_Rendicion de Baza._
Encerrado en un aposento en el castillo de Guadix, y solo con su
tristeza, estaba el anciano Rey el Zagal, reflexionando sobre el
estado deplorable de sus intereses, cuando le fue anunciado el
enviado de Baza, y entró en su presencia el alcaide Mohamed Ben
Hazen, que le entregó la carta del príncipe Cidi Yahye. En ella
se le participaba la crítica situacion de Baza, la imposibilidad
de resistir por mas tiempo, faltando los socorros, y el partido
favorable que ofrecian los Soberanos de Castilla. El contenido de
esta carta se imprimió altamente en el corazon del Monarca, el cual,
acabando de leerla, dió un profundo suspiro, y quedó como pensativo
y pesaroso. Reuniendo luego á los ancianos y alfaquís, les comunicó
las noticias que acababa de recibir, y pidió que le aconsejasen. El
consejo, dividido por una variedad de votos y opiniones, no hizo mas
que aumentar la perplejidad del Rey; pues sin socorrer á Baza, era
inevitable la pérdida de esta ciudad, y cuantas tentativas se habian
hecho al efecto habian sido infructuosas. Despidiendo, pues, el
Zagal á su consejo, mandó venir á su presencia al veterano Mohamed.
“¡Alá achbar! ¡Dios es grande!, exclamó, volved á mi primo Cidi
Yahye: decidle que no está en mi poder el socorrerle, y que haga lo
que juzgue mas acertado; pues no es mi voluntad exponer á mayores
trabajos á los que con hazañas dignas de memoria los han sufrido ya
tan grandes.”
La contestacion del Zagal decidió de la suerte de la ciudad. Cidi
Yahye de acuerdo con los demas capitanes capituló inmediatamente,
y obtuvo condiciones muy favorables. Á los caballeros y demas que
habian venido de fuera para defender la ciudad, se les permitió
salir libremente con sus armas, caballos y efectos; á los habitantes
se concedió la facultad de retirarse con todos sus bienes, ó de
establecer su morada en los arrabales, sin ser molestados en sus
ritos ni costumbres, haciendo en este caso juramento de ser fieles
á los Soberanos, y de contribuir con el mismo tributo que antes
pagaban á los Reyes moros. La ciudad con todas sus fortalezas, se
habia de entregar al Rey en el término de seis dias, concediéndose
este tiempo á los moradores de ella para retirar sus efectos; y
entretanto, para garantía de este asiento, se pondrian en poder del
comendador de Leon quince moros hijos de casas principales. Cuando se
presentaron Cidi Yahye y Mohamed para entregar los rehenes, entre
los cuales habia un hijo de este último, hicieron reverencia al Rey y
la Reina, de quienes fueron recibidos con el mayor agrado y cortesía,
y obsequiados ellos y otros caballeros moros con mercedes que se les
hicieron de dineros, ropas, caballos, y otros objetos de valor.
El príncipe Cidi Yahye quedó tan prendado de la gracia, dignidad y
generosidad de la Reina, y del noble proceder de Fernando, que juró
nunca sacar la espada contra tan magnánimos príncipes; y la Reina,
muy pagada de su gentileza, le dijo que teniéndole á él en su partido
creia ya felizmente concluida la guerra de Granada. ¡Cuán poderosas
son las alabanzas en boca de los príncipes! el discurso lisonjero de
la ilustre Isabel subyugó enteramente á Cidi Yahye; y animado este
príncipe de una lealtad repentina, pidió á los Reyes le contasen en
el número de sus vasallos mas adictos, ofreció en el fervor de su
celo no solo dedicar su espada á su servicio, sino emplear todo su
influjo, que era grande, para persuadir á su primo Muley Audalla el
Zagal, que les entregase las ciudades de Guadix y Almería; y lo que
es mas, abjuró (segun consta en las historias,) los errores de la
secta, y se convirtió á la fé cristiana.
El veterano Mohamed, movido tambien de la magnanimidad y noble
condicion de los Reyes, solicitó que le recibiesen en su servicio;
y á ejemplo hicieron otro tanto muchos caballeros moros, cuyos
servicios fueron admitidos benignamente y premiados con magnificencia.
Asi, pues, la ciudad de Baza, despues de un sitio de seis meses
y veinte dias, se entregó el 4 de diciembre de 1489. Al otro dia
verificaron los Reyes su entrada del modo mas solemne, y el júbilo de
los vencedores se aumentó á la vista de mas de quinientos cautivos
cristianos que fueron sacados de las mazmorras de la ciudad.
La pérdida de los cristianos en este sitio subió á veinte mil
hombres, de los que la mayor parte perecieron de frio y de
enfermedades. Á la entrega de Baza se siguió la de Tabernas,
Almuñecar, y de casi todos los pueblos y fortalezas de las
Alpujarras; concediéndoles el Rey los mismos privilegios que á
la ciudad de Baza: sus moradores fueron recibidos como vasallos
mudejares, y se premió á los alcaides con dinero, y otras mercedes,
á proporcion de la importancia de las plazas que entregaban. En los
principios de la guerra debió Fernando sus conquistas á la espada;
pero en esta campaña halló que el oro no era menos poderoso que el
acero.
Entre los alcaides moros que vinieron á hacer entrega de las
fortalezas de su mando, habia uno llamado Alí Abenfahar, guerrero
veterano, que siempre habia gozado de la confianza de su monarca.
Era un moro de noble presencia y de aspecto sério; y mientras sus
compañeros hacian la entrega de sus respectivas fortalezas, él,
triste y silencioso, se mantenia aparte de los demas. Cuando le tocó
hablar, se dirigió á los Soberanos con la franqueza de un soldado;
pero con el tono que correspondia á la adversidad en que se hallaba,
y dijo: “Yo señores soy moro, y de linage de moros, y soy alcaide de
las villas y castillos de Purchena y de Paterna, donde fui destinado
para guardarlas; pero me faltaron los que debieran ayudarme,
posponiendo al honor su seguridad. Estas villas, pues, muy poderosos
Reyes, son vuestras, y podeis tomar posesion de ellas cuando fuere
vuestra voluntad.” Al punto mandó el Rey que se le diese una
cuantiosa suma, en pago de tan importante entrega; pero el moro, con
ademan altivo y firme, apartó de sí el dinero, y añadió: “no vengo
ante VV. AA. para vender lo que no es mio, sino para entregar lo que
la fortuna ha hecho vuestro; y creed que á no fallecer el esfuerzo de
los míos, la muerte me seria el premio que recibiera defendiendo mis
fortalezas, y no el oro que me ofreceis.”
Prendados los Reyes del noble orgullo y lealtad de este alcaide,
quisieron atraerle á su servicio, y con este objeto le hicieron las
ofertas mas lisongeras; pero sin ningun efecto. “¿Y no se os ofrece
cosa alguna, dijo la Reina, en que os podamos complacer y manifestar
nuestro aprecio?” “Lo que suplico á VV. AA., dijo el moro, es que
hayan en su encomienda á los que moran en aquellas villas y en su
valle, y los manden conservar en su ley y en sus bienes.” “De hacerlo
asi os damos nuestra real palabra, dijo el Rey; ¿y para vos qué
pedís?” “Nada, respondió Alí, sino que me deis seguro para pasar con
mis caballeros y efectos á las partes de África.”
Estando provisto de un pasaporte del Rey, reunió Alí Abenfahar sus
criados, armas y demas efectos, se despidió de sus compañeros, y con
el corazon lleno de dolor, pero sin derramar una lágrima, montó su
caballo berberisco, volvió la espalda á los deliciosos valles de su
conquistada pátria, y partió á buscar fortuna en las ardientes arenas
del África[31].
[31] Pulgar. Garibay, lib. XL. cap. 40. Cura de los Palacios.
[Ilustración]