_Acontecimientos en Granada posteriores á la sumision del Zagal._
Tal es la instabilidad de las cosas humanas, que cuando está mas
en su punto el placer, entonces está mas cerca el pesar. Las olas
de la prosperidad tienen su reflujo como las del mar; y el mismo
viento que parece conducirnos al puerto de nuestras esperanzas, suele
sumergirnos en un abismo de desgracias. Cuando Jusef Aben Connixa,
visir de Boabdil, anunció á su Soberano las capitulaciones del
Zagal, el corazon del jóven príncipe se llenó de un gozo excesivo; y
felicitándose por tan feliz acontecimiento, dijo “¡al fin el hado se
cansó de perseguirme! ¡de hoy mas nadie me llame el Zogoibi!”
En el primer arrebato de su alegría, mandó Boabdil ensillar un
caballo; y con una comitiva brillante salió de la Alhambra para
recibir en la ciudad los parabienes y aclamaciones de su pueblo.
Entrando en la plaza de Vivarrambla, halló un gentío inmenso muy
conmovido; pero estando ya mas cerca ¡cuál seria su sorpresa al
oir murmullos, reconvenciones, vituperios! La noticia de haberse
obligado á Muley Audalla el Zagal á capitular, habia llegado á la
capital, y llenado todos los ánimos de dolor é indignacion. En
aquellos primeros momentos ensalzó el pueblo al anciano Muley como
príncipe virtuoso, y como espejo de Monarcas, que se habia batido
hasta el último extremo en defensa de la pátria, sin comprometer
jamas la dignidad de su corona con ningun acto de vasallage.
Boabdil, por el contrario, contemplando sin moverse la heróica pero
desgraciada lucha de su tio, se regocijaba por el vencimiento de
los fieles y el triunfo de los cristianos. Viendo, pues, que se
presentaba al público con tanta pompa en un dia que, segun ellos,
era de humillacion para todo buen musulman, no supieron contener su
furor; y entre los clamores que prevalecian, oyó Boabdil que se le
aplicaban los epítetos de apóstata y traidor.
Pesaroso y confuso volvió el jóven príncipe á la Alhambra, donde
se encerró como en una prision voluntaria, mientras pasase aquella
borrasca popular. Confiaba que el pueblo, conociendo al fin las
ventajas de la paz en que vivia, no renunciaria ligeramente un bien
tamaño, por consideracion al precio con que se le habia procurado;
y cuando no, la poderosa amistad de los Reyes Católicos le parecia
mas que suficiente, para asegurarse contra las asechanzas de los
partidos. Pero muy pronto recibió cartas de Fernando que le sacaron
de esta ilusion, recordándole las condiciones con que habia comprado
la proteccion que disfrutaba.
Despues de la toma de Loja, estipuló Boabdil en un tratado con los
Soberanos que, ganada por ellos la ciudad de Guadix, les entregaria
la de Granada dentro de un término señalado, quedándose él con
ciertas villas y rentas para su sustento. Ahora le notificaba
Fernando que no solo Guadix, sino Baza y Almería, habian sucumbido
á su poder; y le exigia el cumplimiento del tratado. Aun cuando
el desgraciado Boabdil quisiera, no podia ya satisfacer esta
reclamacion. Encerrado en la Alhambra, donde apenas se creia seguro
contra el furor de un pueblo exasperado, llena la capital de gente
forastera y de soldados con licencia, á quienes la necesidad y la
desesperacion habian hecho feroces ¿qué autoridad tenia para mandar,
qué medios para hacerse obedecer, ni cómo en tal tempestad osaria
intimar á los granadinos la entrega de la ciudad? Todo esto hizo
Boabdil presente al Rey cristiano en contestacion á las reclamaciones
que éste le hacia; y suplicándole quedase por ahora satisfecho con
sus conquistas recientes, le aseguró que si lograba restablecer su
autoridad en la capital, seria para gobernar como vasallo de la
corona de Castilla.
Ya se deja discurrir que Fernando no quedaria muy satisfecho con esta
excusa; y pues las circunstancias favorecian sus designios, determinó
dar la última mano á la gran de obra de la conquista, sentándose en
el trono de la Alhambra. Tratando á Boabdil como un aliado infiel
que habia faltado á su palabra, le excluyó de su amistad, y escribió
una carta al consejo y caudillos de Granada, pidiendo la entrega
de la ciudad y de todas sus fuerzas, juntamente con las armas asi
de los naturales como de los que estaban alli refugiados. Si los
moradores accedian á esta demanda, prometia tratarlos benignamente, y
concederles el mismo partido que á Baza, Guadix y Almería; si por el
contrario se resistian, les amenazaba con la suerte de Málaga[35].
[35] Cura de los Palacios, cap. 96.
La intimacion del Católico Monarca, alteró sobremanera los ánimos de
los granadinos. Algunos, que en la tregua reciente habian hecho un
comercio lucrativo con el territorio cristiano, quisieran asegurar
estas ventajas mediante una sumision voluntaria: otros, que tenian
familia y obligaciones, y las miraban con solicitud y ternura,
temian atraerse con la resistencia los horrores de la esclavitud.
Pero la gente de guerra, que era el mayor número, los que no tenian
mas patrimonio que la espada, ni mas oficio que las armas, y los
refugiados que habiéndolo perdido todo solo respiraban venganza,
se negaban á otorgar el partido que se les proponia. Á esta clase
se añadia otra de condicion no menos belicosa, pero animada de un
espíritu mas noble y caballeresco: estos eran los caballeros de
alta gerarquía, y de claros y antiguos linages, que habian heredado
un odio mortal á los cristianos, y para quienes era peor que la
muerte la idea de que Granada, Granada ilustre, por tantos siglos
centro de la grandeza y poderío de los moros, viniese á ser mansion
de infieles. Entre estos guerreros sobresalia Muza Ben Abul Gazan,
descendiente de Reyes, y tan noble por su condicion como por su
estado. La gracia y robustez se veian reunidas en su persona: la
habilidad con que regia un caballo, y manejaba todo género de armas,
era la envidia de sus compañeros; y la destreza que desplegaba en los
torneos, la admiracion de las damas moras; al paso que sus proezas en
la guerra le habian hecho el terror del enemigo.
Cuando Muza llegó á saber que Fernando exigia la entrega de las
armas, se vió centellear la cólera en sus ojos. “¿Piensa el Rey
cristiano, dijo, que somos mugeres, y que para nuestras manos bastan
ruecas? si tal piensa, sepa que el moro nació para vibrar la lanza,
y para blandir la espada: quitarle éstas es quitarle su naturaleza.
Si tanto apetece el Rey de Castilla nuestras armas, venga y ganelas.
Por mi, quiero mas bien una humilde sepultura al pié de los muros que
muriera defendiendo, que el mas soberbio palacio de Granada habido á
costa de sumision á los cristianos.”
Las palabras de Muza merecieron á la mayoría de sus oyentes aplausos
y aclamaciones. Granada despertó de nuevo como un guerrero que sale
de un letargo ignominioso: los caudillos y el consejo participaron
del entusiasmo general, y de comun acuerdo despacharon un mensagero
á los Soberanos con una contestacion, en que declaraban, que primero
sufririan la muerte que entregarles la ciudad.
[Ilustración]