CAPÍTULO XXXIV.

_Llega la Reina doña Isabel al campo cristiano; desafio del moro

Tarfe, y notable hazaña de Hernan Perez del Pulgar._

Aunque despojada de sus glorias, y sin esperanzas de ser socorrida,

todavia la ciudad de Granada, por la extension y fuerza de sus

baluartes y castillos, parecia desafiar todas las tentativas que se

hiciesen para tomarla por asalto: habia una guarnicion numerosa,

habia valor y patriotismo; y el pueblo, aletargado hasta ahora por

las blanduras de la paz, habia tomado en este peligroso trance una

actitud imponente.

Conoció Fernando que no se podia tomar á viva fuerza esta ciudad

sin mucho trabajo y sangre; y por tanto determinó rendirla con la

hambre. Al efecto envió sus tropas á correr los pueblos y valles de

las Alpujarras, y fueron saqueados y destruidos muchos de los lugares

que proveian de mantenimientos á la capital, en cuyos alrededores

discurrian tambien partidas sueltas que sorprendian casi todos los

convoyes que se dirigian al enemigo. La osadía de los moros crecia á

par de su desesperacion; sus salidas eran frecuentes y vigorosas, y

los rebatos que daba Muza con su caballería, introducian á veces el

terror y la muerte hasta el centro del real cristiano. Para proteger

el campo contra estos asaltos, lo mandó el Rey fortificar con fosos

y parapetos, le dió una forma cuadrangular, y puso las tiendas y

barracas de los soldados por hileras, figurando las calles de una

ciudad.

Acabado de fortificar el campo, vino á él la Reina, con el Príncipe

don Juan y las Infantas. El dia despues de su venida, salió con

mucho acompañamiento para ver el real y sus alrededores, y donde

quiera llegaba, era recibida con aplausos y aclamaciones. Pero la

fogosidad de la juventud granadina de ningun modo se disminuyó con

la llegada de la Reina; y Muza, viendo que el Rey cristiano se

abstenia de dar un asalto, procuraba empeñar escaramuzas, y promover

combates singulares entre sus caballeros y los del ejército enemigo.

Asi es que apenas pasaba dia en que no hubiese algun encuentro de

este género: los combatientes rivalizaban entre sí en el lujo de

sus armas y arreos, asi como en las proezas; y sus contiendas mas

parecian ejercicios caballerescos ó justas, que combates verdaderos.

Pero Fernando, viendo que estos desafios, al paso que costaban la

vida á muchos de sus caballeros mas valientes, alimentaban el valor

y ardoroso celo de los moros, los prohibió absolutamente; y por

entonces cesaron con sentimiento de ambas partes. Mas no por eso

dejaron los moros de hacer los mayores esfuerzos para renovarlos.

Á veces una cuadrilla de ellos, bien montados, llegaban gineteando

hasta las mismas barreras del real, y arrojaban dentro sus lanzas lo

mas que podian, dejando en ellas algun rótulo con sus nombres para

provocar á los cristianos; pero estos, contenidos por las terminantes

órdenes del Rey disimulaban su irritacion.

Habia entre los caballeros moros uno que se llamaba Tarfe, á quien

todos respetaban por su temerario valor y grandes fuerzas. Este

arrogante moro, en una salida contra el real cristiano, se separó

de sus compañeros, saltó con su caballo las barreras del real, y

corriendo hácia el alojamiento de los Reyes, tiró su lanza tan

adentro, que la dejó clavada en el suelo junto á la puerta del

pabellon real. Los guardias salieron en su persecucion; pero ya Tarfe

se habia reunido con los suyos, y envueltos en una nube de polvo

corrian todos á rienda suelta hácia Granada. Al sacar del suelo la

lanza, se halló en ella un rótulo manifestando que iba dirigida

contra la Reina.

Grande fue la indignacion de los caballeros cristianos cuando

supieron el temerario arrojo de Tarfe, y el insulto que se habia

ofrecido á su Reina. Hallóse presente Hernan Perez del Pulgar, el de

las hazañas; y resuelto á no ser excedido en valor por un bárbaro,

propuso á sus camaradas una empresa de no menos dificultad y peligro.

Muchos se ofrecieron á seguirle; pero él escogió solamente quince,

que todos eran de gran corazon y de muchas fuerzas. En el silencio de

la noche los sacó fuera del campo, y se acercó cautelosamente á la

ciudad, hasta llegar á un postigo que daba sobre el Darro, y estaba

guardado por algunos soldados de infantería, los cuales, no esperando

un ataque semejante, estaban casi todos durmiendo. Acometieron

los cristianos, forzaron la puerta, y siguióse una pelea confusa

entre ellos y la guardia. Pulgar, sin detenerse á tomar parte en la

refriega, hincó las espuelas á su caballo, y se entró por la calle

adelante, corriendo furiosamente y sacando centellas de las piedras,

hasta que llegó enfrente de la mezquita principal. Apeándose entonces

de su caballo, se arrodilla delante de la puerta, toma posesion del

edificio como templo cristiano, y lo consagra á Nuestra Señora. En

testimonio de esta ceremonia, saca una tablilla que traia, en que

estaban escritas en letras grandes las palabras, AVE MARÍA, y con el

pomo del puñal la clava en la puerta. Hecho esto, monta su caballo,

y á carrera tendida vuelve sobre sus pasos. Entretanto se habia

alborotado la ciudad, y los soldados iban acudiendo de todas partes;

pero Pulgar, atropellando á unos, derribando á otros, y asombrando á

todos, volvió á ganar el postigo, y reuniéndose con sus compañeros

que aun estaban peleando en la puerta, se retiró con ellos, y

regresaron todos felizmente al real. Los moros, que no sabian

el objeto de un atentado al parecer tan infructuoso, hacian mil

discursos para comprenderlo; pero ¡cuál seria su exasperacion cuando

á la mañana siguiente se ofreció á su vista aquel trofeo de valor,

aquel Ave María que el intrépido Pulgar habia elevado en el centro de

la ciudad! La mezquita que con tan nuevo modo santificó este héroe,

se convirtió, despues de la conquista, en catedral[42].

[42] En conmemoracion de este insigne hecho, concedió

posteriormente el Emperador Cárlos V. á Pulgar y á sus

descendientes, el privilegio de sepultura en aquella iglesia, y

el de sentarse en el coro cuando se celebrase misa mayor. Este

Pulgar se distinguió en la carrera literaria no menos que en

la militar, y dedicó á Cárlos V. una sumaria de los hechos de

Gonzalo de Córdoba, el gran capitan, su compañero de armas; pero

no fue el historiador y secretario de la Reina doña Isabel. Véase

la Crónica de los Reyes Católicos de Pulgar, part. III, cap. 3,

edicion de Valencia, 1780.

[Ilustración]

Crónica de la conquista de Granada (2 de 2) · 第 35 / 84 题