Fuentes de Oñoro continuó, como hemos dicho, todo el día, y cesó
repasando los franceses el Dos Casas, y quedándose los aliados en lo
alto, sin que ni unos ni otros ocupasen el lugar situado en lo hondo.
Mientras que la acción andaba tan empeñada por la derecha y centro,
el 2.º cuerpo, del mando de Reynier, aparentó atacar el extremo de la
línea izquierda de los aliados que cubría Sir Guillermo Erskine con la
5.ª división, defendiendo al mismo tiempo los pasos del río Dos Casas
por el lado del Fuerte de la Concepción y Aldea del Obispo. Reynier
no se empeñó en ninguna refriega importante al ver al inglés pronto a
aceptarla. Tampoco ocurrió suceso notable delante de Almeida, en donde
se apostaba la 6.ª división, que regía el general Campbell. El convoy
que los franceses tenían preparado con destino a Almeida, estuvo
aguardando en Gallegos todo el día coyuntura favorable, que no se le
presentó, para introducirse en la plaza.
La batalla, por tanto, de Fuentes de Oñoro puede mirarse como indecisa,
respecto a que ambas partes conservaron poco más o menos sus anteriores
puestos, y que el pueblo situado en lo bajo, verdadero campo de pelea,
no quedó ni por unos ni por otros. Sin embargo, las resultas fueron
favorables a los aliados, imposibilitado el enemigo de conservar y
de avituallar a Almeida, que era su principal objeto. El ejército
anglo-portugués perdió 1500 hombres, de ellos 300 prisioneros. El
francés algunos más por su porfía de querer ganar las alturas de
Fuentes de Oñoro.
Temía Wellington que los enemigos renovasen al día siguiente el
combate, y por eso empezó a levantar atrincheramientos que le abrigasen
en su posición. Mas los franceses, permaneciendo tranquilos el 6 y el
7, se retiraron el 8 sin ser molestados. Cruzaron el 10 el Águeda, la
mayor parte por Ciudad Rodrigo, los de Reynier por Barba de Puerco.
[Marginal: Evacúan los franceses a Almeida.]
Este día la guarnición enemiga evacuó a Almeida. Era gobernador el
general Brennier, oficial inteligente y brioso. No pudiendo Massena
socorrer la plaza, mandole que la desamparase. Fue portador de la orden
un soldado animoso y aturdido, de nombre Andrés Tillet, que consiguió
esquivar, aunque vestido con su propio uniforme, la vigilancia de los
puestos ingleses. El gobernador, a su salida, trató de arruinar las
fortificaciones, y preparadas las convenientes minas, al reventar de
ellas abalanzose fuera con su gente, y burló a los contrarios que le
cerraban con dobles líneas. Se encaminó en seguida apresuradamente
al Águeda con dirección a Barba de Puerco, en donde le ampararon las
tropas del mando de Reynier, conteniendo a los ingleses que le acosaban.
La conducta, en la jornada de Fuentes de Oñoro, de los generales en
jefe Wellington y Massena sorprendió a los entendidos y prácticos
en el arte de la guerra. Tan circunspecto el primero al salir de
Torres Vedras, tan cauto en el perseguimiento de los contrarios, tan
cuidadoso en evitar serios combates cuando todo le favorecía, olvidó
ahora su prudencia y acostumbrada pausa; ahora que su ejército estaba
desmembrado con las fuerzas enviadas al Guadiana, y Massena engrosado
y rehecho, aventurándose a trabar batalla en una posición extendida y
defectuosa que tenía a las espaldas la plaza de Almeida, todavía en
poder de los enemigos, y el Coa de hondas riberas y de dificultoso
tránsito para un ejército en caso de precipitosa retirada. Y ¿qué
impelió al general inglés a desviarse de su anterior plan seguido con
tal constancia? El deseo, sin duda, de impedir el abastecimiento de
Almeida. Motivo poderoso; pero ¿era comparable acaso con la empresa,
mucho menos arriesgada, de desbaratar al enemigo y destruirle en su
marcha? No solo Almeida entonces, quizá también Ciudad Rodrigo hubiera
caído en manos de los aliados, y el aniquilamiento del ejército francés
de Portugal hubiera influido ventajosamente hasta en las operaciones
de Extremadura, y de todo el mediodía de España.
Por su parte, Massena mostrose no tan atinado como de costumbre, pues
a haber proseguido vigorosamente la ventaja alcanzada sobre la derecha
inglesa, a la sazón que tuvo esta que replegarse y variar de puesto, la
victoria se hubiera verosímilmente declarado por el ejército francés,
y los nuevos laureles encubriendo los contratiempos pasados, quizá
cambiaran la suerte entera de la guerra peninsular. Dícese que varios
generales, sabiendo que iban a ser reemplazados, obraron flojamente y
desavenidos.
[Marginal: Sucede a Massena en el mando el mariscal Marmont.]
En efecto, Junot y Loison partieron en breve para Francia. Massena
mismo cedió el mando el 11 de mayo al mariscal Marmont, duque de
Ragusa, y Drouet, con los 10 a 11.000 hombres que le restaban del 9.º
cuerpo, marchó la vuelta de las Andalucías y Extremadura.
El recién llegado mariscal acantonó su ejército en las orillas del
Tormes, y solo dejó una parte entre este río y el Águeda, debiendo
hacer mudanzas y arreglos en el orden y la distribución.
[Marginal: Wellington vuelve a partir para Extremadura.]
Acampó Wellington su gente desde el Coa al Dos Casas; y el 16 del mismo
mayo volvió a partir con dos divisiones a Extremadura, porque Soult,
asistido de bastante fuerza, se adelantaba otra vez camino de aquella
provincia.
[Marginal: Beresford sitia a Badajoz.]
Había desde el 4 de mayo embestido Beresford la plaza de Badajoz por la
izquierda del Guadiana con 5000 hombres, reforzados por la 1.ª división
del 5.º ejército español, bajo el mando de Don Carlos de España. El 8
verificolo por la margen derecha, completando así el acordonamiento de
la plaza, y decidió abrir aquella misma noche la trinchera por delante
de San Cristóbal, punto señalado para el principal ataque. Como era el
primer sitio que los ingleses emprendían en España, sus ingenieros no
se mostraron muy prácticos, faltos también de muchas cosas necesarias.
Disponíanse al propio tiempo los anglo-portugueses a obrar
ofensivamente contra el ejército enemigo en la misma Extremadura,
aguardando apoyo de parte de los españoles. No se miraba como de
importancia el que podía dar por sí solo el general Castaños, y de
consiguiente se contaba con otras fuerzas.
[Marginal: Expedición que manda Blake y va a Extremadura.]
Eran estas las de Ballesteros y una expedición que dio la vela de
Cádiz el 16 de abril. A su cabeza habíase puesto Don Joaquín Blake,
presidente de la regencia, para lo que obtuvo especial permiso de las
cortes, vedando el reglamento dado a la potestad ejecutiva, el que
mandase ninguno de sus individuos la fuerza armada. Blake tomó tierra
el 18 en el condado de Niebla, y marchó por la sierra a Extremadura.
Allí se unió con la división de Don Francisco Ballesteros, hallándose
todo el cuerpo expedicionario acantonado el 7 de mayo en Fregenal y en
Monesterio. Se componía de las divisiones 3.ª y 4.ª del 4.º ejército,
y de una vanguardia. Esta la mandaba Don José de Lardizábal; era la
3.ª división la de Don Francisco Ballesteros; capitaneaba la 4.ª Don
José de Zayas, y los jinetes Don Casimiro Loi. En todo 12.000 hombres,
entre ellos 1200 caballos con doce piezas. Ejercía la función de jefe
de estado mayor Don Antonio Burriel, oficial sabio y amigo particular
de Don Joaquín Blake.
Cuando Wellington estuvo en Elvas quiso ponerse de acuerdo con los
generales españoles para las operaciones ulteriores; mas no pudiendo
Castaños atravesar el Guadiana a causa de una avenida repentina, la
misma que se llevó el puente de campaña establecido frente de Jurumeña,
le envió Wellington una memoria comprensiva de los principales puntos
en que deseaba convenirse, y eran los siguientes: 1.º, que Blake a
su llegada se situaría en Jerez de los Caballeros, poniendo sobre su
izquierda, en Burguillos, a Ballesteros; 2.º, que la caballería del 5.º
ejército se apostaría en Llerena para observar el camino de Guadalcanal
y comunicar con el dicho Ballesteros por Zafra; 3.º, que Castaños se
mantendría con su infantería en Mérida para apoyar sus jinetes, excepto
la división de España, reservada al asedio de Badajoz; y 4.º, que el
ejército británico se alojaría en una segunda línea, debiendo en caso
de batalla unirse todas las fuerzas en la Albuera, como centro de los
caminos que de Andalucía se dirigen a Badajoz.
[Marginal: Anteriores instrucciones de Wellington.]
En la memoria indicó también Wellington que si se juntaban para
presentar la batalla diversos cuerpos de los aliados, tomaría la
dirección el general más autorizado por su antigüedad y graduación
militar. Obsequio en realidad hecho a Castaños a quien, en tal caso,
correspondía el mando; pero obsequio que rehusó con loable delicadeza
sustituyendo a lo propuesto que gobernaría en jefe, llegado el momento,
el general que concurriese con mayores fuerzas: alteración que mereció
la aprobación de todos. Asistieron los generales españoles en los demás
puntos al plan trazado por el inglés.
[Marginal: Avanza Soult a Extremadura.]
Instaba a Soult ir al socorro de Badajoz. Mas antes tomó disposiciones
que amparasen bastantemente las líneas de Cádiz y la Isla, en donde no
dejaba de inquietar a los enemigos el marqués de Coupigny, sucesor,
según vimos, de la Peña. Fortificó también el mariscal francés más de
lo que ya lo estaban las avenidas de Triana y el monasterio cercano
de la Cartuja, para abrigar a Sevilla de una sorpresa; y hechos
otros arreglos, partió de esta ciudad el 10 de mayo. Llevaba consigo
30 cañones, 3000 dragones, una división de infantería reforzada
por un batallón de granaderos, perteneciente al cuerpo que mandaba
Victor, y dos regimientos de caballería ligera, que lo eran del de
Sebastiani. Llegó el 11 a Santa Olalla, y juntósele allí el general
Maransin; al mismo tiempo una brigada del general Godinot, acuartelado
en Córdoba, avanzaba por Constantina. Uniose el 13 a Soult el
general Latour-Maubourg, que tomó el mando de la caballería pesada,
encargándose del 5.º cuerpo el general Girard. Los franceses contaban
en todo unos 20.000 infantes y cerca de 5000 caballos, con 40 cañones.
Sentaron el 14 en Villafranca su cuartel general.
[Marginal: Levanta Beresford el sitio de Badajoz.]
No habían, entre tanto, los ingleses adelantado en el sitio de
Badajoz. Philippon, gobernador francés, aventajábase demasiado en
saber y diligencia para no contener fácilmente la inexperiencia de los
ingenieros ingleses e inutilizar los medios que contra él empleaban,
insuficientes a la verdad. Al aproximarse Soult, mandó Beresford
descercar la plaza, y en los días 13 y 14 empezó a darse cumplimiento
a la orden, siendo del todo abandonado el sitio en la noche del 15,
en que se alejó la 4.ª división inglesa y la de Don Carlos de España,
últimas tropas que habían quedado. Perdieron los aliados en tan
infructuosa tentativa unos 700 hombres muertos y heridos.
[Marginal: Batalla de la Albuera.]
Tuvieron el 14 vistas en Valverde de Leganés con el mariscal Beresford
los generales españoles, y convinieron todos en presentar batalla a los
franceses en las cercanías de la Albuera. En consecuencia expidieron
órdenes para reunir allí brevemente todas las tropas del ejército
combinado.
Es la Albuera un lugar de corto vecindario situado en el camino real
que de Sevilla va a Badajoz, distante cuatro leguas de esta ciudad y
a la izquierda de un riachuelo que toma el mismo nombre, formado poco
más arriba de la unión del arroyo de Nogales con el de Chicapierna.
Enfrente del pueblo hay un puente viejo y otro nuevo al lado, paso
preciso de la carretera. Por ambas orillas el terreno es llano y en
general despejado, con suave declive a las riberas. En la de la derecha
se divisa una dehesa y carrascal llamado de la Natera, que encubre
hasta corta distancia el camino real, y sobre todo la orilla río arriba
por donde el enemigo tentó su principal ataque. En la margen izquierda
por la mayor parte no hay árboles ni arbustos, convirtiéndose más y más
aquellos campos que tuesta el sol en áridos sequedales, especialmente
yendo hacia Valverde. Aquí la tierra se eleva insensiblemente y da el
ser a unas lomas que se extienden detrás de la Albuera con vertientes a
la otra parte, cuya falda por allí lame el arroyo de Valdesevilla. En
las lomas se asentó el ejército aliado.
El expedicionario llegó tarde en la noche del 15, y se colocó a la
derecha en dos líneas: en la primera, siguiendo el mismo orden, Don
José de Lardizábal y D. Francisco Ballesteros, que tocaba al camino de
Valverde: en la segunda, a 200 pasos, Don José de Zayas. La caballería
se distribuyó igualmente en dos líneas, unida ya la del 5.º ejército,
bajo las órdenes del conde de Penne Villemur, que mandó la totalidad de
nuestros jinetes.
El ejército anglo-portugués continuaba en la misma alineación, aunque
sencilla: su derecha en el camino de Valverde, dilatándose por la
izquierda perpendicularmente a los españoles. El general Guillermo
Stewart con su 2.ª división venía después de Ballesteros, y estaba
situado entre dicho camino de Valverde y el de Badajoz; cerraba la
izquierda de todo el ejército combinado la división del general
Hamilton, que era de portugueses. Ocupaba el pueblo de la Albuera con
las tropas ligeras el general Alten. La artillería británica se situó
en una línea sobre el camino de Valverde; los caballos portugueses
junto a sus infantes al extremo de la izquierda, y los ingleses
avanzados cerca del arroyo de Chicapierna, de donde se replegaron al
atacar el enemigo. Los mandaba el general Lumley, que se puso a la
cabeza de toda la caballería aliada.
Colocado ya así el ejército, llegó Don Francisco Javier Castaños con
seis cañones y la división de infantería de Don Carlos de España, la
cual se situó a ambos costados de la de Zayas, ascendiendo los recién
venidos con los de Penne Villemur, todos del 5.º ejército, a unos
3000 hombres. También se incorporaron al mismo tiempo dos brigadas de
la 4.ª división británica que regía el general Cole, y que formaron
con una de las brigadas de Hamilton otra segunda línea detrás de los
anglo-portugueses, los cuales hasta entonces carecían de este apoyo.
La fuerza entera de los aliados rayaba en 31.000 hombres, más de
27.000 infantes y 3600 caballos. Unos 15.000 eran españoles, los demás
ingleses y portugueses; por lo que, siendo mayor el número de estos,
encargose del mando en jefe, conforme a lo convenido, el mariscal
Beresford.
Alboreaba el día 15 de mayo y ya se escaramuzaban los jinetes. El
tiempo anubarrado pronosticaba lluvia. A las ocho avanzaron por el
llano dos regimientos de dragones enemigos que guiaba el general
Briche, con una batería ligera, al paso que el general Godinot, seguido
de infantería, daba indicio de acometer el lugar de la Albuera por el
puente. Los españoles empezaron entonces a cañonear desde sus puestos.
A la sazón los generales Castaños, Beresford y Blake, con sus estados
mayores y otros jefes, almorzaban juntos en un ribazo cerca del pueblo,
entre la 1.ª y 2.ª línea, y observando el maniobrar del enemigo
opinaban los más que acometería por el frente o izquierda del ejército
aliado. Entre los concurrentes hallábase el coronel Don Bertoldo
Schepeler, distinguido oficial alemán que había venido a servir de
voluntario la justa causa de la libertad española; y creyendo por el
contrario que los franceses embestirían el costado derecho, tenía fija
su vista hacia aquella parte, cuando columbrando en medio del carrascal
y matorrales de la otra orilla el relucir de las bayonetas, exclamó:
«Por allí vienen.» Blake entonces le envió de explorador, y en pos de
él, a otros oficiales de estado mayor.
Cerciorados todos de que realmente era aquel el punto amenazado,
necesitose variar la formación de la derecha que ocupaban los
españoles: mudanza difícil en presencia del enemigo y más para tropas
que, aunque muy bizarras, no estaban todavía bastante avezadas a
evolucionar con la presteza y facilidad requeridas en semejantes
aprietos.
No obstante verificáronlo los nuestros atinadamente, pasando parte
de las que estaban en segunda línea a cubrir el flanco derecho de la
primera, desplegando en batalla y formando con la última martillo, o
sea un ángulo recto. Acercábase ya el terrible trance: los enemigos se
adelantaban por el bosque; a su izquierda traían la caballería, mandada
por Latour-Maubourg, en el centro la artillería, bajo el general Ruty,
y a su derecha la infantería, compuesta de dos divisiones del 5.º
cuerpo, mandadas por el general Girard, y de una reserva, que lo era
por el general Werlé. Cruzaron el Nogales y el arroyo de Chicapierna,
y entonces hicieron un movimiento de conversión sobre su derecha,
para ceñir el flanco también derecho de los aliados, y aun abrazarle,
cortando así los caminos de la sierra, de Olivenza y de Valverde,
y procurando arrojar a los nuestros sobre el arroyo Valdesevilla y
estrecharlos contra Badajoz y el Guadiana. Mientras que los enemigos
comenzaban este ataque, que era, repetimos, el principal de su plan,
continuaban el general Godinot y Briche amagando lo que se consideraba
antes, en la primera formación, centro e izquierda del ejército
combinado.
Trabose, pues, por la derecha el combate formal. Empezole Zayas, le
continuó Lardizábal que había seguido el movimiento de aquel general,
y empeñáronse al fin en la pelea todos los españoles, excepto dos
batallones de Ballesteros, que quedaron haciendo frente al río de la
Albuera; mas lo restante de la misma división favoreció la maniobra de
Zayas, e hizo una arremetida sobresaliente por el diestro flanco de
las columnas acometedoras, conteniéndolas y haciéndolas allí suspender
el fuego. Los enemigos entonces, rechazados sobre sus reservas,
insistieron muchas veces en su propósito, si bien en balde; pero al
cabo, ayudados de la caballería mandada por Latour-Maubourg, se
colocaron en la cuesta de las lomas que ocupaban los españoles.
Acorrió en ayuda de estos la división del general Stewart, ya en
movimiento, y marchó a ponerse a la derecha de Zayas; siguiole la de
Cole a lo lejos, y se dilató la caballería, al mando de Lumley, la
vuelta del Valdesevilla para evitar la enclavadura de nuestra derecha
en las columnas enemigas, siendo ahora la nueva posición del ejército
aliado perpendicular al frente en donde primero había formado. Alten se
mantuvo en el pueblo de la Albuera, y Hamilton, con los portugueses,
aunque también avanzado, quedose en la línea precedente con destino a
atajar las tentativas que hiciese contra el puente el general Godinot.
Por la derecha, prosiguiendo vivísimo el combate y adelantándose
Stewart con la brigada de Colbourne, una de las de su división,
retrocedían ya de nuevo los franceses, cuando sus húsares y los
lanceros polacos, arremetiendo al inglés por la espalda, dispersaron la
brigada insinuada, y cogiéronle cañones, 800 prisioneros y 3 banderas.
Ráfagas de un vendaval impetuoso y furiosos aguaceros, unidos al humo
de las descargas, impedían discernir con claridad los objetos, y por
eso pudieron los jinetes enemigos pasar por el flanco sin ser vistos,
y embestir a retaguardia. Algunos polacos, llevados del triunfo, se
embocaron por entre las dos líneas que formaban los aliados, y la
segunda inglesa, creyendo la primera ya rota, hizo fuego sobre ella y
sobre el punto donde estaba Blake: afortunadamente descubriose luego el
engaño.
En tan apurado instante sostúvose sin embargo firme un regimiento
de los de la brigada de Colbourne, y dio lugar a que Stewart con
la de Hoghton volviese a renovar la acometida. Hízolo con el mayor
esfuerzo; ayudole, colocándose en línea la artillería, bajo el mayor
Dickson, y también otra brigada de la misma división que se dirigió a
la izquierda. Don José de Zayas con los suyos empeñose segunda vez en
la lucha, y lidió valerosamente. La caballería, apostada a la derecha
del flanco atacado, reprimió al enemigo por el llano, y se distinguió
sobre todo, y favoreció a Stewart en su desgracia, la del 5.º ejército
español, acaudillada por el conde de Penne Villemur y su segundo, Don
Antolín Reguilón.
La contienda andaba brava, y el tiempo, habiendo escampado, permitía
obrar a las claras. De ningún lado se cejaba, y hacíanse descargas
a medio tiro de fusil: terrible era el estruendo y tumulto de las
armas, estrepitosa la altanera vocería de los contrarios. Por toda
la línea habíase trabado la acción; en el frente primitivo y en la
puente de la Albuera también se combatía. Alten aquí defendió el
pueblo vigorosamente, y Hamilton, con los portugueses y los dos
batallones españoles que dijimos habían quedado en la posición primera,
protegiéronla con distinguida honra.
Dudoso todavía el éxito, cargaron en fin al enemigo las dos brigadas
de la división de Cole; la una, portuguesa, bajo el general Harvey,
se movió por entre la caballería de Lumley y la derecha de las lomas,
sobre cuya posesión principalmente se peleaba, y la otra, que conducía
Myers, encaminose adonde Stewart batallaba.
A poco Zayas, animado en vista de este movimiento, arremetió en columna
cerrada, arma al brazo, y hallábase a diez pasos del enemigo a la sazón
que, flanqueado este por portugueses de la brigada de Harvey, volvió la
espalda y arremolinándose sus soldados y cayendo unos sobre otros, en
breve fugitivos todos, rodaron y se atropellaron la ladera abajo. Su
caballería, numerosa y superior a la aliada, pudo solo cubrir repliegue
tan desordenado. Repasó el enemigo los arroyos, y situose en las
eminencias de la otra orilla, asestando su artillería para proteger, en
unión con los jinetes, sus deshechas y casi desbandadas huestes.
No los persiguieron más allá los aliados, cuya pérdida había sido
considerable. La de solos los españoles ascendía a 1365 hombres entre
muertos y heridos: de estos fuelo Don Carlos de España; de aquellos
el ayudante primero de estado mayor Don Emeterio Velarde, que dijo al
expirar: «Nada importa que yo muera si hemos ganado la batalla.» Los
portugueses perdieron 363 hombres; los ingleses 3614 y 600 prisioneros,
pues los otros se salvaron de las manos de los franceses en medio
del bullicio y confusión de la derrota. Perecieron de los generales
británicos Hoghton y Myers: quedó herido Stewart, Cole y otros
oficiales de graduación.
Contaron los franceses de menos 8000 hombres: murieron de ellos los
generales Pepin y Werlé, y fueron heridos Gazan, Maransin y Bruyer.
Sangrienta lid, aunque no fue de larga duración.
El 19 ambos ejércitos se mantuvieron en línea en frente uno de otro;
retirose Soult por la noche, yendo tan despacio que no llegó a Llerena
hasta el 23. Los aliados dejáronle ir tranquilo. Solo le siguió la
caballería que, mandada por Lumley, tuvo luego en Usagre un recio
choque en que fueron escarmentados los jinetes enemigos, con pérdida de
más de 200 hombres.
[Marginal: Manifestación del parlamento británico y de las cortes en
favor de los ejércitos.]
El parlamento británico declaró «reconocer altamente el distinguido
valor e intrepidez con que se había conducido el ejército español del
mando de S. E. el general Blake en la batalla de la Albuera», aunque
parece no había ejemplo de demostraciones semejantes en favor de tropas
extranjeras. Las cortes hicieron igual o parecida declaración respecto
de los aliados, y además decretaron ser el ejército español benemérito
de la patria, con orden de que, finalizada la guerra, se erigiese en la
Albuera un monumento. Agraciose también con un grado a los oficiales
más antiguos de cada clase.
[Marginal: Celebra la victoria Lord Byron. (* Ap. n. 14-3.)]
Mereció tan gloriosa jornada honorífica conmemoración del estro sublime
de [*] Lord Byron, expresando que en lo venidero sería el de la Albuera
asunto digno de celebrarse en las jácaras y canciones populares.
[Marginal: Llega Wellington después de la batalla.]