_Incendio del real, y última tala de la vega._
Era una tarde calurosa del mes de julio, y á la roja luz del sol
que se ponia, presentaba el real cristiano un aspecto magestuoso.
Las tiendas de los capitanes con sus gayadas telas, sus colgaduras
y caireles, formaban al parecer una ciudad de brocado y seda; y
elevándose en el centro de esta pequeña metrópoli el suntuoso
pabellon de la Reina, coronado de banderas y divisas, parecia querer
competir con los palacios de Granada. Este precioso pabellon era
del marqués de Cádiz, que lo habia cedido á la Reina, y era el mas
completo y magnífico que se conocia en la cristiandad. Levantábase
en el centro de él un alfaneque al gusto oriental, cuyas ricas
colgaduras estaban sostenidas por columnas de lanzas, adornadas
con emblemas militares. En derredor de este alfaneque habia otros
aposentos, unos de lienzo pintado, otros forrados de seda, y todos
separados unos de otros con cortinas: era en fin un palacio de
campaña, que se podia erigir y deshacer en un momento.
Iba entrando la noche, y disminuyéndose el bullicio de los
preparativos que se hacian en el campo para la última tala que debia
darse en la vega al dia siguiente, cuando se retiró la Reina á un
gabinete para rezar sus horas antes de recogerse al lecho. Estando
asi ocupada en sus oraciones, se vió de improviso rodeada de una luz
muy viva, y de un humo denso que iba llenando toda la tienda; un
momento despues ardia el pabellon en vivas llamas. La Reina, en tan
gran peligro, se salvó apenas con una fuga precipitada, y temiendo
por el Rey, corrió á su tienda. Pero el vigilante Fernando estaba ya
en pié: saltando de su cama á la primera alarma, y creyendo fuese un
rebato del enemigo, se habia salido á medio vestir, y sin mas armas
que una lanza y una adarga.
Impelido por el aire que corria aquella noche, fue cundiendo el
fuego y comunicándose de tienda en tienda, hasta envolver el campo
en un incendio general. Al triste resplandor de las llamas se veia
esparcidos por el suelo ricos muebles, armas diferentes, y vasos
preciosos, que cediendo al rigor del fuego, empezaban á correr en
arroyos de oro y plata. Todo era confusion y espanto; las cajas
y trompetas tocaban al arma, las damas medio desnudas se salian
despavoridas de sus tiendas, y los soldados, sin armas ni gefes,
corrian desafinados por el real sin saber á que parte acudir.
La sospecha de que todo fuese una estratagema del enemigo, se
desvaneció muy pronto; pero quedando el recelo de que aprovechasen
los moros esta ocasion para intentar un asalto, salió el marqués de
Cádiz con tres mil caballos para contenerlos. Cuando salieron del
real, vieron iluminado todo el firmamento por el resplandor de las
llamas, que parecia querian subirse al cielo, y llenaban el aire de
centellas y cenizas. Caia sobre la ciudad una claridad tan grande,
que toda ella se descubria patentemente con sus torres, almenas y
baluartes: los turbantes de infinitos espectadores coronaban las
azoteas de las casas, y las armas de los soldados relumbraban á lo
largo de la muralla; pero ni un solo guerrero se veia salir por las
puertas, porque los moros recelando tambien algun ardid por parte de
los cristianos, no osaron apartarse de sus muros. Poco á poco fueron
extinguiéndose las llamas, volvieron á prevalecer el silencio y la
oscuridad, y el marqués de Cádiz regresó con su gente al campo.
Cuando al otro dia salió el sol sobre el real cristiano, no quedaba
ya de aquel hermoso conjunto de tiendas y pabellones, sino montones
de escombros y cenizas, cascos, coseletes, y arreos militares
abrasados, y masas de oro y plata derretida. La recámara de la Reina
fue destruida enteramente; y la pérdida de los grandes y caballeros
en vajilla, joyas, y otros efectos preciosos, fue incalculable.
Al principio se atribuyó el fuego á una traicion; pero despues se
averiguó haber sido puramente efecto de una casualidad. La Reina, al
retirarse á sus oraciones, habia mandado á una moza de cámara que
apartase una vela que ardia en su gabinete, porque no le estorbase el
dormir. Colocada la luz en otra parte de la tienda, se puso por un
descuido muy cerca de unas colgaduras, á las cuales prendió el fuego,
y se siguió el desastre referido.
Conociendo el ardoroso temperamento de los moros, se apresuró el
Rey á destruir la confianza que les hubiese inspirado el suceso de
la noche anterior. Aquella misma mañana se puso en movimiento el
ejército cristiano, y saliendo de entre las ruinas del real, se
adelantó hácia la ciudad con banderas tendidas, y sonido de cajas y
trompetas, como si nada hubiese ocurrido.
Los moros habian mirado el incendio con asombro y perplejidad: al
dia siguiente vieron el campo cristiano hecho una masa negra que
humeaba todavia, y llegando sus espías, supieron en toda su extension
la desgracia acaecida á los sitiadores. No bien habia corrido por
la ciudad esta noticia, cuando vieron al ejército cristiano que
marchaba hácia ellos. Creyeron los moros que era un ardid con que los
cristianos querian encubrir su desesperada situacion, y facilitar su
retirada; y Boabdil, movido de un impulso de valor, determinó salir
en persona al campo para segundar el golpe que Alá parecia haber
descargado sobre los cristianos.
Habia llegado el ejército enemigo hasta debajo de los muros de
Granada, y estaba dando la tala á los jardines de los ciudadanos,
cuando salió Boabdil con todo lo que quedaba de la flor y caballería
de su capital. Pelearon los moros aquel dia con increible esfuerzo;
¿y qué mucho, si peleaban en los umbrales de sus casas, donde el
mas cobarde se hace valiente, y en defensa de aquellos amados
lugares que eran teatro de sus amores y placeres, y á la vista de
sus esposas é hijas, de sus ancianos y doncellas, y de todo lo que
el corazon del hombre estima y ama? No era esta una batalla sola,
sino muchas reunidas en una; pues cada jardin era la escena de una
contienda mortal; cada palmo de terreno era defendido con agonías
de desesperacion, y cada paso que adelantaban los cristianos, les
costaba su sangre y prodigios de valor. La caballería de Muza
aparecia en todas partes, y donde quiera que llegaba daba nuevo ardor
al combate; pero la infantería, cuya falta de firmeza habia sido
fatal á los moros en tantas ocasiones, se dejó apoderar en esta de
un terror pánico, y huyó en desórden, dejando al Soberano, con un
puñado de caballeros, expuesto á una fuerza irresistible. Estuvo
Boabdil á punto de caer en manos del enemigo, y á no haber sido tanta
la velocidad de su caballo, no escapára de aquel peligro[45]. Hizo
Muza los mayores esfuerzos para detener á los fugitivos, y ordenar
las hazes; pero fueron inútiles: creció el tumulto, y llegó á ser
general la derrota de los moros. Muza, pesaroso y desesperado, hubo
de retirarse con los demas, pues con la caballería sola no podia
mantener el campo. Entrando en la ciudad, mandó cerrar las puertas, y
asegurarlas con cerrojos y cadenas, por la poca confianza que tenia
en los archeros y arcabuceros encargados de defenderlas. Entretanto
tronaba la artillería desde los baluartes de la ciudad, y Fernando,
detenido en sus progresos por el vivo fuego que se le hacia, recogió
sus tropas, y volvió en triunfo á las ruinas de su campo.
[45] Zurita, lib. XX. cap. 88.
Tal fue la última salida que hicieron los moros en defensa de su
amada capital. El embajador francés, que se halló presente, quedó
maravillado del modo de pelear y del esfuerzo y osadía de los moros.
Verdaderamente la resolucion y constancia que manifestaron en todo
el discurso de esta guerra, tiene pocos ejemplos en los anales de la
historia. Despues de una lucha de diez años, y de una larga série
de batallas en que la fortuna casi siempre se mostró contraria á las
armas moras, despues de haber perdido sucesivamente casi todas sus
plazas y fortalezas, y de haber muerto ó quedado cautivos tantos de
sus hermanos, todavia perseveraban defendiendo cada castillo que les
quedaba, cada peñon, cada palmo de terreno, con una tenacidad sin
igual; y ahora que la metrópoli se hallaba sin apoyo y sin socorro, y
que toda una nacion se habia agolpado bajo sus muros, tambien querian
resistir, como si esperasen que la providencia intercediese en su
favor con algun milagro. En su obstinada resistencia (dice un antiguo
historiador) mostraban bien el dolor con que se despedian de aquella
tierra y vega, que eran su cielo y paraiso, porque valiéndose de
toda la fortaleza de sus brazos, parece que se abrazaban de aquella
su carísima pátria, de la cual ningunas caídas, ningunas heridas ó
muertes, los podian apartar; antes estuvieron firmes peleando por
ella con las fuerzas juntas del amor y dolor, que merecia tan gran
causa, mientras hubo manos y fortuna[46].
[46] Abarca, Reyes de Aragon, rey XXX. c. 3.
[Ilustración]