_Preparativos en Granada para una defensa vigorosa._
[Nota al margen: Año 1491.]
¡Granada, Granada hermosa, reina de jardines, cuán quebrantadas
veo tus fuerzas!, ¡cuán ajada y marchita tu hermosura! El comercio
que otro tiempo derramaba la abundancia en tu recinto, desapareció
del todo; y el traficante ya no acude á tus puertas con los ricos
productos de los mas remotos climas. Las ciudades que te solian
pagar tributo, ya no reconocen tu dominio; y la bizarra caballería
que llenaba la Vivarrambla, pereció en muchas batallas. Sobre las
frondosas arboledas de tus generalifes, veo descollar todavia las
rojas torres de la Alhambra; pero en sus marmóreos salones solo reina
la melancolía; y tu Monarca, mirando desde tus elevados miradores, no
descubre sino un yermo, donde antes florecian las verdes glorias de
la vega.
Tal es la lamentacion de los escritores moros por el estado
deplorable de Granada, á la que no quedaba ya sino la sombra de su
anterior grandeza. Las dos últimas talas, sucediéndose rápidamente
la una á la otra, habian arrebatado todo el producto del año; y
el agricultor, viendo que su industria no servia mas que de atraer
nuevos estragos, habia abandonado enteramente el cultivo de la tierra.
En el discurso del invierno hizo Fernando las prevenciones mas
diligentes para esta última campaña, en que debia decidirse la suerte
de Granada; y en 11 de abril partió para la frontera del enemigo,
con propósito firme de poner sitio á la ciudad y de perseverar en él
hasta plantar el estandarte de Castilla en las torres de la Alhambra.
De los grandes del reino, algunos acudieron con sus personas; pero
muchos, cansados por las pasadas fatigas de la guerra, y porque
preveian una empresa larga, se contentaron con enviar sus vasallos,
equipados á su costa: las ciudades enviaron tambien sus contingentes;
y pudo el Rey abrir la campaña con un ejército de diez mil caballos
y cuarenta mil infantes. Los capitanes de mas nota que acompañaron
á Fernando, fueron don Rodrigo Ponce de Leon, marqués de Cádiz, el
maestre de Santiago, el marqués de Villena, los condes de Tendilla,
Cifuentes, Cabra, y Ureña, y don Alonso de Aguilar. La Reina, con
el Príncipe don Juan y las Infantas, doña María y doña Catalina,
quedó en Alcalá para cuidar de la subsistencia del ejército, y estar
en disposicion de acudir al campo cristiano, siempre que fuese
necesaria su presencia.
Entró el ejército en la vega por diferentes puntos; y en 23 de abril
sentó Fernando su real en una aldea llamada los Ojos de Guetar,
distante como media legua de Granada. Á la vista de tan formidable
hueste, se apoderó la consternacion de los habitantes de Granada; y
aun muchos de los guerreros se turbaron al considerar el terrible
conflicto que les esperaba. Boabdil reunió su consejo en la Alhambra,
desde cuyos miradores veia por entre nubes de polvo relucir los
escuadrones de Castilla que se enseñoreaban de la vega. Intimidados y
confusos, no sabian los consejeros que partido proponerle; pero los
mas, temiendo por sus familias, le aconsejaban que se aviniese con
el Rey cristiano, y fiase de su generosidad, para obtener términos
honrosos. Fue llamado el Wazir ó intendente de la ciudad, Abul Casim
Abdelmelec, para que informase sobre los medios con que podia contar
el público para subsistir y defenderse; y presentando este ministro
el estado de las provisiones, y las listas de los ciudadanos que eran
aptos para las armas, dijo, que para algunos meses habia víveres
suficientes; “pero ¿de qué sirve, añadió, este recurso provisional,
si son interminables los sitios del Rey cristiano? ¿y qué confianza
se puede tener de soldados ciudadanos, que bravean y amenazan en la
paz, y se esconden en la guerra?”
Oyendo Muza estas palabras, se levantó, y con generoso ardor, dijo:
“No hay que desconfiar de nuestras fuerzas. La sangre de aquellos
sarracenos que conquistaron á España aun corre por nuestras venas.
Ademas de la gente de armas, muy aguerrida, tenemos veinte mil
mancebos en el fuego de la juventud. ¿Carecemos de mantenimientos?
caballos tenemos veloces, y campeadores atrevidos; dejadlos que
vayan á correr las tierras de aquellos infieles musulmanes que se
sometieron al cristiano, y pronto los vereis volver con abundantes
cabalgadas. Sean ellos nuestros proveedores; que para el soldado no
hay vianda mas sabrosa que la que se arrebata al enemigo.”
El entusiasmo de Muza se comunicó á Boabdil. “Haced, dijo á sus
capitanes, lo que convenga en esta guerra; que en vuestras manos y
valor está la salud comun y la seguridad de todos: vosotros sois
los protectores del reino, y á vosotros toca la venganza de tantos
agravios, muertes y asolamientos como ha padecido la pátria”.[41]
[41] Conde.
Procedióse entonces á señalar á cada uno su deber. Al Wazir se dió
el encargo de las armas, provisiones y alistamientos: á Muza el
mando de la caballería, la guarda de las puertas y la direccion de
todas las salidas y escaramuzas: Naim Reduan y Mohamed Aben Zayde
fueron nombrados sus ayudantes. Abdul Kerin Zegrí, y otros capitanes,
defenderian las murallas, y los alcaides mandarian en los baluartes.
Estas medidas, y la confianza que inspiraba el nombre de Muza,
inflamaron el espíritu guerrero de los granadinos, y en toda la
ciudad no se veia sino preparativos para una vigorosa resistencia.
Al presentarse el ejército cristiano, se habia cerrado las puertas,
y para mas asegurarlas se les habia echado, ademas de los cerrojos,
gruesas cadenas. Pero Muza mandó abrirlas de par en par. “Á mi y á
mis caballeros, dijo, se ha confiado la guarda de estas puertas:
nuestros pechos serán la barrera que las defienda.” En cada una puso
una guardia numerosa de soldados escogidos: la caballería estaba
siempre á punto de servir, armados los ginetes, y ensillados los
caballos. ¿Se acercaba un enemigo? ya habia en la puerta un fuerte
escuadron, pronto á lanzarse fuera como rayo que se desprende de
la nube. Muza, lejos de ser jactancioso, era mas temible por sus
hechos que por sus palabras; y tales hazañas ejecutaba, que la misma
vanagloria no podia pretenderlas mayores. Era el campeon de los
moros, y era tal, que si Granada tuviera muchos guerreros como él,
acaso se hubiera dilatado la conquista de este reino, y el sarraceno
por mucho tiempo se hubiera conservado sobre el trono de la Alhambra.
[Ilustración]