_El Rey de Granada sale á campaña; expedicion contra Alhendin; hazaña
del conde de Tendilla._
Concluida la tala de la vega, que duró por espacio de treinta dias, y
hecha ahora un desierto aquella vasta campiña poco ha tan florida, se
retiró el ejército devastador, y pasando el puente de Pinos, marchó
al través de las montañas con direccion á Córdoba. Boabdil, rotos los
lazos que le unian al Rey cristiano, y viendo que no le quedaba mas
recurso que el de sus propias fuerzas, se apresuró á prevenir los
efectos del estrago reciente, abriendo con la espada un conducto por
donde la capital recibiese socorros de fuera.
Apenas el último escuadron de la hueste de Fernando desapareció
entre las montañas, se armó Boabdil, y se dispuso á salir al campo.
Sus vasallos, animados con este ejemplo, acudieron con celo á su
estandarte, las parcialidades se unieron para seguirle, y los
naturales de Sierra nevada, abandonando las asperezas donde moraban,
vinieron á ofrecer al jóven Rey sus servicios, en prueba de su
devocion. La plaza de Vivarrambla volvió á resplandecer con lucidos
escuadrones de caballería, con armas, pendones y divisas, y bajo la
conducta del bizarro Muza, se reunió una hueste numerosa que solo
pedia la presencia del Rey para marchar contra el enemigo.
El dia 15 de junio salió Boabdil de Granada para acometer nuevas
empresas. Á pocas leguas de la ciudad, y á la entrada de las
Alpujarras, estaba el castillo de Alhendin, que dominaba el camino
que conduce á la capital y una gran parte de la vega. Su alcaide era
un caballero llamado Mendo de Quesada, y su guarnicion se componia
de unos doscientos y cincuenta hombres aguerridos y resueltos, los
cuales, con sus salidas y rebatos, se habian hecho tan temibles, que
el labrador no osaba salir á las labores del campo; el traficante no
podia caminar seguro, ni los convoyes transitar sino guardados por
una fuerte escolta. Contra esta fortaleza dirigió Boabdil sus armas,
y por espacio de seis dias no cesó de combatirla. Los cristianos
se defendieron con vigor; pero los asaltos continuos del enemigo,
que dos veces forzó la barbacana del castillo, y la falta de sueño,
los puso en tanto aprieto, que tuvieron que retirarse á la torre
principal, y abandonar las demas defensas. Los moros entonces se
acercaron á la torre, y protegidos con manteletes cavaron sus
cimientos, y la pusieron sobre puntales, para derribarla, quemando
los maderos, si los cristianos persistian en su defensa.
Con la esperanza de ver llegar en su socorro alguna fuerza cristiana,
tendia Mendo la vista ansiosamente por la vega; pero ni una lanza
ni un casco se descubria. Sus mejores soldados yacian muertos ó
heridos, los demas, rendidos por la fatiga y las vigilias, apenas
podian manejar las armas. En tal situacion, y amenazado ademas con
el hundimiento de la torre, hizo la señal de rendirse, y entregó su
fortaleza. El alcaide con los soldados que le quedaban, fueron hechos
prisioneros; y el Rey moro, temiendo que los cristianos volviesen á
cobrar aquel castillo, lo mandó arrasar: al punto se arrimó el fuego
á los puntales, hundióse la torre con estruendo, y quedó reducida á
un monton de escombros la soberbia fortaleza de Alhendin.
Animado por este triunfo, pasó Boabdil adelante, y tomó las
fortalezas de Marchena y Buluduy; envió alfaquís en diferentes
direcciones para anunciar la guerra comenzada, y llamó á su
estandarte á todo el que se tenia por verdadero musulman. Muchos
caballeros y pueblos que se habian sometido al Rey de Castilla,
deslumbrados por este triunfo pasagero de las armas moras, se
declararon en favor de Boabdil, y ya se lisongeaba el jóven Monarca
que todo el reino iba á volver á su obediencia. La fogosa juventud
de Granada participó del entusiasmo general, y anhelando volver á
aquellas correrías que otro tiempo habian sido sus delicias, concertó
una entrada por el territorio de Jaen para correr á Quesada, y
apoderarse de un convoy que segun noticias que se tenian caminaba
para Baeza. Armados á la ligera y bien montados, se reunieron hasta
cien ginetes, con otros tantos peones, y saliendo de Granada en el
silencio de la noche, marcharon rápidamente para la frontera, la
pasaron sin oposicion y como caidos de las nubes, comparecieron de
improviso en el centro del territorio cristiano.
La frontera de Jaen estaba á la sazon á cargo del conde de
Tendilla, que estaba alojado en Alcalá la Real. Esta fortaleza,
por su proximidad á Granada, solia ser el refugio de los cautivos
cristianos que lograban escaparse de las mazmorras de la capital.
Pero como estos desgraciados muchas veces erraban el camino, y se
extraviaban en la oscuridad de la noche, el Conde habia mandado
construir á sus expensas una torre en un alto cerca de Alcalá, y en
ella ardia siempre de noche una luz muy viva, que servia de norte
á los fugitivos, y guiaba sus pasos á un lugar seguro. Por uno de
estos fugitivos tuvo el Conde aviso de la salida de los caballeros
de Granada; y conociendo que era ya tarde para impedirles el paso,
determinó esperar y atacarlos á la vuelta. Una mañana, pues, antes
de amanecer salió al camino con ciento y cincuenta lanzas escogidas,
y se puso en emboscada en un barranco cerca de Barcina, distante
tres leguas de Granada, por donde sabia que debian pasar los moros.
Todo aquel dia y su noche permanecieron ocultos esperando la venida
de los moros; pero ni lanza ni turbante pudieron descubrir. Serian
dos horas antes del alba, y ya los caballeros que iban con el Conde
le aconsejaban que abandonase aquella empresa y volviese á Alcalá,
cuando vinieron los adalides anunciando que los moros estaban cerca,
y que venian en número de unos doscientos, con muchos prisioneros y
despojos. Al punto cabalgaron los cristianos, embrazaron sus adargas,
y con las lanzas en ristre, se pusieron á la entrada del barranco.
Alegres por el buen éxito de su empresa, y por la captura del convoy,
venian los moros conduciendo, sin órden ni precaucion, gran número
de cautivos de ambos sexos, y muchas acémilas cargadas de géneros,
alhajas, y otros efectos preciosos. Dejó el Conde que pasase una
parte de la escolta, y haciendo entonces la señal de acometer, se
arrojan sus caballeros contra el enemigo dando alaridos, y con
ímpetu vigoroso. Los moros, sobresaltados y confusos, no aciertan á
defenderse; arrollados en breves momentos, muerden la tierra treinta
y seis, dánse á prision cincuenta y cinco, y huyendo los demas, se
salvan entre las peñas y matorrales. El bizarro Conde puso luego en
libertad á los prisioneros cristianos, y volvió á sus corazones la
alegría con la restitucion de sus alhajas y efectos. Los despojos
ganados á los moros fueron cuarenta y cinco caballos ensillados, con
muchas armas y algunos otros objetos de valor. Reunido el botin y
puesta en órden la cabalgada, marchó el Conde con su gente la vuelta
de Alcalá la Real, donde llegó felizmente, y fue recibido con grandes
regocijos. Á esta satisfaccion se le añadió la de ver á su esposa,
señora de mucho mérito, é hija del marqués de Villena, que salió á
recibirle á las puertas de la ciudad, despues de una separacion de
dos años, ocasionada por los deberes de esta prolongada guerra que
tan ocupado traia al Conde su marido.
[Ilustración]