CAPÍTULO XXVI.

_Rendicion de Baza._

Encerrado en un aposento en el castillo de Guadix, y solo con su

tristeza, estaba el anciano Rey el Zagal, reflexionando sobre el

estado deplorable de sus intereses, cuando le fue anunciado el

enviado de Baza, y entró en su presencia el alcaide Mohamed Ben

Hazen, que le entregó la carta del príncipe Cidi Yahye. En ella

se le participaba la crítica situacion de Baza, la imposibilidad

de resistir por mas tiempo, faltando los socorros, y el partido

favorable que ofrecian los Soberanos de Castilla. El contenido de

esta carta se imprimió altamente en el corazon del Monarca, el cual,

acabando de leerla, dió un profundo suspiro, y quedó como pensativo

y pesaroso. Reuniendo luego á los ancianos y alfaquís, les comunicó

las noticias que acababa de recibir, y pidió que le aconsejasen. El

consejo, dividido por una variedad de votos y opiniones, no hizo mas

que aumentar la perplejidad del Rey; pues sin socorrer á Baza, era

inevitable la pérdida de esta ciudad, y cuantas tentativas se habian

hecho al efecto habian sido infructuosas. Despidiendo, pues, el

Zagal á su consejo, mandó venir á su presencia al veterano Mohamed.

“¡Alá achbar! ¡Dios es grande!, exclamó, volved á mi primo Cidi

Yahye: decidle que no está en mi poder el socorrerle, y que haga lo

que juzgue mas acertado; pues no es mi voluntad exponer á mayores

trabajos á los que con hazañas dignas de memoria los han sufrido ya

tan grandes.”

La contestacion del Zagal decidió de la suerte de la ciudad. Cidi

Yahye de acuerdo con los demas capitanes capituló inmediatamente,

y obtuvo condiciones muy favorables. Á los caballeros y demas que

habian venido de fuera para defender la ciudad, se les permitió

salir libremente con sus armas, caballos y efectos; á los habitantes

se concedió la facultad de retirarse con todos sus bienes, ó de

establecer su morada en los arrabales, sin ser molestados en sus

ritos ni costumbres, haciendo en este caso juramento de ser fieles

á los Soberanos, y de contribuir con el mismo tributo que antes

pagaban á los Reyes moros. La ciudad con todas sus fortalezas, se

habia de entregar al Rey en el término de seis dias, concediéndose

este tiempo á los moradores de ella para retirar sus efectos; y

entretanto, para garantía de este asiento, se pondrian en poder del

comendador de Leon quince moros hijos de casas principales. Cuando se

presentaron Cidi Yahye y Mohamed para entregar los rehenes, entre

los cuales habia un hijo de este último, hicieron reverencia al Rey y

la Reina, de quienes fueron recibidos con el mayor agrado y cortesía,

y obsequiados ellos y otros caballeros moros con mercedes que se les

hicieron de dineros, ropas, caballos, y otros objetos de valor.

El príncipe Cidi Yahye quedó tan prendado de la gracia, dignidad y

generosidad de la Reina, y del noble proceder de Fernando, que juró

nunca sacar la espada contra tan magnánimos príncipes; y la Reina,

muy pagada de su gentileza, le dijo que teniéndole á él en su partido

creia ya felizmente concluida la guerra de Granada. ¡Cuán poderosas

son las alabanzas en boca de los príncipes! el discurso lisonjero de

la ilustre Isabel subyugó enteramente á Cidi Yahye; y animado este

príncipe de una lealtad repentina, pidió á los Reyes le contasen en

el número de sus vasallos mas adictos, ofreció en el fervor de su

celo no solo dedicar su espada á su servicio, sino emplear todo su

influjo, que era grande, para persuadir á su primo Muley Audalla el

Zagal, que les entregase las ciudades de Guadix y Almería; y lo que

es mas, abjuró (segun consta en las historias,) los errores de la

secta, y se convirtió á la fé cristiana.

El veterano Mohamed, movido tambien de la magnanimidad y noble

condicion de los Reyes, solicitó que le recibiesen en su servicio;

y á ejemplo hicieron otro tanto muchos caballeros moros, cuyos

servicios fueron admitidos benignamente y premiados con magnificencia.

Asi, pues, la ciudad de Baza, despues de un sitio de seis meses

y veinte dias, se entregó el 4 de diciembre de 1489. Al otro dia

verificaron los Reyes su entrada del modo mas solemne, y el júbilo de

los vencedores se aumentó á la vista de mas de quinientos cautivos

cristianos que fueron sacados de las mazmorras de la ciudad.

La pérdida de los cristianos en este sitio subió á veinte mil

hombres, de los que la mayor parte perecieron de frio y de

enfermedades. Á la entrega de Baza se siguió la de Tabernas,

Almuñecar, y de casi todos los pueblos y fortalezas de las

Alpujarras; concediéndoles el Rey los mismos privilegios que á

la ciudad de Baza: sus moradores fueron recibidos como vasallos

mudejares, y se premió á los alcaides con dinero, y otras mercedes,

á proporcion de la importancia de las plazas que entregaban. En los

principios de la guerra debió Fernando sus conquistas á la espada;

pero en esta campaña halló que el oro no era menos poderoso que el

acero.

Entre los alcaides moros que vinieron á hacer entrega de las

fortalezas de su mando, habia uno llamado Alí Abenfahar, guerrero

veterano, que siempre habia gozado de la confianza de su monarca.

Era un moro de noble presencia y de aspecto sério; y mientras sus

compañeros hacian la entrega de sus respectivas fortalezas, él,

triste y silencioso, se mantenia aparte de los demas. Cuando le tocó

hablar, se dirigió á los Soberanos con la franqueza de un soldado;

pero con el tono que correspondia á la adversidad en que se hallaba,

y dijo: “Yo señores soy moro, y de linage de moros, y soy alcaide de

las villas y castillos de Purchena y de Paterna, donde fui destinado

para guardarlas; pero me faltaron los que debieran ayudarme,

posponiendo al honor su seguridad. Estas villas, pues, muy poderosos

Reyes, son vuestras, y podeis tomar posesion de ellas cuando fuere

vuestra voluntad.” Al punto mandó el Rey que se le diese una

cuantiosa suma, en pago de tan importante entrega; pero el moro, con

ademan altivo y firme, apartó de sí el dinero, y añadió: “no vengo

ante VV. AA. para vender lo que no es mio, sino para entregar lo que

la fortuna ha hecho vuestro; y creed que á no fallecer el esfuerzo de

los míos, la muerte me seria el premio que recibiera defendiendo mis

fortalezas, y no el oro que me ofreceis.”

Prendados los Reyes del noble orgullo y lealtad de este alcaide,

quisieron atraerle á su servicio, y con este objeto le hicieron las

ofertas mas lisongeras; pero sin ningun efecto. “¿Y no se os ofrece

cosa alguna, dijo la Reina, en que os podamos complacer y manifestar

nuestro aprecio?” “Lo que suplico á VV. AA., dijo el moro, es que

hayan en su encomienda á los que moran en aquellas villas y en su

valle, y los manden conservar en su ley y en sus bienes.” “De hacerlo

asi os damos nuestra real palabra, dijo el Rey; ¿y para vos qué

pedís?” “Nada, respondió Alí, sino que me deis seguro para pasar con

mis caballeros y efectos á las partes de África.”

Estando provisto de un pasaporte del Rey, reunió Alí Abenfahar sus

criados, armas y demas efectos, se despidió de sus compañeros, y con

el corazon lleno de dolor, pero sin derramar una lágrima, montó su

caballo berberisco, volvió la espalda á los deliciosos valles de su

conquistada pátria, y partió á buscar fortuna en las ardientes arenas

del África[31].

[31] Pulgar. Garibay, lib. XL. cap. 40. Cura de los Palacios.

[Ilustración]

Crónica de la conquista de Granada (2 de 2) · 第 27 / 84 题