CAPÍTULO XXIX.

_El Rey don Fernando vuelve las armas contra la ciudad de Granada;

suerte del castillo de Roman._

[Nota al margen: Año 1490.]

Recibida por el Rey la declaracion hostil de los moros de Granada,

hizo prevenciones para llevar allá la guerra tan pronto como pasase

la estacion del invierno. Habiendo reforzado las guarniciones de

todas las fortalezas que tenia en las inmediaciones de aquella

capital, dió la capitanía mayor de todas á don Iñigo Lopez de

Mendoza, conde de Tendilla; y este veterano caudillo estableció su

cuartel general en Alcalá la Real, distante ocho leguas de Granada.

Entretanto bullia esta ciudad con nuevos preparativos de guerra;

y asi el pueblo como los caballeros, animados por Muza Ben Abul

Gazan, que era el alma de sus movimientos, se disponian con ardor

á acometer nuevas empresas. Ya se habian hecho diversas salidas, y

Muza que mandaba la caballería habia corrido la tierra hasta las

mismas puertas de las fortalezas cristianas, arrebatando los ganados,

sorprendiendo al enemigo en los pasos angostos de las montañas, y

poniendo espanto en toda la frontera.

Era ya pasado el invierno, la primavera estaba muy adelante, y

Fernando aun no habia salido á campaña. Sabia el prudente Monarca

que la ciudad de Granada era demasiado fuerte y populosa para que

se pudiese tomar por asalto, y que con la abundancia de víveres que

habia en ella, seria menester un sitio muy largo para rendirla. Por

estos motivos determinó ceñir sus operaciones á asolar la vega este

año, para producir una escasez en el siguiente, y emprender entonces

con mejor efecto el cerco de la ciudad. Un intervalo de paz habia

restituido á la vega toda su lozanía y hermosura; los verdes pastos

que bordaban las márgenes del Jenil, estaban cubiertos de numerosos

rebaños; las floridas huertas prometian cosechas abundantes, y las

doradas mieses ondeaban en la llanura. Se aproximaba el tiempo en

que el labrador debia meter la hoz, y recoger los preciosos frutos

de su industria; cuando descendió de las montañas el torrente de la

guerra, y Fernando, con cinco mil caballos y veinte mil infantes, se

presentó delante de Granada. Venian con él el duque de Medinasidonia,

el marqués de Cádiz, el de Villena, los condes de Ureña y de Cabra, y

don Alonso de Aguilar. En esta ocasion sacó Fernando el príncipe su

hijo al campo del honor, y le armó caballero; cuya ceremonia, como

para animarle á grandes hazañas, se verificó junto á la acequia

principal, casi debajo de las almenas de aquella ciudad guerrera,

objeto de tantas empresas.

No tardó el Rey en poner en egecucion el plan que habia formado; y

destacando partidas en todas las direcciones, les mandó correr la

tierra, como en efecto lo hicieron, quemando y saqueando pueblos, y

llevando la desolacion por toda aquella hermosa campiña. Llegó el

estrago tan cerca de Granada, que el humo de las aldeas y huertas

incendiadas envolvia la ciudad, y oscurecia las torres de la

Alhambra, donde el desventurado Boabdil, temiendo la indignacion

pública, permanecia encerrado sin osar presentarse á sus vasallos,

que le maldecian como autor de los nuevos males que padecian. Mas no

por eso dejaron los moros de hacer grandes esfuerzos para estorbar

la tala de sus campos. Incitados por Muza, hacian salidas sin cesar;

y dirigidos por él, rondaban el real cristiano en cuadrillas de á

caballo, salteando los convoyes, los forrageros y los destacamentos

cortos, y practicando, por la facilidad que para esto daba la

disposicion del terreno, mil estratagemas y sorpresas.

En un encuentro que tuvieron los cristianos con el enemigo, cayeron

las tropas del marqués de Villena en una emboscada que les estaba

prevenida. La caballería mora, con la rapidez de sus movimientos y la

ventaja que le daba el terreno, hizo desde luego un estrago enorme

en las filas del Marqués, cuyo hermano, don Alonso Pacheco, fue

derribado de su caballo y muerto en la primera carga. Igual suerte

tuvo Esteban de Luzon, capitan bizarro, que pereció combatiendo

al lado de su gefe. El Marqués, sostenido por su camarero Soler y

algunos pocos caballeros, hacia una resistencia animosa á los asaltos

del enemigo que le cercaba por todas partes, cuando un socorro

enviado por el Rey le sacó de este apuro. Irritado el Marqués por la

muerte de su hermano, quisiera volver contra el enemigo; pero en esto

hizo Fernando señal de recoger la gente, y le fue forzoso obedecer.

Puesto ya en retirada, echó de menos á Soler, y volviendo el rostro

le vió acometido de seis moros, y á punto de sucumbir á su furor. Al

instante se arroja el Marqués á defenderle, enviste á los moros, y

matando á dos por su mano, pone en huida á los demas. Empero uno de

ellos, antes de huir, le tiró con una lanza, y atravesándole el brazo

derecho, le dejó manco para el resto de su vida.

Admirando la Reina esta hazaña, preguntó un dia al marqués de Villena

por qué habia arriesgado su vida en defensa de un criado. “Señora,

respondió el Marqués ¿qué mucho que aventurase yo una vida en defensa

de quien, si tuviera tres, las perdiera por mí todas?”

Tal fue uno entre muchos ardides practicados por los moros. Pero como

en los diversos encuentros que tuvieron con ellos los cristianos,

veia Fernando que el enemigo rara vez presentaba batalla sino cuando

tenia todas las ventajas, mandó á sus capitanes que evitasen las

escaramuzas, y atendiesen solo á la devastacion de la tierra, que era

el objeto de esta campaña.

Estándose practicando la tala de la vega ocurrió el suceso del

castillo de Roman. Esta fortaleza distante dos leguas de Granada,

y situada sobre una eminencia, solia servir de asilo á los moros

del contorno en las entradas de los cristianos por la vega: alli

depositaba el paisanage sus efectos mas preciosos; y aun las partidas

que salian de Granada para molestar al enemigo, se ponian alli en

seguro cuando amagaba algun peligro. Los estragos del ejército

invasor, tenian con gran cuidado á la guarnicion del castillo, y los

centinelas hacian la guardia con la mayor vigilancia, cuando una

mañana se descubrió desde las almenas una nube de polvo, que crecia

y se acercaba por momentos. Muy pronto se ofrecieron á la vista

turbantes y armas moras, y poco despues una manada de ganado, á la

cual venian aguijando con gran prisa ciento y cuarenta ginetes moros,

que conducian asimismo dos cautivos cristianos cargados de hierros.

Llegando la cabalgada cerca del castillo, se presentó á la puerta

un caballero moro de noble presencia y ricamente ataviado, pidiendo

se le diese entrada. Dijo que venia con su gente de vuelta de una

incursion por tierras de cristianos, donde habia cogido un botin

cuantioso; pero que el enemigo habia salido en su persecucion, y

estaba ya tan cerca, que temia ser alcanzado antes de llegar á

Granada. El alcaide se decidió al punto, y abriendo las puertas de

su fortaleza, admitió en ella toda aquella gente y la cabalgada.

Llenóse el patio del castillo de ganado y de caballos; y mientras los

soldados de la guarnicion se ocupaban en distribuirlos y colocarlos,

el caballero moro, que era el gefe de la partida, iba repartiendo su

gente por las almenas y cuerpos de guardia. En esto se levantó un

clamor espantoso en todo el castillo, y la tropa de la guarnicion

queriendo acudir á las armas, se halló, con no poca sorpresa é

indignacion, sin los medios de resistir; y completamente en poder de

un enemigo.

La supuesta partida de guerrilleros se componia de mudejares, moros

tributarios de los cristianos, y su capitan era el príncipe Cidi

Yahye, que con esta pequeña fuerza habia salido de las montañas,

para ayudar al Rey Fernando en sus operaciones delante de Granada, y

habia concertado la sorpresa de este castillo para presentarlo á los

Soberanos como prenda de su fidelidad, y primicias de su devocion.

En cuanto á los moros de la guarnicion, Cidi Yahye, no pudiendo

desentenderse de la consideracion que le merecian como compatriotas,

los puso en libertad, y les permitió pasar á Granada. Esta

indulgencia ningun efecto favorable produjo en la opinion de sus

amigos y deudos en la capital; porque indignados estos al saber el

ardid con que se habia tomado el castillo de Roman, se unieron con el

público para maldecirle como traidor.

Pero la indignacion del pueblo de Granada subió de punto con la

noticia de otro suceso todavia mas sensible. El anciano guerrero

Muley Audalla el Zagal, mal hallado con el sosiego é inaccion de

su pequeño reino, y no pudiendo contener su fogoso espíritu dentro

de los estrechos límites á que estaba reducido, determinó volver

á las armas, y acudir al servicio del Rey de Castilla, que sabia

estaba haciendo la tala de la vega. Reuniendo, pues, toda su fuerza

disponible, que no pasaba de doscientos hombres, se presentó en el

real cristiano, dispuesto á servir á su enemigo natural; por el

anhelo de arrancar la ciudad de Granada del poder de su sobrino.

La ceguedad del colérico Monarca perjudicó su causa, al mismo tiempo

que fortaleció la de su contrario. Los moros de Granada le habian

prodigado las alabanzas mientras le consideraban víctima de su

patriotismo; pero cuando le vieron armado contra su misma nacion, y

alistado bajo las banderas del cristiano, le colmaron de baldones y

vituperios. La opinion pública, tomando, como era consiguiente, una

direccion inversa, corria ahora en favor de Boabdil; y agolpado el

pueblo delante de la Alhambra, le saludaba como su única esperanza,

y como el apoyo de la pátria. Boabdil, animado por esta inesperada

expresion de favor popular, salió de su retiro, y fue recibido

con vivas y aclamaciones: sus pasados yerros le fueron todos

perdonados, los males padecidos se atribuyeron á su tio, y en aquella

efervescencia de los ánimos, si alguno dejaba de victorear á Boabdil,

era para fulminar execraciones contra el Zagal.

[Ilustración]

Crónica de la conquista de Granada (2 de 2) · 第 30 / 84 题