tampoco de fijo el paradero del ejército expedicionario. Como el primer
pensamiento acerca de la marcha de este fue el de ejecutarla por
Medina, habíase al partir convenido que las tropas aliadas advertirían
su llegada a aquel punto por medio de señales, que no se verificaron,
cambiado el plan. Un oficial que envió la Peña para avisar dicha
mudanza, detuviéronle los ingleses dos días en el mar, pareciéndoles
emisario sospechoso. Esto y el haber cortado algunas barcas del puente,
impidió que de la Isla se auxiliasen con la prontitud deseada las
operaciones de afuera.
A la caída de la tarde del 4 de marzo tomó el ejército expedicionario
el camino de Conil, continuando después la vuelta de Sancti Petri.
Acompañaban a las tropas muchos patriotas y escopeteros de los pueblos
inmediatos y de la sierra. Llegó el ejército al cerro de la Cabeza del
Puerco, o sea de la Barrosa, al amanecer del 5; y de allí, hecho un
corto descanso, prosiguió la vanguardia engrosada con un escuadrón y
fuerzas del centro, vía del bosque y altura de la Bermeja. Quedó en el
cerro del Puerco el resto de las tropas que componían el centro, y a su
retaguardia la reserva; adelantándose por el flanco derecho el grueso
de los jinetes. La marcha de las tropas en la anterior noche había sido
larga y sobre todo penosa, no calculados competentemente de antemano
los obstáculos con que iba a tropezarse.
Desasosegaban a los franceses los movimientos de los aliados, inciertos
del punto por donde estos atacarían y faltos de gente. La que tenía el
mariscal Victor delante de la Isla y Cádiz no pasaba de 15.000 hombres,
y ascendían a 5000 más los que se alojaban en Medina, Sanlúcar y otros
sitios cercanos. Aseguradas las líneas con alguna tropa, interpolada
de españoles juramentados [que unos de grado y muchos por fuerza no
dejaban en estas Andalucías de prestar auxilio a los enemigos] colocose
el mencionado mariscal en las avenidas de Conil y Medina asistido
de unos 10.000 hombres, en disposición de acudir a la defensa de
cualquiera de dichos dos caminos que trajesen los aliados.
[Marginal: Batalla del 5 de marzo.]
Cerciorado que fue de ello, y después de escaramuzar las tropas ligeras
de ambos ejércitos, se reconcentró Victor en los pinares de Chiclana,
puso a su izquierda la división del general Ruffin, en el centro la de
Leval, y a Villatte con la suya en la derecha; guarneciendo el último
la tala y flechas que amparaban el siniestro costado de su propia línea
enfrente de la Isla.
A este punto se dirigía la vanguardia española para atacar por la
espalda los atrincheramientos y baterías enemigas que impedían
la comunicación entre el ejército de dentro de la Isla y el
expedicionario. Con la mira de estorbar semejante maniobra, habíase
colocado el general Villatte delante del caño del Alcornocal y molino
fortificado de Almansa, favorecido de un pinar espeso que ocultando
parte de su tropa, dejaba solo al descubierto unos cuantos batallones
apoyados en Torre Bermeja.
La vanguardia, bajo el mando de Lardizábal, atacó bravamente las
fuerzas de Villatte: la pelea fue reñida, en un principio dudosa;
pero decidiola en nuestro favor, conteniendo al enemigo y cargándole
luego con ímpetu, el regimiento de Murcia, al mando de su coronel Don
Juan María Muñoz, y tres batallones de Guardias españolas que, con el
regimiento de África, llegaron en seguida y dieron al reencuentro feliz
remate. Villatte, repelido así, pasó al otro lado del caño y molino
de Almansa, quedando, de consiguiente, franca la comunicación con la
Isla de León; aunque se retardó el paso por el tiempo que pidió la
reparación del puente de Sancti Petri, poco antes cortado.
En el mismo instante, la Peña, que deseaba aprovechar la ventaja
adquirida y continuar tras el enemigo por el espeso y dilatado bosque
que va a Chiclana, llamó hacia allí lo más de su tropa, y dispuso que
el general Graham, abandonando el cerro del Puerco, se acercase al
campo de la Bermeja, distante tres cuartos de legua, y que cooperase
a las maniobras de la vanguardia, dejando solo en dicho cerro para
proteger aquel puesto la división de Don Antonio Begines, un batallón
inglés a las órdenes del mayor Brown, y los de Ciudad Real y Guardias
valonas, unidos antes a la reserva.
Victor, que vigilaba los movimientos de los aliados, luego que notó el
de Graham, y que caminaba este por el pinar con dirección al campo de
la Bermeja, apareció en el llano y, dirigiendo la división de Leval
contra los ingleses que iban marchando, se adelantó él en persona con
las fuerzas de Ruffin al cerro del Puerco por la ladera de la espalda,
posesionándose de su cima, verdadera llave de toda la posición, y
cortando así las comunicaciones entre la gente que había quedado
apostada en Casas Viejas y las tropas que acababan los españoles
de dejar en el citado cerro del Puerco, las cuales, precisadas a
retirarse, se movieron hacia el grueso del ejército.
Mostrábase ahora a las claras que la intención del enemigo era
arrinconar a los aliados contra el mar y envolverlos por todos lados.
El general Graham, que lo había sospechado, confirmose en ello al verse
acometido y al noticiarle el mayor Brown el movimiento y ataque que
los franceses habían hecho sobre el cerro del Puerco. Para remediar el
mal contramarchó rápidamente el general británico: hizo que 10 cañones
a las órdenes del mayor Duncan rompiesen fuego abrasador contra el
general Leval, a quien, en consecuencia de la evolución practicada,
tenían los ingleses por su flanco izquierdo, y mandó al coronel Andrés
Barnard empeñar la lid con los tiradores y compañías portuguesas.
Formó además de los restantes cuerpos dos trozos: de estos, uno bajo
el general Dilkes acometió a Ruffin, otro bajo el coronel Wheatley,
a Leval. La artillería, mandada por Duncan, contuvo la división del
último y causó en ella gran destrozo.
El mayor Brown se había aproximado, por orden de Graham, al cerro de
que era ya dueño Ruffin, y antes que Dilkes llegara había tenido que
aguantar vivísimo fuego. Juntos ambos jefes, arremetieron vigorosamente
cuesta arriba para recobrar la posición defendida por los franceses
con su acostumbrado valor. El combate fue porfiado y sangriento. Cayó
herido mortalmente Ruffin, sin vida el general Chaudron-Roussau, y los
ingleses al fin encaramándose a la cumbre, se enseñorearon del campo
de los enemigos. Huyeron estos precipitadamente, y Graham contento
con el triunfo alcanzado no los persiguió, fatigada su gente con las
marchas de aquellos días. Al rematar la acción llegaron de refresco
los de Ciudad Real y Guardias valonas, que antes estaban con él unidos
perteneciendo a la reserva, los cuales sin orden de la Peña acudieron
adonde se lidiaba movidos de hidalgo pundonor.
Las divisiones de Ruffin y Leval se retiraron concéntricamente: en vano
quiso el mariscal Victor restablecer la refriega: el fuego sostenido y
fulminante de los cañones de Duncan desbarató tal intento.
El combate solo duró hora y media; pero tan mortífero que los ingleses
perdieron más de 1000 soldados y 50 oficiales: los franceses 2000 y
400 prisioneros, en cuyo número se contó al general Ruffin, tan mal
herido que murió a bordo del buque que le transportaba a Inglaterra.
Los enemigos durante la pelea quisieron también extenderse por la playa
al pie del cerro de la Cabeza del Puerco; mas se lo estorbaron las
tropas de Begines y la caballería de Whittingham. Este no persiguió
en la retirada cual pudiera a los franceses, que no tenían arriba de
250 jinetes. Solo los húsares británicos, que eran 180, se destacaron
del cuerpo principal y, guiados por el coronel Federico Ponsonby,
embistieron con los enemigos. Whittingham dio por disculpa para no
seguir tan buen ejemplo el haber tomado por franceses a los españoles
que habían quedado de observación en Casas Viejas, y que se acercaron
al campo en el momento de concluirse la batalla.
No cesó en tanto el tiroteo entre la vanguardia del mando de Lardizábal
y la división de Villatte, quien también quedó herido. Los españoles
perdieron unos 300 hombres, no menos los contrarios.
La Peña no dio paso alguno para auxiliar al general Graham, ni se
meneó de donde estaba, como si temiera alejarse de Sancti Petri, cuyo
puente al cabo se reparó, pudiendo el general Zayas pasarle y colocarse
cerca de las flechas y molino de Almansa. Excusó la Peña su inacción
con haber ignorado la contramarcha de Graham, y con el poco tiempo que
dio la corta duración de la pelea. Pero pareció a muchos que bastaba
para aviso el ruido del cañón, y que ya que no hubiese el general
español podido concurrir al primer momento del triunfo, por lo menos
encaminándose al punto de la acción hubiera su asistencia servido a
molestar y deshacer del todo al enemigo en la retirada.
[Marginal: Desavenencias entre los generales.]
Graham, ofendido de tal proceder, y disminuida su gente y fatigada,
metiose el 6 en la Isla, rehusó cooperar activamente fuera de las
líneas, y solo prometió favorecer desde ellas cualquiera tentativa de
los españoles.
En aquellos días las fuerzas sutiles de estos, al mando de Don Cayetano
Valdés, sostenidas por las de los ingleses, se habían desplegado en la
parte interior de la bahía, amenazando el Trocadero y los otros puntos
del mismo modo que el río de Sancti Petri y caños de la Isla. En la
mañana del 6 se verificó un pequeño desembarco en la playa del puerto
de Santa María, y en la noche anterior Don Ignacio Fonnegra habíase
posesionado de Rota, y destruido las baterías y artillería enemiga.
Derrotado el mariscal Victor en el cerro de la Cabeza del Puerco, o sea
torre de la Barrosa, tomó medidas de retirada, y envió a Jerez heridos
y bagajes: llamó de Medina Sidonia la división mandada por Cassagne, la
cual no había asistido a la batalla, y se reconcentró con lo principal
de sus tropas en la vecindad de Puerto Real.
Por su parte la Peña no se atrevió a emprender solo cosa alguna, y
entró en Sancti Petri el 7 con todo su ejército, excepto los patriotas
de la sierra y la división de Begines, que quedaron fuera y ocuparon
el 8 a Medina Sidonia, rechazando a 600 franceses que intentaron
atacarlos.
Todas estas operaciones, y sobre todo la batalla del 5, excitaron
quejas y recriminaciones sin fin. Mirose como fuente y causa principal
de ellas la irresolución y desconfianza que de sí propio tenía la Peña.
Graham, aunque con razón ofendido de varias acusaciones que se le
hicieron, llevó muy allá el resentimiento y enojo.
[Marginal: Debates que de resultas hay en las cortes.]
En las cortes se promovieron acerca del asunto largos debates. Muchos
querían que en todos los casos de acciones o sucesos desgraciados,
se formase causa al general en jefe: opinión sobrado lata, pues las
armas tienen sus días y los mayores capitanes han perdido batallas y
equivocádose a veces en sus maniobras. Por lo mismo limitáronse las
cortes a decidir que la regencia investigase con todo el rigor de las
leyes militares lo ocurrido en tan notable suceso, quedándole expeditas
sus facultades para obrar conforme creyera conveniente al bien y
utilidad del estado.
Nombró al efecto la regencia una junta de generales, la cual informó
meses después no resultar hecho alguno por el que se pudiese proceder
contra Don Manuel de la Peña. En virtud de esta declaración cierto era
que no debía la regencia poner en juicio a aquel general, pero tampoco
había motivo para premiarle, como lo hizo más adelante, condecorándole
con la gran cruz de Carlos III y con la manifestación de que así él
como los demás generales y tropa se habían portado dignamente.
[Marginal: Resoluciones en la materia.]
Las cortes anduvieron por entonces más cuerdas, dando gracias a los
aliados y declarando que estaban satisfechas de la conducta militar de
la oficialidad y tropa del 4.º ejército. De este modo no mentaron en
su declaración al general en jefe, e hicieron justicia a las tropas y
a los oficiales que se condujeron en los lances en que se empeñaron
con valor y buena disciplina. Posteriormente instadas las cortes por
empeños, y apoyándose en los dictámenes que dieron varios generales,
manifestaron también quedar satisfechas de la conducta de D. Manuel
de la Peña en la expedición de la Barrosa. Resolución que con razón
desaprobaron muchos.
En sesión secreta agraciaron las mismas al general Graham con la
grandeza de España, bajo el título de duque del Cerro de la Cabeza del
Puerco. Al principio pareció aceptar dicho general la merced que se le
otorgaba, pues confidencialmente su ayudante y particular amigo Lord
Stanhope así lo indicó, mostrando solo el deseo de que se variase la
denominación, teniendo en inglés la palabra _Pig_ peor sonido que la
correspondiente en español. Convínose en ello; mas luego no admitió
Graham, ya fuese resentimiento del proceder de la regencia, o ya, más
bien, según creyeron otros, temor de lastimar a Lord Wellington todavía
no elevado a tan encumbrada dignidad.
Después de lo acaecido, imposible era continuasen mandando en la Isla
el general Graham y Don Manuel de la Peña. Explicaciones, réplicas,
escritos se multiplicaron por ambas partes, y llegaron a punto de
provocar un duelo entre Don Luis de Lacy, jefe del estado mayor del
ejército expedicionario, y el general inglés: felizmente se arregló la
pendencia sin lidiar. Sucedió en breve al último en su cargo el general
Cook, y a la Peña, contra quien se desenfrenó la opinión, el marqués de
Coupigny, que vimos en Bailén y Cataluña.
El mariscal Victor, pasado el primer susto, y viendo que nadie le
seguía ni molestaba, volvió el 8 tranquilamente a Chiclana, y ocupó de
nuevo y reforzó todos los puntos de su línea.
[Marginal: Bombardeo de Cádiz.]
A poco empezaron los sitiadores a arrojar proyectiles que alcanzaron
a Cádiz. Ya habían hecho ensayos en los días 15, 19 y 20 de diciembre
anterior desde la batería de la Cabezuela junto al Trocadero, y
conseguido que cayesen algunas bombas en la plaza de San Juan de Dios
y sus alrededores, esto es, en la parte más próxima a los fuegos
enemigos. No reventaban sino las menos, y de consiguiente fue casi nulo
su efecto, pues para que llegasen a tan larga distancia [3000 toesas],
era menester macizarlas con plomo, y dejar solo un huequecillo en que
cupiesen unas pocas onzas de pólvora. Estos proyectiles lanzábanlos
unos morteros que llamaban a la _Villantroys_, del nombre de un antiguo
ingeniero francés que los descubrió, mas el modelo de las bombas le
hallaron los franceses en el arsenal de Sevilla, invento antiguo de
un español, que ahora parece perfeccionó un oficial de artillería,
también español, en servicio de los enemigos, cuyo nombre no estampamos
aquí en la duda de si fue o no cierta acusación tan fea. Los franceses
tuvieron al principio un corto número de morteros de esta clase,
descomponiéndoseles a cada paso por la mucha carga que se les echaba.
Aumentáronlos en lo sucesivo y aun los mejoraron, según en su lugar
veremos.
Murmurándose mucho en Cádiz acerca de la expedición de la Peña, el
consejo de regencia, para apaciguar los clamores y distraer al enemigo
del sitio de Badajoz, cuya caída aún se ignoraba, ideó otra expedición
al condado de Niebla, de 5000 infantes y 250 caballos, a las órdenes
de Don José de Zayas, que debía obrar de acuerdo con Don Francisco
Ballesteros.
[Marginal: Breve expedición de Zayas al condado.]
Dio la vela de Cádiz aquel general el 18 de marzo, y desembarcado el
19 en las inmediaciones de Huelva, echó a los franceses de Moguer y
trató de ir tierra adentro. Mas antes de verificarlo, reforzados los
enemigos con tropa suya de Extremadura, y no unidos todavía Zayas y
Ballesteros, tuvo el primero que reembarcarse el 23, previniéndole sus
instrucciones que no emprendiese nada sin tener certidumbre de buen
éxito, y se colocó en la isla de la Cascajera, al embocadero del Tinto.
Los caballos hubo que abandonarlos, apretando de cerca el enemigo, y
solo las sillas y arreos junto con los jinetes fueron transportados a
la mencionada isla, y es digno de notar que varios de aquellos animales
entregados a su generoso instinto cruzaron a nado el brazo de mar que
los separaba de sus dueños.
Acampado Zayas en la Cascajera quiso ponerse de acuerdo con
Ballesteros, quien celoso e indisciplinado daba buenas palabras, mas
casi nunca las cumplía, y en el caso actual trató además de sobornar
a los soldados de la expedición para engrosar sus propias filas. Zayas
no obstante permaneció allí algunos días, y aun divirtió al enemigo en
favor de Ballesteros, señaladamente el 29 de marzo que enviando gente
sobre la torre de la Arenilla, sorprendió a los franceses de Moguer,
les hizo perder 100 hombres, y aun recobró algunos de los caballos que
habían quedado en tierra recogidos por los paisanos.
Al fin Zayas, sin alcanzar otro fruto que este y el de haber de nuevo
inquietado a los enemigos, tornó a Cádiz el 31, habiendo los barcos de
la expedición corrido riesgo de perecer en un temporal que sobrevino en
aquella costa durante la noche del 27 al 28.
[Marginal: Temporal en Cádiz.]
En Cádiz se mostró tan furioso que no quedaba memoria de otro igual,
soplando un levante más bravo que el del año de 1810, de que en su
lugar hablamos. Por fortuna, no se perdieron ahora buques de guerra,
pero sí infinidad de mercantes, desamarrándose y chocando unos contra
otros o encallando en la costa. Más de 300 personas se ahogaron y,
como ocurrió de noche, la oscuridad y violencia del viento dificultó
los auxilios. Los marinos, en particular los ingleses, dieron pruebas
relevantes de intrepidez, pericia y humanidad, por la diligencia que
pusieron en socorrer a los náufragos. Entonces se volvió a abrir la
llaga aún reciente de la expedición de la Isla, y a clamar contra
Peña, pues no cabía duda de que si se hubiera levantado el sitio de
Cádiz, fondeados los barcos en parajes de mayor abrigo, no se hubieran
experimentado tantas desdichas.
[Marginal: Principia Massena a retirarse de Santarén.]
Emprendía el mariscal Massena su completa retirada, mientras que
ocurrieron en el mediodía de España los sucesos relatados. Firme en las
estancias de Santarén en tanto que su ejército pudo subsistir en ellas
y procurarse bastimentos, resolvió desampararlas luego que vio apurados
sus recursos y que menguaba cada vez más el número de su gente, al
paso que crecía el de los ingleses y sus medios. Empezó el mariscal
francés su movimiento retrógrado en la noche del 5 al 6 de marzo, y
empezole como gran capitán. Rodeábanle dificultades sin cuento, y para
vencerlas necesitaba valerse de la movilidad de sus tropas en que tanta
ventaja llevaban a las de los ingleses. El camino que hizo resolución
de tomar fue hacia el Mondego, de arduo comienzo, pues exigía maniobras
por el costado. Envió delante, y con anticipación al día 5, lo pesado
y embarazoso, y ordenó al mariscal Ney que evolucionase sobre Leiría
como si quisiese dirigir sus pasos a Torres Vedras. Entonces y en la
citada noche del 5 al 6, alzando Massena el campo reconcentró el 9 en
Pombal, por medio de marchas rápidas, todo su ejército, excepto el
segundo cuerpo al mando de Reynier, y la división de Loison, que quemó
las barcas de Punhete, tomando ambos generales la ruta de Espinhal y
cubriendo así el flanco de la línea principal de retirada.
[Marginal: Combates en la retirada con los ingleses.]
Echó Lord Wellington tras el enemigo, aunque con cautela, receloso
siempre de descubrir las líneas. Y por eso y haberle también Massena
ganado por la mano desapareciendo disimuladamente, no pudo aquel
reunir hasta el 11 tropas bastantes para operar activamente. No le
aguardó el mariscal francés, pues por la noche continuó su marcha,
amparada del 6.º cuerpo y de la caballería del general Montbrun, que
se situaron a la entrada de un desfiladero que corre entre Pombal y
Redinha. Desalojáronlos de allí los ingleses, y Massena parose el 13
en Condeixa. Era su intento caminar por Coimbra, y detenerse en las
fuertes posiciones de la derecha del Mondego. Pero los portugueses,
dirigidos por el coronel Trant, habían roto los puentes y preparado
aquella ciudad para una viva defensa, recogiéndose también dentro
los habitantes de la orilla izquierda, que la dejaron convertida en
desierto. Adelantose sobre Coimbra el general Montbrun, y el 12 hizo
ya algunas tentativas de ataque y arrojó granadas. En vano intimó la
rendición, y desengañado de poder entrar la ciudad de rebate, advirtió
de ello al general en jefe, creído además en que habían llegado
refuerzos por mar desde Lisboa al Mondego.
No pudiendo Massena detenerse a forzar el paso del río, acosado de
cerca hallábase muy comprometido, no quedándole otra ruta sino la
dificilísima de Ponte da Murcella por Miranda do Corvo. Vislumbró
Wellington que a su contrario le estaba cerrado el camino de Coimbra,
porque sus bagajes tiraban hacia Ponte da Murcella. En esta atención,
hizo el general inglés marchar por su derecha, atravesando las
montañas, una división bajo las órdenes de Picton, movimiento de
sesgo que forzó a los franceses a desamparar a Condeixa y echarse
una legua atrás situándose en Casal Novo. Wellington entonces abrió
inmediatamente su comunicación con la ciudad de Coimbra, y trató de
arrojar a los franceses de su nueva posición.
Siendo esta muy respetable por el frente, maniobró el inglés hacia
los costados. Envió por el derecho al general Cole, que después debía
dirigirse al Alentejo, y encargole asegurar el paso del río Deuza y la
ruta de Espinhal, en cuyas cercanías estaba ya desde el 10 el general
Nightingale en observación de Reynier y Loison, los cuales, según
dijimos, habían por allí seguido la retirada. Wellington además envió
del mismo lado, pero ciñendo al enemigo, al general Picton, y destacó
por el costado izquierdo al general Erskine y la brigada portuguesa de
Pack, al tiempo mismo que ordenó a las tropas ligeras que escaramuzasen
por el frente, apoyadas en la división de Campbell. Quedó de reserva el
resto del ejército anglo-portugués.
Parte del de los franceses se había replegado ya, posesionándose del
formidable paso de Miranda do Corvo y márgenes del río Deuza. Aquí se
juntó también a los suyos el general Montbrun, que avanzado a Coimbra
se vio muy expuesto a que le envolviesen los ingleses cuando Massena
desamparó a Condeixa. Los cuerpos 6.º y 8.º, que se mantenían en Casal
Novo, abandonaron la posición en virtud de las maniobras del inglés por
el flanco, y se incorporaron al mariscal en jefe, alojado en Miranda.
En el entretanto, uniose en la tarde del 14 a Nightingale el general
Cole, y dueños los ingleses de Espinhal, pasado el Deuza podían
forzar, abrazándola, la nueva posición que ocupaban los franceses en
Miranda do Corvo, motivo por el que los últimos la evacuaron en aquella
misma noche y tomaron otra no menos respetable sobre el río Ceiras,
dejando un cuerpo de vanguardia enfrente de la Foz de Arouce. El 15
se trabó en este punto un porfiado combate que duró hasta después de
anochecido: con la oscuridad y el tropel hubo de los franceses muchos
que se ahogaron al paso del Ceiras. No obstante Ney, que siempre cubría
la retirada, consiguió salvar los heridos, y los carros y bagajes que
aún conservaban, estableciéndose sin tropiezo el general Massena detrás
del Alva. Dio Wellington descanso a sus tropas el 16, y situó el 17 sus
puestos sobre la sierra de Murcella.
Puede decirse que se terminó aquí la primera parte de la retirada de
los franceses comenzada desde Santarén. En toda ella marcharon los
enemigos formados en masa sólida, cubiertos por uno o dos cuerpos de
su ejército que sacaron ventaja del terreno quebrado y áspero con que
encontraban. Massena desplegó en la retirada profundos conocimientos
del arte de la guerra, y Ney a retaguardia brilló siempre por su
intrepidez y maestría.
[Marginal: Destrozos que causan los franceses en la retirada.]