_Combate que se dió á consecuencia de haber salido la Reina á mirar
la ciudad de Granada; y hazaña de Garcilaso de la Vega._
Habiendo manifestado la Reina sus deseos de ver de mas cerca la
ciudad de Granada, tan célebre en todo el mundo por su hermosura,
previno el marqués de Cádiz una escolta poderosa, para protegerla,
y á las damas de su corte, mientras disfrutase esta peligrosa
satisfaccion. Todo lo mejor y mas lucido del real salió para
acompañar á la Reina: la pompa de la corte se juntó en esta
expedicion con el aparato de la guerra, y veíase relucir las armas
del guerrero por entre las plumas, sedas y brocados de las damas.
Llegando la escolta á una aldea llamada Zubia, que está en un cerro
á la izquierda de Granada, donde se descubre la Alhambra y lo mejor
de la ciudad, se colocaron el marqués de Villena, el conde de
Ureña, y don Alonso de Aguilar, con sus batallones, en la ladera
del cerro; y el marqués de Cádiz, con otros caballeros, se puso en
órden de batalla en el llano, al rostro de la ciudad. Con estas
precauciones pudo la Reina disfrutar cumplidamente la vista de la
ciudad desde la azotea de una casa que le estaba prevenida en el
lugar. Igual satisfaccion tuvieron las damas de su comitiva, las
cuales, contemplando las rojas torres de la Alhambra que descollaba
sobre frondosas alamedas, anticipaban la gloria de ver entronizados
en aquel recinto á los Soberanos Católicos, y brillando en aquellos
salones la caballería de Castilla.
Los moros cuando vieron á los cristianos ordenados en la llanura,
creyeron que se les queria presentar batalla, y se apresuraron á
admitirla. Salió de la ciudad un escuadron de caballería muy lucida,
cuyos ginetes regian con maravillosa destreza sus ligeros y briosos
caballos. Iban los moros primorosamente armados; sus vestidos eran
de diversos colores y muy vistosos, y en los jaeces de los caballos
resplandecian el oro y los bordados. Este era el escuadron favorito
de Muza, que se componia de la flor de la juventud granadina:
siguieron otros escuadrones, unos armados de todas piezas, otros
á la gineta, con solo lanza y adarga; y últimamente salieron los
batallones de infantería con sus arcabuces, ballestas, lanzas y
cimitarras.
Al ver las tropas que salian de la ciudad, envió la Reina al marqués
de Cádiz prohibiéndole que atacase al enemigo, ni admitiese desafios
ó escaramuzas, porque no queria que su curiosidad costase la vida
á ningun viviente. Prometió el Marqués obedecer, aunque con poco
gusto suyo, y muy corta voluntad de sus caballeros. Los moros, no
sabiendo á qué atribuir la inaccion del enemigo, que al parecer los
habia llamado á la pelea, se salian de sus filas, retaban á los
cristianos, y llegaban bastante cerca para tirar sus lanzas dentro de
las batallas enemigas. Mas no por eso se descompuso la formacion de
los cristianos, que no osaban contravenir las terminantes órdenes de
la Reina.
Mientras prevalecia esta tranquilidad violenta en toda la línea
cristiana, salió de la ciudad un caballero moro de gran cuerpo y
estatura, y armado de todas piezas; rodela espaciosa, enorme lanza,
alfange damasquino, y una daga primorosamente guarnecida. Venia con
la visera calada; pero en su divisa se echó de ver que era Tarfe, el
mas insolente, pero tambien el mas intrépido, de los guerreros de
Granada, y el mismo que habia arrojado su lanza contra el pabellon
de la Reina. Sugetando un fogoso caballo que parecia participar de
la fiereza de su dueño, se acercó el moro, y pasó sosegadamente por
delante de la línea cristiana. Pero ¡cuál seria la sorpresa de los
caballeros españoles, cuando vieron atada á la cola del caballo, y
arrastrada en el polvo, la misma tablilla con el Ave María que Pulgar
habia fijado en la puerta de la mezquita! El horror y la indignacion
se difundieron por todo el ejército. Pulgar no se hallaba presente;
pero Garcilaso de la Vega determinó substituirle, y partiendo á toda
prisa á Zubia, se echó á los pies de la Reina, é impetró su permiso
para vengar este insulto. Volviendo entonces á cabalgar, embrazó
su broquel flamenco, empuñó su fuerte lanza, y calada la visera,
salió al encuentro del moro, y lo desafió al combate. Trabóse la
pelea á la vista de ambos ejércitos, y en presencia de la Reina y de
su comitiva. El choque fue terrible; las lanzas, hechas astillas,
saltaron en el aire, y Garcilaso, derribado sobre el arzon de la
silla, se vió en el mayor peligro; pero felizmente pudo cobrar las
riendas, y poniéndose bien en su caballo, revolvió contra su enemigo.
Acometiéronse entonces con las espadas. Las grandes fuerzas del
moro, y la ligereza de su caballo, que le obedecia con maravillosa
prontitud, le daban la superioridad sobre Garcilaso; pero éste se
le aventajaba en la destreza, y en la facilidad con que paraba
los golpes del alfange, que relumbraba en derredor de su cabeza.
Empezaba á correr la sangre y á desfallecer el esfuerzo de uno y otro
combatiente, cuando el moro, confiando en su mucha fuerza, se arrojó
sobre su contrario, y se asió con él á brazos para arrancarle de la
silla. En esta lucha vinieron los dos al suelo: cayendo el moro
encima, paso una rodilla en el pecho de su víctima, y levantó en
alto un puñal en ademan de clavárselo por la garganta. Los guerreros
cristianos prorumpieron en un grito de desesperacion; pero en el
mismo instante vieron al moro caer exánime en la arena. Garcilaso
habia aprovechado la ocasion en que su contrario alzó el brazo para
herirle, y acortando su espada, se la clavó hasta el corazon. Asi
terminó este combate en que se observaron cumplidamente las leyes del
duelo, pues nadie intervino en favor del uno ni del otro. Garcilaso
despojó á su contrario, cobró la tablilla, y poniéndola en la punta
de su espada, volvió en triunfo al ejército, que le recibió con
gritos de alegría.
En esto habia llegado el sol al meridiano, y los capitanes moros
irritados por el vencimiento de su campeon, determinaron atacar al
enemigo. Empezaron á hacerles fuego con dos tiros de artillería,
que muy pronto produjeron alguna confusion en las filas cristianas.
Notándolo Muza, mandó avanzar á la carga, y dieron sus tropas con tal
furia en los cuerpos avanzados de los cristianos, que los hicieron
retroceder hasta las batallas del marqués de Cádiz. No pudiendo
ya evitar la batalla, se adelantó el Marqués con mil y doscientas
lanzas que mandaba, y dióse principio á un combate general. La
suerte se declaró muy brevemente contra los moros, que batidos y
atemorizados se entregaron á la fuga, huyendo unos á la ciudad, otros
á los montes. Los cristianos siguieron el alcance hasta las mismas
puertas de Granada, causando al enemigo una pérdida de mas de dos mil
hombres: ganaron asimismo los dos tiros de artillería, y no hubo en
aquella jornada lanza cristiana que no se bañase en sangre mora[43].
[43] Cura de los Palacios.
Tal fue esta corta pero sangrienta accion, denominada por los
vencedores la escaramuza de la Reina. En conmemoracion de esta
victoria, fundó doña Isabel en la aldea de Zubia un monasterio de
Franciscanos, en que se ve un laurel que dicen fue plantado por ella
misma[44].
[44] Tambien se ve en el dia la casa desde la cual miró la Reina
esta batalla. Está en la primera calle á la derecha, entrando
en el lugar por el lado de la vega, y tiene las armas reales
pintadas en los techos. Habita en ella un honrado labrador,
llamado Francisco García, que enseña su casa á los que quieren
verla, y que rehusa con noble orgullo tomar recompensa alguna,
ofreciendo al contrario la hospitalidad al forastero. Sus hijos
están muy versados en los antiguos romances, relativos á las
hazañas de Hernan Pulgar y de Garcilaso de la Vega.
[Ilustración]