_El Rey don Fernando vuelve las armas contra la ciudad de Granada;
suerte del castillo de Roman._
[Nota al margen: Año 1490.]
Recibida por el Rey la declaracion hostil de los moros de Granada,
hizo prevenciones para llevar allá la guerra tan pronto como pasase
la estacion del invierno. Habiendo reforzado las guarniciones de
todas las fortalezas que tenia en las inmediaciones de aquella
capital, dió la capitanía mayor de todas á don Iñigo Lopez de
Mendoza, conde de Tendilla; y este veterano caudillo estableció su
cuartel general en Alcalá la Real, distante ocho leguas de Granada.
Entretanto bullia esta ciudad con nuevos preparativos de guerra;
y asi el pueblo como los caballeros, animados por Muza Ben Abul
Gazan, que era el alma de sus movimientos, se disponian con ardor
á acometer nuevas empresas. Ya se habian hecho diversas salidas, y
Muza que mandaba la caballería habia corrido la tierra hasta las
mismas puertas de las fortalezas cristianas, arrebatando los ganados,
sorprendiendo al enemigo en los pasos angostos de las montañas, y
poniendo espanto en toda la frontera.
Era ya pasado el invierno, la primavera estaba muy adelante, y
Fernando aun no habia salido á campaña. Sabia el prudente Monarca
que la ciudad de Granada era demasiado fuerte y populosa para que
se pudiese tomar por asalto, y que con la abundancia de víveres que
habia en ella, seria menester un sitio muy largo para rendirla. Por
estos motivos determinó ceñir sus operaciones á asolar la vega este
año, para producir una escasez en el siguiente, y emprender entonces
con mejor efecto el cerco de la ciudad. Un intervalo de paz habia
restituido á la vega toda su lozanía y hermosura; los verdes pastos
que bordaban las márgenes del Jenil, estaban cubiertos de numerosos
rebaños; las floridas huertas prometian cosechas abundantes, y las
doradas mieses ondeaban en la llanura. Se aproximaba el tiempo en
que el labrador debia meter la hoz, y recoger los preciosos frutos
de su industria; cuando descendió de las montañas el torrente de la
guerra, y Fernando, con cinco mil caballos y veinte mil infantes, se
presentó delante de Granada. Venian con él el duque de Medinasidonia,
el marqués de Cádiz, el de Villena, los condes de Ureña y de Cabra, y
don Alonso de Aguilar. En esta ocasion sacó Fernando el príncipe su
hijo al campo del honor, y le armó caballero; cuya ceremonia, como
para animarle á grandes hazañas, se verificó junto á la acequia
principal, casi debajo de las almenas de aquella ciudad guerrera,
objeto de tantas empresas.
No tardó el Rey en poner en egecucion el plan que habia formado; y
destacando partidas en todas las direcciones, les mandó correr la
tierra, como en efecto lo hicieron, quemando y saqueando pueblos, y
llevando la desolacion por toda aquella hermosa campiña. Llegó el
estrago tan cerca de Granada, que el humo de las aldeas y huertas
incendiadas envolvia la ciudad, y oscurecia las torres de la
Alhambra, donde el desventurado Boabdil, temiendo la indignacion
pública, permanecia encerrado sin osar presentarse á sus vasallos,
que le maldecian como autor de los nuevos males que padecian. Mas no
por eso dejaron los moros de hacer grandes esfuerzos para estorbar
la tala de sus campos. Incitados por Muza, hacian salidas sin cesar;
y dirigidos por él, rondaban el real cristiano en cuadrillas de á
caballo, salteando los convoyes, los forrageros y los destacamentos
cortos, y practicando, por la facilidad que para esto daba la
disposicion del terreno, mil estratagemas y sorpresas.
En un encuentro que tuvieron los cristianos con el enemigo, cayeron
las tropas del marqués de Villena en una emboscada que les estaba
prevenida. La caballería mora, con la rapidez de sus movimientos y la
ventaja que le daba el terreno, hizo desde luego un estrago enorme
en las filas del Marqués, cuyo hermano, don Alonso Pacheco, fue
derribado de su caballo y muerto en la primera carga. Igual suerte
tuvo Esteban de Luzon, capitan bizarro, que pereció combatiendo
al lado de su gefe. El Marqués, sostenido por su camarero Soler y
algunos pocos caballeros, hacia una resistencia animosa á los asaltos
del enemigo que le cercaba por todas partes, cuando un socorro
enviado por el Rey le sacó de este apuro. Irritado el Marqués por la
muerte de su hermano, quisiera volver contra el enemigo; pero en esto
hizo Fernando señal de recoger la gente, y le fue forzoso obedecer.
Puesto ya en retirada, echó de menos á Soler, y volviendo el rostro
le vió acometido de seis moros, y á punto de sucumbir á su furor. Al
instante se arroja el Marqués á defenderle, enviste á los moros, y
matando á dos por su mano, pone en huida á los demas. Empero uno de
ellos, antes de huir, le tiró con una lanza, y atravesándole el brazo
derecho, le dejó manco para el resto de su vida.
Admirando la Reina esta hazaña, preguntó un dia al marqués de Villena
por qué habia arriesgado su vida en defensa de un criado. “Señora,
respondió el Marqués ¿qué mucho que aventurase yo una vida en defensa
de quien, si tuviera tres, las perdiera por mí todas?”
Tal fue uno entre muchos ardides practicados por los moros. Pero como
en los diversos encuentros que tuvieron con ellos los cristianos,
veia Fernando que el enemigo rara vez presentaba batalla sino cuando
tenia todas las ventajas, mandó á sus capitanes que evitasen las
escaramuzas, y atendiesen solo á la devastacion de la tierra, que era
el objeto de esta campaña.
Estándose practicando la tala de la vega ocurrió el suceso del
castillo de Roman. Esta fortaleza distante dos leguas de Granada,
y situada sobre una eminencia, solia servir de asilo á los moros
del contorno en las entradas de los cristianos por la vega: alli
depositaba el paisanage sus efectos mas preciosos; y aun las partidas
que salian de Granada para molestar al enemigo, se ponian alli en
seguro cuando amagaba algun peligro. Los estragos del ejército
invasor, tenian con gran cuidado á la guarnicion del castillo, y los
centinelas hacian la guardia con la mayor vigilancia, cuando una
mañana se descubrió desde las almenas una nube de polvo, que crecia
y se acercaba por momentos. Muy pronto se ofrecieron á la vista
turbantes y armas moras, y poco despues una manada de ganado, á la
cual venian aguijando con gran prisa ciento y cuarenta ginetes moros,
que conducian asimismo dos cautivos cristianos cargados de hierros.
Llegando la cabalgada cerca del castillo, se presentó á la puerta
un caballero moro de noble presencia y ricamente ataviado, pidiendo
se le diese entrada. Dijo que venia con su gente de vuelta de una
incursion por tierras de cristianos, donde habia cogido un botin
cuantioso; pero que el enemigo habia salido en su persecucion, y
estaba ya tan cerca, que temia ser alcanzado antes de llegar á
Granada. El alcaide se decidió al punto, y abriendo las puertas de
su fortaleza, admitió en ella toda aquella gente y la cabalgada.
Llenóse el patio del castillo de ganado y de caballos; y mientras los
soldados de la guarnicion se ocupaban en distribuirlos y colocarlos,
el caballero moro, que era el gefe de la partida, iba repartiendo su
gente por las almenas y cuerpos de guardia. En esto se levantó un
clamor espantoso en todo el castillo, y la tropa de la guarnicion
queriendo acudir á las armas, se halló, con no poca sorpresa é
indignacion, sin los medios de resistir; y completamente en poder de
un enemigo.
La supuesta partida de guerrilleros se componia de mudejares, moros
tributarios de los cristianos, y su capitan era el príncipe Cidi
Yahye, que con esta pequeña fuerza habia salido de las montañas,
para ayudar al Rey Fernando en sus operaciones delante de Granada, y
habia concertado la sorpresa de este castillo para presentarlo á los
Soberanos como prenda de su fidelidad, y primicias de su devocion.
En cuanto á los moros de la guarnicion, Cidi Yahye, no pudiendo
desentenderse de la consideracion que le merecian como compatriotas,
los puso en libertad, y les permitió pasar á Granada. Esta
indulgencia ningun efecto favorable produjo en la opinion de sus
amigos y deudos en la capital; porque indignados estos al saber el
ardid con que se habia tomado el castillo de Roman, se unieron con el
público para maldecirle como traidor.
Pero la indignacion del pueblo de Granada subió de punto con la
noticia de otro suceso todavia mas sensible. El anciano guerrero
Muley Audalla el Zagal, mal hallado con el sosiego é inaccion de
su pequeño reino, y no pudiendo contener su fogoso espíritu dentro
de los estrechos límites á que estaba reducido, determinó volver
á las armas, y acudir al servicio del Rey de Castilla, que sabia
estaba haciendo la tala de la vega. Reuniendo, pues, toda su fuerza
disponible, que no pasaba de doscientos hombres, se presentó en el
real cristiano, dispuesto á servir á su enemigo natural; por el
anhelo de arrancar la ciudad de Granada del poder de su sobrino.
La ceguedad del colérico Monarca perjudicó su causa, al mismo tiempo
que fortaleció la de su contrario. Los moros de Granada le habian
prodigado las alabanzas mientras le consideraban víctima de su
patriotismo; pero cuando le vieron armado contra su misma nacion, y
alistado bajo las banderas del cristiano, le colmaron de baldones y
vituperios. La opinion pública, tomando, como era consiguiente, una
direccion inversa, corria ahora en favor de Boabdil; y agolpado el
pueblo delante de la Alhambra, le saludaba como su única esperanza,
y como el apoyo de la pátria. Boabdil, animado por esta inesperada
expresion de favor popular, salió de su retiro, y fue recibido
con vivas y aclamaciones: sus pasados yerros le fueron todos
perdonados, los males padecidos se atribuyeron á su tio, y en aquella
efervescencia de los ánimos, si alguno dejaba de victorear á Boabdil,
era para fulminar execraciones contra el Zagal.
[Ilustración]