar su principal ataque por el

baluarte, o más bien semibaluarte, de San Pedro, teniendo para ello

primero que apoderarse de las eminencias situadas delante del fuerte

de Orleans, las cuales enfilaban el terreno bajo. En su cima había

Uriarte empezado a trazar un reducto, obra que Alacha, mal aconsejado,

decidió no se llevase a cumplido efecto. Los franceses, por tanto,

se enseñorearon fácilmente de aquellas cumbres, y abrieron el 19

la trinchera contra el fuerte de Orleans, ataque auxiliador del ya

indicado como principal.

Dieron también comienzo a este último en la noche del 20, y para no

ser sentidos, favorecioles el tiempo ventoso y de borrasca. Rompieron

la trinchera partiendo del río, y prolongáronla hasta el pie de las

alturas fronteras al fuerte de Orleans, distando solo de la plaza la

primera paralela 85 toesas. El general Rogniat dirigía los trabajos de

los ingenieros enemigos; mandaba su artillería el general Valée.

A la propia sazón reforzó a Suchet una división del ejército francés

de Cataluña a las órdenes del general Frère, en la que se incluía

la brigada napolitana del mando de Palombini. Envió Macdonald este

socorro el 18 en ocasión que, escaso de víveres y temeroso de alejarse

demasiado, volvía atrás de una correría que había emprendido hasta

Perelló. Colocó Suchet la división recién llegada en el camino de

Amposta.

Iba este adelante en los trabajos del asedio, y ponía su conato en el

ataque del baluarte de San Pedro, que era, según hemos dicho, el más

principal, sin descuidar el de su derecha, aunque falso, contra el

frente de Orleans, como tampoco otro de la misma naturaleza que empezó

a su izquierda a la otra parte del río, destinado a encerrar a los

sitiados en sus obras.

En los días 23 y 24 hicieron los últimos algunas salidas; mas el

25 terminó el enemigo la segunda paralela, lejana solo por el lado

siniestro 33 toesas del baluarte de San Pedro, distando por el otro

del recinto unas 50, recogida allí en curva a causa de los fuegos

dominantes del fuerte de Orleans. Hicieron de resultas los españoles,

la noche del 25 al 26, dos salidas, una a las 11 y otra a la 1. En

vela los enemigos, rechazaron a los nuestros, si bien después de haber

recibido algún daño.

No abatidos por eso los cercados, repitieron nueva tentativa en la

noche del 26 al 27, en la que igualmente fueron repelidos, situándose

entonces los franceses en la plaza de armas del camino cubierto,

enfrente del baluarte de San Pedro. Semejantes reencuentros y los

fuegos de la plaza retardaban algo los trabajos del sitiador, y le

mataban mucha gente con no pocos oficiales distinguidos.

Firmes todavía los españoles, efectuaron nueva salida en la tarde del

28, de mayor importancia que las anteriores. Para ello desembocaron

unos por la puerta del Rastro para atacar la derecha de los enemigos, y

otros se encaminaron rectamente al centro de la trinchera, protegiendo

el movimiento los fuegos de la plaza y los del fuerte de Orleans;

acometieron con intrepidez, desalojaron a los franceses de la plaza de

armas que habían ocupado, y los acorralaron contra la segunda paralela.

Parte de las obras fueron arruinadas, y por ambos lados se derramó

mucha sangre. Al cabo se retiraron los nuestros, acudiendo gran golpe

de contrarios, pero conservaron hasta la noche inmediata la plaza de

armas, recobrada a la salida.

Puede decirse que este fue el último y más señalado esfuerzo que

hicieron los cercados. En lo sucesivo se procedió flojamente. Alacha,

herido ya desde antes en un muslo y aquejado de la gota, mostró gran

flaqueza; y aunque es cierto que había entregado el mando a su 2.º,

habíale solo entregado a medias, con lo que se empeoró más bien que

favoreció la defensa, desmandando a veces uno lo que otro ordenaba, e

inutilizándose así cualesquiera disposiciones. La población, con tal

ejemplo, amilanose también y no coadyuvó poco al caimiento de ánimo

de algunos soldados y a la confusión: manejos secretos del enemigo

tuvieron en ello parte, como asimismo personas de condición dudosa que

rodeaban al abatido Alacha.

Construidas entre tanto y acabadas las baterías enemigas, rompieron el

fuego al amanecer del 29. Diez en número, tres de ellas dirigieron sus

tiros contra el fuerte de Orleans y las obras de la plaza colocadas

detrás, cuatro contra la ciudad y baluarte de San Pedro, las tres

restantes, a la derecha del río, apoyaban este ataque y batían además

el puente y toda la ribera.

En breve los fuegos del baluarte de San Pedro, los de la media luna

del Temple y los de casi todo aquel frente fueron acallados, y se

abrió brecha en la cortina. Ya anteriormente se hallaban las obras en

mal estado, y solo el estremecimiento de la propia artillería hundía

o resquebrajaba los parapetos. La caída de las bombas produjo en el

vecindario conturbación grande, aumentada por el descuido que había

habido en tomar medidas de precaución. En balde se esforzaron varios

oficiales en reparar parte del estrago, y en ofrecer al sitiador nuevos

obstáculos.

Quedaron el 31 apagados del todo los fuegos del frente atacado;

ocuparon los franceses, a la derecha del río, la cabeza del puente

abandonada por los españoles, añadieron nuevas baterías, y haciéndose

cada vez más practicable la brecha de la cortina junto al flanco del

baluarte de San Pedro, acercábase al parecer el momento del asalto.

Mal dispuestos se hallaban en la plaza para rechazarle, los vecinos

consternados, el soldado casi sin guía: Alacha, metido en el castillo,

no resolvía cosa alguna, mas lo empantanaba todo. Uriarte, viéndose

falto de arrimo en el mayor apuro, y hombre de no grande expediente,

juntó a los jefes para que decidiesen en tan estrecho caso. Los más

opinaron por pedir una tregua de 20 días, y por entregarse al cabo de

ellos, si en el intervalo no se recibía auxilio. Disimulado modo de

votar en favor de la rendición, pues claro era que no convendría el

francés en cláusula tan extraña. Otros, si bien los menos, querían que

se defendiese la brecha.

Prevaleció, como era natural, y no más honroso, el parecer de la

mayoría al que daba gran peso el desaliento de los vecinos, de tanto

influjo en esta clase de guerra. Por consiguiente, el 1.º de enero

enarboló el castillo, constante albergue de Alacha, bandera blanca; y

advirtió este a Uriarte que enviaba al coronel de ingenieros Veyán al

campo enemigo a proponer la tregua que se deseaba. Salió en efecto el

último con el encargo, y recibió de Suchet la consiguiente repulsa. Sin

embargo, el general francés envió al mismo tiempo dentro de la plaza

al oficial superior Saint-Cyr Nugues, facultado para estipular una

capitulación más apropiada a sus miras.

Abocose primero el parlamentario con Uriarte, quien insistió en

la anterior propuesta. Lo mismo hizo luego Alacha, añadiendo las

siguientes palabras: «El deseo de que no se vertiese más sangre del

vecindario me había inclinado a la tregua; no concedida esta, nos

defenderemos.» Pero replicándole el francés «que conocía el estado

de la plaza, y que la resistencia no sería larga», cambió Alacha

inmediatamente de parecer, y propuso venir a partido con tal que se

diese por libre a la guarnición. Veleidad incomprensible y digna del

mayor vituperio. Rehusó Saint-Cyr entrar en ningún acomodamiento de

aquella clase, cierto de que en breve pisaría el ejército francés el

suelo de Tortosa. Varios esforzados jefes allí presentes quedaron

yertos y atónitos al ver la mudanza repentina del gobernador: y se

sospecha que, desde entonces, allegados de este pactaron la entrega de

la plaza en secreto, medrosos del soldado, que se mostraba asombradizo

y ceñudo.

Historia del levantamiento, guerra y revolución de España (4 de 5) · 第 6 / 26 段