CAPÍTULO XXXIII.

_Preparativos en Granada para una defensa vigorosa._

[Nota al margen: Año 1491.]

¡Granada, Granada hermosa, reina de jardines, cuán quebrantadas

veo tus fuerzas!, ¡cuán ajada y marchita tu hermosura! El comercio

que otro tiempo derramaba la abundancia en tu recinto, desapareció

del todo; y el traficante ya no acude á tus puertas con los ricos

productos de los mas remotos climas. Las ciudades que te solian

pagar tributo, ya no reconocen tu dominio; y la bizarra caballería

que llenaba la Vivarrambla, pereció en muchas batallas. Sobre las

frondosas arboledas de tus generalifes, veo descollar todavia las

rojas torres de la Alhambra; pero en sus marmóreos salones solo reina

la melancolía; y tu Monarca, mirando desde tus elevados miradores, no

descubre sino un yermo, donde antes florecian las verdes glorias de

la vega.

Tal es la lamentacion de los escritores moros por el estado

deplorable de Granada, á la que no quedaba ya sino la sombra de su

anterior grandeza. Las dos últimas talas, sucediéndose rápidamente

la una á la otra, habian arrebatado todo el producto del año; y

el agricultor, viendo que su industria no servia mas que de atraer

nuevos estragos, habia abandonado enteramente el cultivo de la tierra.

En el discurso del invierno hizo Fernando las prevenciones mas

diligentes para esta última campaña, en que debia decidirse la suerte

de Granada; y en 11 de abril partió para la frontera del enemigo,

con propósito firme de poner sitio á la ciudad y de perseverar en él

hasta plantar el estandarte de Castilla en las torres de la Alhambra.

De los grandes del reino, algunos acudieron con sus personas; pero

muchos, cansados por las pasadas fatigas de la guerra, y porque

preveian una empresa larga, se contentaron con enviar sus vasallos,

equipados á su costa: las ciudades enviaron tambien sus contingentes;

y pudo el Rey abrir la campaña con un ejército de diez mil caballos

y cuarenta mil infantes. Los capitanes de mas nota que acompañaron

á Fernando, fueron don Rodrigo Ponce de Leon, marqués de Cádiz, el

maestre de Santiago, el marqués de Villena, los condes de Tendilla,

Cifuentes, Cabra, y Ureña, y don Alonso de Aguilar. La Reina, con

el Príncipe don Juan y las Infantas, doña María y doña Catalina,

quedó en Alcalá para cuidar de la subsistencia del ejército, y estar

en disposicion de acudir al campo cristiano, siempre que fuese

necesaria su presencia.

Entró el ejército en la vega por diferentes puntos; y en 23 de abril

sentó Fernando su real en una aldea llamada los Ojos de Guetar,

distante como media legua de Granada. Á la vista de tan formidable

hueste, se apoderó la consternacion de los habitantes de Granada; y

aun muchos de los guerreros se turbaron al considerar el terrible

conflicto que les esperaba. Boabdil reunió su consejo en la Alhambra,

desde cuyos miradores veia por entre nubes de polvo relucir los

escuadrones de Castilla que se enseñoreaban de la vega. Intimidados y

confusos, no sabian los consejeros que partido proponerle; pero los

mas, temiendo por sus familias, le aconsejaban que se aviniese con

el Rey cristiano, y fiase de su generosidad, para obtener términos

honrosos. Fue llamado el Wazir ó intendente de la ciudad, Abul Casim

Abdelmelec, para que informase sobre los medios con que podia contar

el público para subsistir y defenderse; y presentando este ministro

el estado de las provisiones, y las listas de los ciudadanos que eran

aptos para las armas, dijo, que para algunos meses habia víveres

suficientes; “pero ¿de qué sirve, añadió, este recurso provisional,

si son interminables los sitios del Rey cristiano? ¿y qué confianza

se puede tener de soldados ciudadanos, que bravean y amenazan en la

paz, y se esconden en la guerra?”

Oyendo Muza estas palabras, se levantó, y con generoso ardor, dijo:

“No hay que desconfiar de nuestras fuerzas. La sangre de aquellos

sarracenos que conquistaron á España aun corre por nuestras venas.

Ademas de la gente de armas, muy aguerrida, tenemos veinte mil

mancebos en el fuego de la juventud. ¿Carecemos de mantenimientos?

caballos tenemos veloces, y campeadores atrevidos; dejadlos que

vayan á correr las tierras de aquellos infieles musulmanes que se

sometieron al cristiano, y pronto los vereis volver con abundantes

cabalgadas. Sean ellos nuestros proveedores; que para el soldado no

hay vianda mas sabrosa que la que se arrebata al enemigo.”

El entusiasmo de Muza se comunicó á Boabdil. “Haced, dijo á sus

capitanes, lo que convenga en esta guerra; que en vuestras manos y

valor está la salud comun y la seguridad de todos: vosotros sois

los protectores del reino, y á vosotros toca la venganza de tantos

agravios, muertes y asolamientos como ha padecido la pátria”.[41]

[41] Conde.

Procedióse entonces á señalar á cada uno su deber. Al Wazir se dió

el encargo de las armas, provisiones y alistamientos: á Muza el

mando de la caballería, la guarda de las puertas y la direccion de

todas las salidas y escaramuzas: Naim Reduan y Mohamed Aben Zayde

fueron nombrados sus ayudantes. Abdul Kerin Zegrí, y otros capitanes,

defenderian las murallas, y los alcaides mandarian en los baluartes.

Estas medidas, y la confianza que inspiraba el nombre de Muza,

inflamaron el espíritu guerrero de los granadinos, y en toda la

ciudad no se veia sino preparativos para una vigorosa resistencia.

Al presentarse el ejército cristiano, se habia cerrado las puertas,

y para mas asegurarlas se les habia echado, ademas de los cerrojos,

gruesas cadenas. Pero Muza mandó abrirlas de par en par. “Á mi y á

mis caballeros, dijo, se ha confiado la guarda de estas puertas:

nuestros pechos serán la barrera que las defienda.” En cada una puso

una guardia numerosa de soldados escogidos: la caballería estaba

siempre á punto de servir, armados los ginetes, y ensillados los

caballos. ¿Se acercaba un enemigo? ya habia en la puerta un fuerte

escuadron, pronto á lanzarse fuera como rayo que se desprende de

la nube. Muza, lejos de ser jactancioso, era mas temible por sus

hechos que por sus palabras; y tales hazañas ejecutaba, que la misma

vanagloria no podia pretenderlas mayores. Era el campeon de los

moros, y era tal, que si Granada tuviera muchos guerreros como él,

acaso se hubiera dilatado la conquista de este reino, y el sarraceno

por mucho tiempo se hubiera conservado sobre el trono de la Alhambra.

[Ilustración]

Crónica de la conquista de Granada (2 de 2) · 第 34 / 84 题