_Expedicion del Rey chico contra Salobreña, y hazaña de Hernan Perez
del Pulgar._
Dominada la capital de los moros por tantas y tan fuertes plazas
como tenian los cristianos en sus inmediaciones, y privada de los
medios de subsistir, hacíase cada dia mas urgente la necesidad de
abrir una comunicacion por donde se recibiesen socorros y refuerzos
de Ultramar. Todos los puertos marítimos estaban en poder de los
cristianos, y Granada, con el corto remanente de su territorio, habia
quedado aislada y sin salida. En tales circunstancias dirigió Boabdil
su atencion al puerto de Salobreña. De la situacion y fuerzas de
esta plaza, tenida entre los moros por inexpugnable, ya se ha hecho
mencion en esta Crónica. En ella mandaba por el Rey Católico el
general de artillería Francisco Ramirez de Madrid; pero este caudillo
se hallaba á la sazon ausente en Córdoba, y en su lugar estaba por
alcaide otro capitan muy ejercitado en la guerra.
Boabdil con la noticia que tuvo del estado de la guarnicion, y de
la ausencia del alcaide, se dirigió allá apresuradamente con su
ejército, esperando por medio de un movimiento rápido apoderarse de
Salobreña, antes que el Rey Fernando pudiese venir á su socorro. Los
moradores de la villa eran mudejares, que habian hecho juramento
de fidelidad á los cristianos; pero la vista del estandarte de su
nacion, y el sonido de las cajas y trompetas moras, despertó el amor
pátrio en sus corazones, alborotose el pueblo, aclamaron á Boabdil,
y dieron entrada libre á sus tropas en la plaza. La guarnicion
cristiana, demasiado débil para resistir á tanta fuerza, se retiró
á la ciudadela, donde hizo una defensa porfiada, esperando recibir
socorros de una fortaleza vecina.
La nueva de haber ido el Rey moro sobre Salobreña, cundió por
la costa inspirando mil temores á los cristianos. Don Francisco
Enriquez, tio del Rey, que mandaba en Velez-málaga, convocó á los
alcaides y caballeros de su jurisdiccion para que fuesen con él en
socorro de aquella importante fortaleza. De los que acudieron á
su llamamiento fue uno Hernan Perez del Pulgar, llamado el de las
hazañas, el mismo que en una correría que hicieron los caballeros
del real de Baza, se distinguió acaudillando á sus compañeros con un
pañuelo por bandera. Habiendo reunido un corto número de gentes, se
puso don Francisco en movimiento para Salobreña. La marcha no podia
ser mas áspera y trabajosa, pues todo era subir y bajar cuestas,
algunas de ellas muy agras y precipitosas; y á veces guiaba el camino
por la orilla de un precipicio, al pié del cual se veia espumear y
agitarse con impotente furia el mar embravecido. Cuando llegó don
Francisco con su gente al elevado promontorio que se extiende por un
lado del valle de Salobreña, quedó confuso y triste al ver acampado
en derredor de la fortaleza un ejército moro de mucha fuerza. El
pendon de la medialuna ondeaba sobre las casas de la poblacion, y
solo en la torre principal del castillo se veia una bandera cristiana.
Viendo que no era posible, con la poca fuerza que traia, hacer
impresion alguna en el campamento moro, ni menos socorrer el
castillo, se colocó don Francisco con su tropa en una peña cercana
al mar, donde no podia hacerles daño el enemigo; y elevando alli su
estandarte, esforzaba á los cercados animándoles con la seguridad
de ser en breve socorridos por el Rey. Entretanto Hernan Perez del
Pulgar, rondando un dia el campamento moro, observó en el castillo
un postigo que daba al campo; y como siempre ardia en deseos de
distinguirse con algun hecho brillante, determinó meterse por aquella
entrada, y propuso á sus camaradas que le siguiesen. La proposicion
era temeraria; pero tambien era temerario el valor de aquellos
españoles. Guiados por Pulgar rompieron estos valientes por una parte
del real enemigo donde habia poca vigilancia, y llegaron peleando,
hasta el postigo de la fortaleza: al instante se les abrió la puerta,
y antes que el ejército moro tuviese entera noticia de este arrojo,
ya estaban dentro del castillo.
Con este refuerzo cobró ánimo la guarnicion, y fue mas vigorosa su
resistencia. Pero los moros, sabiendo que habia escasez de agua en el
castillo, se lisonjeaban que la necesidad pondria muy pronto á los
sitiados en términos de rendirse. Para que perdiesen esta esperanza,
mandó Pulgar que se les arrojase desde los adarves un cántaro de
agua, y con él una taza de plata, como en efecto se verificó.
Con todo esto no dejaba de ser muy crítica la situacion de los
cercados; la sed que padecian era excesiva, y ya temian no poderse
sostener hasta que llegasen los socorros, cuando un dia vieron á lo
lejos en el mar una flotilla con bandera española, que venia con
direccion á tierra. Surtas las embarcaciones en el puerto, supieron
luego los cristianos que venia en ellas Francisco Ramirez de Madrid,
con los socorros que se esperaban. En una isleta pedregosa, que habia
no muy lejos de tierra, desembarcó Ramirez sus soldados, hallándose
alli tan fortificado como pudiera estarlo en un castillo. La fuerza
que traia era muy poca para presentar batalla al enemigo; pero no
perdia ocasion de molestarlo y distraer su intencion. Asi es que
cuando Boabdil daba algun asalto al castillo, luego desamparaba él
la isla, y acometia el campamento moro por el un lado, mientras
Enriquez, dejando su peña, lo combatia por el otro.
Estando todavia Boabdil ocupado con el sitio de la ciudadela de
Salobreña, recibió aviso de que el Rey Fernando, con una hueste
poderosa, venia á marchas forzadas en su socorro. No habiendo ya
momento que perder, hizo el último esfuerzo contra el castillo, y le
dió un asalto furioso, pero inútil, pues fue rechazado como otras
veces; y forzado á abandonar el sitio, se puso aceleradamente en
marcha para la capital, no sin algun recelo de que le interceptase
su contrario. De camino que volvia á Granada, se consoló de su poca
suerte, corriendo y asolando las posesiones concedidas últimamente al
Zagal y á Cidi Yahye; y despues de haber hecho cuanto mal podia, y
dejando en la tierra señales tristes de su venganza, se restituyó á
su capital y al reposo de la Alhambra.
[Ilustración]