CAPÍTULO XXXVI.

_Incendio del real, y última tala de la vega._

Era una tarde calurosa del mes de julio, y á la roja luz del sol

que se ponia, presentaba el real cristiano un aspecto magestuoso.

Las tiendas de los capitanes con sus gayadas telas, sus colgaduras

y caireles, formaban al parecer una ciudad de brocado y seda; y

elevándose en el centro de esta pequeña metrópoli el suntuoso

pabellon de la Reina, coronado de banderas y divisas, parecia querer

competir con los palacios de Granada. Este precioso pabellon era

del marqués de Cádiz, que lo habia cedido á la Reina, y era el mas

completo y magnífico que se conocia en la cristiandad. Levantábase

en el centro de él un alfaneque al gusto oriental, cuyas ricas

colgaduras estaban sostenidas por columnas de lanzas, adornadas

con emblemas militares. En derredor de este alfaneque habia otros

aposentos, unos de lienzo pintado, otros forrados de seda, y todos

separados unos de otros con cortinas: era en fin un palacio de

campaña, que se podia erigir y deshacer en un momento.

Iba entrando la noche, y disminuyéndose el bullicio de los

preparativos que se hacian en el campo para la última tala que debia

darse en la vega al dia siguiente, cuando se retiró la Reina á un

gabinete para rezar sus horas antes de recogerse al lecho. Estando

asi ocupada en sus oraciones, se vió de improviso rodeada de una luz

muy viva, y de un humo denso que iba llenando toda la tienda; un

momento despues ardia el pabellon en vivas llamas. La Reina, en tan

gran peligro, se salvó apenas con una fuga precipitada, y temiendo

por el Rey, corrió á su tienda. Pero el vigilante Fernando estaba ya

en pié: saltando de su cama á la primera alarma, y creyendo fuese un

rebato del enemigo, se habia salido á medio vestir, y sin mas armas

que una lanza y una adarga.

Impelido por el aire que corria aquella noche, fue cundiendo el

fuego y comunicándose de tienda en tienda, hasta envolver el campo

en un incendio general. Al triste resplandor de las llamas se veia

esparcidos por el suelo ricos muebles, armas diferentes, y vasos

preciosos, que cediendo al rigor del fuego, empezaban á correr en

arroyos de oro y plata. Todo era confusion y espanto; las cajas

y trompetas tocaban al arma, las damas medio desnudas se salian

despavoridas de sus tiendas, y los soldados, sin armas ni gefes,

corrian desafinados por el real sin saber á que parte acudir.

La sospecha de que todo fuese una estratagema del enemigo, se

desvaneció muy pronto; pero quedando el recelo de que aprovechasen

los moros esta ocasion para intentar un asalto, salió el marqués de

Cádiz con tres mil caballos para contenerlos. Cuando salieron del

real, vieron iluminado todo el firmamento por el resplandor de las

llamas, que parecia querian subirse al cielo, y llenaban el aire de

centellas y cenizas. Caia sobre la ciudad una claridad tan grande,

que toda ella se descubria patentemente con sus torres, almenas y

baluartes: los turbantes de infinitos espectadores coronaban las

azoteas de las casas, y las armas de los soldados relumbraban á lo

largo de la muralla; pero ni un solo guerrero se veia salir por las

puertas, porque los moros recelando tambien algun ardid por parte de

los cristianos, no osaron apartarse de sus muros. Poco á poco fueron

extinguiéndose las llamas, volvieron á prevalecer el silencio y la

oscuridad, y el marqués de Cádiz regresó con su gente al campo.

Cuando al otro dia salió el sol sobre el real cristiano, no quedaba

ya de aquel hermoso conjunto de tiendas y pabellones, sino montones

de escombros y cenizas, cascos, coseletes, y arreos militares

abrasados, y masas de oro y plata derretida. La recámara de la Reina

fue destruida enteramente; y la pérdida de los grandes y caballeros

en vajilla, joyas, y otros efectos preciosos, fue incalculable.

Al principio se atribuyó el fuego á una traicion; pero despues se

averiguó haber sido puramente efecto de una casualidad. La Reina, al

retirarse á sus oraciones, habia mandado á una moza de cámara que

apartase una vela que ardia en su gabinete, porque no le estorbase el

dormir. Colocada la luz en otra parte de la tienda, se puso por un

descuido muy cerca de unas colgaduras, á las cuales prendió el fuego,

y se siguió el desastre referido.

Conociendo el ardoroso temperamento de los moros, se apresuró el

Rey á destruir la confianza que les hubiese inspirado el suceso de

la noche anterior. Aquella misma mañana se puso en movimiento el

ejército cristiano, y saliendo de entre las ruinas del real, se

adelantó hácia la ciudad con banderas tendidas, y sonido de cajas y

trompetas, como si nada hubiese ocurrido.

Los moros habian mirado el incendio con asombro y perplejidad: al

dia siguiente vieron el campo cristiano hecho una masa negra que

humeaba todavia, y llegando sus espías, supieron en toda su extension

la desgracia acaecida á los sitiadores. No bien habia corrido por

la ciudad esta noticia, cuando vieron al ejército cristiano que

marchaba hácia ellos. Creyeron los moros que era un ardid con que los

cristianos querian encubrir su desesperada situacion, y facilitar su

retirada; y Boabdil, movido de un impulso de valor, determinó salir

en persona al campo para segundar el golpe que Alá parecia haber

descargado sobre los cristianos.

Habia llegado el ejército enemigo hasta debajo de los muros de

Granada, y estaba dando la tala á los jardines de los ciudadanos,

cuando salió Boabdil con todo lo que quedaba de la flor y caballería

de su capital. Pelearon los moros aquel dia con increible esfuerzo;

¿y qué mucho, si peleaban en los umbrales de sus casas, donde el

mas cobarde se hace valiente, y en defensa de aquellos amados

lugares que eran teatro de sus amores y placeres, y á la vista de

sus esposas é hijas, de sus ancianos y doncellas, y de todo lo que

el corazon del hombre estima y ama? No era esta una batalla sola,

sino muchas reunidas en una; pues cada jardin era la escena de una

contienda mortal; cada palmo de terreno era defendido con agonías

de desesperacion, y cada paso que adelantaban los cristianos, les

costaba su sangre y prodigios de valor. La caballería de Muza

aparecia en todas partes, y donde quiera que llegaba daba nuevo ardor

al combate; pero la infantería, cuya falta de firmeza habia sido

fatal á los moros en tantas ocasiones, se dejó apoderar en esta de

un terror pánico, y huyó en desórden, dejando al Soberano, con un

puñado de caballeros, expuesto á una fuerza irresistible. Estuvo

Boabdil á punto de caer en manos del enemigo, y á no haber sido tanta

la velocidad de su caballo, no escapára de aquel peligro[45]. Hizo

Muza los mayores esfuerzos para detener á los fugitivos, y ordenar

las hazes; pero fueron inútiles: creció el tumulto, y llegó á ser

general la derrota de los moros. Muza, pesaroso y desesperado, hubo

de retirarse con los demas, pues con la caballería sola no podia

mantener el campo. Entrando en la ciudad, mandó cerrar las puertas, y

asegurarlas con cerrojos y cadenas, por la poca confianza que tenia

en los archeros y arcabuceros encargados de defenderlas. Entretanto

tronaba la artillería desde los baluartes de la ciudad, y Fernando,

detenido en sus progresos por el vivo fuego que se le hacia, recogió

sus tropas, y volvió en triunfo á las ruinas de su campo.

[45] Zurita, lib. XX. cap. 88.

Tal fue la última salida que hicieron los moros en defensa de su

amada capital. El embajador francés, que se halló presente, quedó

maravillado del modo de pelear y del esfuerzo y osadía de los moros.

Verdaderamente la resolucion y constancia que manifestaron en todo

el discurso de esta guerra, tiene pocos ejemplos en los anales de la

historia. Despues de una lucha de diez años, y de una larga série

de batallas en que la fortuna casi siempre se mostró contraria á las

armas moras, despues de haber perdido sucesivamente casi todas sus

plazas y fortalezas, y de haber muerto ó quedado cautivos tantos de

sus hermanos, todavia perseveraban defendiendo cada castillo que les

quedaba, cada peñon, cada palmo de terreno, con una tenacidad sin

igual; y ahora que la metrópoli se hallaba sin apoyo y sin socorro, y

que toda una nacion se habia agolpado bajo sus muros, tambien querian

resistir, como si esperasen que la providencia intercediese en su

favor con algun milagro. En su obstinada resistencia (dice un antiguo

historiador) mostraban bien el dolor con que se despedian de aquella

tierra y vega, que eran su cielo y paraiso, porque valiéndose de

toda la fortaleza de sus brazos, parece que se abrazaban de aquella

su carísima pátria, de la cual ningunas caídas, ningunas heridas ó

muertes, los podian apartar; antes estuvieron firmes peleando por

ella con las fuerzas juntas del amor y dolor, que merecia tan gran

causa, mientras hubo manos y fortuna[46].

[46] Abarca, Reyes de Aragon, rey XXX. c. 3.

[Ilustración]

Crónica de la conquista de Granada (2 de 2) · 第 37 / 84 题