delinear la pluma. Ya en las primeras estancias, ya en las de Santarén,
ya en el camino que de vuelta recorrieron, no se ofrecía a la vista
otra imagen sino la de la muerte y desolación. Los frutos en el otoño
no fueron levantados ni recogidos, y de ellos los que no consumió el
hambriento soldado, podridos en los árboles o caídos por el suelo,
sirvieron de pasto a bandadas de pájaros y a enjambre de inmundos
insectos que acudieron atraídos de tan sabroso y abundante cebo. La
miseria del ejército francés llegó a su colmo: cada hombre, cada cuerpo
robaba y pillaba por su cuenta, y formose una gavilla de merodeadores
que se apellidaron a sí mismos _décimo cuerpo de operaciones_;
dispersarlos costó mucho al mariscal Massena. Pero no eran estos, según
acabamos de decir, los solos que causaban daño; la penuria siendo
aguda para todos, todos participaron de la indisciplina y la licencia,
acordándose únicamente de que eran franceses cuando se trataba de
lidiar y combatir al inglés. Algunos habitantes que se quedaron en sus
casas o tornaron a ellas confiados en halagüeñas promesas, martirizados
a cada instante, unos perecieron del mal trato o desfallecidos, otros
prefirieron acogerse a los montes y vivir entre las fieras, antes que
al lado de seres más feroces que no aquellas, aunque humanos. Hubo
mansión en cuyo corto espacio se descubrieron muertos hasta 30 niños
y mujeres. Los lobos agolpábanse en manadas, adonde como apriscados,
de montón y sin guarda yacían a centenares cadáveres de racionales y
de brutos. Apurados los franceses y caminando de priesa, tenían con
frecuencia que destruir sus propias acémilas y equipajes. En una sola
ocasión toparon los ingleses con 500 burros desjarretados, en lánguida
y dolorosa agonía, crueldad mayor mil veces que la de matarlos. Las
villas de Torres Novas, Tomar y Pernes, morada muchos meses de los
jefes superiores, no por eso fueron más respetadas: ardieron en parte
y, al retirarse, entregáronlas los enemigos al saco. También quemó
el francés a Leiría, y el palacio del obispo fue abrasado por orden
de Drouet; y por otra especial del cuartel general cupo igual suerte
al famoso monasterio cisterciense de Alcobaça, enterramiento de
algunos reyes de Portugal, señaladamente de Don Pedro I y de su esposa
Doña Inés de Castro, cuyos sepulcros fueron profanados en busca de
imaginados tesoros, y las reliquias esparcidas al viento; y cuéntase
que aún se conservaba entero el cuerpo de Inés, desventurada beldad,
que al cabo de siglos ni en la huesa pudo lograr reposo. En seguida
todos los pueblos del tránsito se vieron destruidos o abrasados: el
rastro del asolamiento indicaba la ruta del invasor, tan insano como si
empuñara la espada del vándalo o del huno. [Marginal: (* Ap. n. 14-1.)]
Y como estos, por donde pasó _corrasit_ toda la tierra, para valernos
[*] de una palabra significativa de que usó en semejable ocasión un
escritor de la baja latinidad. Una vez suelto el soldado, sea o no de
nación culta, guíale montaraz instinto: aniquila, tala, arrasa sin
necesidad ni objeto, mas por desgracia, según decía Federico II, «esa
es la guerra.»
No faltó quien censurase en Lord Wellington el no haber a lo menos en
parte estorbado tales lástimas, creyendo que mientras permanecieron
ambos ejércitos en las líneas y en Santarén, amagado el enemigo
con movimientos ofensivos, se hubiera visto en la necesidad de
reconcentrarse, no siendo árbitro de llevar hasta 20 y 30 leguas, como
solía, el azote de la destrucción. Otros han motejado que después, en
la retirada, no se hubiese el general inglés aprovechado bastantemente
de las ventajas que le daba el número y buen estado de sus fuerzas,
superiores en todo a las del enemigo, las cuales, menguadas, con muchos
enfermos y decaídas de ánimo, no tenían otros víveres que los que
llevaba cada soldado en su mochila o los escasos que podía hallar en
país tan devastado. Los desfiladeros y tropiezos naturales, añadían
los mismos críticos, que embarazaban y retardaban la marcha de los
franceses, especialmente en Redinha, Condeixa, Casal Novo y Miranda
do Corvo, facilitaban atacar a los contrarios y vencerlos, y quizá se
hubiera entonces anonadado sin gran riesgo un ejército que, dos meses
adelante, ya rehecho, peleó con esfuerzo y a punto de equilibrar la
victoria. Estribaban tales reflexiones en fundamentos no destituidos de
solidez.
[Marginal: Destaca Wellington a Beresford a Extremadura.]
Prosigamos nuestra narración. Lord Wellington a su llegada a Condeixa,
luego que vio asegurado a Coimbra y que los franceses se retiraban
precipitadamente, había vuelto los ojos a la Extremadura española, y el
13 de marzo resolvió destacar, a las órdenes del mariscal Beresford,
una brigada de caballería, artillería correspondiente, dos divisiones
inglesas de infantería y una portuguesa de la misma arma con dirección
a aquellas partes. Dícese si Wellington había pensado ejecutar antes
esta maniobra, y que le había detenido la dispersión de Mendizábal,
acaecida en 19 de febrero. Dudamos que así fuese. El verdadero motivo
de la dilación consistió en que Wellington no quería desasirse de
fuerza alguna hasta que le llegasen de Inglaterra las nuevas tropas
que aguardaba. Contaba con ellas para fines de enero, y manteniendo
esta esperanza había indicado que socorrería la Extremadura en febrero.
Frustrose aquella y suspendió la ejecución de su plan, achacando la
mudanza los que ignoraban la causa al descalabro padecido y no al
retardo de los refuerzos, que no aportaron a Lisboa sino al principiar
marzo. Llegados que fueron, uniéronse en breve al ejército, y Lord
Wellington, cierto ya de la marcha decidida y retrógrada de los
franceses, juzgó que sin riesgo podía desprenderse de la expresada
fuerza y contribuir con su presencia en Extremadura a operaciones más
extensas y de combinación más complicada.
Por consiguiente, en la sierra de Murcella, donde le dejamos el 17,
estaba ya privado de aquellas tropas, si bien por otra parte engrosado
con las de refresco llegadas de Inglaterra, y que ascendían a cerca de
10.000 hombres.
[Marginal: Prosigue Massena su retirada.]
Massena, asentado a la derecha del Alva, destruyó los puentes pero no
quedó en aquella orilla largo tiempo, porque continuando Wellington,
según su costumbre, los movimientos por el flanco, obligó al mariscal
francés a reunir el 18 casi todo su ejército en la sierra de Moita,
que también evacuó este en la misma noche. Desde allí no se detuvo ya
Massena hasta Celórico, por cuyo camino recto iba lo principal de su
ejército, yendo solo el 2.º cuerpo la vuelta de Gouveia para cruzar la
sierra y pasar a Guarda.
Cogieron los ingleses, el 19, bastantes prisioneros, sobre todo
de los jinetes que se habían desviado a forrajear, y persiguieron
a Massena con la caballería y división ligera al mando del general
Erskine, que favorecían fuerzas enviadas a la derecha del Mondego y
las milicias portuguesas, que no cesaron de inquietar al francés por
aquel lado. Hizo alto el resto del ejército para descansar de nuevo y
aguardar que le llegasen víveres del Tajo, pues el país vecino de poco
o nada proveía. El grueso de las tropas francesas, en vez de seguir de
Celórico a Pinhel, temeroso de hallar ocupados aquellos desfiladeros,
varió de ruta, y el 23 continuó la retirada yendo hacia Guarda. Aquel
día fue cuando el mariscal Ney se separó de su ejército y partió para
España, mal avenido con Massena.
Los aliados al fin aparecieron reunidos el 26 en Celórico y sus
inmediaciones, con intento de desalojar al enemigo de una posición
respetable que ocupaba sobre la ciudad de Guarda, y el 29 se movieron
resueltos a atacarla. Pero los franceses, recogiéndose a Sabugal del
Coa, mantuvieron en la orilla derecha nuevas estancias.
Colocose Wellington en la margen opuesta, tratando el 3 de abril de
cruzar el río. Para ello echó las milicias portuguesas, a las órdenes
de los jefes Trant y Juan Wilson, por más abajo de Almeida, con trazas
de querer cruzar por allí el Coa, al paso que intentaba verificarlo por
el otro extremo, del lado de Sabugal, en donde permanecía el 2.º cuerpo
francés. Hubo aquí dicho día un recio combate, dudoso algún tiempo, en
el que los ingleses experimentaron bastante pérdida, pero logrando a
lo último que los enemigos abandonasen sus puestos.
[Marginal: Entra en España.]
Pasó el 5 Massena la frontera de Portugal y pisó tierra de España
después de muchos meses de ausencia, y de una campaña desgraciada, si
bien gloriosa con relación al talento y pericia militar que desplegó en
ella. Pudiera tachársele de haber consentido desórdenes y de no haberse
retirado a tiempo, mas lo primero se debió a la escasez del país y a la
penuria y afán que traen consigo las guerras nacionales, y lo segundo
a la voluntad del emperador, sordo a todo lo que fuese recejar en una
empresa.
Wellington, permaneciendo en los confines de Portugal, colocó lo
principal de su ejército en ambas orillas del Coa, embistió a Almeida,
y puso una división ligera en Gallegos y Espeja.
Remató así la expedición de Massena en que vino a eclipsarse la
estrella de aquel mariscal, conocido antes bajo el nombre de «hijo
mimado de la victoria.» Contada la gente con que entró en Portugal y
los refuerzos que llegaron después, puede asegurarse que ascendieron a
80.000 hombres los empleados en aquella campaña. Solos 45.000 salieron
salvos, los demás perecieron de hambre, de enfermedad o a manos de
sus contrarios. Y sin la extremada prudencia de Lord Wellington, y la
destreza y celeridad del mariscal francés, quizá ninguno hollara de
nuevo los linderos de España.
[Marginal: Pasa Wellington a Extremadura.]
Entonces el general británico, persuadido de que Massena no intentaría
por de pronto empresa alguna, pensó concordar mejor las operaciones de
Extremadura con las del Coa, y dejando el mando interino del ejército
aliado a Sir Brent Spencer, se encaminó en persona hacia el Alentejo.
[Marginal: Acontecimientos militares en esta provincia.]
Las instrucciones que había dado a Beresford se dirigían principalmente
a que este general socorriese a Campomayor, cuya toma se ignoraba
entonces en los reales ingleses, y a que recobrase las plazas de
Olivenza y Badajoz. La primera la habían ocupado ya los franceses,
según hemos visto, el 22 de marzo, y Beresford, cruzando el Tajo el 17
en Tancos y siguiendo por Crato y Portalegre, no dio vista a Campomayor
hasta el 25, [Marginal: Evacúan los franceses a Campomayor.] en cuyo
día evacuaron los enemigos el recinto, del que se posesionaron los
aliados sin resistencia alguna. Beresford persiguió a los franceses
en su retirada embarazados con un gran convoy que escoltaban tres
batallones de infantería y 900 caballos a las órdenes del general
Latour-Maubourg. Los aliados, atacándole, le desconcertaron, mas el
ardor de los jinetes anglo-portugueses, llevándolos hasta Badajoz, les
hizo experimentar cerca de los muros una pérdida considerable.
Debía Beresford en seguida echar un puente de barcas sobre el Guadiana,
y pasar este río por Jurumeña. Y cierto que, a usar entonces de
presteza, quizá de rebato hubieran recobrado a Olivenza y Badajoz,
escasas de víveres, abiertas todavía las brechas, y desprevenidos
los franceses para un suceso repentino como la llegada de una fuerza
inglesa tan respetable. Pero Beresford anduvo esta vez algo remiso.
Imprevistos obstáculos contribuyeron también a impedir la celeridad de
los movimientos. La tropa con las continuas marchas estaba fatigada,
y carecía de varios pertrechos esenciales. Necesitábase además
construir el puente y no abundaban en Elvas los materiales, y cuando
el 3 de abril estaba concluida ya la obra, una creciente sobrevenida
en la noche inutilizó el puente, teniendo después que cruzar el río en
balsas, penosa faena empezada el 5 y no concluida hasta bien entrado el
día 8.
[Marginal: Castaños manda el 5.º ejército español.]
Por el mismo tiempo, Don Francisco Javier Castaños se había encargado
del mando del 5.º ejército, sucediendo a Romana que, mientras
vivió, le tuvo en propiedad, y al interino Mendizábal desgraciado
momentáneamente de resultas de la aciaga jornada del 19 de febrero.
Castaños había ocupado a Alburquerque y Valencia de Alcántara, plazas
igualmente desamparadas por los franceses, y distribuido las reliquias
de su ejército en dos trozos bajo las órdenes de Don Pablo Morillo y
Don Carlos España, poniendo la caballería al cargo del conde Penne
Villemur. Evolucionó en seguida hacia la derecha del Guadiana en
tanto que lo permitieron sus cortas fuerzas, y procuró granjearse la
voluntad del general inglés, estableciendo entre ambos buena y amistosa
correspondencia.
Los franceses, volviendo en breve del sobresalto que les causó el
aparecimiento de Beresford, repararon con gran diligencia las plazas,
las avituallaron y pusiéronlas a cubierto de una sorpresa, capitaneando
interinamente el 5.º cuerpo el general Latour-Maubourg en lugar del
mariscal Mortier, de regreso a Francia.
[Marginal: Sitian los aliados a Olivenza y se les entrega.]
Beresford, después de pasar el Guadiana, intimó el 9 de abril la
rendición a Olivenza. No habiendo el gobernador cedido a la propuesta,
hubo que traer de Elvas cañones de grueso calibre, y sitiar en regla
la plaza, quedando el general Cole encargado de proseguir el asedio,
mientras que Beresford se apostó en la Albuera para cortar con Badajoz
las comunicaciones del ejército enemigo, replegado en Llerena.
Castaños, por la derecha del Guadiana, continuó favoreciendo las
operaciones de los aliados con tropas destacadas hasta Almendralejo, y
lo mismo Ballesteros del lado de Fregenal.
Abierta brecha, se rindió el 15 la plaza de Olivenza a merced del
vencedor, y se cogieron prisioneros 370 hombres que la guarnecían.
Luego construido ya en Jurumeña un puente de barcas, el ejército inglés
reconcentró en Santa Marta y pasó en seguida a Zafra, resguardada
siempre su izquierda por Castaños cuya caballería, a las órdenes
del conde de Penne Villemur, avanzó a Llerena, retrocediendo el 18
Latour-Maubourg a Guadalcanal.
[Marginal: Llega Wellington a Extremadura.]
En aquellos días llegó asimismo a Elvas Lord Wellington, y el 22 hizo
sobre Badajoz un reconocimiento. Era su anhelo recuperar la plaza en
el término de dieciséis días, espacio de tiempo que, según su cálculo,
tardaría Soult en venir a socorrerla. Y en consecuencia, presentándole
el comandante de ingenieros inglés el plan de acometer el fuerte de
San Cristóbal, como único medio de alcanzar el objeto deseado, aprobó
Wellington la propuesta. Pero como exigiese su presencia lo que se
aparejaba en el Coa, tornó a sus cuarteles y dejó encomendado a
Beresford el acometimiento de Badajoz.
[Marginal: Solicitan los ingleses el mando militar de las provincias
confinantes de Portugal.]
Al caer Wellington a Extremadura esperaba también obtener del gobierno
español una señalada prueba de particular confianza. En marzo, el
ministro inglés Sir Enrique Wellesley había pedido que se diese a
su hermano el mando militar de las provincias aledañas de Portugal,
para emplear así con utilidad los recursos que presentaban y combinar
acertadamente las operaciones de la guerra. Súpole mal a la regencia
tan inesperada solicitud; [Marginal: Niégaseles.] mas deseosa de dar a
su dictamen mayor fuerza, trató de sustentarlo con el de las cortes.
Al efecto, en los primeros días de abril, pasó en cuerpo una noche con
gran solemnidad al seno de aquellas, habiendo de antemano pedido que
se celebrase una sesión extraordinaria. Indicaba asunto de importancia
tan desusado modo de proceder, porque nunca se correspondían entre
sí las cortes y la potestad ejecutiva, sino por medio de oficios
o de los secretarios del despacho. Entró, pues, en el salón la
regencia, y refiriendo de palabra el señor Blake la pretensión de los
ingleses, expuso varias razones para no acceder a ella, conceptuándola
contraria a la independencia y honor nacional, y añadiendo que antes
dejaría su puesto que consentir en tamaña humillación. Entonces los
otros dos regentes, los señores Agar y Císcar, poniéndose en pie,
repitieron las mismas expresiones con tono firme y entero. Las cortes,
conmovidas, como lo serán siempre en un primer arrebato los grandes
cuerpos populares al oír sentimientos nobles y elevados, aplaudieron
la resolución de la regencia, y diéronle entera aprobación. Desmaño
fue en los ingleses entablar pretensión semejante poco después de
lo ocurrido en la Barrosa, suceso que había agriado muchos ánimos, y
después igualmente de no haber socorrido a Badajoz, contra cuya omisión
clamaron hasta sus más parciales. En los regentes, si bien nacía tanto
interés y calor de patriotismo el más acendrado, no dejaron también
de tener parte en ello otras causas; pues, a la verdad, ya que fuese
justo, como pensamos, desechar la solicitud, debiera al menos no
haber aparecido la repulsa empeño apasionado. Pero los tres regentes,
varones entendidos y purísimos, adolecieron en esta ocasión de humana
fragilidad. Blake, irlandés de origen, y marinos Agar y Císcar,
resintiéronse el uno de las preocupaciones de familia, los otros dos de
las de la profesión.
[Marginal: Vuelve Wellington a su ejército del norte.]
Estuvo Wellington de vuelta en sus reales, ahora colocados en Vilar
Formoso, el 28 de abril. Tiempo era que llegase. Massena, al entrar
en España, había dado descanso por algunos días a su ejército y
acantonádole en las cercanías de Salamanca, con destacamentos hasta
Zamora y Toro. Dejó solo una división del 6.º cuerpo cerca de los muros
de Ciudad Rodrigo, y el 9.º en San Felices, en observación del ejército
aliado. Cuidó también, desde luego, de acopiar víveres para abastecer a
Almeida, escasa de ellos y estrechamente bloqueada por los ingleses.
Preparado ya un convoy en los campos fértiles de Castilla, y repuesto
algún tanto el ejército francés, decidió Massena socorrer aquella
plaza, y el 23 de abril dio indicio de moverse. Tenía consigo el 2.º,
6.º y 8.º cuerpos, una parte del 9.º agregose a estos, y disponíase
la otra a marchar a Extremadura bajo las órdenes de su jefe el general
Drouet, quien debía encargarse en dicha provincia del mando del 5.º
cuerpo; pero la última fuerza no habiendo todavía partido a su destino,
asistió también a las operaciones que emprendió Massena en los primeros
días de mayo. Muchos soldados de todos estos cuerpos quedaron en los
acantonamientos, imposibilitados para el servicio activo, y llenaron
sus huecos hasta cierto punto tropas apostadas en Castilla, entre las
que se distinguía un hermoso cuerpo de artillería y caballería de la
guardia imperial, fuerza que cedió a Massena el mariscal Bessières, a
la cabeza ahora de lo que se llamaba ejército del norte, y oprimía a
Castilla la Vieja y las provincias vascongadas. El total de hombres
que de nuevo salía a campaña con Massena ascendía a cerca de 40.000
infantes, y a más de 5000 caballos, todos ágiles, bien dispuestos, y
olvidados ya de sus recientes y penosos trabajos.
[Marginal: Batalla de Fuentes de Oñoro.]
A poco de unirse Wellington a su ejército, recogiole y situose entre
el río Dos Casas y el Turones, extendiendo su gente por un espacio de
cerca de dos leguas. La izquierda, compuesta de la 5.ª división, la
colocó junto al Fuerte de la Concepción; el centro, que guarnecía la
6.ª, mirando al pueblo de Alameda, y la derecha en Fuentes de Oñoro,
en donde se alojaron la 1.ª, 3.ª y 7.ª división. Por el mismo lado
se encontraba la caballería, y a cierta distancia, en Nave de Haver,
Don Julián Sánchez con su cuerpo franco. La brigada portuguesa al
mando de Pack y un regimiento inglés bloqueaban a Almeida. Wellington
presentaba en batalla de 32 a 34.000 peones, 1500 jinetes y 43 cañones,
inferior por consiguiente en fuerza a Massena, sobre todo en caballería.
No obstante eso y su acostumbrada prudencia, resolvió el general
inglés arrostrar el peligro y trabar acción. Tanto le iba en impedir
el socorro de Almeida. El 2 de mayo, todo el ejército francés empezó
a moverse, y cruzó el Azaba, antes hinchado, retirándose las tropas
ligeras inglesas apostadas en Gallegos y Espeja. El Dos Casas corre
acanalado, y no es su ribera de fácil acceso. El pueblo de Fuentes de
Oñoro está asentado en la hondonada a la izquierda del río, excepto
una ermita y contadas casas que aparecen en una eminencia roqueña y
escarpada. Los franceses, el 3, atacaron con impetuosidad dicho pueblo,
y aun se apoderaron después de una lid porfiada de la parte baja, de
donde a su vez los desalojaron los ingleses, forzándolos a repasar el
río, o más bien riachuelo, de Dos Casas. En lo demás de la línea se
escaramuzó reciamente, por lo que las tropas ligeras inglesas que se
habían acogido a Fuentes de Oñoro, enviolas Wellington a reforzar el
centro.
Todavía no estaba el 3 en su campo el mariscal Massena. Llegó el 4,
y en su compañía Bessières que regía los de la guardia imperial.
Wellington, según lo ocurrido el 3 y otras maniobras del enemigo,
sospechó que este, para enseñorearse del sitio elevado que ocupaban en
Fuentes de Oñoro las tropas inglesas, cruzaría el Dos Casas en Poço
Velho, y procuraría ganar una altura hacia Nave de Haver, la cual
domina toda la comarca: por tanto con la mira Wellington de evitar tal
contratiempo movió por su derecha la 7.ª división que se puso así en
contacto con Don Julián Sánchez, prolongándose desde entonces media
legua más la línea de los aliados, aunque, [Marginal: (* Ap. n. 14-2.)]
conforme a la máxima ya de nuestro gran capitán [*] Gonzalo de Córdoba;
«no hay cosa tan peligrosa como extender mucho la frente de la batalla.»
En la mañana del 5 se presentó en efecto el tercer cuerpo francés y
toda la caballería del lado opuesto de Poço Velho, y el 6.º, a las
órdenes ahora de Loison, con lo que quedaba del 9.º, se meneó por su
izquierda. Sin tardanza reforzó Wellington la 7.ª división, del mando
de Houston, con las tropas ligeras a la orden de Craufurd, las cuales
habían vuelto del centro con la caballería gobernada por Sir Stapleton
Cotton. Hizo también que la 1.ª y 3.ª división se corriesen a la
derecha, siguiendo las alturas paralelas al Turones y Dos Casas, en
correspondencia a la maniobra ejecutada en la parte frontera por el 6.º
y 9.º cuerpo de los franceses.
Embistió luego el enemigo por Poço Velho, y arrojó de allí un trozo de
la 7.ª división inglesa: fuese apoderando sucesivamente de un bosque
vecino, y entre la espesura de este y Nave de Haver formó en un llano
la caballería de Montbrun. Don Julián Sánchez, si bien con flacos
medios, entretuvo a los jinetes enemigos, no cruzando el Turones hasta
cosa de una hora después, y cedió entonces, no solo por la superioridad
de la fuerza que le cargaba, sino también enojado de que a un oficial
suyo, que enviaba a pedir auxilio, le hubiesen matado los ingleses
tomándole por un francés.
Durante algún tiempo recobró la división ligera inglesa el terreno
perdido de Poço Velho; pero el general Montbrun, desembarazado de Don
Julián Sánchez, ciñó la derecha de la 7.ª división británica y la
caballería de Cotton en tanto grado que tuvieron que replegarse, aunque
reprimieron la impetuosidad francesa con acertado fuego.
Llegado que se hubo a este trance, Wellington, decidido poco antes
a mantener por medio de sus maniobras la comunicación con la orilla
izquierda del Coa, vía de Sabugal, al mismo tiempo que el bloqueo
de Almeida, abandonó la primera parte de su plan y se concretó a la
postrera. En ejecución de lo cual reconcentrose en Fuentes de Oñoro,
y ocupó con la 7.ª división un terreno elevado más allá del Turones,
tratando de asegurar de este modo su flanco derecho y el camino que va
al puente de Castelo Bom sobre el Coa.
Practicaron los ingleses la evolución, aunque ardua, con felicidad y
maña, y resultó de ella alojarse ahora su derecha en las alturas que
medían entre el Turones y Dos Casas. Allí, en Fresneda, se incorporó la
infantería de Don Julián Sánchez al ejército británico, viniendo por
un rodeo de Nave de Haver, y a dicho jefe con su caballería enviole
Wellington a interceptar las comunicaciones del enemigo con Ciudad
Rodrigo.
Los más pensaban que Massena insistiría en cerrar con la derecha de los
ingleses, y envolverla moviéndose hacia Castelo Bom. Pero en vez de
ejecutar una maniobra que parecía la más oportuna y estaba indicada,
limitose a cañonear por aquella parte, y a hacer amagos y algunas
acometidas con la caballería sobre los puestos avanzados, fijando todo
su anhelo en apoderarse de Fuentes de Oñoro y romper lo que ahora, en
realidad, era centro de los ingleses.
Hasta la noche persistieron los franceses en este ataque reñidísimo,
y con varia suerte. El 6.º cuerpo y el 9.º eran los acometedores, y
Wellington, más tranquilo en cuanto a su derecha, reforzó con las
reservas de ella la 1.ª y 3.ª división, que llevaron en el centro el
principal peso de la pelea, portándose varios cuerpos portugueses con
la mayor bizarría.