_Llega la Reina doña Isabel al campo cristiano; desafio del moro
Tarfe, y notable hazaña de Hernan Perez del Pulgar._
Aunque despojada de sus glorias, y sin esperanzas de ser socorrida,
todavia la ciudad de Granada, por la extension y fuerza de sus
baluartes y castillos, parecia desafiar todas las tentativas que se
hiciesen para tomarla por asalto: habia una guarnicion numerosa,
habia valor y patriotismo; y el pueblo, aletargado hasta ahora por
las blanduras de la paz, habia tomado en este peligroso trance una
actitud imponente.
Conoció Fernando que no se podia tomar á viva fuerza esta ciudad
sin mucho trabajo y sangre; y por tanto determinó rendirla con la
hambre. Al efecto envió sus tropas á correr los pueblos y valles de
las Alpujarras, y fueron saqueados y destruidos muchos de los lugares
que proveian de mantenimientos á la capital, en cuyos alrededores
discurrian tambien partidas sueltas que sorprendian casi todos los
convoyes que se dirigian al enemigo. La osadía de los moros crecia á
par de su desesperacion; sus salidas eran frecuentes y vigorosas, y
los rebatos que daba Muza con su caballería, introducian á veces el
terror y la muerte hasta el centro del real cristiano. Para proteger
el campo contra estos asaltos, lo mandó el Rey fortificar con fosos
y parapetos, le dió una forma cuadrangular, y puso las tiendas y
barracas de los soldados por hileras, figurando las calles de una
ciudad.
Acabado de fortificar el campo, vino á él la Reina, con el Príncipe
don Juan y las Infantas. El dia despues de su venida, salió con
mucho acompañamiento para ver el real y sus alrededores, y donde
quiera llegaba, era recibida con aplausos y aclamaciones. Pero la
fogosidad de la juventud granadina de ningun modo se disminuyó con
la llegada de la Reina; y Muza, viendo que el Rey cristiano se
abstenia de dar un asalto, procuraba empeñar escaramuzas, y promover
combates singulares entre sus caballeros y los del ejército enemigo.
Asi es que apenas pasaba dia en que no hubiese algun encuentro de
este género: los combatientes rivalizaban entre sí en el lujo de
sus armas y arreos, asi como en las proezas; y sus contiendas mas
parecian ejercicios caballerescos ó justas, que combates verdaderos.
Pero Fernando, viendo que estos desafios, al paso que costaban la
vida á muchos de sus caballeros mas valientes, alimentaban el valor
y ardoroso celo de los moros, los prohibió absolutamente; y por
entonces cesaron con sentimiento de ambas partes. Mas no por eso
dejaron los moros de hacer los mayores esfuerzos para renovarlos.
Á veces una cuadrilla de ellos, bien montados, llegaban gineteando
hasta las mismas barreras del real, y arrojaban dentro sus lanzas lo
mas que podian, dejando en ellas algun rótulo con sus nombres para
provocar á los cristianos; pero estos, contenidos por las terminantes
órdenes del Rey disimulaban su irritacion.
Habia entre los caballeros moros uno que se llamaba Tarfe, á quien
todos respetaban por su temerario valor y grandes fuerzas. Este
arrogante moro, en una salida contra el real cristiano, se separó
de sus compañeros, saltó con su caballo las barreras del real, y
corriendo hácia el alojamiento de los Reyes, tiró su lanza tan
adentro, que la dejó clavada en el suelo junto á la puerta del
pabellon real. Los guardias salieron en su persecucion; pero ya Tarfe
se habia reunido con los suyos, y envueltos en una nube de polvo
corrian todos á rienda suelta hácia Granada. Al sacar del suelo la
lanza, se halló en ella un rótulo manifestando que iba dirigida
contra la Reina.
Grande fue la indignacion de los caballeros cristianos cuando
supieron el temerario arrojo de Tarfe, y el insulto que se habia
ofrecido á su Reina. Hallóse presente Hernan Perez del Pulgar, el de
las hazañas; y resuelto á no ser excedido en valor por un bárbaro,
propuso á sus camaradas una empresa de no menos dificultad y peligro.
Muchos se ofrecieron á seguirle; pero él escogió solamente quince,
que todos eran de gran corazon y de muchas fuerzas. En el silencio de
la noche los sacó fuera del campo, y se acercó cautelosamente á la
ciudad, hasta llegar á un postigo que daba sobre el Darro, y estaba
guardado por algunos soldados de infantería, los cuales, no esperando
un ataque semejante, estaban casi todos durmiendo. Acometieron
los cristianos, forzaron la puerta, y siguióse una pelea confusa
entre ellos y la guardia. Pulgar, sin detenerse á tomar parte en la
refriega, hincó las espuelas á su caballo, y se entró por la calle
adelante, corriendo furiosamente y sacando centellas de las piedras,
hasta que llegó enfrente de la mezquita principal. Apeándose entonces
de su caballo, se arrodilla delante de la puerta, toma posesion del
edificio como templo cristiano, y lo consagra á Nuestra Señora. En
testimonio de esta ceremonia, saca una tablilla que traia, en que
estaban escritas en letras grandes las palabras, AVE MARÍA, y con el
pomo del puñal la clava en la puerta. Hecho esto, monta su caballo,
y á carrera tendida vuelve sobre sus pasos. Entretanto se habia
alborotado la ciudad, y los soldados iban acudiendo de todas partes;
pero Pulgar, atropellando á unos, derribando á otros, y asombrando á
todos, volvió á ganar el postigo, y reuniéndose con sus compañeros
que aun estaban peleando en la puerta, se retiró con ellos, y
regresaron todos felizmente al real. Los moros, que no sabian
el objeto de un atentado al parecer tan infructuoso, hacian mil
discursos para comprenderlo; pero ¡cuál seria su exasperacion cuando
á la mañana siguiente se ofreció á su vista aquel trofeo de valor,
aquel Ave María que el intrépido Pulgar habia elevado en el centro de
la ciudad! La mezquita que con tan nuevo modo santificó este héroe,
se convirtió, despues de la conquista, en catedral[42].
[42] En conmemoracion de este insigne hecho, concedió
posteriormente el Emperador Cárlos V. á Pulgar y á sus
descendientes, el privilegio de sepultura en aquella iglesia, y
el de sentarse en el coro cuando se celebrase misa mayor. Este
Pulgar se distinguió en la carrera literaria no menos que en
la militar, y dedicó á Cárlos V. una sumaria de los hechos de
Gonzalo de Córdoba, el gran capitan, su compañero de armas; pero
no fue el historiador y secretario de la Reina doña Isabel. Véase
la Crónica de los Reyes Católicos de Pulgar, part. III, cap. 3,
edicion de Valencia, 1780.
[Ilustración]